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jueves, 21 de marzo de 2019

La sociología racista de José Ingenieros



                                       de Alberto Julián Pérez ©

                              
            El ensayista José Ingenieros (1877-1925), quiso, en los umbrales del siglo XX, interpretar la cultura y la sociedad argentina del siglo precedente (Terán, José Ingenieros 9-19). Estudioso versátil y metódico, se enfocó en las principales figuras intelectuales del estado liberal: Esteban Echeverría, Domingo F. Sarmiento, Juan B. Alberdi. Analizó también las obras de aquellos que, alentados por las propuestas del positivismo, habían meditado antes que él sobre los avatares de la historia nacional : José M. Ramos Mejía, Carlos O. Bunge, Agustín Álvarez, Juan A. García (Terán, Positivismo y nación 4-54).
            Ingenieros era médico psiquiatra pero, siendo un hombre de cultura enciclopédica y lecturas incesantes, trascendió el mundo de su profesión y buscó proyectar el método de investigación de las ciencias naturales (tal como lo concebía el evolucionismo positivista) en el estudio del desarrollo social. Sociología argentina, publicado por primera vez en 1908 y ampliado considerablemente en su edición de 1918, incluye artículos publicados entre 1899 y 1916, y estudia, desde esa perspectiva, los principales problemas que preocuparon a los primeros pensadores del estado liberal argentino en el siglo XIX: el impacto del medio y de las razas en la formación de las sociedades, el caudillismo, la inmigración, el desarrollo capitalista.
            Ingenieros indagó sobre el legado intelectual de Echeverría, Sarmiento y Alberdi, a los que consideraba “fundadores” de nuestra “Sociología”. La Sociología, en su acepción positivista, era una disciplina “moral” que estudiaba la evolución de los pueblos y de las razas, en un medio dado y en un momento histórico preciso, con un criterio científico.
            Con sus investigaciones históricas y filosóficas, Ingenieros cierra el ciclo de aquellos pensadores positivistas que, como José M. Ramos Mejía y Carlos O. Bunge, estudiaron la historia nacional desde un punto de vista biologicista y evolucionista. Tenía proyectado escribir en el futuro una metafísica (no lo llegó a realizar) que diera cuenta del mundo al que no podía acceder la experiencia (Ponce, José Ingenieros 93-9). Su método histórico cientificista  trataba de sintetizar los hechos, y derivar de estos conclusiones teóricas, dándoles una interpretación sociológica biologicista.
            La Sociología, nos explica en su libro, es “una ciencia natural que estudia la evolución general de la humanidad” (Sociología argentina 15). La consideraba una ciencia natural porque analizaba sociedades de animales; dice: “La humanidad nos ofrece…el caso de una especie animal luchando por la vida con otras y procurando adaptarse…a un medio físico limitado…” (15). De acuerdo a su interpretación darwiniana, la sobrevivencia de los grupos dependía de sus aptitudes competitivas en la lucha por la vida. La historia ofrecía múltiples ejemplos. Los actores implicados eran los grupos, las razas, las naciones.
            Su concepto de raza no se basaba en criterios zoológicos o antropológicos, sino culturales.[1] En un breve lapso histórico, como el que había trascurrido desde el comienzo de las sociedades de las que tenemos registros, unos pocos miles de años, no podían haber ocurrido cambios biológicos evolutivos significativos. Las razas, creía él, mostraban una mayor o menor capacidad de adaptación al medio en que habitaban: “Los diversos grupos sociales – nos dice – necesitan adaptarse a su medio y están sometidos al principio biológico de la lucha por la vida” (16). Los seres vivos no eran iguales. La naturaleza no era democrática. Había grupos que demostraban mayor capacidad en su lucha por la vida. Ingenieros los consideraba “superiores”, como grupo y como “raza”. Lleva su tesis hacia conclusiones abiertamente elitistas y racistas, que él consideraba “científicas”.
