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viernes, 9 de julio de 2021

Elisa P. de Galván, ¡ahora o nunca! (Melodrama político)

                                                                

                                                 Alberto Julián Pérez        


Primera Parte 

Villa Constitución, agosto de 1963. 


Los dos obreros, padre e hijo, salieron juntos de la fábrica y fueron hacia el barrio fabril cercano. Atrás quedaron las chimeneas y los galpones. Ya estaba anocheciendo. Caminaron por las calles del barrio obrero, entre las casas sencillas e iguales. Entraron en una de ellas. La mujer de la casa, luego de recibirlos, volvió a la cocina donde preparaba la cena para la familia. Ellos dejaron la ropa de trabajo y fueron a lavarse. 

— ¡Ay, qué cansado estoy! — dijo el padre, tratando de distender sus músculos doloridos mientras se sentaba a la mesa. 

— ¿Mucho trabajo? — preguntó su esposa, una señora madura, de formas abundantes. Su rostro, aún bastante fresco, tenía rasgos regulares. Su cuerpo grueso mostraba principios de obesidad. 

— Nos están dando con todo… — dijo el hombre — Nos hacen trabajar cada vez más rápido. Hay un supervisor de producción que es lo último. 

— Bueno, también Uds. tienen la culpa, papá — afirmó el hijo, que en ese momento entraba en la cocina y había escuchado la conversación. Era un joven delgado, moreno, de aspecto tímido; tenía unos veinticuatro o veinticinco años. 

— ¿Nosotros tenemos la culpa? — protestó el padre — ¡Pero escuchalo Elisa! 

— Ernesto, no le faltés el respeto a tu padre — dijo la señora, mientras ponía la mesa. — 12 — 

— No le falto el respeto, mamá — aclaró Ernesto — estamos conversando. 

— ¿Pero cómo me vas a decir que nosotros tenemos la culpa? — insistió el padre — ¿Me querés decir que nos matamos trabajando porque nos gusta? ¿Somos nosotros los que fijamos el tiempo de producción? ¿Sabés lo que le pasó al negro Oliva la semana pasada, sabés lo que le pasó? 

— Sí, sé lo que le pasó — dijo Ernesto. 

— ¿Sabés lo que le pasó ? A ver, ¿qué le pasó? — preguntó el padre. 

— Se cortó un dedo — dijo el hijo. 

— Sí, una máquina le cortó un dedo. 

—¿Una máquina le cortó un dedo a Oliva? — exclamó la señora, disponiéndose a servir la comida — ¡Ay, pobre muchacho! ¿Escuchaste, nena? 

— Sí, mamá — respondió la hija, que se estaba peinando el cabello en el espejo del paso — Oliva, el que está casado con la Pocha. 

— ¡Pobre muchacho! — dijo la señora. 

— Y entonces — insistió el padre, dirigiéndose a su hijo — ¿cómo me vas a decir que nosotros tenemos la culpa? 

— Indirectamente la tienen — le aclaró el hijo — se dejan engañar por los Delegados del Sindicato. Esos tipos hacen lo que quieren. 

— ¿Hacen lo que quieren? — exclamó irritado el padre — ¡Decímelo a mí, mirá que novedad! 

— ¿Y por qué? — dijo el hijo, inclinando su cuerpo para mirar a su padre en la cara, mientras su madre le servía la comida, pasando frente a él un brazo grueso y fláccido — ¿No se dieron cuenta todavía que son todos unos vendidos? La patronal dice : “ Trabajen más rápido, tienen que producir más”, y ellos responden : “¡Está bien!”, ¡Ningún problema, les pasan una coimita y asunto arreglado! Después la gente tiene accidentes, ¿cuánto le van a dar de indemnización al negro Oliva? 

— Le van a dar una miseria, se sabe — dijo el padre, encogiéndose de hombros — El seguro por accidente que tenemos es una porquería. — 13 — 

—¡Mirá vos, tener que trabajar sin un buen seguro, sabiendo que con esas máquinas siempre ocurren accidentes! — dijo Ernesto. 

— ¡Ay, por favor, Juan — exclamó la esposa, alarmada — tené cuidado, no te vaya a pasar algo a vos! 

— No te hagás problema — la tranquilizó el marido — si no me pasó nada en veinte años… Pero escuchame, Ernesto — dijo, dirigiéndose a su hijo — ese no es ningún secreto, viejo, todo el mundo sabe que la dirección de este sindicato se deja comprar cuando le conviene, pero… ¿qué querés que hagamos? Vos hablás porque hace pocos años que trabajás en la fábrica, ¿cuánto hace, tres años? 

— Tres años… 

— Pero yo hace veinte años que trabajo allí — continuó el hombre — veinte años ensamblando chapas, ajustando tuercas, ¿vos sabés las cosas que he visto? ¿Sabés cuántos delegados pasaron? ¿Y cuándo los milicos intervinieron la fábrica? No te imaginás lo que fue eso. Y creeme, ¡son pocos los que valen! El flaco Ibarra, ese era buen tipo, el flaco quería hacer algo como la gente, él organizó la campaña para que pagaran doble las horas extras, como en tiempos de Perón, ¿y sabés lo que le hicieron? 

—¿Qué le hicieron? — dijo Ernesto. 

—¿Te das cuenta que no sabés? ¿Para qué hablás si no sabés? — dijo el padre, indignado — Lo atropellaron con un auto a la salida de la fábrica y le quebraron una pierna. 

—¡Hijos de puta! — estalló el hijo — ¿Quiénes fueron? 

—¿Quiénes? ¿Y quiénes van a ser?...Tipos pagados por el Sindicato, eso es lo que todo el mundo cree. Seguro que la Patronal les dio unos pesos roñosos a la comisión directiva y les pagaron a unos matones para que hicieran el trabajo sucio. Aunque la gente lo sabe, nadie pudo decir nada, porque si alguno decía algo sabía que le podía pasar algo parecido y… ¿quién quiere tener un accidente? — dijo el padre —¿quién le iba a dar de comer a mis hijos y a mi esposa si a mí me pasaba algo? Después de lo que le ocurrió al flaco nadie dijo más nada sobre el pago de las horas extras, estábamos todos asustados. — 14 — 

No se volvió a hablar del asunto hasta los paros que fueron mucho tiempo después… 

— ¿En el 59? — dijo Ernesto. 

— Sí, en el 59 — respondió el padre, sorprendido — ¿vos te acordás? 

— Sí, ¿cómo no me voy a acordar? No fue hace tanto. En el trabajo que yo tenía en esa época nos organizamos para ayudarlos. 

— ¡Eso me gusta! Tres días después que habían empezado los paros declaramos la huelga — explicó el padre — La Patronal decía que era ilegal. Los milicos hacían lo que ellos les pedían. Los delegados nos jodían con que entráramos a trabajar, nos asustaban, eran todos Radicales. Estaban con el gobierno. Nos decían que si no entrábamos a la fábrica íbamos a perder el trabajo y, mirá vos, ¡ahora que me acuerdo, por Dios, se me revuelven las tripas del asco! Se pusieron de acuerdo con la patronal los guachos. Mandaron unos rompehuelgas, ¿podés creer? Aunque yo nunca fui militante, tengo la camiseta peronista bien puesta, como corresponde. 

— ¡Qué hijos de puta! 

— ¡Bien hijos de puta! Cuando nosotros nos enteramos que ellos mismos habían mando a los rompehuelgas para asustarnos y, ante el temor de perder el trabajo, abandonáramos la huelga y entráramos a la fábrica, ¿sabés lo que les hicimos? El Pelusa, el Gordo y los hermanos Sánchez se escondieron en el baldío que está al lado de la fábrica y esperaron a que pasaran dos de los carneros, los agarraron y por Dios, ¡les dieron una paliza!, ¡ay, mamita mía, qué paliza les dieron ! A uno lo hicieron hablar, le preguntaron: “¿quién te mandó a trabajar, no sabés que estamos en huelga?”. 

— ¿Qué contestó? 

— Imaginate : “¡Nos mandó Esquilante!” Así dijo. 

— ¡Esquilante! — exclamó Ernesto, indignado — Mirá vos, eso lo tendrían que saber todos. 

— Lo saben todos — afirmó el padre. 

— Yo no lo sabía — dijo Ernesto.— 15 — 

— Bueno — dijo Juan, levantando los hombros — si no hubiera sido él, hubiera sido otro. Los Radicales se habían complotado con los milicos contra nosotros. 

— ¿Por qué no comen? ¡Se enfría la comida! — se quejó la madre, viendo los platos casi intactos — ¡Nena — llamó, dirigiéndose a su hija, que no salía del baño — acabá ya de arreglarte y vení a comer, si no yo no termino nunca! 

— ¡Sí, mamá, ya voy! — respondió la hija, sin cumplir la promesa. 

— Pero papá — dijo Ernesto, continuando con la discusión y haciendo caso omiso al pedido de la madre — Uno no se puede cruzar de brazos. Tenemos que encontrar la manera de luchar contra esta situación. 

— En los últimos años fue imposible — se justificó el hombre — Yo opté por hacer mi trabajo y quedarme tranquilo. Si tratabas de cambiar algo te la daban por la cabeza. Vos te acordás lo que fue el gobierno de Aramburu. 

— Sí, ese milico era un facho… ¡Pero Papá…vos antes no te resignabas a la situación! — dijo Ernesto. 

— He visto mucho, hijo, soy viejo… — se justificó el hombre. 

— Pardán es viejo, pero no piensa como vos — insistió Ernesto. 

— ¿Pardán? – dijo su padre, reaccionando — Tené cuidado con ese tipo, que no te llene la cabeza, ese es comunista. 

— ¿Con quién te metés, nene? — exclamó su madre, al escuchar la palabra “comunista” — ¡Tené cuidado con los comunistas! 

— Será comunista — dijo Ernesto a su padre — pero hay que escucharlo hablar. 

— ¡No te digo, Juan — estalló la madre, al oír a su hijo — los comunistas con la lengua te envuelven a cualquiera! 

— Callate, Elisa, haceme el favor — dijo el marido, malhumorado — esta es una discusión entre hombres. 

— Ah, sí ¿y yo qué? ¿yo no cuento? — protestó la mujer. 

— Cuando vos discutís sobre moda o sobre costura con tu hija yo no me meto — argumentó su esposo.— 16 — 

— ¡Bueno, pero no es lo mismo! — dijo ella — Es mi hijo ¿no?, ¡si vos no sabés aconsejarlo, yo lo voy a hacer! 

— Yo lo sé aconsejar, no te preocupés — dijo el hombre, gesticulando — yo mismo voy a hablar con Pardán y le voy a decir que no trate de inculcarle nada raro porque va a tener un problema conmigo. 

— ¡Vos sabés lo que les hacen — dijo Doña Elisa, asustada, llevándose la mano a la sien — les lavan la cabeza! 

— Sí, ya lo sé — la tranquilizó su esposo — ahora dejanos seguir la conversación. 

— ¡Al final, para lo único que sirvo es para hacer de sirvienta! — exclamó Doña Elisa, enojada. 

— Mirá papá, no tratés de disfrazar las cosas — dijo el hijo — Vos sabés que yo no soy un chico, así que no me tratés como a un chico. Si vos sos un fracasado y no tenés respuesta ante lo que está pasando, hay otra gente que sí la tiene, y si vos no los escuchás, yo los escucho. 

— ¿Yo soy un fracasado? — reaccionó Don Juan — ¡Mirá, tu padre siempre ha llevado la cabeza bien alta! — dijo, dejando el cubierto sobre la mesa y agitando el índice por delante de la cara de su hijo — Hablá con quien quieras, y metete en problemas, ¡pero yo no te voy a ir a ayudar, no! 

En ese momento la hija entró por fin en la cocina. 

— Tarde pero segura. Yo podés servirme, mamá. 

— ¡Nena, ya era hora — protestó la madre — la comida está fría! 

— Aquí estamos hablando de dos cosas diferentes — prosiguió Ernesto — Vos no creés en la lucha, yo creo en la lucha. Si tenemos delegados vendidos, uno tiene que buscar nuevas opciones. Hay otras formas de organizarse. 

— Ay, mamá ¿qué discuten? — preguntó la hermana de Ernesto, una chica de rostro bonito y aspecto sencillo.— 17 — 

— Política, nena — dijo Doña Elisa, sirviéndole la comida a su hija — ¡por qué no cambiarán la música, estoy tan cansada de oír hablar de política! Yo lo único que sé es que la plata cada vez alcanza menos. 

— ¿Ah, sí? Decime, ¿cómo te vas a organizar? — preguntó el padre al hijo. 

— Tenés que tener un programa, vincularte a un partido político, militar — aseguró Ernesto. 

— Tendrían que estar ellos cocinando y limpiando la casa para saber lo que es esto — se quejó Doña Elisa, dirigiéndose a la hija. 

— ¡Elisa, por favor! — estalló su marido — Vos te quejás porque tenés que lavar los platos, ¿y yo qué tengo que decir? Cuando nosotros salimos temprano para la fábrica, ¿vos no te quedás durmiendo acaso? 

— Pero cuando Uds. miran televisión a la noche yo estoy lavando platos — se defendió Doña Elisa. 

— Mamá tiene razón — intervino la hija — ¿quién lava la ropa, quién hace las compras? Las mujeres no paramos, no tenemos descanso. 

— ¡Lo único que faltaba, otra rebelde más! — dijo el padre — ¡Vos qué hablás, Estela , si en la vida limpiaste nada! 

— ¿No le ayudo a mamá? — atacó Estela — ¿No trabajo todos los días en la oficina? 

— ¡Trabajo, trabajo! — dijo el padre, con un gesto despreciativo — Escribir cartas. 

— ¡Bien útil que soy, y por eso me pagan mi sueldo ! — exclamó Estela — Pero a mamá ¿quién le paga sueldo, qué vacaciones tiene? ¡y trabaja como una burra! 

— ¡Ah, sí, está bien, ahora es mi culpa también! — dijo el padre, algo divertido ante la reacción de su hija. 

— Yo no digo que vos tengas la culpa — le explicó la muchacha — pero quisiera saber cómo reaccionarías si ella te manda a vos a que te calles la boca.— 18 — 

— Nena, mirá, ¡no seas insolente! — dijo el padre. 

— Estela — terció la madre — por favor, callate. 

— No me callo nada — dijo con rebeldía Estela — ¡estoy cansada de que los hombres siempre nos basureen! 

— Para mí que hoy te peleaste con tu novio — se burló el padre. 

— ¡Ah, sí — dijo Estela — cada vez que digo la verdad me querés hacer pasar por loca! 

— ¡Bueno, esto se acabó — gritó Don Juan, golpeando con su puño en la mesa para imponer su autoridad — todo el mundo se calla la boca y a comer! 

Comieron en silencio por un rato. Doña Elisa pasó la ensalada, luego sirvió los tallarines con estofado, y dejó la fuente en el centro de mesa por si querían comer más. De pronto sonó el timbre de la puerta de calle. 

— ¿Quién es? — preguntó Don Juan, alzando la voz, sin dejar la mesa. 

— ¡Juan, soy yo, Manuel! — respondió un hombre. 

— ¡Pasá Manuel! 

Se abrió la puerta y entró un obrero como de unos cuarenta y cinco años, con su ropa de trabajo bastante sucia y las manos llenas de grasa. 

— ¿Qué pasa? — preguntó Juan al ver el aspecto de su compañero. 

— Problemas en la fábrica — respondió Manuel, apesadumbrado. 

— Hablá, ¿qué pasó? — dijo Juan. 

— No sé si decirlo delante de tu familia — explicó el obrero — están todos en la mesa… 

— Hable, por favor — pidió Doña Elisa, angustiada. 

— Un accidente en el turno noche… 

— ¡Carajo! — exclamó Juan. 

— ¿Quién? — preguntó Ernesto. 

— Maitena, el que trabaja en montaje… 

— ¿Qué le pasó? — dijo Juan. 

— Un balancín le agarró la mano derecha. — 19 — 

— ¿La mano? ¡Jesucristo! — exclamó Juan, haciendo un gesto de dolor. 

— La mano derecha, se la cortó limpita. 

—¡Sabía que esto, tarde o temprano, iba a pasar! — dijo Ernesto. 

— Es una desgracia tremenda, ya no va a poder trabajar — dijo Manuel — Quedará lisiado. 

— ¡Qué desastre! — dijo Doña Elisa — Pobre la señora, tiene tres hijos. 

— ¿Y qué van a hacer? — preguntó Juan. 

— ¡¡Qué vamos a hacer, todos!! — remarcó, enfáticamente, Manuel. 

— Sí, todos, claro — dijo Juan. 

— Yo también, Manuel — dijo Ernesto. 

— Seguro pibe, vos también. Por lo pronto, estamos formando un comité para recaudar fondos y entregárselos a la familia, no tienen ahorros… 

— ¿Cómo van a tener ahorros? — exclamó Doña Elisa — Dígamelo a mí, si la plata no alcanza. 

— Al menos que tengan para ir viviendo por ahora y hacerle frente a los gastos que se presenten. Estamos pensando en entregar un petitorio al Sindicato para hacerle un juicio a la Patronal. 

— Sí, es buena idea — dijo Juan. 

— ¿Qué están diciendo, papá? — intervino Ernesto — ¿las autoridades del Sindicato enfrentarse a la Patronal? Van a arreglar el juicio de antemano. 

— ¿Y qué otra cosa querés hacer? — le preguntó el padre. 

— Bueno, en vez de ponernos a discutir por qué no vamos a lo de Román — terció Manuel — Los muchachos quedaron en reunirse allí.

— Sí, vamos — dijo Juan, levantándose de la mesa. 

— ¿Se van, me dejan la comida? — preguntó Doña Elisa, viendo que la cena se interrumpía. 

— Esto es importante, Elisa — dijo su esposo.— 20 — 

— Sí, ya lo sé — se conformó la mujer — Pobre muchacho, qué desgracia. ¿Les hago unos sánguches con la carne y se los pongo en un paquetito? 

— No, está bien, Elisa, allá va a haber algo para picar, no te hagás problema — la tranquilizó su esposo. 

— No te preocupes, mamá — dijo Ernesto, despidiéndose de ella con un beso en la mejilla. 

— Bueno, ¿van a volver muy tarde? 

— No se preocupe, Sra. — dijo Manuel — vamos a organizar un fondo de ayuda nada más. 

Estela metió la mano en su cartera y, sin abrir el puño, lo extendió hacia su padre. 

— Tomá, papá — le dijo. 

— ¿Qué me das? — preguntó el padre, sorprendido. 

— Plata para la colecta — respondió su hija — Y decile a tus compañeros que te la dio tu hija, que se la ganó trabajando. 

— Seguro — dijo el hombre, conmovido — Un beso. 

— Chau, no se acuesten tarde — les recomendó Ernesto a las dos mujeres, mientras dejaban la casa. 

— Dios quiera que esto no traiga cola — susurró, preocupada, Doña Elisa, viendo como los hombres desaparecían en la calle. — 21 — 

Llegaron a la casa de Román, una vivienda similar a todas las otras del barrio fabril. Llamaron a la puerta y entraron. Ya había varios obreros en la sala. 

— Buenas noches, muchachos — saludó Juan — ¿cómo va todo? 

— Para mí, va mal — respondió un hombre de abdomen voluminoso y gran papada — ¿Qué podemos hacer nosotros? Muy poco. 

— Escuchá, Gordo — dijo otro, dirigiéndose al que había hablado — no seas pesimista. Ahora juntemos plata. Que cada uno ponga lo que pueda. El Sindicato le debe hacer juicio a la patronal. Yo creo que le tienen que dar una buena indemnización. 

— ¿Y si no gana el juicio? — preguntó el Gordo. 

— Bueno, mirá, nosotros somos obreros, hacemos lo que podemos, ¿no? — exclamó un hombre bajito. 

— La empresa no se toma en serio la seguridad de los laburantes — argumentó Ernesto — ¿Cómo puede ser que trabajemos en las condiciones que lo hacemos? Siempre hay accidentes. 

— Eso no lo podemos arreglar ahora — dijo uno — tenemos que ser prácticos. 

— ¿Uds. se piensan que los de nuestro Sindicato les van a hacer un planteo serio a los de la Patronal? — insistió Ernesto. 

— Si se lo pedimos, ¿por qué no? — respondió su padre. 

— ¿No se dan cuenta que este Sindicato no está con los obreros? — gritó Ernesto, enojado. 

— ¿Y con quién está entonces? — dijo un obrero. 

— ¡Defiende los intereses de la Patronal! — dijo Ernesto, haciendo un ademán de disgusto.— 22 — 

— Exagerás, Ernesto — lo interrumpió un joven — Algunos de ellos podrán estar vendidos, pero nos representan a nosotros. Si todos los miembros los presionamos van a tener que aflojar y hacer lo que les pedimos. Los amenazamos con romper los carnets del Sindicato, ¿el trabajo de quién van a negociar entonces? 

— Mirá — siguió Ernesto — Imaginemos que le hacemos un juicio a la fábrica. ¿Cuánto dura? Mientras tanto las condiciones de seguridad del trabajo son pésimas, ¿y a quién le importa? ¿Y qué pasa si los abogados del sindicato no ganan el juicio? 

— Sí, ¿por qué no lo van a ganar? 

— ¿Uds. se creen que los jueces, que les hacen los mandados a los milicos, nos van a dar la razón a los trabajadores? — insistió Ernesto. 

— Si el derecho está de nuestro lado, nos tienen que dar la razón — dijo su padre . 

— Para eso hay leyes — dijo otro. 

— ¡Leyes, leyes! — exclamó un hombre mayor, levantando los brazos con indignación — ¡Para lo único que las usan es para dárnoslas por la cabeza! 

— Esas leyes no sirven — argumentó Ernesto, viendo que tenía un defensor — Se las hacen a gusto de ellos, pagan y les aprueban las leyes que quieren, siempre en contra de los trabajadores. 

— Bueno, compañeros, no nos vayamos por las ramas — dijo quien parecía ser el dueño de casa — Aquí nos reunimos para ayudar a la familia de Maitena, ¿no? Eso es lo importante en este momento. 

— Sí, por ahora sí, pero…¿y mañana? — porfió Ernesto. 

— ¿Qué querés decir? 

— Si mañana se accidenta otro, ¿vamos a hacer otra colecta? ¿y vamos a pedirle al Sindicato que le haga otro juicio a la Patronal? 

— En el juicio capaz que le echan la culpa al obrero — dijo el que antes había protestado sobre las leyes — Pueden decir que estaba borracho, poner un testigo falso.— 23 — 

— Y aunque ganemos el juicio — dijo Ernesto — ¿cuándo lo van a indemnizar al accidentado? Pasarán meses, hasta años. 

— No seas derrotista, viejo — exclamó el dueño de casa — ¿qué querés que hagamos? No pedimos el juicio entonces. 

— ¡Sí, el juicio hay que hacerlo! — dijo Ernesto. 

— ¡No ves, estamos todos locos! — dijo Román — Si pedimos el juicio decís que no sirve para nada, si no lo pedimos decís que sí, que hay que hacerlo. ¿Quién te entiende a vos? ¿En qué quedamos? 

— Lo que quiero decir es que con el juicio no es suficiente — precisó Ernesto — Hay que hacer algo más. 

— ¿Qué más querés hacer? — intervino su padre. 

— Nos tienen que dar una cobertura médica acorde con el riesgo del trabajo y aumentar las indemnizaciones por accidente. 

— ¡No lo vas a conseguir! — exclamó Román — ¡Estás soñando! 

— Lo tienen que dar — insistió Ernesto — Mañana va a haber otro accidentado y vamos a estar en la misma. Podés ser vos, puedo ser yo, puede ser mi viejo. 

— Mirá — dijo el Gordo — los delegados no van a estar de acuerdo en pedir más cobertura médica y aumento de las indemnizaciones por accidente. Dirán que si nos ponemos exigentes la patronal va a echar gente. 

— ¡A echar gente! — dijo otro — ¡Eso si ellos empiezan a alcahuetear! 

— ¿Se dan cuenta? Podemos hacer muy poco — concluyó Román — Nos van a acusar de revoltosos, de crear problemas, y nos vamos a quedar sin trabajo, ¡entonces sí que vamos a estar jodidos! 

— Esto no pasaba en tiempos de Perón — dijo otro. 

— Miren — dijo el Gordo — si tenemos trabajo, por lo menos sabemos que podemos mantener a la familia. Tenemos que cuidarnos y no nos va a pasar nada. — 24 — 

— No seamos ilusos — advirtió Ernesto — cada vez nos hacen trabajar más rápido, ¿cómo creen que podemos estar libres de accidentes? ¿Se piensan que Maitena es estúpido y por eso el balancín le cortó la mano? 

— Es cierto — dijo uno — Nos exigen más de lo que podemos. Uno termina muerto, por eso pasan los accidentes. Tenemos que pedirles que saquen el control de tiempo. 

— Porque no vamos al grano — dijo el Pelusa — Nos habíamos reunido para hacer una colecta y ayudar a la familia de Maitena, y ahora salimos con que vamos a pedir más indemnización y que quiten el control de tiempo. 

— Tenemos que ser previsores, Pelusa — dijo Ernesto — Si nosotros no nos defendemos, ¿quién lo va a hacer? 

— ¡Defendernos, defendernos! — exclamó Juan — ¡Vamos a terminar perdiendo el trabajo! 

— El trabajo lo vamos a perder si no reaccionamos — dijo Ernesto — ¡Nos van a terminar matando a todos! 

— ¡No seas exagerado, che! — lo reprendió Román — ¡Decile a tu hijo que hable menos, Juan, dice barbaridades! 

— Ya estuvimos discutiendo con él durante la cena — dijo el padre — Es Pardán el que le llena la cabeza con sus discursos. 

— ¿Pardán? ¡uy no, pibe, no nos vengás con problemas, mirá que Pardán es comunista! — dijo el dueño de casa — Si piensan que él anda detrás de esto nos echan. 

— Yo tengo mis propias ideas — se defendió Ernesto — qué comunista ni comunista, ¿no se dan cuenta que si nos cruzamos de brazos va a ser cada vez peor? ¡Nos van a quitar todas las conquistas que se ganaron en el pasado! 

— ¿Y vos que sabés del pasado? — dijo Román — ¡En tiempos de Perón vos era un mocoso! 

—¿Y qué tiene que ver eso? Yo sé lo que pasó porque leo, me informo. 

— No nos vengás con libros ahora — dijo Juan – Tenemos un problema concreto, el accidente. — 25 — 

— Mirá — dijo Román — Si vas a andar con comunistas abrite del grupo, después vamos a caer todos por culpa tuya. 

— Uds. tienen miedo — dijo Ernesto — Este es el momento. Cuando quieran reaccionar, va a ser tarde. 

— Bueno, en vez de discutir sin sentido — propuso Juan — ¿por qué no concretamos y formamos un comité obrero para hacer la colecta? 

— ¿Formar un comité nosotros solos? — dijo un obrero — ¿No sería mejor organizarlo mañana en la fábrica, durante el almuerzo, cuando estén todos los compañeros presentes? 

— Me parece buena idea — dijo Román, convencido — Nosotros no representamos a todos los compañeros de la fábrica. 

— Sí — acordó el Gordo — yo opino lo mismo. 

— ¿Estamos todos de acuerdo? — preguntó Román al grupo. 

Todos se miraron y asintieron con la cabeza. 

— Sí, lo formamos mañana a la hora del almuerzo — dijo Juan. 

La reunión se dispersó. Padre e hijo, enemistados por la discusión, regresaron a su casa sin pronunciar palabra.— 26 — 

A la mañana siguiente, temprano, los obreros del turno diurno entraron a trabajar. Sonó la sirena y la fábrica de piezas de automotores inició su jornada. Las líneas de ensamblaje se movieron lentamente y los obreros, cada uno en su puesto, iban cumpliendo su esforzada y rutinaria labor. 

A mediodía se encontraron en el comedor. Todos hablaban del desgraciado accidente que había tenido el compañero Maitena. El grupo de Román y Juan Galván improvisó una reunión; anunciaron que querían crear un comité de ayuda para la familia de Maitena. Pronto la discusión se volvió acalorada. Ernesto argumentó que el problema era demasiado importante como para liquidarlo con un simple comité de “beneficencia”. Su idea fue bien recibida por algunos obreros. Uno de ellos propuso hacer una reunión general en el Sindicato para discutir el tema. 

— Vamos a formar un comité para juntar plata para la familia de Maitena, de acuerdo — dijo — pero este es un problema grave, no lo podemos dejar pasar, tenemos que discutirlo en el Sindicato y que participen todos los compañeros de la discusión. Esto nos importa a todos. 

— Coincido con el compañero — aceptó Ernesto — Pidamos una Asamblea. 

Uno de los delegados sindicales, un hombre poco popular entre los obreros, por la actuación cuestionable que había tenido en un paro, se acercó al grupo, bastante alarmado. 

— Muchachos, ¿no les parece que se están apurando mucho? — dijo —Yo soy el Delegado, me eligieron para representar a todos los — 27 — 

compañeros. Hay un procedimiento a seguir. Yo, como Delegado, voy al Sindicato, explico a las autoridades lo que Uds. plantean y ellos nos van a aconsejar lo que conviene hacer. Hay que ver cuál es el mejor momento para llamar a una Asamblea. 

— Sí, claro — dijo Ernesto — Vos sos el Delegado, pero nosotros somos los obreros de la fábrica. El problema lo tenemos ahora. Si esperamos que los del Sindicato decidan, van a pasar tres meses antes que hagamos la Asamblea, ¿y mientras tanto qué? 

— ¡Tiene razón, tiene razón — asintió uno, acalorado — hay que hacer la Asamblea pronto! 

— ¡Yo propongo que esta noche, a la salida del turno — dijo otro — vayamos todos los obreros al Sindicato y planteemos esto en nombre de toda la fábrica! 

— ¿En nombre de toda la fábrica? — reaccionó el Delegado — ¿quién te dio permiso a vos para decidir por los demás compañeros? Aquí el Delegado soy yo. ¿Para qué están los reglamentos del Sindicato? 

— ¡Qué reglamentos ni reglamentos! — dijo Ernesto — Nosotros esta noche nos vamos al Sindicato. Si te gusta bien, y si no también. Si vamos a dejar que vos decidás, estamos fritos. 

— ¡Pero es en contra de los reglamentos! — insistió el Delegado. 

— Nos limpiamos el culo con los reglamentos — dijo otro. 

— ¡Muchachos — dijo Ernesto, dirigiéndose a los compañeros del comedor que no se habían acercado a la reunión — corran la voz que esta noche, después del trabajo, todos los de nuestro turno vamos al Sindicato! 

— ¿Cómo saben si todos están de acuerdo? — preguntó el impopular Delegado, recurriendo a una última estratagema. 

— ¡Que levanten la mano los que estén de acuerdo! — dijo Román. 

Casi todas las manos de los presentes se levantaron. 

— ¿Ves viejo, te convenciste ahora? — dijo Ernesto al Delegado, con tono de triunfo. — 28 — 

Sonó el timbre para regresar a la línea de trabajo y los obreros se dispusieron a dejar el comedor. 

— Yo se los decía por el bien de Uds. — dijo el Delegado, derrotado. 

Los obreros ya estaban saliendo y ni siquiera se molestaron en contestarle. — 29 — 

Esa noche, tal como habían convenido, un nutrido grupo de obreros se dirigió al Sindicato. Entraron en el local y en pocos momentos atestaron el amplio hall de la vieja casona, donde funcionaba la sede. El encargado quedó muy sorprendido al ver llegar a tanta gente. Ya todos los directivos se habían retirado del lugar. 

— Bueno, muchachos — demandó el encargado — ¿qué se les ofrece? 

— ¡Queremos hablar con el Secretario General del Sindicato! — dijo un obrero. 

— ¿Con el Secretario General? — balbuceó el encargado — ¿Cómo van a hablar con el Secretario General a esta hora? Ya se fue a su casa y no viene hasta mañana. 

— Llámelo — gritó otro, exacerbado — tenemos cosas importantes que discutir. 

— ¿Cosas que discutir? — preguntó el encargado, intimidado por el grupo de obreros — ¿Qué cosas tienen que discutir? ¿Por qué no hacen un petitorio? 

— No, sin petitorio — dijo Ernesto — queremos que se haga una Asamblea hora. 

— Ahora no muchachos, es imposible — argumentó el hombre — ¿Pero qué les pasa, están locos? 

— ¡Qué locos ni locos, gordito — gritó uno, amenazante — tené cuidado con lo que decís! 

— ¡Muchachos, no me metan en problemas! — aclaró el encargado, temiendo la violencia del grupo — ¿Uds. creen que se mandan solos? 

— Nosotros queremos que venga el Secretario.— 30 — 

— Bueno — porfió el encargado — por qué no empiezan por explicarme la cuestión a mí. Yo soy el encargado del local a esta hora. 

— No — dijo un obrero — que venga el Secretario. 

— Les digo que no se puede muchachos. 

— ¿Qué discutimos con este tipo, che? — dijo Ernesto, cansado de la tozudez del hombre — Agarremos el teléfono y llamemos al Secretario a la casa. 

— Eso, llamémoslo directamente. 

— En esa oficina hay un teléfono — señaló un obrero. 

— Yo hago la llamada — dijo un compañero de edad madura. 

— ¿Y qué le decimos? — preguntó el Pelusa. 

— Le decimos que queremos hablar con él — respondió Román — Que venga lo antes posible, esto es urgente. 

— Yo ya les avisé — dijo el encargado, asustado — no me digan después que no les advertí. Van a ver la que se va a armar. 

El obrero fue a la oficina y buscó el número de teléfono del Secretario en una agenda. Llamó. Se hizo un silencio general. Escucharon como hablaba con voz pausada. Después el hombre volvió al hall. 

— ¿Y? ¿Qué te dijo? — preguntó Juan, ansioso. 

— Dijo que él no puede venir, que manda al Subsecretario, para que anote lo que queremos. Queda presentada la queja y ellos deciden. 

—¡No, viejo! ¡Mirá cómo nos trabaja! — estalló Ernesto. 

— Llamalo de nuevo — propuso alguien — decile que queremos una Asamblea ahora. 

— Se lo dije. 

— Decile que si no viene empezamos la Asamblea igual, la hacemos sin él — agregó el Pelusa. 

— Sí, eso, buena idea — dijo el obrero, disponiéndose a llamar otra vez. 

— Paren un poco, muchachos. ¿No les parece que nos estamos metiendo en un lío? — lo detuvo Juan. 

— ¡No seas cagón, Juan! — dijo Román — ¿Para qué vinimos si no vamos a hacer nada?— 31 — 

— ¡Dale papá — exclamó Ernesto — no nos hagas esto! 

— Bueno, andá — aceptó Juan — llamalo de vuelta. 

— De todas maneras ya viene el Subsecretario — dijo el Pelusa, mientras esperaban el resultado de la llamada. 

— ¡Qué Subsecretario ni Subsecretario! Ese no es más que un asistente — exigió un joven — ¡Que venga el Secretario General del Sindicato! 

— ¡Sí, sí, el Secretario! — lo acompañó otro. 

— ¿Pensaron en lo que le vamos a decir? — preguntó el Gordo. 

— ¿Por qué no lo escribimos? — sugirió Ernesto. 

— ¿Para qué? — dijo Juan. 

— Bueno, para que vea que estamos todos de acuerdo. 

— Vinimos porque una máquina le cortó la mano a Maitena, ¿no? — dijo uno. 

