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martes, 20 de septiembre de 2016

El pensamiento americanista de Rodolfo Kusch

                                                                        Alberto Julián Pérez ©

           
            La obra ensayística de Rodolfo Kusch (1922-1979) es labor de filósofo heterodoxo y antropólogo autodidacto. Le dio un papel destacado a la literatura en su interpretación de América (valoró más la cultura popular que la letrada) y reflexionó sobre libros de autores argentinos como Güiraldes, Hernández y Sarmiento; escribió también obras de teatro: Tango, Credo Rante, La muerte del Chacho y La leyenda de Juan Moreira.
            Al iniciar su tarea como filósofo Kusch asumió una actitud crítica para entender lo americano.[1] Se preguntó que es lo que hacemos los pequeño-burgueses educados, los intelectuales urbanos de clase media, frente a lo americano. Cuestionó el modo en que la pequeña burguesía liberal interpretaba a América: su lógica de la afirmación, su fe en la ciencia, los llevaba a asumir una forma de vida que no era auténtica. Vivimos, según Kusch, para afirmar un mundo que queremos sea un remedo de Europa y Estados Unidos, occidental, centrado alrededor de los logros utilitarios y económicos (O.C. I:103-113).Y la ciencia ignora nuestros valores y nuestro ser: impone un mundo objetivo, matematizable, que tiene poco que ver con el hombre. El ser humano, para Kusch, vive en una constante búsqueda de sentido y lucha por establecer su significación. El hombre moderno, “civilizado” y urbano contemporáneo comparte esta experiencia con los hombres de otras culturas, incluidas las culturas nativas, indígenas americanas y las culturas mestizas y marginales.
            La realidad está llena de sentido, es “semántica”, pero no siempre lógica. Frente a las verdades del mundo de la ciencia el hombre se resiste, las niega, para así, a partir de esa negación, afirmar su ser auténtico, americano (O.C. II:549-56). El hombre parte del “estar”, y del estar pasa al “ser”. El estar se asocia con el ámbito, con el domicilio. En América el estar es un “estar-siendo”; en Europa, en cambio, es un “ser-estando”: parten del ser y pasan al estar, al domicilio. En América el ser refleja el ámbito, y es distinto al ser de otras culturas. Querer imponerle el ser europeo, como pretende la pequeña burguesía liberal urbana es, para Kusch, buscar colonizarlo. El ser latinoamericano se resiste a la colonización, y los adelantos de las sociedades europea y norteamericana, científicas, modernas, industriales, no terminan de cuajar y encontrar su ámbito en Latinoamérica. El sudamericano, establecido en su “estar”, se rebela contra la imposición científico-racional. Y porque se lo quiere forzar a aceptarla se resiente. Llevado por su resentimiento procura crear sentido en su mundo, y afirmar su estar aquí.
Las  masas del pueblo latinoamericano son para Kusch las que más resisten las imposiciones de una sociedad racional y científica, y se defienden en el estar (O.C. II:656). Kusch reconoce su protagonismo al pueblo más pobre y desprotegido, el pueblo de las villas miserias, el de los poblados rurales del nordeste, el pueblo identificado con el movimiento peronista. Si lo que define al hombre es su búsqueda de significado, su necesidad de encontrar un sentido a la existencia, el latinoamericano tiene su propia manera de buscar ese sentido. La diferencia entre el ser y el estar, del castellano, que no aparece en el “to be” de la lengua anglosajona, y tampoco en el alemán, que solo reconoce el ser, la encontramos en la lengua quechua, la lengua indígena que reúne mayor cantidad de hablantes nativos en Sudamérica a  todo lo largo de la Cordillera de los Andes, el sitio del antiguo imperio incaico. Este hecho apoya la convicción de Kusch de que en América el estar tiene prioridad sobre el ser, que caracteriza a la ontología occidental europea (O.C. II:108-13). España, por su parte, siendo un país europeo cuya cultura resultó históricamente marginada y su proceso de democratización demorado en relación a las naciones protestantes, comparte con las culturas nativas latinoamericanas cierta actitud ante el “estar aquí”. Sarmiento y Alberdi, desde una perspectiva europeísta y cientificista, acusaron a los españoles de desidia y atraso, y vieron como necesario en Argentina cambiar el carácter de la población local, condenada por la herencia española, atrayendo inmigrantes del norte de Europa, que inculcaran sus ideales de progreso y amor al trabajo.
