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sábado, 14 de agosto de 2021


Sara Gallardo, Eisejuaz y la Gran Historia Americana 


                                                Alberto Julián Pérez 



La novela Eisejuaz, 1971, de la escritora argentina Sara Gallardo (1931-1988), cuenta, en

primera persona, sucesos de la vida del indio mataco Eisejuaz, o Lisandro Vega, su nombre

cristiano. Es singular que una escritora porteña haya logrado recrear la voz de un hombre indígena,

distante de su experiencia individual, tanto por su género como por su mundo socio-cultural.

Posesionarse de la voz de un otro, cuando ese otro no pertenece al mundo social del escritor, y

más aún cuando es radicalmente distinto y difícil de imaginar, como es el caso de un indio

mataco del monte salteño, para una escritora perteneciente a un grupo social de clase alta de

Buenos Aires, es un logro narrativo excepcional. Tiene la virtud de abrir la conciencia del

personaje hacia los lectores deseosos de saber de ese otro poco conocido. Aquellos escasos

escritores felices que han logrado representar con autenticidad este tipo de personajes en el

mundo de las letras, como José Hernández en su Martín Fierro, José María Arguedas en

Los ríos profundos y Juan Rulfo en muchos cuentos de El llano en llamas, tienen grabados sus

nombres con letras de oro en la historia de sus literaturas.

El lector latinoamericano, hospedado por lo general en centros urbanos, que simulan

escapar del subdesarrollo y del atraso y tratan de remedar la vida europea, siente, como afirma

el filósofo Rodolfo Kusch, que vive en un mundo “inauténtico” (Tomo I: 49-59). En ese mundo

se ignora lo más profundo del ser americano. Ese ser “bárbaro” americano, “primitivo”, al que le

tememos, nos seduce con su carga ancestral y opera en nosotros como un deseo inconsciente que

retorna con la fuerza de lo negado. Nos recuerda que vivimos en América, y que América es

una pregunta a la que todavía no hemos logrado darle respuesta satisfactoria, y que conforma, en

la vida intelectual de los distintos países que componen el continente, uno de los núcleos o

filosofemas más constantes de nuestro discurrir.

Para la escritora Sara Gallardo el estar fuera de sí y el ir hacia el otro, fue parte de su

experiencia vital. En sus otras novelas, Los galgos, los galgos (1968) y La rosa en el viento (1979),

también narran personajes hombres en primera persona; en la última, aparece un personaje indio

mapuche. Elena Vinelli, en el prólogo a la reciente reimpresión de Eisejuaz, caracteriza a

la autora como “nómada” y “errática” (Vinelli 5-9). Sara Gallardo vivía viajando, desplazándose

de Buenos Aires a Europa, a América Latina, a Medio Oriente, al norte de Argentina, y residiendo

en esos sitios por períodos prolongados, como corresponsal y columnista de diarios y revistas,

acompañada por su esposo, Pico Estrada, primero, y luego por el reconocido ensayista H. A.

Murena, su segundo esposo. Su experiencia en el norte argentino en 1968 tiene que haberla llevado

a meditar sobre el mundo de los matacos. Sara Gallardo ambienta la novela Eisejuaz en la selva

de Salta, cerca de Orán, donde reside un grupo de esa comunidad.

El núcleo de la obra es la relación de su personaje central con su Dios. Lisandro, o

Eisejuaz, habita en un mundo sagrado, y para él lo más importante en su vida es su vínculo con la

divinidad. Rodolfo Kusch había señalado que el habitante original de América vivía aún rodeado

del sentido de lo sagrado (Tomo III: 264-91). Su relación con los dioses condicionaba su mundo,

lo hacía habitable, y determinaba su relación con la tierra, con el suelo; le daba su identidad

ontológica, que caracterizaba como una forma del “estar”, más que del “ser”, que definía al

europeo (Tomo III: 353-71). En el mundo de la selva el indígena mataco habita en este “estar”,

asociado a la tierra, a las divinidades telúricas. Habla su propia lengua: el castellano es una

segunda lengua para él, que sólo utiliza con los que no son miembros de su comunidad. Puesto que

el que cuenta es un indio mataco, su narración contiene la cosmovisión de ese universo indígena,

tal como lo imagina su autora. Gallardo hace todo lo posible para que la narración sea creíble; le

inventa al indio una forma de hablar que supuestamente remeda la forma de hablar de los matacos.

Su recreación lingü.stica no es puramente gramatical, sino también ideológica.

En el capítulo primero, “El encuentro”, presenta al protagonista, quien explica en primera

persona: “Yo soy Eisejuaz, Este También, el comprado por el Señor, el del camino largo.

