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miércoles, 4 de mayo de 2022

 

La Argentina de Centenera: épica e imperialismo


                            de Alberto Julián Pérez 



La obra Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acaecimietos de los reinos del Perú, Tucumán y el Estado del Brasil, del arcediano Martín del Barco Centenera (Logrosán 1535 – Lisboa 1602), fue publicada en la ciudad de Lisboa en 1602, el mismo año de su muerte. Había partido al Río de la Plata con la expedición del Adelantado Juan Ortiz de Zárate en 1572, y regresó a España en 1593, luego de pasar más de veinte años en territorio sudamericano (Ortiz Gambetta 16). Centenera habría comenzado a componer su obra en 1587. Es un poema narrativo de veintiocho cantos, escrito en octavas reales, en versos endecasílabos. Era el metro que había utilizado Alonso de Ercilla para escribir su poema épico La Araucana, cuya primera parte había sido publicada en 1569.

Centenera sirvió en la armada como capellán. Era diácono, y había recibido el grado inferior del Orden Sagrado. No se pudo constatar fehacientemente si realizó estudios universitarios de Teología (Ortiz Gambetta 17). Fue nombrado arcediano de la iglesia de Asunción. Asistió como secretario al Tercer Concilio de la Iglesia celebrado en Lima en 1582. Pasó al año siguiente a Charcas, como vicario del Obispo. Fue Comisario de la Inquisición en Cochabamba (Ortiz Gambetta 19). En 1590 dejó el Perú y regresó al Río de la Plata. En Buenos Aires colaboró en la restauración de la Catedral.

Fue testigo de muchos de los conflictos y luchas políticas que tuvieron lugar durante su prolongada estadía en el continente americano. Lo apasionó la historia y se propuso contar las cosas que había vivido y otras que escuchó de testigos que conoció. No fue un narrador objetivo. Era un hombre apasionado y en sus cantos atacó a aquellos que percibió como sus enemigos políticos o que no lo habían favorecido. Siendo Comisario de la Inquisición fue denunciado al Santo Oficio por su actuación y llevado a juicio. Lo acusaron de abusar de su poder y participar en las disputas políticas entre bandos enfrentados, insultando a sus vecinos con epítetos racistas, llamándolos “judíos y moros” (Ortiz Gambetta 19). Denunciaron que mantenía relaciones sexuales con una mujer casada y se embriagaba en público. El Santo Oficio lo condenó a pagar una multa y le prohibieron ejercer oficio alguno en la Inquisición.

Tenía una formación literaria limitada. Lo que da más valor a su obra es su condición de testigo y participante de un momento esencial de la conquista. La expedición de Ortiz de Zárate partió de España en cinco buques. Habían pasado ya más de treinta años desde que los españoles se habían asentado en el Río de la Plata en 1536. La conquista del Perú se había consolidado. El Río de la Plata dependía del Virreinato del Perú. Se habían fundado importantes ciudades, como Buenos Aires, Santa Fe y Asunción, y pacificado los pueblos indígenas más hostiles.

Los españoles mantenían relaciones amistosas y de cooperación con los indios guaraníes. Buena parte de estos habían sido encomendados, y trabajaban en los repartimientos que la corona había asignado a los oficiales más activos. Debían tratarlos como a vasallos del rey y había avanzado el proceso de conversión y cristianización. Los indígenas sufrieron abusos y había resistencia hacia los invasores.

Los españoles transformaron drásticamente el modo de vida de la región. Los pueblos nativos perdieron la libertad de la que gozaban. Muchos de ellos, aún los cristianizados, participaron en rebeliones, que fracasaron ante la superioridad de las armas europeas. Fueron reprimidos duramente.

El naciente estado colonial profundizó sus medidas policiales para contener las revueltas. Los castigos eran ejemplares, se hacían ejecuciones públicas, que buscaban intimidar a los nativos y evitar futuras rebeliones. Los españoles tuvieron hijos con las mujeres indígenas. La nueva sociedad era mestiza. Estos excedían en número a los españoles. Los mestizos mostraron su descontento con las autoridades y con las leyes. Se sentían discriminados en relación con los de origen español.

La población americana mantenía una relación conflictiva con la peninsular. Las insurrecciones de los mestizos fueron reprimidas con dureza. A esta inestabilidad se sumaban las tensiones entre los mandos militares. Había una lucha activa por el poder. Era imposible para sus actores quedar fuera de las disputas y no pertenecer a uno u otro

bando. La sociedad estaba intensamente politizada. La historia y la política atravesaban la nueva experiencia americana. Todo este proceso formó parte de la materia que trató y desarrolló Centenera en su poema.

Sumó su voz a la de los otros cronistas y testigos del proceso histórico de la conquista del Paraguay y el Río de la Plata, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Ulrico Schmidl. Posteriormente participaría del mismo otro escritor, el mestizo Ruy Díaz de Guzmán, que daría una visión histórica de los sucesos más completa y abarcadora.

Martín del Barco Centenera fue más cronista que historiador. Su poema narrativo, en parte épico, en parte testimonial, en parte maravilloso, tenía un objetivo primordialmente literario. Es un poema histórico, y toma como tema muchos sucesos ocurridos, pero les agrega otros inventados y maravillosos (Campra 380). Se acercó a la historia como lo harían más tarde los novelistas: en parte para recrear episodios sucedidos, en parte para hacer verosímiles situaciones posibles, en parte para reemplazar los hechos históricos por otros ideales y “corregir la historia”.

Expresó en su poema sus ideas y presentó su posición personal frente a los hechos narrados. Centenera era un diácono castrense, amaba la acción, les interesaban los combates y los sucesos de la guerra. Era un hombre fiel a la corona, valoraba el imperio. No miró a los naturales con compasión cristiana: los vio como a enemigos y celebró su derrota.

Su imaginación era militar y épica. Las cuestiones morales y religiosas en su obra pasan a un segundo plano. Apoyó incondicionalmente la acción militar de España en el Nuevo Mundo, y el proceso particular de dominación en que se encontraba inmersa en esos momentos. El ejército había dejado de tener un rol exclusivamente militar, para asumir también un papel policial, de control de la seguridad, persecución y represión de disidentes. Él mismo, estando en Asunción, denunció una rebelión de mestizos que se estaba gestando, lo cual llevó a la detención y represión de los participantes (Ortiz Gambetta 18). Estaba orgulloso del mundo militar y policial en que se movía. Creía que la vigilancia era indispensable para poder consolidar el Imperio español en América.

Parte integrante de una sociedad represiva, fue acusado de cometer excesos, y llevado a un tribunal eclesiástico de justicia (Ortiz Gambetta 19). Tenía una relación conflictiva y difícil con sus jefes, y aprovechó su libro para vengarse de sus enemigos, en particular del Adelantado Ortiz de Zárate, al que calificó de gobernante inepto, juez abusivo e injusto. Lo acusó de ser responsable de la muerte de gran número de sus hombres, al dejarlos perecer de hambre, mientras él se salvaba en otra isla, bien alimentado por los indios. En lugar de regresar de inmediato a rescatarlos, el Adelantado se había quedado allá disfrutando de su situación, robando a los indios, abusando de ellos y tratándolos con crueldad (Centenera 182). Su caracterización era una denuncia en ausencia, ya que el Adelantado había muerto hacía muchos años atrás. Quizá era su manera de hacerse “justicia poética” y dejarlo mal parado ante la historia futura. Venganza de escritor.

Presenta en su poema numerosas escenas de combates entre españoles e indios. Describe a los nativos como individuos crueles y brutales, aunque valientes y buenos guerreros. Para él los indígenas representan la barbarie. Si bien su narración es histórica, su historia no es siempre fiel a los hechos ocurridos. Su objetivo es literario, crea personajes ficticios y legendarios cuando la narración lo exige y le conviene. Distorsiona el hecho histórico para acomodarlo al interés épico de su temática. A esto se suma su interés ideológico: tiene muy en cuenta a sus lectores. Está presentando en verso los hechos de la conquista del Río de la Plata al público letrado y noble de España. Comparte con ellos su visión imperialista, y quiere brindarles un poema que se ajuste a sus expectativas.

Escribe para una clase dominante, que se está enfrentando a una realidad histórica nueva y tienen grandes expectativas para el futuro. Han descubierto un continente, una inmensa extensión de tierra poblada por grandes cantidades de indígenas, que pertenecían a pueblos diferentes. Los han sojuzgado militarmente con facilidad, y en esos momentos organizaban la explotación, tanto de sus minerales como de sus tierras. Contaban con una mano de obra numerosa. Los indígenas eran sus sirvientes y vasallos. Los sometían y los cristianizaban. A ese potencial humano, se sumaba la importación de esclavos negros de África en grandes cantidades. América se presentaba como una enorme factoría productiva, sostenida sobre el trabajo servil, semi-esclavo y esclavo. Se realizaban cultivos y se explotaban las materias primas en gran escala. Se proponían aumentar la riqueza del imperio en un breve tiempo.

La distribución compulsiva de la tierra y el empleo de la mano de obra local eran parte de una experiencia social y laboral sin precedentes. Realizada sobre el modelo esclavista del antiguo imperio romano, llevaría la posibilidad de sometimiento y explotación de la labor humana a una situación impensada y jamás practicada en esas proporciones antaño. Estaban en vías de una revolución productiva.

Se estaba desarrollando un nuevo sistema económico, el capitalismo, que transformaría al mundo rápidamente. La guerra, la conquista de tierras, la apropiación del trabajo servil y semi-esclavo indígena, la esclavitud de ingentes cantidades de esclavos negros, proveían al Imperio de los recursos necesarios para consolidar su poder. El continente americano era un inmenso mundo factoría organizado al servicio de los intereses europeos.

Crearon en América una sociedad dominada, un enorme sistema de colonias controlado por el imperio español. De la misma manera procedieron los otros imperios que participaron en la conquista. Esta sociedad, dividida en amos y servidores, señores y esclavos, dio lugar a una nueva cultura, surgida de la experiencia humana de los nativos y los numerosos mestizos con los europeos y las formas culturales traídas del Viejo Continente. Era una sociedad desigual y racista, nacida de la expoliación y la violencia. Su modo de vida expresaba las nuevas relaciones de poder que había instalado el imperialismo. De ese proceso emergieron sus protagonistas y sus víctimas.

En el comienzo del poema, Centenera le dice a su público que se propone contar sus memorias de “cosas admirables” (81). Le pide ayuda a Apolo y a Dios para elevar su canto. Ha escrito un “cuaderno” en que “recuenta”, nos explica, “diversas aventuras y extrañezas,/ prodigios, hambres, guerras y proezas”(88). Fue testigo de muchos de los hechos y otras historias las escuchó. Escribe sobre Perú, Potosí, Tucumán, Brasil, pero su tema principal es el Río de la Plata.

Centenera le imagina una genealogía al mundo americano, que se remonta a la Biblia. En esa genealogía la península Ibérica tiene un lugar central. Según él, luego del diluvio, fue Jafet, hijo de Túbal y nieto de Noé, quien primero pobló a España. Se formaron dos pueblos: los tupís o caribes, y los ricinos. Los primeros comenzaron a comer carne humana y se volvieron caníbales (91). Los ricinos les hicieron la guerra. Creció entre ellos la saña. Aún los romanos no habían llegado a España, ni estaban allí los lusitanos. Los tupís eran crueles, maltrataban a todos. Recorrían el río Tajo y mataban y robaban, les quitaban los hijos y las mujeres a los demás. Los ricinos finalmente lograron vencer a los caribes. Estos últimos construyeron barcas y huyeron de Extremadura.

En esa época había en el océano Atlántico muchas islas, tal como “Platón escribe” (93). Los tupís se dirigieron a estas islas, y fueron pasando de una a otra, hasta que arribaron a Cabo Frío, en Brasil, y fueron “al Río de la Plata y al Estrecho” (94). Entre ellos venían dos hermanos: uno se llamaba Tupí, el otro Guaraní. Todos hablaban la misma lengua, el guaraní. Discuten entre ellos y pelean, y uno, Tupí, se queda en el Brasil y el otro, Guaraní, parte al destierro y se va a los llanos (95).

Llegan a estos llanos muchos otros pueblos: los calchines, los timbúes, los querandíes, los charrúas. Los guaraníes los conquistan. Viven de la caza y de la pesca. Dominan el Paraguay. Llegan al Perú y subyugan a la gente que vivía junto al río Pilcomayo. Era un pueblo guerrero. Dice el poeta: “Los nuestros guaranís, como señores,/ a tierra cuasi toda señoreando,/ por todo el Paraná y sus rededores/ andaban crudamente conquistando.” (96).

Los guaraníes no luchaban por el oro, peleaban para conseguir carne humana, porque eran caníbales. Se mestizan con otros pueblos. Mientras tanto, entraron en la zona del Perú unos hombres “exquisitos”, que hablaban el quichua: eran los Incas. Estos lucharon contra los pueblos del área montañosa y los dominaron. Arribaron más tarde de España los “Pizarros”, que conquistaron todo el Perú. (98).

Los guaraníes sentían odio hacia los españoles, querían vengarse; los extremeños en tiempos antiguos los habían expulsado de la península. Al ver la pujanza que traían estos, no osaron pasar las montañas. Se quedaron en las selvas y montes, donde hicieron

hazañas espantosas. A los pueblos guaraníes que vivían cerca del Perú les llamaron chiriguanos.

Centenera crea para los indígenas de América un origen fabuloso y legendario. Según él, los guaraníes eran oriundos de la península Ibérica. Habían llegado allí antes que arribaran los Romanos. Eran salvajes y caníbales, y por eso los habían desterrado y se habían ido a América, donde, fatalmente, los españoles volvieron a encontrarlos y a dominarlos. En su versión, España es el centro del mundo y el origen de la civilización.

Luego de su introducción mitologizante del pueblo guaraní, cuenta en forma sumaria los sucesos históricos que tuvieron lugar en el Río de la Plata. Magallanes navegó la costa del sur del continente y encontró el Estrecho. En 1513 llegó Solís al río Paraná y lo mataron los timbúes. El rey envió después a Gaboto. Este entró en el Paraná y los indios le hicieron la guerra. Regresó a España y vino Pedro de Mendoza.

En el canto segundo describe la geografía de Río de la Plata. Muestra una gran admiración por su naturaleza maravillosa y sus ríos portentosos. Explica sus principales características y cuenta paralelamente eventos recientes de la historia de América. Mendoza y Ortiz de Zárate habían padecido hambre en la zona, que estaba muy poblada. Los indígenas hablaban todos la misma lengua. Los guaraníes dominaban a los otros pueblos. Yamandú era uno de sus jefes principales, y lo caracteriza como a un “malvado” y un “perro”(108). Desaparecido este, heredó su poder otro jefe indígena, que se puso también por nombre Yamandú. Era un hombre gigantesco y él lo había conocido cuando este estuvo en prisión. Dice que él “procuró doctrinarlo”, sin resultado, “porque era muy malvado este pagano” (109).

Al llegar el viajero al Río de la Plata, entra en un gran estuario. Navega por el río Paraná ciento veinte leguas río arriba y llega a las islas de los Timbúes, a veinte leguas de Santa Fe. Están pobladas de “onzas, tigres y leones” (109). Si uno continúa ochenta leguas más, llega al río Paraguay, que recibe aguas del Perú. El portentoso río Paraná se desvía a la derecha. Penetra en la provincia de “Santa Ana”, poblada de guaraníes, ya conquistados por los españoles y “repartidos” a diferentes encomenderos. Más adelante,

sobre el Paraná, encontramos una enorme catarata. La describe con admiración, porque era algo maravilloso (111).