            Para Kusch, la ideología liberal de la república inmigrante había fracasado en Argentina, porque se había enfrentado a la negación y al resentimiento de las masas peronistas y del indio (O.C. II:650-3). La cultura pequeño-burguesa urbana argentina, identificada con el estado liberal,  mostraba, ante esta realidad, su desazón, su pesimismo, su sentimiento de fracaso. La literatura y la cultura letrada, para Kusch, eran incapaces de comprender la realidad de América (O.C. II:266-73). La ve como una cultural colonial, que se afirma en los valores europeos y busca implantar esos valores en América. El universitario, el letrado, el literato, quieren sentir a Europa en América, y fracasan, porque tratan de forzar en América el ser europeo, sin tener en cuenta lo que el pueblo desea; éste lo niega y resiste, busca imponer su propio ser, su verdad existencial.
            La cultura letrada está divorciada de América. Por eso Kusch en su búsqueda de lo americano no recurre a la cultura letrada sino a la popular y a la nativa. En este proceso, el filósofo se vuelve antropólogo. Si vemos los principales títulos de su obra ensayística, comprobamos esta transición en su obra de la filosofía a la antropología: en Seducción de la barbarie Análisis herético de un continente mestizo, 1953, su primera obra, Kusch ubica su pensamiento en relación a la dialéctica sarmientina de civilización y barbarie, reinterpretando el problema; en América profunda, 1962, el filósofo recurre a las crónicas coloniales para entender el pensamiento indígena; Indios, porteños y dioses, 1966, es un diario de viaje de Buenos Aires a Bolivia, donde Kusch prioriza el trabajo de campo, la observación directa del comportamiento del pueblo; El pensamiento indígena y popular en América, 1970, elabora muchas de las observaciones de sus viajes y las sistematiza; La negación en el pensamiento popular, 1975, desarrolla una interpretación del sentido de la negación y su valor ontológico; en Geocultura del hombre americano, 1976 y Esbozo de una antropología filosófica americana, 1978, piensa a América desde la antropología filosófica.
            En el “Exordio” de América profunda, 1962, Kusch advertía al lector que gracias a los trabajos antropológicos de José Imbelloni, José María Arguedas y Luis Valcárcel había comprendido la necesidad de estudiar el mundo precolombino y colonial americano para entender su pensamiento, y gracias a los viajes y al trabajo de campo su interpretación de lo americano había progresado. Sus ensayos contienen testimonios de diversos informantes indígenas recogidos en sus viajes por Bolivia; valiéndose de éstos Kusch buscó adentrarse en el conocimiento ontológico de lo americano, y elaboró su interpretación del “estar” y el “ser” en América. Su misión intelectual se inspiró en ensayistas como Canal Feijóo y Martínez Estrada, pero él ambicionaba ir más allá de ellos y encontrar la raíz filosófica del drama de América.
            Kusch procedió a “razonar el material arqueológico” y fue aventurándose en su interpretación del ser de América (O.C. II:7). En América profunda estudió el “viracochismo”, valiéndose de crónicas del siglo XVII que daban testimonio del culto del dios Viracocha en el altiplano altoperuano, hoy Bolivia. Cita diversos estudios de investigadores americanos, como Lehmann-Nitsche, Ricardo Latcham, Miguel León Portilla. Kusch analiza los datos sobre el mundo cósmico y sagrado de los incas, su relación con la tierra y el sentido simbólico de sus creencias. Señala que la idea del mundo que se hacían los incas a través de los “yamqui”, sus sabios, era resultado de su relación con la vida en esta tierra, desde donde surgía su filosofía. Para él la filosofía no es universal sino regional, refleja las condiciones ontológicas de la existencia de cada pueblo. La filosofía contemporánea europea, así, no es universal aunque lo pretenda, su anunciado universalismo denota la aspiración colonial europea que busca imponer su experiencia histórica, y el ser resultante de la misma, como verdad universal. América debe tener su propia verdad, derivada de su historia.