El que llamaba al Secretario colgó el teléfono. 

— ¿Qué dijo? — le preguntaron. 

— Dijo que ya viene. 

— ¡Vieron, se cagó todo! — exclamó Román, envalentonado por el éxito — Tanto que se hizo el gallito. No hay que aflojar, muchachos. 

— Los que mandamos somos nosotros, los obreros. 

— Ahora que todo está saliendo bien, pongámonos de acuerdo en lo que vamos a decir — propuso Juan. 

— Le decimos que queremos un aumento de la indemnización por accidente y un seguro que cubra a los accidentados que quedan inválidos y a sus familias de por vida — dijo Ernesto. 

— Sí, Ernesto tiene razón, necesitamos un seguro que nos proteja bien. 

— ¿Creés que te van a dar ese seguro, hijo? Para conseguir algo así tenés que hacer una huelga. 

— ¿Una huelga? Bueno, hagamos una huelga — dijo Ernesto. 

— No seas exagerado, Ernesto — dijo Román — que nos van a echar a todos a la mierda. 

En la puerta apareció un hombre canoso, de abdomen abultado.— 32 — 

— Ahí llega el Subsecretario — dijo el encargado. 

El hombre canoso se adelantó hacia el centro del grupo. 

— ¿Qué pasa, muchachos? — dijo, con voz grave. 

Los obreros se miraron. 

— Bueno… — empezó Román. 

— Hablen, ¿qué pasa? — dijo, mirándolos con severidad. 

— Tenemos problemas — alcanzó a decir Román. 

— ¿Qué problemas tienen, a ver? — preguntó con tono paternal el Subsecretario — Para eso estamos nosotros, para resolver problemas. Díganme, ¿quién es el Delegado del grupo? 

— Hablá vos, Pelusa — dijo Ernesto. 

— No, que hable Juan — dijo el Pelusa. 

— ¿Pero no tienen un Delegado? Vamos muchachos, no me digan que me hicieron venir a esta hora para nada. 

— No Sr., no lo hicimos venir para nada — dijo un obrero — Estamos aquí porque un balancín le cortó la mano al compañero Maitena. 

— Bueno, pero eso pasó ayer. El Sindicato convenció a la Patronal para que pague todos los gastos del Hospital y le dé una compensación a Maitena. 

— Sí, el Hospital, ¿y de qué va a trabajar después Maitena con una sola mano? Los milicos nos quitaron la pensión por accidente que teníamos antes. 

— No tenemos un buen seguro de trabajo que proteja a los accidentados y sus familias en los casos graves. 

— Bueno, muchachos — los calmó — eso se consigue de a poco. 

Se oyó una voz en la entrada del local. 

— ¿Qué pasa, compañeros? 

Se volvieron: era el Secretario General del Sindicato. El Secretario se acercó al Subsecretario. Lo acompañaban dos hombres fornidos. 

— Buenas noches, Sr. Secretario — dijo Juan, con respeto — Le estamos planteando al compañero Subsecretario…— 33 — 

— …que queremos una Asamblea — continuó el Pelusa — para pedir a la Patronal una cobertura por accidente que garantice la seguridad de los obreros y sus familias. 

— Esperen muchachos — los detuvo — ¿por qué no habla uno solo? ¿quién es el Delegado? 

— No tenemos un Delegado. El Delegado de nuestra fábrica no vino. 

— ¿Y cómo van a hacer una Asamblea entonces? ¿Se creen que esto es un juego? ¿A quiénes representan Uds.? 

— Representamos a todos los compañeros de la fábrica — dijo Ernesto. 

— ¿A todos — insistió el Secretario General — a los mil obreros, los del día y los de la noche? 

— Bueno, no, a los del turno noche no. 

— ¡Yo esto no lo puedo creer! — exclamó el Secretario, exasperado — No tienen Delegado, no representan a nadie, ¿y para esto me llamaron? ¿Qué pasa, somos todos chicos? 

— No, Sr. Secretario, no nos tome por estúpidos — dijo Ernesto — Si le pedimos que viniera es porque tenemos demandas importantes que hacer. 

— ¿Y por qué no presentan un petitorio? 

— ¡Nada de petitorio, vinimos para hacer una Asamblea! – exclamó el Pelusa. 

— ¡Ay, no la quieren entender! — dijo el Secretario. 

— ¿No se dan cuenta que le están creando un problema al Sr. Secretario? — lo defendió el Subsecretario. 

— ¡Vos callate, alcahuete! — le gritó un joven obrero. 

— Si no hay Delegado, lo elegimos ahora — dijo Ernesto. 

— ¡Qué empiece la Asamblea! — gritó un obrero. 

— Uds. no representan a nadie — dijo el Subsecretario. 

Los dos guardaespaldas del Secretario empezaron a impacientarse. 

— ¡Que alguien vaya a la fábrica a llamar a los del turno noche! — gritó uno.— 34 — 

— ¿Cómo los van a llamar ahora? — dijo el Secretario General —¿no ven que están trabajando? 

— Entonces hagamos la Asamblea en la fábrica — propuso Ernesto. 

— ¿Están locos? Eso no se puede — exclamó el Secretario General. 

— Sí, Ernesto tiene razón, hagamos una Asamblea en la fábrica. 

Viendo que los ánimos estaban muy caldeados y que los obreros estaban prácticamente fuera de control, el Secretario del Sindicato hizo un esfuerzo por sobreponerse a la situación. 

— Muchachos, por favor, les pido un poco de calma — dijo, conciliador — Ya veo que esto es serio. Pero así no se pueden hacer las cosas. Nos van a crear un conflicto con la Patronal y se va a perder en un día todo lo que conseguimos en años de lucha… 

— Los beneficios fueron para vos, no para nosotros — gritó Ernesto. 

— ¡Vendido! — dijo otro. 

— ¡Un poco de respeto! — clamó el Subsecretario. 

— ¿Por qué no lo dejamos hablar, muchachos? — dijo Juan. 

— Juan tiene razón — dijo Román — Déjenlo hablar. 

— Hemos luchado por años y años para servirlos, compañeros, porque nosotros somos obreros como Uds., nos hicimos trabajando en las máquinas y conocemos las condiciones de trabajo de la fábrica y los problemas de Uds… 

— ¡Mentiroso! 

— ¡Déjenlo hablar! — gritó Juan. 

— Uds. quieren lograr en una noche lo que nosotros hemos estado buscando durante años: seguro médico completo, pensión por accidente, ley contra despido, y créanmelo, esas son las conquistas por las que lucha nuestra lista en el Sindicato, por eso Uds. mismos nos eligieron el año pasado por amplia mayoría. 

— ¡No te conocíamos, cretino! — gritó Ernesto. 

— ¡Son todos iguales, vendido! ¡Dicen que son peronistas y hacen todo lo que quieren los Radicales!— 35 — 

— ¡Se vendieron a los milicos! 

— ¡Déjenlo hablar! — insistió Román. 

— ¿Piden una Asamblea? ¡Se hace una Asamblea! Pero la Asamblea tiene que convocarse con quince días de anticipación… 

— ¡Qué quince días, esto es urgente! 

— Entonces — exclamó el Secretario levantando el brazo, viendo que ya no podía dominar la reunión — yo como Secretario adelanto esa Asamblea, contraviniendo los Reglamentos. 

— ¿Para cuándo? 

— En una semana. 

— ¡No, ahora! — gritó Ernesto. 

— Bueno, habiendo una razón urgente, ¡se llama una Asamblea Extraordinaria en veinticuatro horas! 

— Mañana a la noche. 

— Sí, mañana a la noche. Ahora vayan a sus casas tranquilos y mañana en la fábrica elijan a los Delegados con mandato para la Asamblea Extraordinaria. 

— ¡No, muchachos, no le hagan caso! — gritó Ernesto — ¡Nosotros vinimos para hacer hoy una Asamblea, vamos a la fábrica ahora y hagamos la Asamblea con los compañeros del turno noche! 

— Si entran en la fábrica la Patronal va a llamar a la Policía, se va a armar la podrida… — dijo el Secretario. 

— No se puede, Ernesto — dijo Juan — Mejor esperamos hasta mañana. 

— El momento es ahora — insistió Ernesto. 

— No tenemos Delegados, hijo — exclamó su padre — No se puede ahora. 

— ¿Por qué no le hace caso a su padre que lo está aconsejando bien? — dijo el Secretario, tratando de sacar provecho de la situación. 

— ¿Ud. qué mierda se mete? — reaccionó Ernesto — ¡Nos va a vender a todos!— 36 — 

— No faltés el respeto, Ernesto — le pidió su padre. 

— ¡Por qué no se van todos al carajo, se dejan envolver por este atorrante! — gritó Ernesto, abriéndose paso entre sus compañeros y dirigiéndose a la puerta del local. 

— ¡No te vayas Ernesto! 

— Déjenlo que se vaya, está sobrexcitado — dijo el Secretario, disfrutando su pequeña victoria — Así no se arreglan las cosas. Si nosotros reaccionáramos como él, ¿adónde iría el Sindicato? Las cosas se hacen con paciencia, poco a poco. 

— Mañana a las nueve de la noche venimos a la Asamblea — dijo Román. 

— Mañana es día de Asamblea, muchachos. Ahora váyanse a sus casas. 

Los obreros fueron dejando el edificio lentamente. 

— Bueno — le dijo el Secretario en voz baja al Subsecretario — se están yendo, menos mal. 

— ¿Vas a llamar la Asamblea? — preguntó el Subsecretario. 

— ¿Y qué querés que haga? 

— Están locos, ¿viste cómo te gritaban? Hasta te insultaron. 

— Hijos de puta — dijo el Secretario, crispando sus puños — esta me la van a pagar cara. 

— Si hacen esa Asamblea para pedir lo que dicen ellos, la Patronal nos va a retirar toda la confianza — dijo el Subsecretario. 

— Por culpa de estos atorrantes. 

— A estos alguien les llenó la cabeza — afirmó el Subsecretario. 

— El tipo ese joven, al que llamaban Ernesto… — intervino uno de los guardaespaldas. 

— Al final no le hicieron caso — dijo el Secretario. 

— ¿Te imaginás el lío que se armaba si hacían una Asamblea esta noche en la fábrica? — dijo el Subsecretario. 

— Estos eran capaces de tomar la fábrica — terció un guardaespaldas. 

— ¡Mirá vos — exclamó el Secretario — un año de esfuerzo negociando con la Patronal, para que vengan a tirar todo por el suelo!— 37 — 

— La Asamblea mañana va a estar jodida — dijo el Subsecretario — El seguro total contra accidente ni qué hablar, la Patronal nos va a sacar corriendo, ¿sabés cuánto les costaría? 

— El problema es si los tipos insisten y se les pone en la cabeza hacer una huelga — dijo el Secretario — Justo ahora que hay un nuevo gobierno Radical con el que nos llevamos bien. 

— ¡Desgraciados! 

— ¡Comunistas, eso es lo que son, comunistas! — estalló el Secretario — ¡Aquí los que andan detrás de esto son los rojos! Alguien los convenció. 

— Bueno… — dijo el Subsecretario — no olvidemos que el accidente fue muy grave, la máquina le cortó la mano al tipo ese, se la limpió, no va a poder trabajar más. 

— ¿Cómo que no? — dijo un guardaespaldas — Si tiene voluntad puede, todavía le queda una mano sana, ¿no? 

— Sí, pero ¿quién le va a dar trabajo? — dijo el Secretario — Si hay desempleo para los que están bien. 

— Mirá — explicó el Subsecretario — …si no queremos perder la confianza de la Patronal y el respeto de los miembros del Sindicato tenemos que hacer algo antes de que sea tarde. 

— ¿Qué tenés en mente? — digo el Secretario General — ¿En qué estás pensando? 

— Hay que asustarlos un poco — dijo el Subsecretario — Debemos sacarles los cabecillas. 

— Pero yo no vi cabecillas. 

— El tipo ese, Ernesto. 

— No le hicieron caso — dijo el Secretario. 

— Sí, pero él era el que les llenaba la cabeza — argumentó el Subsecretario — Volverá a la carga, vas a ver que mañana va a ser el líder. Propondrá una huelga, estate seguro. 

— ¿Y qué te parece?, ¿qué podemos hacer? 

— Yo creo que lo mejor es mandar a dos de los muchachos — propuso el Subsecretario — que lo agarren y se lo lleven a tomar — 38 — 

aire, y mañana, después de la Asamblea, cuando ya haya pasado todo, lo largamos. 

El Secretario se quedó pensando. 

— ¿Pero…no será peor? — dijo, temiendo las consecuencias — Mirá que se puede armar la gorda. 

— Si no agarramos las riendas ahora, no las agarramos más. 

— No era el único — insistió el Secretario — Si tuviéramos algo de qué acusarlos, para que se desbanden … Los podríamos hacer arrestar por atentar contra la producción. 

— Bueno — dijo el Subsecretario — al menos empecemos por el joven, Ernesto, para que se asusten. Mandá a la Topadora y a Pepe. 

— ¿A la Topadora? Vos sabés que ese es un animal. Por ahí se le va la mano y entonces se arma linda. 

— Está bien, viejo — exclamó el Subsecretario — Ese lo que necesita es una buena lección, ¡a los comunachos hay que darles! 

El Secretario y el Subsecretario pidieron al encargado del local que cerrara bien las puertas y salieron, seguidos por los guardaespaldas. — 39 — 

Ernesto fue el primero en llegar a su casa. 

— Hola hijo, ¿y tu padre? — lo saludó Doña Elisa, al ver que venía solo. 

— No sé — dijo Ernesto, visiblemente malhumorado. 

— ¿Qué pasa — preguntó su madre — discutieron? 

— Sí, discutimos un poco. 

— ¡Ernesto — se quejó Doña Elisa — Uds. siempre peleando por cuestiones de política! 

— ¿Qué pasó, Ernesto? — lo interrogó su hermana — La novia del Cacho me contó que estaban por hacer una Asamblea. 

— ¿Asamblea? — dijo su madre — Yo no sabía nada, hijo. 

— Sí, hoy íbamos a hacer una Asamblea. 

— Yo soy la última que me entero de las noticias — protestó Doña Elisa — tu padre ni abrió la boca. Lo único que sé es que volvieron de la fábrica, dejaron la ropa de trabajo y salieron los dos juntos. 

— Mirá — dijo Ernesto — de papá no quiero hablar. 

— ¿Por qué, qué pasó? 

— ¡Nada, nada! 

Doña Elisa miró a su hijo con preocupación. 

— ¿Por qué no comés algo y te tranquilizás? 

— No, no quiero comer. 

— La sopa está riquísima — insistió. 

— ¿Sabés lo que sucedió, nena? — dijo Ernesto, dirigiéndose a su hermana — Dejaron que el trompa del Sindicato les postergara la Asamblea hasta mañana. — 40 — 

— ¿Y por qué? 

— Se cagaron, eso es todo. Mañana el Sindicato va a manipular la Asamblea a voluntad. 

— ¿Te sirvo la sopita, nene? — dijo Doña Elisa. 

— No quiero, mamá. 

Sonó el timbre de la puerta de calle. 

— Llaman a la puerta — advirtió Ernesto. 

— Voy yo — dijo la hermana. 

Estela fue hacia la entrada y momentos después regresó a la cocina. 

— ¿Quién es? — preguntó Doña Elisa. 

— Son dos señores — dijo Estela — preguntan por Ernesto. 

— ¿Por mí? A ver. 

Ernesto se dirigió a la puerta de calle. Uno de los hombres se había colocado contra la puerta, que estaba entreabierta. 

— ¿Me buscan a mí? — dijo Ernesto. 

El que estaba contra la puerta, un hombre de baja estatura, pero fornido, entró y avanzó hacia él. El otro, alto, casi obeso, lo siguió. Ernesto retrocedió. 

— Sí, te buscamos a vos — dijo el más bajo. 

— Te venimos a dar un mensaje, nene. Queremos que seas bueno y te portes bien — dijo el grandote. 

El más bajo se le abalanzó, lo agarró y le inmovilizó ambos brazos. 

— ¡Eh, qué hacen, suelten! — gritó Ernesto, sin atinar a defenderse. 

— Nosotros sabemos que vos sos medio sordo, y no entendés con palabras — dijo el grandote, que se paró frente a él. 

Doña Elisa, que escuchó el forcejeo, fue a la sala. 

— ¿Qué pasa, hijo? — preguntó — ¿Por qué lo agarran? ¡Déjenlo! 

— No se preocupe, señora — dijo el grandote — Su hijo necesita un escarmiento, y usted no va a tener fuerza para dárselo. ¡Tomá…para te avives! 

Descargó dos golpes al estómago de Ernesto, que se dobló, dando un vagido. 

— ¡Eh, no le peguen! — pidió la madre. — 41 — 

— Si no le pegamos, señora — dijo cínicamente el más bajo — apenas si le estamos haciendo un masaje. 

— ¡Hijos de puta — gritó Ernesto — yo sé quién los mandó…! 

El grandote lo volvió a golpear en el estómago. El más bajo lo soltó. Ernesto cayó arrodillado al suelo. El grandote lo levantó y el otro le dio trompadas en los riñones y en la espalda. Lo dejaron caer y Ernesto quedó tendido en el piso, sin aire. 

— ¡Agh…agh…no…no…basta…! — pidió Ernesto. 

Su madre corrió hacia su hijo, desesperada, y lo abrazó. 

— ¡Por favor, por favor, no le peguen más — rogó — me vuelvo loca, lo van a matar! 

El grandote la apartó. 

— Este, si no aprende hoy, no aprende más. 

— Basta de piñas — ordenó el más bajo — ahora metele un par de patadas. 

El grandote le pateó los testículos y el vientre, hasta que Ernesto se hizo un ovillo. 

— Tomá, un recuerdo de los muchachos… — dijo el grandote, pateándole la espalda. 

Ernesto se retorcía del dolor. 

— ¡No, no — rogó su madre, llorando desesperada — no le peguen más que lo van a reventar! ¡Él no hizo nada! 

— No, qué esperanza — dijo el grandote — si es un muchacho bueno. 

— Vamos a sacarlo a tomar aire — dijo el más bajo — El pobre está un poco pálido. 

El grandote lo levantó por los cabellos y le torció el brazo contra la espalda. 

— ¡No se lo lleven, déjenlo! 

— No se haga problemas — dijo cínicamente el más bajo — No ve que somos sus amigos y lo queremos mucho. 

— ¡Mamá…mamá…! — alcanzó a balbucear Ernesto, casi en la puerta. 

— Mirá qué bueno — se burló el grandote — cómo llama a la mamita. — 42 — 

Doña Elisa, desesperada, quiso acercarse a Ernesto, pero el más bajo se lo impidió. 

— ¡Hijo…hijo…! — dijo Doña Elisa, llorando de impotencia. 

— La verdad que es una escena enternecedora — dijo el más bajo, riendo — Vamos… 

Los hombres salieron de la casa y subieron a un auto. Doña Elisa no dejaba de llorar. Su hija, que había presenciado la escena sin atinar a reaccionar, abrazó a la madre. 

— ¡Mi hijo, se llevaron a mi hijo! — clamó la pobre mujer — ¿Qué le van a hacer, qué le va a pasar ahora? Nena, nena, hija, ¿te das cuenta lo que ha ocurrido? 

— No llores, mamá — balbuceó Estela, luchando por sobreponerse — llorando no se gana nada. 

— …me dan ganas de morirme… 

— Necesitamos ver qué hacemos, mamá. No llores más. 

Doña Elisa trató de detener su llanto. 

— …no…no lloro más — dijo. 

Cerraron la puerta de calle y se sentaron en la cocina. 

— ¿Qué podemos hacer? — dijo la hija. 

— Avisemos a la policía. 

— A la policía no — dijo Estela — ¿Te creés que la policía nos va a ayudar? 

— Por lo menos que lo busque… 

—Vaya a saber quién los mandó a esos — dijo Estela , pensativa. 

— ¿Serían los del Sindicato? — sugirió la madre. 

— No me extrañaría que fueran los del Sindicato — dijo Estela — Si no es que son policías. 

Se abrió la puerta de calle y entró Juan. 

— Ahí viene papá. 

Doña Elisa se levantó, abrazó a su marido y se echó a llorar. 

— ¿Qué pasa? 

— ¡Juan — balbuceó ella — pasó algo terrible! 

— Bueno…no llores más…contame.— 43 — 

Doña Elisa trató de hablar, pero no podía detener el llanto. 

— ¿Por qué llora tu madre, hija? 

— Se lo llevaron al Ernesto — dijo Estela, angustiada. 

— ¿Se lo llevaron? ¿Quiénes se lo llevaron? 

— Unos tipos que vinieron. Lo agarraron y le dieron una paliza, aquí, delante nuestro, que casi lo matan. 

— ¡Se sabía que esto iba a pasar! ¡Estúpido — exclamó Juan con rabia — él se la buscó! 

Doña Elisa dejó de llorar y miró sorprendida a su marido. 

— ¡Juan! ¿cómo decís eso? Estás hablando de tu hijo. 

— Vos no sabés qué paliza le dieron, papá. Lo patearon, quién sabe si no lo reventaron por dentro. Eran dos. Uno lo sostenía, el que más le pegó era un tipo enorme. 

— Los mandaron los del Sindicato — dijo Juan, tratando de tranquilizar a Doña Elisa y restarle importancia al asunto. 

— Juan, tenés que hacer algo — pidió su esposa. 

— ¿Qué puedo hacer yo ahora? Lo largarán mañana después de la Asamblea. Lo quieren asustar, tu hijo se está ganando fama de comunista. 

Doña Elisa miró con odio a su esposo. 

— ¿Cómo hablás así de mi hijo? — gritó. 

— ¿Pero vos qué sabés, Elisa? 

— Yo sé lo que tengo que saber — afirmó ella — para eso soy la madre. 

— ¿Tenés idea de lo que pretendía tu hijo? — exclamó Juan, con ira — Quería que todos los obreros fuéramos a la fábrica, le habláramos a los del turno noche para que pararan el trabajo e hiciéramos una Asamblea. ¿Te das cuenta? Si íbamos casi seguro que nos echaban a todos. 

— Mi hijo tenía razón, eso era lo que tenían que hacer — dijo con rencor Doña Elisa. 

— Pero Elisa, ¡por favor!, no hablés disparates… 

— Yo vi como le pegaron. Esos tipos son capaces de todo, hay que defenderlo — dijo, aferrándose a su esposo.— 44 — 

— No te hagás problema — dijo él, con tono paternal — ya está, no le van a hacer nada más, ya ocurrió otras veces. Lo encierran en una casa por unas horas, y mañana, después de la Asamblea, lo largan. 

— ¿Vos estás en contra de tu hijo? ¿Qué clase de padre sos? — lo fulminó Doña Elisa. 

— ¿Pero no te das cuenta de lo que pasa? 

— Sí, me doy cuenta de lo que pasa — dijo ella con desprecio — Si mi esposo no tiene las bolas necesarias para defender a mi hijo, yo lo voy a defender. 

El rostro de Juan se demudó. 

— ¡A mí no me hablés así, Elisa! — dijo, rojo de rabia. 

— Te hablo como te tengo que hablar. 

— Por favor, papá, mamá, ¡tranquilícense! — les rogó Estela , que observaba sin saber qué hacer como la escena se volvía más violenta. 

— ¡No me hablés así, Elisa! — dijo el hombre fuera de sí, alzando la mano como para golpear a su mujer. 

Doña Elisa retrocedió. 

— ¿Qué, me vas a levantar la mano? — gritó, corriendo hasta la mesada donde había una gran cuchilla y empuñándola. 

— ¡Elisa! — exclamó el marido, incrédulo ante la reacción de su mujer. 

— ¿Te creés que no me sé defender? ¿Me querés pegar? — dijo ella, avanzando hacia su esposo — ¡Vení, pegame, atrevete! Mirá como me defiendo. 

— Dejá esa cuchilla, Elisa — dijo él. 

— ¡Mamá, por favor — clamó la hija, angustiada — dejá la cuchilla que se van a lastimar! 

— Probá de levantarme la mano, mamarracho, ¡y te ensarto de una cuchillada! — dijo Doña Elisa, blandiendo la enorme cuchilla frente a la cara de su esposo. 

— Esta me la vas a pagar, Elisa — murmuró él, retrocediendo. 

— Se lo llevaron a tu hijo, ¿y te creés que a vos no te van a hacer nada?— 45 — 

— Los del Sindicato siempre se manejan así — dijo el marido, muy pálido — Contra mí no tienen nada. 

—No me voy a quedar cruzada de brazos. No te creo. Salí de mi camino. Yo voy a demostrar lo que vale una mujer. 

Doña Elisa avanzó hacia la puerta y su esposo se hizo a un lado. Todavía con la cuchilla en la mano, temblando de rabia, salió a la calle. El barrio estaba pobremente iluminado. Doña Elisa miró las casas iguales, vecinas a la suya. Arrojó la cuchilla al cantero de las flores y se echó a llorar. Sin saber qué hacer, cruzó la calle y tocó el timbre en la casa de la vecina de enfrente. 

—¿Quién es? — preguntó alguien. 

— Soy Doña Elisa, señora — respondió, con la voz deformada por la angustia. 

La mujer abrió la puerta. 

— Doña Elisa, a esta hora, ¿qué sucede? — dijo, haciéndola entrar — Pase, pase…¿por qué llora? 

— Doña María, una desgracia… — dijo, tratando de contener el llanto. 

— Por favor, hable… 

— Se lo llevaron a mi hijo. 

— ¿A Ernesto? — exclamó la vecina — ¿quiénes? 

— Unos matones del Sindicato. 

— ¡Ay!, ¿no le habrán hecho algo a mi esposo también? Todavía no llegó — dijo la mujer, atemorizada — ¿Y qué pasó en la Asamblea? 

— Dicen que la hacen mañana. A Ernesto se lo llevaron para asustar al resto de la gente, y que en la Asamblea se cuiden de lo que dicen. No quieren que pidan nada. 

— ¿Es posible? — dudó la mujer. 

— ¿Qué si es posible? Maitena no era un tonto. Los hacen trabajar de más. Va a haber otros accidentes. ¡Se lo llevaron a Ernesto, después se van a llevar a otros! — dijo exaltada Doña Elisa. 

— ¡Yo no sé, Sra.! — se desentendió Doña María — ¿Qué podemos hacer nosotras?— 46 — 

— Algo tenemos que hacer, necesitamos defender a nuestros hijos, a nuestros esposos… 

— Pero Doña Elisa, ¿qué sabemos nosotras de estas cosas? 

— No hay nada que saber, yo presencié todo — insistió — vi como le pegaron y lo patearon. Lo hicieron delante mío. Y el tonto de mi esposo piensa que no es nada, dice que le dan un escarmiento y nada más, pero a mi hijo le van a seguir otros, y quién sabe si él no es uno de ellos. 

— Pero Sra., ¿y usted se pone en contra de su esposo? — dijo la vecina, mostrando desconfianza. 

— Yo lo que quiero es defenderme, ¿no se da cuenta? — dijo Doña Elisa, angustiada — Se lo llevaron a Ernesto, quién le dice que después no se lleven a su marido, ¡tenemos que hacer algo! 

— Yo si mi esposo no me autoriza, no, Sra. — dijo la vecina — Yo espero que él regrese. Esto es algo muy delicado, Ud. está nerviosa. A lo mejor lo largan en seguida al Ernesto, Ud. sabe cómo son los jóvenes, por ahí andaba haciendo algo que no debía. 

— ¿Ud. piensa que soy estúpida? ¿Ud. cree que no sé lo que digo? 

En la puerta de calle, que había quedado entreabierta, apareció una mujer. 

— ¡Doña María! — llamó. 

— ¡Ay, otra más! Doña Teresa, ¿qué pasó? — dijo Doña María, llevándose las manos a la cabeza. 

— Doña María, ¡se lo llevaron preso a su esposo! 

La mujer palideció. 

— ¡Preso! ¿Qué hizo? 

— No sé. Unos policías lo detuvieron junto al Pelusa y a mi marido, y se los llevaron a los tres. 

— ¿No le dije? — exclamó Doña Elisa — Vamos a la Comisaría a ver de qué los acusan. 

— Hagamos una cosa — propuso Doña Teresa — Ud., Doña Elisa, vaya a la casa de las otras familias del barrio e infórmeles lo que está pasando. Más tarde nos reunimos todas en mi casa. — 47 — 

— ¿Todas? — preguntó Doña Elisa — ¿les pido a las otras mujeres que vengan? 

— Sí, que vengan. Las mujeres tenemos derechos. Que también vengan los hombres — dijo la señora — Nos vamos a defender. Doña María y yo, mientras tanto, vamos a la Comisaría a averiguar cuántos son los presos y cómo están, y volvemos. 

—¿Las atenderán? Son las once y media. 

— Mejor que nos atiendan — dijo la otra señora — porque con la rabia que tengo… 

— Después nos reunimos todos en casa de ella — le dijo Doña María a Doña Elisa. 

— Sí, nos encontramos todos en mi casa como en una hora — dijo la otra. 

— Buena suerte — les deseó Doña Elisa.— 48 — 

Las dos mujeres salieron para la Comisaría. Doña Elisa fue hasta la casa más próxima y tocó el timbre. Le dijo a la señora que la atendió lo que pasaba y salieron juntas a avisarles a las otras familias. 

Una hora más tarde, un grupo nutrido de hombres y mujeres se congregaba en el sitio convenido. 

— ¿Está la Sra. de Filipelli? — dijo una señora. 

— Sí, aquí estoy — respondió la Sra. de Filipelli, levantando la mano. 

— ¿Y su esposo vino también? 

— No, es uno de los presos. 

— ¿Cuántos somos? — preguntó Doña Elisa, tratando de abarcar al grupo con la mirada. 

— Somos más de cuarenta, incluidas las mujeres de los diez presos — dijo una señora — Doña María, la Sra. de Tacuti, la de Filipelli, Doña Teresa, la Sra. de Iturralde… 

— Sí, está bien, ¿qué podemos hacer? — dijo Doña Elisa — Los hombres, ¿qué proponen? 

— Vayamos a la Comisaría y pidamos que los liberen — dijo un obrero. 

— A mí me parece mejor hacer un piquete en la fábrica — dijo otro. 

— ¿Para qué un piquete? — disintió un compañero — Mejor entramos en la fábrica y avisamos a los de turno noche lo que pasó. 

— Hay que avisar al resto de los muchachos del turno diurno también — agregó otro.— 49 — 

— No hay tiempo — dijo el compañero — nos pasaríamos toda la noche reuniendo gente. 

— Yo tengo una idea — dijo Doña Elisa — Las mujeres vamos a la Comisaría, nos paramos frente a la puerta y nos ponemos a gritar que suelten a los obreros presos. 

— ¿Las mujeres a la Comisaría? Es mejor que vayamos los hombres — la contradijo un obrero. 

— ¿No ven que si van los hombres les van a largar a los policías para que les den, y vamos a terminar con más presos? — explicó Doña Elisa. 

—¿Y los hombres qué vamos a hacer entonces? 

— Uds. vayan a la fábrica y les informan a los del turno noche lo que pasó — dijo Doña Elisa. 

— ¿Para qué avisarles a los del turno noche? Todos los presos son del turno diurno — dijo uno. 

— ¡Son trabajadores también, no! Necesitamos estar unidos — exclamó una señora. 

— Sí, está bien, hagamos eso — acordó un obrero. 

— A la vuelta nos encontramos todos en mi casa. Nos reunimos ahí — dijo Román. 

— Votemos para ver si la mayoría está de acuerdo — dijo Doña Elisa. 

— ¡Qué levanten la mano los que estén a favor de la propuesta! — gritó un hombre. 

Todas las manos se levantaron. 

— Está bien, gana la moción por unanimidad. Una vez que hayamos cumplido con lo dispuesto nos reunimos en casa de Román. 

Salieron todos juntos. Los hombres se dirigieron a la fábrica y las mujeres marcharon a la Comisaría. — 50 — 

Las mujeres llegaron al edificio de la Comisaría, ocuparon la vereda y empezaron a gritar que liberaran a los presos. El policía de guardia entró en el edificio y poco después regresó a su puesto; se mantuvo sereno como si nada pasara. Al enfrentarse con ese silencio las mujeres se exasperaron más. 

— ¡Larguen a nuestros esposos! — gritó Doña Lucía. 

— ¡Animales, terroristas, queremos a nuestros esposos e hijos! — dijo Doña Elisa. 

— ¡Matones, larguen a los diez! ¡Que aparezca Ernesto Galván! 

Un Sargento muy gordo salió del edificio. 

— ¡Por favor, retírense! — ordenó — No se puede hacer disturbios frente a la Comisaría, ¡retírense! 

— ¡Callate la boca, gordo monigote! — gritó Doña Elisa. 

— ¡Boludo! 

— ¡Maricón! 

—¡Animal! 

El Sargento, visiblemente exasperado por los insultos, contuvo su rabia y no reaccionó. Entró en el edificio y a los pocos minutos salió el Comisario. 

— Por favor, Sras., soy el Comisario, ¿me quieren explicar qué es lo que pasa aquí? 

— ¡Queremos que suelten a nuestros esposos! — exclamó una señora. 

— ¡Los detenidos están a disposición de la justicia! — afirmó el Comisario.— 51 — 

— ¿De qué se les acusa? — preguntó Doña Elisa — No hicieron nada. 

— Violaron las leyes de seguridad, promoviendo disturbios y agitaciones. Atentaron contra la producción de la fábrica. 

— ¡Mentira! — gritó una señora baja y gordita. 

— La Policía tiene derecho a detener a sospechosos por veinticuatro horas, aunque no se tengan pruebas — dijo el Comisario. 

— ¡Atorrante! ¡Queremos a nuestros esposos! 

— Escúchenme, ¿por qué no vuelven a sus casas? ¿Uds. qué entienden de estas cosas? — gritó el Comisario, con desprecio — Váyanse a lavar los platos y a limpiarle el culo a los chicos, ¿qué tienen que hacer aquí, no se dan cuenta que es la una de la mañana? 

— ¡Reventado! — reaccionó una chica. 

— ¡Hijo de puta! 

— ¡Explotador de mujeres! 

— ¡Vividor! 

— ¡De quién mamaste, guacho de mierda! 

— ¡Putas arrastradas, qué carajo se han creído — dijo el Comisario, fuera de sí — retírense de aquí inmediatamente! 

— ¡Más puta será tu madre! 

— ¡De aquí no nos movemos hasta que suelten a los hombres! — dijo Doña Elisa con firmeza. 

— ¡Se los digo por las buenas! — gritó el Comisario — ¿Qué carajo saben Uds. de esto? Por qué no se van a dormir, ¡viejas inútiles, menopáusicas! 

— ¡Boludo! 

— ¡De aquí no nos vamos hasta que los suelten — gritó Doña Elisa — o que nos encierren con ellos, una de dos! 

— A ver, a ver, a circular, ¡circulen señoras! 

La mujeres no se movieron. 

— ¡Sargento! — llamó el Comisario. 

— Ordene, mi Comisario — se adelantó el Sargento. 

— Hágalas salir de aquí, no pueden estar frente a la comisaría, llame a los otros agentes, qué circulen.— 52 — 

— ¡Pero señor…! — dijo el Sargento. 

— ¡Hágalas mover le digo, cómo sea! — repitió el Comisario. 

El Sargento regresó con varios policías. El Comisario entró en el edificio. El Sargento empuñó el bastón con las dos manos y empezó a empujar a las mujeres, imitado por los otros policías. 