            Su concepción darwiniana evolucionista, que concedía gran importancia al medio, venía a complementar y de alguna manera continuar el pensamiento historicista romántico naturalista, que daba prioridad al medio y al hombre. Ingenieros dirige su mirada a los que él consideraba los más grandes pensadores argentinos: Echeverría, Sarmiento y Alberdi, que habían recibido la influencia del Romanticismo y de otras corrientes intelectuales más o menos contemporáneas (el mundo hispanoamericano se apropia de ideas que no son en Europa siempre solidarias y compatibles entre sí), como el enciclopedismo racionalista y el socialismo saintsimoniano.
Sarmiento, para Ingenieros, fue un pensador que demostró condiciones superiores, se opuso a la “mediocridad” de su ambiente y vivió constantemente defendiendo sus “ideales” (El hombre mediocre 31-42). Ingenieros lo considera el “genio” de su generación; un intelectual y político que tuvo condiciones morales sobresalientes. Sarmiento, para él, había anticipado, con gran intuición, en su Facundo, de 1845, una interpretación “sociológica”, al considerar al medio y a la raza factores determinantes de la historia nacional. Ingenieros solo muestra una admiración semejante por un hombre que en su tiempo innovaba dentro del campo científico: el naturalista Florentino Ameghino (llama también “genio” a Alberdi, especialmente por su contribución al constitucionalismo en Bases, aunque su admiración no es tan profunda como la que expresa por Sarmiento). Sarmiento y Ameghino, para él, eran los dos prohombres que habían sembrado nuevos ideales en su patria durante el siglo XIX.
            Ingenieros entiende que Sarmiento era un individuo que había cambiado, “evolucionado”, a lo largo de su vida, y esto para él demostraba su sinceridad y su honestidad, su “vitalidad”. Sarmiento (como el mismo Ingenieros) era el hombre que no se quedaba quieto jamás (detenerse es morir), que no consideraba definitivo y perfecto ningún saber, que buscaba superarse y era fiel a sus ideales, y no a la conveniencia de la hora. Basado en ideas nietzscheanas, ve a Sarmiento como a un “hombre superior”. Aquellos individuos que luchaban por defender e imponer sus ideales eran los motores de la historia. Establecían una particular “dialéctica” entre el presente y el futuro, entre el atraso y el adelanto, y entre la “mediocridad” y el “ideal”: ayudaban a que la realidad llegara “más allá” de lo que hubiera llegado sin el aporte de estos idealistas, aunque el ideal en sí nunca llegara a concretarse tal como lo habían concebido estos, que muchas veces resultaban sus víctimas.
            Estos idealistas, como Sarmiento, eran, para Ingenieros, los líderes de sus sociedades, les daban dirección, les creaban un destino (Los tiempos nuevos 63-94). Los ve como a “mártires” modernos, santos laicos que se sacrifican por la evolución de sus pueblos. Los idealistas contribuían al proceso de la evolución social, porque las razas humanas, a diferencia de las otras especies animales, eran dueñas de sus procesos volitivos, eran “morales” (Las fuerzas morales 11-13). Piensa que la evolución de la humanidad depende (como la ciencia) de factores objetivos, y no subjetivos. Los cambios (inclusive los históricos) ocurren cuando la sociedad llega a un punto tal de desarrollo que las circunstancias objetivas exigen una evolución de las instituciones. Los héroes son seres de la hora, que están en el lugar preciso, en el momento preciso. Ante la inminencia del cambio, los actores compiten entre sí para liderarlo.
            La evolución, cree, es paulatina e incesante, y aquellos hechos que producen cambios súbitos afectan menos la vida social de lo que parece (Soler 95-118). No cree en la revolución como agente efectivo del cambio. Más importante que la revolución es para él la evolución. Considera a la educación la mejor garantía moral para que los seres humanos puedan asumir las transformaciones del mundo circundante. La educación debe tender a garantizar la contribución de los individuos en la evolución social. Le reconoce a Sarmiento su prédica como auténtico líder del movimiento de educación popular hispanoamericana. Aconseja aprender del ejemplo del gran sanjuanino.