Cuando he viajado en ómnibus a la ciudad de Orán he mirado y he dicho: ‘Aquí

descansamos, aquí paramos’. Allí mi padre, ese hombre bueno, allí mi madre, esa mujer animosa

con el hijo de encargue, allí tantos kilómetros saliendo del Pilcomayo a pies hicimos por la palabra

del misionero. Allí mis dos hermanos. Allí yo, Eisejuaz, Este También, el más fuerte de todos.

Veo y digo: ‘Aquí descansamos, aquí paramos’. Los lugares no tenían nombre en aquel tiempo.”

(Gallardo 15). Eisejuaz se da diversos nombres que lo denominan y tienen que ver con su

posición en la cultura mataca y con su singular experiencia con la divinidad. Constantemente

se refiere al estar allí; aún antes que las cosas tuvieran nombre su pueblo estaba consciente de ese

estar que lo definía. Lo que conoce Eisejuaz del mundo de los blancos (incluida la lengua), lo

aprendió en el proceso de socialización y adaptación a la comunidad establecida por la misión

religiosa, en la que vivió desde su adolescencia y, luego, en su trabajo en un aserradero. Si bien

habla el castellano con fluidez, Eisejuaz no es bilingüe, y su castellano tiene marcas de

inadecuación gramatical. Para indicar esto Gallardo recurre al uso excesivo de los gerundios

o a formas inusuales de negación (“Y nada no pasó”).

La autora nos introduce en el mundo mental del indígena, que escucha múltiples voces:

Eisejuaz, que para el mundo blanco es Lisandro Vega, habla con el Señor, su Dios, habla con los

animales, oye voces en los sueños. En el comienzo de la novela Eisejuaz conoce al Paqui, el

enviado por el Señor, y este acontecimiento motiva el resto de las peripecias de la trama. El Paqui

es un hombre blanco, enfermo, inválido. Cuando lo encuentra Eisejuaz trabajaba en un aserradero

en el monte. Había estado esperando al enviado del Señor desde aquel día que su Dios le habló,

cuando tenía 16 años. Eisejuaz era lavacopas en un hotel y se le apareció el Señor en un remolino

del agua de la pileta, y le pidió las manos. Le dijo: “Lisandro, Eisejuaz, tus manos son mías,

dámelas” (Gallardo 19). La autora no explica qué significa “dar las manos” a Dios, pero el lector

puede imaginar que es entregarse incondicionalmente a su voluntad, para que ese Dios actúe a

través de él. Eisejuaz preguntó qué era lo que debía hacer, y el Señor le respondió que antes del

“último tramo” le iba a decir.

Más tarde llegó una lagartija con un mensaje, y le dijo: “Te va a comprar el Señor...le vas

a dar las manos...El Señor es único, solo, nunca nació, no muere nunca” (Gallardo 20). Eisejuaz

asintió, él estaba dispuesto a obedecer e iba a darle las manos cuando llegará el último tramo de

su camino.

El Paqui, el enviado del Señor, aparece mucho tiempo después. Habían transcurrido casi

veinte años desde la primera revelación. Eisejuaz iba a cumplir 35 años y vivía su vida en total

obediencia hacia su Dios, esperando una señal de este.

El mundo de Eisejuaz era un universo mágico y sagrado, en armonía con las criaturas de

su suelo, con las que aceptaba compartir la existencia, y consideraba sus iguales. La palabra de

su Dios le llegaba a través de objetos y animales. En momentos determinados, sin esperarlo, podía

recibir su palabra, su revelación. En ese mundo, el blanco, cuando aparece, es un intruso. Lo que

conoce del mundo Eisejuaz está al servicio de su misión divina. Ese objetivo es lo que da sentido

a su vida. Eisejuaz es un elegido, al que Dios le habló y le pidió sus manos.

Es un hombre muy fuerte, capaz de levantar con sus brazos pesadas vigas. Su madre le dijo

que él había nacido para jefe. Cuando llegó el Paqui, Eisejuaz lo aceptó; comprendió que era el

enviado de su Dios, al que había estado aguardando. Paqui es un hombre de la ciudad, y Eisejuaz,

para él, es un indio, un salvaje. No le inspira respeto. Para Kusch, el blanco, en América, utiliza

las instituciones europeas para protegerse y separarse de lo indígena, de lo no occidental. Tiene

hábitos de vida pulcros, practica un formalismo y aislamiento compulsivos, que tienen algo de

ritual y lo separan del hombre nativo de América. Importa del exterior la cultura occidental,

causalista, moderna, y vive dentro de ella como en una burbuja, en su “pequeña historia”, aislado

de América, de la “gran historia” de América, de la que sólo es un episodio reciente. Para el

hombre occidentalizado de las ciudades, el “civilizado”, el hombre americano “hiede”, es parte de

la naturaleza, convive con sus animales. América, decía el filósofo Rodolfo Kusch, se nos hace

presente en su hedor (Tomo II: 248-54). En la novela de Sara Gallardo, no sólo el indígena huele

mal, sino también el blanco, a quien Eisejuaz lleva a vivir con él a la selva, como si fuera un

“salvaje”.