— Circulen, circulen, váyanse por las buenas, antes que usemos la fuerza … 

De pronto un ladrillo voló por el aire y se estrelló en el hombro izquierdo del Sargento. 

— ¡Ay, hijas de puta! — exclamó — ¿Quién me tiró ese ladrillo? 

Las mujeres retrocedieron hacia la vereda de enfrente. Varias recogieron ladrillos en una obra en construcción vecina y comenzaron a arrojarlos contra los policías. 

— A ver, agentes — gritó el Sargento, esquivando los ladrillazos — ¡desalójenlas! 

Los policías, empuñando los bastones, se lanzaron contra las mujeres, que trataban de ponerse fuera de su alcance. Dos de ellos agarraron a una señora y la golpearon. 

— ¡No peguen, asesinos! — gritaba la mujer, indefensa. 

— ¡Bestia, animal! — dijo otra, tirando del uniforme de uno de los policías, para defender a la señora. 

El policía se volvió hacia ella y le pegó un bastonazo en la cabeza; la sangre le bañó el rostro. 

Las mujeres resistieron; en vez de escapar, recogieron más ladrillos de la obra en construcción, obligando a varios policías a replegarse a la Comisaría. Un policía avanzó hacia donde estaban las mujeres, persiguiendo a una de ellas a bastonazos. Una señora se puso en cuclillas detrás de él y otra se le acercó por el frente, fingiendo que le iba a decir algo, y lo empujó. El hombre cayó de espaldas. Quiso levantarse, pero una señora muy gorda y fuerte lo había agarrado por el cuello. Otra la ayudó y le sujetó la cabeza. 

— Aquí tenemos a uno, ¡patéele las bolas, Doña Elisa!— 53 — 

Doña Elisa estaba frente al policía que, estirado en el suelo, trataba de zafarse del brazo de la señora. Tomó impulso y le dio un fuerte puntapié en la entrepierna. 

—¡Tomá, maricón! — gritó. 

El hombre lo recibió de lleno y se retorció del dolor. 

—¡Escapemos, antes de que vengan más! — gritó Doña Elisa. 

Se oyeron varias sirenas. 

—¡Les están llegando refuerzos! 

Los policías de la Comisaría volvieron a avanzar. 

—¡Corramos! — gritó una señora. 

Un policía se adelantó y atacó a una mujer. 

— ¡Ay, no pegue animal! — gritó ella, tratando de protegerse de los bastonazos con el antebrazo. 

— ¡Nos reunimos en lo de Román, separémonos! — dijo Doña Elisa. 

Las mujeres se alejaron como pudieron, perseguidas por los policías y se dirigieron al lugar indicado. — 54 — 

Cuando llegaron a la casa de Román, los hombres las estaban esperando en la calle. Al verlas arribar, agitadas y maltrechas, se alarmaron mucho. 

— ¿Qué pasó? — preguntó Román. 

— Nos pegaron — dijo una señora. 

— ¡Hijos de puta! 

— ¿Hay alguna lastimada? 

— Doña Emilia tiene un corte en la cabeza — dijo Doña Elisa, señalando a una señora que sostenía sobre su cabeza un pañuelo ensangrentado. 

— Que entre en la casa, hay desinfectante y vendas, ahí la curamos — dijo Román. 

— Nosotras también les dimos — dijo contenta Doña Elisa. 

— ¡Estas son mujeres! — exclamó un obrero. 

— Tenemos que organizarnos y ver qué hacemos — dijo Doña Elisa. 

— ¿No estamos yendo demasiado lejos? — preguntó una señora. 

— ¡La que tenga miedo o el que tenga miedo que se vaya a su casa! — dijo el Gordo. 

— Yo no tengo miedo — aclaró la señora — Era una pregunta que hacía. 

En la vereda de enfrente, cerca de la esquina, vieron a una señora que venía hacia ellos, casi corriendo. 

— ¡Doña Elisa, Doña Elisa! — llamó, agitada, la mujer. 

— ¿Qué ocurre?— 55 — 

— ¡Encontraron a su hijo, al Ernesto! 

Doña Elisa palideció y no atinó a decir nada. 

— Estaba frente a un baldío, cerca de la ruta. Se escapó de los secuestradores, tiene un balazo en una pierna. 

— ¡Ay, Dios mío! — exclamó Doña Elisa, cerrando los ojos. 

— Lo llevaron al Hospital Metalúrgico. Ahí lo atendieron. Está bien. 

— Vaya a cuidarlo si quiere, Doña Elisa — dijo Doña María. 

— No — dijo Doña Elisa, sobreponiéndose a la primera impresión — mejor que lo cuiden las enfermeras. Mi deber es estar junto a Uds. Ya tendré tiempo mañana para verlo. Ahora tenemos que decidir entre todos qué hacer. 

— ¡Bravo! — exclamó un obrero, aprobando su determinación. 

Román pidió que entraran en la casa. Se acomodaron como pudieron. 

— ¿Hablaron con los obreros del turno noche? — les preguntó una señora — ¿les explicaron lo que sucedió? 

— Los guardias no nos dejaron pasar — dijo Román — Le pedimos a un camionero que estaba por entrar en la fábrica que hiciera correr la voz de lo que había ocurrido, que le contara todo a los compañeros que estaban en el período de descanso. Después ellos enviaron a tres muchachos afuera de la fábrica para hablar con nosotros. 

— ¿Y qué les dijeron? 

— Le contamos lo que había ocurrido. Desconfiaban un poco. Dudaban. Nos hacían preguntas. Les dijimos que éramos todos obreros y lo que nos pasaba a unos les pasaba a todos. Si cerramos los ojos es peor para nosotros. Tratamos de convencerlos. 

En ese momento apareció Estela en la puerta de calle. 

— ¡Hija! ¿Qué hacés acá? — exclamó Doña Elisa — ¿Y tu padre? 

— Pascual vino a casa y nos dijo lo que estaba pasando, se quedaron conversando, yo quería ver cómo estabas — dijo la hija, acercándose a su madre y colocándole un brazo sobre el hombro. 

Doña Elisa agradeció a su hija que hubiera ido a verla, le aseguró que se encontraba bien y le pidió que regresara a la — 56 — 

casa. Estela, después de abrazarla y de hablar sobre Ernesto, hizo lo que le pedía. 

Un obrero tomó la palabra: 

— Yo creo que lo mejor es juntarnos con el resto de los compañeros — dijo — Tenemos que ir a la fábrica. 

— Buena idea — dijo una señora. 

— Sí, meternos en la fábrica — insistió el obrero. 

— Las mujeres no trabajan con nosotros — objetó uno. 

— No importa, las mujeres vamos también — dijo una señora. 

— No, no puede ser — dijo un obrero que estaba a su lado. 

— Hagamos una votación — propuso Doña Elisa. 

— ¡Yo voy, Tito! — insistió la señora, dirigiéndose a su marido. 

— Te digo que no vas — dijo él — si ocurre algún problema, ¿quién cuida al nene? 

— Propongo que hagamos la votación por separado — pidió una señora — para que los hombres no nos presionen. 

— ¿ Y cuándo las presionamos? — reaccionó un señor. 

— Sí, sí — insistieron varias mujeres. 

— Las mujeres pónganse a la derecha — pidió Román. 

Las mujeres se agruparon a un costado de la sala. 

— Bueno, levanten la mano las que quieran que vayamos todos juntos a la fábrica en este momento. 

Casi todas las manos se levantaron. 

— Está bien, por unanimidad — dijo Román — Los hombres ahora. 

Los hombres, al otro lado de la sala, levantaron sus manos. 

— Hay mayoría — dijo Román — Vamos todos a la fábrica. 

— Cuando lleguemos allá, ¿qué hacemos? ¿tratamos de meternos?— preguntó Doña María. 

— ¿Por qué no tomamos la fábrica? — dijo un obrero. 

— ¿Creen que los guardias nos van a dejar entrar? 

— Miren que tienen perros entrenados. 

— Los de seguridad están armados con revólver.— 57 — 

— ¿No será mejor esperar hasta mañana, cuando haya luz? — propuso el Gordo. 

— Ya son las dos y media de la madrugada y estamos todos cansados — argumentó otro. 

— Yo creo que el momento es este, una vez que nos dispersemos no sabemos qué puede pasar — dijo Doña Elisa. 

— Capaz que arrestan a más compañeros para intimidarnos — dijo Román. 

— O meten a la policía dentro de la fábrica. 

— O a los soldados. 

— ¿A qué hora salen los del turno noche? — preguntó una señora. 

— A las tres. 

— Tenemos tiempo de llegar antes de que salgan — dijo un obrero — Entramos en la fábrica cuando estén saliendo, ellos se nos van a unir. 

— Y cuando lleguen los compañeros del turno mañana les abriremos las puertas. 

— Muy bien — dijo Doña Elisa — ¡todos a la fábrica! 

— ¿Les parece que somos bastantes? — preguntó un obrero. 

— Hay más de cien aquí — dijo Doña Elisa, señalando a la gente que se agolpaba en la puerta y cubría la vereda — los obreros de la noche se quedarán en la fábrica con nosotros. Seremos muchos. 

— Todos juntos, ¡adelante! 

Los obreros y sus mujeres formaron una columna y marcharon hacia la fábrica. Cuando llegaron, los primeros obreros del turno noche estaban saliendo por la puerta principal. 

— ¡Compañero — dijo Román, deteniendo a uno — han encarcelado a diez de los nuestros! 

— Balearon al hijo de Doña Elisa — dijo Doña María. 

Varios obreros más se acercaron a ellos. 

— ¿Qué hacen todas estas mujeres aquí, a esta hora de la madrugada? — preguntó uno, alarmado.— 58 — 

— Tenemos que unirnos todos — dijo Román. 

— Entremos en la fábrica para discutir la situación — pidió Doña Elisa. 

— Si entramos en la fábrica ahora se armará lío, ya pararon todo hasta mañana a la mañana. Dirán que estamos atentando contra la producción, perderemos el trabajo — dijo un obrero del turno noche. 

— ¿Por qué no esperamos hasta la Asamblea de mañana para discutir esto? — agregó otro. 

— Si las mujeres entran yo no entro — exclamó un señor viejo y regordete. 

El grupo había aumentado hasta casi bloquear la salida de la fábrica. 

— Nosotros no podemos arriesgar el puesto — gritó un obrero del turno noche — somos muchos, tenemos familia, ¿quién nos va a dar trabajo a todos nosotros si nos echan? 

— Es una locura — exclamó otro. 

— Ya les lavaron la cabeza los del Sindicato — dijo un hombre que estaba junto a Doña Elisa. 

— No es eso, tenemos que ir de a poco, hacer las cosas legalmente — argumentó otro. 

Un señor bajito se abrió paso entre sus compañeros. 

— Aquí viene un Delegado — dijo uno. 

— Yo soy el Delegado de la Sección Cuarta — se presentó el hombre. 

— Queremos entrar en la fábrica para deliberar — le explicó Román — Hay diez compañeros presos y un obrero herido de bala. 

— Nosotras fuimos a protestar a la Comisaría y nos pegaron — dijo Doña Elisa. 

— ¿Las mujeres? — preguntó el Delegado — ¿Por qué se meten en esto? 

— Nosotras también somos trabajadoras, atendemos la casa — dijo Doña Elisa — y defendemos el trabajo de nuestros maridos.— 59 — 

— ¿No se dan cuenta que esto de entrada es un fracaso? — dijo el Delegado. 

La mayoría de los obreros ya había salido de la planta. Muchos de los que se habían acercado a escuchar, luego de un momento continuaron camino. Los guardias de seguridad empezaron a mover los pesados portones de la entrada. 

— A ver — gritó un guardia a unos trabajadores que estaban en el paso — salgan de ahí que vamos a cerrar las puertas. 

— Vení, están cerrando la fábrica — dijo un obrero a otro — ya perdimos la oportunidad de entrar. 

— ¿Pero Uds. saben lo que están diciendo — preguntó el Delegado — se creen que las cosas se pueden hacer como se les ocurra? 

— ¡Callate, vendido! — gritó un trabajador, amenazándolo con el puño. 

— ¡Alcahuete de la policía! 

— Vos y todos los delegados de tu lista son unos alcahuetes — dijo otro, descargando su frustración contra el Delegado. 

— ¡Uds., los del Sindicato, hicieron encarcelar a los compañeros! — exclamó alguien. 

— ¡Nos quieren pasar por encima a los obreros! 

— ¡Traidores! ¡Uds. no nos representan a nosotros, buscan su propia conveniencia! 

—¡Pero qué dicen! — exclamó el Delegado, intimidado por la reacción de los obreros —¿No saco la cara siempre por Uds.? Yo tengo experiencia, y por eso trato de aconsejarlos, por el bien de todos. 

— Ahora ya no se puede hacer nada — advirtió una señora — la fábrica está cerrada. 

Los portones estaban, efectivamente, cerrados. Los guardianes armados vigilaban en los puestos de guardia, acompañados de perros. El ánimo de la gente se aplacó. 

— ¿Por qué querían ocupar la fábrica — dijo el Delegado, sintiendo que el momento de máximo peligro había pasado — no — 60 — 

se dan cuenta del peligro que corrían? Era una locura. La fábrica no es propiedad nuestra. 

— No debemos esperar hasta mañana a la noche para la Asamblea, la tenemos que hacer antes — dijo un obrero, sin prestarle atención al Delegado — Si se hace en el Sindicato, para mí, está todo perdido de antemano; van a poner matones, van a escuchar solamente las propuestas preparadas por los Delegados favorables a la lista de ellos, la democracia en el Sindicato es toda una mentira. 

— ¿Saben qué van a pedir en la Asamblea? — dijo el Delegado, desafiante. 

— Queremos que liberen a los presos — gritó una señora. 

— ¿No se enteraron que a esos los encerraron por comunistas? — dijo el Delegado. 

— Eso es falso — dijo Doña Elisa. 

— Todo el mundo en la fábrica sabe que son comunistas — insistió el Delegado. 

— Esas son mentiras que inventa el Sindicato. 

— ¡Traidores! ¡Trepadores! 

— ¡Se llenan los bolsillos vendiendo a los compañeros! 

— Los van a largar después de la Asamblea — dijo irónicamente el Delegado — no es nada. 

— El seguro contra accidente que tenemos es una porquería. Nos quitaron todos nuestros derechos — se quejó un obrero. 

— Para eso se hace mañana la Asamblea — dijo el Delegado — Allí es donde tenés que decir todo esto. Vas a ver cómo te escuchan. 

— ¡Mentiroso! 

— Bueno, hagan lo que quieran — dijo el Delegado, sintiendo que su batalla estaba ganada y ya era inútil prolongar la discusión — yo les quiero hacer entender pero Uds. tienen la mente cerrada. Me voy a dormir. 

— ¡Guacho! — gritó uno. 

El Delegado, indiferente ante la rabia de los trabajadores, se alejó del lugar.— 61 — 

— ¿Qué hacemos? — preguntó una señora. 

— Tenemos que hacer nuestra propia Asamblea antes de la noche de mañana; si no, está todo perdido — dijo Doña Elisa, con convicción — Si nos dejamos engañar ahora, la próxima vez será peor. 

— Yo creo que ya es demasiado tarde — dijo un obrero, desanimado — Estamos desorganizados, ¿por qué no esperamos hasta mañana? 

— Otra vez será — dijo una señora. 

— No nos dejemos derrotar — exclamó Román — Podemos encontrarnos mañana a la mañana, cuando los del turno diurno entramos a trabajar, y hacer la Asamblea en ese momento. 

— Son ya las tres y media, estamos todos sin dormir. 

— Ya muchos se han ido — dijo un obrero, señalando al grupo, que en ese momento no tenía más de cincuenta personas. 

— Yo mañana vengo a la puerta de la fábrica y empiezo a llamar ahí mismo para la Asamblea — aseguró Doña Elisa. 

— Bueno, mañana a la mañana todos los compañeros y compañeras que queramos intentar organizar una Asamblea nos encontramos frente al portón — dijo un obrero — A lo mejor podemos hacer algo. 

— Votemos — pidió una señora. 

— ¿Para qué vamos a votar? — dijo un hombre, desanimado — El que quiera que venga. 

— Bueno, hasta mañana — se despidió una señora, disponiéndose a marcharse. 

— Hasta mañana — la siguió otra. 

El grupo se fue deshaciendo. 

— Si no logramos organizar nada a la mañana nos vemos a la noche, en la Asamblea que programó el Sindicato — dijo Román, antes de irse. 

Una señora se acercó a Doña Elisa, que había quedado muy desanimada. 

— La acompaño a su casa, Doña Elisa — le dijo. 

— No Sra., yo voy al Hospital a ver cómo está mi hijo — respondió Elisa.— 62 — 

— ¿Quiere que vaya al Hospital con Ud., Sra.? 

— No, gracias, ya es muy tarde. Prefiero ir sola.— 63 — 

Los hombres y las mujeres se alejaron del lugar. Doña Elisa caminó por las calles pobremente iluminadas del barrio obrero, hacia el Hospital. Se sintió muy extraña. 

“¿Cómo estará Ernesto? — se dijo, mientras caminaba — Han pasado tantas cosas hoy. Son cerca de las cuatro de la madrugada. Sin embargo, nunca estuve tan despierta como esta noche, con tanta luz. He vivido cosas nuevas, siento rabia contra los Delegados vendidos y contra los derrotistas, estoy asustada de mi propia energía, de la violencia física que desataron contra mi hijo y después contra todas las mujeres en la Comisaría, de la violencia que yo misma emplée contra mi marido cuando agarré la cuchilla y lo amenacé y contra el policía cuando le pateé las bolas. Sin embargo, no temo que esa violencia se vuelva contra mí, no creo haberme descontrolado para nada ni tratado de destruir, todo lo contrario, siento que lo hice para defenderme, era necesario que lo hiciera, fue como buscar y encontrar otra Elisa, una Elisa diferente. Tengo cincuenta y tres años, he estado criando hijos toda mi vida, limpiando platos, barriendo la casa, obedeciendo a mi marido, no sé… pienso todo lo que hubiera podido hacer si hubiera sido hombre, o si las mujeres pudiéramos hacer lo mismo que los hombres, si hubiera estudiado, si entendiera más lo que pasa a mi alrededor, como entendí esta noche… Hoy fue como ir a la escuela, vi a la gente comportarse de una forma tan diferente, me vi a mí misma reaccionando de otra manera; no sé, los cobardes fueron más cobardes, los valientes más valientes; si pasaran todos los días cosas extraordinarias, y no lavar platos y — 64 — 

esperar a los hombres, y cocinar y callarme la boca…Pero ya no voy a callarme la boca, nunca más dejaré que me llamen estúpida, yo puedo tener tantas bolas como un hombre cuando llega el momento, y si a veces hago cosas tontas es porque nunca me enseñaron nada, siempre viví encerrada en una casa, primero la casa de mi madre, después la de mi esposo; a mi madre le tocó cocinar, lavar ropa, criar a los hijos y a veces, hasta criar al marido, y a mí lo mismo. Eso es todo lo que sé de la vida; me dijeron: “agachá la cabeza y andá para adelante” y hoy levanté la cabeza y miré a mi alrededor…, y no lo hice por Ernesto, estoy segura, no fue de rabia porque los matones le pegaron delante de mí y me mordí la boca de impotencia; lo hice por mí misma, me salió de adentro..”. 

Se detuvo. Estaba frente al edificio del Hospital. Entró. Tuvo que convencer a una enfermera para que le dejara ver a su hijo. Pasó a la sala donde lo habían internado. Ernesto estaba despierto. Tenía la pierna vendada. Fue hasta la cama y lo abrazó. Después se sentó junto a él. 

— ¿Cómo estás, hijo? — le preguntó. 

— Bien, mamá — respondió Ernesto, contento de ver a su madre — La herida cicatrizará pronto. La bala atravesó la pierna sin tocarme el hueso. Estaré bien en unos días. 

— ¿Cómo fue que te balearon? 

— Contame primero qué es lo que pasó con Uds., ¿qué hora es? 

— Son las cuatro y diez de la madrugada. 

— ¿No habrás venido sola a esta hora, no? ¿Por qué no esperaste hasta la mañana? 

— Sí, vine sola. Pensé que te habrían dormido, quería simplemente asegurarme que estuvieras bien. 

— Me pusieron anestesia local para limpiarme la herida, pero no quise que me durmieran. Quiero estar despierto por si acaso me vienen a buscar. 

— ¿Quiénes? 

— Los que tiraron.— 65 — 

— Decime cómo te escapaste — pidió Doña Elisa a su hijo — Yo te cuento después lo que nos pasó a nosotros, mi historia va a ser más larga que la tuya. 

— Está bien — dijo Ernesto, incorporándose en la cama y usando la almohada como respaldo — Cuando me sacaron de casa me metieron en un auto que esperaba. Me vendaron los ojos y me pusieron el caño de un revólver contra la nuca. Anduvimos unos diez minutos y el auto se detuvo; me sacaron a empellones, yo casi no podía caminar por la paliza que me habían dado en casa; me tiraron al suelo. Hablaban entre ellos en voz baja, no podía entender lo que decían, tenía miedo que me asesinaran. Me insultaron, me dijeron que era un comunista y que los rojos como yo íbamos a terminar todos muertos, que no me mataban de pura lástima y que les dijera a los otros que la próxima vez iba a ser peor, que los que mandaban eran ellos — querían decir los burócratas del Sindicato — y que si tratábamos de agitar a la gente contra ellos nos iban a declarar una guerra sin cuartel. Me patearon la espalda… 

— ¡Hijo! 

— …alguien llegó en otro auto, los oí hablar. Yo estaba tirado en el piso, el aire fresco me hacía bien y me estaba recuperando, pero tenía los ojos vendados, la boca con cinta adhesiva y las manos atadas a la espalda; solo mis pies estaban libres. La venda de los ojos no estaba muy firme y apoyando la cabeza contra un objeto puntiagudo, que resultó ser un trozo de baldosa, pude correr la venda lo suficiente como para espiar, y vi que estaban parados como a tres metros de mí; eran seis, uno de ellos estoy seguro que era Esquilante. Estaban discutiendo algo importante y con el calor de la discusión se movían y se iban alejando del punto donde estaba yo; a mis espaldas, en dirección contraria a la que ellos se movían, vi una tapia bastante baja; sentí que estaba lo suficientemente fuerte como para correr, rogué que no me descubrieran enseguida; me incorporé y agachado me fui acercando al tapial; ya casi había llegado cuando se dieron cuenta; estaba como a diez metros de ellos; — 66 — 

vi un cajón y subí en él para pasar al otro lado; uno de los del grupo me vació el cargador de la pistola, sentí una picazón en la pierna. Me tiré al otro lado de la tapia y me arrastré hasta unos arbustos para esconderme. Allí me quedé quieto; estaba exhausto y la pierna me dolía mucho. Uno se asomó por la pared e iluminó con una linterna, pero no me vio; otro dijo: “Dejalo, ese se llevó un buen susto, para que escarmiente”. Arrancaron los autos y se fueron. El terreno en que había caído era grande y estaba todo tapiado; sosteniéndome en un árbol que crecía cerca de la pared pude volver a saltar al otro lado. Vi que la calle estaba pavimentada. Algún auto tenía que pasar. Me senté y esperé; todavía tenía las manos atadas a la espalda. Al rato apareció la luz de un coche, caminé hacia él y paró. Lo conducía un obrero y me trajo al Hospital… Ahora decime qué les ocurrió a Uds., ¿por qué venís a esta hora, y sola? 

Doña Elisa se dispuso a hacer su relato. 

— Bueno, te contaré — asintió — Cuando te pegaron yo me moría del dolor y la impotencia; después que te llevaron tu hermana y yo nos pusimos a llorar como dos bobas. Entonces llegó tu padre. Ahí se armó, porque dijo que si te habían llevado era porque te la habías buscado, que todos te llamaban comunista, que estabas poniendo en peligro el trabajo de todos los obreros y que no te iba a pasar nada; después de la Asamblea seguro que te largaban, dijo, esa era una vieja treta del Sindicato para intimidar a los revoltosos. Cuando lo escuché se me revolvieron las tripas, tenía ganas de gritarle que era un cobarde, no sé que cosa le dije, mandó que me callara la boca y levantó la mano como para darme, yo me enceguecí y agarré la cuchilla grande que estaba en la mesada de la cocina… 

— ¡Mamá! 

— …sí, yo era como otra, y le dije “salí de mi camino porque te ensarto”; él no lo podía creer, qué sorpresa se llevó. Salí a la calle sin saber qué hacer, como perdida, pero convencida de que tenía que hacer algo, que todo dependía de mí y si yo no lo hacía, nadie lo iba a hacer por mí, y como no se me ocurrió otra cosa fui a la casa de — 67 — 

Doña María, la vecina, y le conté lo que había pasado. Le dije que estabas en peligro y necesitaba su ayuda; el marido de ella aún no había regresado a la casa, y la señora dudaba de lo que yo le contaba, me dijo que ella iba a esperar a su esposo, a ver qué pensaba él; que cómo yo me ponía en contra de mi marido, que vos habrías cometido alguna falta, hasta que golpeó la puerta otra señora, Doña Teresa, y dijo que al marido de Doña María se lo habían llevado preso junto a varios otros obreros. Eso la decidió, y quedamos en que yo iba a ir a todas las casas del barrio que pudiera para avisar a las familias lo que estaba pasando, e invitaría a hombres y mujeres a reunirse en casa de Doña Teresa, mientras ellas iban a la Comisaría para ver si los presos estaban bien y cuántos eran; quedamos en encontrarnos una hora más tarde, para decidir entre todos cómo proceder. Cuando nos reunimos después había mucha gente; habían venido los obreros con sus esposas y algunas de las mujeres de los encarcelados; Doña María contó que en la cárcel había diez presos y no le habían permitido ver a su esposo. 

—¿A papá lo llevaron? 

— No, a él no. Decidimos ir a la Comisaría a pedir que soltaran a los presos. Entonces las mujeres dijimos que era mejor si íbamos nosotras solas, porque si veían también a los hombres capaz que les pegaban o les tiraban gas y podía haber más presos, y que los hombres fueran a la fábrica a avisar a los otros obreros del turno noche, para que todos supieran lo del encarcelamiento de los compañeros, y se dieran cuenta que era una campaña de intimidación y una trampa organizada por el Sindicato para favorecer a la Patronal, en contra de los intereses de los trabajadores. Votamos, ganó la moción y fuimos todas las mujeres a la Comisaría. Nos paramos en la vereda y empezamos a gritar que liberaran a los presos, y que no nos íbamos de allí hasta que estuvieran libres. El Comisario salió y nos dijo que nos fuéramos; nosotras teníamos tanta rabia que lo empezamos a insultar, y el tipo nos largó a los policías y nos pegaron… 

— ¡Hijos de puta!— 68 — 

— …pero no me vas a creer, entre tres señoras agarramos a uno y lo tiramos al suelo, una señora lo tomó por el cuello y la otra le tiraba de los pelos, y yo lo pateé entre las piernas que casi se los reviento… 

— ¡Mamá! 

— …esa patada fue para vengarte a vos. Nos defendimos a ladrillazos, los policías estaban bien sorprendidos, sentimos la sirena y nos dimos cuenta que les iban a llegar refuerzos, así que nos escapamos antes que pasara alguna desgracia, y fuimos todas a lo de Román a reunirnos con los hombres… Ellos habían ido a la fábrica y los guardias no los habían dejado pasar, pudieron hablar con un camionero y este avisó a los obreros, salieron tres a hablar con ellos, pero desconfiaban del grupo… Ahí llegó una señora y dijo que te habías escapado de los secuestradores y estabas en el Hospital, herido pero bien. Discutimos entre todos qué podíamos hacer. Los compañeros propusieron ir a la fábrica a las tres de la madrugada, cuando salieran los del turno noche e informarles de la situación. La moción ganó por unanimidad; me dijeron que no hacía falta que yo fuera, que me viniera al Hospital para verte si quería; respondí que no, que para mí era importante estar junto a ellos… 

— Muy bien — aprobó orgulloso Ernesto. 

— …queríamos entrar en la fábrica y hablar con los compañeros; plantearles lo que había pasado, antes que los del Sindicato, con sus manipulaciones y mentiras, usaran la Asamblea de la noche para meterse a todos en el bolsillo. La cuestión que llegamos a la fábrica y, cuando estábamos hablando con los obreros del turno noche, vino un Delegado y se empezó a tirar en contra nuestra, dijo que nuestras ideas eran una locura, que las cosas se hacían de a poco, que perderían el trabajo, y cosas así, y cuando todos le silbaron, dijo que los que estaban presos eran comunistas. Con todas esas mentiras los confundió y los del turno noche se empezaron a ir, y cuando nos dimos cuenta de lo que estaba pasando y quisimos reaccionar ya cerraban — 69 — 

las puertas de la fábrica. Quedamos todos desmoralizados, pero dijimos que trataríamos de hacer una Asamblea en la mañana, cuando entraran al trabajo los del turno diurno. Quedamos en encontrarnos temprano allí. No se volvió a votar, la gente se dispersó. 

— ¿Quieren hacer una Asamblea por la mañana? 

— Yo creo que todas las mujeres van a ir; yo aprendí muchas cosas anoche, y estoy segura que las otras también. 

— Los del Sindicato ya habrán informado de todo a la Patronal. Van a poner policías, tomarán medidas especiales de seguridad… — dijo Ernesto, pensativo. 

— No me importa, no me voy a quedar cruzada de brazos — afirmó su madre — llevaré el revólver que tu padre guarda en el ropero. Esta vez no me van a agarrar desarmada como cuando nos corrió la policía; si ellos están armados, nosotros también. 

— Pero mamá — dijo su hijo, asustado — así no se pueden hacer las cosas… 

— ¿Cómo? — reaccionó Doña Elisa, herida — ¿vos también, mi hijo, sos un contrera? Decime que soy estúpida ahora… 

— No, mamá — le explicó Ernesto — pero date cuenta, Uds. se quedaron sin ninguna táctica. Todo lo que pasó fue espontáneo, no tenían líderes, por eso fue fácil para el Delegado embaucarlos, no sabían bien qué hacer. Cuando fuimos nosotros antes al Sindicato nos pasó lo mismo. 

— Pero ahora sé lo que voy a hacer — afirmó Doña Elisa — voy a llevar un revólver. 

— Así no se resuelven los problemas, mamá, el momento ya pasó. 

— Eso es lo que decía el Delegado — dijo ella, decepcionada. 

— No, mamá — le explicó el hijo — el Delegado está a favor de los burócratas del Sindicato, y los burócratas están interesados solamente en hacer arreglos con la Patronal y llenarse los bolsillos. Yo estoy en contra de los burócratas, aunque no en contra del Sindicato en sí, que es la organización obrera más importante para luchar por nuestras reivindicaciones. Pero aquí se trata de una cuestión de seguridad — 70 — 

física: te tenés que dar cuenta que ir a la entrada de la fábrica a las siete y media de la mañana, armada, sabiendo que eso va a estar lleno de policías, es suicidarse, ¿y vos no te querés suicidar, no es cierto? 

— No — aceptó Doña Elisa — Pero entonces, ¿no se puede hacer nada? 

— Sí, se puede hacer algo — afirmó Ernesto — luchar en un Partido político, con un programa revolucionario. 

Su madre se levantó de la silla, retrocedió y exclamó incrédula. 

— ¡Hijo…! 

— ¿Qué? — preguntó Ernesto, sin comprender del todo la reacción de su madre. 

— ¿Entonces es cierto? 

— ¿Qué cosa? 

— Eso que dicen, que sos comunista… 

— Sí, mamá — confesó Ernesto. 

Doña Elisa se cubrió la cara con el antebrazo. 

— ¡Qué desgracia — exclamó, entrecerrando los ojos — mi hijo comunista! 

— ¡Pero mamá…! 

— No, yo eso no lo quiero — dijo Doña Elisa, agitada — te llenan la cabeza, te la deforman, es como en el Gulag, los meten en campos de concentración… 

— No, mamá — dijo Ernesto, tratando de contener una sonrisa ante la reacción de su madre — no tengas miedo. 

— No tratés de convencerme de nada — continuó Doña Elisa — yo soy una mujer libre, no me llenés la cabeza, soy tu madre, tenés que respetarme. 

— Yo no quiero llenarte la cabeza, mamá; lo único que quiero es que no vayas temprano a la fábrica, y menos armada. 

— No, no iba a ir armada — murmuró la mujer — era un decir. 

— Directamente no vayas — le pidió Ernesto. 

— Sí, voy a ir — afirmó Doña Elisa — ¿qué van a decir las otras señoras si no voy?— 71 — 

— Mañana no va a ir casi ninguna — aseguró su hijo. 

— Hoy dirás — dijo Doña Elisa, mirando su reloj pulsera — faltan tres horas para que abran la fábrica. 

— Ahora andá a casa y dormí — le pidió Ernesto, estrechándole cariñosamente la mano — descansá, que te hace falta. 

— No sé si quiero volver a casa — dijo Doña Elisa — no quiero verlo a Juan. 

— Pero mamá, ¿adónde vas a ir? 

— No tengo ningún otro lugar adonde ir — dijo ella, colocando sus manos sobre el pecho — Estoy sola en el mundo, mi hijo me abandona. 

— Mamá, vamos, no te pongas así — sonrió Ernesto — Mi punto de vista es diferente al de los demás obreros. Es cierto lo que dicen: soy comunista y yo te voy a explicar cómo hay que hacer para luchar y ganar. 

— No, ¡nunca me haré comunista! — exclamó Doña Elisa. 

— No seas trágica — digo Ernesto, acomodando su almohada para recostarse — después hablaremos de esto. 

— ¿Las mujeres pueden ser comunistas también? 

— Claro, como no. Hay muchas mujeres comunistas. 

— ¿Aunque sean viejas? 

— Sí, vos no sos tan vieja, sos una mamá simpática. 

— Bueno, por lo menos me puedo dar corte de que tengo un hijo buen mozo — dijo Doña Elisa, sonriendo. 

— Y yo de que tengo una vieja corajuda. 

Un escalofrío recorrió el cuerpo de Doña Elisa y la mujer movió los hombros con ademán nervioso. 

— ¿Qué te pasa, por qué temblás? — le preguntó el hijo, viendo su reacción. 

— No sé, tengo como chuchos. 

— Andá a dormir a casa. 

— ¿No me puedo quedar a dormir en esa cama — preguntó Doña Elisa, señalando una cama vacía que había en la habitación — como acompañante?— 72 — 

— Sí, seguro, cómo no se me ocurrió — dijo Ernesto, que no había pensado en eso — Te quedás ahí, así yo también puedo dormir tranquilo, sabiendo que no vas a hacer ninguna locura. Dame un beso, mamá. Cuando pase todo esto vamos a hablar bien. 

Doña Elisa besó a su hijo en la mejilla, encendió el velador, apagó la luz de la sala y se fue a acostar en la otra cama. 

— ¿Y la Asamblea de mañana? — preguntó a su hijo, a los pocos minutos. 

— Se pondrán de acuerdo entre ellos. Van a manipular todo — respondió Ernesto. 

— ¿Te duele la pierna? 

— No, yo también voy a dormir… — murmuró Ernesto, entrecerrando los ojos. 

Dormitaron por un rato. 

— Ernesto… — llamó otra vez Doña Elisa. 

— ¿Qué? 

— No me puedo quedar, no me voy a dormir. 