Si uno regresa por el Paraná aguas abajo penetra por el curso del río Paraguay y llega a Asunción, a la que llamaban “el paraíso de Mahoma”. Vivían allí muchos mestizos “esforzados”, y tan numerosas “doncellas, que “de cuatro mil ya pasan como estrellas” (114). Describe a Asunción como una ciudad rica, con abundantes “frutos de la tierra y de Castilla,/ pan y vino, carnes y pescado” (114). El río tenía una gran variedad de peces, entre ellos la palometa, que comía carne humana. Los guaraníes, además de cazadores y pescadores, eran labradores, diferenciándose de los otros pueblos. El Paraná era un río tan extenso, que él había recorrido quinientas leguas sin hallar su nacimiento.

En el tercer canto toma como tema la tierra y sus extraños animales. Describe varias de las víboras locales, que le resultaban exóticas, como la curiyú y la víbora cascabel, que al hombre que mordía moría en el día (120). Incluye animales fantásticos, que él dice haber visto, como el carbunclo, un animalito pequeño, con un espejo en la frente, al que lo atrapaban para sacarle el espejo mientras estaba vivo, y los gusanos de las cañas, que se volvían mariposas y al tiempo se transformaban en ratones. Había seguido por mucho tiempo a los escuadrones en sus guerras y había visto animales diversos (125).

En el canto cuarto concluye la descripción de los pueblos indígenas, la geografía del lugar y sus animales, y comienza su relato sobre la historia contemporánea del Río de la Plata, a partir de la llegada del Adelantado Pedro de Mendoza, y la fundación de la primera ciudad de Buenos Aires.

Centenera juzga con severidad a Mendoza. Según él, había luchado con el Emperador Carlos en la guerra de Italia y participado del saco de Roma en 1527. El poeta lo acusa de ladrón. Dice que “al tiempo de pillar, hinchó la mano” y se enriqueció (129). Le pidió al rey Carlos que lo enviara como Adelantado a la Argentina, “pretendiendo su memoria/ levantar en conquista de paganos/ con dinero robado entre romanos” (130). La conquista era una empresa en su mayor parte privada y el adelantado era el

responsable por reunir los fondos para pagar la expedición. Mendoza invirtió una gran fortuna en la Armada, pero todo fue en vano.

Llegaron muchos nobles con él, entre ellos el Capitán Juan Osorio, que era segundo en el mando. Después de enfrentar una cruda tormenta arribaron a Santa Bárbara, en Brasil. Varios capitanes, que envidiaban a Osorio, lo acusaron de traidor. Decían que quería reemplazar al Adelantado y quedarse con el poder. Mendoza cedió a las intrigas y lo condenó a muerte. Centenera defiende a Osorio, dice que era un militar recto. Asegura que el Adelantado condenó a un justo, y por eso Dios va a desencadenar un gran castigo contra la Armada. Dice en su poema: “La muerte del que es justo, y bien creído/ ...lo castiga con infierno,/ que la sangre de Abel el inocente/ clamando está ante Dios omnipotente” (134).

Ayolas asumió como segundo luego de la ejecución de Osorio. Mendoza estaba enfermo del “morbo de la Galia”, sífilis, una enfermedad venérea gravísima que poco después acabaría con su vida, cuando trataba de regresar a España. No pudo gozar del “tesoro que en Roma hubo pillado” (135).

Luego de la fundación de Buenos Aires, el hambre, castigo de Dios, hizo estragos entre los soldados. De dos mil que eran solo sobrevivieron unos cientos. Describe varias escenas de canibalismo. Un soldado se comió a su propio hermano muerto (136). Una mujer se prostituyó a cambio de una cabeza de pescado. Dice que el casto sobrevivía mejor que el vicioso. Centenera se muestra moralista, y condena repetidamente la liviandad de las mujeres.

El capitán Ayolas navegó río arriba y llegó al Paraguay. Allí dominaba el territorio el cacique Yanduazubí, que hizo la paz con los cristianos (137). El capitán siguió su entrada en busca de oro y riquezas, y dejó a Salazar con los navíos, esperando. Este se fue a Asunción y lo abandonó. Ayolas regresó meses después, cargado de riquezas. Al no encontrar los barcos, intentó regresar por tierra con su ejército y los indios mayaguas los mataron a todos.

Yanduazubí protegió a Salazar, que pobló Asunción. Allí los cristianos se emparentaron con los indios. Vivían amancebados con las indias, una práctica que

Centenera condena (139). El líder en Asunción era el Capitán Martínez de Irala. Había gran libertad entre hombres y mujeres. Centenera lo considera libertinaje. La gente quería a Irala, era popular. Dice que había hechos cosas buenas, pero también había perseguido gente. Había despoblado Buenos Aires. En Asunción tenían trigo y comida, y estaban contentos. Todos trabajaban: eran labradores, hortelanos, pescadores.

En el quinto canto continúa la historia contemporánea de Asunción. Esta se transformó en el centro de desarrollo de la región del Paraguay y el Río de la Plata. Muerto Mendoza, el rey mandó a un nuevo Adelantado: Álvar Núñez Cabeza de Vaca. A su llegada se produjo un grave conflicto de poder en la región. Se debió a la ambición de unos pocos y el excesivo amor a la riqueza, afirma el poeta. El interés causaba “las guerras y las grandes disensiones”, los motines, las revueltas y las rebeliones (142). Centenera defiende al Álvar Núñez. Dice que se hicieron falsas acusaciones contra él. A diferencia de lo que pasó con los otros Adelantados, mantuvo buenas relaciones con los nativos. Sus hombres, que vinieron a pie con él a la región en una larga marcha, no pasaron hambre. Los indios los recibieron bien. El capitán Irala, ambicioso, lo esperó con “maña”, fingió obediencia y luego intrigó contra él.

Álvar Núñez organizó una expedición para ir al encuentro del gran Mojo. Este era un personaje fantástico, del que hablaban todos: un gran señor poderoso que vivía en una ciudad riquísima, semejante al Cuzco, y tenía mucho oro. El Adelantado marchó con su expedición durante semanas, y poco antes de arribar al lugar detuvo el avance de la tropa; muchos de sus hombres estaban enfermos y no podían seguir. Álvar Núñez privilegió la vida de sus soldados, puso su salud por encima del amor al oro. Venció la tentación (148). Cuando regresó a Asunción enfrentó una sublevación, secretamente preparada por Irala: lo apresaron. Le pusieron al pueblo en su contra. Lo acusaron de faltas que no cometió. Eligieron a Irala como Gobernador en su reemplazo.

Irala era un político hábil y sin escrúpulos: ayudaba a los pobres que lo apoyaban y a los que se oponían los destruía. A muchos de los que eran leales a Álvar Núñez los ahorcó. Su objetivo era el poder. Recurrió a las manipulaciones de familia: prendió a un

oficial enemigo, Vergara, y lo condenó a muerte. Le dijo luego que le perdonaba la vida, si aceptaba casarse con su hija mestiza y formar parte de su familia y su grupo.

Irala armó un proceso contra Álvar Núñez y lo envió preso a España. Poco después organizó su propia excursión de conquista. Salió con su armada de Asunción y dejó a Mendoza como su lugarteniente. Conquistó a los indios Chiquitos, vecinos del gran Mojo.

En este tiempo habían ocurrido cosas graves en el Virreinato del Perú, del que el Río de la Plata formaba parte. Hubo un levantamiento de encomenderos, que terminó en una guerra civil entre estos y la corona. Centenera prefiere no hablar de eso. Su libro iba dirigido a las clases nobles. Escribe en apoyo de la monarquía y el imperio. Evita mencionar cuestiones conflictivas.

En 1542 se habían aprobado en España las Leyes Nuevas para la región. Estas limitaban el poder de los encomenderos y prohibían la esclavitud indígena. Los sectores esclavistas en el Perú se rebelaron. Se levantaron, liderados por Gonzalo Pizarro. El virrey marchó contra ellos. Pizarro lo derrotó en la batalla de Iñaquito y lo hizo decapitar. El rey envío al Presidente La Gasca a Lima a resolver el problema. La Gasca derrotó a Pizarro y lo ejecutó. Luego se dedicó a pacificar la región. Le informaron que desde Asunción, Irala estaba marchando con un ejército hacia el Perú. La Gasca desconfió de él y le ordenó detener su expedición: temía que sus hombres se unieran a las fuerzas insurrectas de los encomenderos (Schmidl 103-5). Eso obligó a Irala a interrumpir la marcha y regresar a Asunción.

Cuando llegó a la ciudad se encontró con una insurrección de los leales, que apoyaban a Álvar Núñez. Los reprimió y mató al líder, Abreu.

Reciben nuevas de España sobre Álvar Núñez: el proceso en su contra avanzaba, le habían quitado su título de Adelantado. Centenera se admira de que la Corona no haya dicho nada sobre el virtual golpe militar de Asunción para derribarlo. Tenía una enorme gravedad institucional. Irala parecía tener el aval tácito del rey, que respetaba el poder desnudo. En el canto sexto le llega el fin al Capitán Martínez de Irala: muere.

Irala era el político ambicioso, sabio, astuto, que manipulaba a sus contrarios y tenía el territorio pacificado. Los opositores se habían pasado todos a su bando. Poco

antes de su muerte había llegado a Asunción el Obispo Pedro de la Torre, bien recibido y apreciado por todos. Eligen a un nuevo gobernador para reemplazar a Irala: la responsabilidad cae en el Capitán Vergara. Este sale con el Obispo de la Torre hacia Lima.

En este canto como en el siguiente Centenera se concentra en narrar las intrigas, enfrentamientos y luchas entre los conquistadores. En Asunción pasa de todo. Cuenta la historia de Melgarejo, un capitán que él admira. Su mujer lo engañaba con un cura: los sorprende juntos en el dormitorio y los mata a los dos.

El General Cáceres, teniente gobernador, se enemista con el Obispo Guerra. Su enfrentamiento cobra una intensidad que amenaza la paz de todos. El General encierra en la cárcel al Obispo y no le da de comer (170). Lo priva de su renta. Ataca a su amigo Esquivel y le hace cortar la cabeza por traidor. Finalmente, los mancebos (mestizos y criollos) y las mujeres, partidarias del Obispo, se rebelan contra Cáceres. Lo toman prisionero y lo mandan a España. Ponen a Martín Suárez como Teniente Gobernador. Suárez manda a Garay en una entrada a Santa Fe. Este puebla la ciudad.

En el canto octavo entra en el teatro de los acontecimientos el mismo poeta como personaje. Llega al Río de la Plata en la excursión del Adelantado Juan Ortiz de Zárate. Es su capellán militar. El carácter de la historia cambia. Se vuelve crónica. Él participa de muchos hechos. La distancia afectiva que mantenía con la materia que narra disminuye: pone sus pasiones en primer plano. Centenera no es un hombre común. Es un diácono con vocación militar, ama estar con los soldados, acompañarlos a la guerra. Juzga con dureza la idoneidad de los jefes, especialmente la del Adelantado Zárate, a quien considera un incapaz, y un hombre inmoral y cruel. Gran parte del canto lo dedica a insultar a Zárate y denunciar su incompetencia.

La expedición en que viene Centenera tiene un viaje accidentado. Describe las peligrosas tormentas que enfrentaron durante el trayecto. Finalmente, pudieron llegar a la costa del Brasil. Los indios guaraníes los recibieron amistosamente. En la isla de Santa Catalina sufren hambre. Ortiz de Zárate deja al grueso de sus hombres en Santa Catalina y va con un grupo de soldados a la isla vecina de Ibiaza a buscar alimentos. Allá los nativos los reciben bien y les dan comida. En lugar de regresar a la otra isla de inmediato

a socorrer a su ejército, se queda en Ibiaza disfrutando de su situación, maltratando y robando a los nativos. Era un codicioso y lo único que le importaba era su beneficio. Mientras tanto, sus soldados en Santa Catalina morían de hambre.

Centenera describe lo que ocurre en la isla. Los acosaba el hambre. Los oficiales, a pesar de esto, castigaban con severidad a los que trataban de escapar y buscar alimentos por su cuenta. Atraparon a varios y los condenaron a la horca sin piedad alguna (182). Dice el poeta: “Mas, ¡ay!, que Joan Ortiz dejó un flagelo/ cortado muy al gusto y su medida,/...pues vemos que de hambre están muriendo/ aquellos que en la horca están poniendo!” (184). El hambre no hace distingos de clase. Las mujeres se arrepienten de haber parido. Los hombres maldicen el honor y la honra mundana que los impulsó a viajar al nuevo mundo. Como en la hambruna de Buenos Aires, en tiempos de Mendoza, se comieron a los muertos (Brunke 279).

Centenera cuenta una historia sentimental maravillosa. Un pez monstruoso amenaza a unos amantes. Siempre tiene en cuenta el gusto de su público cortesano. Un hombre y una mujer casados se enamoraron y salieron a la montaña a recoger palmitos. Allí se perdieron. Desesperados, querían morir. Él se propuso encontrar el camino de regreso. Salió en su búsqueda y dejó sola a la amada. Prometió volver pronto. Ella fue a la playa y allí vio un pez del tamaño de un hombre que salía del agua. Este se acercó reptando hacia ella. Se había enamorado. Ella retrocedió. El pez la seguía. Finalmente, el amante retornó. Había encontrado el camino. El pez volvió al mar y escapó. Cuando regresaron a donde estaban los otros, los oficiales los separaron. Eran casados infieles.

Centenera termina el canto haciendo una crítica cruel y misógina a la mujer. Dice que no se puede confiar en ellas y que son peligrosas para el hombre. Su actitud, probablemente, no era inusual dentro del mundo militar en que se movía. Las acusa de utilizar y manipular al varón. Dice el poeta: “Es tanto su poder y maña fuerte,/ que todo el mundo tienen ya rendido./...Hambre, ni desventura, ni la muerte/contrastar su poder nunca han podido” (190). Siendo seres imperfectos, dominan a los demás. Son capaces de rendir “al sabio, al necio, al pobre y al que es rico” (190). Su menosprecio al sexo femenino es paralelo a su idealización del poder masculino. Reverencia a la fuerza como ideal. El hombre para él debe dominar y someter. El ejército ha venido a América para conquistar e imponerse. Él, como su capellán, acepta sus ideales y los fomenta.

Tiempo después el Adelantado llega de Ibiaza, con sus naves llenas de comida, para buscar a los hombres que habían quedado en Santa Catalina. Embarca a los sobrevivientes. La excursión continúa como si nada hubiera ocurrido, hacia el Río de la Plata. El viaje fue difícil, enfrentaron continuas tormentas.

A partir del canto diez el poeta incluye en la trama a los indígenas como personajes. Cuenta sobre los pueblos nativos de la región. Luego del desembarco encuentran a los indios charrúas. Describe sus costumbres, su economía, sus armas. Son guerreros, y con ellos van a enfrentarse. Narra la guerra como un relato de aventuras, imitando las narraciones caballerescas europeas. Caracteriza a los principales jefes indios y guerreros, y los enfrenta a sus pares españoles en una dura contienda. Abundan los encuentros y combates individuales, donde se mide la pericia de los campeones. Destaca su habilidad en el uso de las armas y su valentía.

El cacique principal de los charrúas se llama Zapicán. Abayubá es el campeón indígena favorito. Los indios atacan a los españoles y matan a cuarenta hombres. Comienza una guerra sin cuartel. Taboba, el gran guerrero, mata a muchos. Dice el poeta: “El zapicano ejército venía/ con trompas y bocinas resonando.../ al sol la polvareda oscurecía,/ la tierra del tropel está temblando...” (205). Describe escenas de coloridos combates. Los españoles tienen sus grandes capitanes. Santiago lidera la lucha. El Adelantado embarca a sus tropas durante la noche. Por la mañana Zapicán ataca los barcos, pero nada puede hacer contra ellos, que les disparan con sus arcabuces. Se impone la superioridad de las armas españolas. Finalmente los indios se van.