El Paqui es un hombre enfermo, lisiado, que ha sido elegido por el Dios de Eisejuaz. No

tiene conciencia de ello ni entiende. Su Dios le pide a Eisejuaz que lo cuide, y este comprende que

ha empezado para él “el último tramo de su camino”. Espera que su Dios le diga qué debe hacer

con el Paqui. Mientras aguarda, Mauricia, su amante, hermana de su esposa muerta, lo viene a

buscar. Elle le cuenta que el Reverendo de la misión lo llama. Eisejuaz le responde que ha

empezado el último tramo de su camino, que como el lector prevee, es el camino de su entrega

total a Dios y su sacrificio. Así termina el primer capítulo, “El encuentro” y empieza el

segundo, “Los trabajos”.

Cada capítulo de la novela tiene un título descriptivo y simbólico, que le informa al lector

la evolución del ciclo religioso de la trama: siguen, entre otros, “La peregrinación”, “Las

tentaciones”, “El desierto” y, el último, “Las coronas”. El narrador describe lo que ocurre en

esos momentos, intercala escenas del pasado y nos informa de importantes episodios de la vida de

Eisejuaz. Su mundo es muy diferente a ese que ansía y valora el lector liberal de las ciudades, que

cree en la felicidad y el progreso, y ansía repetir en América la historia europea. Eisejuaz es un

indígena que sigue sumisamente los designios de su Dios ancestral y se enfrenta al horror de lo

sagrado, que lo acecha en todas partes (Kusch, Tomo III: 64 -71). Es un ser vulnerable al que su

Dios eligió, y le exigía su sacrificio para salvar a su gente. Le había pedido sus manos y este le

obedecía. Eisejuaz había convivido con los blancos en su pueblo y en el aserradero, sabía que

estos no comprendían a los matacos. Los blancos explotaban su trabajo, abusaban de ellos, y los

insultaban y amenazaban si se negaban a trabajar.

El Reverendo no entendía a Eisejuaz, lo despreciaba y condenaba; le dijo: “Sos un falso.

Capataz de campamento traidor. Andate ahora de aquí. Ya irás a la coca, al alcohol, al tabaco, al

juego, a enfermarte, a no tener trabajo. Por infiel, por traidor, por mal cristiano....amigo del diablo,

veneno del alma de los matacos, de los tobas de la misión” (Gallardo 31).

Una vez que Eisejuaz se supo elegido por el Señor, se entregó al ayuno, casi se dejó

morir, esperando señales de este. Sólo aceptaba comer después de recibir sus mensajes. No

tenía voluntad propia, obedecía la voluntad de Dios. Le había dado sus manos y este se las había

entregado al Paqui, que ahora podía curar por su intercesión. Era capaz de sanar a los enfermos y

hacer milagros. El pueblo mataco sufría y vivía en la miseria. No creían que el trabajo pudiera

sacarlos de esa situación, Dios era la única respuesta. El mataco se “dejaba estar”, su ser se

realizaba en ese estar en América, que era estar con y para su Dios (Kusch, Obras completas,

Tomo II: 549-56).

El diablo acechaba a Eisejuaz bajo diferentes formas. Se había preparado para defenderse

de él. Gallardo comenta a través del personaje principal sobre la situación social de los matacos.

Vinieron de Tartagal varios hombres y los incitaron a rebelarse contra sus patrones. Trataban de

mostrarles el estado de opresión en que vivían, la deuda creciente que mantenían con el dueño del

almacén, que les vendía el alcohol. Uno de ellos les explicó que “...El paisano era el dueño de la

tierra, todos lo usan. Los gringos lo usan, le enseñan a hablar en lenguas gringas, a rezar a otro

Dios. Todos lo usan. El paisano tiene que ser el ciudadano de honor de la patria argentina....”

(Gallardo 40). Eisejuaz desconfiaba de él, no le creía, le dice que lo único que quieren es “votos”

y está haciendo pura “política”. Comienza una gresca, quiere castigar a los caciques que los

acompañan y termina en prisión.

La sola preocupación de Eisejuaz era obedecerle a su Dios, no creía en la política de los

hombres blancos. Piensa en buscar a su amigo, el viejo Ayó, Vicente Aparicio, para pedirle

consejo. Va a pie a Orán; este trabajaba allí, en la YPF. Deja que lo guíen sus sueños. Estos le

habían anunciado hacía años la muerte de su mujer. El universo era fatal, los matacos vivían presos

de la voluntad de Dios. En Orán visita a su amigo Ayó; le cuenta que no ha recibido señales divinas.