— ¿Por qué? 

— La nena se va a asustar si se despierta y no me ve. Le tengo que preparar el desayuno. 

Doña Elisa se incorporó en la cama. 

— Que se lo prepare sola — dijo Ernesto. 

— No, estoy segura que si yo no se lo preparo no toma nada. Vos sabés como es ella. Después se debilita. 

— ¡Pero mamá! — se quejó su hijo. 

— Bueno — exclamó ella, encogiéndose de hombros — ¡una al final es madre, eso no lo pierdo nunca! 

— Está bien, mamá. Pero prometeme que no vas a ir a la fábrica. 

— Está bien, te lo prometo. 

— Un beso. 

— Chau.— 73 — 

Doña Elisa salió del Hospital y caminó hacia su casa. Se iban disipando lentamente las sombras de la noche. Amanecía. Tuvo una sensación extraña: todo lo vivido le pareció un poco irreal. 

“Mi hijo está en lo cierto — se dijo — Nos organizamos como pudimos. Fue todo espontáneo. ¿Se habrá enojado Juan? Me siento como tonta, al final soy una vieja. ¿Quién me va a llevar el apunte? Todo fue como una ilusión, pasó tan rápido, pero mientras estaba ocurriendo me sentí fuerte. ¿Habrá sido verdad? Ernesto tiene razón, no sabíamos bien qué hacer, nos íbamos por las ramas. Por qué me hago tantos problemas, si yo no trabajo en la fábrica. Soy la mujer que limpia la casa, la sirvienta. Ya no voy a dejar más que me manden. ¡Qué se creen, una también es un ser humano!” 

Llegó a su casa. Abrió la puerta de calle con temor. Su esposo estaba en el baño. 

— Hola — saludó, yendo hacia la cocina — ¿Te preparo el café con leche? 

— Sí — dijo Juan. 

— ¿Ya te afeitaste? 

— ¿ No ves que no o sos ciega? — dijo él, malhumorado. 

— Bueno, te pregunto — se defendió ella — Voy a despertar a la nena. 

— Preparame un sánguche para llevar a la fábrica — ordenó su marido. 

Doña Elisa se dirigió al dormitorio de su hija.— 74 — 

— ¡Nena, ya es hora de levantarse! — dijo, abriendo la persiana para que entrara luz. 

— Estoy cansada… — respondió Estela , sin abrir los ojos. 

— Vamos que se hace tarde. 

Fue a la cocina e hizo café fresco. Calentó la leche y le sirvió el desayuno a su esposo. Juan se sentó a la mesa y tomó un sorbo de la taza. 

— Este café está asqueroso — dijo, retirando la taza de enfrente suyo. 

— Bueno… — dijo Elisa, sin atreverse a contradecirlo. 

Sonó el teléfono. 

— Yo atiendo — dijo Doña Elisa — ¿Quién? — preguntó — …sí, un momento. Es para vos — dijo, extendiendo el receptor hacia su esposo. 

— Juan se levantó de la mesa. 

— A ver…sí, hable…ah, sos vos. 

Doña Elisa fue al dormitorio de su hija. 

— ¿Los soltaron? — continuó Juan, poniendo expresión de contento — qué suerte, ¿están bien?...¿cerraron las puertas de la fábrica, asueto?...bueno, mejor, así no se arma lío…chau…¿oíste Elisa? 

— A medias, ¿qué paso? — preguntó ella, regresando a la cocina. 

— Los largaron a los diez, no les hicieron nada, y hoy la fábrica está cerrada: asueto por la Asamblea. 

— Bueno… 

— ¿Viste como tenía razón? ¡Si las mujeres no saben nada! 

— No empecemos de nuevo — dijo ella, sin levantar la vista. 

— Así que hoy no voy a trabajar, todo el día en la catrera — dijo Juan, contento — ¿Ernesto está bien? 

— No creo que te importe mucho. 

— ¿Cómo no me va a importar? Es mi hijo, ¿no?, aunque a veces haga tonterías. 

— Sí…está bien… — dijo ella, sumisa. — 75 — 

— Mamá, ¿la fábrica está cerrada? — preguntó la hija desde el dormitorio. 

— Sí. 

— Yo tampoco quiero ir a trabajar — dijo Estela — Hablá a la oficina y deciles que estoy enferma. 

— ¿Enferma? 

— Sí, deciles cualquier cosa, que estoy descompuesta, que vomité, cualquier cosa; estoy cansada, casi no dormí. 

— Sí, todos vivimos demasiadas tensiones anoche — aceptó Doña Elisa — mejor quedate a dormir. 

— Elisa, más tarde voy a ir al Hospital a verlo a Ernesto — dijo su marido — Hoy es día de Asamblea y eso hay que festejarlo, puede haber decisiones importantes. 

— Yo no sé si sos crédulo o es que le tenés ganas a un puestito en el Sindicato — dijo ella. 

— ¿Cómo decís? — demandó Juan, agraviado. 

— Nada, olvidalo… — se desentendió ella. 

— Haceme el favor, Elisa, no me faltés el respeto. Lo que pasó anoche no lo tolero dos veces. 

— Estoy demasiado cansada para discutir. Voy a hablar a la oficina para decir que la nena no va y me acuesto a dormir. 

— Muy bien — afirmó Juan, con satisfacción — Hoy asueto para todos, todo el mundo a dormir. 

— Sí — dijo Doña Elisa — yo creo que es lo mejor. 

Segunda parte — 79 — 

Doña Elisa había terminado de servir el desayuno a su familia. Como siempre, se demoraban para dejar la casa. 

— ¡Apúrense que se les hace tarde! — dijo la señora. 

— ¡Ya terminamos! — contestó su esposo, bebiendo el último sorbo de café y yendo hacia la puerta de calle. 

— Ah…mamá… — se detuvo Ernesto — ¿puedo hablar con vos cuando vuelva del trabajo? 

— ¿Hablar conmigo? — dijo Doña Elisa, sobresaltada — ¿sobre qué? 

— Bueno…— explicó Ernesto — después de la famosa noche en que me hirieron y Uds. se movilizaron para reclamar por los presos, vos y yo hemos hablado muy poco del asunto…yo diría que casi nada y ya pasaron varias semanas, mamá. No sé — dijo él, mirándola a los ojos — pareciera que lo hemos olvidado, o que quisiéramos olvidarlo, como si hubiera sido un sueño. 

— En algún sentido fue un sueño — dijo la madre bajando la vista. 

— Quisiera hablar sobre ese sueño — insistió el hijo — ¿Puede ser?

— Bueno… — asintió tímidamente Doña Elisa. 

— Esta noche. 

— Sí, esta noche… 

— ¡Chau, mamá! — la saludó Estela , besándole la mejilla. 

— Yo también me voy — dijo Ernesto a su vez, besando a su madre y disponiéndose a salir. 

— Chau, hijos, hasta luego — los despidió la madre, acompañándolos a la puerta para verlos partir. — 80 — 

Esa noche, después de la cena, Ernesto se quedó en la cocina. Su madre terminó de lavar los platos y se sentó junto a él. Su padre estaba en la sala, mirando televisión. 

— Bueno, mamá, llegó el momento de hablar — dijo Ernesto. 

— Sí, hijo — aceptó ella — No creas que me olvidé de todo lo que pasó, sabés — dijo reflexivamente — lo que sucede es que después la vida…es diferente…Una sigue su rutina, cocina, limpia… 

— Entiendo, es importante que hablemos. Nos va a hacer bien. 

— Sí, sí… estaba un poco asustada, eso es todo... 

— Mamá, vos no sos la misma después de aquella noche. Algo cambió en vos. 

— Sí — aseguró Doña Elisa — yo creo que soy la misma o casi la misma. 

— En el hospital, cuando hablamos, vos me dijiste que habías aprendido cosas. Aquella noche te rebelaste, primero contra papá y, después, junto a las otras mujeres, contra los manejos de los matones del Sindicato y contra la policía…Las mujeres tuvieron un papel muy importante en lo que pasó. 

— ¿Vos creés? 

— Seguro…— explicó Ernesto — Aunque al día siguiente la Asamblea haya sido un fracaso para los obreros, la Patronal, al cerrar la fábrica ese día, demostró hasta qué punto nos teme…Y al secuestrarme a mí y encarcelar a diez obreros más pusieron en evidencia que no son tan fuertes. — 81 — 

— ¿Cómo que no? — preguntó Doña Elisa, sin entender la lógica de su hijo — Hicieron lo que se propusieron, ¿no? 

— Sí, pero si para ganar tienen que encarcelar trabajadores, esa ganancia es un arma de doble filo. Pueden pagar un costo muy alto por eso. 

— ¿Por qué? 

— Bueno…fue represión…— explicó Ernesto. 

— ¿Y…? 

— Imaginate si los trabajadores hubieran reaccionado con más violencia… 

— Pero no entiendo — dijo Doña Elisa, confundida — eso no pasó, ¿qué querés decir? 

— Quiero decir que podría haber pasado, y uno de los fundamentos de la política es prever lo que puede pasar. 

Doña Elisa suspiró. 

— No creo que sea muy fácil. 

— Bueno… — insistió Ernesto — sabiendo quiénes son los que luchan, quién está de un lado y quién del otro, y qué intereses defiende cada uno, se pueden figurar los pasos del contrario. 

— Ya veo, es como un ajedrez. 

— Más o menos, la historia no es tan lógica como el ajedrez, mamá. 

— Así que esa noche los pusimos en dificultades — dijo Doña Elisa, con satisfacción. 

— Sí, más vale…se sintieron amenazados, se asustaron, nos tuvieron miedo… 

— ¿Miedo, a nosotros? — preguntó extrañada. 

— Sí, ¿sabés por qué? 

— ¿Por qué? 

— Porque si todos los obreros nos ponemos de acuerdo y, por ejemplo, hacemos una huelga, la fábrica para, se interrumpe la producción, ellos no ganan dinero…y además pierden todo el dinero que hubiesen podido ganar si la fábrica hubiera estado funcionando.— 82 — 

— Ah, claro — exclamó Doña Elisa, admirada de la explicación. 

— Ellos tienen el capital, tienen las máquinas, pero si nosotros no producimos…¿te das cuenta? 

— Sí, es como un arreglo, como un acuerdo hecho entre las partes. 

— Bueno, ellos tratan de que haya acuerdo. 

— ¡Qué bien! 

— No tan bien — dijo Ernesto — Para nosotros eso no es tan bueno. 

— Pero gracias a eso Uds. tienen trabajo y podemos vivir — argumentó Doña Elisa. 

— Sí, tenemos trabajo, pero nos pagan muchísimo menos de lo que producimos. 

— Eso es injusto — dijo ella, indignada. 

— Claro, nosotros vivimos pobremente, mientras los dueños de la fábrica, los miembros del Directorio y los capataces tienen casas y autos, se van de vacaciones al extranjero y tienen todo tipo de privilegios y riquezas. 

— No olvidemos que ellos también trabajan — los justificó Doña Elisa. 

— Sí, trabajan controlándonos y explotándonos a nosotros. 

Doña Elisa no dijo nada. Las razones de su hijo eran convincentes. Quedó en silencio y como atemorizada. 

— Mamá, ¿te acordás lo que hablamos aquella noche? 

— …sí… — balbuceó ella. 

— …de que yo era comunista. 

— …sí, hijo… — dijo, con un hilo casi imperceptible de voz. 

— ¿Te da miedo? — preguntó Ernesto, entendiendo la inhibición de su madre. 

— …sí… 

— …a mí también… 

— ¿A vos también te da miedo? — preguntó, desconcertada, Doña Elisa.— 83 — 

— Sí. ¿Te acordás lo que pasó aquella noche, mamá, cuando Uds. fueron a hacer una manifestación frente a la Comisaría para que largaran a los presos y la policía las atacó? Vos me lo contaste. Uds. tenían miedo, pero se defendieron, ¿te acordás? Vos te enojaste y hasta le pegaste una patada en las bolas a un policía. 

— ¡Sí…ja, ja…! — rió su madre. 

— Bueno, lo que ocurre con la militancia revolucionaria es algo parecido a lo que pasó aquella noche. Uno tiene miedo, pero tiene que defenderse. Y para defenderse no te podés cruzar de brazos, tenés que actuar. 

— Actuar, ¿cómo? — dijo, inquisitiva, Doña Elisa. 

— Tenés que luchar y ganarte la libertad. 

— Bueno — replicó ella — pero mirá, si después te secuestran, y te pegan, y te dan un balazo, como hicieron con vos, ya no sos más libre. 

— Puede parecer extraño, pero seguís siendo libre. No sé, es una libertad un poco difícil de entender, un poco paradójica. 

— Explicame mejor. 

— Sí, quiero decir que mientras uno no sabe que lo están oprimiendo y que nunca va a poder realizar los sueños que siempre tuvo, ni ser tratado con respeto, como se merece, uno acepta estas cosas como una fatalidad; pero cuando uno es consciente de que todo eso sucede, entonces…si se cruza de brazos…se humilla a sí mismo, se denigra, no sé, una vez que uno lo sabe ya no se puede ser feliz. 

Los ojos de Doña Elisa se llenaron de lágrimas. 

— …hijo…mi hijo… — balbuceó. 

— Vos también sentís algo parecido a lo que yo siento, mamá, ¿no es cierto? No llores. 

— Sí, sí, basta… — confesó finalmente Doña Elisa — después de aquella noche, cuando pasó todo lo que pasó, yo ya no pensé en lo que había ocurrido en la fábrica, eso…casi lo olvidé, pero me hizo dar cuenta de otras cosas…yo ya no era más la persona decidida que aquella noche había ido a la comisaría con las otras mujeres, lo único que hacía en mi casa era limpiar, limpiar todo el día, y tenía siempre que callarme — 84 — 

la boca, porque Juan me manda callarme la boca, y no es que él sea malo, todos los otros maridos hacen lo mismo con sus mujeres…pero yo sentí…no sé…sentí que aquí nadie me trata con respeto, nadie se da cuenta que yo…no sé…que a mí me gustan tantas cosas…aunque tenga cincuenta y tres años y sea una vieja… 

— Mamá… — dijo Ernesto, emocionado, acercándose a su madre — dejame que te abrace. 

— Hijo…hijo querido… — exclamó Doña Elisa, estrechándolo contra su pecho. 

— Mamá…yo te comprendo, yo te quiero… Mamá, yo conozco a otras mujeres que son como vos. 

— ¿Otras mujeres como yo? 

— Sí, otras mujeres que sienten y piensan lo mismo que vos, y están luchando por cambiar, por ser distintas. 

— ¿Sí? — dijo Doña Elisa — ¿y cómo hacen? 

— Bueno — dudó Ernesto — primero te quiero pedir que no me tengas miedo… 

— ¿Miedo a mi hijo? 

— Sí, por lo de comunista. Algunas son compañeras del Partido y otras son mujeres que simpatizan con sus ideas. Si hablás con ellas van a comprenderte y te pueden ayudar; yo sé que a vos eso te va a hacer bien. 

— ¿Y no tengo que hacer nada a cambio? 

— No, si vos decidís apoyar una causa, será por tu propia voluntad, nadie te va a obligar a nada…yo soy tu hijo y no permitiría que hagan eso, ¿no? 

— Sí, claro, si vos estás ahí…yo en vos confío con los ojos cerrados, para eso sos mi hijo. Pero yo me pregunto, Ernesto, no sé…una mujer como yo…vieja…que no trabaja, ¿puede servir para algo en un partido político? 

— Sí, puede. Cuando uno conoce cosas de sí mismo que antes ignoraba, y aprende algo nuevo sobre el mundo, una persona que antes se sentía vieja, sin ilusiones, cambia, ¿no?, y de pronto tiene cosas para hacer y está llena de vida.— 85 — 

— Sí, empiezo a comprender — dijo Doña Elisa, reflexionando — Esa noche, la noche que te balearon, yo me sentí distinta, sentí que pasaban cosas y estaba llena de vida, pero después todo volvió a ser lo mismo, sabés…y pensé que habían sido cosas de una noche, pero quisiera volver a sentirme como aquella noche otra vez. 

— Sentirte libre, mamá — afirmó Ernesto. 

— No sé si libre, pero al menos no estar cruzada de brazos, esperando que pase el tiempo, esperando que mis hijos y mi esposo vuelvan del trabajo y que cada uno me diga lo que tengo que hacer, siempre esperando…no sé…esperando como para morirme ¿no? 

— …mamá…yo quiero que cambies, ¿te das cuenta? — dijo Ernesto, emocionado por la sinceridad de su madre. 

— Sí, ¿pero entendés?, tengo un poco de miedo, yo siempre hice lo mismo. Me casé cuando me tenía que casar, con un hombre que era como mi padre, un trabajador…un hombre bueno y sencillo, e hice lo que me dijeron: tuve hijos, los crié, mantuve mi casa limpia…y ahora, no sé, encuentro que soy una vieja y no soy nada…y la culpa de esto la tiene aquella noche, que me hizo pensar tantas cosas… 

— Sí, pero aunque sea doloroso, mamá, aunque tengas que aprender muchas cosas sobre vos misma que a lo mejor preferirías no saberlas…siempre hay tiempo para cambiar mientras uno está vivo; la vida es eso, si uno se deja estar, si uno no lucha…está como muerto en vida. 

— Sí, hijo — aceptó Doña Elisa — pero…¿cuándo termina la lucha?, porque yo tengo una edad en que quisiera vivir tranquila… ahora que mis hijos son grandes…lo que no hice en tantos años de vida no lo voy a hacer ahora. 

— Entiendo, pero ¿cómo puedo explicarte, mama?...mientras uno lucha…se supera a sí mismo…y entonces…vive, cambia, aprende cosas nuevas…descubre aspectos de su vida que de otra manera hubieran quedado ocultos para siempre y uno hubiera muerto sin haberlos experimentado… Cuando uno lucha…se obtiene tanto de sí mismo que el solo esfuerzo por transformarse es un placer, el placer — 86 — 

de la creación. Vos sos madre, y aunque yo, naturalmente, nunca he experimentado la maternidad en carne propia, debe ser como cuando una madre hace un hijo. Ella lo siente crecer dentro suyo, vivir, y sufre, ese ser es parte de sus entrañas, parte de sí misma… después…lo larga al mundo y el niño comienza a andar solo… Esa madre seguirá luego atada a ese hijo y ese hijo unido a su madre por un lazo de amor. Eso la hará sufrir muchas veces, pero ha sufrido para dar vida, ¿te das cuenta?, eso es lo hermoso. Mamá…vos me diste a mí la vida, me diste todo lo que soy, ahora yo también quiero darte algo importante a vos. 

— Hijo, hijo… — balbuceó Doña Elisa, muy emocionada, llorando sobre el hombro de su hijo. 

— Abrazame, mamá. 

— Estamos llorando como dos tontos…— 87 — 

A la mañana siguiente, Doña Elisa se despertó con mucho más ánimo. Hizo el trabajo de la casa, y pensó en lo que había hablado con Ernesto. 

“Mi hijo tiene razón — se dijo — Yo no sé si puedo cambiar, pero al menos tengo que intentarlo. Estoy viva, ¿no?, y me gusta la vida. Me da miedo, pero igual voy a probar. ¡Ah, si fuera joven!, ¡si hubiera vivido esto hace veinticinco años! ¡Entonces todo habría sido distinto! 

Miedo a los comunistas, lo que se dice miedo, no les tengo. ¿Por qué iba a tenerles miedo? ¿Acaso mi hijo no es comunista? Voy a ir a las reuniones del Partido, y vamos a ver qué pasa, si les creo o no, porque ellos tendrán sus razones…”.— 88 — 

Pocos días después Ernesto le avisó a su madre que había hablado con los dirigentes del Partido y estos expresaron su deseo de tenerla a ella como simpatizante. La citaron en la sede una noche y Elisa fue recibida por los miembros. Un dirigente de edad, un señor delgado, de cabello blanco y nariz prominente, improvisó la presentación. 

— Camaradas, presten atención por favor — dijo el hombre, con una voz hermosa y pausada, que contrastaba con su pobre aspecto físico — voy a presentarles a una nueva simpatizante del Partido. Es la madre de uno de nuestros miembros jóvenes más destacados: el activista obrero Ernesto Galván. La Sra. de Galván, a pesar que nunca militó en un partido político, posee una experiencia muy importante que la coloca en una situación especial: ella fue una de las principales líderes espontáneas de los sucesos ocurridos hace pocas semanas en la fábrica, después del accidente en que perdió la mano el obrero Maitena. Cuando los matones del Sindicato secuestraron a nuestro camarada, Ernesto, la Sra. de Galván organizó a las mujeres y dirigió la marcha a la Comisaría para pedir por la libertad de los diez obreros detenidos y la aparición de su hijo; en esas circunstancias hubo corridas y las mujeres, lejos de acobardarse y huir, lucharon contra los policías y los mantuvieron a raya a ladrillazo limpio; y dicen que no se llevaron la peor parte… 

— ¡Bravo! — gritó un joven militante — ¡Esas son mujeres! 

— Todos Uds. conocen el resto de los sucesos — continuó el dirigente — cómo los burócratas del Sindicato maniobraron para — 89 — 

meterse la Asamblea en el bolsillo y abortar las reivindicaciones obreras… 

— ¡Seguiremos luchando por esas reivindicaciones! — interrumpió un hombre. 

— ¡Viva la clase obrera! — gritó otro. 

— ¡Viva! — repitieron al unísono todos los presentes. 

— …hoy la Sra. de Galván se acerca a nuestro Partido como simpatizante — prosiguió el dirigente — y quiero darle una calurosa bienvenida. 

— Un aplauso para la Sra. de Galván — pidió una señora. 

Todos aplaudieron. 

— Vamos a demostrarle que los comunistas no nos comemos a nadie — dijo un hombre. 

— ¡Qué hable la Sra. de Galván! — gritó un muchacho. 

Doña Elisa no se hizo rogar. 

— Muchas gracias por su amabilidad — dijo, sinceramente emocionada por ese recibimiento que no esperaba — No sé si merezco esta recepción tan amistosa que me dan, pero quiero agradecerles a todos ustedes, a mi hijo Ernesto, y al señor dirigente… 

Elisa se detuvo un momento como buscando una palabra y lo miró. 

— Ricardo — dijo el hombre en voz baja — …llámeme Ricardo, por favor… 

— …al señor dirigente Ricardo — siguió Elisa — Vengo al Partido como simpatizante, para aprender de Uds. Mi hijo Ernesto me ha hablado mucho de los ideales de los comunistas y de sus deseos de luchar por que cambien…por que cambien las cosas…y yo… — vaciló Elisa — … yo también quiero cambiar…pero veo que no se puede cambiar si no cambiamos también a los demás…y para eso hay que saber cómo… Mi hijo Ernesto dice que Uds. tienen una respuesta para esto…y aquí estoy, para aprender de Uds.… Si no es muy tarde para mí, me gustaría encontrar el camino…— 90 — 

Esa misma semana empezaron las reuniones políticas. En esos encuentros las mujeres simpatizantes comentaban los temas propuestos y debatían algunas cuestiones de actualidad. Le asignaron a Elisa un “contacto teórico”: una señora encargada de velar por su educación política, que le traía artículos y libros para leer y luego los discutía con ella. Doña Elisa se enfrentó con sus primeras lecturas después de muchos años; leyó el “Manifiesto comunista” y otros escritos marxistas básicos. Quedó muy contenta de la experiencia. 

“Hace ya tres semanas que nos reunimos con las chicas del Partido — se dijo, a poco de comenzar su nueva vida — ¡Qué gente interesante! ¡Y qué inteligentes, quién hubiera dicho que las mujeres podían saber tanto! Lástima que haya que leer todos estos libros, a mí leer me cuesta bastante, yo entiendo más cuando veo las cosas en la práctica. Las chicas prometieron ayudarme. A lo mejor, algún día voy a ser tan culta como ellas. Según explicó Ricardo, el dirigente, en la charla que nos dio ayer, los libros no son un fin, son un medio, sirven para explicar por qué ocurren cosas como las que pasaron en la fábrica, así podemos interpretarlas y saber qué hacer. Y para eso hay que entender las experiencias “con sentido histórico”. ¡Ay, ya se me pegó una frase de Ricardo! ¡Qué linda frase, “con sentido histórico”…!”.— 91 — 

Una noche, después de cenar, Elisa asistió a una reunión política en el Partido. Para eso tuvo que previamente mentirle a su marido: se justificó diciéndole que iba a ver a su nueva amiga, Amanda. Llegó a la sede y se encontró con varias mujeres. Aún faltaba que llegaran algunas compañeras, y mientras las aguardaban, Elisa aprovechó para conversar con Norma, su contacto teórico—político. 

— ¿Leíste el libro que te presté, Elisa? — dijo la señora. 

— Sí. 

— ¿Qué te pareció? — preguntó. 

— Me pareció difícil — respondió sinceramente Elisa. 

— Siempre parece difícil al principio — la confortó la mujer — pero, en general, ¿estás de acuerdo con lo que dice el autor? 

— Sí, estoy de acuerdo — dijo Elisa — esta sociedad está en crisis, yo me doy cuenta, las cosas no van bien. 

— Claro, no van bien, y eso tiene causas socioeconómicas, como lo reconoció Marx. No van bien, ni pueden ir bien mientras no haya un cambio social. 

— Sí, un cambio en la “propiedad”, ¿no? — dijo Elisa. 

— Efectivamente, la propiedad privada es uno de los bastiones del método de producción capitalista; Marx creyó que la sociedad capitalista solo podía alcanzar una determinada etapa de desarrollo, más allá de la cual, los intereses del sistema entraban en conflicto entre sí y las contradicciones llevaban a los capitalistas a enfrentamientos y luchas, a crisis periódicas, que ellos resuelven entrando en ciclos de recesión, y que siempre pagamos los — 92 — 

trabajadores. Esta irracionalidad del sistema solo puede terminar si desaparece la propiedad privada y se expropian a los capitalistas los medios de producción. Pero los capitalistas, en esta época de crisis y decadencia, son particularmente viciosos, sádicos y violentos y no se van a dejar sacar el capital por las buenas. Los trabajadores, que somos las víctimas de ese sistema, tenemos que organizarnos en un partido político para hacer un día la Revolución que nos lleve al poder. Cuando llegue ese día expropiaremos para siempre a los capitalistas y los mandaremos a donde merecen estar: el museo de las cosas viejas. 

— Sí, claro — reflexionó Elisa, haciendo un gesto aprobatorio con la cabeza. 

— Nosotros, como comunistas — insitió la señora – tenemos que organizarnos políticamente, tal como lo hicieron los rusos en épocas de Lenín. 

— Yo siempre me acuerdo — dijo Elisa — cuando las mujeres participamos junto a los hombres en la lucha para pedir mejores condiciones de trabajo en la fábrica, nosotras sentíamos que estaba bien hacerlo, estaban abusando de nuestras familias y teníamos que defendernos. 

— Así es, los capitalistas constantemente están explotando a los obreros, no cuidan de su seguridad y les pagan como sueldo una ínfima parte de lo que producen. 

— Que a veces no alcanza ni para comer. En mi casa trabajan todos, trabaja mi marido, mi hijo, mi hija, y yo hago las tareas del hogar y, sin embargo, no nos alcanza para comprar todo lo que hace falta. Comida sí, pero ropa y otras cosas, muy poco. Vivimos con lo justo — dijo Elisa. 

— Fijate vos, Elisa — dijo Norma — que supuestamente el capitalista tiene que pagarle al obrero lo necesario e indispensable como para que pueda comer y seguir trabajando, sostener su familiar y educar a sus hijos, para que en el futuro estos puedan ocupar su lugar. El obrero hace todo el trabajo, y el capitalista — 93 — 

acumula el excedente del trabajo de este obrero y se lo apropia y lo derrocha según le plazca. Pero los capitalistas son tan mezquinos y hay tanta mano de obra desocupada, que los tipos se dan el lujo de pagar un salario que está por debajo de lo que el obrero necesita, con el pretexto de que no obtienen la suficiente ganancia con la producción. Por eso en tu casa tienen que trabajar todos para parar la olla, porque un salario no cubre lo que una familia consume. A los esclavos se les trataba de proveer la comida suficiente, porque, si se enfermaban, el dueño perdía su dinero, pero al obrero, si se enferma o se accidenta, lo reemplazan por otro. Nosotros tratamos de que los obreros tomen conciencia de la superexplotación a la que están sometidos. Por eso son tan importantes las luchas sindicales; queremos que los trabajaron aumenten su poder adquisitivo y puedan subsistir mejor, y que, al mismo tiempo, comprendan el papel central que tienen en el sistema productivo y vean el carácter político y social de su opresión. El trabajador necesita militar en un partido revolucionario, solo el partido le puede ofrecer una respuesta política para cambiar la situación económica: expropiar a la economía burguesa y apropiarse de los medios de producción. 

— Una luchando aprende muchas cosas — dijo Elisa. 

— Sí, la solución no es conciliar ni entregarse, la solución es luchar. Por eso nosotros ahora combatimos a la Lista que está dirigiendo el Sindicato Metalúrgico en Villa Constitución, porque se la pasan haciendo acuerdos con la Patronal que son perjudiciales para los trabajadores, y les crean falsas ilusiones. Nosotros queremos destruir esas ilusiones para que vean la realidad: la forma en que la Patronal los explota. Haría falta una dirección revolucionaria Comunista en el Sindicato que les mostrara eso, y los llevara a luchar por conquistas que mejoren su nivel de vida. Esto, a su vez, les hará tomar conciencia de que hay una lucha de clases entablada, y que solo podrán liberarse si aceptan esa lucha y se preparan para dar la batalla. Los capitalistas hacen todo lo posible para que no se den cuenta de eso: compran a los sindicalistas, usan las ideologías que — 94 — 

tienen a su disposición, como el liberalismo burgués, y les crean esperanzas falsas de progreso; se valen de la religión y de la Iglesia, siempre dispuesta a darles una mano con tal de poder hacer su prédica anticomunista, inculcarles miedo y pedirles resignación; y limitan el acceso de los pobres a una buena educación. Nosotros hacemos lo contrario, ¿ves?, tratamos de enseñar a los obreros, de educarlos políticamente, de que tomen conciencia de su opresión y se preparen para hacer la revolución y liberarse. 

— Nosotras, las mujeres, también tenemos que liberarnos — dijo Elisa — yo trabajo en mi casa todo el día. 

— Y no estarás en pie de igualdad frente a los otros trabajadores mientras no puedas ganarte tu propio salario con tu trabajo. Pero viste como antes se trataba de mantener a las mujeres sin saber nada, para poder oprimirlas mejor. 

— ¡Hay que liberarse, hay que liberarse! — exclamó Elisa. 

— Nosotras llamamos a eso la doble opresión. La mujer vive sometida por la situación económica que crea el capitalismo, que hace de la mujer una especie de individuo de segunda categoría dentro de la sociedad, como sirvienta del hombre. Nosotras aquí aprendemos a luchar en pie de igualdad con el hombre. Todos somos camaradas, la mujer tiene un interés especial en la revolución. 

Elisa la miró con admiración. Otra señora que estaba junto a ella escuchó parte de la conversación. 

— Yo a veces me pregunto — se atrevió a decir la señora — ¿hace falta leer tantos libros y estudiar tanto para ser socialista? 

— Vos sabés, Elena — le explicó Norma — el socialismo es algo científico. 

— Científico… — repitió Elena — ¿pero vos sabés algo de ciencia? 

— No — sonrió la señora — pero yo leo y entiendo. Las mujeres también podemos entender, ¿no? 

— Sí, claro. 

— Más que leer — confesó Elisa — a mí me gusta oír hablar a algunos de los hombres, como Ricardo, ¡ellos saben tanto!— 95 — 

— Oh, sí, Ricardo es realmente bárbaro — afirmó Norma — Ha sido dirigente del Partido durante muchos años. 

— Sí, él tiene una convicción, una seguridad… — dijo Elisa con vehemencia — no sé…cuando lo escucho me transmite como una fuerza. 

En ese momento llegó Amanda a la reunión, la señora amiga de Elisa. 

— Buenas, ¿cómo les va? — las saludó. 

— Muy bien, Amanda, ¿y vos? 

— Bien también, ¿de qué estaban hablando? 

— Hablábamos de todo un poco — dijo Elisa — de Ricardo… 

— Ah, sí, Ricardo… — repitió aprobativamente Amanda. 

— Elisa le tiene mucha admiración — dijo la otra señora. 

— Sí, es verdad — admitió Elisa. 

— Casi todas nosotras le tenemos admiración — dijo Amanda — Sin embargo, hay muchos hombres que están en contra de él. 

— ¿Y cómo puede ser? — se admiró Elisa — si son todos comunistas. 

Una señora del Partido, a la que habían puesto a cargo de la reunión general, escuchó la conversación e intervino para aclarar el problema. 

— Dentro de un Partido Comunista — explicó — hay puntos de vista diversos y muchas veces unos camaradas disienten con otros sobre una determinada interpretación de un hecho político. Eventualmente, esos camaradas pueden constituir una fracción distintiva, sosteniendo su opinión, y entrar en diálogo y discusión con el resto. 

Habían llegado varias otras mujeres a la reunión. La líder las integró a la discusión política. Les describió el problema que analizaban y las invitó a hacer preguntas. 

— ¿Y cómo se ponen de acuerdo las fracciones entre sí? — preguntó Amanda. 

— Discuten, y la que tiene la razón se impone sobre los otras — dijo la líder de la reunión.— 96 — 

— ¿Y si el dirigente no está de acuerdo con lo que dicen los miembros? — preguntó Elisa. 

— En ese caso se hace lo que dice el dirigente. A eso le llamamos el “centralismo democrático” — explicó la líder. 

— Ah, el “centralismo democrático”… — aceptó Elisa — Hay muchos que hablan bien, pero a mí Ricardo me resulta más convincente…tiene una claridad, su voz es tan metálica… 

— ¡Ay Elisa, Elisa! — se burló Elena. 

— ¿Qué pasa? — dijo Elisa, defendiéndose. 

— ¡Hum, me parece que Ricardo…! 

— ¡Vamos, no pensarás nada raro, no! ¡Si soy una vieja…y Ricardo también! 

— Bueno — dijo Amanda, con ironía — el hecho de que una tenga unos cuantos años no quiere decir que todavía no sienta atracción por los hombres. 

— Pero una atracción espiritual — completó Elisa. 

— Sí, a veces espiritual y a veces sexual — le porfió la otra. 

— ¡Oh, sexual, no digas disparates! Yo ni pienso en eso. 

— El hecho de que no lo pienses no quiere decir que a veces no lo sientas — dijo Elena. 

— Si lo sintiera también pensaría en eso, me daría cuenta — contestó Elisa. 

— No hay peor sordo que el que no quiere oír… — dijo Elena. 

— …ni peor ciego que el que no quiere ver… — completó Amanda. 

— ¡Ay, Uds. dos me parece que hoy…! — dijo Elisa, disgustada por la broma. 

— Será la primavera — dijo Amanda. 

— Yo lo que decía de Ricardo es que…no sé…me gusta su personalidad…es tan buen mozo… — se justificó Elisa. 

— ¿Tan buen mozo? — dijo Elena — ¿Con esa nariz que tiene? Aparte es viejo, tiene cerca de setenta años. 

— ¡Qué va a tener setenta! — lo defendió Elisa — Tiene sesenta y tres.— 97 — 

— ¿Sesenta y tres — dijo Elena — con todo el pelo blanco? Parece que tuviera más. 