            Destaca las contribuciones que habían hecho al pensamiento argentino los filósofos positivistas que eran sus maestros: José María Ramos Mejía y Agustín Álvarez. Se considera un sucesor y continuador de estos intelectuales, integrando la cadena evolutiva del pensamiento nacional. Critica a aquellos ensayistas que estudiaban problemas de interés contemporáneo, como la cuestión de las razas, sin conocer la obra de Sarmiento, prefiriendo citar fuentes europeas y haciendo tabula rasa del pensamiento nacional.[2] Admiraba el Facundo, 1845, pero sostenía que Conflictos y armonías de las razas en América, 1883, era su obra fundamental. El pensamiento de Sarmiento había evolucionado a lo largo de su vida intelectual, pasando de una interpretación romántica de la historia a una interpretación “científica” y “sintética” de la misma.
            Ingenieros, como Sarmiento, creía que la categoría de “raza” era esencial para pensar la nación. Continúa en el siglo veinte el pensamiento etnocéntrico de la pequeña burguesía liberal argentina del siglo diecinueve. Sostiene que la educación tendrá un efecto transformador en el Estado progresivamente liberal. Se deja atrás un pasado autoritario y dogmático, para proyectarse en un futuro de mayor libertad y participación. La sociedad argentina evoluciona y progresa constantemente. Sarmiento, el primer “sociólogo” argentino, considera Ingenieros, había interpretado el fenómeno del caudillismo como el resultado de un proceso histórico, según el cual la historia nacional se articulaba en tiempos distintos superpuestos. Suscribe su tesis de que en la Argentina de la primera mitad siglo XIX luchaban dos mundos y dos sociedades: el mundo feudal absolutista, representado por el caudillismo y Rosas, y el mundo moderno y progresista, representado por Rivadavia y los líderes unitarios integrantes de la Asociación de Mayo. Estos últimos implementaron su ideal, organizando el país bajo sus premisas, luego de derrocar a Rosas.
            Para Ingenieros la raza es un factor esencial en la evolución de la sociedad argentina. Apoya la tesis sobre la inmigración de Sarmiento y Alberdi. Estos sostenían que el futuro y el progreso de la sociedad argentina requería el fomento de una agresiva política inmigratoria para atraer a los inmigrantes europeos al suelo nacional. Dice Ingenieros: “La formación de la nacionalidad argentina – y de todos los países americanos, primitivamente poblados por razas de color – es en su origen un simple episodio de la lucha de razas; en la historia de la humanidad, podría figurar en el capítulo que estudiara la expansión de la raza blanca, su adaptación a nuevos ambientes naturales y la progresiva preponderancia de su civilización donde esa adaptación ha sido posible” (Sociología argentina 26). Está de acuerdo con la noción, según él “demostrada”, de que la raza blanca es superior a las razas indígenas y a la raza negra. En la lucha por la vida, sostiene Ingenieros, la raza blanca, históricamente, había sido más capaz que las otras razas de crear civilizaciones superiores y sostenerlas (29).
La civilización greco-cristiana, tal como se la conocía, había sido una creación de la raza blanca (semita y aria, no aceptaba hacer distinciones dentro del seno de la raza blanca), desde su etapa greco-romana, pasando por el Medioevo y el Renacimiento y hasta llegar a la modernidad europea. Suscribe la tesis de la Generación del 37 de que era necesario europeizar América. Creía que existía una estrecha relación entre la raza y la geografía, y que las razas blancas se adaptaban mejor a las zonas templadas, las negras e indígenas a las tropicales. Al encontrarse todas las razas en América, había existido una verdadera “lucha de razas”, las blancas habían predominado en las zonas templadas, las de color en las cálidas y tropicales. Esta lucha de razas había enfrentado a sociedades en distintas etapas de evolución: la “…Europa feudal, en vías de transformarse en industrial” con la “América salvaje y bárbara” (28).