Este hace una ceremonia, quema semillas, su alma sale de recorridas y canta. El alma de Eisejuaz

sale junto al alma de Ayó. Finalmente, su amigo logra que vuelvan los mensajeros al corazón de

Eisejuaz.

Vino, en una ocasión, un viejo rengo de su comuna y lo increpó. Le dijo que él lo estaba

castigando, que parara. Eisejuaz tenía poderes. La hija más joven del viejo estaba en el hospital,

próxima a la muerte. El viejo creía que Eisejuaz la había condenado. Este le responde que en ese

momento no tenía poderes, pero el viejo insiste. Eisejuaz realiza una ceremonia. Toma alcohol

puro. Los mensajeros se apoderan de él, se ahoga. Cuando la ceremonia concluye, la niña está

curada. Eisejuaz siente que algo ha cambiado dentro suyo. Le ha vuelto la fuerza al cuerpo, con el

favor de Dios. Se le aparece un espíritu, “Agua Que Corre”. Comprende que pronto vendrá un

enviado del Señor y él deberá obedecerle. Se va del aserradero. Vive de changas y espera.

La narración vuelve al momento aquel en que Eisejuaz se había encontrado con el Paqui,

el enviado. Habló con él y le dijo que sabía quién era: una rata, un miserable que emborrachaba a

las mujeres y les cortaba el pelo para venderlo. Eisejuaz lo alimentaba, pero el Paqui vomitaba la

comida. Eisejuaz lo limpiaba: él era un servidor del Señor; este le había pedido las manos y también

el corazón. El Paqui le cuenta episodios de su vida de infamias y crueldades. En Rosario había

torturado a una mujer con una vela encendida, en Salta había vendido el pelo de mujeres. Las

explotaba. Le pide que encuentre un valijín que tenía y, después de mucho buscar, lo halla. En el

valijín había cosas sin importancia. Eisejuaz cuida al Paqui y lo atiende. La Mauricia, su

antigua amante, hermana de su mujer muerta, aparece. Mantienen relaciones sexuales.

Le pide al Paqui que camine. Es lisiado y no puede. Trata de hacerlo y cae. Eisejuaz le dice

a su Dios que cumplirá con su voluntad. El Señor lo somete a varias tentaciones. Viene un hombre

y le ordena que vuelva a la misión; él le responde que los mensajeros se habían retirado de él. El

hombre le dice que él era el jefe, y lo necesitaban; Eisejuaz le contesta que los tobas y matacos

quizá no tenían salvación, se había terminado su tiempo. Luego aparece su amigo Pocho Zavalía,

Yadí; lo quiere llevar con él, pero Eisejuaz le cuenta que el Señor le pidió las manos, y él

comprende. La tercera tentación es una mujer que le recuerda un hecho horrible de su infancia,

cuando unos hombres atacaron su tribu; apresaron a un hombre y a una mujer, los torturaron, los

desollaron y los mataron. Eisejuaz comprende que es la “Muerte Vengadora” y la echa.

La cuarta tentación llega por boca del Paqui. Este le pide que lo limpie y arregle y que lo

lleve a un hotel del pueblo. Eisejuaz lo hace. Llama a los mensajeros, que cree lo han abandonado:

baila y les pide que le expliquen cómo será el “cumplimiento”. Pronto se hacen presentes “los

pueblos chicos de bajo tierra” en forma de viento y lo tranquilizan.

La quinta tentación es una voz que le habla cuando abre la canilla del agua: es la voz de la

hija del viejo que renguea, a la que él salvó de la muerte, y le dice que ella viene pronto para ser

su mujer y casarse con él. Eisejuaz le contesta que no puede casarse con ella, porque su vida ya

entró en su último tramo.

En un sueño se ve a sí mismo y al Paqui caminando en el monte; comprende que ese sueño

encierra un pedido de su Dios y obedece. Lo carga en una carretilla, con pocas provisiones y se

internan en el monte. Después de diez días de peregrinación llegan a un claro antiguo en la selva.

Allí deja al Paqui y, luego de un ritual, se instala en el sitio, que es el designado por el

Señor. Eisejuaz cuida y alimenta al Paqui con lo que puede, tienen que comer inclusive carne

de serpiente. Encuentra un loro, luego un mono y los trae para alegrar al Paqui. Una noche se

hace presente el Malo, el demonio, y enseguida se va. Eisejuaz habla constantemente a su Dios.