— ¿Por qué no cambiamos de tema? — interrumpió la líder, molesta por las bromas y viendo que la charla personal se prolongaba —¿Vos leíste algún libro para hoy, Amanda? 

— Sí, estoy leyendo un libro. 

— ¿Qué libro? — preguntó Elisa. 

— Se llama La revolución y el estado. 

— Ah…La revolución y el estado — repitió Elisa — ¿Y es fácil? 

— Más o menos. 

— ¿Qué dice en general? — preguntó la líder. 

— Bueno, todavía no lo entendí mucho — dijo Amanda — Tengo que hablar con mi “contacto teórico” para discutirlo. 

— Sí, a mí me pasa lo mismo — dijo Elisa — es difícil entender. 

— Yo tengo más experiencia que Uds. — las estimuló la líder — van a ver que después se hace más fácil. 

— Será lo que una ha ido tan poco a la escuela — se justificó Elisa — toda la vida lavando platos. Yo no sé cuántos libros habré leído antes de estos, me refiero a novelas. Creo que leí una o dos novelas cuando era chica, pero después no. 

— A mí siempre me gustó mirar la televisión, los teleteatros — dijo Amanda. 

— A mí me encantan los teleteatros, ¡son mi pasión! — exclamó Elisa — ¿se acuerdan de “María’? 

— Sí, la sirvienta que llegó del interior a la capital y se casó con el señor de la casa — dijo Elena. 

— Sí, ¡qué romántico! 

— Yo siempre lloraba cuando lo veía — aseguró una señora del grupo. 

— Esos teleteatros son conservadores — dijo la líder. 

— ¿Conservadores? ¿Le parece? — dijo una señora. 

— Sí, la sociedad está dividida en sirvientes y señores. 

— Y así es la realidad — notó Elisa.— 98 — 

— Pero nosotras nos rebelamos contra eso — afirmó Norma, el contacto de Elisa que ayudaba a la líder en la reunión. 

— Claro, ¡qué injusticia, no! — trató de arreglar la situación Elisa — Toda la familia de él estaba en contra de ella porque era sirvienta. 

— Aunque al final triunfó el amor — dijo una señora. 

Un hombre apareció en la puerta de la sala e hizo señas a la líder. La señora salió por un momento. Las mujeres aprovecharon para conversar entre ellas. 

— ¿Cómo van las cosas con tu esposo? — preguntó Amanda a Elisa en voz baja. 

— Más o menos…mucho no hablamos, pero van bien. 

— ¿Le dijiste al final que venís al Partido? 

— Oh no, no quiero tener problemas con él — contestó Elisa. 

— A veces es importante enfrentar los problemas — dijo Amanda. 

— Sí, pero yo pienso en mis hijos. 

— ¿Y? 

— No sé, no quiero pelearme con Juan, andá a saber lo que es capaz de hacer, por ahí me echa de casa. 

— No tengás miedo, andá con la verdad. 

— Es que vivimos tantos años juntos — explicó Elisa — Yo creo que no sabría qué hacer si una mañana me levantara y no hubiese nadie a quien servirle el café con leche, ni camas para arreglar, ni una casa para limpiar. Es como parte de mí, ¿me comprendés? 

— Sí, te entiendo, yo también he luchado contra eso — le confió Amanda. 

— A veces pienso que es algo que está dentro mío y es tarde para cambiar – dijo Elisa — Hago lo que puedo, pero es difícil. 

La líder regresó a la sala y siguieron con la conversación política. Un rato después llegó Ernesto a la sala donde estaban reunidas. 

— ¡Hola, mamá! ¿Cómo les va camaradas? — las saludó. 

— Bien, Ernesto — contestó la líder — qué gusto verte. 

— ¿Vienen a la charla? — las invitó. 

— ¿Qué charla? — preguntó su madre.— 99 — 

— Ricardo va a dar una charla. 

— ¿Cuándo, ahora? — dijo una señora. 

— Sí, ya están todos reunidos en el salón. 

— Bueno, ¿vamos entonces? 

— Sí, vamos — admitió la líder — Las charlas de Ricardo son siempre muy importantes. Podemos continuar nuestra discusión mañana. 

Cuando entraron en el salón la charla estaba por comenzar. Ricardo aguardó a que se sentaran todos. 

“Ricardo va a hablar — pensó Elisa — ¿Qué me quisieron insinuar esas dos? Tienen la mente bastante sucia. Creo que querían hacerme confundir, como si yo fuera cualquier cosa y mirara a los hombres con ojos de…no sé…, soy una mujer casada ¿no?...qué pensaría mi hijo si se enterara de que su madre se fija en los hombres…como hombres…, no, eso lo hace una mujer cuando es joven, para eso se es joven alguna vez. Yo soy una mujer madura, tengo cincuenta y tres años… Una a los cincuenta y tres años no está muerta, todavía me quedan muchos años por delante. Espero ver a mis hijos adultos, y tener nietos, poder llevarlos a la plaza y que me digan abuela, tener una vejez feliz, pero el amor…eso es para la juventud, ¿cómo voy a estar enamorada?” 

En ese momento Ricardo empezó a hablar. Tan ensimismada estaba Elisa en sus propios pensamientos, que no prestó atención a lo que él decía; solo escuchaba, como una caricia, el metal de su voz. 

“Ay, me parece que a todas las mujeres nos pasa lo mismo — se dijo — cuando Ricardo habla, como ahora, en lugar de escuchar lo que dice nos dejamos acariciar por su voz, y eso que tiene sesenta y tres años, ¡me imagino lo que habrá sido a los treinta! ¡Si yo lo hubiera conocido a él en vez de a Juan!... pero…¡qué fantasías terribles tengo! 

No sé si alguna vez podré ser una buena comunista, me acuerdo lo que pasó cuando se llevaron a Ernesto y me parece que fue un — 100 — 

sueño, yo era tan fuerte, tan decidida…después…en fin…Creo que tengo miedo de ser la mujer que fui aquella noche, tengo miedo de dejar de ser la Elisa de siempre, por eso a veces pienso que para mí ya es tarde para cambiar. 

Si yo fuera como Ricardo, decidida… Seguramente él estuvo en el Partido desde joven. Si tuviese una educación como la de él a lo mejor sería diferente, pero…¿qué culpa tengo?, me tocó ser mujer, mi única escuela fueron los consejos de mi madre…No quiero ponerme triste… después de todo nos llevamos bien con Juan; es cierto que no hablamos, o que hablamos poco y cuando hablamos decimos siempre lo mismo, pero esta es la forma que ha tenido la vida para nosotros, por eso nos entendemos, porque está todo sobreentendido, como en una ceremonia que uno realiza para estar tranquila con su conciencia, yo como madre, él como padre, los hijos como hijos, las cosas cambian poco a poco y así todo sigue igual…¿Por qué tengo miedo, miedo de ser yo?” 

Mientras ella pensaba en su vida, Ricardo hablaba, procurando convencer a sus oyentes con sus razonamientos; Elisa se dio cuenta de su aislamiento. 

“¿No ves?, ahora Ricardo habla, Elisa, y vos no prestás atención — se dijo, dirigiéndose a sí misma como si fuera otra — ¿por qué hacés esto?, ¿por qué no abrís tus oídos, tus ojos y tu corazón al mundo? Estás viva, ¿te das cuenta, Elisa?, estás viva…¡Ay, qué tonta soy, cómo me gusta soñar y hablar conmigo misma! Ah, en el fondo me parece que todavía soy una niña, aunque sea madre de dos hijos grandes.” 

Elisa reaccionó y se puso a escuchar el discurso de Ricardo. 

—…por eso sostengo esta posición, camaradas, y por eso he trabajado durante tantos años para poder construir un partido de masas; ahora mi esfuerzo está dando sus frutos — dijo con persuasiva vehemencia — Nuestro Partido crece más y más. Diariamente aumenta nuestra influencia en los círculos democráticos. Están, sin embargo, aquellos ultraizquierdistas que dicen que eso es antimarxista, ¡pero nosotros hemos leído bien la polémica del Partido Comunista Ruso de 1926 entre — 101 — 

Trotskismo y Leninismo, cuando muchos dirigentes se opusieron al fraccionalismo y criticaron el ultraizquierdismo de Trotsky! Durante toda mi vida he luchado contra aquellos que declararon que era imposible construir el socialismo en un solo país, aunque ese país tuviera tantos recursos naturales como Rusia; y he luchado también contra aquellos que quisieron identificar nuestro Partido Comunista con el Partido Comunista Ruso: nunca seremos un Partido Comunista simplemente al servicio de Moscú, nuestro Partido Comunista está al servicio de nuestro país. Yo sé inclusive que dentro de nuestra organización están aquellos fraccionalistas que no creen que nuestro Partido deba transformarse en un partido de masas. Renunciar a esa posibilidad es estar ciegos, es ser liquidacionistas, es renunciar a la revolución. Nosotros, como bolcheviques, siguiendo el gran ejemplo ruso, nunca permitiremos que esos pocos terroristas destruyan esta gran posibilidad de que nuestro Partido se transforme en un partido de masas, y tenga cada vez más influencia dentro del gobierno burgués. Queremos tener un Partido que pueda proponer leyes que avancen los derechos y las conquistas de los trabajadores; atraer nuevos miembros, que nos den más influencia, más poder político; obligar a la burguesía a aceptar nuestras reformas democráticas, con la absoluta seguridad de que esa burguesía, en su decadencia y en su crisis, no podrá soportar ni mantener la estructura capitalista de poder. Debemos mantener la paz y esperar a que se destruyan a sí mismos. 

Un joven militante levantó su brazo. 

— ¡Pido la palabra, camarada! — dijo, interrumpiéndolo. 

— Sí, como no — admitió Ricardo — ¿qué quiere decir? 

— Si bien todos desearíamos dentro del Partido tener muchos miembros, me pregunto si no es una ilusión confiar en el gobierno burgués y cruzarnos de brazos a esperar que la burguesía se autodestruya, cuando la burguesía no se ha destruido a sí misma en dos guerras mundiales, y antes de destruirse a sí misma está dispuesta a destruir al comunismo y a destruir a Rusia. ¿No nos está dirigiendo por un camino equivocado?— 102 — 

— Le contesto que no, compañero — replicó Ricardo con firmeza — Una de las tácticas del Comunismo Internacional fue formar bloques temporales con la burguesía: los Frentes populares, para adelantar así la lucha de las masas. Gracias a eso el Partido Bolchevique pudo llegar a ser lo que es actualmente: el Partido dirigente de una de las potencias militar y políticamente más fuertes del mundo… 

Doña Elisa escuchaba con atención, pero el argumento le resultaba excesivamente complejo. 

“Ay, me resulta tan difícil entender todo esto — se dijo — cuando Ricardo habla de las masas, claro, yo creo que está bien que el Partido sea un Partido de masas, de todo el pueblo…pero cuando habla de influenciar al gobierno de la burguesía, yo no sé…¿para qué quiere que lo influenciemos? ¿y cómo lo podemos influenciar?... En fin, yo de todo esto no comprendo mucho todavía, puede ser que, como dice Amanda, con el tiempo tenga mi evolución política; mientras tanto es mejor que escuche y no dé mis opiniones.” 

Cuando la charla terminó las mujeres salieron del salón. 

— ¿Qué les pareció la charla, chicas? — preguntó Amanda. 

— A mí me gustó — dijo Elisa, tratando de demostrar que había entendido — él siempre es el mismo, ¿no?, tan decidido, con esos razonamientos directos, ¡convence a cualquiera! 

— Pero vieron que hay varios que no están de acuerdo con Ricardo — dijo otra. 

— Sí, es lo que parece — convino Amanda — Cuando ese camarada pidió la palabra me pareció que Ricardo estaba un poco nervioso. 

— Bueno, a lo mejor estaría cansado — lo defendió Elisa — Ricardo es un hombre de edad, Uds. saben. 

— En fin, nos vemos mañana, chicas — se despidió Amanda. 

— Sí, yo también me voy a mi casa, tengo que preparar la comida a mi esposo — dijo Elisa — Mañana no sé si vengo, pero volveré pasado mañana seguramente.— 103 — 

— ¿A la misma hora? — le preguntó Amanda. 

— Sí, a la misma hora — respondió Elisa. 

— Tratá de repasar el libro y anotá si tenés preguntas — le pidió Norma. 

— Sí, lo haré — dijo Elisa. 

Elisa se acercó a su hijo que estaba conversando con un camarada. 

— Me voy a casa, Ernesto — le dijo. 

— Bueno, mamá, nos vemos más tarde. 

— Recordá que si papá te pregunta algo, vos hoy no me viste. 

— Sí, mamá — le aseguró su hijo — no te hagás problemas. 

— Hasta luego. 

— Hasta luego, mamá. 

“Otra mentira más a Juan — se dijo Elisa, mientras caminaba a su casa — espero que no se dé cuenta que vengo al Partido, qué pensaría de mí. Debe estar rabioso lo que vuelvo tan tarde, pero tengo derecho.”— 104 — 

Cuando llegó a su casa encontró a su esposo en la cocina, leyendo el diario. 

— Hola Elisa — la saludó. 

— Hola Juan. 

— ¿Dónde estabas? — interrogó él. 

— Estaba en casa de Amanda. Te dije que iba a verla. 

— ¿Amanda — dijo su marido, con desconfianza — la señora que conociste en el Supermercado? 

— Sí, la señora que conocí en el Supermercado. Trabaja allí. 

— Ah… — dijo Juan, observándola con severidad — Pero no hay nada para comer, Elisa. 

— Voy a hacer algo ahora — dijo ella, abriendo la puerta de la heladera. 

— Para mí no hace falta — dijo malhumorado su esposo — Yo ya comí un sánguche. 

— Bueno, mejor para vos — reaccionó con disgusto Elisa — No me gusta que me hagas este tipo de recriminaciones, yo también tengo derecho a salir. 

— No son recriminaciones, pero vos nunca has sido así. 

— También tengo derecho a tener amigas — estalló Elisa — Ahora mis hijos son grandes y ya no me necesitan como antes. He sido toda mi vida esclava de la casa. 

— Pero si yo estoy el día entero en la fábrica y toda la familia trabaja, alguien tiene que arreglar la casa y preparar la comida — rezongó su esposo.— 105 — 

— Si todos colaboraran un poco, yo podría hacer las tareas de la casa en poco tiempo, pero si todos los días me dejan la casa patas para arriba… 

— Sabés que por la mañana tenemos que salir corriendo y no podemos andar ordenando mucho. 

Elisa no contestó. Juan se acercó a ella. 

— Te veo cambiada, Elisa — le dijo. 

— Tal vez, pero he cambiado para bien — le respondió sin atreverse a mirarlo — Yo a vos no te critico ni te saco nada; tenés tus amigos, vas al bar, bueno…yo también tengo derecho a tener una amiga. 

— Sí, yo no digo lo contrario — dijo Juan, sorprendido por la respuesta de su mujer. 

— ¿Y entonces? Todo está perfectamente, en orden — dijo ella, nerviosa. 

— Bueno — se conformó Juan.— 106 — 

Una noche, finalmente, poco después, Elisa decidió hablar con su esposo y contarle que asistía con su hijo a las reuniones de su grupo político. No quería mentirle más. Juan reaccionó con disgusto, pero comprendió que era mejor no oponerse abiertamente a los deseos de su mujer. No quería enemistarse aún más con Ernesto. Ya bastante tensa estaba la relación entre los dos. La dejó pasar, al menos por el momento, como una actividad que hacían en común la madre y su hijo. 

Pasaron los días, y aunque las dificultades de Elisa para comprender las complejidades de la política marxista continuaban, se sentía cómoda con la gente del Partido. 

La admiración de Elisa por Ricardo, el avezado dirigente, había ido en aumento. Asistía regularmente a las reuniones y debates, y su figura se hizo familiar para sus camaradas. Un día Amanda le dijo que Ricardo quería hablar con ella; no la iba a ver en la oficina del Partido, se iban a encontrar en un café. Elisa quedó muy intrigada. 

“Amanda dice que Ricardo quiere hablar conmigo — pensó — ¿Le habrá dicho algo de mí Amanda? Yo sé que se trata de una conversación política, pero así y todo me pone nerviosa. Capaz que me pregunte sobre mis problemas con las lecturas, ¿quién le habrá ido con el cuento? Si las cosas fueran solamente prácticas sería más fácil…yo para aprender de los libros no sirvo. Pero después de todo — reflexionó, dándose confianza — es un honor que Ricardo quiera hablar conmigo, eso significa que me tiene — 107 — 

en cuenta. ¡Voy a estar de nerviosa! ¿Por qué será que me citó en el café y no en la oficina del Partido? Seguro que no me quiere hacer pasar calor, porque esas mujeres del Partido tienen unas lenguas…”— 108 — 

A la hora indicada, Elisa se dirigió al café. Ricardo ya la estaba esperando. Después de saludarla, la hizo sentarse. Se acercó el mozo. 

— ¿Qué quiere tomar, Elisa? — le preguntó Ricardo con cierta formalidad. 

— Quiero café, por favor. 

— Otro para mí — dijo Ricardo al mozo. 

El mozo se retiró y Ricardo permaneció un momento en silencio. 

— Qué gusto poder hablar con vos — le dijo él, finalmente — Siempre vengo a este café para leer diarios, o simplemente para descansar un poco. 

— Para mí también es un gusto. ¿Así que Ud. viene siempre aquí? 

— Por favor, Elisa — la interrumpió Ricardo, con suavidad — no me trates de Ud. 

— No sé — dijo ella, algo desconcertada — como Ud. es uno de los dirigentes. 

— Decime simplemente Ricardo. 

— Gracias. 

Ricardo bebió su café en silencio. 

— Elisa… — dijo luego, como tomando tímidamente una decisión. 

— Sí… — dijo ella, que aguardaba impaciente. 

— Yo te invité aquí al café porque he notado que está pasando algo raro entre nosotros…yo no sé si los dos somos conscientes de la situación o comprendemos esto que está sucediendo. — 109 — 

— No sé — dijo Elisa, defensiva — ¿qué quiere decir? 

— Quiero decir que he observado una atracción muy extraña entre nosotros dos, o, al menos yo, cuando estoy cerca de vos, me siento diferente, me conmuevo, y me parece que a vos te pasa lo mismo. A veces, en las charlas, tengo la sensación de que me mirás de una manera especial y, cuando yo hablo, descubro que hay en vos como una vibración… 

— Ricardo, por favor, qué dice… — balbuceó Elisa, bajando la vista. 

— Elisa — continuó, apasionado, Ricardo — no te avergüences, no somos dos niños. Y aunque pudieran decir que somos dos viejos, creo que todavía tenemos derecho a hablar de nosotros, a decir yo, a decir yo siento, yo siento algo por vos, Elisa… 

— Ay, Ricardo, nunca soñé que vos me podrías decir todas estas cosas; no sé, me siento tonta… 

— Elisa, yo soy viudo, y tengo como vos sabés sesenta y tres años. Yo siento Elisa que vos sos una mujer distinta — dijo Ricardo, tomándole la mano. 

— Ricardo, yo no sé si está bien hablar de esto — dijo ella, dejando su mano entre las de él — Vos sabés, tengo cincuenta y tres años y soy casada…mis hijos ya son grandes, no está bien que muestre este sentimiento que me avergüenza… 

— Puede ser que en el fondo yo necesite alguien como vos — dijo Ricardo. 

— Pero no tengo nada de especial, Ricardo. 

— Sos una mujer sencilla, Elisa, pero buena y valiente, y todos te aceptamos y te queremos…porque hay en vos mucha ternura y coraje, porque no tenés miedo…y esto es muy importante. 

— No es cierto, Ricardo, si supieras todos los miedos que tengo. Los miedos me dominan. Muchas veces pensé que podía llegar a estar cerca tuyo y hablarte, pero nunca soñé que vos alguna vez me ibas a decir todas las cosas hermosas que me decís…Nunca me las habían dicho antes, me siento tan bien…— 110 — 

— Elisa — dijo Ricardo con dulzura — no estoy cómodo hablando en este café; no sé, me parece que esto es demasiado privado, demasiado íntimo, que los demás nos están observando, desnudando. ¿Podemos ir a casa y tomar una copa allí…y seguir conversando…? 

— No sé…no sé, Ricardo…no sé que decirte — balbuceó Elisa — me siento extraña, rara. 

— ¿Por qué, Elisa? — la persuadió él — No va a pasar nada que no deseemos, ¿somos nosotros, no? 

— Sí, claro — respondió Elisa, comprendiendo lo absurdo de su aprehensión — Está bien, vamos. — 111 — 

Ricardo vivía en una casa vieja. Entraron. Atravesaron el zaguán y pasaron a una sala que tenía las paredes descascaradas. Él la invitó a sentarse en un sofá. 

— ¿Qué querés tomar, Elisa — le preguntó — whisky, coñac, ginebra? 

— No sé, algo fuerte, Ricardo. 

— Puede ser…¿naranjada con ginebra? — sugirió él. 

— Sí, con mucha naranjada , que no me gusta el alcohol. 

— Entonces, si no te gusta, ¿por qué no tomás naranjada sola? 

— No, no, el alcohol me ayuda a ser fuerte — afirmó Elisa. 

— Bueno Elisa, como quieras — dijo Ricardo, preparándole el trago. 

Ricardo le entregó el vaso y se sirvió un whisky. Después se sentó en el sofá junto a ella. 

— Voy a poner un poco de música — dijo enseguida — así nos sentimos más cómodos…qué música te gusta, a ver…¿querés que ponga un disco de la orquesta Boston Pops? 

— ¿La Boston Pops — dijo Elisa — te referís a eso como música clásica? 

— Sí, es como música clásica. 

— Ay no, Ricardo, no me gusta la música clásica. 

— Bueno, a ver…¿te gusta Frank Sinatra? 

— ¡Sí, adoro a Frank Sinatra! — exclamó Elisa — sobre todo esa canción “Extraños en la noche”. 

— Ah, yo tengo ese disco, lo voy a poner.— 112 — 

La música romántica llenó fácilmente el ambiente; Ricardo apagó la luz de la sala y encendió una pequeña lámpara. 

— Ricardo… — dijo ella — ¿no te parece que…hay poca luz? 

— No…Elisa… — dijo él, acercándose más a ella — ¿por qué no abandonamos todas las defensas y los miedos, y nos dejamos ser por un rato? 

— No sé si puedo, Ricardo…no sé si puedo ser yo…hace tantos años que soy alguna otra cosa…o la madre…o la esposa… 

— Ahora quiero que seas Elisa…para mí — dijo Ricardo, con un tono de voz dulce y sensual, y le pasó el brazo por el hombro. 

— ¿Y quién es Elisa? — preguntó ella, con inocencia. 

— Vamos a descubrirlo juntos — dijo el hombre — yo te voy a ayudar…Elisa es la mujer que condujo la marcha a la Comisaría la noche que secuestraron al hijo, Elisa es también la mujer que dirigió a sus compañeras y compañeros hacia la fábrica… 

— Yo no los dirigí a la fábrica, Ricardo, eso lo decidimos entre todos, de común acuerdo… 

— No importa, pero ¿te das cuenta que además de la persona que sos siempre, hay también en vos otra Elisa? 

— Ricardo… — dijo ella, muy tierna. 

— ¿Qué? 

— Por favor, no me hagás pensar, no quiero pensar. 

— Está bien. Dame la mano, Elisa. 

Ella puso su mano entre las de él y Ricardo la atrajo hacia sí y la abrazó contra su pecho. 

— Sí…abrazame…Ricardo, te quiero… 

— …Elisa… — balbuceó Ricardo al escuchar esa palabra — ¿sabés lo que estás diciendo? 

— Ay, no sé, Ricardo…yo siento esto ahora…soy una mujer casada, no lo tomés en serio. 

— No importa, Elisa. Al menos podemos vivir este momento. 

— Sí, sí… 

Él la besó tiernamente. Ella cerró sus ojos y se dejó acariciar.— 113 — 

— Elisa… 

— ¿Sí? 

— Quiero que seamos el uno del otro. 

— ¡Ricardo, me da vergüenza! 

— No digas eso, Elisa. 

— Te vas a reír de mí — aseguró ella, abrazándose a su cuello. 

— ¿Por qué? — dijo él, muy serio. 

Ricardo pasó sus manos por debajo de la ropa de ella. 

— No sé…no, por favor — dijo Elisa, echándose sobre el sofá —… apagá la luz. 

— Vení, vamos al dormitorio — dijo Ricardo, levantándose y llevándola de la mano. 

— Ay… — se resistió. 

— Vení, vení… 

Entraron al dormitorio. Abrazados, cayeron suavemente sobre la cama. Ricardo comenzó a quitarle el vestido. 

— Dejame, dejame que te saco la ropa — le dijo — así…poco a poco. 

— ¿Qué va a pensar mi familia si se entera? — dijo Elisa, dejándose hacer. 

— Tu familia nunca se va a enterar. 

— ¿Qué va a pensar mi esposo? — dijo, abrazándose a Ricardo — Mi esposo me mata. 

— ¡Por favor, Elisa…na—die—lo—va—a—saber…! ¿Podemos disfrutar de un rato juntos? 

— Sí, pero ¿y después? — dijo ella, agitada. 

— ¿Y después qué? — la persuadió Ricardo — Después lo hablamos. 

— Yo no sé si mañana te voy a poder mirar a la cara…Si te miro, creo que todas las chicas en el Partido se van a dar cuenta… 

— ¿Te parece? 

— Mirá — se quejó ella — si ya todas me cargaban y se reían de mí diciendo que yo te miraba demasiado.— 114 — 

— Bueno, pero vos sabés que en el Partido hay muchas a las que les gusta chimentar. 

— …¡besame! — pidió Elisa. 

— ¡Elisa…! Elisa… — clamó Ricardo, besándola apasionadamente. 

— ¿Te puedo sacar la ropa yo también? 

— Sí… 

— Despacito… — dijo Elisa, mientras le desprendía los botones de la camisa y de los pantalones y lo acariciaba. 

Terminaron de quitarse la ropa. Después se abrazaron los cuerpos desnudos. 

— …no enciendas la luz, eh… — le pidió Elisa, temiendo que él viera su desnudez — no enciendas la luz que me muero de la vergüenza. 

— Acariciémonos…así… — dijo Ricardo, recorriendo con sus manos sus pechos blandos y sus abultadas caderas. 

— …ah…ah…Ricardo…sí…sí…acariciame así…. — exclamó Elisa, con placer. 

Él llevó la mano de ella hacia su pene. 

— …¿me sentís, Elisa? 

— …sí, Ricardo — dijo Elisa, apretándolo con su mano temblorosa — qué terrible… 

— Hacía tanto tiempo que no tenía estas sensaciones… — confesó Ricardo. 

— …ay, qué duro estás, Ricardo. 

— Besame — pidió él. 

— Sí, te beso. 

Elisa lo abrazó y lo besó profundamente en la boca. 

— No, Elisa, en la boca no… — dijo Ricardo — besame abajo… 

— ¡Ricardo, por favor, nunca lo hice antes! — exclamó. 

— Yo te beso a vos y te muestro…y vos me besás a mí… 

— …Ricardo!... 

— Así, mirá… 

Ricardo invirtió la posición y sumergió su cabeza entre las piernas de ella. Apartando las carnes, lamió la bulba húmeda de Elisa.— 115 — 

— …ah…ah…ah…Ricardo… — exclamó ella, con placer. 

— Ahora besame vos a mí… — le pidió él — mirá, la tenés en frente de tu boca, dura. 

Elisa aprisionó su pene suavemente y se lo llevó a la boca, primero con cautela, pero enseguida perdió la inhibición. 

— Ay, sí…mmh…mhh… 

Jugaron por un rato, él abrazando las piernas de Elisa, besando los pliegues blandos de su cuerpo, acariciándole la bulba; ella, succionando largamente el miembro de Ricardo, aprisionando sus testículos, hundiendo todo entre sus pechos. 

— Elisa — la llamó. 

— ¿Qué, amor? 

— …dejame que encienda la luz… 

—…no, no Ricardo, no — se alarmó ella. 

— Dejame que encienda la luz… — volvió a pedirle — quiero ver nuestros cuerpos desnudos. 

— …no…Ricardo… 

— Sí, no tengás miedo de la desnudez. 

— Pero es que mi cuerpo es tan feo… — dijo ella con desconsuelo — ¡soy gorda! 

— No importa, a mí me gusta igual — afirmó Ricardo — ya está… ahora la enciendo. 

Ricardo extendió la mano hacia el velador y encendió la luz. 

— ¡Ay! 

— ¿Ves?, no somos tan feos — dijo Ricardo. 

Se miraron con detenimiento. Él observó el cuerpo gastado de Elisa, los pliegues de sus caderas, su abdomen abundante y caído, sus pechos grandes, agrietados y sin firmeza. El cuerpo de Ricardo, al contrario del de ella, era de una flacura extremada; sobre su tórax, la piel seca, apergaminada, se hundía entre las costillas; las bolsas fláccidas de sus testículos caían entre sus piernas. 

— No somos tan feos — repitió Ricardo — invirtiendo la posición de su cuerpo y poniéndose frente a ella.— 116 — 

— Bueno…vos porque sos delgado — le dijo ella. 

— ¿Delgado?...mirá…soy puro hueso… 

— No digas eso — lo consoló Elisa. 

— Sí, todos me dicen que soy pura nariz y huesos… 

— ¡Ay, Ricardo, qué risa! — dijo Elisa, divertida — Pero mirá yo, mirá todas las carnes que tengo, toda la grasa, y aquí…¿ves? en las piernas, se me forman pocitos… 

— Bueno — dijo él, galante — pero tus senos no tienen pocitos. 

— ¡Andá, están todos ajados, mirá cómo se caen! 

— Estás bien conservada, Elisa, pensá que no somos chicos — la consoló Ricardo. 

— ¡Ricardo! — dijo ella, abrazándose a su cuerpo. 

— Elisa, ¿te parece…te parece que podemos terminar? 

— ¿Terminar? 

— Sí…gozar… 

— No sé… — dijo ella, confundida — ¿qué querés decir?...vos podés hacer lo que quieras. 

— Bueno, pero vos también. 

— ¿Yo también qué? — preguntó Elisa. 

— Vos también podés llegar al orgasmo. 

— ¿Al orgasmo? 

— Sí, mirá, yo te toco…¿ves?...así… — dijo él, apoyándole la mano entre las piernas e introduciendo los dedos en la vagina. 

— Ay…no me toqués… 

— Sí, te quiero mostrar…ves… — dijo él, recorriendo la vagina con los dedos — ahí vos sentís el orgasmo…es el clítoris. 

— ¿El quítois? 

— Clítoris. 

— Clítoris — repitió correctamente Elisa. 

— Sí, entonces podemos llegar al orgasmo…¿vos llegás al orgasmo, no? — preguntó Ricardo. 

— …¿qué querés decir? — preguntó ella, que no entendió el término.— 117 — 

— Quiero decir una excitación que te deja satisfecha…y el cuerpo se te contrae todo, y vos gozás. 

— Ah, no sé, yo así nunca gocé — dijo Elisa. 

— Pero…¿y qué hacés con tu marido? — se aventuró a preguntar Ricardo. 

— Bueno, de noche…él se pone encima mío…y…y yo me abro de piernas…y él…se mueve…hasta que empieza a hacer aah, ah, ahh…¡y ya está!...eso… 

— ¿Nada más que eso? 

— Sí…¿no te parece normal? — dijo Elisa. 

— Pero… — preguntó Ricardo sorprendido —¿y en tu vida no hiciste otra cosa? 

— No, mi marido dice que las mujeres decentes no hacen otra cosa… las que hacen cosas raras en la cama son las…las locas…las mujeres de la vida… 

— ¿Pero me querés decir que nunca hiciste antes lo que nosotros hicimos recién? — dijo Ricardo admirado. 

— ¡No, por favor, no me hagás pensar en eso — exclamó Elisa, cubriéndose la cara con las manos — que ya siento que soy una cualquiera! 

— Elisa…Elisa… — susurró Ricardo, enternecido por el gesto de pudor — ¡cómo me gustás! 

— Ay…Ricardo, ay…sí…vení encima mío…ah…sí… — lo llamó, súbitamente excitada, deslizando el cuerpo de él sobre su cuerpo. 

Elisa se abrió de piernas. Él dejó correr su viejo miembro, algo blando, dentro de su vagina. El roce de las partes húmedas creaba un sonido áspero y desagradable. De pronto él tuvo como un temblor y consiguió mover su cuerpo un poco más rápidamente. 

— ¿Me sentís, Elisa? — le preguntó. 

— Sí…sí…¡cómo te siento! — dijo ella, encogiendo y estirando las piernas. 

— Ah…Elisa, Elisa…estoy cerca — exclamó Ricardo con la voz pasmada, experimentando suaves contracciones — ah…ya me voy a venir…ah…sí…— 118 — 

Cuando Elisa regresó a su casa era cerca de medianoche. Al ver a su marido, que la esperaba levantado, la invadió la angustia y sintió como un nudo que le cerraba la garganta. 

— Hola, Elisa. Qué tarde que llegás… — le recriminó su esposo. 

Elisa no pudo responderle. 

— ¿No me contestás? — insistió él. 

— Sí, es un poco tarde — consiguió articular Elisa. 

— ¿Estuviste en el Partido?... ¿Cómo van las cosas con los comunistas? 

— Van bien. 

— ¿Ya te lavaron la cabeza? — la mortificó Juan — Yo…no le digo a nadie que mi mujer es comunista, porque mirá…si los otros se enteran… me muero de la vergüenza. 

Elisa no dijo nada y trató de reprimir sus ganas de llorar. 

— Vos no sabés lo que hacen los comunistas en la fábrica… — la atacó su esposo — por culpa de ellos se pierden todas las huelgas…Primero, mi propio hijo se hace comunista, y ahora, por desgracia, mi mujer…Los rojos son un cáncer… 

— ……………. 

— ¿No me vas a hablar hoy? 

— ……………. 

— No hacés nada de comer, venís tarde, y encima no me hablás… 

Elisa no aguantó más y se echó a llorar. Su cuerpo se sacudió, convulsionado por el llanto. 

— ¿Y por qué llorás, a ver? Decime ahora que yo te hago llorar, que es culpa mía…porque aquí parece que los hombres siempre tenemos la — 119 — 

culpa de todo…si las mujeres están oprimidas, si las mujeres sufren… ¿quiénes tienen la culpa? ¡los hombres, por supuesto, los maridos!...¡Ay, Dios mío! 

El llanto de Elisa se hizo más desconsolado. Se sentó, se cubrió la cara y continuó llorando por un largo rato. — 120 — 

Durante los días siguientes Elisa estuvo muy decaída. Su hijo lo notó, y, preocupado, decidió hablarle. 

— ¿Qué te pasa, mamá? — le preguntó una noche, después de la cena — Te veo tan deprimida. 

Elisa no supo qué contestarle. 

— ¿No me querés decir?...está bien… — aceptó Ernesto, resignándose. 

Finalmente Elisa se decidió a hablar. 

— Sí, tenés razón, será mejor que te cuente, después de todo sos el único que me comprende. 

— Contame, mamita. 

— Hijo, quisiera trabajar, terminar con esta vida que hago siempre… 

Ernesto la miró intrigado, esperando que continuase. 

— Pero lo que me tiene peor — siguió ella — es que pasó algo con Ricardo. 

La confesión tomó a Ernesto por sorpresa. 