            En su próxima obra, El pensamiento indígena y popular en América, 1970, ya no apoya sus conclusiones en crónicas, da un paso más y hace investigación de campo. En 1967 había realizado un viaje al altiplano boliviano donde recogió testimonios de diversos informantes, a través de los cuales procuró interpretar el pensar indígena. Una de las conclusiones más interesantes a que llega en este libro es que en el “pensamiento seminal” yace la lógica original indígena del pensamiento popular. El pensamiento seminal, más afectivo que el pensamiento causal occidental, se concreta en “una negación de todo lo afirmado”, en lugar de afirmar, como lo hace el pensar causal europeo (O.C. II: 482). El pensamiento europeo se mueve en el “patio de los objetos”, espacio artificial que también podemos encontrar en América en el ámbito de la ciudad occidental instalada en ésta. El pensar seminal se da en “términos de contemplación y de espera” y “busca conciliar los extremos desgarrados a que se reduce en el fondo la experiencia misma de la vida” (O.C. II: 482-3).
            El pensar seminal afecta la economía de la comunidad. La economía indígena refleja el pensar seminal y la ciudadana el pensar causal, y generan relaciones sociales diferentes. Según Kusch, en la sociedad indígena “...el individuo no puede esgrimir su yo, sino que se deja llevar por la costumbre, la cual a su vez es regulada por la comunidad” (O.C. II: 491). Es un régimen “irracional”, el individuo no cuantifica su trabajo ni su producción, y “...no constituye una unidad económica”. En contraste, la economía de la clase media urbana “...permite la autonomía del yo, con la consiguiente capacidad de éste de disponer del dinero, y además de cuantificar en términos de una economía científica cierto tipo de relaciones, como ser el trabajo, el intercambio de mercancías, la libertad de empresa...(O.C. II: 491)”.
            La economía de mercado responde a un criterio cuantitativo, mientras que la indígena es cualitativa; el capitalismo está sujeto a leyes matemáticas, y de libertad en relación a las cosas; el indio también es libre, pero sujeto a “normas religiosas” (O.C. II: 493). Este hombre indígena, tanto como el hombre “moderno”, son abstracciones, advierte Kusch; el hombre real es el “pueblo” que no es ni totalmente moderno ni totalmente indígena y “...se desplaza entre un pensamiento causal y un comportamiento seminal (O.C. II: 496)”. En el subdesarrollo, cree, no se acepta “el valor objetivo y neutro del dinero y de las cosas...”, sino que la relación con éstas está turbada de “implicaciones afectivas” (O.C. II: 496). En cualquiera de los dos mundos, el indígena o el moderno, el hombre busca su salvación, su trascendencia, procurando acercarse a lo que considera sagrado. Los 5.000 años transcurridos en lo que va del mundo del indígena al del civilizado europeo, o el americano colonizado, no transformaron tanto el universo del sentido dentro del cual se mueve la existencia: el ser humano hoy sigue buscando su trascendencia y su salvación.
            Kusch vislumbra dos historias: la “pequeña” y la “gran” historia. La pequeña historia es la historia del colonialismo y el capitalismo europeo en América, que busca imponer el ser europeo, frente a un ser americano que resiste y lo niega, y se resiente, porque quiere afirmar su propio ser; es la historia positiva, afirmativa de la modernidad científica, mercantil, que quiere extenderse al resto del mundo. La gran historia, en tanto, que involucra y absorbe a la pequeña historia, es la historia del hombre en el gran teatro de la vida, en su dimensión biológica, donde éste busca afirmar su yo y crear su propia historia a partir de la negación de la historia presente. Kusch concibe el yo y la historia, así como el ser, como continuo hacerse. En el momento en que se pretende imponer lo hecho, o forzar un modelo, se le está quitando su libertad al hombre. La pequeña historia de la modernidad occidental es falsa en América, es inauténtica, porque no contempla la necesidad ontológica y los valores del ser americano, que no se mueve del “ser” al “estar”, como el europeo, sino del “estar” al “ser”: el ámbito, el suelo, es determinante en este continente.
            Kusch, desde su perspectiva fenomenológica, entiende que el ser existe en el tiempo y engendra su propia historia. Heidegger es su principal referente, aunque Kusch cree en el mestizaje intelectual americano y se comporta y piensa de manera heterodoxa, y como él dice, “herética”. Además de Heidegger cita también a Max Scheler y a Jung, hace referencia a lo cósmico y a lo sagrado, y la importancia del mito en América (O.C. II:292-5).