El demonio viene varias veces más, pero Eisejuaz, gracias a su fe, lo rechaza. El Paqui se asusta

ante lo que él llama “magia”.

Llegan cinco matacos a su pequeño campamento, vienen desde el río Pilcomayo, a

varios días de viaje. Eisejuaz sabe que van a morir. Le pide a Dios por ellos. Este le devuelve la

leche a la mujer, su hijo se salva. Cuando se van le dejan el perro, para que pueda cazar. El tigre

o jaguar ronda el campamento; él le habla, y el tigre no vuelve.

Eisejuaz prácticamente ha raptado al blanco; este se queja amargamente de su condición.

Un día el Paqui trata de convencerlo de que lo lleve a la ciudad; podrían trabajar juntos en un circo.

Eisejuaz iba a tener dinero y muchas mujeres. Le dice: “....soy educado, viajé, vendí

jabones...Este Paqui que aquí ves hablaría por vos.Vos no hablás castellano. No te acuso,

pensando que has nacido entre las fieras del bosque, y que tu idioma se parece a la tos de los

enfermos... ¿por qué razón pensás que tu Dios te obliga, salvajón mataleones que sos, a cuidar del

gran señor, del caballero? Para enseñarte a ser civilizado. Y para enseñarte a reír, cara de

mono. Nunca te reís. Y para buscarte un trabajo decente, en un circo o en otro lado” (Gallardo,

101-102). El Paqui en ningún momento comprende las razones místicas que mueven al indígena.

Está preso en la dicotomía colonialista del bárbaro y el civilizado. Frustrado lo insulta, lo llama

“mataco de porquería”; Eisejuaz contiene la rabia y no reacciona, es fiel a su Dios.

Viene una tormenta y aparece el Malo. Cae un árbol y le quiebra la pierna a Eisejuaz. Se

la entablilla solo. La pierna no sana bien, queda rengo. Caza como puede. Poco después el mono

muere. Sus animales son espíritus hermanos, los trata como a iguales. Encuentran a un cazador

armado, moribundo: lo había picado una víbora. Eisejuaz lo salva. Una voz en su corazón lo

incita a matarlo. No quiere hacerlo. Mata a un pájaro y desplaza en el ave el odio que siente hacia

el hombre. Pronto llegan otros cazadores. Eisejuaz se oculta; el Paqui habla con ellos y lo denuncia:

“Me ven robado por un indio que no tiene el juicio sano...- les dice. Van para tres años que

me agarró, no me suelta, me lleva adonde va ” (Gallardo 106).

Los cazadores matan al jaguar. El cazador al que Eisejuaz había salvado les dice a los otros

su nombre y lo llaman a gritos. Eisejuaz siente que han roto un tabú: su nombre es sagrado,

no puede ser pronunciado en voz alta. Los cazadores se van y se llevan al Paqui. Le matan, antes

de irse, al loro y al perro, sus amigos.

Aparece un avión en el cielo. Eisejuaz comprende que es una señal de su Dios: debe ir a

buscar a “ese” que le encargaron. Emprende la vuelta al pueblo. En el camino encuentra al

Reverendo, que le muestra un periódico con la foto del Paqui, afeitado y vestido, declarando a la

prensa que Eisejuaz lo había raptado y era un salvaje. El Reverendo lo instiga a que deje al

demonio. Le dice que pida perdón; Eisejuaz se niega. El Reverendo se va y en el camino tiene un

accidente automovilístico fatal.

Eisejuaz busca a su amigo, el viejo Yadí. Este le dice que en ese momento todos lo rechazan

y lo odian. Busca trabajo y nadie quiere dárselo. Finalmente, una vieja, que asiste en el prostíbulo

del pueblo, le ofrece trabajar allí a cambio de la comida. Acepta. Eisejuaz es el sirviente de las

mujeres abyectas. Un día, dos soldados, uno indio y otro blanco, se pelean. El indio mata al blanco.

Eisejuaz lo tranquiliza; le dice que su espíritu cuidará del suyo y lo desarma.

Atiende a una mujer rubia, hija de gringos; le trae el agua. La vieja la castiga y la mujer se

escapa, pero la agarran al mes. Hay una prostituta mataca a la que desean dos matacos, que

van a matarse por ella; Gómez, el bolichero, dueño del prostíbulo, le pide a Eisejuaz que

intervenga. Eisejuaz los golpea y la salva: era la misma mujer a la que había ayudado cuando niña,

hija del viejo rengo. La mujer le dice que está en ese lugar por culpa de él, que no quiso

aceptarla y casarse con ella. Eisejuaz, apesadumbrado, habla con su Dios. Se queja amargamente,

confiesa que todo lo ha dado; le ha obedecido en contra de sus intereses, para hacer su voluntad.