— ¿Con Ricardo? — preguntó. 

— Sí — afirmó su madre — hay como una atracción entre él y yo. 

— ¿Te dijo alguna cosa? 

— El otro día tomamos café, y después fuimos a su casa y escuchamos música. 

— ¿Te hizo alguna propuesta sexual, intentó hacer algo? 

— No, no hijo, qué va a intentar, si somos dos viejos. 

— No, decía… — se disculpó Ernesto por su indiscreción — ¿sentís culpa?— 121 — 

— No sé que es — respondió Elisa — yo le dije que era mejor que no habláramos más en privado, pero después me puse a pensar qué distinta hubiera sido mi vida de haberme casado con un hombre como Ricardo, comprensivo, inteligente, la vida que hubiera podido tener y nunca tuve, y ahora ya es demasiado tarde… 

— No digas eso, mamá… — dijo Ernesto, conmovido por la confesión de su madre. 

— Sí, hijo, es demasiado tarde, y vos lo sabés muy bien, aunque lo niegues. 

— Mamá… 

— Después, cada vez que llego a casa, Juan me regaña porque voy al Partido, se queja porque no tiene su comida lista, dice que si alguien sabe que soy comunista se van a reír de él, me pregunta si me lavaron la cabeza. 

— ¿Para qué le dijiste, mamá? 

— Bueno, no podía seguir mintiendo y ocultando todo. A veces pienso que si viviera por mi cuenta y trabajara… 

— Si eso es lo que deseás, mamá — aceptó Ernesto. 

— Pero, ¿sabés lo que pasa? — dijo Elisa, debatiéndose consigo misma — yo a Juan lo quiero, a pesar de todo…me cansa, nos regañamos, pero lo quiero, aunque no sea el hombre más inteligente ni más bueno del mundo…yo no soy tan buena tampoco… 

— Vos sos la madre más buena del mundo — dijo Ernesto, con devoción. 

— Yo también tengo mis debilidades y mis defectos, Juan y yo hemos estado juntos toda la vida. Hay algo que lucha dentro mío, ¿entendés?, y no sé muy bien qué me pasa. ¿No es terrible?...tener casi cincuenta y cuatro años y no saber bien lo que una quiere… mejor estaría muerta… 

— Mamá, dejame que te ayude… — le pidió Ernesto — hay un muchacho en el Partido que es sicólogo, él te puede aconsejar. 

— ¿Sicólogo?, no, no, no quiero más ideas raras en la cabeza — se defendió Elisa.— 122 — 

— No te va a inculcar ninguna idea rara — le explicó Ernesto — te va a hablar, te va a ayudar a que te sientas mejor. 

— No tengo motivos para ir a uno de esos — dijo Elisa — Todavía no estoy loca. 

— Nadie dice que estés loca — trató de convencerla su hijo — No hay que estar loco para ir a un sicólogo. 

— ¿Cómo que no? ¿No es un médico de la cabeza acaso? 

— Mamá, te lo pido por favor, dame el gusto. Andá aunque sea una vez, te puede aconsejar, te puede ayudar, una vez sola aunque sea. 

Elisa suspiró apesadumbrada. 

— Está bien — dijo — pero lo hago porque vos me lo pedís. Una sola vez. 

— Es por tu bien, mamá, no te vas a arrepentir — le prometió su hijo. — 123 — 

Varios días después Ernesto le avisó a su madre que le había conseguido la entrevista con el sicólogo. Doña Elisa se presentó al consultorio a la hora de la tarde indicada; el sicólogo, un hombre de unos treinta y pico de años, la hizo pasar. 

Elisa le contó sobre su angustia y su malestar. 

— Me decía, Sra. — dijo el sicólogo, recapitulando — que se siente rara, tiene dolores de cabeza y a veces no puede dormir. 

— Sí… — corroboró tímidamente ella. 

— ¿Recuerda algún sueño, o fantasía, que haya tenido recientemente? — preguntó el sicólogo. 

— ¿Fantasía? — dijo, sorprendida, Elisa. 

— Sí — explicó él — ha pensado en ciertas cosas…en sexo, en ver a un hombre desnudo… 

— ¿Cómo dice? — preguntó, agraviada, Doña Elisa. 

— Sí, Sra., esas fantasías son muy comunes… 

— Yo tengo cincuenta y tres años, Dr. — dijo, enojada — Ya pensé en el sexo cuando tuve que pensar, ahora me dedico a mi casa y a mis hijos…y también al Partido. 

— Mire, señora, que la sexualidad comienza cuando estamos en el vientre de nuestra madre y termina cuando concluye nuestra vida — trató de convencerla el sicólogo. 

— No sé si lo entiendo bien. ¿Me está diciendo Ud. que entre la madre y su bebé pueden haber sentimientos sexuales? 

— Sí, Sra.— 124 — 

— Bueno, mire — dijo Elisa, escandalizada — aquí el que está mal de la cabeza es Ud. Yo jamás sentí ninguna atracción sexual por mi hijo, que me caiga muerta. 

— Señora, el sexo no solo es el sexo… — explicó el sicólogo — a veces una satisfacción, un roce, un contacto… 

— Le prometo que no vendré más a su consultorio para escuchar estas cosas — dijo Elisa, poniéndose rígida en la silla. 

— Señora, estoy tratando de ayudarla, y si traje a esta charla el tema del sexo es simplemente para hacerle comprender que muchas veces nuestras depresiones se originan en la insatisfacción de nuestros deseos, y los deseos sexuales son los deseos básicos, los más generales y amplios. Por favor, déjeme que la ayude…¿va a responder a mis preguntas? 

— Ya que es Ud. médico… — dijo ella, con despecho. 

— Gracias. 

— Le advierto que Ud., por la edad que tiene, podría ser mi hijo. 

— Ahora mi punto de vista es el del profesional, Sra. Por favor, trate de explicarme como fue su vida sexual con su marido durante sus años de casada. 

— Normal — dijo Doña Elisa, secamente. 

— Qué quiere decir con “normal”. 

— Como la de todas las mujeres. 

— La vida sexual de todas las mujeres no es igual. 

— Bueno, fue normal — repitió ella. 

— Explíqueme un poco mejor qué entiende por “normal”. 

— ¿Qué voy a entender por normal?, que hacíamos el amor como todas las parejas, si eso es lo que quiere saber — dijo, levantando la voz. 

— ¿Cómo hacían el amor? 

— Esa pregunta es insolente. 

— ¿Disfrutaba Ud. cuando hacían el amor? 

— Por supuesto. 

— ¿Cómo disfrutaba?— 125 — 

Elisa no aguantó más y se echó a llorar. 

— Por favor, no llore, Sra. — la consoló el sicólogo. 

El hombre aguardó un momento hasta que Doña Elisa se repuso. 

— Yo sé que no es agradable responder a todas estas preguntas — dijo con amabilidad — pero es importante que lo haga, por favor. ¿Hizo alguna vez el amor con alguien que no fuera su esposo? 

— No, nunca — estalló Doña Elisa, casi al borde de una crisis nerviosa — ¿por quién me toma, se piensa que soy una puta? 

— Por favor, Sra., por favor, tranquilícese, tranquilícese. Volvamos al asunto de las fantasías…¿tiene fantasías sexuales? 

— No — respondió secamente. 

— ¿Tiene vida sexual con su esposo actualmente? 

— No. 

—¿No? 

— No quiero responder más a estas preguntas — dijo Doña Elisa, levantándose — me quiero ir. ¡Ud. es un degenerado, me ha tomado por una cualquiera, me ha tomado por una de esas de la calle! 

— Estoy tratando de que se reconozca a sí misma, Sra. — dijo sinceramente el hombre — Ud. es la única que puede ayudarse. Yo puedo mostrarle el camino, pero si Ud. no quiere aceptar sus problemas y no trata de resolverlos para sentirse mejor, entonces yo no puedo hacer nada. Tiene que ser sincera consigo misma, reconocer sus propios deseos. 

— Mucho palabrerío — dijo Elisa, casi gritando — Ud. tiene la mente sucia. ¡Ustedes son los que hacen volver loca a la gente! 

— Está bien, Sra.… 

— ¡Buenas tardes! — dijo Elisa, dirigiéndose a la puerta y cerrándola de un golpe. — 126 — 

Elisa salió del consultorio del sicólogo muy ofuscada. Caminó por un rato sin dirección fija. Recordó que había quedado en encontrarse con Amanda, después de su visita al sicólogo, en la oficina del Partido. Ya era bastante tarde. Al entrar en el local le sorprendió ver el salón para asambleas lleno de gente. Amanda la estaba aguardando. 

— Elisa, al fin venís — dijo, al verla — Hay una Asamblea en el Partido, va a empezar enseguida. ¡Estás pálida! ¿Qué te pasa? 

— Mi hijo me hizo ir a uno de esos sicólogos porque estaba deprimida, pero mirá, esos tipos son lo peor que hay, manga de degenerados, me empezó a preguntar cada cosa sucia que se me revuelven las tripas de solo acordarme. 

— Son todos unos pervertidos — dijo Amanda — Mirá, si estás caída lo mejor es saber el futuro, que te lean las manos, yo conozco una mujer que es bárbara. 

— ¿Lee las manos? 

— Sí — afirmó Amanda – Es vidente. Te hace también la carta astrológica y te dice todo tu destino. A mí me dijo cuántos hijos iba a tener y la acertó, predijo que iba a encontrar trabajo y… 

— Está bien — la interrumpió, ansiosa, Elisa — hablando de trabajo, ¿podrás conseguir un empleo para mí en el Supermercado? 

— ¿En el Supermercado? Me parece difícil, están echando gente, pero puedo preguntar — respondió Amanda. 

Elisa se quedó en silencio. 

— Decime — insistió Amanda, volviendo al tema de la vidente — ¿querés que te lleve a lo de la mujer?, ella te va a ayudar. Si te sentís — 127 — 

mal te explicará por qué, y te dirá todo lo que podés esperar de la vida, ¡es fabulosa! 

— Sí, está bien — aceptó Elisa. 

— Ahora vamos a la Asamblea, que llegamos tarde — le pidió Amanda. 

— ¿Es importante esta Asamblea? 

— Parece que sí — dijo Amanda, bajando la voz — me soplaron que puede haber una división en el Partido. 

— ¿Ah, sí? — exclamó Elisa, asombrada. 

— Sí, ¿terminaste de leer el libro? 

— Qué voy a terminar — exclamó Elisa con fastidio — no pude leer ni una página. 

Cuando entraron en el salón, Ricardo había tomado la palabra. 

—…por eso les digo camaradas — exclamó con su voz viva y metálica — yo hace ya muchos años que estoy en el Partido y conozco la historia lamentable de las purgas estalinistas; sin embargo, hay algo que debemos reconocer a Stalin: su defensa heroica del suelo ruso, el Primer Estado Proletario, durante la guerra. 

— ¡Bravo! — gritó un hombre de edad, secundado por el aplauso de varios otros. 

— Gracias por los aplausos, camaradas — continuó Ricardo — eso me demuestra que entre nosotros, en esta sala, hay bolcheviques fieles al internacionalismo proletario. Las purgas estalinistas fueron un exceso que castigó la historia. Hay una segunda cosa positiva que tenemos que reconocer a Stalin: él fue quien comprendió la necesidad de construir el socialismo, aunque más no fuese, en un solo país, e indicó que era imposible sobrevivir si se intentaba atacar de frente al capitalismo; la lucha por la paz era y sigue siendo indispensable para debilitar al enemigo de clase; Rusia es cada vez más fuerte y el imperialismo norteamericano cada vez más débil. Nuestro Partido sigue luchando por alcanzar las libertades democráticas que pongan en la agenda del día la necesidad de la revolución proletaria: cuando todas las libertades democráticas burguesas se hayan alcanzado, la — 128 — 

revolución proletaria estará tan cerca que simplemente se impondrá con la misma inexorabilidad con que cae del árbol la fruta madura… 

Un grupo de camaradas jóvenes empezó a golpear sus pies contra el suelo, en señal de protesta, al escuchar esto. 

— ¡Podrida, no madura! — gritó uno de ellos. 

— …ya veo — prosiguió Ricardo, visiblemente alterado por la interrupción — que hay en nuestro movimiento político, por el cual yo he dado los mejores años de mi vida, aquellos que quieren sembrar la discordia y liquidar un Partido que se está transformando, poco a poco, en un Partido de masas… 

— ¡Reformista! — gritó un joven. 

—…me refiero — siguió Ricardo, sin inmutarse — a esos ultraizquierdistas que niegan la necesidad de conservar una paz formal con la burguesía, que quieren destruir la base de nuestras conquistas, y no se dan cuenta que tenemos que esperar hasta ser más fuertes antes de pensar en una verdadera revolución… 

— ¡Ehhh! ¡Uuhh! 

— …y tratar de presionar, mientras tanto, al gobierno burgués, que podría ser mucho más represivo que lo que es el actual en estos momentos. Esa alianza con la burguesía, camaradas, es simplemente táctica: el reconocimiento y la aceptación crítica de la política de los partidos burgueses tiene como objetivo poder preservar nuestra situación legal… 

El sector juvenil empezó a silbar. 

— …¿qué es lo quieren esos que silban — exclamó, furioso, Ricardo — pasar a la ilegalidad? Sería una táctica expresamente anti—marxista, como lo reconoció Lenín. Nada más. 

Terminada su intervención, los aplausos se mezclaron con los silbidos. Varios camaradas levantaron la mano, solicitando al moderador de la Asamblea el derecho a hablar. 

— ¡Pobre Ricardo, Amanda! — dijo Elisa a su amiga. 

— Va a hablar Ernesto. 

El moderador le había dado la palabra a Ernesto. — 129 — 

— El camarada ha descrito muy bien los años difíciles del Partido — afirmó, con convicción — el proceso estalinista y la fatalidad histórica que llevó a ese proceso. Sin embargo, muchos años han pasado desde entonces, y nuestro Partido sufre cada vez más de falta de internacionalismo. Yo tengo la impresión de que cuando el camarada hablaba de la revolución proletaria, de lo que estaba hablando en realidad era de la revolución burguesa… 

— ¡Bravo! — gritó un joven, inmediatamente seguido por el aplauso de un sector de la sala. 

— …porque el camarada no parece reconocer lo que realmente significa la revolución proletaria: la revolución del proletariado como clase, independiente. Cuando el camarada habla de partido de masas, lo que en realidad nos propone es sacrificar el programa revolucionario a los apetitos reformistas burgueses, crear una abierta colaboración de clases, lo cual significa, en términos prácticos, liquidar lo que el Partido tiene de revolucionario y transformarlo en un apéndice de los intereses de la burguesía… 

— ¡Tiene razón! 

— …y en una trampa mortal para la clase trabajadora. Hace ya muchos meses que existe esta diferencia programática dentro de nuestro Partido, y es fundamental en esta Asamblea que se vote para impedir que continúe esta línea reformista, esta revisión y desviación del programa bolchevique. 

— ¡Sí! 

— ¡La juventud del Partido está con vos, Ernesto! 

Un sector numeroso empezó a silbar y a golpear los pies contra el suelo. Ricardo demandó silencio. Quería contestarle a Ernesto. 

— ¿No ven, señores, que voy a responderle al camarada? — gritó, irritado, ante el desorden de la Asamblea. 

El moderador demandó silencio. 

— ¡Por favor, escuchen a Ricardo! — gritó. 

Ricardo esperó a que se callaran todos.— 130 — 

— Considero, camarada — dijo luego — que toda la sección juvenil del Partido ha ido demasiado lejos. Lo que Uds. dicen que es marxismo es en realidad sectarismo, y son Uds. los que amenazan el programa bolchevique, no nosotros. Yo creo que es mejor, para salvaguardar nuestro Partido, tomar una decisión: o bien los ultraizquierdistas reconocen su error, o pido que el Comité Central los expulse del Partido. 

El sector juvenil prorrumpió en gritos de repudio. 

— ¿Qué pensás, Amanda? — preguntó Elisa, atemorizada. 

— Yo no sé, esto parece muy grave — contestó Amanda, sin entender bien lo que pasaba. 

— ¿Y nosotras qué hacemos? — preguntó Elisa. 

— ¿Y qué vamos a hacer? 

El desorden de la sala continuaba, algunos miembros del sector juvenil intercambiaban insultos con los miembros de más edad. El moderador de la Asamblea trataba de calmar los ánimos. 

— Amanda, me quiero ir — dijo Elisa — no quiero ver como termina esto. 

— A mí no me gusta nada tampoco. Salgamos. 

Las dos mujeres se levantaron y salieron de la Asamblea, en momentos en que un miembro del Comité Central empezaba a hablar. 

— ¿Querés que vayamos a lo de la señora esa que te dije? — preguntó Amanda a su amiga, cuando ya estaban en la calle. 

— ¿La que lee las manos? — dijo Elisa. 

— Sí. 

— Bueno, vamos. — 131 — 

La casa de inquilinato donde vivía la vidente no estaba muy lejos. La mujer, una señora madura, con una mirada afiebrada y el pelo teñido de rubio, las hizo pasar a su cuarto, que había dividido en dos con una cortina de tela floreada. Se sentaron frente a ella. La vidente le pidió a Elisa que pusiera su mano derecha sobre una mesita y la estudió con detenimiento. Marcó cruces y señales con un bolígrafo de color rojo. 

— Su línea de la vida es muy larga, Sra. — dijo, convencida — Usted probablemente va a vivir hasta los noventa años. 

Elisa la miró con satisfacción. 

— Qué suerte, gracias. 

— No siempre vivir mucho es una suerte, Sra. — dijo, acercando la mano de Elisa hacia ella — Aquí veo algo significativo en el Monte de Venus: Ud. va a tener un encuentro amoroso muy importante en su vida. 

— ¿Voy a tener? — preguntó, con ansiedad, Elisa. 

— Bueno… — dijo la vidente, algo insegura — tal vez lo ha tenido hace muy poco…sucede durante su edad adulta, ¿cuántos años tiene Ud.? 

— Cumplo cincuenta y cuatro en diciembre. 

La mujer asintió con la cabeza y continuó mirando la palma de la mano de Elisa. 

— Ud. es valiente y decidida — dictaminó — pero no tiene fe en sí misma. Sin embargo, es capaz de sacrificio. Ud., señora, es su peor enemiga.— 132 — 

— ¿Qué puedo hacer? 

— Libérese — exclamó la vidente — libérese del demonio de la duda, crea, tenga fe…Pero veo algo en su mano que no puedo determinar bien qué es, las cartas lo van a decir. 

La mujer sacó un mazo de cartas manchadas y viejas, tomó varias y las fue desplegando una al lado de la otra, hasta tener la superficie de la mesita cubierta. Después cambió algunas de lugar. Finalmente se llevó sus manos al rostro. 

— ¡No! — dijo. 

— ¿Qué? — preguntó Elisa, alarmada. 

— Algo trágico y doloroso va a pasar. Lo estoy viendo. 

— No quiero escuchar nada malo — dijo Elisa, angustiada, poniéndose la mano sobre el pecho — lo que tenga que ser, será. No podría soportarlo. 

— Está bien, no se lo diré. 

La vidente guardó las cartas y volvió a observar la mano de su clienta. Trajo un compás que tenía un corcho clavado en la punta de uno de sus brazos y lo apoyó en el centro de la mano de Elisa, haciéndolo girar. 

— Esto es bueno — dijo finalmente — menos mal. 

— ¡Dígamelo! — suspiró Elisa. 

La vidente la miró a los ojos. 

— Se acerca un período de felicidad en su vida — dijo con una voz intensa, cargada de emoción — un período para disfrutar y despreocuparse, de felicidad casi idílica. 

— ¿Oís, Elisa? — dijo su amiga. 

— ¡Ay, mi Dios — exclamó, feliz, Elisa — buena falta me hace! 

— Un último consejo para Ud. — dijo la vidente — señora…¡nunca pierda la esperanza! 

— ¡No la perderé, no la perderé! 

— Recuerde, lo que se quiere se puede. La voluntad mueve montañas. Aquello que no podamos realizar en esta vida, lo haremos en otras vidas que nos esperan en el más allá.— 133 — 

— ¡Gracias, muchas gracias! — dijo Elisa, emocionada. 

— De nada, ahora…si puede pagarme. 

Elisa sacó una cantidad de dinero de su cartera y se lo entregó a la mujer. 

— Vamos — dijo a Amanda — Buenas noches, y…gracias otra vez. 

— Buenas noches — las saludó la vidente — vuelvan cuando necesiten. 

Apenas estuvieron en la calle, Elisa mostró su alegría. 

— ¡Ay, qué bien me hizo, Amanda! — dijo a su amiga, tomándola del brazo — creo que esto es lo que necesitaba escuchar. Yo tal vez no sé apreciar todo lo que tengo. — 134 — 

Cuando Elisa llegó a su casa eran cerca de las diez de la noche. Su marido estaba en la cocina. Elisa pensó que iba a recriminarle por la hora a la que llegaba; por el contrario, Juan no le dijo nada y la miró con curiosidad. 

— ¿Cómo fue el trabajo hoy? — le preguntó, con timidez, Elisa. 

— Como siempre, Elisa, cansador. 

Su marido continuó observándola. 

— ¿Estás de buen humor? — le preguntó. 

— Sí — dijo ella, con una gran sonrisa, acercándole el rostro — dame un beso. 

— Bueno…¿qué pasó en el Partido? 

— Lo de siempre — dijo Elisa, fastidiada — discusiones… 

— ¿Te está cansando? — preguntó él. 

— No sé — respondió Elisa — lo que pasa es que nunca entiendo del todo. Me da la impresión de que la política está más hecha para los hombres que para las mujeres. 

— ¡Claro que sí — afirmó Juan — no te lo dije yo! 

Tomó a su mujer de la mano y la atrajo hacia él; ella lo miró, sorprendida. 

— ¿Qué querés que te regale para tu cumpleaños? 

— ¿Mi cumpleaños? — preguntó Elisa. 

— Sí, falta menos de un mes. 

— No sé, lo que quieras. 

Juan le pasó su brazo por la cintura. 

— ¿Qué te parece si tomamos unas vacaciones?— 135 — 

— Podemos irnos al mar — dijo Elisa, contenta. 

— ¡Eso! ¿no estaría bárbaro? 

— Bueno, lo hablamos después. ¿Comiste? 

— No. 

— Entonces te preparo algo de comer — dijo ella, tratando de zafarse del brazo de su esposo. 

— En realidad, no tengo mucho apetito… — dijo Juan, impidiendo que ella se alejara. 

Juan le empezó a acariciar las nalgas. 

— Juan — dijo ella, sin mucha convicción — no me toqués… 

Su marido siguió acariciándola y ella a su vez le echó los brazos al cuello y apoyó su cabeza sobre el pecho de él. 

— Juan — susurró — hace tanto que no hacemos esto… 

— De vez en cuando es bueno… 

— Sí…sí. 

— Vamos al dormitorio — dijo él, tomándola de la mano y llevándola tras de sí. — 136 — 

Cuando Elisa se levantó a la mañana siguiente, su hijo ya estaba en la cocina, leyendo el diario. 

— Hola, hijo, ¿cómo dormiste? 

— Como te imaginás…mal… 

— ¿Y la Asamblea — dijo Elisa, con cierta ansiedad — cómo terminó? 

— Pasó lo peor — explicó Ernesto — nos expulsaron. Expulsaron a toda la sección juvenil del Partido. Desde nuestro punto de vista fue una escisión apropiada, la esperamos durante mucho tiempo. 

— ¿Esperaban que pasara eso ayer? 

— Sí. Estuvimos varios meses calculando cuál era el mejor momento para plantear públicamente nuestra diferencia doctrinal con la dirigencia del Partido; de esa manera, al provocar el choque y enfrentar la reacción de ellos, podíamos polarizar las posiciones y llevarnos una parte considerable de los miembros, para formar un nuevo Partido, con un programa realmente revolucionario. Y lo conseguimos. Entre la juventud y algunos de los mayores nos quedamos con más de la mitad de los miembros. 

— Ernesto — dijo su madre, algo herida — no me habías dicho que no estabas de acuerdo con los dirigentes. 

— Mamá… — se disculpó su hijo — es que me di cuenta hace tiempo que no estabas a gusto en el Partido…a veces pienso que te forcé a entrar en él. 

— No…no es cierto…no me forzaste…En aquel momento yo viví cosas nuevas…y después, poco a poco, entendí que eso no es para — 137 — 

mí. Soy demasiado vieja para esto, quiero comprender y me esfuerzo por hacerlo, pero no lo logro… Ya es tarde para volver mi vida del revés…ser otra… 

Elisa bajó los ojos y se quedó un momento en silencio, triste. Su hijo no dijo nada. 

— Bueno… — siguió después — me contabas que el Partido se dividió…¿y qué hizo Ricardo? 

— Él dirige la fracción que pidió que nos expulsaran — explicó Ernesto — No tenía otra salida. Ese Partido está liquidado, nos llevamos las mejores fuerzas. Quedaron los viejos reformistas, los pacifistas…después de tantos años de lucha el Partido se había deformado, últimamente se parecía a un club social… Sus dirigentes perdieron lo que tenían de revolucionarios. Para ellos es un golpe duro, ese Partido no se levanta más. 

— Pobre Ricardo — exclamó Elisa, apenada — tantas ilusiones tiradas a la basura, tantos años de trabajo y sacrificio… 

— Así es la lucha política, mamá, se lucha por la historia, por el futuro. 

— No sé, me da lástima… 

Elisa terminó de preparar el café. 

— ¿Te sirvo el desayuno? — preguntó a su hijo. 

— Sí, mamita. 

Momentos después sonó el teléfono. 

— Dejá que yo atiendo — dijo a su hijo, levantándose de la mesa y yendo hacia el teléfono — ¿sí, quién es?... 

Le extendió el aparato a su hijo. 

— …es para vos, Ernesto…habla Medina. 

— ¿Medina? — se extrañó Ernesto — ¿a esta hora?...Hola, ¿Medina?...¿cómo estás?, ¿qué pasa…qué…? 

Ernesto hizo una mueca de estupor. 

— ¿Qué sucede, nene? — preguntó su madre, alarmada. 

— …sh…silencio, es algo importante… 

— ¡Ay, Dios mío, qué habrá pasado! — exclamó Doña Elisa.— 138 — 

— …bueno, está bien…sí… 

Ernesto colgó el teléfono y se quedó inmóvil, con la vista baja. 

— ¿Qué pasó, nene? 

— Algo terrible — dijo su hijo — una noticia terrible… 

— ¿Qué? 

— Ricardo… — dijo Ernesto, sin atreverse a terminar la frase. 

— ¿Le ocurrió algo? 

— Me lo temía…sabía que iba a hacer algo así… 

— ¿Tuvo un accidente…o a lo mejor se fue…? 

— No…. — dijo Ernesto, haciendo un esfuerzo para continuar — …se suicidó… 

Elisa quedó paralizada. Después su cuerpo se crispó y se sacudió en un llanto convulsivo. 

— ¡Ay, Dios mío! — exclamó — ¿por qué, por qué? 

— Fue su decisión, mamá — trató de consolarla su hijo. 

— No puedo comprenderlo, no puedo… 

— No llores más — dijo, muy triste, Ernesto — Ya no tenía fuerza para seguir luchando. Murió en su ley, viejo estalinista…— 139 — 

Una noche, varios días después, Juan llegó del trabajo con excelente humor. 

— Elisa… — llamó a su esposa. 

— ¿Qué? — dijo ella, sorprendida, al encontrar en su rostro una sonrisa, en lugar de su expresión habitual de cansancio. 

— No me vas a creer. ¿Sabés que los muchachos en la fábrica me propusieron como Delegado para la lista que están armando los del Sindicato? 

— ¡No! — reaccionó Elisa — Juan…no te metás con esos tipos del Sindicato… son todos unos vendidos, unos corruptos… 

— Elisa — trató de convencerla — si uno quiere cambiar algo, lo tiene que hacer desde adentro. 

— Una vez que te metés con esa gente, te volvés como ellos — protestó su mujer — ¿cuántas veces lo dijiste? 

— Es cierto que lo dije — se justificó su esposo — pero esta es una oportunidad que antes no había tenido. A lo mejor las cosas son diferentes esta vez. 

— ¿Te das cuenta? — explotó Elisa — Vos siempre buscando la ventajita, toda la vida fuiste igual. 

— Pero no, no te asustés — dijo, tratando de calmarla — no voy a aceptar, para qué, me falta poco para jubilarme, no me quiero complicar la vida. 

— Esto es típico, vos sos así, por eso viví la vida que viví, por tener un marido como vos. Otras mujeres llevaron otra clase de vida, las sacaban a pasear, salían de vacaciones, ¿y yo qué?, siempre fregando.— 140 — 

— Pero todavía estamos a tiempo para cambiar, Elisa, podemos disfrutar de nuestra vejez… 

Estela salió del baño, bastante maquillada. 

— Me voy a casa de Pedro, mamá — los interrumpió. 

— ¿A qué hora volvés, Estela ? — le preguntó su padre. 

— No muy tarde. Les tengo que dar una noticia importante. 

— ¿Qué noticia? — dijo la madre. 

— ¡Adivinen! 

— ¡Hija — exclamó Doña Elisa — no me vas a dar un susto! 

— No mamá. El mes que viene me caso. 

— ¡Hija, qué alegría, qué sorpresa! 

— Ese muchacho es bueno, es trabajador — afirmó el padre. 

— Ahora andá, hija, dale nuestros saludos a Pedro. 

— Chau, hasta luego. 

Apenas salió Estela , su padre suspiró, sosegado. 

— ¡Qué suerte, qué tranquilidad! 

— Bueno, no es para tanto — dijo Elisa — esa chica vale mucho. 

— Pero vos sabés, Elisa, una mujer sola, sin un marido, en estos tiempos… 

— Eso es cierto — aceptó Elisa. 

— Las mujeres están hechas para la casa. 

Elisa miró a su marido con resquemor, pero no le dijo nada. 

— ¡Cuándo será el momento en que se case el Ernesto — dijo Juan — así tenemos la casa para nosotros y podemos disfrutar de nuestra vejez! 

Elisa dudó un momento. 

— ¿El Ernesto? – dijo luego — ¡Qué iluso sos! 

— ¿Por qué? 

— ¿Pero vos sos ciego? 

— ¿ Qué querés decir? — preguntó Juan, contrariado. 

— ¿No te das cuenta que a tu hijo no le gustan las mujeres? 

— ¿Cómo? — dijo Juan, adelantando su cuerpo hasta casi caer de la silla.— 141 — 

— Todo el mundo lo sabe menos vos. Ernesto es homosexual. 

— ¿Homosexual, mi hijo maricón, marcha atrás? — exclamó Juan, a los gritos — ¡Ah no, yo eso no lo quiero, lo echo hoy mismo de casa! 

— ¡Pero no seas tremendista! — dijo Elisa, tratando de salvar la situación — Yo ya hablé con él, es un buen muchacho, tierno, comprensivo. Es como es, eso es todo. Ya no es nuestro problema. 

— ¿Qué querés decir con que no es nuestro problema? ¿Por qué me lo ocultaste? 

— …yo tampoco me había dado cuenta…o no lo quería saber — dijo Elisa — Un día una señora del barrio…no te voy a decir quién es…me vino a hablar. Decía que Ernesto andaba detrás del hijo de ella y que lo iba a denunciar a la Policía. 

— ¡Qué vergüenza, Dios mío! 

— Vergüenza, sí — asintió Doña Elisa — yo también la sentí. Pensé en hablarte a vos, pero me dije: “Juan le va a romper la cara, y con eso no se arregla nada.” 

— ¡Por Dios que lo mato, lo mato!! — exclamó Juan, fuera de sí. 

— ¿Ves como sos? — le reprochó Elisa. 

— Es que no me puedo contener. 

Elisa guardó silencio un instante y miró a su marido muy seria. Luego continuó. 

— Al final me armé de coraje y le hablé. Ernesto se puso a llorar, a él también le daba mucha vergüenza. Me contó todo y me pidió perdón. A mí en ese momento me dio bronca, ¿por qué un hijo mío tenía que estar sufriendo si después de todo no era culpa de él? 

— ¿Y de quién entonces? 

— De nosotros tampoco. 

— Por supuesto que no — dijo Juan, alzando el pecho — Yo siempre he sido bien hombre y a vos te consta. Eso ocurrió porque cuando él era chico vos me decías que no le pegara; si le hubiera dado unos cuantos golpes en la cabeza y unos buenos palos en el lomo a su debido tiempo, hubiera salido derecho. Mi padre lo — 142 — 

decía: “si el árbol no se endereza de chico, ya no hay quien lo arregle.” 

— No es culpa tuya, Juan, ni culpa mía, ni culpa de él tampoco… — dijo Elisa — no sé, uno siente las atracciones que siente…vos sabés como es eso… 

— …sí, claro… 

— …y después, ¿de qué sirve arrepentirse? 

— ¡Yo nunca me acosté con ningún hombre! — aseguró Juan, levantando la voz. 

— Yo no digo eso… — trató de aclarar ella — sino que el sexo es…más fuerte que uno…y a veces nos domina… 

— ¿Qué me querés decir con eso? — exclamó su marido — Tenés cincuenta y tres años, Elisa… 

— …no, no…no lo digo por mí, hablaba en general…La cuestión es que Ernesto…es distinto a los otros…eso es todo…por eso es comunista, porque no le gustan las cosas tal como son y las quiere cambiar… 

— Capaz que se lo inculcaron todo esos comunistas… — protestó él. 

— Pero no, Juan, el sexo no se inculca… 

— No, claro… — aceptó finalmente su marido. 

Juan movió la cabeza hacia un lado y otro. 

— …qué cosa, Elisa. 

— Decime… — le pidió su mujer, intrigada. 

— Me estás contando algo que es muy importante, se trata de nuestro hijo y vos sabés… 

— ¿Qué? — preguntó, induciéndolo a que confiara en ella. 

— Me da pena confesarlo… 

— Quiero saberlo. 

— Estoy en un momento de mi vida — dijo Juan — en que siento que las cosas que pasan a mi alrededor me tocan cada vez menos…. Hasta los problemas de mi hijo ya no me importan tanto…Me he vuelto medio indiferente…Será porque tengo sesenta y dos años. — 143 — 

— A mí me va ocurriendo lo mismo — afirmó Elisa, identificándose con su esposo — Es como si nos hubieran ido anestesiando de a poco y ahora somos esto, aunque nos dé pena. 

— Solamente me importás vos, Elisa — dijo Juan, enternecido, tomándole ambas manos — Muchas veces he sido bruto y te he tratado mal. Pensaba que estaba bien ser así con la mujer. Era lo que había aprendido, pero sé que estaba equivocado. 

— Yo siempre te echo la culpa a vos porque viví la vida que viví, porque no fui distinta. Pero no quiero ser egoísta ni injusta. Eso pasó…no nos dimos cuenta…para qué nos vamos a llenar de rencor… 

— Yo también Elisa viví un infierno — dijo su marido — trabajando todos los días en la fábrica, asustado, con miedo a perder el empleo. El capataz siempre nos amenazaba con que nos iba a hacer echar si no producíamos más. Los fines de semana no pensaba en nada, me quedaba la cabeza como vacía, y yo entendía que eso no podía ser, pero…¿qué otra posibilidad tenía?...yo nací sin elecciones, Elisa, para trabajar a lo burro, y claro, no soy educado ni inteligente como otros, pero hice lo que pude… 

— Yo te entiendo, Juan, y te quiero — dijo Elisa — La vida nos pasó por encima. Esto ya no es para nosotros… No sé, tal vez los que empiezan ahora y son más decididos, los jóvenes, puedan vivir de otra manera…tal vez Ernesto… 

— Elisa — dijo su esposo, abrazándola — vámonos de vacaciones, aprendamos a disfrutar. 