            La filosofía de Kusch progresa de lo general a lo particular, de lo universal filosófico a lo particular antropológico. En su última etapa, durante los años setenta (muere en 1979), elabora la base de su antropología filosófica apoyándose en el pensamiento desarrollado por él a partir de sus viajes y observaciones durante las dos décadas anteriores. Kusch poseía una formación filosófica académica, era egresado de la Universidad de Buenos Aires, pero su singular apasionamiento por América y lo americano, por el pueblo de América, lo llevó a investigar las culturas precolombinas, la vida contemporánea de las grandes ciudades y las culturas indígenas del altiplano, desde una perspectiva antropológico-filosófica y “cultural”, que no desdeñaba lo político ni lo literario. Se interesó por el mundo político del peronismo, al que juzgó auténtico por carecer de una doctrina fija y concluida, y estar más cerca del hombre, su negatividad y resentimiento, que los partidos liberales burgueses. Gracias a esta postura auténtica, el argentino podía afirmarse y hacerse en su propio ser; el peronismo no forzaba al argentino a aceptar un ser inauténtico, colonizado; entendía la historia como un hacerse a partir de lo que está: el hombre argentino. Este hombre podía avanzar hacia el ser y lograr su estar-siendo americano auténtico. En lo literario, si bien juzgó a la literatura urbana y liberal producida a partir de la emancipación como una literatura falsa, porque trataba de imponer valores coloniales e inauténticos, de espalda a la problemática de América, rescata obras como el Martín Fierro, que se aproxima al pensamiento seminal americano.
            La intuición filosófica de Kusch continuó su proceso de penetración de su realidad. Entendió el mundo americano como un drama, donde el hombre buscaba relacionarse con lo sagrado, con la divinidad. Escribió obras de teatro con personajes del mundo histórico argentino, como Juan Moreira y Chacho Peñaloza, y de la mitología urbana, el tango. Como hermeneuta, Kusch no se acerca a un mundo objetivo, sino a un mundo de significados, a un mundo semántico. Trata de intuir lo americano a partir de una lectura filosófica cargada de intuición poética.
            Si bien Kusch contextualiza su pensamiento apoyándose en el saber de la época en que estuvo activo como pensador, entre 1940 y 1979, su filosofía se inserta en el pensar sobre América que ha vertebrado el ensayo moderno latinoamericano y argentino desde la emancipación, discutiendo conceptos como ciudad y campo, civilización y barbarie, modernización y atraso, el mestizaje, el futuro y la “salvación” de América. El conflicto entre naturaleza americana y saber europeo, cuyo estudio iniciara Sarmiento en su Facundo (al que Kusch somete a una severa crítica), vertebra el ensayo argentino posterior a 1845, con ricos momentos de producción ensayística. Entre esos pensadores se destacan, a fines del siglo diecinueve y principios del veinte, los positivistas, como José María Ramos Mejía, Agustín Alvarez y José Ingenieros, y el grupo de ensayistas que surgen en el siglo XX a partir de la obra de Ezequiel Martínez Estrada, como Julio Mafud, H. A. Murena, J. J. Sebrelli y Rodolfo Kusch, que da a ese pensamiento una modulación filosófica original y significativa.
            Aquellos que queremos alimentar nuestro saber del saber hecho en América, a partir del desgarramiento y trauma que significa lo americano, necesitamos incorporar las ideas del ensayo latinoamericano como parte de nuestro repertorio activo de conocimiento para aprehender y entender nuestra realidad y nuestra cultura, y asumir como propio el punto de vista de los pensadores latinoamericanos y argentinos en la interpretación de esa realidad. La crítica literaria y la interpretación de los textos se enriquecerá con este saber, cuando junto a las ideas de Derrida, Jameson, Said y Butler, incluyamos, en pie de igualdad, las ideas de Martínez Estrada, Murena, Sebrelli y Kusch, no como a creadores marginales de un saber sin mérito ni profundidad, sino como a pensadores originales que poseen una ventaja indiscutible frente a los europeos y norteamericanos: han pensado desde Latinoamérica, desde el espacio latinoamericano, y apuntan a problemas que sólo alguien que ha vivido en esta parte de América puede ver en todos sus matices. Necesitamos entonces sacudirnos nuestros prejuicios, y devolvernos la fe para estudiar y entender nuestra cultura y vivir en América como seres totales.


                                                Bibliografía citada

Kusch, Rodolfo. Obras completas. Rosario: Editorial Fundación Ross, 2000-2003.
            4 volúmenes.