Dice el personaje: “...¿Cómo es esto? ...Fui fiel. Fui con aquel blanco aborrecido de mi corazón.

Cumplí. No me quejé. Pero me quejo ahora... ¿Cómo aquella que era como la flor tiene que

estar en estas cosas? ¿Cómo, por mi obra? ¿Para esto se le salvó la vida? ¿De qué vale entonces

el cumplimiento de un hombre fiel?...”(Gallardo 121).

La muchacha, en un monólogo, se lamenta de su suerte. Había jurado entregarse a Eisejuaz,

que le había salvado la vida, y este la rechazó. Su más alto deseo era servirlo como mujer, pero

él prefirió irse con el hombre blanco. Su padre la entregó a la gente del prostíbulo. Ella

tiene 14 años y Eisejuaz 42 en ese momento. Eisejuaz no la justifica, le dice que podría haber

buscado trabajo como sirvienta. Ambos se saben caídos, ambos lo han dado todo. Eisejuaz le

explica que él había nacido para jefe, para ayudar a su pueblo bruto, pero el Señor le había

hablado y le había pedido las manos. Se había pasado la vida preparándose para cuando llegara

el momento. Concluye: “...Te digo: es difícil cumplir en este mundo de sombras. Pero no

podemos llorar por lo que somos. Sólo decir: ‘Aquí estoy, y en mi ceguera digo: bueno’.

Así como dice en su ceguera la semilla que nada sabe, y nace el árbol, que ella no conoce.”

(Gallardo 125).

Llevados por la situación, se entregan al amor. Eisejuaz va al hotel del pueblo, donde se

entera que el cazador que él había salvado le había dejado dinero. Con ese dinero trata de comprar

la libertad de la muchacha mataca, pero Gómez, el propietario del prostíbulo, le dice que no es

suficiente. Piensa en matar a Gómez, pero intercede el espíritu de su mujer muerta y desiste de

hacerlo. Entonces, convence a la muchacha de que se escape y vaya a Orán, a casa de su compadre

Ayó, donde nadie la encontrará. Él no puede acompañarla, porque sabe que su Dios lo llamará

pronto, y que ese será el fin de sus días en esta tierra.

En el último capítulo de la novela, “Las coronas”, una mujer viene a buscar a Eisejuaz

al prostíbulo donde trabaja. Está enferma y quiere que la ayude; necesita ver al hombre de Orán

que cura. Llega luego otra persona para pedirle lo mismo, sabe que él lo conoce. Eisejuaz

comprende que ese hombre es el Paqui, al que llaman santo, y está en Tartagal en ese momento.

Doña Eulalia, una anciana enferma, dueña del hotel, le dice : “...Sé que conocés a ese hombre

maravilloso, ese santo. Los árboles han ardido en Tartagal por su palabra. La gente reunida

vio aquello, gritó. Se curaron muchos. Algunos malvados se hicieron buenos...Ese hombre

viene al pueblo mañana. Sólo te pido: abrime paso hasta él...” (Gallardo 135). Cree que lo

trae “la piedad popular”.

Esa noche Eisejuaz ve a los mensajeros y habla con ellos. Al día siguiente va adonde la

gente se amontona para acercarse al santo, que cura a los enfermos y hace andar a los paralíticos.

El Paqui yace entre mantas encima de un camión. Cuando ve a Eisejuaz se asusta y grita, dice que

este lo quiere matar.

Eisejuaz deja el pueblo y se va al monte. Hace penitencia por nueve días, habla con el

Señor. El río empieza a crecer y la gente tiene miedo. El agua entra en las casas y llega al

cementerio, los cajones de los muertos flotan por las calles. El Paqui abandona el lugar, se va

a otros pueblos. Llega el frío y muchos mueren, indios y blancos. Se pierde la cosecha. Aparece

la muchacha mataca, enamorada de Eisejuaz. Trae con ella un niño mellizo que le regalaron.

Eisejuaz construye una casa para ellos.

Tiempo después, al amanecer, llega el Paqui a la puerta de la casa. Eisejuaz va a un sitio

cubierto de barro que dejó la creciente del río al retirarse y prepara allí un lugar sagrado. Invoca a

Ayó y le pide consejo. Ayó se aparece cubierto por una piel de jabalí y le dice que vuelva al

pueblo, porque los ángeles mensajeros han ido a buscarlos a los dos. Eisejuaz siente que “el

dorado” y “el camión blanco” lo llaman por su nombre. Vuelve adonde está la muchacha, junto

al niño mellizo. Una mujer le ha traído una pala de regalo.