Llega el Capitán Melgarejo para ayudarlos. Centenera, que critica al Adelantado Zárate, trata con respeto a los capitanes, a los que admira, en particular a Garay y sobre todo a Melgarejo. Los considera soldados valientes, fieles a la corona. Dado que dirige su libro a un público monárquico, imperialista y de clase alta, toma la obediencia al rey como uno de los más importantes valores.

Centenera participa en una excursión al mando de Melgarejo. Van a la isla Martín García, donde los recibe el cacique Taboba. Siguen navegando por el Paraná río arriba, hasta llegar a la tierra de los timbúes, en la zona vecina a Santa Fe. Les avisan que Garay y su gente habían pasado por allí. Los indios atacan a Santa Fe, pero los “mancebos” rechazan el ataque. Pelean contra Yamandú.

Centenera incluye una historia caballeresca de amor, con personajes indígenas, en el relato de guerra. Se trata de la historia de Yanduballo y Liropeya. El guerrero Yanduballo ama tiernamente a la bella Liropeya. El mestizo Caraballo, incapaz de comprender su amor, mata a Yanduballo para poseerla. Le confiesa que la ama, pero ella, fiel a la memoria de su enamorado, en vez de entregarse a Caraballo, se mata con su espada. Caraballo se lamenta de su muerte. Dice el narrador: “Y vide lamentar su desventura/ conclusa al Caraballo la jornada,/ diciendo que, aunque muerta, estaba bella/ y tal como un lucero y clara estrella” (222).

Melgarejo encuentra a Garay al llegar a Sancti Spiritus y los dos celebran con gran alegría. Son notables capitanes. La guerra continúa, liderada por Garay. Se enfrentan a dificultades y tormentas. Encuentran a varios cautivos, a los que liberan. Compara la belleza del paisaje de la región con el que describían los mitos griegos. Hace referencia a la historia de las hermosas Piérides, las bellas doncellas que retaron a las Musas. Dice: “Es tan ameno y bello este paraje,/ que las hijas de Pierio bien podrían/ dejar de Tracia el monte y su boscaje,/ que aquí más soledad cierto tendrían” (232).

Llega el cacique Zapicán para atacarlos. Los españoles y los mancebos salen gozosos a enfrentar a los charrúas. Zapicán arenga a sus guerreros en guaraní. Centenera comprende lo que dice. Garay hace lo propio con sus soldados. Gritan Santiago, Santiago. El poeta describe numerosos combates individuales. Este es el momento es que se luce la épica. Hieren a Garay, pero por suerte no es de gravedad. Los caballeros españoles hacen estragos. Leiva mata a Tabobá y ataca a Abayubá. Zapicán quiere vengar a Tabobá. Manialvo lo ataca y lo corta en dos pedazos. Centenera describe la matanza con entusiasmo; dice: “Aquí veréis el indio atravesado/ por medio la garganta, y allí junto/

el otro todo el casco barrenado/ saliéndoles los sesos al punto” (240). Termina el combate y Melgarejo avisa al Adelantado Zárate que mataron a Zapicán. Todos los celebran.

Zárate manda a Melgarejo a Paraguay a buscar comida. Apresan a un hijo del cacique Cayú. Este viene a pedir por su hijo, y le da al Adelantado una india adolescente a cambio de su libertad. Zárate, despótico, se queda con ella y hace regresar a Cayú sin su hijo. Centenera comienza una larga tirada contra los indígenas. Los acusa de crueles, bárbaros. Dice que torturaban a sus prisioneros.

En los cantos siguientes vuelve a ocuparse de las disputas entre españoles. Narra las luchas e intrigas que ocurrieron en la ciudad de Santa Cruz, en Perú, entre Zurita y Diego de Mendoza. La culpa de todo, según él, la tuvieron sus mujeres. Agrega aquí nuevos comentarios misóginos. Dice que Satán se vale de las mujeres para lograr sus fines: “...el caso que no puede muy siniestro,/ por medio de mujer puede y alcanza,/de modo que de diez partes de males/ los nueve con mujer causa cabales” (255). Don Diego mata a Salazar y el Virrey interviene en la disputa. Envía una armada al mando de Gabriel de Panagua y el conflicto se extiende.

Don Diego trata de levantar a los indios de la región contra el virrey, y estos se niegan a ayudarle. Las persecuciones, asesinatos y represalias aumentan. El problema llega a Tucumán. Sus jefes apoyan a Diego de Mendoza. El virrey envía cartas al Río de la Plata exigiéndoles obediencia. Los indios, tomados en medio de la disputa, también son sus víctimas: el virrey va a Potosí, la ciudad minera por excelencia, y les pone altas tasas y nuevos impuestos para pagar los costos de la guerra. Prende a Don Diego finalmente, y lo ejecuta.

Aprovecha la oportunidad para ir a Vilcabamba a reprimir a los indios. Dominaba allí el gran Inca Tupamaro. Se consideraba un gran señor. A pesar de que los españoles oprimían a los indígenas de la zona, el Inca los apoyaba. Pero el virrey desconfiaba de él. Decide ejecutarlo. Envía a Loyola a Cuzco. Lo apresa, pero se niega a matarlo. Le dice al Virrey que es un Inca, y que el pueblo lo apoya. El virrey le manda la orden por escrito, exigiéndole la ejecución. Acusa a Tupamaro de insurrección. En medio de la consternación popular, lo decapitan.

En el Río de la Plata, mientras tanto, los soldados padecen hambre. Centenera fue testigo de lo que sucedió. Asegura que el Adelantado Ortiz de Zárate, lejos de compadecerse por la situación que sufrían sus hombres, los insultaba. Les decía: “Malditos endiablados comilones,/ tragones, apocados, gente avara,/ que os traje yo de España a sustentaros,/ ¿qué os debo? Estoy a punto por dejaros” (282). Sus hombres lo despreciaban y lo odiaban, por el abuso y el mal trato. Garay mandó comida del Paraguay y se resolvió el problema. El poeta dice que el Adelantado era codicioso y disfrutaba castigando severamente a los que cometían faltas. Nadie lo quería. Poco tiempo después se enferma y muere. Le deja el poder a quien se case con su hija, que vive en Charcas. Esto despierta una nueva lucha de facciones.

Son varios los que quieren ocupar el puesto de Adelantado en el Río de la Plata. El poder pasa temporariamente al sobrino de Zárate, el joven Mendieta, hasta tanto se concrete el casamiento de la hija. Mendieta es tan abusivo y comete tantos atropellos y crueldades, que, finalmente, en Santa Fe, la misma gente lo apresa y pone en prisión. Renuncia públicamente al mando y lo envían a España. Pero no era Mendieta el único que tenía problemas, también el buen Garay: el virrey desconfiaba de él y empezó a perseguirlo. Le exige que vaya a Lima. Este se niega. Sabe que lo quieren poner en prisión. El virrey envía a Valero para capturarlo.

Una guerra de intrigas se sucede. Garay trata de descomprimir la situación e inicia una campaña militar contra los indios. Centenera dice que muchos de los problemas eran evitables, y que una causa de estos era el exceso de libertad. Esta se había vuelto libertinaje. Se había relajado la estricta separación entre las clases. Muchos soldados no respetaban los privilegios de los nobles. Dice: “La causa de este mal es el anchura/ y libertad tan grande permitido,/ que vemos una grande desventura,/ que la muy baja gente es tan tenida/ como la que es más noble de natura” (302). Aboga por una política más estricta y una vigilancia policial severa.

Esta distorsión moral de los valores, se extiende, para él, también al mundo de la religión. Un sacerdote, Martín González, al que califica de “clérigo idiota”, tuvo la mala idea, cree, de tratar a los indios como si fueran españoles, sin darse cuenta de que los

naturales carecían de inteligencia para entender las escrituras, eran “avaros” de juicio (306). Este predicaba en sus sermones a los indios cristianos que Dios hacía maravillas, y había permitido a David vencer a Goliat con solo una honda. El indio Oberá, escuchando su sermón, decidió levantar a su nación guaraní, diciendo que ellos podían vencer a los españoles. Dijo que él era hijo de Dios, concebido por la virgen, y que su hijo, Guiravó, era el Papa. Empezó a bautizar y cambiar de nombre a los indios, y estos se fueron de los repartimientos. No acudían al trabajo y dejaron de sembrar.

Garay desató una persecución contra Oberá. Muchos nativos, según el arcediano, temían a los españoles, y no quisieron luchar contra ellos. Fueron a ver a Garay y le pidieron que los repartiera en encomiendas. La rebelión, sin embargo, fue en aumento. Guaycará juntó cinco mil guerreros, construyó un gran fuerte y atacó a los españoles. Garay luchó contra ellos. Centenera describe combates individuales entre grandes campeones españoles e indígenas.

En esta parte el poeta nos brinda una imagen de sí mismo en medio del combate. Un guerrero se había aproximado a él con una cruz y le pidió su protección. El capellán iba en su caballo, vestido de blanco, acompañado de un soldado. Cada uno llevaba un arcabuz. Se supone que él no participaba en la lucha armada, y el arcabuz sería solo de protección. Toma al indio prisionero y lo lleva consigo. Dice: “De blanco me vestí, y con sombrero/ de paja, en mi caballo a la jineta,/ llevando solamente un compañero,/ y cada cual a punto una escopeta./ Espías yo le puse, tan ligero/ que venida la noche muy secreta/ en un bosque le prendo, y amarrado/ a la ciudad le traigo a buen recado” (320).

Garay decide volver a poblar Buenos Aires. Sale de Asunción con una excursión armada. El cacique guaraní Tabobá, al llegar, les hace la guerra. Entran en combate y el mestizo Inciso lo mata y le corta le cabeza. Los indios retroceden. Luego huyen. Los españoles se establecen en el lugar y se reparten la tierra.

Una nave sale para Castilla para informar a la Corona. Construyen un fuerte. Centenera está impresionado por la belleza del lugar y la fertilidad de la tierra. Compara la ubicación de la ciudad con el sitio en el que se asienta Sevilla. La llaman Trinidad. Se congregan en Cabildo y eligen alcaldes ordinarios. Mientras tanto, en Santa Fe, hay un

levantamiento de mestizos. Le escriben a Abrego, en Tucumán, pidiéndole ayuda. Los mestizos se quejan de Garay, dicen que los oprime. Quieren apresarlo, y enviárselo al Virrey. Ellos buscan poseer la tierra, porque se la ganaron en la guerra (325). Eligen como jefe del levantamiento a Cristóbal de Arévalo.

Un grupo de monárquicos sorprende a los mestizos y los atacan. Arévalo, su jefe, los traiciona, y se pasa a los monárquicos. Luchan y matan a los principales. Suprimen la rebelión, cortan los cuerpos de los muertos en pedazos y los ponen en los caminos con leyendas, advirtiendo que eso era lo que les pasaba a los que se rebelaban contra la corona. Varios lograron escapar. Lerma, gobernador de Tucumán, inicia la persecución de los mestizos. Atrapa a varios y los tortura. Centenera celebra el celo monárquico de Lerma, dice que su acción fue de gran “provecho” (330).

El arcediano no asistió en persona a la fundación de Buenos Aires. Permaneció en Asunción, donde amenazaba replicarse el levantamiento de mestizos de Santa Fe. Esto representaba un gran peligro para la corona, ya que los mestizos superaban varias veces en número a los españoles. Querían tener el derecho a la tierra. Reclamaban una mayor libertad e independencia. Centenera participó activamente en la supresión del levantamiento de Asunción, denunciando a los implicados a la policía (Ortiz Gambetta 18).

El arcediano empezó a tener problemas en la ciudad y logró que lo trasladaran al Perú. En este momento la narración se fractura. Centenera cesa su actuación como capellán castrense. Deja de ser testigo directo de los enfrentamientos militares. Comienza a narrar otro tipo de sucesos, en los que estuvo implicado o de los que fue testigo. Elige hechos llamativos y extraordinarios, que puedan satisfacer la curiosidad de sus lectores, como el terremoto de Lima, el Tercer Concilio de Lima, en que participó como secretario, y la invasión del pirata Drake.

Centenera transforma a Drake en un gran personaje de aventuras. Llama la atención su elección de Drake, por cuanto se trataba de un enemigo de la corona de España. Pero Drake representaba un héroe con una mentalidad distinta. Un hombre valiente, independiente, fuerte, libre. El mundo había cambiado a fines del siglo XVI: el

descubrimiento de América había modificado el régimen de acumulación de la riqueza y la dinámica del dinero. Esto dio al individuo un nuevo lugar en esa sociedad.

El corsario actuaba fuera de la ley, desafiaba a las instituciones. Se apropiaba por la fuerza de la riqueza de los otros, se burlaba de la moral. Los piratas se enriquecían rápidamente, con licencia de la corona. El poder político no los controlaba en forma directa. Drake atacaba a los enemigos de Inglaterra y aportaba parte de su rapiña al tesoro inglés (Navascués 179-90).

Los corsarios no eran los únicos que actuaban y desarrollaban su negocio al margen de la ley. Había aumentado también el tráfico de esclavos. La esclavitud pasó a ser un gran negocio. Portugal dominaba este comercio en América, y en la época en que Centenera escribe la corona de Portugal y la de España estaban unidas. El rey de España era también rey de Portugal y Brasil. Llegaban cientos de miles de esclavos a Brasil, que eran esenciales para el cultivo de sus plantaciones. Su fuerza de trabajo permitía producir enormes cantidades de materias primas que abastecían a toda Europa (Klein y Vinson 15- 33).

La transformación de América en continente factoría, sostenido sobre el trabajo servil indígena y el trabajo esclavo de los negros traídos del África, era un hecho. Europa organizaba la producción de América de acuerdo con sus propias necesidades y para su propio enriquecimiento. La conquista de América había transformado radicalmente la conciencia imperial. El impacto cultural de la conquista se hizo sentir rápidamente en Europa. Centenera escribía para esos lectores. Buscaba apoyo en la nobleza, para que compensaran sus servicios como capellán castrense y su fidelidad a la monarquía. Trataba de justificar y explicar la acción del ejército, resaltando el sacrificio y el heroísmo de sus hombres.

El corsario no era el único empresario o aventurero que había venido a América. El Adelantado también contaba con capital privado para su empresa de conquista. Era nombrado por el rey, y por contrato tenía derecho a quedarse con una parte de todo lo que descubriera o conquistara. Debía él mismo buscar y encontrar los medios para financiar la expedición (Tieffemberg 290). Centenera critica a todos los Adelantados que

habían pasado por el Río de la Plata (con la excepción de Álvar Núñez). Los caracteriza como a individuos inmorales y ladrones, que venían a América con el solo objeto de enriquecerse.

El poeta dice que se detiene a hablar de Drake porque no hay que quitarle los “derechos” al enemigo ni sentir envidia de sus hazañas (333). Lo describe como a un caballero noble. Dice: “Aqueste inglés y noble caballero/ al arte de la mar era inclinado./ Más era que piloto y marinero,/ porque era caballero y buen soldado./ Astuto era, sagaz y muy artero,/ discreto, cortesano y bien criado,/ magnánimo, valiente y animoso,/ afable y amigable y generoso” (334).