            Ingenieros defiende (en “La evolución sociológica argentina”, de 1901, y en varios artículos que le siguieron) lo que él considera la “superioridad incontestable” de la raza blanca. Revisó sus posiciones políticas numerosas veces, ya que creía que el individuo debía mantenerse en constante evolución y cambio, y sólo ser fiel a su espíritu de perfección, al ideal, y a las “fuerzas morales” que lo guían, pero mantuvo su biologicismo y su interpretación racista de la sociología a lo largo de su vida. [3]
            Suscribe la tesis de Sarmiento de que el continente americano había sido “civilizado” por dos culturas europeas en distinto nivel de desarrollo político y cultural: la nórdica (que ocupó el norte de América) y la mediterránea (que ocupó el centro y el sur). Esto condicionó la manera en que los colonizadores se relacionaron con las razas nativas: mientras los del Norte de Europa no se mezclaron con los indígenas, los de Europa mediterránea formaron una raza mestiza. Esto resultó en distintos niveles de aptitudes en las dos colonizaciones americanas mayores: la británica y la hispano-lusitana. La colonización del norte de Europa aportó una actitud especial hacia “el trabajo”, mientras la mediterránea fue “expoliadora y rapaz” (31). Los españoles fueron gobernantes poco capaces, debido, en parte, al atraso feudal de la península en el momento de la conquista. Esto determinó (e Ingenieros es profundamente determinista) la inferioridad social de Hispanoamérica en relación a la América sajona. Dice: “Esa forma de conquista, determinada por la situación económica de España, fue de resultados desastrosos para el porvenir de la América del Sur: el sistema dejó hondos rastros en la mentalidad de la clase gobernante que heredó sus funciones, continuándose hasta nuestros días y revistiendo la forma de caciquismo o caudillaje - régimen semejante al feudalismo medieval europeo - que aún persiste en varios países sudamericanos (32).”
            Ingenieros suscribe la tesis antiespañolista de la Generación del 37 con argumentos más “científicos”. La “herencia” española ponía a los americanos en inferioridad de condiciones en su “lucha” por conquistar un lugar destacado dentro de la cultura occidental. Pero esto podía cambiar en el futuro. Dejándose llevar por la euforia del espíritu de principios del siglo XX, cuando la sociedad argentina vivía un ritmo acelerado de crecimiento, favorecido por el aporte masivo exitoso de la inmigración europea, sostiene que tanto Argentina como Uruguay, Australia y Nueva Zelandia son sociedades destinadas a progresar rápidamente y ser modelos de civilización, dado que están asentadas en zonas de temperatura templada, están pobladas por inmigrantes europeos y sus habitantes son, en su mayoría, de raza blanca (58).
            Si en el pensamiento “cultural” Ingenieros siguió fundamentalmente a Sarmiento, al que llama “precursor de la sociología argentina”, en el económico reconoció todo el valor de Alberdi y Echeverría (26). Echeverría y Alberdi entendieron que era necesario estudiar las etapas iniciales de la vida económica para comprender el régimen político argentino y sus instituciones (33). La desigualdad económica de los nativos blancos frente a la ley colonial estimuló su deseo de emancipación económica (34). Estos buscaron superar esta inferioridad, y tomaron como “bandera doctrinaria” las ideas de los fisiócratas y los enciclopedistas (35). Para Ingenieros la cuestión económica tenía prioridad sobre el interés político y determinaba el movimiento de las ideas. Demuestra haber asimilado (además de las lecciones de Echeverría y Alberdi) algunas ideas económicas del socialismo marxista (si bien encontró la militancia socialista demasiado dogmática, razón por la cual, después de varios años de activismo político, renunció al Partido – Bagú 37-9).