El Paqui se enferma y grita que se está muriendo. Una vieja de una tribu enemiga

chahuanca les había traído huevos de sapo rococó envenenado. El Paqui y Eisejuaz los

comieron. El Paqui cae muerto. Eisejuaz comprende que su Dios lo está llamando, ha llegado su

hora. Ve al espíritu de Quiyiye o Lucía Suárez, su compañera muerta.

Eisejuaz llama a la muchacha mataca, la “Mensajera del Señor”, le dice que ha visto a

aquel que será su marido y que juntos deben criar al niño mellizo Felix Monte. Cava un pozo con

la pala y le pide que al expirar lo entierre junto al Paqui, y bautiza el lugar, diciendo: “Este

lugar y estas casas se llaman ahora Lo Que Está y Es...Y sepan que Agua Que Corre es inmortal

y los seguirá siempre”. “Agua Que Corre” es el espíritu de Eisejuaz. Este muere. Su espíritu se

eleva, mientras su carne vuelve al barro. Concluye la novela: “Agua Que Corre se levantó, y una

alegría lo llenó, y lo pintó de un color que no puede decirse, y estuvo libre...y gritó. Y se fue.

Eisejuaz, Este También, quedó para ser barro y pasto. Y cumplió” (Gallardo 147).

Al morir Eisejuaz el equilibrio del mundo se restablece. El estar se une al ser. El niño

mellizo, que forma parte de una dualidad divina, donde el bien compensa al mal, como partes

iguales de la misma unidad, asegura la sobrevivencia del mundo amenazado. Eisejuaz lo ha

salvado. Su Dios ha protegido a su pueblo. Él dedicó su vida a esperar al enviado de su Dios, a ese

extraño hombre blanco, el Paqui, que nunca entendió su misión, ni supo que era parte de un anuncio

divino del mundo sagrado de los matacos.

Sara Gallardo crea una curiosa cosmología religiosa en esta novela, que resulta creíble para

el lector. No sólo describe la mentalidad del indio mataco, a su modo, sino que construye una

prosa narrativa que representa el sentir de esa mentalidad, una prosa que manifiesta la “otredad”,

ejemplificada en el discurso místico de un indígena mataco. En ese discurso se vuelca la

subjetividad de la escritora Sara Gallardo, y no es exagerado afirmar que Eisejuaz es ella.

Una mujer enfrentada al sentimiento de lo sagrado, que buscaba en su peregrinación vital un punto

de equilibrio entre el bien y el mal. Podemos imaginarla también como una mujer compasiva,

identificada con un pueblo negado y marginado por la cultura blanca, al que ella muestra como el

elegido de Dios. La narración tiene mucho de parábola evangélica, en la que la autora vierte

su imaginación novelística. El mundo religioso que presenta es fundamentalmente monoteísta,

aunque poblado por “mensajeros” del Señor. La devoción de Eisejuaz hacia su Dios es semejante

al amor de los cristianos a su Dios único redentor.

El curioso tejido narrativo de la obra acerca la narración al lector. La novela emociona y

logra que uno se identifique con ese terror a lo sagrado y a lo nefasto que siente el personaje.

Eisejuaz es un personaje singularmente americano. Moviliza lo que hay en nosotros, los lectores

de las urbes modernas hispanomericanas, de reprimido, en medio de nuestras justificaciones y

razones. En nuestras urbes podemos creernos más allá de lo sagrado, porque el Dios cristiano es

una presencia histórica que ya no mueve las conciencias como hace algunos siglos atrás, y el

mundo indígena americano y sus dioses forman parte de un pasado lejano. Kusch cree que esta

autojusticación del hombre de las ciudades busca borrar impulsos innombrables de los que es

imposible escapar, y frente a los que nuestro subconsciente naufraga (Tomo II: 436-57). ¿Cómo

eliminar el miedo a la muerte, el miedo a lo que no controlamos, ni siquiera con nuestra razón?

¿Cómo no temer al desequilibrio del mundo, al mundo nefasto que se compensa con el fasto, el

mal con el bien? El arte, la ficción, recupera ese vitalismo primitivo.

El mundo de Eisejuaz rebosa de vida y es además un mundo americano. Gallardo no recurre

al pintoresquismo ni a lo folklórico ni a lo costumbrista ni a lo conceptual filosófico: narra

desde adentro del personaje, seducida por la barbarie americana. Se pone en el lugar del bárbaro,

del salvaje. Gallardo tiene una nueva forma de llegar al otro, encuentra un modo original de

apropiarse de su voz: posee ella misma una identidad peregrina, que se desplaza en el espacio,

entre culturas y géneros. Su personalidad es fronteriza y también su narrativa.