Muestra admiración por el pirata. No había descrito con tanta generosidad a ningún jefe español. Dice que a pesar de todo carecía de una cosa esencial: el amor de Cristo, ya que era luterano. Cuenta sus hazañas: llega a Arica, ataca a un navío español cargado de barras de plata. En El Callao ocurre algo extraordinario: los esclavos negros creen que Drake viene a liberarlos. Les roban el freno a los caballos de sus amos, para que no puedan escapar ni atacar a los piratas. Centenera les reprocha a los negros que no quieran ni aprecien a sus amos. Dice que los esclavos actuaron contra ellos “con ánimo maldito y alevoso” (337). Poco después los corsarios capturan el navío San Juan de Otón, que transportaba plata del Rey. Se van a refugiar a una isla portuguesa, donde los reciben bien. Descansan, se aprovisionan y regresan a Europa.

Centenera describe luego otro hecho llamativo que sabe va a interesar a sus lectores: el terremoto que tuvo lugar en Arequipa. El volcán había entrado en erupción y el pueblo todo tembló. Se destruyeron trescientas casas.

Incluye una historia policial entretenida. Una mestiza aprovecha la confusión que genera el terremoto, para ponerse de acuerdo con su amante y matar a su esposo español. Esto ocurre, dice el poeta, por culpa de la torpeza de los hombres. Deben desconfiar más de las mujeres, que mudan sus sentimientos constantemente. Se lamenta: “¡Oh, cruda ingratitud, tan celebrada/ de hembras por el mundo, como vemos...!/...La culpa nuestra bien está probada...”. Y concluye: “Fiad de la mujer, por vida mía,/ veréis cuán mal acude a la fianza” (342).

En el canto siguiente habla de un asunto de gran importancia para él: el Concilio de Lima. Si bien era un religioso que, como diácono, solo había completado su formación religiosa básica, pudo asistir al mismo en calidad de secretario, al servicio de los obispos (Ortiz Gambetta 17). Durante las reuniones del Concilio los participantes mantuvieron numerosas disputas. La relación entre los obispos no era muy distinta a la de los capitanes y gobernadores en sus jurisdicciones: abundaban las intrigas y las luchas por el poder.

Los limeños pronto se cansaron del Concilio. Los obispos sesionaron durante un año y todo giró alrededor de ellos. Aprobaron nuevos códigos de conducta para las mujeres. Las acusaron de ser disolutas y de coquetear. Prohibieron que usaran el rebozo y se cubrieran el rostro. Estas asistían a las fiestas y usaban el rebozo para ocultar su identidad. Dice: “En Lima veréis damas muy costosas/ de sedas, tramasirgos y brocados,/ en las fiestas y juegos aireadas,/ mas los rostros y caras muy tapadas” (350). La nueva medida trajo mucho enojo de parte de las damas, pero igual se impuso. Los obispos pidieron a los encomenderos y propietarios de indios y esclavos que los alimentaran bien, algo que por supuesto estos no hicieron. Debían además cristianizarlos.

Centenera confiesa que ya estaba cansado de vivir en América. Habían pasado casi dos décadas desde que había llegado. Sin embargo, no tenía dinero para volver. Extrañaba España (355). Termina el Concilio y recibe un favor inesperado: el obispo de Charcas lo designa su vicario. Lo hace nombrar además comisario de la Inquisición. Este último nombramiento le trajo problemas. Fue acusado de mal desempeño en sus funciones. Le hicieron juicio por entrometerse en las disputas políticas de los distintos grupos, ofender con insultos racistas a sus vecinos, a los que llamaba “judíos y moros”, y mantener relaciones íntimas con una mujer casada. El tribunal lo condenó a pagar una multa y le prohibió ejercer en el futuro puesto alguno en la Inquisición (Ortiz Gambetta 19).

Dada la situación, se fue del Perú y regresó a Asunción. Al llegar allá, se encontró con que el obispo Alonso Guerra había sido expulsado de la diócesis. Esto dejó una vacancia en el clero, que el arcediano pudo ocupar temporalmente. Viajó más tarde a Buenos Aires, donde ayudó a restaurar el templo de la Catedral. En 1593 solicitó al rey

permiso para regresar a España. Una vez en la península consiguió la protección del virrey de Portugal, el marqués de Castel Rodrigo, que lo nombró su capellán. Durante los años siguientes tuvo tiempo suficiente para poder organizar sus notas y el material histórico reunido, y trabajar en su poema.

En los últimos cantos de su libro, Centenera reitera varios de los tópicos de sus cantos anteriores: el episodio más destacado que va a aparecer es el de la muerte de Garay, un soldado a quien él apreciaba. Después de poblar Buenos Aires, había tenido varias guerras con los indios de la región. Durante un viaje en barco, se acercó con sus hombres a la costa del Paraná para dormir en la playa. No dejó la guardia adecuada y durante la noche los indios los sorprendieron. Pocos pudieron escapar. Centenera dice que Garay era imprudente y se confiaba demasiado (363). Su muerte llevó a una guerra mayor. Los indios, confiados en sus fuerzas, decidieron atacar Buenos Aires, liderados por Yamandú. La superioridad militar de los españoles se impuso y los derrotaron.

En la parte final, Centenera narra la llegada a Sudamérica de un nuevo pirata inglés, Cavendish, que ataca las costas. Esta vez, los españoles y los portugueses se defendieron con éxito, y lo vencieron (387). El poeta se despide de sus lectores, prometiendo continuar. No podrá hacerlo, sin embargo. Era ya un hombre viejo, como lo reconoce, y muere en el año de la publicación. Dice sobre su libro: “Aquí quiero dejarlo, prometiendo/ en otra parte cosas muy gustosas,/ que estoy en mi vejez yo componiendo/ del argentino reino hazañosas/ batallas que el dios Marte va tejiendo,/ conquistas y noticias espantosas” (406). En sus últimas líneas encomienda su manuscrito a la censura del Santo Oficio y pide la protección de la iglesia católica.

Argentina y la conquista del Río de la Plata se publicó en 1602. El extenso poema narrativo se destaca, en relación al corpus de las obras sobre la conquista del Río de la Plata, compuesto por crónicas, informes e historias, por su clara intención literaria. El escritor vivió más de veinte años en Sud América y su testimonio nos resulta valiosísimo, tanto por lo que dice, como por lo que no dice, y oculta o distorsiona. Centenera habla desde su perspectiva social, como diácono y capellán de la armada. Defiende sus privilegios, muestra sus aspiraciones y sus prejuicios.

En su poema combina la invención con la historia y la política. Toma como modelo la literatura épica de la época. El poema La Araucana, de Ercilla, fue sin duda un estimulante para él. Sabe que no puede emularlo, carece de la formación para hacerlo. No tiene el talento poético de Ercilla. Reconoce sus límites y asume sus riesgos como autor (Ortiz Gambetta 14). Su obra tiene elementos épicos, otros históricos, mucha política: no es una obra “pura”, porque vivió en una época confusa. Él mismo estuvo lejos de ser un ejemplo moral, según lo juzgaron sus contemporáneos.

Reconoció que era valiente y no lo intimidaban los combates. Era un hombre vengativo, que detestaba a sus jefes, en particular al Adelantado Zárate, contra quien se ensaña. No mostró compasión hacia los indígenas. Asume el punto de vista del soldado español. No puso en tela de juicio su derecho a hacer la guerra al nativo y apropiarse de sus tierras. Evita en su obra todas las cuestiones críticas: no habla de la esclavitud, ni de las matanzas de indios, ni de las masacres de hombres, mujeres y niños, que refieren los cronistas e historiadores. Su interés no era denunciar al ejército por su comportamiento, sino exaltarlo por su coraje. Los indígenas para él son los enemigos, a los que hay que vencer. Los juzga brutales.

Cree en la supremacía española, tanto desde la perspectiva militar, como religiosa, cultural y racial. Trata a las mujeres como a seres peligrosos, que amenazan la integridad moral de la sociedad. Idealiza el poder, y dirige su libro a los estamentos nobles. Se opone a la nivelación de las clases sociales, y denuncia el relajamiento de los privilegios de nacimiento que observa en América.

Apunta como ideal a un nuevo tipo de hombre: un aventurero fiel a sí mismo, como Francis Drake, que se vale del poder para imponer su voluntad y demostrar su superioridad a los más débiles.

Escribió su poema como un servicio a la corona, para dejar testimonio de la conquista. Cree en el futuro del imperio y se confiesa furiosamente monárquico. Su sentimiento religioso no se expresó como fe, sino como aspiración moral.

La literatura de Centenera representa una de las dos formas posibles que podía asumir en esos momentos la literatura en América: denuncia y toma de conciencia de lo

que significaba para la moral cristiana el genocidio de las culturas americanas, o encubrimiento de lo que era la conquista militar, presentando la destrucción del mundo americano como una aventura y un anhelo de creación de una sociedad mejor. Su obra expresa esta segunda posibilidad: la literatura como encubrimiento del genocidio del mundo americano, apología del imperio y exaltación de su poder.


Bibliografía citada


Barco Centenera, Martín del. Argentina y conquista del Río de la Plata. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2021. Edición crítica de Javier Navascués y Eugenia Ortiz Gambetta.

Brunke, Dirk. “Heroicidad, conquista y el Nuevo Mundo rioplatense. El vacío heroico en el poema épico La Argentina (1602) de Martín del Barco Centenera”. RILCE 36.1 (2020): 275-91.

Campra, Rosalba. “Crónica de un encubrimiento: La Argentina de Martín del Barco Centenera”. Noé Jitrik, compilador. Atípicos de la literatura latinoamericana. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 1996: 373-93.

Ercilla y Zúñiga, Alonso. La Araucana. Madrid: Espasa, 2022. Edición de Luis Gómez Canseco.

Klein, Herbert y Ben Vinson III. Historia mínima de la esclavitud en América Latina y el Caribe. México: El Colegio de México, 2013.

Navascués, Javier. “Alarmas y sueños de codicia: los piratas en Argentina y conquista del Río de la Plata de Martín del Barco Centenera”. Taller de Letras NE3 (2013): 179-190.

Ortiz Gambetta, Eugenia. “Estudio preliminar”. J. Navascués y E. Ortiz Gambetta, Argentina y conquista del Río de la Plata...11-55.

Schmidl, Ulrico (Utz). Derrotero y viaje a España y Las Indias. Paraná: EDUNER, 2016. Traducción de Edmundo Wernicke. Introducción, cronología, bibliografía y notas de Loreley El Jaber.

Tieffemberg, Silvia. “El tópico de la guerra de Jerusalén en Luis de Miranda y Martín del

Barco Centenera”. Hipogrifo 5. 2 (2017): 283-94.


Publicado en Revista Renacentista, Mayo 2022. 


jueves, 24 de febrero de 2022


Ulrico Schmidl, un soldado de la Conquista


                de Alberto Julián Pérez 



Ulrich Schmidl nació en Straubing, Baviera, en 1510. Descendía de una familia de políticos burgueses vinculados a familias nobles (Bolaños 231). Su padre había sido intendente de la ciudad. Atraído seguramente por las noticias que llegaban sobre el oro de América y llevado por su sed de aventuras se embarcó como soldado en la expedición del Adelantado Pedro de Mendoza, que partió para el Río de la Plata el 24 de agosto de 1535.

Navegó en uno de los buques financiados por la Casa Bancaria Welser, de Ausburgo (Schmidl 278). Iban en la expedición, además de los soldados españoles, ciento cincuenta “alto-alemanes, neerlandeses y austríacos o sajones” bien armados (Schmidl 5). Todos los soldados, españoles y alemanes, eran súbditos del Emperador Carlos I de España y Carlos V del Sacro Imperio Romano Germánico.

Schmidl hará una detallada narración de su viaje varios años después de su regreso. Su libro, escrito en alemán, fue publicado en Frankfurt en 1567 por el editor Sigmund Feyerabend. Pasó casi veinte años de su vida en el Río de la Plata.

Su reinserción a su patria de origen después de tan prolongada ausencia no fue fácil. Los enfrentamientos religiosos entre luteranos y católicos habían dividido a la sociedad alemana. Ulrico se convirtió al protestantismo y su ciudad, Straubing, lo expulsó en 1562. Se fue a vivir a Regensburg junto a su esposa Juliane Hübner, con quien se había casado en 1560 (Schmidl 280). El editor Feyerabend lo invitó a escribir y publicar sus memorias. Su libro fue bien recibido por el público lector. Entre 1567 y 1625 tuvo ocho ediciones (El Jaber XVII).

Derrotero y viaje a España y Las Indias describe, en forma resumida, los principales hechos que acontecieron desde la salida de nuestro personaje, el lansquenete Ulrico

1Schmidl, del puerto de Amberes, el 2 de agosto de 1534, hasta su regreso al mismo puerto el 26 de enero de 1554.

Iban en la expedición un número importante de oficiales y capitanes españoles de origen noble. Estos tenían esperanza de ganar un importante botín y enriquecerse. Muchos oficiales recibirían encomiendas de tierras y repartimientos de indios. El botín de los soldados fue mucho más magro. Estos provenían en su mayoría de las clases bajas. Se apropiaban de objetos de adorno, de tejidos, y entraban en el reparto de los cautivos. Podían emplearlos para su servicio o venderlos como esclavos.

La expedición de Pedro de Mendoza fue financiada por el mismo Adelantado y otros inversionistas privados. El contrato de la Corona especificaba cómo se repartía la riqueza conquistada. El Adelantado sufría de una grave enfermedad. Padecía de sífilis, en su fase terminal. Sobrevivió un año y medio. Estuvo la mayor parte del tiempo imposibilitado de ejercer plenamente el mando. Esto generó una lucha interna entre sus oficiales. Alguno de ellos iba a reemplazarlo cuando este muriera. Mendoza delegó el mando en el Capitán Juan Osorio. Los otros intrigaron contra él. Buscaban sacarle el poder y ocupar su lugar. Le dijeron al Adelantado que Osorio estaba planeando una rebelión contra su autoridad.

Mendoza no tenía buen uso de sus facultades mentales: la sífilis en esa etapa de la enfermedad atacaba el sistema nervioso. Su padecimiento era constante, estaba parcialmente tullido. Ese desequilibrio se hizo notar en sus decisiones. En los momentos de mayor conflicto tomó medidas extremas, que repercutieron negativamente en el desarrollo de la situación.

Ulrico observaba con preocupación las luchas por el poder entre los oficiales. Era un simple soldado. Su suerte dependía de sus superiores. La expedición tocó tierra en Río de Janeiro y allí se desarrolló el drama de Juan Osorio. Cuenta Ulrico: “... el don Pedro Mendoza hizo que su propio hermano jurado que se llamaba Juan Osorio nos gobernara en su lugar, pues él estaba enfermo, descaecido y tullido. Entonces el susodicho Juan Osorio fue calumniado y delatado ante su hermano jurado don Pedro Mendoza (como que) él se rebelaría junto con su gente contra él. Por esto ordenó don Pedro Mendoza a otros cuatro capitanes...que...se le matara a puñal o se le diere muerte y se le tendiere en medio de la plaza por traidor” (Schmidl 10). Juan Ayolas, uno de los capitanes que participó en la intriga y ejecutó la pena, pasó a ser el favorito del Adelantado, que lo autorizó a mandar en su nombre. Este acabaría más tarde siendo también víctima de las intrigas y las astucias de otros que aguardaban en la sombra.

Los enfrentamientos entre oficiales creaban un ambiente de inestabilidad y zozobra. Ulrico critica al Adelantado por la muerte de Osorio: “Pero le ha dado la muerte injustamente, ello bien lo sabe Dios; este le sea clemente y misericordioso; él fue un recto y buen militar y siempre ha tratado muy bien a los peones” (10).