            La política colonial de España y el atraso en que mantenía a sus colonias, con respecto a la vida económica internacional, había sido responsable de que Hispanoamérica tuviera que repetir etapas político-económicas pretéritas (medievales) antes de organizarse como nación moderna. Los caudillos, según Ingenieros, fueron los señores feudales que garantizaron la unidad de la nación;  su existencia fue un paso necesario en la evolución sociológica nacional (41). Rosas logró reunir bajo su control los distintos señoríos, unificando bajo su mando totalitario la nación. Ingenieros sentía admiración por el astuto Rosas, que cumplió con gran brillo y talento su papel de señor y demuestra cómo su presencia respondía a necesidades evolutivas irreductibles. Corrigiendo a Ramos Mejía y a García en sus interpretaciones, sostiene que no hubo una lucha entre la burguesía naciente (unitarios) y las multitudes desheredadas (federales), sino que las guerras civiles argentinas “…fueron luchas entre dos facciones oligárquicas…la una tendía a restaurar el régimen colonial…y la otra representaba la tendencia económica propia de una minoría radicada en la única aduana natural del país” (44).
            En la parte del libro que dedicó al estudio de Alberdi como precursor de la sociología nacional, sostiene que “…Alberdi no se ocupa de libertades y derechos, sino de necesidades y deberes” (238). Su genio fue haber entendido la importancia que el comercio y la economía tenían para el desarrollo de un país. Alberdi se integró, después de Caseros, 1852, al proceso de reorganización nacional, y apoyó la política del General Urquiza. Alberdi supo encontrar al mal argentino un remedio esencialmente argentino, como lo dejó asentado en sus Bases, obra fundamental en la reconstrucción de la nacionalidad bajo la protección de una Constitución.
            Alberdi abogó en esa obra por una interpretación sociológica para explicar los problemas argentinos. Creyó que los argentinos eran “…europeos adaptados a vivir en América y no indígenas amenazados por el contacto europeo” (241). Defendió la necesidad de formar una sociedad con una población de raza blanca, en que la calidad prevaleciera sobre la cantidad. [4] Los inmigrantes debían recibir una educación adaptada al medio, había que formular una política económica (liberal) y la nueva moral debía ser el trabajo. Era necesario honrar el trabajo derrotando la herencia colonial hispana.
            Para Ingenieros estas ideas fundamentales de las Bases formaban “un sistema” (247). Alberdi, tanto como Sarmiento, habían llegado a intuir una interpretación “biologicista” (para él la correcta) de los fenómenos sociales. Ingenieros hace una lectura racista de las ideas de Alberdi. Según él, Alberdi había comprendido la inferioridad de las razas nativas y por eso prefería las europeas. Pensaba que la base de la civilización era el trabajo y los sudamericanos eran pobres por su incapacidad de trabajar. Despreciaban el trabajo (260). Había que educar a los jóvenes, pero no con una educación “palabrista”. Tenían que capacitarlos para trabajar en las industrias de América del Sur, y de esa forma podrían hacer grandes aportes a la “civilización”. Debían promover las carreras “útiles”, favoreciendo las escuelas técnicas y la educación “científica”. Concluye Ingenieros: “…hoy, después de medio siglo, vemos que la formación de la nacionalidad argentina se ha producido conforme a los pronósticos de Alberdi. Si hubo un hombre de ciencia en su tiempo fue él…” (263).
            Ingenieros hace una interpretación sociológica, que él considera “científica”, del proceso de formación de la nacionalidad argentina. En su evolución había tenido un papel importante “la segunda colonización”, expresión con la que designa el arribo al país de un importante núcleo de personas de origen europeo. La política inmigratoria propuesta por Sarmiento y Alberdi había atraído a las costas del Río de la Plata a millones de inmigrantes, en su mayoría italianos y españoles, hacia fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Según Ingenieros: “Ellos constituyen una democracia nueva que va penetrando o desalojando a las oligarquías residuales de la inmigración colonial. El sentimiento de nacionalidad se afirma con igual energía en las dos grandes inmigraciones superpuestas en la nación “(45). El filósofo, sumamente optimista, piensa que las ideas liberales de Sarmiento y Alberdi triunfaron en esa Argentina que celebraba con éxito su primer centenario de vida independiente. Sus elites habían implementando un modelo económico agroganadero exportador desarrollista que acrecentaba día a día su riqueza. Veo esto como una corroboración de lo acertado de su interpretación histórica y sociológica racista, y como una prueba de la superioridad de las razas blancas sobre las nativas.