— ¿Aprender a disfrutar nosotros? 

— Sí, no lo supimos hacer antes. 

— Juan… — dijo Elisa, mirándolo a los ojos — ¿me querés? 

— Sí, te quiero mucho. Te quiero con todo el amor de los treinta años que vivimos juntos, nuestros treinta años de casados. 

— ¿Se cumplen el primero de enero, no? — dijo Elisa, con una sonrisa. 

— Sí, en año nuevo. ¿Nos vamos al mar, quince días?— 144 — 

— Bueno — aceptó su esposa — Quiero ir a la misma playita donde pasamos nuestra luna de miel. 

Juan la abrazó. Elisa recostó su cabeza sobre su pecho y él le acarició el cabello. Se quedaron así por unos instantes. Oyeron que alguien abría la puerta de calle. 

— Ahí llega Ernesto — dijo Juan. 

Ernesto entró apresuradamente; estaba agitado. 

— Hijo, ¿qué pasa? — dijo Doña Elisa. 

— ¡Grandes noticias! 

— Contanos…¿qué? 

— Mañana iniciamos la huelga — dijo Ernesto. 

— ¿En la fábrica? — preguntó su padre, sorprendido. 

— Huelga de todos los metalúrgicos. Formamos un comité de lucha. El Sindicato se la va a tener que aguantar. La propuesta acaba de ser votada y aprobada por el Comité General de Resistencia. Tenemos nuestros propios delegados, por fuera del Sindicato. Pedimos seguro obligatorio contra accidente, pensión de por vida a los accidentados discapacitados, atención médica y hospitalaria gratuita para los obreros y sus familias, 20 % de aumento de salarios, eliminación del control de tiempo. ¡Y la vamos a ganar! ¡En contra de los vendidos del Sindicato! Nuestro nuevo Partido va a la cabeza, somos la vanguardia de esta huelga. Los camioneros ya dijeron que se pliegan con nosotros, no transportan una sola chapa mientras dure el paro. ¿No están contentos? 

— Sí, hijo, sí — aseguró su padre. 

— Cuando veo tu entusiasmo — dijo, bondadosa, Doña Elisa — yo me pongo como una chica de nuevo, y me lleno de fantasías. No sé, alguna vez las cosas van a cambiar, y Uds., los jóvenes, tendrán una vida mejor que la que tuvimos nosotros. 

— Sí, mamá — dijo Ernesto — pero eso lo tenemos que lograr con nuestro esfuerzo, nadie nos va a dar nada. Hay que luchar. 

— Sí, hijo — aceptó Doña Elisa, levantándose — Vamos a acostarnos, viejo. — 145 — 

— Sí, vamos Elisa — dijo su esposo — Hasta mañana, Ernesto. 

— Hasta mañana — los despidió. — 146 — 

La columna de obreros marchaba hacia la fábrica. 

— Vamos, muchachos — dijo Ernesto, que iba al frente, liderando a sus compañeros — apuremos la marcha. Levanten los cartelones. 

Los obreros estiraron un cartel que habían confeccionado con una sábana. Otros llevaban pancartas individuales de cartón. 

Dos obreros se acercaron corriendo a la columna. 

— La cana ya está en frente de la fábrica — dijo uno, agitado. 

— ¡Y qué cana!... — exclamó el otro, asustado — Los de la montada, los escuadrones. 

— No tengan miedo — dijo Ernesto, tratando de darles coraje — ya sabemos lo que hay que hacer para espantar a los caballos. Avancemos formando cordones, tomados de los brazos. 

— Tenemos que llegar al frente de la fábrica como sea y cerrar la entrada — dijo un obrero — No vamos a permitir que ningún carnero trabaje. 

Los obreros, sin dejar de caminar, se tomaron de los brazos y formaron varios cordones, que iban de vereda a vereda. 

— Caminen un poco más rápido, muchachos — dijo un obrero de cabello canoso, que iba junto a Ernesto — Empecemos a cantar nuestras consignas. Cholo, levanten más el cartel que dice: “¡Viva la vanguardia obrera! ¡Rompamos con la burguesía!” 

Los cordones de obreros, con sus brazos sólidamente enlazados, avanzaron a paso largo. Pardán, el obrero canoso que iba junto a Ernesto, gritó las primeras consignas de la huelga: 

— ¡Abajo la Patronal! ¡Sin contrato no hay trabajo!— 147 — 

Varios las repitieron a voz de cuello. 

— ¡Queremos aumento de salario! — gritó Pardán. 

— ¡Se va a terminar el hambre del pueblo! — dijo Ernesto. 

Los trabajadores voceaban las consignas sin dejar de avanzar. 

— Cantemos, muchachos — dijo Ernesto . 

¡La huelga ha comenzado, 

unidos venceremos, 

abajo los patrones, 

que vivan los obreros! 

Un obrero joven llegó corriendo. 

— Ernesto — dijo, agitado — El Pelusa avisó que la policía a caballo está esperando frente a los portones de la fábrica, y van a tratar de encerrarnos apenas crucemos la esquina de Laprida y Ensenada. 

Ernesto detuvo la marcha. 

— Bueno, muchachos — dijo Pardán — Si se nos vienen encima, nos separamos a un metro uno del otro. Nos sacamos las camperas y los pulóveres y las empezamos a agitar enfrente del hocico de los animales para espantarlos. No se dejen arrinconar contras las paredes. Todos nosotros nos quedamos a hacerles frente por unos minutos, excepto los dos últimos cordones de la marcha, que se irán hacia la cortada Vespucio, a la puerta de servicio de la fábrica; una vez que estén allí, entran, van a la puerta principal, la cierran y se parapetan bien adentro. Si hieren a algún compañero con los sables, lo llevamos a la enfermería que está preparada en la casa de Valoud. Al herido lo acompaña solamente uno, nunca dos. 

Todos asintieron y retomaron la marcha. Anduvieron una cuadra y doblaron: frente a ellos, a unos ciento cincuenta metros, aparecieron los portones y las rejas de la fábrica. Los escuadrones estaban formados en hilera. Se detuvieron. 

— Mirá, Ernesto, ahí los tenés — le dijo Pardán — Están esperando la orden para atacarnos.— 148 — 

— A cantar, muchachos — gritó Ernesto, arengando a sus compañeros, antes de recorrer el último tramo que los separaba de la fábrica — para que se les frunza el culo también a ellos. Que sepan que se las van a tener que ver con los trabajadores organizados. No necesitamos resistir mucho, solo cuatro o cinco minutos para darle tiempo a los nuestros a que lleguen a la puerta de servicio de la fábrica. Mientras tanto, nosotros los mantendremos ocupados a los escuadrones. Una vez que el grupo de los nuestros esté seguro adentro, a correr y escaparnos también nosotros. Nos desbandamos como está previsto y nos encontramos en lo de Pardán. Allí vamos a organizar grupos para introducirnos por turnos en la fábrica e impedir que haya carneros trabajando. Controlaremos la planta. 

Llegó un obrero corriendo. 

— En la esquina de Quintana está Miranda en una pick up con varios muchachos armados de garrotes — les dijo — Esperan la orden nuestra para meterse y atacar a los escuadrones si la cosa se pone muy fea. 

— Muy bien — dijo Ernesto — En caso que los policías empiecen a cortar con los sables, los mandamos a llamar; si ellos nos cortan, también nosotros nos daremos el gusto de romper unas cuantas cabezas. Ahora, ¡adelante, muchachos! 

Se tomaron con fuerza de los brazos y, lentamente, fueron caminando hacia los portones de la fábrica, adonde estaban formados los escuadrones. 

Ernesto fue el primero en vocear las consignas y los otros obreros, enseguida, las repitieron. 

— ¡La clase obrera al frente, 

la huelga se ha largado, 

que tiemblen los burgueses, 

viva el proletariado! 

El canto se hizo duro en las gargantas y les fue dando coraje para seguir avanzando. 

1981— 149 — 

El valor de una mujer

Primera parte

La mujer terminó de colocarse el rímel sobre los párpados. Ya estaba bien. Hizo una mueca frente al espejo, mordiéndose los labios para que el rouge quedara parejo. Se abrió la puerta de la habitación y el espejo reflejó la figura de una mujer joven, de tez morena y formas abundantes. 

— ¡Che, Negra, apurate que se está haciendo tarde! — dijo, volviéndose hacia la puerta, la que había terminado de maquillarse. 

— ¿Qué querés que le haga? — respondió la otra, dejando la toalla sobre la silla y frotándose con las manos el cabello mojado — Ese baño maldito está siempre ocupado. 

— También…es el único baño en todo el piso.

— ¡Con lo que cobran! — exclamó la Negra — Y pensar que dicen que es un hotel. 

— ¡ Ma que hotel — agregó su amiga — conventillo a la moderna!

— Yo me tuve que bañar con el agua casi fría — dijo, mientras peinaba su cabello — Un poco más y me agarro una pulmonía.

La Negra se maquilló con cuidado sin dejar de conversar con su amiga. Delineó sus ojos con colores intensos y se aplicó un rouge llamativo en los labios. Después se enfundó en un vestido brilloso muy ajustado y con un gran escote.

— Bueno, vamos — dijo su amiga, que la aguardaba con impaciencia — Si llegamos tarde el trompa se va a enojar. 

Las dos mujeres llamativamente vestidas salieron a la calle. Era una zona de casas viejas de dos o tres pisos, antiguas residencias que habían degenerado en conventillo, inquilinato u “hotel” de dudoso mérito. Un hombre alto y atractivo caminaba en dirección contraria a la de las mujeres.

— Chau, morocha. Qué linda estás hoy — dijo, mirando a la Negra, cuando pasaron a su lado. 

La Negra, sin volverse, preguntó a su amiga:

— ¿Quién es el tipo ese?

— Es un taxista que vive en el hotel de la otra cuadra — contestó — Me parece que te tiene ganas.

La Negra hizo un gesto de rechazo.

— Yo ya estoy podrida de los tipos — dijo — Para mí son parte del trabajo y nada más. 

— ¡No seas exagerada — dijo su amiga — también tenés un corazón!

— La última vez que me enamoré para lo único que sirvió fue para trabajar más.

— También… — dijo la otra — ¡te metés con cada uno! El tipo aquel lo único que quería era vivir de arriba. 

La Negra se detuvo, puso sus manos en las caderas y preguntó:

— ¿Agarramos un taxi?

— Sí, yo caminar no camino — respondió su amiga — Y los ómnibus no son para mujeres de nuestra categoría…nosotras somos artistas.

— Seguro — asintió la Negra. — 155 — 

El taxi se detuvo frente a uno de los cabarets de Avenida Belgrano, en el bajo. El portero se acercó al auto y les abrió la puerta. 

— Buenas noches, chicas — dijo — ¿listas para el trabajo? 

— Sí, otra noche más — respondió la Negra, mientras pagaba la tarifa y bajaba del auto. 

— Pero hoy es sábado, no se olviden. Esto va a estar lleno. 

— Yo no me quiero poner en curda como ayer, después me duele la cabeza — dijo la Negra. 

— Decile al Toto que en lugar de alcohol te sirva té — sugirió el portero. 

— ¡Buena idea! — agradeció la Negra. 

Entraron. El lugar estaba muy oscuro. La Negra se acercó a la barra y le hizo una seña al barman. 

— ¡Che, Toto, cuando te pidan un Tres Plumas para mí, servime té! — dijo. 

— Está bien — respondió el barman, un hombre delgado, muy afeminado. 

— ¿Hoy viene la rubia del estriptís? — preguntó la amiga de la Negra. 

— Sí, Susana — respondió Toto, mientras lavaba unas copas — Está trayendo una clientela bárbara, esa piba tiene mucho arte. 

— Lo que tiene son las tetas paradas, parecen de plástico — dijo Susana. 

— Se están poniendo envidiosas — se burló Toto. 

— ¿Quién, yo? — respondió la mujer, alzando el pecho — ¡No tengo nada que envidiarle a esa!— 156 — 

— ¿Se me corrió el maquillaje? — preguntó Susana, tratando de mirarse en un espejito de mano. 

— No, estás bien — dijo la Negra, observándola con cuidado. 

La puerta vaivén del cabaret se abrió, y un haz de luz iluminó momentáneamente el salón oscuro. 

— Mirá — dijo la Negra a su amiga — ahí entra el primer cliente. 

El hombre, un señor de edad madura, se acercó a las mujeres que aguardaban junto a la barra. Un caballero vestido con smoking se aproximó a la Negra y la tocó suavemente con el codo. 

— Atendelo vos, Negra — susurró. 

— Ufa — se quejó la Negra — es viejo. 

— Aquí no se elige — dijo el otro — el que te toca, te toca. — 157 — 

Susana se acercó al hombre de smoking. 

— Sr. Marcelo — le dijo — Si esta noche me voy con algún cliente, y quiere algo especial ¿me puedo quedar con las extras? 

— No — dijo el otro fríamente, mientras se limpiaba el paño del smoking con la palma de la mano — Eso va contra las reglas del establecimiento. 

La miró a los ojos y agregó: 

— Ya sabés que en eso somos muy estrictos. Aquí se trabaja siempre a porcentaje y si no te gusta te vas a trabajar a la calle. 

— Sabe lo que pasa — se justificó Susana — en el Internado adonde tengo a mi hijo me pidieron más plata que la que pago siempre, porque estuvo con una infección. 

— Vos sabés que no puedo hacer excepciones — dijo el hombre, encendiendo un cigarrillo y exhalando lentamente el humo. 

Susana se rascó la cabeza. 

— El tipo ese con quien me fui anoche era un asqueroso — dijo — Después que me la dio, me pidió que le chupara el culo. ¿Habrase visto un asqueroso semejante? 

El Sr. Marcelo no pudo contener una carcajada. 

— Usted se ríe — dijo Susana, irritada — pero lo hubiera querido ver en mi lugar. 

— ¡No seas insolente! — exclamó enojado el Sr. Marcelo — Aquí estamos para satisfacer el gusto de la gente, para eso pagan. — 158 — 

¡Bastantes problemas tengo yo con la cantidad de cuentas y coimas que debo pagar cada mes! 

El Sr. Marcelo apagó con rabia el cigarrillo en el cenicero y dio la espalda a Susana. 

— Bueno, no se enoje — dijo Susana, intimidada por su reacción, caminando unos pasos detrás del Sr. Marcelo que se alejaba — es la cuestión de mi pibe que me preocupa. — 159 — 

La Negra estaba sentada con el cliente junto a una de las pequeñas mesas del cabaret. Sobre la mesa había varios vasos. El hombre tenía su mano bajo la falda de la Negra y la acariciaba con voluptuosidad. 

— ¿Cómo te llamás? — le preguntó. 

— Me dicen la Negra — respondió. 

— Es cierto que sos un poco morocha — comentó el hombre — con esta luz uno no se da cuenta bien. Empieza el espectáculo. 

Un spot de luz rosada iluminó una tarima que había en un ángulo del salón. Los músicos tomaron su lugar junto a los instrumentos: un piano, un contrabajo y una batería. Desgranaron una melodía suave y romántica. El cabaret súbitamente se había llenado de gente. Pasó un cantante de boleros, que interpretó, muy desafinado, tres piezas. Después, el animador, que era el mismo Sr. Marcelo, anunció con grandilocuencia, ante la excitación del público, un número de estriptís. Acompañada por la música, salió una muchacha rubia vestida con una túnica de gasa y empezó a mover voluptuosamente sus caderas. 

— Esa es una artista nueva — dijo la Negra a su cliente — hace estriptís a la francesa. 

— Muy linda chica, por cierto — comentó el hombre con seriedad. Hizo un gesto, se abrió la bragueta del pantalón e introdujo su mano. 

— ¿Se la sacó? — preguntó la Negra. 

— Sí, vení, acariciámela un poco. 

La Negra hizo lo que el hombre le pedía. 

— Está muy parada — comentó con picardía — ¡no vaya a ser que escupa!— 160 — 

— No, la tengo acostumbrada, es obediente — dijo el señor. 

— Bueno, si Ud. lo dice — aceptó, sonriendo, la Negra. 

La rubia del estriptís seguía evolucionando en su danza. El aire acondicionado no funcionaba, hacía calor y el lugar se había llenado de humo de tabaco. Los mozos iban y venían llevando bebida. La rubia finalmente arrojó su sostén y descubrió unos pechos muy hermosos. El público masculino prorrumpió en silbidos. El cliente de la Negra le acarició los pechos con fuerza y nerviosismo. 

— ¿Cuánto cobrás? — le preguntó. 

— ¿Por qué — preguntó a su vez la Negra — por el polvo o por la noche? 

— No, no… — dijo el hombre, haciendo un gesto con el brazo — ahora, nomás. Mirá, vos te vas al baño y yo te sigo. Tengo una calentura bárbara. 

— Eso el patrón no lo permite — respondió la Negra — Tiene que tocar lo que pueda mientras estamos aquí bebiendo en la mesa o si no me tiene que llevar a un mueble y pagarme la tarifa fija. 

— Mira — dijo el hombre, con ansiedad — yo estoy caliente en este preciso momento. Si salimos del cabaret capaz que se me baja y después no la paro más. Yo te doy mil pesos a vos particularmente, vos no digás nada; te vas al baño, yo te sigo, y en un rato terminamos. 

La Negra dudó por un momento. 

— Está bien — dijo finalmente — pero que no se vaya a dar cuenta el trompa. 

Ella se levantó y caminó hacia el baño de “Damas” por el salón repleto de gente. Momentos después la siguió el hombre. 

— Cierre la puerta con el ganchito, así estamos seguros — le dijo. 

El hombre hizo lo que le pedía. Después miró las paredes y el inodoro del pequeño baño. 

— ¡Qué sucio está! — comentó. 

El piso tenía manchas de orina y en el inodoro había visibles marcas de excrementos. — 161 — 

— Muy limpio la verdad que no está — dijo la Negra — Es que desde ayer falta la mujer de la limpieza, se le enfermó la hija. ¿Qué quiere hacer? 

— Vos reclinate contra el inodoro — dijo el hombre — o mejor arrodillate encima de la tabla. 

— Espere que baje la tapa para que no me ensucie — dijo la Negra — Me subo la falda. 

Bajó la tapa del inodoro, se subió la ajustada falda de su vestido, descubriendo sus nalgas, y se puso en cuclillas sobre el inodoro, dando la espalda al hombre. 

— Sí, está bien — aprobó el cliente — Inclinate un poco más. 

La Negra obedeció. El hombre se bajó los pantalones y descubrió su miembro. Se lo apoyó entre las nalgas e hizo fuerza. 

— ¡Huy…ay! ¿Me la va a dar por el culo? — dijo la Negra — ¿por qué no me la da por la concha? Por el culo me hace doler. 

— Te la entierro despacito… — dijo el hombre — continuando con la presión. 

Mientras hacía fuerza para penetrarla, el cliente paseó su mirada por las paredes del viejo baño. Tenían varias capas de pintura al aceite de un color verdoso y sobre ellas habían escrito numerosos “graffitis”. 

— Mójesela con saliva que soy muy sensible — le pidió la Negra. 

— Está bien — respondió el hombre, sin hacer caso — Mirá las asquerosidades que escriben en las paredes. “Lola come bolas y te soba la pinga”. “La Tita es tortillera”. Y esto lo escribió un tipo: “Dale gracias a Angulo que lo que tenés en la mano no lo tenés en el culo” — leyó, logrando por fin penetrarla — La verdad que sí, ¿eh? — agregó, divertido — Prefiero tenerlo en la mano. 

— Yo no puedo decir lo mismo — dijo la Negra, siguiéndole la chanza — porque lo tengo bien en el culo. 

— Así…así…¿me sentís? — dijo el hombre maduro, moviéndose hacia adelante y hacia atrás, penetrándola con fuerza. 

— Ud. la tiene muy grande, la verdad que lo siento bien — dijo ella, halagándole su vanidad viril. — 162 — 

— Balanceate hacia los lados — dijo el hombre, que se esforzaba por llegar al orgasmo. 

— Me estoy resbalando, el inodoro es muy chico — le avisó la Negra, que con todo el movimiento ya casi caía fuera de la tabla. 

El cliente empezó a exhalar pequeños gritos de placer; de pronto interrumpió su esfuerzo. 

— …¿y?...¿acabó? — le preguntó la Negra. 

— …no…no pude — respondió el hombre, sacándole el miembro del ano — Me parece que tomé mucho, cuando tomo me cuesta terminar. 

La Negra se bajó del inodoro, abandonando su incómoda posición. Miró al hombre: la luz tenue y amarillenta del foco del baño dejaba ver el contraste entre su juventud y la madurez de su cliente; era un individuo de rostro arrugado y pelo canoso, tendría cerca de sesenta años. El hombre quedó de pie, el pene fláccido bajo el abdomen algo abultado. 

— ¿Quiere que le haga con la boca, así queda satisfecho? — le dijo la Negra. 

— No…está bien… — respondió él, algo avergonzado. 

— Déjeme…Ud. siéntese en el inodoro — le indicó la Negra. 

El hombre obedeció, haciendo un gesto de asco al apoyar sus nalgas en el artefacto sucio. La Negra le acarició el miembro que se empezaba a hinchar un poco. Vio que estaba manchado. 

— Ud. tiene un poco de caca en el pito — le dijo. 

— Es de tu cola — explicó el hombre — me la saco con papel higiénico. 

Extendió su mano hacia donde estaba el rollo de papel. 

— No, está bien, deje — dijo la Negra, deteniéndole la mano — se la saco con la boca, total después la escupo. 

Y se prendió entre sus piernas. Escupió en el suelo la suciedad del pene y volvió a succionar con fuerza. Sintió como el pene del hombre respondía bien. 

— …ah…ah…bueno — dijo el cliente — me parece que me estoy calentando de nuevo…que bien que la chupás…— 163 — 

La Negra jugaba con el miembro en su boca, succionándole la cabeza, después bajando hasta apoyar sus mejillas contra los testículos. Luego volvía a enterrárselo entero en la boca y a bajar y a subir sobre el miembro, ya excitada por su mismo trabajo. La respiración del hombre se hizo entrecortada. Daba exclamaciones de placer. Ella sintió que ya estaba muy cerca. De pronto golpearon la puerta del baño. La Negra se detuvo y quedó inmóvil. 

— ¡Golpean la puerta! — exclamó el hombre. 

— Cállese, no hable… — susurró la Negra. Luego preguntó con voz firme — ¿Quién es? ¡Está ocupado! 

— ¿Negra? ¿Sos vos? — se escuchó desde el otro lado de la puerta la voz de Susana — Dejame entrar que te cuento. El trompa está hecho un hijo de puta. Sabés que le pedí… 

— Escuchame, Susana — la interrumpió la Negra — te veo después, ahora no puedo. 

— …bueno, bueno — dijo Susana, algo sorprendida — ¿estás bien? 

— Sí, todo está bien, no te hagas problemas — respondió la Negra. 

— Entonces después te cuento… — dijo Susana. 

— Sí, chau… — la despidió la Negra. Se volvió hacia el cliente — Es Susana — le dijo — somos compañeras de trabajo y vivimos juntas en un mismo hotel. 

El hombre había quedado exhausto. Su pene estaba fláccido otra vez. 

— Sí…mirá… — dijo, señalando su miembro — yo con todo esto ya no sé si puedo terminar. 

— Pero no es culpa mía — se defendió la Negra — Yo hice todo lo que me pidió y hasta más… Ud. me prometió mil pesos… 

— No te hagas problemas por la plata — dijo el cliente mientras se subía los pantalones — ya te la ganaste. 

Sacó de su bolsillo un fajo de dinero y le extendió un billete de mil pesos. — 164 — 

— Ahora tenemos que salir del baño con cuidado, para que no se den cuenta — dijo la Negra, guardándose el dinero en el sostén — Salga Ud. primero. 

— ¿Sabés que sos muy buena? — dijo el hombre, mirándola con cierta ternura — Mirá, te dejo mi tarjeta — y le entregó una tarjeta pequeña y blanca — cuando tengas tiempo y ganas de hacerte unos pesitos extras, fuera de esta inmundicia, llamame por teléfono. Pago bien. 

— Bueno, gracias — dijo la Negra, guardando la tarjeta. 

El hombre abrió la puerta y se fue primero. La Negra se arregló la ropa, salió con tranquilidad y se perdió entre el gentío del salón, en dirección hacia la barra. 

Momentos después vio a Susana que despedía a su cliente; la llamó con un gesto. Susana se acercó a la barra donde estaba su amiga. 

— ¿Qué estabas haciendo en el baño? — le preguntó. 

— Me hice un trabajito extra con un cliente — respondió la Negra. 

— Tené cuidado — le advirtió su amiga — si te agarra el trompa… Acordate cuando la descubrieron a la Rita trabajando con el rico ese de Duperial sin decir nada…le dieron una paliza que casi le rompen todos los huesos. 

— No, yo nunca lo hago — dijo la Negra — Me lo propuso el cliente, fue una excepción. 

— Yo le pedí al trompa si me podía quedar con las extras en caso que me fuera con alguno esta noche — le confió preocupada Susana — le dije que mi pibe estuvo enfermo y todo eso, y el hijo de puta no aflojó. 

— Es un desalmado, no tiene corazón — contestó la Negra — Pero no te hagas problemas, yo te puedo prestar… 

— Por favor, Negra, no… — dijo su amiga. 

— Vamos, dejate de joder — insistió la Negra — la salud de tu hijo está primero. 

Susana apretó afectuosamente su brazo. 

—¡Ay, Negra, cómo te lo agradezco, sos la única que me comprendés!— 165 — 

— Tanto sacrificio que hacés por ese crío y capaz que el día de mañana cuando te vea, dé vuelta la cara para otro lado y diga que la madre es una puta. 

— No, mi hijo querido nunca me haría eso — dijo Susana. 

— Lo que tenemos que pensar es en dejar algún día este trabajo — dijo la Negra. 

— Yo siempre dije que no es para chicas como nosotras — afirmó Susana. 

— Este trabajo no es para nadie — asintió su amiga — El problema es que no sabemos hacer nada. ¿De qué trabajás si lo dejás? 

— Lo único que podemos es hacer limpieza — dijo, con sorna, Susana. 

— Y no ganás ni para pagar la pieza de una pensión. 

— Aparte — dijo Susana — ¿a vos te parece que podríamos vivir como sirvientas, después de trabajar como…como acompañantes? 

— Vamos, Susana — sonrió la Negra — si lo que hacemos es ponerla. 

— Somos como cualquier otra mujer — se defendió Susana — Yo espero casarme algún día. 

La Negra no respondió. Volvieron a abrirse las puertas vaivén del cabaret y entraron dos hombres. El barman se acercó a ellas. 

— Vamos, chicas, a trabajar — dijo con un tono de voz muy amanerado — Entraron más clientes. 

— Está bien, Totito — respondió Susana, disponiéndose a ir al encuentro de uno de los hombres — Hoy estás hecho una ricura. 

— ¡Ay, qué venenosas! — dijo el barman, haciendo un gesto de rechazo. 

— Bueno — continuó Susana — no te enojés, amorcito…— 166 — 

En el cabaret quedaban ya muy pocos clientes. La mayoría de las coperas estaban desocupadas. La orquesta hacía su última entrada y el cantante de boleros repetía una misma melodía desentonada. Susana se acercó a la Negra, que estaba buscando algo en su cartera. 

—¿Ya te vas, Negra? — le preguntó. 

— Sí, están por cerrar, me voy a casa. 

— Yo tengo que ir al mueble con el tipo ese — dijo Susana, señalando hacia una mesa del salón donde aguardaba un hombre solo. 

La Negra miró hacia donde indicaba su amiga. 

— Es bastante joven, no está mal — acotó. 

— Para decirte la verdad — aseguró Susana — me calienta, pero estoy tan cansada… 

— Te veo más tarde — dijo la Negra, despidiéndose — Entrá sin hacer ruido y no me despiertes. 

— Bueno, chau — dijo Susana. Y caminó hacia la mesa donde la esperaba el cliente. — 167 — 

Cuando Susana salió del cabaret con el cliente, la Negra iba caminando hacia la esquina a buscar un taxi. El hombre que estaba con Susana le indicó un automóvil estacionado frente al cabaret, un sedán de cuatro puertas, bastante nuevo. 

— ¿Esa chica que sale sola es amiga tuya? — le preguntó. 

— Sí — respondió Susana — es la Negra. 

— Porque a veces es muy interesante hacer una fiestita entre tres o cuatro. 

— Como prefiera, señor — dijo Susana — si quiere la llamo. 

— No — respondió el hombre — por ahora está bien, estoy caliente con vos. 

Le abrió la puerta y la hizo subir al auto. Anduvieron por Avenida Belgrano hacia el norte; el hombre conducía en dirección a Alberdi. Era un individuo de más de treinta años, de cuerpo voluminoso. Las calles arboladas se sucedían rítmicamente bajo la luz artificial de los focos. Era muy tarde y las calles estaban desiertas. 

— ¿Cómo empezaste a trabajar en esto? — preguntó el cliente. 

— ¿Diga? — reaccionó Susana, sorprendida. 

— No te ofendás…— dijo el hombre — cómo empezaste en la noche, en el cabaret. 

Susana se quedó en silencio por un breve momento y después le respondió. 

— Cuando vine a la ciudad trabajaba de sirvienta para una familia rica. Mi hermana en esa época era copera…— 168 — 

— ¿De qué pueblo eras? 

— Yo nací en Lucio V. López, a dos horas de colectivo de Rosario. Como le iba contando, la familia esa tenía hijos de mi edad y cuando la madre no estaba en la casa, ellos traían a sus amigos y entre todos jugaban conmigo. Yo no sabía si quejarme a la señora, pero tenía miedo de que me echaran. Una vez eran como diez y me la dieron entre todos, por delante y por detrás, se las tuve que chupar, yo tenía solo quince años. Me acuerdo que uno me pellizcó las tetas hasta lastimármelas… 

— Los senos — la corrigió el hombre. 

— ¿Cómo? — preguntó Susana. 

— Decí los senos, no las tetas — repitió. 

— Al final me quedé preñada y me tuve que ir — continuó Susana — y no sabía quién había sido, si los hijos de la señora o los amigos de los hijos. Así que mi hermana me ayudó hasta que tuve a mi pibe y pude trabajar. Desde entonces estoy en el cabaret y a mi hijo lo crío en un Internado muy caro. 

— ¿Y cuántos años tenés ahora? — le preguntó, pasándole un brazo por el hombro. 

— Dieciocho — contestó Susana. 

— ¿Dieciocho nada más? — repitió el hombre, incrédulo. 

— Sí, parezco más grande pero tengo solo dieciocho. En este trabajo una se avejenta mucho. 

El hombre la miró y sonrió con ironía. 

— Es un trabajo, pero también un arte — dijo. 

— ¿Qué me quiere decir? — preguntó Susana, devolviéndole la sonrisa y acercándose al hombre. 

— Que hay que saber ponerla con arte — dijo él. 

— ¿Se está calentando? — preguntó Susana. 

— ¿Por qué no me tuteás? — pidió el hombre. 

— No me acostumbro a tutear a los clientes, y a mi amiga la Negra le pasa lo mismo. 

El auto andaba ahora por una calle arbolada de casas bajas. Se sentía el aire fresco de las afueras. — 169 — 

— Ya pronto llegamos — dijo el cliente, y le puso la mano sobre la falda — ¿Por qué no me agarrás la palanca de cambios? — pidió. 

Susana reaccionó con una sonrisa e introdujo su mano en la bragueta. 

— ¿Así?...¿se la pongo en primera? 

— Sí, por favor. 

Susana empezó a acariciarle el pene. El hombre estaba muy excitado. 

—¿Y si quiero frenar cómo hago? — dijo Susana. 

— Me apretás un poco los huevos — bromeó el cliente, lanzando una carcajada. 

— Ud. es muy divertido, sabe — dijo Susana, riendo también. 

El auto se detuvo frente a un chalet. 

— Ese chalet que está ahí es mío, ya llegamos — dijo él — Voy a meter el auto en el garaje, así no le agarra el rocío. 

— Qué linda casa — dijo Susana — Ud. debe ser rico. 

— Tengo un negocio, no me va mal — respondió el hombre — Dame un beso. 

Susana lo besó. Él bajó del auto y abrió el garaje. Cuando regresó al auto, Susana se había desprendido el sostén y sus senos abundantes emergían sensuales. El hombre hundió el rostro en los pechos de Susana. 

— Humm…tus senos son duros, me gustan — dijo. 

— Mis senos… — susurró Susana. 

— Senos, sí — insistió él — ¿cómo les vas a decir tetas? 

El cliente deslizó sus manos bajo la falda de Susana y ella le palpó el miembro sobre la bragueta. Luego le aferró el pene y subió y bajó la mano que había apoyado sobre el glande, masturbándolo. 

— Yo siempre tengo la fantasía de coger en el auto — dijo el cliente. 

— Pero es incómodo — comentó Susana, que tenía los dedos de la mano del hombre hundidos en su vagina, jugando con sus labios. 

— No, mirá…¿ves? — dijo él, bajando una palanca — el asiento se reclina.— 170 — 

El asiento del auto se fue hacia atrás hasta quedar casi horizontal. Susana no salía de su estupor. 

— ¡Huy, qué bárbaro — dijo ella — este auto debe ser norteamericano! 

El cliente le subió la falda y, haciéndole abrir las piernas, la colocó encima suyo. Susana quiso moverse pero se golpeaba contra el volante. 

— De lo único que tenés que tener cuidado es de no meterte el volante en el culo. 

Susana rió a carcajadas. 

— ¿Y la palanca de cambios? — dijo, mientras se introducía el pene en la vagina. 

— Esa te la metés aunque no quieras. 

Ella siguió riendo. 

— ¿Y la palanca suya? 

— Esa la tenés adentro — dijo el cliente — La tenés metida hasta el fondo, hasta los huevos. 

— Mire que si se la manoseo se la voy a dejar como pelota pinchada — dijo Susana, pasando su mano por la boca de su vagina y acariciándole el pene y los testículos. 

El hombre se rio. 

— Pero lo tenés que hacer con clase — dijo, ayudándole con sus manos a levantar y bajar la pelvis para que su miembro tuviera más roce contra la vagina. 

— Eso me falta — dijo Susana, que estaba muy excitada — Es mi trabajo después de todo. 

— Y tu vocación también. ¿Te gusta que te la den? 

— Cuando es un macho como vos, me gusta mucho — dijo ella, respirando agitada. 

— Yo no tengo nada especial. 

— Sos buen mozo, fuerte… — dijo Susana. 

El hombre empezó a mover bruscamente sus caderas hacia la pelvis de ella. 

— Sí…movete así — dijo Susana, llena de gozo. 

— Estoy un poco gordo — objetó él.— 171 — 

— No, solamente un poco fornido…movete así… 

Susana echó su torso hacia delante hasta que sus senos tocaron el pecho del cliente, que se los aferró con fuerza con las dos manos. 

— Yo te levanto por los senos…o por las tetas, bah… — se corrigió, riéndose. 

— Tetas, así me gusta más. 

— Eso, muy bien…bueno…bueno — dijo él. 