De Río de Janeiro la expedición siguió su camino al Río de la Plata, donde llegó el 6 de enero de 1535. Ulrico describe el enorme estuario. Desembarcaron en la margen izquierda. Mendoza ordenó levantar allí una ciudad. La llamaron Buenos Aires. Vivían en el área los indios Querandíes. Se acercaron a ellos y se mostraron amigables. Ulrico dice que eran unos tres mil. Su subsistencia dependía de la caza y la pesca. Tenían que desplazarse continuamente. No poseían un asentamiento fijo. Durante los primeros catorce días les trajeron de comer y alimentaron a toda la expedición. Una actitud pacífica y generosa, ya que implicaba cazar y pescar diariamente para sus familias y para los dos mil visitantes que habían llegado. Entonces ocurrió un incidente que, pobremente resuelto, tuvo consecuencias trágicas para la expedición. Luego de dos semanas de traerles alimentos, por algún motivo, dejaron de enviarlos.

Mendoza mandó a un alcalde a quejarse. No sabemos lo que pasó entre este y los indios, pero los Querandíes, quizá injuriados por su actitud, lo golpearon. Este regresó a donde estaba Mendoza y armó un escándalo (13). La respuesta de Mendoza fue extrema: en respuesta al insulto envió a su hermano Diego Mendoza con trescientos lansquenetes y treinta caballos a atacarlos. Les había declarado la guerra. No tuvo en cuenta que eran estos indios los que con buena voluntad les habían provisto de los alimentos que necesitaban. Ulrico fue parte del contingente de soldados que participó en el ataque.

Este fue el primer enfrentamiento bélico que tuvieron. Habían ido allí para hacer la guerra. Formaban parte de una expedición de conquista. Comprobaron muy pronto

que los indígenas se defendían pobremente. El ejército imperial se enfrentaba a un pueblo de cazadores y pescadores. Sus armas más agresivas eran la flecha con punta de pedernal y las bolas o boleadoras, que usaban para la caza y también para la guerra. Los españoles iban armados de sus espadas, ballestas, alabardas y arcabuces. Tenían treinta caballos de combate. Eran soldados disciplinados, obedecían al mando de sus capitanes y se desplegaban en el campo de batalla según el armamento. Los ejércitos europeos habían desarrollado sus tácticas de combate durante siglos. La organización militar de los indígenas, en contraste, era elemental y primitiva. Se reunían y atacaban en montón, ofreciendo fácil blanco.

La lucha fue favorable a los españoles. El resultado fue una masacre de indios. Según Ulrico, ellos perdieron veintiséis hombres, entre ellos su capitán, Diego Mendoza, alcanzado por un certero tiro de boleadoras, y mataron a más de mil indios (14). Regresaron seguramente satisfechos por su fácil victoria ante tan pobres contrincantes, pero la decisión de hacerle la guerra a los Querandíes tendría consecuencias nefastas para ellos. No tomaron en cuenta que eran estos indios los que les habían traído todos los días sus alimentos.

Después de este combate los indígenas escaparon y se retiraron al interior. Los soldados no tuvieron quien les ayudase o les proveyese de alimentos. La reserva que habían traído con ellos se agotaba rápidamente. Ulrico dice que durante los dos meses siguientes tuvieron que pescar para poder comer (15). No salían a cazar porque temían caer en una emboscada. Los indígenas merodeaban la zona. La comida no resultó suficiente para todos. Eran demasiados. Dice Ulrico que a cada uno le correspondía “seis medias onzas de harina de grano todos los días y tras el tercer día se agregaba un pescado a su comida” (15). Quien quería su pescado, debía ir a buscarlo al arroyo, que estaba a cuatro leguas. Empezaron a padecer hambre. Pronto la situación se agravó. Dice Ulrico: “Era tal la pena y el desastre del hambre que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras y otras sabandijas; también los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido” (16). Llevados por la desesperación, algunos soldados se entregaron al canibalismo y se alimentaban de los muertos.

Tenían que encontrar una solución, o morirían todos de hambre. Los Querandíes ya no iban a regresar para traerles de comer. El Adelantado hizo construir cuatro bergantines para navegar río arriba por el Paraná y buscar otros pueblos que pudieran abastecerlos. Envió al Capitán Jorge Luján con trescientos cincuenta soldados armados. La misión demostró ser más difícil de lo que pensaban. Ulrico participó en esta. Remontaron el río Paraná con los barcos. Cada vez que veían signos de habitantes, se acercaban a la costa. Sin embargo, al notar su presencia los indígenas escapaban. Los soldados no habían previsto esto. Aunque estaban a muchas leguas de Buenos Aires, los naturales aparentemente sabían quiénes eran y tenían noticias de lo ocurrido allá. El motivo, que los españoles ignoraban, era que todas las lenguas de la región tenían la misma raíz y los indígenas se comunicaban entre sí. Los pueblos de la costa estaban esperando que llegara una expedición armada enemiga para atacarlos. Cuando veían que los barcos se acercaban, los indios quemaban sus depósitos de comida y huían. Los españoles no podían llevarse nada. Navegaron así, infructuosamente, durante dos meses, buscando alimentos. Durante el viaje, murió de hambre la mitad de la gente (17). Finalmente desistieron, y regresaron a Buenos Aires a darle las malas nuevas al Adelantado Pedro de Mendoza.

Un mes más tarde, enfrentaron un nuevo problema. Los indios querían echarlos del lugar. Se aliaron cuatro pueblos para organizar un gran ejército. Una fuerza de veintitrés mil hombres atacó Buenos Aires. Les arrojaron flechas incendiarias y les quemaron las casas que habían construido y cuatro barcos. Los soldados apuntaron los cañones de los barcos contra el grueso de los atacantes y tiraron. Aterrorizados, los indios escaparon. Los españoles comprendieron que el emplazamiento que tenían no era seguro y se fueron a vivir dentro de los barcos.

El Capitán Juan de Ayolas, lugarteniente de Pedro de Mendoza, hizo una revista general. De los más de mil quinientos hombres que integraban la expedición, habían quedado vivos quinientos sesenta: unos pocos habían muerto en los ataques, otros de enfermedad, y la mayor parte de hambre. Ayolas se propuso salvar a los sobrevivientes. Decidió marchar lejos de Buenos Aires, y hallar un pueblo en que los indígenas no supieran lo que había pasado allí con los Querandíes, y los quisieran ayudar. Aprestaron un contingente de cuatrocientos hombres en ocho bergantines. Dejaron ciento sesenta soldados en el poblado, con suficientes provisiones para vivir un año. Los cuatro buques en que habían llegado de España quedaron anclados en Buenos Aires.

Habían escuchado hablar de los indios timbús. Estos habitaban a cuatrocientos quilómetros de allí, subiendo el río Paraná. Emprendieron el viaje. Demoraron dos meses en llegar. Los indios los recibieron bien. Los españoles procedieron de manera totalmente distinta a como lo habían hecho con los Querandíes. Se mostraron pacíficos. Procuraron seducirlos, convencerlos de su bondad, les daban las gracias por su trabajo. Los Timbús eran un pueblo de quince mil hombres. Pescaban. Tenían gran cantidad de embarcaciones, hechas con troncos de árbol. Ayolas le hizo todo tipo de regalos al cacique. Se quedaron a vivir con ellos tres años. Establecieron una relación fructífera con los indios. Durante ese lapso, la grave enfermedad de Mendoza empeoró y en 1537 decidió volver a España. Quería morir allá. Viajó con dos buques y cincuenta hombres. Le pidieron que al llegar despachara dos barcos con soldados y mercadería. Así lo dispuso el Adelantado en su testamento y se cumplió. Él, sin embargo, no logró llegar a España: murió en alta mar el 23 de junio de 1537.

Ayolas quedó al mando de la expedición, con el cargo de Capitán General. En 1538 llegó Alonso Cabrera, con doscientos hombres y bastimentos para dos años (24). Le pidió a Ayolas que enviara un buque a España, para informar al Rey sobre lo que había pasado allí desde su llegada. Este así lo hizo. Luego celebró consejo con Cabrera y sus oficiales. Se propusieron navegar río arriba por el Paraná, hasta encontrar el río Paraguay y entrar por él. Entre estos capitanes sobresalía por su habilidad militar y su inteligencia política Domingo Martínez de Irala. Era un gran ambicioso de poder. Los oficiales conspiraban en secreto para desplazar a Ayolas. A la larga, Irala sería el triunfador.

Les informaron que sobre el río Paraguay habitaban los Carios o Guaraníes. Eran cazadores, pescadores y cultivaban la tierra. Tenían gran abundancia de frutos y animales domésticos. Decidieron viajar a sus tierras, conocerlos y tratar de hacerlos sus aliados. Dice Ulrico: “Sobre este río Paraguay viven Carios que tienen trigo turco (así llamaban al

maíz) y una raíz...mandioca y...batatas...tienen también pescado y carne y ovejas grandes como en esta tierra los mulos romos; también tienen puercos del monte y otra salvajina y avestruces; también tienen gallinas y gansos en divina abundancia” (25). Dejaron ciento cincuenta hombres con los Timbús y partieron desde el lugar, al que llamaron el puerto Buena Esperanza, con cuatrocientos hombres. Los acompañaron dos indios Carios, cautivos de los Timbús, como guías. Los guías indígenas, conocedores del terreno y de la lengua, pasaron a ser personajes claves en sus expediciones.

Subieron por el Paraná. Por el camino encontraron varios pueblos indígenas, como los Quiloazas y los Mocorotá. Los recibieron muy bien, les dieron carne y pescado. Estos pueblos indios estaban bastante alejados unos de otros, pero todos hablaban la misma lengua y se conocían. Finalmente llegaron al caudaloso río Paraguay y entraron en él. A sus orillas vivían varios pueblos indios. Ulrico describe a estas naciones con objetividad. No arriesga ninguna interpretación, da datos. Hace observaciones de campo. Arribaron a la zona donde moraban los Agaces. Estos los tomaron por invasores e intentaron detenerlos.

Los españoles organizaron el ataque. Integraban un ejército de conquista y estaban listos para entrar en combate en cualquier momento. Dice Ulrico: “...marchamos contra ellos por agua y por tierra y nos batimos con ellos y exterminamos muchísimos de los susodichos Agaces...ellos nos mataron alrededor de quince hombres, a estos que Dios les sea clemente y misericordioso y a todos nosotros, amén” (32). Es frecuente que Ulrico encomiende los muertos a dios en sus partes de guerra. Se había convertido al protestantismo, y mantenía una relación personal y directa con el dios cristiano.

Continuaron su viaje hasta llegar al territorio que dominaban los Carios. Era un pueblo más desarrollado y complejo que los otros que habían conocido. Realizaban entre sí actos de compra y venta. Intercambiaban a las mujeres. Andaban desnudos y comían carne humana (33). Ulrico describe cómo procedían con los prisioneros antes de comerlos. Álvar Núñez estudió también este fenómeno, y habló de él en sus Comentarios (107). A diferencia de este último, que hizo una interpretación de su sentido ritual, Ulrico no comprendió por qué lo hacían. Estos cebaban a los prisioneros y les permitían tener relaciones sexuales con sus mujeres; luego, los mataban en medio de una gran fiesta (Schmidl 34). Es todo lo que dice. Lo muestra como un acto bárbaro, gratuito. Álvar Núñez, en cambio, explicó que se trataba de un ceremonial complejo. El indio prisionero pasaba a formar parte de la familia, convivía con ellos por largo tiempo, intimaba sexualmente con las mujeres y se integraba a la tribu. Después lo mataban siguiendo un procedimiento ritual y los niños tomaban su nombre (Álvar Núñez Cabeza de Vaca 107- 8). Era una ceremonia de bautismo. Tenía lugar en ocasiones especiales.

Ulrico hace numerosas observaciones de carácter militar en su relación. Le gustaba la vida del soldado, se sentía parte de la máquina del imperio. Cuenta que los Carios “migran más lejos que ninguna nación que está en esta tierra en Río de la Plata (y no hay nación alguna) que sea mejor para ocuparla en la guerra por tierra” (34). Vivían en un terreno alto sobre el río Paraguay. Habían construido un poblado rodeado de cercas y un gran foso de defensa, en el que habían clavado palos puntiagudos. Eran indios sedentarios, se habían establecido en el lugar. Cultivaban la tierra.

El Capitán Ayolas se propuso dominarlos y sojuzgarlos. Los atacaron. Estos se defendieron y resistieron. Los españoles les dispararon con sus armas de fuego. Asustados, los indios retrocedieron, y muchos cayeron en el foso. Hicieron una masacre. Los indios vivían allí con sus familias y “temieron por sus mujeres e hijos” (36). Se rindieron, les pidieron perdón. Le regalaron a Ayolas seis muchachitas para su uso personal, y dos a cada soldado, para que los cuidaran y atendieran en lo que ellos desearan. Les dieron comida, y se hizo la paz. Los conquistadores estaban contentos. Ese era el universo del amo y del esclavo que ellos anhelaban. Eran los señores, y los indios sus siervos. Para eso habían llegado a América.

Les ordenaron que construyeran un poblado. Debía tener una casa grande de piedra y tierra, y muchas otras de madera y paja. Era el comienzo de la ciudad de Asunción. La amistad con los Carios, nos dice, duró cuatro años. Les exigieron obediencia y servidumbre (38). Tenían que marchar con ellos a la guerra contra los otros pueblos, cuando los españoles se lo pedían. Esto implicaba un cambio profundo en el equilibrio de fuerzas de la región y en las costumbres de la guerra. Dado que eran sociedades con un desarrollo tecnológico mínimo, comparables al de las culturas del neolítico, sus confrontaciones con otros pueblos habían tenido por objetivo asegurar sus territorios y zonas de caza. Buscaban establecer sus derechos y sentar las normas de convivencia. Eran agresiones limitadas. Se necesitaban entre sí. Estas culturas no podían sobrevivir aisladas. Se habían unido a lo largo de los siglos. Hablaban la misma lengua y tenían un estilo de vida muy similar unos y otros. La guerra de conquista, en cambio, era una guerra total. Los invasores buscaban transformar a los nativos en sus esclavos, deseaban anular su voluntad de resistir y su capacidad para defenderse, y cambiar la relación de fuerzas. El equilibrio regional que habían mantenido los indígenas hasta ese momento para poder subsistir terminó, y comenzó una guerra destructiva que hizo la convivencia y la cooperación entre ellos imposible. Esto alteró su economía y cambió su modo de vida.

Los indios dominados debían participar en la guerra a muerte contra los otros pueblos al servicio de los conquistadores. Esto modificó el régimen de trabajo que mantenían para subsistir y provocó una terrible destrucción humana, que llevaría al brusco descenso de la población. Los indígenas debían trabajar para los españoles y tuvieron que descuidar la manutención de sus familias. Estas ya no contaban con los recursos necesarios. Sucumbían por la malnutrición y la enfermedad.

Los obligaron a acompañarlos en su campaña contra los indios Agaces. Los Carios o guaraníes aportaron ocho mil hombres. Marcharon contra sus enemigos y entraron en su poblado sin que estos los sintieran: masacraron a la entera población, incluidas las mujeres y los niños. Ulrico les hecha la culpa a los Carios por la masacre, dice que fueron ellos los crueles (39). Los Agaces que escaparon con vida regresaron después a pedir perdón. Los españoles ya eran los amos absolutos. Su campaña de terror dio resultado. Ayolas les dice que los “perdona”, pero que, si se volvían a rebelar, según lo disponía el Rey, harían de ellos sus esclavos.

Los Carios eran ya sus servidores principales. Decidieron marchar contra otros pueblos. Si bien los conquistadores creían en la posibilidad, si bien remota, de encontrar oro en algún lugar, el botín de guerra real que buscaban en esos momentos era la tierra y

sus indios: enormes extensiones de tierra fértil habitada por indígenas que representaban una riqueza incalculable. Soñaban con ser señores territoriales y dominar la región.