            Ingenieros creía que en Sudamérica iba a formarse una nueva raza neo-latina (56). Pensaba que no tenía sentido lamentarse de la expansión norteamericana en el continente, puesto que el “imperialismo” era consecuencia de la lucha por la vida entre los pueblos y las razas, resultado del predominio natural de unos pueblos sobre otros, y no podía evitarse. Había que sustraerse a su influencia ejerciendo a su vez un poder regional, gracias a la superioridad de la propia civilización. En su opinión, las naciones que tenían mayoría de raza blanca, asentadas en zonas templadas de Sudamérica – Argentina, Uruguay, Chile y sur del Brasil – estaban logrando crear una vigorosa cultura en la región (en Brasil, sin embargo, la masa de negros y mulatos era una desventaja) (58-9). Dice Ingenieros, ratificando su convencimiento de que la raza blanca debía tomar control político y marginar a las otras razas del poder: “Admitido que la civilización superior corresponde actualmente a la raza blanca, fácil es inferir que la negra debe descontarse como elemento de progreso. Países en que abunden el negro y el indio, no pueden preponderar sobre otros donde el negro y el indio son objetos de curiosidad. Tal es el caso de la Argentina libre ya, o poco menos, de razas inferiores, donde el exiguo resto de indígenas está refugiado en zonas que de hecho son ajenas a la nacionalidad, aunque habiten su territorio político” (59).
            Las conclusiones que saca sobre el peso que las políticas raciales (atracción de inmigración europea) tendrán sobre Argentina son coherentes con su fe biologicista, y su creencia en la inevitabilidad de la lucha por la vida y del predominio del más apto. [5] Piensa que son verdaderas e irrefutables las pruebas que demuestran la superioridad de la raza blanca, sus aptitudes civilizatorias. Y vaticina: “Su extensión, su fecundidad, su población y su clima la predestinan a ser el centro de irradiación de la futura raza neo-latina en la zona templada del continente sudamericano” (63).
José Ingenieros no busca, con su tesis racista, trascender las ideas sociales y económicas de los ideólogos del liberalismo argentino: Echeverría, Sarmiento, Alberdi, sino darles una interpretación supuestamente “científica” más acabada. La preocupación por la nación, el territorio, la raza, la historia, vertebra su Sociología argentina, y se continúa en su obra inconclusa, La evolución de las ideas argentinas, 1920.
            Ingenieros considera fundamental, como paso previo a su “filosofar” positivista, el dar debida cuenta de la historia y el pensamiento nacional. Se ve como un continuador del pensamiento de la Generación de 1837. Pertenece a esa élite de pensadores argentinos (entre los que encontramos varios médicos, como Ramos Mejía y el mismo Ingenieros) que, influidos por el cientificismo y el biologicismo positivista, indagaron el pasado nacional y se preguntaron por el ser argentino. Ingenieros analiza en su libro sus obras más importantes: Las multitudes argentinas, 1899, de José M. Ramos Mejía; La ciudad indiana, 1900, de Juan A. García; Nuestra América, 1903, de C. O. Bunge y South América, 1894, ¿Adónde vamos?, 1902, de Agustín Álvarez.