Susana se movía con frenesí. Estaba increíblemente excitada. 

— Hacía tiempo que no me calentaba así — dijo. 

El hombre le aferró las caderas y el roce de los órganos sexuales se hizo cada vez más brusco. Él se fue crispando. 

— Ya estoy por acabar — dijo. 

Lo sacudieron varios espasmos seguidos. 

— ¿Y? — dijo Susana, que interrumpió el movimiento tan pronto como él se sosegó. 

— Me vine todo, no me quedó nada adentro. 

— Quédese quieto, quédese quieto — dijo ella — …descanse… 

— ¿Vos no querés acabar? — le preguntó él. 

— Por mí no se haga problema — contestó Susana — saliendo de la incómoda posición y echándose en el asiento a su lado — Yo estoy trabajando. 

— Bueno, como quieras — dijo él. 

El hombre se quedó quieto por unos minutos, el cuerpo completamente relajado. 

— Vamos hacia adentro de la casa — dijo después — tengo un poco de frío. 

El auto había quedado detenido frente al garaje. El hombre lo entró, bajaron y pasaron a la casa. — 172 — 

— Mirá lo que tengo — dijo el cliente, abriendo el cajón de la cómoda del dormitorio — lo compré en una casa especial de pornografía en Nueva York. 

— ¿Visitó Nueva York? — preguntó Susana, mirando el objeto que él le señalaba dentro del cajón. 

— Esta es una pija de plástico — dijo él, tomándola entre sus manos — ¿ves qué grande es?...y te la ponés con estas correas — la dejó y tomó otro de los objetos — Estos son electrodos que se colocan sobre las tetas y te provocan un cosquilleo que te vuelve loca de placer. Esta — dijo, indicando una cuerda — es una soga de seda para atar a la persona. Con esta boca de plástico… 

— Oiga, diga — lo interrumpió Susana — Ud. me va a asustar. 

— No, escuchame — se defendió el hombre — yo te los muestro porque te tengo confianza, pero eso no quiere decir que vayamos a usar todo esto. 

— Ah, bueno — dijo Susana — además, con aparatos especiales es extra. 

— Sí, yo te lo pago adicional — dijo él — Cuando cumplen conmigo, yo también cumplo. 

Susana lo miró sin responder. El cliente empezó a quitarse las ropas. Después la ayudó a sacarse su vestido ajustado. 

— Bueno, vamos a empezar — le dijo al cliente — Ponete la pija de plástico. 

Susana lo miró con asombro. 

— ¿Me la pongo yo? — preguntó.— 173 — 

— Sí, ponetelá — repitió él. 

— Está bien… — dijo, y agarrando el enorme pene de plástico se lo colocó frente a su vagina. 

El cliente le ayudó a atarse las correas. Después fue hasta la cama, se arrodilló y echó el torso hacia delante. 

— Ahora metemelá… — le pidió. 

— ¿No le voy a hacer doler? — dijo Susana, viendo el gran tamaño del pene. 

— No, me gusta, me gusta… — dijo él. 

Ella apoyó el pene sobre el ano e hizo fuerza hasta que el ano cedió y el pene fue entrando lentamente. 

— ¿Así…? — preguntó Susana. 

— Sí…ah… — aceptó el hombre, emitiendo vagidos de dolor — Decime cosas — le pidió. 

— ¿Qué cosas? — le preguntó Susana. 

— Insultame — dijo él. 

— ¡Estúpido, idiota! 

— Así no, decime puta — dijo el cliente. 

— ¡Puta, maricón, reventado — exclamó Susana, y empezó a mover la pelvis con brusquedad, penetrando al hombre con el pene plástico hasta que el hombre se sacudió de dolor y placer — asqueroso, no te da vergüenza — siguió Susana — ¡Te voy a poner el culo rojo como un tomate! 

— ¡Sí, sí! — pidió él — reventame todo por dentro! 

El hombre, sin cambiar su posición, comenzó a manosearse el pene con la mano derecha, mientras reclinaba el peso de su cuerpo sobre el codo izquierdo. 

— ¿Cómo vas a acabar? — preguntó Susana. 

— Mientras vos me la das, yo me manoseo — dijo el cliente, que ya experimentaba contracciones cercanas al orgasmo — Seguí serruchando — le ordenó — ya acabo. 

Prorrumpió en dolorosos vagidos hasta que todo su cuerpo cayó hacia delante, arrastrando a Susana detrás de él.— 174 — 

— Sacamelá, por favor — le pidió — ¡Cómo me hizo doler! 

Susana hizo lo que le pedía y se quedó junto a él. 

— ¿Me saco la pija? — le preguntó. 

— No, dejatelá puesta, así la chupo — dijo el hombre. 

Se volvió hacia ella y succionó las partes del pene donde se habían acumulado restos de materia fecal. 

— Mirá que tiene mierda — le advirtió, incrédula, Susana. 

— Me gusta…me gusta… — dijo él. 

El hombre se incorporó y tragó la saliva. 

— ¿Y por qué no te traés a un tipo para que te la dé? — dijo Susana, asqueada. 

— No, solamente lo hago con mujeres — respondió el hombre — Con los tipos no me gusta. Yo soy heterosexual. 

— ¿Puedo descansar? — preguntó Susana. 

— Sí… — dijo él, y se tendió en la cama con los ojos entrecerrados. 

Susana se quitó las correas del pene plástico y se acostó a su lado. Así dormitaron por un rato. — 175 — 

Susana casi llegó a dormirse. De pronto entreabrió los ojos y vio que el cliente estaba arrodillado a su lado. 

— Ahora te la doy yo a vos — le dijo. 

— ¿Con la de plástico? — inquirió ella. 

— Sí, te va a gustar mucho más que la mía — dijo el hombre — La tengo chiquita. 

La introdujo con fuerza. Ella dejó escapar una exclamación de placer. 

— Ah…es grande de verdad — dijo Susana, moviéndose sensualmente — Nunca la había probado antes. 

— ¿La gozás? — preguntó él, penetrándola y observando el placer de Susana. 

El hombre la poseyó de manera rítmica y continuada; Susana se movía febrilmente, abría y cerraba los muslos, hasta que finalmente echó las piernas hacia atrás, apoyándolas sobre los hombros de él para que la penetrara más profundamente. 

— …estoy por acabar — exclamó Susana, agitada — ¿cómo tan rápido? 

— Porque tiene unas protuberancias en la punta que te provocan más roce contra el clítoris — explicó el cliente, sin dejar de penetrarla. 

— Lo que sea — dijo ella, haciendo movimientos suavemente circulares con la pelvis para sentir el roce en los labios de la vagina — Me vuelvo loca. ¡Pegame, pegame! — le pidió. 

— ¡Tomá — exclamó él, golpeándola con la palma de la mano y pellizcándole los senos — tomá guacha, puta!— 176 — 

— ¡Ay, ay, soy una puta, soy una puta! — gritó Susana, agitándose con vehemencia. 

— ¡Puta, puta! — repitió él. 

Susana bruscamente se detuvo y prorrumpió en un sollozo. 

— ¡Puta y mala madre…! — exclamó — Ay… 

Y desbordó en un llanto sorpresivo. Bajó las piernas, que estaban apoyadas sobre los hombros del cliente y él le sacó el pene que le había clavado hondamente en la vagina. 

— No llores…¿qué te pasa? — le dijo. 

Susana siguió llorando sin poder contenerse. El llanto agitaba todo su cuerpo. 

— Está bien — dijo el hombre finalmente — descansá un momento que se te va a pasar. 

Susana cerró los ojos y pronto dejó de llorar. El hombre se tendió a su lado. 

“Es fácil decir no llores…— pensó Susana — ¿a quién le importa si yo lloro? Gordo maricón, la tenés tan chiquita que me hacés reír. Seguro que tu mamá no te quiso cuando eras chico. Mi hijo no va a ser como vos, aunque todos piensen que una no tiene sensibilidad porque no es fina, ni tiene un marido que le pague todo, para quedarse en la casa haraganeando el día entero. Aunque no todas las mujeres son como esas ricas. ¿Y yo qué hago, qué hago? Me gustaría robarte, gordo, ¿sabés que en este momento te odio? Quiero que me devuelvas lo que me sacaron, siempre me sacaron todo y no me dieron nada a cambio. Me dieron el hijo, eso sí, y ahora tengo que mantenerlo. ¿Por qué me preguntaste sobre mi vida, por qué me hiciste acordar de mi hijo? Por eso me agarró esta tristeza. Un hijo es sagrado, ¿sabés?, un hijo es lo más grande que se puede tener en la vida. Una puede ser una cualquiera, puede haber crecido en la calle donde todo se aprende mal, donde todo se aprende al revés, pero un hijo siempre es un hijo, y una tiene por quien vivir. ¡Ay, Dios quiera que Juancito esté bien!”— 177 — 

El hombre, excitado, ante la pasividad y la tristeza de Susana, empezó a acariciarla y besarle los senos. 

“¿Y ahora, qué quiere este boludo? — pensó Susana — ¿Otra vez me va a serruchar?...justo ahora que me vino este pesar y no tengo ganas de nada… Después, seguro que me va a pedir que se la dé con la pija de plástico. ¡Qué gordo degenerado! Yo haré la calle, pero al lado de este gordo soy una santita! Y así y todo será un señor, y le abrirán las puertas de los taxis. Bueno, no tanto, que no es Anchorena. Pero debe ser lindo ser así de rico, tener un auto norteamericano. ¡Ay, despacio que me aplastás, gordo! Y si te robo, ¿qué? ¿Qué guardás en la mesa de luz, habrá guita? El gordo debe tener guita guardada en todas partes.” 

Susana empezó a responder a las caricias. El hombre estaba excitado. Le palpó el miembro. El hombre trataba de subírsele encima. Susana extendió la mano y oprimió la perilla de la luz. La habitación quedó a oscuras. 

— ¡Eh, por qué apagaste la luz? — dijo él. 

— Así te hago gozar más — respondió ella, acomodándoselo entre las piernas — la luz me frena. 

— Qué te va a frenar — dijo él, incómodo, creyendo que se trataba de un juego — Yo te voy a dar con mi rebenque en el culito para que corras a todo galope, mi yegua. 

La penetró, poseyéndola con fuerza. 

— Bueno — dijo Susana — hágame correr como a su yegua pero no prenda la luz, no prenda la luz que me pongo triste. 

— Está bien — dijo el cliente, algo incómodo — pero movete, para eso te pago. 

Susana obedeció. 

— Sí, querido, tratame bien, que estabas siendo amoroso… mmhhm…mi gordito lindo, ¿te gusta así? 

— Ay, mi yegua, no te veo — dijo el hombre, extendiendo la mano hacia la perilla de la luz.— 178 — 

—¿Pero no me sentís…? — dijo Susana, deteniendo su mano — ¡Dame con el filete! 

El hombre se detuvo. Le dio unos chirlos en las nalgas y después le oprimió los pechos. 

— Dejá que te apriete las ubres, mi yegua, que llegamos primero… 

— ¡…aayyy! — exageró ella — ¡ay, mi macho, que me reventás! 

El hombre siguió moviéndose con una lentitud que indicaba su cansancio. 

“Dale, gordo boludo — pensó Susana — seguí serruchando, te creerás que sos Tarzán, pero con ese maní no jodés a nadie, viejo. Si no fuera porque sos un cliente te diría lo que sos: un entecado, eso sos…Y pensar que cuando estábamos en el cabaret me calentabas. Pero te me viniste al piso, a mí me gustan las cosas al natural, eso de las pijas de plástico yo no me lo trago — Susana logró introducir su mano derecha en el cajón de la mesa de luz y sintió el tacto de papeles — No vas a prender la luz ahora, gordo, lo hago por mi pibe, pobrecito…Dios me lo guarde sano… — su mano tocó algo más suave — Sí, aquí agarré algo de guita.” 

El hombre empezó a contraerse, ya estaba pronto al orgasmo. Susana retiró la mano de la mesa de luz. El cliente eyaculó sin demasiada vehemencia. 

“Ahora que acabaste podés prender la luz si querés, macho…está bien…ni te vas a dar cuenta…yo me voy al baño…” 

El hombre encendió la luz. Susana se incorporó en la cama. 

— Voy al baño — le dijo. — 179 — 

Susana abrió apresuradamente la puerta de la habitación del hotel. Se acercó a la cama donde dormía la Negra y la tomó por el brazo. 

— ¡Negra, Negra, despertate…! — le dijo. 

La Negra entreabrió los ojos, sorprendida y miró a Susana. 

— ¿Qué pasa, qué hora es? — preguntó. 

— Son las siete de la mañana — dijo Susana — Negra…me mandé una cagada. 

La Negra reaccionó de golpe. 

— Contame…¿qué hiciste? — dijo, incorporándose en la cama. 

— Le robé al tipo ese trescientos dólares — contestó Susana. 

La Negra se llevó las dos manos a la cabeza. 

— ¿Cómo, estás loca? 

— Estábamos serruchando — contó Susana — le dije que apagara la luz y metí la mano en el cajón de la mesa de noche a ver si encontraba plata. Sentí que agarraba algo bueno. Cuando terminó lo saqué de encima mío y me guardé el rollito de guita en la concha: el tipo prendió la luz, me fui al baño. Vi que eran dólares. Me vestí. Le avisé que me iba. Él me pagó bien lo que me debía y salí. Y aquí estoy. Ahora me doy cuenta que hice una cagada. El tipo me va a ir a buscar al cabaret. 

—¿Y si te denuncia a la policía?— interrogó la Negra, alterada. 

— Me tengo que ir, me tengo que escapar… — dijo Susana, bajando la vista. 

— ¿Por qué lo hiciste? — preguntó la Negra. 

— No sé… — dijo Susana — estaba como desesperada, pensando en mi hijo. — 180 — 

— Te dije que yo te daba la plata — la reprendió la Negra — Allí la tenés, sobre la mesa — y señaló una mesa grande que estaba en el centro de la habitación. 

— ¡Gracias, gracias! — dijo Susana, sollozando — Yo pensé que para vos era un sacrificio tan grande. 

— No es para tanto — se compadeció la Negra — Pero si empezás así vas a terminar mal. No podés sacar plata de esa manera, a un tipo que sabe donde encontrarte. 

— ¿Y qué hago ahora? 

— Andá a la casa y devolvésela, antes que te denuncie a la policía — dijo la Negra. 

Susana la miró asustada. 

— No puedo — dijo — me va a romper la cara. 

— Andá y rezá que no pase nada. 

— Sí — se resignó Susana — no hay otro remedio. 

— Y otra vez no seas boluda — le aconsejó su amiga — o vas a terminar en cana. Yo ya estuve encerrada y no te lo recomiendo. 

— Está bien — dijo Susana — voy a la casa y le devuelvo la guita; el tipo todavía debe estar durmiendo. Te veo más tarde. 

Cuando Susana salió la Negra volvió a apoyar la cabeza sobre la almohada. Entrecerró los ojos y trató de dormirse. 

“Esta Susana me da miedo — se dijo, mientras conciliaba el sueño — va a terminar metiéndose en problemas… Con esta vida que llevamos nosotras no podemos andar jodiendo… Es muy joven, le falta experiencia…también con lo del hijo… Pobre Susana, se desespera y se ahoga en un vaso de agua…”— 181 — 

Cuando Susana volvió la Negra ya estaba levantada. Se estaba arreglando el cabello y sintió la puerta que se abría. 

— Susana, ¿sos vos? — preguntó sin volverse. 

— Sí, Negra, soy yo. 

— ¿Qué pasó? 

— Todo fue bien — explicó Susana — El tipo estaba durmiendo. Le dije que me había olvidado mi pulsera en el baño. Me dejo pasar y puse los trescientos dólares en el botín del baño. Le va a parecer raro encontrarlos ahí, pero por lo menos no me va a ir a buscar al cabaret para fajarme. 

— Bueno, menos mal — dijo la Negra, volviéndose hacia su amiga. La vio muy demacrada. 

— Ya es casi mediodía — dijo Susana — no doy más, estoy muerta de sueño. Me voy a acostar. Despertame para ir al cabaret. 

— Dormí tranquila — contestó la Negra. 

Susana se quitó el ajustado vestido de noche y cayó rendida sobre su cama. — 182 — 

— Susana, despertate — dijo la Negra, sacudiendo a su amiga por el hombro. 

— Eh…¿qué hora es? — preguntó Susana. 

— Son las cinco y media de la tarde. 

— Es temprano todavía — dijo Susana — dejame dormir. 

—No, despertate — insistió su amiga — Te llamaron del internado donde está tu pibe. 

— ¡Sí…ay! — reaccionó Susana — ¿qué dijeron? 

— No sé, yo no hablé con ellos, le dejaron un mensaje al encargado del hotel. 

— ¿Y qué le dijeron — insistió — qué mensaje dejaron? 

— Pidieron que pases por ahí — dijo la Negra — Tienen que hablar con vos. 

Susana se sentó en la cama y se echó el cabello hacia atrás. 

— Seguro que me van a pedir un montón de plata — dijo — Van a decir que gastaron mucho con la cuestión de la enfermedad. Yo no sé qué voy a hacer. 

— Bueno, no te preocupés antes de tiempo — dijo la Negra — Además…para algo somos amigas. Yo ya te dije que te daba plata. 

— ¿Pero vos te creés que va a alcanzar? 

— No te adelantés a lo que pueda pasar. Vos andá y hablá con el Director del Internado. 

— Es una monja — dijo Susana — y me parece una fayuta. Esas que le andan prendiendo velitas a la virgen todo el día a mí me dan mucho que pensar.— 183 — 

— Seguro que les gustan los machos como a todas, pero le tienen miedo a la que te dije — comentó con sorna la Negra. 

— ¿Vos creés? — preguntó Susana — Se deben hacer culear por cualquiera, por el primero que les cae a la mano. 

La Negra se puso súbitamente seria y tomó a su amiga por los hombros. 

— Susana — le dijo — es importante que te tomés las cosas con calma y te quedés en el molde. Andá al Internado y averiguá qué quieren, capaz que te estás haciendo problemas sin razón. 

Fue hasta su cartera, sacó un fajo de billetes, los juntó con los que había dejado en la mesa y los puso en la mano de Susana. 

— Tomá esta plata — agregó. 

Susana la abrazó. 

— Gracias, Negra. Sin vos yo no sé qué haría. Sos la mejor amiga que tengo. 

— Para eso están las amigas — dijo la Negra — en las buenas y en las malas.— 184 — 

Susana ingresó en el edificio del Internado. Caminó por los pasillos, entre religiosas vestidas de hábito blanco. Una Hermana le indicó la oficina de la Administradora. La religiosa la hizo pasar y le indicó que se sentara. 

— Soy Susana Peralta, Hermana — se presentó. 

— Sí, señora, ¿qué desea? — preguntó la religiosa. 

— Vengo a ver cómo está mi hijo Juancito. Es un nene muy menudito… 

— Sí, sí, ya lo recuerdo — dijo la monja — Nosotras llamamos para que Ud. viniera. Su hijo es el nene que estuvo enfermo. ¡Qué trabajo nos dio, señora, estuvo muy mal! 

— ¿Y cómo está ahora, está bien? 

— Sí — respondió la Administradora — Gracias a la atención médica que ha recibido ya está en perfectas condiciones. Le hemos dado la mejor atención, se le hizo una revisación general con análisis de sangre, recuento de glóbulos, análisis de orina, electrocardiograma… 

— ¿Electro? — la interrumpió Susana — ¿No le puede dar una descarga, hermana? ¡Los chicos son tan imprudentes, meten los dedos en los enchufes! 

— No, señora — dijo la religiosa, mirándola con suspicacia — ahora está muy bien. ¿Vino Ud. con su marido? 

Susana se movió en la silla con incomodidad y se arregló el satinado vestido de noche que llevaba puesto. 

— No — dijo — mi marido está trabajando. Un viaje de negocios por el extranjero.— 185 — 

— Ah, comprendo — dijo, incrédula, la Administradora — En la ficha que tengo sobre Ud. y su familia consta que Ud. trabaja. De secretaria. 

— Sí, Hermana, secretaria. 

— Secretaria bilingüe. 

— Sí, biguingüe — se equivocó Susana. 

— ¿Cómo? — interrogó la monja — ¡Bilingüe…! 

— Sí, bilingüe — dijo Susana. 

— Ah — explicó la religiosa — le había entendido biguingüe. 

— No — aclaró Susana — yo dije bilingüe, de bi como bi, lin como lin, y güe como güeso. 

— Ud. querrá decir hueso — la corrigió la monja. 

— Sí, señora. 

— Sí, Hermana — rectificó la Administradora. 

— Sí, Hermana— repitió Susana. 

La Administradora la observó en silencio por un momento. Susana no estaba maquillada, pero su apretado vestido de noche resultaba muy llamativo. 

— ¿Puedo ver a mi hijo? — pidió Susana. 

— ¿Secretaria bilingüe? — dijo la monja — How are you? Are you all right? Do you want to see your son? 

— ¿Cómo dice? No le entiendo. 

— Pero cómo — dijo la monja, con una sonrisa de triunfo — ¿no dijo que era secretaria bilingüe? 

— Sí — respondió Susana — pero esa lengua no la hablo, Hermana. 

— Esa lengua es inglés, Sra… 

— Sra. Peralta, de Peralta — dijo Susana, visiblemente contrariada. 

— Es inglés, Sra. de Peralta. 

— Soy secretaria, pero no de inglés. 

— ¿Y de qué lengua? 

— De…guaraní — respondió Susana. 

— ¿Guaraní — exclamó burlonamente la religiosa — lo que hablan los indios allá en el Chaco? Eso no es una lengua, ¡por favor!— 186 — 

Susana contuvo su rabia. 

— ¿Puedo ver a mi hijo? — insistió. 

— ¿A su hijo? — dijo despectivamente la Administradora — Tiene que hablar con la Madre Superiora. 

— Mirá — dijo Susana, levantándose de la silla — estoy perdiendo la paciencia, qué tanto joder. 

— ¡Señora! — exclamó, defensiva, la monja. 

El rostro de Susana se congestionó. 

— Déjeme de romper las bolas con finuras — dijo con rabia — entrégueme a mi hijo, para eso me reviento trabajando y le pago todos los meses. 

— ¿Cómo le habla así a una religiosa? — dijo la Administradora con indignación — ¡por el amor de Dios! 

— ¡Vieja puta — exclamó Susana, fuera de sí — te voy a dar un cachetazo! 

— ¡No se atreva a levantarme la mano! — dijo la monja, retrocediendo hacia una puerta en el extremo de la oficina — ¿qué clase de mujer es Ud.? ¡Ud. no respeta a nadie, ni siente temor de Dios! 

— ¡Qué sabe Ud.! — gritó Susana con rabia — Si yo le contara mi vida… ¡pero Ud. qué puede entender, qué sabe lo que es ser mujer! 

— Me niego a seguir hablando con Ud. — dijo la administradora, abriendo la puerta — Dios la va a castigar. ¡Adiós! 

Susana se quedó sola en la oficina, sin saber qué hacer. Volvió a sentarse. Pasaron varios minutos. La puerta se abrió nuevamente y apareció una monja entrada en años, de baja estatura y bastante robusta. 

— Soy la Madre Superiora — se presentó — Le informo que en este Internado no se entregan niños sin una orden del Juez que especifique el estado civil y la legitimidad de los progenitores — dijo con agresividad. 

— Yo soy la madre legítima — replicó Susana. Miró a la monja con desesperación — Permítame verlo, Hermana, Madre, no me puede negar eso.— 187 — 

— Ud. insultó a la Hermana Administradora — dijo la Superiora— no me puedo fiar de Ud., es una mujer fuera de sus cabales. Vaya a saber cómo se gana la vida. 

— ¡Por favor, por favor! — suplicó Susana — ¡Traje dinero! 

— ¿Trajo dinero? — dijo la Superiora. 

— ¡Sí, sí! — insistió Susana. 

— A ver, muéstremelo — ordenó la monja. 

Susana abrió su cartera y sacó un fajo de billetes. 

— Aquí lo tiene — dijo, entregándoselo a la monja. 

— A ver, cuánto es… — dijo la Superiora, extendiendo los billetes y contándolos. 

Susana buscó en su cartera y sacó algunos billetes más. 

— Tómelos todos, no los quiero — sollozó — Déjeme ver a mi hijo. 

— Bueno — respondió la Superiora, echándole una mirada de lástima — siéntese ahí un momento. Se le va a permitir una visita. 

Susana rompió a llorar. La Superiora se guardó el dinero y se dirigió hacia la puerta. 

— ¡No llore! — dijo antes de salir — Si llora no le puedo dejar que vea a la criatura. — 188 — 

Un rato después la condujeron hasta un salón amplio, de paredes blancas y asépticas, sin ningún mueble. Allí la dejaron sola por un momento. Se abrió una puerta en el otro extremo del salón y apareció una Hermana enfermera con el niño en brazos. Susana caminó hacia ella y tomó a su hijo. 

— Hijo, mi hijo, dejame que te bese. 

El niño respondió con sonidos guturales. 

— ¿Todavía no has aprendido a hablar? — dijo Susana — Sé que estuviste enfermo, pobrecito. 

Lo abrazó contra su pecho. El chico emitió un ronquido extraño. 

— Sí, yo sé que me querés mucho — dijo Susana — yo también te quiero, hijito de mi alma. ¿Vas a salir a pasear con tu mamita? 

El chico dejó caer una baba espesa y la madre lo limpió con su pañuelo. 

— Te voy a llevar a la plaza para que juegues con los otros chicos, te compraré un globo y una pelota para que aprendas a patear, y algún día seas un jugador de fútbol famoso. 

El chico hizo una mueca y extendió sus bracitos hacia la cara de Susana. 

— ¡Se ríe, se ríe — exclamó Susana — mi hijito querido, tan hermoso él! ¡Va a ser buen mozo como su padre! 

Lo besó con cariño, lo sentó en el suelo y trató que se parara solo. Como no lo logró, lo puso de pie, lo apoyó contra la pared y se alejó unos pasos de él.— 189 — 

— Vamos a jugar — le dijo — Vos ahora caminás hacia mí. Vení… 

Le hizo un gesto con la mano, y el niño, como si entendiera, dio unos pasos vacilantes. 

— Sí…así…muy bien — dijo Susana — así. 

El niño finalmente cayó de bruces y Susana se acercó a levantarlo. 

— ¿Qué hace, señora? — protestó la enfermera — ¿Cómo lo ha dejado caer así, lo quiere lastimar? 

— Disculpe, Hermana — dijo Susana — quería jugar con él. 

La religiosa enfermera tomó al niño en sus brazos. 

— Ahora tiene que acompañarme — le dijo a Susana — El médico quiere hablar con Ud. 

— ¿Hay algún problema, Hermana? 

— No — respondió la enfermera, echándose a caminar con el niño en brazos — acompáñeme. 

Susana la siguió por las galerías del Internado. La enfermera se detuvo ante una oficina, golpeó la puerta y la hizo entrar sola. La recibió un hombre muy alto, de pelo rubio con corte militar. 

— Siéntese, Sra., soy el Dr. Werner — se presentó. 

— Sí, Dr. ¿qué pasa? — lo interrogó Susana, preocupada. 

— Le quiero hacer algunas preguntas, señora. 

El médico tenía ante sí una carpeta abierta. 

— ¿Qué edad tiene Ud.? — dijo. 

— Dieciocho. 

El Dr. Werner anotó en la carpeta. 

— ¿Hay algún caso de alcoholismo en su familia o en la de su marido? 

— En la de mi marido no sé — contestó Susana. 

— ¿Y en la suya? ¿Ud. bebe? 

— De vez en cuando. 

— ¿Bebía cuando tuvo al niño? 

— No, en esa época no bebía. 

— Y en su familia, ¿bebía su padre? 

— …sí — dijo Susana, vacilante — pero era bueno…— 190 — 

— Lo sé, señora. ¿Cuánto bebía? 

— No sé, no me acuerdo. 

— ¿Cuánto?¿Qué bebía? 

— Vino. 

— ¿Una, dos botellas al día? 

— A ver…sí, dos o tres. 

— Dos o tres. ¿Y su madre? 

— No, mi madre no. ¿Qué pasa, doctor? 

El médico levantó la vista del escritorio. 

— Bueno, su hijo tiene problemas serios de salud — dijo — Detectamos dificultades graves para el aprendizaje. No creemos que nunca vaya a hablar. 

— ¿Cómo? — preguntó ella, aturdida. 

— El coeficiente mental de su hijo está por debajo de lo normal — aseguró el Dr. Werner — Aparentemente es una afección congénita, producto de una deformación genética. 

— ¡No entiendo nada — dijo Susana, negando con la cabeza — no entiendo nada! 

Se cubrió la cara con el antebrazo y prorrumpió en un llanto. 

— No llore, señora — dijo el Dr. Werner — nada se arregla con eso. 

— Tiene solo dos años — exclamó Susana, entre sollozos. 

— Le hemos hecho pruebas de atención, analizamos cuidadosamente sus reflejos — le aseguró el facultativo — no hay muchas esperanzas por ahora. 

Susana se agarró los cabellos con las manos y empezó a mover la cabeza hacia un lado y otro con desesperación. 

— Piense, señora, que tal vez pueda encontrarse en el futuro la manera de reparar esta desgracia — dijo el médico, tratando de calmarla — En Estados Unidos se están haciendo estudios para reconstruir funciones mentales dañadas en los lóbulos cerebrales y…en fin, su marido es exportador e importador, ¿no?, viaja por el extranjero, quizá lo puedan llevar a Estados Unidos para que lo operen allá.— 191 — 

El llanto de Susana se hizo más desesperado. 

— No llore, señora, no llore — insistió el médico — Su hijo la necesita. Debe decirle a su marido que estas complicaciones han aumentado extraordinariamente los gastos. Debemos atenderlo con una enfermera especializada. Desde este mes la cuenta mensual será de mil quinientos dólares, o lo correspondiente en pesos nacionales. 

— ¡Ah, ah! — exclamó Susana, sin dejar de llorar — ¿qué hice para merecer esto? 

— Váyase a su casa, señora — dijo el médico, pasándole paternalmente un brazo por sobre el hombro y acompañándola hasta la puerta — Ud. tiene que descansar. 

— ¡Hijo, hijo de mi alma! — dijo Susana, mientras se dejaba conducir fuera de la oficina.— 192 — 

Cuando Susana llegó al hotel hacía más de dos horas que había oscurecido. Abrió la puerta de la habitación. La Negra estaba frente al espejo, maquillándose. 

— ¡Negra, Negra — exclamó, dejándose caer sobre su cama — no sé qué voy a hacer, estoy desesperada! 

— Mirá a la hora que venís — le reprochó la Negra, mientras se pintaba los ojos — Andá a cambiarte que tenemos que ir al laburo. ¿Qué te dijeron en el Internado? 

— Me quiero morir… 

La Negra volvió la cabeza y miró a su amiga. 

— ¿Por qué, pero qué pasa, qué pasa? — preguntó, al verla en ese estado. 

— El médico dijo que mi hijo es idiota. Nunca va a aprender a hablar. 

La Negra fue hacia su amiga y la abrazó. Susana prorrumpió en un llanto desolado. 

— ¿Por qué me tenía que pasar a mí, con todo lo que hice por él?

— Bueno, Susana querida — dijo la Negra, acariciándole la cabeza y tratando de calmarla – quizá en el futuro descubran algún medicamento nuevo y puedan hacer algo. 

— ¡Nada va a cambiar, nada va a cambiar — exclamó Susana — quiero morirme! 

— Está bien, llorá, llorá que te va a hacer bien — dijo su amiga, compadecida — Mirá, sacate la ropa y acostate a dormir. Le digo — 193 — 

al trompa cualquier cosa. Le digo que tuviste un ataque de hígado o de apendicitis y que no podés trabajar. 

— ¿Por qué a mí, por qué a mí, qué hice de malo? 

— Bueno, desahogate — dijo la Negra, mientras la ayudaba a desvestirse. 

Susana se introdujo en su cama y la Negra la tapó. 

— Dormí — le dijo— Cuando vuelva del cabaret hablamos. Ahora dormí, que te va a hacer bien. 

Susana se tranquilizó. Su amiga terminó de maquillarse, tomó la cartera, apagó la luz y salió de la habitación. 

“Pobre Susana — pensó la Negra, mientras iba a su trabajo — es lo único que le faltaba. Nada le sale bien. Yo no sé, es como si el mundo estuviera contra ella. ¡Y con lo que le gusta meter la mano en el enchufe! Mirá que salirle el hijo idiota…¡pobrecita! ¡Qué verso voy a tener que hacerle al trompa! Espero que se ponga bien pronto, pero mientras tanto tendré que bancarla yo.”— 194 — 

Cuando la Negra regresó esa madrugada, Susana la esperaba despierta. 

— ¿Sos vos, Negra? — gritó, apenas oyó la puerta. 

— Sí, ¿cómo estás? — dijo la Negra. 

— Un poco mejor — respondió. 

La habitación estaba toda desordenada. En la mesa había una botella de vino vacía y otra a medio consumir. 

— Veo que bebiste… — observó la Negra. 

— No mucho — se justificó Susana — Unos vasos de vino, como para no pensar y quedarme un poco tranquila; si no, no puedo. ¿Qué le dijiste al patrón? 

— Le dije que tenés apendicitis — respondió la Negra — así que por unos días estás justificada. 

— ¿Se lo creyó? — preguntó Susana. 

— No sé, pero no me hizo muchas preguntas. La que hace estriptís se iba a sentar con los clientes para reemplazarte, después de cada actuación. 

— Esa… — dijo Susana con despecho — con las tetas de plástico. 

— Se cree que es la reina del mundo — asintió la Negra. 

— ¡Bah…! — dijo Susana, dejándose caer en la cama — Alcanzame la botella. 

La Negra hizo lo que le pedía y después se quitó la ropa. 

— Me voy a dormir — le anunció. 

— Hasta mañana — dijo Susana — …y gracias…— 195 — 

— Susana — la llamó su amiga. 

Susana se había quedado dormida con la ropa puesta. 

— Susana — repitió — Ya hace tres días que estás borracha como una cuba. 

Susana se dio vuelta en la cama, sin abrir los ojos. 

— ¿Hasta cuándo vas a seguir así? ¿Qué querés, matarte? 

Susana la miró. 

— El tipo del Internado me pidió mil quinientos dólares por mes — dijo, con voz grave de sonámbula. 

Volvió a cerrar los ojos. 

— Ya me lo dijiste — respondió la Negra — ese tipo está loco, es un ladrón. Además…en caso que se los pagaras, lo que de hecho no podés hacer, porque no tenés de donde sacar la guita…¿vos creés que por eso tu hijo se pondría bien? 

— No me importa — dijo, sin abrir los ojos — yo quiero tenerlo conmigo. 

— No podés, ¿quién va a cuidártelo cuando vayas a trabajar? Además, el chico necesita que lo atiendan los médicos, no ves que no puede hablar ni entender, es como una cosa. 

Susana se incorporó en la cama. 

— Me voy a casar con un hombre rico — dijo, gesticulando y con la mirada extraviada — Un hombre que me mantenga a mí y cuide de mi hijo. 

— ¡Por favor, Susana — gritó la Negra, con enojo — dejate de decir boludeces, estás delirando! Mirá, yo te quiero mucho — agregó — pero me estás volviendo loca también a mí. — 196 — 

— Dejame sola — dijo Susana, tratando de incorporarse, tambaleante — no nec