Ayolas, el Capitán general, les ordenó a los Carios que cargaran sus buques con provisiones de “trigo turco” (maíz) y otros alimentos: iban a marchar en campaña hacia la tierra de los Payaguás, río arriba. De los más de cuatrocientos hombres con que contaba Ayolas tomó trescientos, y dejó ciento cincuenta en Asunción. Los Carios habitaban a lo largo del río. Los barcos se detenían cada cinco leguas a recoger alimentos. Los Carios los recibían y les traían “pescado y carne, gallinas, gansos, ovejas indias, avestruces y otras cosas más” (41). Atrás habían quedado los tiempos del hambre.

Llegaron a la nación Payaguás, que los recibió bien, pero “con falso corazón” (42). Este fue el comienzo de lo que iba a ser un gran conflicto y una gran desventura. Allí escucharon que había una nación, los Carcarás, que vivía tierra adentro y que tenía plata y oro, además de todo tipo de frutos y cultivos. Ayolas se propuso ir a visitarlos y les pidió varios hombres por guía. Los payaguás les entregaron trescientos hombres para que los acompañaran.

Habían ido al lugar con cinco buques. Ayolas ordenó desmantelar tres y dejó los dos restantes con cincuenta hombres armados. Ellos debían quedarse con los payaguás, mientras la expedición marchaba hacia el interior. A partir de este momento encontramos dos versiones distintas de lo acontecido. Las intrigas políticas entre los capitanes no habían perdido su intensidad. Irala era el segundo en el mando. Ayolas lo dejó allí como lugarteniente. Ulrico contó lo que pasó. Su versión no es impersonal y neutra. Él era hombre de Irala. La otra relación que encontramos sobre estos hechos es la que presenta Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

Ulrico dice que Ayolas e Irala convinieron que este último debía esperarlo allí con los barcos cuatro meses y, si no regresaba en ese lapso, podía volverse a Asunción con la flota. Álvar Núñez dijo que Ayolas le había pedido que lo esperara sin límite de tiempo (Álvar Núñez Cabeza de Vaca 145). Irala a los seis meses se fue y lo abandonó. Sin los barcos, Ayolas y sus hombres no pudieron regresar a Asunción, que era el único lugar seguro. La sola opción que le quedó fue intentar marchar por la selva a pie, recorriendo cientos de kilómetros, con todos los soldados. Era un camino que Ayolas no había hecho nunca y no conocía. Era una marcha peligrosa. Muchos de los pueblos nativos de la zona anhelaban rebelarse contra los españoles y recuperar su libertad. Durante la marcha los indios los sorprendieron. Los atacaron y mataron a todos.

Álvar Núñez dice que Irala planificó todo para deshacerse de Ayolas y quedarse con el mando de la expedición, con el poder. Ayolas jamás le podría haber dicho a Irala que se llevara los barcos a Asunción y los abandonara allí, a merced del resentimiento indígena, sin manera de volver. Era un suicidio.

La versión de Álvar Núñez resulta la más creíble. Irala quería quedarse con el mando. Así lo demostró en numerosas ocasiones. Era un político sagaz y sin escrúpulos. Acabó por imponerse. No solo logró eliminar a Ayolas, sino que más tarde se deshizo de su rival más peligroso: el Adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que llegó a Asunción con todo el poder, investido por el Monarca Carlos V.

Ulrico militaba en el bando de Irala. Muchos soldados creían en él. Sabía como tratarlos, como compensarlos. Bajo su mando vivían bien. Era permisivo en la relación con los indios y sobre todo con las indias. Cada uno de sus soldados tenía derecho a apropiarse de varias concubinas. También en las guerras repartía con ellos el botín, sobre todo de sirvientes y esclavos. Ulrico era un nuevo burgués alemán, amaba el dinero. Publicará su libro motivado por la ganancia, aconsejado por su editor (El Jaber XIV). Era un buen protestante, para hacer obras en este mundo hacía falta riqueza. En pocos años su libro consiguió varias ediciones.

Irala se deshizo fácilmente de Ayolas. Se fue, lo dejó en medio de los indios. Ayolas no era un hombre inocente: él mismo había eliminado a su rival Juan Osorio, lo había hecho condenar a muerte, con falsas acusaciones. Esta vez le tocó a él perder y a los doscientos cincuenta soldados que fueron a la expedición. Los mataron a todos.

¿Cómo llegó a Irala y sus soldados la información de lo que pasó con Ayolas? ¿Cómo logró este último a establecer su versión de los hechos?

Irala se fue de la tierra de los Payaguás. Partió a Asunción con sus soldados y seguidores y se estableció allá como Capitán general. Quería ser el gobernador y recibir

la totalidad del poder, pero no podía asumir ese puesto hasta que no hubiera pruebas contundentes de que Ayolas había muerto. Irala recurrió a una de sus especialidades: fabricó pruebas (43). Ulrico nos cuenta que los Carios habían atrapado a unos adolescentes Payaguás. Irala los hizó llevar en su presencia y les preguntó qué sabían de la expedición de Ayolas. Los chicos no tenían ninguna información. Irala los hizo torturar repetidamente y les hizo “confesar” que los Payaguás habían asesinado a Ayolas y sus soldados. Luego anunció oficialmente la lamentada muerte de Ayolas y ordenó procesar a los chicos. Los condenaron a muerte por el asesinato de Ayolas y los quemaron a fuego lento. Así “probó” que el poder que ostentaba Ayolas quedaba vacante y que hacía falta un nuevo gobierno. Les pidió a los soldados que seleccionaran un nuevo gobernador que asumiera el mando, hasta tanto el Rey dispusiera otra cosa. Estos eligieron a su jefe, Irala, por unanimidad (47).

Ya investido con el poder Irala pudo tomar decisiones. Y las tomó. Decidió aprestar cuatro bergantines e ir a la nación Timbú, donde habían quedado ciento cincuenta soldados, recogerlos y viajar con ellos a Buenos Aires, donde residían ciento sesenta españoles, y traer luego a todos de regreso a Asunción. Se propuso terminar en la práctica con la ocupación y colonización de Buenos Aires. Era una decisión osada. Buscaba concentrar todo el poder en su persona. Solo alguien investido de autoridad por el rey podía contar con el poder legítimo para tomar una decisión así. Él no poseía esa legitimidad. La fundación de Buenos Aires era un hecho consumado.

Llegaron a la tierra de los Timbú y se encontraron con un nuevo problema: una intriga local. Un capitán español, un secretario y un sacerdote, por una rencilla personal, habían asesinado al jefe de los Timbú, aliado de los españoles. Esto causó conmoción entre los indígenas. Cuando ellos desembarcaron, los indios escaparon asustados. Irala dejó allí veinte hombres y evacuó a los asesinos para evitar que los indios intentaran vengarse de ellos. Temían que se rebelaran y hubiera un levantamiento indígena. Debían tratar de controlar la situación. Ulrico fue uno de los que se quedó en el lugar. Poco después los Timbú emboscaron y mataron a un grupo de españoles, y después atacaron y sitiaron al resto. Por suerte Irala volvió pronto de Buenos Aires con sus barcos. Al ver la situación hizo embarcar a todos los españoles y regresó con ellos a Buenos Aires (51).

Una vez allá recibieron una buena noticia: llegaba de España el galeón con los hombres y provisiones que le habían pedido a Pedro de Mendoza, cuando este, moribundo, se había embarcado hacia allá. Venía al mando de Alonso Cabrera, con doscientos hombres. Irala decidió enviar dos buques, con veinticinco soldados, hacia la isla de Santa Catalina, para reforzar la flota de Cabrera y cargar más provisiones allá. Ulrico fue parte de la expedición. La navegación fue difícil; al regresar a Buenos Aires, por un error o impericia del piloto, el barco en que viajaba Ulrico encalló y se rompió en mil pedazos. Varios se ahogaron. Ulrico se salvó agarrado al mástil. Los sobrevivientes tuvieron que caminar cien leguas a pie antes de encontrar un poblado. Se sorprendieron al verlos. Los creían a todos muertos (54). Llegaron a Buenos Aires y ya reunidos todos los soldados, partieron a Asunción. En esa última ciudad vivieron, sin grandes sobresaltos, durante dos años.

En 1542 llegó a Asunción la expedición del Adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Capitán General y Gobernador del Río de la Plata con trescientos hombres. Era el nuevo gobernador y Capitán General. Reemplazaba en el mando al fallecido Adelantado Pedro de Mendoza. Volvían a contar con una autoridad legítima, designada por el Rey. Irala le entregó el mando. De inmediato comenzaron otra vez las intrigas. Tanto Irala como los soldados que habían llegado al Río de la Plata en 1536 resentían el cambio de autoridad. Habían sobrevivido todos esos años difíciles. Ahora tendrían que compartir el botín con los nuevos soldados.

La llegada del Adelantado frustraba las ambiciones de Irala. Este había ocupado puestos de poder gracias a su liderazgo y a su habilidad política. Y también a su falta de escrúpulos. Era un advenedizo. El mando, en la monarquía, para ser legítimo, tenía que venir directamente de la autoridad real. Quien desafiaba la estructura de poder era considerado un impostor o un rebelde. Irala estaba obligado a operar desde las sombras.

En esta parte la narración de Ulrico pierde objetividad: es relato de militante. Presenta situaciones y datos que denigran al partido opositor, el del Adelantado Cabeza

de Vaca, y procura poner a su propio partido, el de Irala, en una luz favorable. En varios momentos presenta información deformada y aún falsa. Dice, por ejemplo, que Álvar Núñez había marchado a Asunción por tierra desde Santa Catalina, en la costa del Brasil, porque había perdido sus barcos en una tormenta, y que, en el camino, se le habían muerto de hambre y enfermedades cien hombres (56). Esto no era cierto. Álvar Núñez, en sus Comentarios, hizo una cuidadosa descripción de su marcha, que fue un éxito. En la misma no murió gente, aquellos que se enfermaron fueron conducidos seguros a Asunción. Durante el viaje tuvieron una excelente relación con los pueblos indígenas, que asombró a todos (Naufragios y Comentarios 91-103). Estos datos de Álvar Núñez no han sido desmentidos por ninguno de los participantes. Los barcos habían navegado desde Santa Catalina hacia el Río de la Plata con ciento cincuenta hombres, y él marchado por tierra con el resto de la gente, por decisión de todos los jefes y oficiales. Álvar Núñez representaba una política muy distinta a la de Irala, tenía otros principios; esa era la cuestión de fondo, de la que Ulrico nada dice. Las cosas habían cambiado en España, habían aprobado nuevas leyes para las Indias, con un espíritu distinto.

Irala pasó a ser el segundo de Álvar Núñez, su “hermano jurado” (58). El ejército, ahora de ochocientos hombres, quedó profundamente dividido entre iralistas y alvaristas. Los iralistas sintieron que los recién llegados iban a recibir los mismos beneficios que ellos, que habían hecho todo tipo de sacrificios. Eran sus rivales.

Álvar Núñez apoyaba la política indígena de las Leyes Nuevas. La Iglesia y sus líderes progresistas, como Bartolomé de las Casas, influyeron en la nueva legislación, aprobada en España ese año, en 1542 (Menéndez Méndez 23-47). Esta atacaba la encomienda y sobre todo la esclavitud. Limitaba el poder de muchos conquistadores, que se habían hecho fuertes como señores territoriales. Estos poseían grandes extensiones de tierras, que trabajaban con mano de obra indígena servil o esclava. Las leyes prohibieron la esclavitud directa, debían reemplazarla por el “servicio personal”.

Álvar Núñez era un apasionado de las culturas indígenas. Había vivido ocho años con los indios de Norteamérica, que fueron providenciales para él. Relató su experiencia en su libro Naufragios. Llegó al Río de la Plata con pasión de antropólogo. Se sintió cerca

de los pueblos nativos. Había aprendido a conocerlos. Respetaba su cultura. Se proponía cristianizarlos. Era un hombre con fe. Los soldados viejos que habían llegado con Pedro de Mendoza, como Ulrico, no valoraban sus ideas. No lo querían ni a él ni a los soldados que habían llegado con él.

Irala, Ulrico y sus compañeros de armas eran esclavistas de corazón. Eran parte de la máquina de guerra del Imperio. Creían en los privilegios que les daba el derecho de la conquista, y los defendían. Habían hecho la guerra y consideraban que los pueblos vencidos y sus territorios les pertenecían. Cuando supieron que los encomenderos de Lima, liderados por Gonzalo Pizarro, se habían rebelado contra las Leyes Nuevas, se identificaron con ellos.

Todo lo que pasaba en Lima repercutía en el Río de la Plata. El rey acababa de integrar las dos regiones en una unidad política. Había creado el Virreinato del Perú. El Río de la Plata pasó a depender de él. El virrey de Lima era la autoridad máxima para ellos en esos momentos. Los encomenderos esclavistas nombraron a Pizarro gobernador, y se enfrentaron al Virrey. Esto tuvo un resultado trágico. Irala y sus soldados se identificaban con los encomenderos rebeldes (103).

Álvar Núñez pasó dos años como Gobernador de Asunción y Adelantado del Río de la Plata. Fue el tiempo que le tomó a Irala organizar un golpe militar contra él y sacarlo del poder. Toda la inteligencia y la habilidad política de Irala se orientó hacia ese objetivo. La versión que dio Ulrico sobre la gestión de Álvar Núñez diverge de la que dio el mismo Adelantado, y tiende a presentarlo como a un muy mal gobernante. Su visión reflejaba sus propias opiniones y, probablemente, las de los otros soldados iralistas, sobre las aptitudes de Álvar Núñez para el gobierno. Después del golpe, Irala y sus seguidores se ocuparon de transformar su relación de los hechos en la versión oficial de la administración del Adelantado, que utilizaron para justificar su rebelión contra él ante la monarquía.

Álvar Núñez, a poco de llegar a Asunción, envió río arriba tres barcos para que contactaran los pueblos de la región. Necesitaban asegurar su reserva de alimentos. Quería emprender una expedición importante. Pero el jefe cario Tabaré, dice Ulrico, se

levantó contra los españoles. Álvar Núñez mandó a su segundo, Irala, en quien siempre mostró confianza, ignorante de las intrigas que con tanta astucia tejía a sus espaldas, al frente de una expedición para hacerle le guerra. Irala atacó a los carios e hizo una gran masacre. Mató a tres mil indios y tomó a muchas mujeres como cautivas (61). Tabaré se rindió y les “pidió perdón”. A partir de ese momento pasó a ser aliado. Álvar Núñez ordenó a los indios principales de la región que dispusieran de dos mil hombres de guerra para que fueran con ellos a la próxima “entrada” que estaban planeando. Iban a descubrir nuevas tierras y buscar riquezas. Dos meses después partió de Asunción una expedición con quinientos españoles y numerosos indios amigos. El Adelantado dejó trescientos hombres en Asunción al mando del Capitán Juan Salazar.

Pasaron por la tierra de los Payaguás y los Guajarapos, que, al verlos llegar, escaparon hacia el interior del territorio con sus familias. Finalmente arribaron a la tierra de los Surucusis, que los recibieron bien. Estos eran indígenas con un desarrollo social similar al de los Carios. Tenían buenos cultivos. Les pidieron información sobre la tierra de los Carcarás, adonde querían dirigirse (63).

Álvar Núñez penetró en el territorio con trescientos hombres en búsqueda del pueblo Carcarás. Ulrico, que cada vez que tenía la oportunidad manifiestaba sus antipatías anti-Alvaristas, dice que la expedición de este no hizo mucho en la entrada “pues él no era hombre para esto” y “los capitanes y los soldados le eran todos enemigos” (64). Marcharon diez y ocho días por la selva sin encontrar nada y decidieron regresar a los buques.