            Hace un análisis crítico cuidadoso de estos libros. Dice que Ramos Mejía (que era su profesor de la Universidad) escribió una obra demasiado “literaria” y poco científica. En Las multitudes argentinas, confundía “…la sociología de la multitud con las psicologías colectivas…” (67). Según Ingenieros, faltaba un estudio de base que definiera lo que es una multitud. No había analizado su formación ni sus caracteres, ni establecido una clasificación científica de la misma (70). Su metodología era insuficiente y sus observaciones equívocas. Con los otros ensayistas es menos severo. Ingenieros propone un nuevo modelo de intelectual, “moral”, riguroso, que busque la verdad, sienta horror a la “mediocridad”, evolucione y cambie (Terán, Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo 83-133). Es laborioso y honesto, se mantiene informado y respeta el método científico. Se mueve en un mundo “especializado”, que respeta la división del trabajo.
            Ingenieros vivía en un país en rápida transformación, en una época en que los inmigrantes cambiaban la composición de la sociedad argentina. Su línea de pensamiento sociológico se conduce dentro de las directrices planteadas previamente por la Generación del 37: el desarrollo del estado liberal, la raza, la inmigración, la educación, el trabajo. Se sentía heredero de esa tradición y reaccionaba como un hijo agradecido. Las celebraciones del Primer Centenario Nacional exaltaron el papel de Argentina como una de las promesas del mundo “civilizado”. Reafirmaban su fe en un capitalismo argentino en expansión, subordinado a las tensiones del sistema internacional. Ingenieros creía que el país podía liderar cambios sociales en Hispanoamérica.
            Piensa que el progreso económico rápido que ha experimentado Argentina ha sido paralelo a su “progreso racial”. El país ha sabido superar un pasado “medieval”, donde gobernaba el caudillismo federal apoyado por una sociedad mestiza, para entrar en una sociedad moderna, transformada por el aporte de razas europeas blancas. Su futuro era promisorio. Ocupaba un territorio de clima templado, tenía riquezas naturales, y su raza blanca, en su concepto, garantizaba la superioridad de su civilización y su cultura.
El concepto evolucionista y racista de civilización que defendía Ingenieros pronto entraría en crisis en Europa. La guerra europea expuso las debilidades de una política colonialista que encubría, tras el concepto de “civilización”, una voracidad imperialista destructiva. La época de posguerra sería aún más crítica. La reacción nacionalista que siguió exacerbó las tensiones raciales. 
            Ingenieros no trasciende el pensamiento liberal decimonónico. No lo critica severamente, ni busca sus falencias, en los ensayos de Sociología argentina: más bien lo idealiza y se apoya en él. Otros pensadores contemporáneos suyos, como Lugones y Gálvez, desde una posición nacionalista de derecha, fueron menos optimistas y argumentaron que la sociedad argentina estaba en decadencia y sus valores peligraban. Los intelectuales comunistas, por su parte, consecuentes con la visión política marxista, criticarán el pensamiento nacionalista burgués y defenderán los derechos sociales de las mayorías, profundizando la ruptura del campo intelectual, en una sociedad de principios del siglo XX cada vez más dividida por intereses poco conciliables.

Notas:  


[1] Dice Ingenieros en “La formación de una raza argentina”, escrito en 1915: “…hablamos de “raza” para caracterizar una sociedad homogénea cuyas costumbres e ideales permiten diferenciarla de otras que coexisten con ella en el tiempo y la limitan en el espacio” (307).[2] Es muy severa la crítica que le hace a Ayarragaray, autor de La anarquía argentina y el caudillismo, a quien acusa de escribir un libro sobre el tema ignorando los aportes de Sarmiento, Groussac, Ramos Mejía, Juan A. García, Zeballos, Quesada, Álvarez y los suyos propios (117).
[3] Ingenieros empezó militando activamente en el Socialismo en su juventud; posteriormente renunció a su militancia y se entregó a la práctica de la psiquiatría criminológica y al estudio científico, para luego iniciarse en los estudios culturales e históricos. Vuelve, después de la Revolución Rusa y la Reforma Universitaria, a defender el Socialismo como una etapa necesaria del progreso de la humanidad. Durante su vida intelectual activa, arte ciencia y política atrajeron su interés de estudioso y ensayista; en sus últimos años la filosofía se transformó en el objetivo mayor de sus preocupaciones (Ponce, José Ingenieros 11-76).