[1]  Al acercarme al pensamiento de Kusch me propongo aprender conceptos y nociones que puedan resultarme útiles en mi labor crítica. Quisiera formar con la obra de Kusch y de otros ensayistas nuestros, como Martínez Estrada, Mafud, Canal Feijóo, Murena, Jauretche, una fuente de saber útil para entender nuestra literatura y cultura. En el pasado he enriquecido mi comprensión de los textos de literatura hispanoamericana estudiados, con el aporte crítico de teóricos y filósofos europeos y norteamericanos, como Barthes, Foucault, Bakhtin, Derrida, Said, Jameson, Butler, cuyas ideas siguen exegetas de distintas latitudes.
            Los estudiosos y críticos argentinos hemos sido fieles a ese saber, del que se alimentan las cátedras universitarias y las revistas especializadas. Debo reconocer en este apego a una gran tradición crítica internacional, de producción europea y norteamericana mayormente, un hábito de dependencia cultural que caracteriza al mundo intelectual latinoamericano. Ese hábito, coherente con nuestros valores, me incita a buscar “maestros” entre los críticos de la intelectualidad de esos países. Sus obras me ayudan a profundizar la comprensión de los textos que estudio. Hay en mí y en otros críticos latinoamericanos, sin embargo, sentimientos confusos, difíciles de confesar, que hacen que ignoremos los méritos de los pensadores locales. Los consideramos demasiado vernáculos, demasiado desprolijos, o finalmente,  poco  filósofos según la tradición europea. Al marginar a estos pensadores, o al negarles a sus ideas y opiniones el nivel “científico” necesario para formar parte de un aporte permanente a nuestro autoconocimiento, cercenamos una fuente de saber que yo creo necesaria para entender en todas sus dimensiones nuestra cultura.
            Es cierto que nuestros ensayistas muestran en sus obras ciertos prejuicios y dan opiniones circunstanciales; no encontramos en ellos muchas veces esas verdades contundentes (y racionales) que buscamos los estudiosos de las universidades latinoamericanas en los académicos y filósofos de las universidades europeas y norteamericanas. No ofrecen, salvo excepciones, razones superiores bien basadas en la cultura filosófica y resulta difícil esgrimir sus juicios en discusiones intelectuales si pretendemos cerrar con ellos un debate. Sus pensamientos resultan acotados y producen cierto malestar en los lectores. Porque no presentan siempre conceptos claros, no son fáciles de aprender. Representan el “sentido común” de nuestra cultura, pero se muestran deseosos de fundar un saber propio y distintivo de lo americano que pueda darnos ciertas claves para interpretar lo nuestro. De mi parte siento que tengo hacia estos pensadores vernáculos una deuda, tanto he aprendido de los pensadores europeos y tan poco de los nuestros, quizá por eso sé tan poco de América y lo poco que sé lo entiendo con anteojos europeos, al punto que si trato de ver por ojos latinoamericanos, me parece que nuestros pensadores tienen una visión defectuosa.
            En Europa el ensayo ocupa una esfera más específica del saber que en Latinoamérica, puesto que Europa cuenta con una bien asentada tradición filosófica y una gran cultura académica, pero en Latinoamérica el papel del ensayo se extiende y su saber lidera el conocimiento de lo propio, ante una cultura académica débil y dependiente, y una cultura filosófica sin originalidad y nada productiva. El ensayo cubre ese vacío y además instaura el motivo principal del pensar latinoaméricano: la pregunta por América y por el ser americano. El ensayo (y la poesía) ocupan un papel especial en la cultura de América: son los géneros más activos en nuestro autoconocimiento, donde se unen la intuición del habitante de estas tierras, su picardía y personalidad, y su voluntad de conocer y de ser. Si no logramos dar al ensayo un lugar, un espacio en el conocimiento de América (la poesía ya ocupa ese espacio propio y es enorme el impacto que tiene en el imaginario americano), nuestra vida intelectual no será más que un pobre remedo de las culturas europeas y norteamericana, una muestra lastimosa de sometimiento colonial.
            Quisiera asumir una nueva actitud intelectual: leer a Borges, Sábato y Piglia desde la crítica europea y norteamericana, y desde los aportes críticos de nuestros ensayistas. Incorporar estas fuentes nuestras como un saber activo, útil, para enriquecer la comprensión de lo argentino y latinoamericano, aunque la mezcla provoque algunas confusiones. Quizá esa confusión sea un fiel reflejo de la idiosincrasia de nuestra cultura heterogénea y mestiza.


Publicado en Mitológicas No. 18 (2003): 59-66.


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