El Adelantado le pidió al Capitán Hernando de Ribera que encabezara una expedición de ochenta hombres para ir en un barco hacia la tierra de los Jarayes. Ulrico fue parte de esta excursión. Debían entrar en la tierra durante dos días y regresar para informar al Adelantado sobre lo que habían visto. Aquí ocurrió un grave incidente de desobediencia militar. Hernando de Ribera no regresó en el tiempo que le pidió el Adelantado. Volvió casi dos meses después, trayendo objetos valiosos que había tomado de los pueblos indios que él y sus soldados habían encontrado en su marcha.

Ribera era un individuo especial: había llegado al Río de la Plata en 1526 con la expedición de Caboto. Este lo había dejado junto a otros hombres en las costas del Brasil, en el área del Mbiazá, donde convivió con los indios guaraníes hasta 1536, cuando se unió a la expedición de Pedro de Mendoza. Llegó a Asunción desde Buenos Aires y se integró a la expedición de Cabeza de Vaca. Hernando de Ribera hablaba el guaraní y conocía muy bien las costumbres de los nativos. La marcha al país de los Jarayes prometía. Rivera avanzó en su entrada y decidió ignorar la orden de Álvar Núñez. En lugar de regresar a los dos días, continuó la marcha con sus hombres. Utilizó sus conocimientos de lengua y averiguó si había metales preciosos en la región. Le informaron sobre pueblos, más adelante en el camino, que tenían oro. El viaje se prolongó dos meses.

El viaje de Ulrico con Hernando de Rivera es una de las partes más interesantes del libro. Fue para él una travesía fabulosa, en la que conocieron pueblos y lugares increíbles. Llegaron a la nación de los Yacaré, que habían tomado el nombre de ese animal, que infestaba la región. Utilizaban su piel y comían su carne. Ulrico los describe con interés y admiración. Los trataron muy bien y aceptaron servirlos (65). Siguieron viaje y nueve días después llegaron a la nación Jaraye. Dada la curiosidad que despertó en él esa gente, describe minuciosamente sus características físicas. Dice que las mujeres “...van complemente desnudas y son bellas mujeres a su manera...aunque ellas pecan en caso de necesidad, yo no quiero informar mayormente de estas cosas en esta vez” (67). Aquí es el antiguo soldado que habla, pero desde su nueva fe protestante, que le impide ser explicito sobre las escenas de sexo, aunque da a entender al lector el placer que compartieron junto a ellas.

Visitaron al rey de los Jarayes, que vivía apartado de la tribu, en una vivienda especial, llena de lujos. Había formado una especie de corte, que a él le recordaba las cortes renacentistas, por lo rica y fastuosa (68). Allí trataron a los soldados como a grandes embajadores. La habilidad diplomática de Hernando de Ribera, que había vivido casi diez años con los guaraníes, influyó mucho en la buena marcha de los sucesos (Pero Hernández 197-202). Estos indios poseían una cultura relativamente avanzada, tejían ricas mantas con bordados de animales. El rey le dio a Ribera toda la información que este le pidió sobre la plata y el oro que podían encontrar en la región. Le regaló una plancha de oro y un brazalete de plata que, según dijo, había quitado a las Amazonas en una guerra que tuvieron con ellas.

La mención de las Amazonas, las fabulosas mujeres guerreras, encendió la imaginación de todos. Según el rey, las Amazonas tenían oro, pero vivían muy lejos: para llegar a región había que viajar por senderos anegados de agua durante dos meses. Ulrico cuenta lo que escuchó decir de estos personajes míticos, a los que no podrán conocer, aunque van a intentarlo. Dice que “son mujeres con un pecho y vienen a sus maridos tres o cuatro veces al año y si ella se embaraza por el hombre y es un varoncito, lo manda ella a casa del marido, pero si es una niñita, la guardan con ellas y le queman el pecho derecho para que este no pueda crecer; el porqué le queman el pecho es para que puedan usar sus amas, los arcos contra sus enemigos; pues ellas hacen la guerra contra sus enemigos y son mujeres guerreras” (70).

El Capitán Ribera pidió al rey de los Jarayes que les dieran algunos hombres de guía. El rey aceptó, pero les dijo que no era época para viajar hacia allá, porque las aguas estaban muy crecidas. Los expedicionarios, motivados por la posibilidad de encontrar oro, no le hicieron caso y se internaron en dirección al país de las Amazonas. Tuvieron que andar más de una semana con el agua al pecho, sin poder salir de ella, hasta que llegaron al pueblo de los Ortueses, que estaban casi muriéndose de hambre a causa de una invasión de langostas, que les habían comido los cultivos y las frutas de los árboles (72). El rey de los Ortueses dio a Rivera varios objetos de oro y plata. Los soldados estaban pasando hambre, se sentían débiles y comenzaron a enfermarse. Decidieron regresar a la tierra de los Jarayes. Tuvieron que desandar su camino, marchando por la tierra anegada. Llegaron muy enfermos: habían estado más de treinta días y noches andando por el agua sucia, y bebiendo de esta.

Los soldados decidieron aprovechar las buenas relaciones que tenían con los Jarayes y les cambiaron objetos que tenían, como anzuelos y cuchillos, por mantas y objetos de plata. Luego de varios días de descansar allí, un poco restablecidos, regresaron hacia donde estaba Cabeza de Vaca. La marcha, que originalmente debía durar dos días, se había prolongado mucho más de un mes. Al verlos llegar, el Adelantado se puso furioso. El Capitán Rivera había desobedecido su orden.

Ulrico dice que Cabeza de Vaca hizo detener a todos, y amenazó de muerte al Capitán. Les quitó los objetos de oro y plata que traían, ya que su orden había sido de respetar a los indígenas y no tomarles sus objetos de valor. Según Ulrico, los soldados, furiosos, hicieron un motín, y pidieron al Adelantado que les devolviese todo lo que les había quitado, y que liberara al Capitán. Este accedió. Dice que ellos luego le dieron a Cabeza de Vaca muy buena información sobre lo que habían visto en su viaje (74).

Al Jaber señala que no encontró indicio de este motín en otras relaciones sobre este hecho y que, además, Ribera, según la relación de Pero Hernández, había rehusado dar información sobre el viaje a Álvar Núñez (Pero Hernández 197). Esto queda corroborado en la declaración que Hernando de Ribera, después del golpe militar que ejecutaron los oficiales anti-alvaristas liderados por Irala en 1544 contra el Adelantado, hizo al escribano Pero Hernández, donde contó los pormenores de su viaje y los testimonios sobre la existencia del oro. Ribera quería que esta llegara al Consejo de Indias y a oídos del rey. Esperaba seguramente recibir algún tipo de beneficio o compensación (Álvar Núñez, Naufragios y Comentarios 197-202).

Luego de este conflicto, Álvar Núñez quiso ir con la expedición hacia el lugar al que había llegado Rivera, pero los soldados se opusieron, porque la gente estaba enferma y la tierra llena de agua. Asegura Ulrico que “la gente de guerra no estaba bien con el capitán general, pues él era un hombre que en toda su vida no había ni gobernado ni tenido un mando” (75). Ulrico muestra desprecio hacia el Adelantado. Este se enfermó y Ulrico asegura que si se hubiera muerto no hubieran perdido mucho. 

Poco después el Adelantado hizo una reunión con todos los soldados, entre los cuales había muchos enfermos, para decidir qué hacer. Todos pidieron regresar a Asunción. Ulrico acusa a Álvar Núñez de haberles ordenado masacrar a los indios Sucurusis, que los habían albergado y servido, antes de dejar el lugar (76). Esta supuesta acción no fue informada por otros testigos, tampoco dice nada de esto el mismo Álvar Núñez en sus Comentarios. Ni él ni ningún otro Capitán había procedido que se sepa de manera tan gratuita y arbitraria con los nativos. Esto nos hace pensar que esta noticia era parte de la información falsa difamatoria que difundieron los iralistas, entre los que militaba Ulrico, para justificar su posterior golpe militar contra el Adelantado, al que iban a acusar de traición a la Corona.

Luego de llegar a Asunción, Cabeza de Vaca permaneció en su casa durante dos semanas, casi sin salir, afectado por su enfermedad. Ulrico dice que no era la enfermedad lo que lo mantenía encerrado, sino la soberbia (77). Describe luego el golpe militar que planearon los seguidores de Martínez de Irala, para sacar del poder al Adelantado. Dice que en él participaron los oficiales reales más importantes: el contador, el tesorero y el escribano. Ulrico no dice nada sobre el papel que tuvo Irala en el golpe. Este fue el cerebro detrás del mismo, y quien se benefició de él. Cuenta Ulrico que doscientos soldados atacaron la casa de Álvar Núñez y lo prendieron. Lo tuvieron preso durante un año y lo enviaron a España. No da ningún dato específico de lo que pasó, que el Adelantado contaría en detalle en sus Comentarios, acusando de todo al maquiavélico Irala, como jefe del complot y golpe militar (Naufragios y comentarios 184). Tampoco dice nada sobre las acusaciones que presentaron al Rey sobre supuestos delitos que había cometido el Adelantado, ni del armado de su causa judicial, que fue instrumentado por la facción iralista.

El golpe militar de 1544 fue de una enorme gravedad institucional. Rebelarse contra Álvar Núñez equivalía a atentar contra la corona, ya que este había sido designado en su puesto por el Rey: era, además de Adelantado, Gobernador y Capitán General del Río de la Plata. Fue un caso tan grave como el que ocurrió en el Perú, cuando los encomenderos se rebelaron contra las Leyes Nuevas antiesclavistas, liderados por Gonzalo Pizarro. De ahí la decisión de Irala y los oficiales de armar una mega-causa contra el Adelantado, haciendo pasar la rebelión y lucha por el poder, como un acto de defensa de la monarquía, contra quien supuestamente la amenazaba o la traicionaba (El Jaber, Un país malsano...179-95). Para esto reunieron múltiples testimonios de los soldados para apoyar las acusaciones. Recurrieron a promesas y a la intimidación. Si bien no estaban seguros de que el Consejo de Indias y el Rey les creyera, querían evitar al menos que los consideraran abiertamente rebeldes sediciosos, como pasó con los encomenderos esclavistas del Perú. Los iralistas se presentaron como salvadores de la monarquía. Sin embargo, el acusado era nada menos que al mismo representante del Rey. La causa de Irala era endeble.

Ulrico informa que después del golpe se reunieron todos para designar un gobernador del país y eligieron a Irala, ya que “la mayor parte de la gente estaba muy contenta con él” (79). De inmediato comenzó la lucha de facciones entre iralistas y alvaristas, que se mantuvo durante dos años. Estuvo a punto de comenzar una guerra civil. Dice: “...nosotros los cristianos estuvimos entonces los unos contra los otros y no nos concedimos nada bueno el uno al otro y nos batimos de día y de noche...y guerreábamos entre nosotros que el diablo gobernaba...que ninguno estuvo seguro del otro” (80). Las cosas cambiaron cuando se dieron cuenta que los guaraníes de la zona, liderados por Tabaré, viendo las disensiones entre ellos, planeaban rebelarse y echarlos de la región. Comprendiendo que estaban todos en peligro, se unieron. Ulrico describe la campaña. Irala se alió a los Yapirús y Guatatás para combatir a los Carios. Durante la guerra, que duró año y medio, los españoles demostraron una y otra vez su superioridad militar.

Al final de la guerra Irala ordenó que modificaran su táctica y dejaran de matar a mujeres y niños. Pidió que los apresaran, para obligar a Tabaré a rendirse, a cambio de la vida de los cautivos, como ocurrió (88).

Ulrico dice que después de esta guerra disfrutaron de dos años de tranquilidad. Fue en ese momento que Irala ideó una nueva expedición de conquista río arriba por el Paraguay, en busca de oro. Para esto convocó a trescientos cincuenta soldados, pertenecientes la mayoría a la facción que lo seguía, para emprender la conquista, junto a tres mil indios. Partieron de Asunción en 1548, en siete bergantines y doscientas canoas (89). Ulrico describe los distintos pueblos que encontraron a lo largo de su camino, y cómo procedieron en su guerra de conquista. Comenta sobre el aspecto físico de los indígenas, refiere si tenían o no riquezas, y cómo se relacionaron con ellos. Cuenta si estos resistieron y se defendieron, o se entregaron y les dieron lo que ellos les pedían. Uno de estos pueblos, los Mbayas, tenían una compleja y sofisticada organización social, que se parecía en muchos aspectos a la de las cortes europeas. Dice: “Estos Mbayas son un gran pueblo en conjunto y tienen sus vasallos; estos deben labrar y pescar y (hacer) lo que se les manda. Es lo mismo como acá afuera los labriegos están sometidos a un señor noble...” (90). Estos Mbayas tenían todo tipo de cultivos y plantas, un terreno muy fértil y usaban la llama como animal doméstico de transporte. El cacique le regaló a Irala cuatro coronas de plata. El obsequio avivó en todos ellos el deseo de encontrar metales.

Viajaban por la zona selvática en una línea paralela a la de las montañas de la cordillera. Esta última era jurisdicción del alto Perú. Era de allá que seguramente provenían los metales. Irala tenía la esperanza de que los pueblos de la selva supieran donde había depósitos de metales dentro del área en que vivían. Para Irala viajar en esta zona con un ejército era arriesgado, el Perú estaba en guerra. Gonzalo Pizarro lideraba la rebelión de los encomenderos pro-esclavistas, que resistían la aplicación de las Leyes Nuevas. En 1546 la contienda había tenido un desarrollo dramático. El gobernador Pizarro se enfrentó al ejército del Virrey en la batalla de Iñaquito, lo derrotó y lo hizo ejecutar. La muerte del Virrey causo conmoción en España. Carlos V envió a su mejor hombre a poner orden en el Virreinato: el militar, sacerdote y diplomático Pedro La Gasca (Bolaños 243).

La insurrección contra Álvar Núñez, ocurrida en el Río de la Plata en 1544, había dejado expuesta la posición pro-esclavista de Irala y de gran parte de sus soldados. Cuestionaban las Leyes Nuevas de 1542, que impedían esclavizar a los indios y limitaban las encomiendas (Menéndez Méndez 23-47). La Gasca buscaba castigar a los culpables de la rebelión del Perú y lograr que todos los capitanes y administradores coloniales del virreinato obedecieran la autoridad real. Estaba al tanto de lo que ocurría en Asunción y le informaban sobre la marcha del ejército de Irala en esos momentos.

La buena relación de los soldados con los Mbayas no duró mucho. Los españoles los atacaron y les mataron mil hombres. Los indios huyeron, y los soldados y sus aliados indígenas fueron en persecución. Los siguieron durante tres días. Encontraron a un gran grupo de Mbayas, hombres, mujeres y niños, acampados en un bosque. Sabían que no eran parte de los indígenas que los había atacado, pero igualmente arrasaron con ellos. Dice Ulrico: “Se dice con agrado en muchas ocasiones el inocente debe pagar junto al culpable, así sucedió también aquí que en esta escaramuza quedaron prisioneras y muertas más (de) tres mil personas, entre hombres, mujeres y niños” (93). Ulrico recibe un buen botín: diecinueve esclavos. Las leyes permitían esclavizar a los indios si estos se rebelaban contra el Rey y hacían la guerra.

La expedición continuó su marcha hacia el norte. Encontraron varios pueblos en el camino: los Chané, los Toyanas, los Paiyona, los Morronos, los Simenos. Estos los recibieron en paz y les ofrecieron alimentos, y guías para que continuaran su marcha. A medida que avanzaban el terreno se volvía más seco. Llegaron a la tierra de los Mayáguenos. Estos los desafiaron y se enfrentaron con ellos. Los españoles los vencieron y se quedaron a descansar en su pueblo, que tenía abundante comida (99). Siguieron viaje hacia los Corocotoquis y los Macasís. Estos últimos hablaban castellano. Los Macasís dependían de un español que se llamaba Pedro Anzures (102). Acamparon allí, estaban a trescientas setenta leguas de Asunción.