[4] Dice Ingenieros, defendiendo sus tesis racista: “Comprendía Alberdi que las razas de color no debían concurrir a la formación de estas sociedades nuevas; de ellas estaban originariamente excluidas las razas indígenas y habría sido grave daño el introducir las africanas y asiáticas… Su predilección …fue por las razas llamadas anglo-sajonas, en cuyas cualidades veía elementos de equilibrio destinados a corregir los defectos de nuestra primitiva mezcla árabe-hispano-indígena (244).”
[5] Las políticas raciales inmigratorias, ideadas por Sarmiento y Alberdi, fueron políticamente implementadas después de la organización nacional, 1853, y la unificación del país en 1862, asegurando la composición de la Argentina moderna. Argentina eligió, con un criterio etnocéntrico, la raza con la que quería ser poblada, rechazando explícitamente las razas indígenas, negras y amarillas, por considerarlas menos aptas, para la civilización que querían implementar en su suelo, que la raza blanca europea. Esta política, que se repitió en diversos países originariamente colonizados por poderes europeos, como Chile, Uruguay, Canadá, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelandia, es una autoafirmación nacional de la creencia en la superioridad de los valores de la cultura europea.


                                                            Bibliografía citada
           
Alberdi, Juan Bautista. Bases y puntos de partida para la organización de la República
            Argentina. Buenos Aires: Plus Ultra, 1991.
Álvarez, Agustín. South América. Buenos Aires: L. J. Rosso, 1933.
---. ¿Adónde vamos? Buenos Aires: La Cultura Popular, 1934.
Bagú, Sergio. Vida de José Ingenieros. Buenos Aires: Eudeba, 1963.
Bunge, Carlos O. Nuestra América. Madrid: Espasa Calpe, 1926.
Ferreyra, Julián. “Héctor Agosti: La filosofía aristocrática y superhumana de
            Nietzsche frente a la rebelión de las masas”.  Instantes y Azares. Escrituras
            nietzscheanas Nº 6 -7: 85-98.
García, Juan A. La ciudad indiana. Buenos Aires: Ciudad Argentina, 1998.
Ingenieros, José. La evolución de las ideas argentinas. Buenos Aires: L. J. Rosso,
            1920.
----. Sociología argentina. Buenos Aires: Hyspamérica, 1988.
---. Los tiempos nuevos. Buenos Aires: Editorial Tor, 1956.
---. El hombre mediocre. México: Editores Mexicanos Unidos, 1985.
---. Las fuerzas morales. Buenos Aires: Ediciones Siglo XX, 1985.
Ponce, Aníbal. José Ingenieros. Su vida y su obra. Buenos Aires: Héctor Matera, 1948.
Ramos Mejía, José M. Las multitudes argentinas. Buenos Aires: Editorial de Belgrano,
            1977.
Sarmiento, Domingo F. Facundo Civilización y barbarie. Madrid: Cátedra, 1990.
---. Conflictos y armonías de las razas en América. Buenos Aires: La Cultura Argentina,
1915.
Soler, Ricaurte. El positivismo argentino. Pensamiento filosófico y sociología. Buenos
            Aires: Paidós, 1968.
Terán, Oscar. Positivismo y nación en la Argentina. Buenos Aires: Puntosur Editores,
            1987.
---. Vida intelectual en el Buenos Aires fin-de-siglo (1880-1910). Buenos Aires: Fondo
            de Cultura Económica, 2000.







Publicado en 
Alberto Julián Pérez, 
Los dilemas políticos de la cultura letrada. 
Buenos Aires: Corregidor, 2002: 291-204.