Poco después recibieron una carta de Pedro La Gasca, Presidente de la Real Audiencia. Le informaba a Irala que su ejército estaba marchando hacia Lima. Ya había entrado en tierras que pertenecían a la jurisdicción del Perú. El Presidente lo intimó “bajo pena de vida por orden de su Cesárea Majestad, no avanzara con la gente y esperara ahí entre los Macasís una ulterior disposición”. Ulrico agrega que “el gobernador desconfiaba que nosotros hiciésemos una rebelión en el país” (104). La Gasca temía que se unieran a los rebeldes pro-esclavistas de Lima, lo cual, asegura Ulrico, ellos hubieran hecho de buen gusto. Acusa a Irala de haberse puesto de acuerdo con La Gasca para que la expedición se detuviera, traicionando el interés de los soldados, que querían seguir hacia Lima. Él creía que La Gasca “le había hecho un buen regalo” a Irala y este obedeció para salvar su vida en contra de los deseos de los soldados (104). No hay datos que corroboren esto, pero seguramente era lo que decían y creían los soldados de su capitán en esos momentos. La Gasca les informaba en la carta lo que había pasado en el Perú. Su ejército había derrotado en batalla a Gonzalo Pizarro. Lo habían juzgado junto a los encomenderos y oficiales rebeldes por sedición, y habían condenado a muerte a muchos de ellos. Hicieron decapitar a Pizarro junto a cuarenta y siete de sus seguidores. La noticia causó conmoción entre los soldados de Irala. Ulrico acusa al Presidente La Gasca de ser injusto, y dice que el mismo rey no lo hubiera hecho decapitar, ya que le debía mucho a los hermanos Pizarro. Estos habían conquistado para él el Perú, y si se habían rebelado era porque les querían quitar bienes y esclavos que eran de ellos. Explica que a nadie le gustaba que le robaran lo que había ganado (103-4).

Irala obedeció la orden de La Gasca y envió a su encuentro, a su pedido, a cuatro

de sus oficiales para que hablaran con él. Este los recibió amablemente en Lima y le mandó decir a Irala que debían continuar esperando sus órdenes en el mismo sitio donde estaban. La Gasca desconfiaba de Irala, sabía que era un hombre ambicioso. Este se había erigido en teniente gobernador en reemplazo del Adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca sin mediar aprobación superior alguna.

La Gasca nombró un remplazante, Diego Centeno, como gobernador del Río de la Plata. Quería sacar del poder a Irala. La Gasca envió un correo con el nombramiento de Centeno, que estaba fuera de Lima, para informarle de su decisión, pero Irala se enteró; con gran osadía hizo que uno de sus hombres de confianza, dice Ulrico, lo interceptara y le quitara la carta (105). Aquí Ulrico cuenta parcialmente lo que pasó, ya sea porque no sabía todo, o porque, sabiéndolo, decidió ocultarlo para proteger a su jefe. Irala había hecho asesinar al mensajero, para que nada se supiera de la carta y el nombramiento no pudiera llegar a destino, tal como ocurrió. Así lo denunció el gran historiador jesuita José Guevara en su Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. Este dice: “Tuvo noticia Irala, y valiéndose de un confidente suyo, que despachó al camino, robó los pliegos al portador, y le mató a puñaladas. Tales monstruos engendraba en aquellos tiempos el

Paraguay, y por medios tan injustos se abrían camino para empuñar el bastón” (Guevara 111).

La expedición de Irala retrocedió hacia Asunción. Dejaron la tierra de los Macasís y fueron en dirección a la nación de los Corocotoquis. Estos no quisieron que entraran en su pueblo. Los españoles los atacaron y vencieron fácilmente. Dice Ulrico: “Aquellos que encontramos debieron entregar el pellejo y debieron ser nuestros esclavos, así que ganamos en esta escaramuza cerca de mil personas, fuera de los que se han matado entre hombres, mujeres y niños” (107). Se quedaron dos meses descansando en el lugar y emprendieron luego el regreso hacia donde habían quedado los barcos. Ulrico resume el éxito que tuvo la expedición y expresa su satisfacción con las ganancias obtenidas. Había transcurrido un año y medio desde que salieron de Asunción. Durante ese tiempo no hicieron “otra cosa que guerrear”. Dice: “...en esta hemos ganado hasta doce mil personas entre hombres, mujeres y niños que debieron ser nuestros esclavos, así que yo por mi parte he conseguido para mí unas cincuenta personas...” (107).

Al llegar a los barcos se enteraron de que durante su ausencia habían ocurrido cosas graves en Asunción. Irala había dejado allá como su lugarteniente a Francisco de Mendoza. Este quiso celebrar elecciones para reemplazar a Irala, argumentando que seguramente este había muerto, dada su larga ausencia. Confiaba que los de su bando serían mayoría y lo elegirían a él. En la puja entre iralistas y alvaristas, los iralistas perdieron: salió elegido el alvarista Diego de Abreu. Mendoza no quiso aceptar el nombramiento y el bando de Abreu lo tomó prisionero y lo hizo decapitar. Cuando llegó de regreso Irala con su expedición en 1549, los alvaristas resistieron. Irala sitió la ciudad. Mucho de los hombres de Asunción simpatizaban con Irala y pronto se cambiaron de bando. Diego de Abreu comprendió que no podían resistir mucho tiempo más y escapó con un contingente de alvaristas fuera de la ciudad (109).

Ulrico resume que este enfrentamiento civil duró dos años. Durante los meses siguientes los rebeldes alvaristas, liderados por Abreu, hicieron una suerte de guerra de guerrillas contra Irala. Este recurrió a su talento político indiscutible para dar un golpe de mano y cooptar a los alvaristas: tomó prisioneros a los oficiales principales alvaristas

y los condenó a muerte. Luego les ofreció perdonarles la vida a cambio de una alianza de familia con él: casó a cuatro de sus hijas mestizas, que había tenido con sus numerosas concubinas indígenas, con los cuatro capitanes alvaristas más importantes (110). Así logró que el núcleo de los oficiales contrarios se pasara a su bando y dejaran solo a Abreu. Formó una fuerte alianza con estos oficiales, que resultaron luego esenciales para afianzar su dominio en la región. De una de estas alianzas matrimoniales nacería el más importante historiador mestizo que narraría la historia de la conquista: Ruy Díaz de Guzmán. Nieto de Irala y admirador de este, contaría la historia de la conquista desde la perspectiva política de su familia, poniendo a su abuelo como personaje central, elevándolo al rango de gran héroe y noble redentor de indios. Ulrico dice que después de estos casamientos finalmente hubo paz entre los soldados. Irala hizo buscar a Abreu, hasta que lograron localizar donde se ocultaba y lo mataron.

La historia de Ulrico Schmidl en el Río de la Plata va a interrumpirse en este punto: para él había llegado el momento de regresar a su tierra. Su hermano le había hecho llegar una carta desde Alemania, donde le decía que se encontraba muy enfermo. Le pedía que volviera, sería él quien heredara los bienes de la familia. Ulrico solicitó permiso a su jefe Irala para regresar a Alemania. No era usual que un jefe permitiera que uno de sus soldados abandonara el servicio por razones personales y volviera a Europa. El Río de la Plata necesitaba soldados y eran inflexibles. Pero Ulrico había sido uno de sus soldados más fieles, e Irala consintió. Salió de regreso en un viaje por tierra con otros soldados que se iban “sin permiso”, escapando (112).

Partió llevando con él el dinero que había podido acumular como botín de guerra durante esos años. Lo acompañaron veinte indios y logró llegar a la costa del Brasil seis meses después, en una marcha muy accidentada y llena de peligros. Allí se embarcó para Lisboa. Tuvo un largo y peligroso viaje. Enfrentaron varias tormentas. Vio durante la navegación peces que lo sorprendieron por su vigor y tamaño, como el pez espada y el pez sierra. Llegó a Lisboa y se trasladó a Sevilla, donde pasó dos semanas. Luego fue a Cádiz, para embarcarse en uno de los barcos holandeses que iba hacia los Países Bajos (122). Contrató su pasaje con un barco de los Erasmus Schetz, que le habían recomendado. El capitán de este, que lo trató con gran amabilidad, se embriagó, desgraciadamente, la noche antes de partir, y al día siguiente se hizo a la mar dejando a Ulrico en tierra. Este no tuvo más remedio que contratar otro barco, y volver a pagar el pasaje. Este problema inesperado ocurrido terminaría salvando su vida. El barco se hizo a la vela en un convoy de buques y, a poco de partir, una fuerte tormenta amenazó a la flota. No tuvieron más remedio que regresar a puerto en Cádiz. Durante el viaje, el capitán del barco en que debería haberse embarcado y donde iba todo su equipaje, se había unido al convoy. Este cometió un error: confundió al llegar a tierra un fuego de la costa con el farol del barco líder que le indicaba el camino para acercarse a la costa. El barco encalló en un arrecife y poco después estalló en pedazos. Se ahogaron casi todos sus ocupantes y se perdió toda la mercadería y varios cofres con plata y oro que llevaba. Ulrico le dio las gracias a Dios por haberle salvado la vida (123).

Luego de dos días en tierra volvió a iniciar el viaje a Amberes. Llegó el 26 de enero de 1554. Hacía veinte años que había partido de esa misma ciudad. El lansquenete alemán llegaba cargado de experiencias, algunas placenteras y otras terribles. Había formado parte de la maquinaria de guerra del imperio español. Había visto a la muerte cara a cara muchas veces y había matado a cientos de indígenas con su espada y su arcabuz. Había hecho una pequeña fortuna en bienes y esclavos. Pronto se integraría a la vida burguesa de su ciudad natal, donde se casaría un tiempo después. Su hermano moriría dejándolo heredero de una fortuna familiar aceptable. Se volvería un hombre respetable en su comunidad. Las guerras de religión no lo dejarían incólume. Años después se convirtió al protestantismo y lo expulsaron de Straubing, su ciudad. Se refugió en Regensburg, donde viviría en el futuro y escribiría sus memorias. Las publicó en alemán trece años después de haber regresado a su tierra. El libro, publicado en Frankfurt en 1567, tuvo un éxito considerable y conoció varias ediciones en los años sucesivos.

Ha sido considerado un libro en que Ulrico trató de ceñirse a sus experiencias y contarlas lo más objetivamente que pudo (Vergara, Celehis No. 39 web). Como hombre práctico abrazó la esclavitud, a la que consideró una forma legítima de comercio. Nunca cuestionó el derecho a la guerra que los españoles esgrimían para conquistar América y

apoderarse de los territorios indígenas. Fue un soldado raso, sin posibilidades de ascenso, como muchos, y vio la realidad desde la perspectiva de aquel que, sin poder real de decisión, obedece a sus jefes. Desde ese lugar experimentó la aventura europea en América. Habían alterado radicalmente la vida de muchísimos pueblos indígenas. La empresa imperial española se iba transformando en un proceso cada vez más destructivo, que acabaría con la vida de una gran cantidad de los habitantes nativos del continente. Europa afirmaba su derecho de propiedad en ese suelo. Se apoderaban tanto de sus riquezas naturales como de sus habitantes, transformados, por la máquina de guerra del imperio, en bestias de trabajo. Ya en esta época se habían dado los primeros pasos para hacer de América una gran factoría al servicio de Europa, sostenida por el trabajo servil y esclavo. Produciría para el continente aquellos bienes y productos que estos necesitaban y apreciaban. Continente-factoría, cultura colonial degradada, el proceso de conquista y colonización español marcaría a la historia de la humanidad para siempre. No solo en su aspecto comercial y productivo, sino también moral y filosófico.

El ejército ostentó en el Río de la Plata el poder y el control social durante las primeras décadas de la conquista. En los años siguientes se afianzó progresivamente, a veces en concordancia con el ejército, y otras en conflicto con este, el papel de la iglesia. Las órdenes religiosas, en particular los jesuitas, fueron determinantes en la evolución de la conciencia social, tanto de los indígenas como de los americanos. La dialéctica entre el ejército y la iglesia daría lugar al tímido comienzo de una sociedad civil dominada por estas instituciones poderosas. De esa dialéctica emergería, con el paso del tiempo, la sociedad criolla.

Signada por su experiencia de explotación esclava, la sociedad colonial en el Río de la Plata fue una sociedad de señores y sirvientes, donde cada uno ocupaba su lugar según su raza. Sociedad autoritaria y represiva, los militares tendrían siempre un papel determinante en su historia. En ella, un sector privilegiado, noble, poderoso, ostentaba su riqueza y su poder sobre un pueblo indígena miserable, esclavo, analfabeto, sin destino. Sintiéndose inferior y vencido, este pueblo guardaría como único tesoro su rencor y resentimiento, que le permitiría con el tiempo rebelarse contra ese amo imperial inhumano que había destruido a cientos de comunidades indígenas, con el único objetivo de enriquecerse y mostrar su poder ante los otros pueblos.

La mayor parte de los soldados y comandantes de la conquista estaban convencidos de su superioridad y de la inferioridad de los pueblos sometidos. Pasaban sus opiniones por el tamiz de la conciencia europea. En sus libros aprendemos más sobre lo que Europa creía de sí misma que sobre lo que era el mundo indígena. La relación de Ulrico Schmidl no describe el encuentro con el otro: muestra el proceso de negación y destrucción de ese otro. La historia de la conquista de América es la historia terrible de un genocidio de proporciones masivas, jamás reconocido por sus responsables, que hoy nos avergüenza.

Bibliografía citada

Bolaños, Álvaro. “The Requirements of a Memoir: Ulric Schmidl ́s Account of the Conquest of the River Plate (1536-54).” Colonial Latin American Review Vol. 11, No. 2, 2002. 231-250.

Díaz de Guzmán, Ruy. La Argentina. Madrid: Historia 16, 1986. Edición de Enrique de Gandía.

El Jaber, Loreley. Un país malsano: la conquista del espacio en las crónicas del Río de la Plata: siglos XVI y XVII. Rosario: Beatriz Viterbo/Universidad Nacional de Rosario, 2011.

--- . “Introducción”. Ulrico Schmidl , Derrotero y viaje a España y Las Indias....XIII-XLI. Espínola, Julio. “Ulrich Schmidl”. Real Academia de la Historia.

https://dbe.rah.es/biografias/15397/ulrich-schmidl

Guevara, José. Historia del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán. Buenos Aires: Imprenta

del Estado, 1836. Edición de Pedro de Angelis.

Hernández, Pero. “Relación de Hernando de Ribera”. Álvar Núñez Cabeza de Vaca,

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Menéndez Méndez, Miguel. “El trato al indio y las Leyes Nuevas: una aproximación a un

debate del siglo XVI”. Tiempo y sociedad No. 1, 2009. 23-47.

Núñez Cabeza de Vaca, Álvar. Naufragios y Comentarios. Buenos Aires: Editorial Claridad, 2014.

Schmidl, Ulrico (Utz). Derrotero y viaje a España y Las Indias. Paraná: EDUNER, 2016. Traducción de Edmundo Wernicke. Introducción, cronología, bibliografía y notas de Loreley El Jaber.

Vergara, Valentín. “Los cargos del soldado. El derrotero intelectual de la obra de Ulrico Schmidl desde el Siglo XIX hasta principios del XX.” Celehis No. 39, junio 2020. https://fh.mdp.edu.ar/revistas/index.php/celehis


Publicado en Revista Renacentista. Febrero 2022. Web.