La acción de Eisejuaz tiene lugar en el monte de la provincia de Salta, en la frontera norte

argentina, donde viven los matacos. Gallardo se mete en la conciencia del indígena, con la que

se identifica: la fusión es literariamente perfecta y convence al lector. Crea un lenguaje nuevo,

presenta una realidad no idealizada, una visión de un mundo límite, regido por los dioses, en que

el hombre nativo se encuentra a merced de la divinidad, cumpliendo su voluntad, entregándose

a ella y hablando con esa divinidad, de la que espera una respuesta, un llamado, un signo. El

personaje central, Eisejuaz, es un hombre de su pueblo; representa el sentir de una comunidad

que está más cerca de la verdad y de Dios que los lectores de clase media de las urbes modernas,

que nos defendemos de lo divino con nuestra conciencia, nuestro yo adquisitivo y nuestro

racionalismo.

Eisejuaz es un personaje desprendido de sí, que sabe que el enviado de Dios, el Paqui, es

un hombre blanco enfermo que no comprende su papel y, no obstante, su Dios lo ha elegido. El

equilibrio llegará a ese universo dual: el niño mellizo, al que criará la india mataca, que va a

juntarse con un hombre blanco, como le anuncia Eisejuaz. La literatura de Gallardo es una

literatura diaspórica, y sus voces, como dice la prologuista del libro, tienen algo de “místico” o de

“psicótico” (Vinelli 6). Son voces que representan un mundo donde el sujeto consciente no puede

contener al ser: las voces del “estar” americano, que Kusch reconocía en las culturas aborígenes

(Tomo II: 649-61).

Al final de la novela, el indio será enterrado al lado del blanco; Eisejuaz, Este También,

yace con el Paqui; el ser se une al estar, el blanco se une al indio; ambos son hijos de la misma

divinidad y ciclo cósmico americano, que se llama “Lo Que Está y Es”.

Sara Gallardo, como Kusch, el filósofo y ensayista, ha abandonado los modos tradicionales

del narrar (del filosofar, en el caso de Kusch), para hacer algo nuevo. Toma distancia de la narrativa

urbana y cosmopolita: todas sus novelas se desplazan de los centros urbanos al campo. Gallardo

se busca en otro lado: en los intersticios, en los márgenes, en los otros, en la divinidad sin nombre

que rige el mundo. Podemos también pensar que se busca en América, en lo negado de América,

en lo reprimido y denigrado: en el mundo de los indígenas. Se busca en el otro sexo, en la voz del

hombre que mimetiza en sus novelas con la suya propia, mediante sus narradores hombres, que

cuentan en primera persona. Pone en contacto lo que Kusch llama “la pequeña historia”, la

historia colonial de América, continuada por los gobiernos independientes en sus enclaves

urbanos “modernos” occidentales, con “la gran historia”, esa que sucede en América desde su

origen como continente, en que la aparición del hombre americano, negado y olvidado por “la

pequeña historia”, se convierte en un incidente fundamental (Tomo II: 496). Esa gran historia

absorbe a la pequeña historia, una suerte de capítulo suyo, que tuerce el destino del ser

americano y lo “mestiza” con occidente.

El nativo busca su trascendencia en su gran historia. Eisejuaz, el personaje de la novela,

siente que vive en el tiempo mítico de América; su dios está presente, a pesar de la incomprensión

del Paqui, que no puede entenderlo. La apuesta de Kusch, y parece ser también la de Gallardo, es

que los dioses nativos siempre han estado vivos en América, aunque los occidentalizados hijos de

la pequeña historia colonial americana no queramos verlos. ¿Por qué habríamos de necesitar de

ellos? Nuestra ignorancia de la gran historia de América, según Kusch, nos lleva a vivir en un

mundo escindido, tratando de ignorar a la América profunda, a la “barbarie” americana, que

retorna, como todo lo reprimido, para mostrar al americano urbano que vive en una realidad

falsa. Este hombre jamás podrá conquistar su ser auténtico a menos que responda a la gran

pregunta de América, esa pregunta que obsesivamente guía el pensamiento americano desde

que el europeo puso su pie en este continente: ¿qué es América, quiénes somos, por qué nos

pasa lo que nos pasa, cómo podemos hacer para ser en América?

Eisejuaz es un gran logro literario que todavía no se ha leído bien. Kusch,

particularmente su América profunda, me ha ayudado a entender esta novela. Y a Kusch tampoco

se lo ha leído bien, porque fue un filósofo diaspórico, un filósofo que desafió la razón occidental

colonial y buscó el ser americano. Nos resulta difícil a los argentinos acercarnos a lo americano.

Este mundo nuestro es dual y está dividido (como los mellizos de que habla Gallardo, como

Eisejuaz y el Paqui, el indio y el blanco, el que entrega las manos al Señor y el que sana por el don

del Señor) entre la cultura urbana y el mundo ancestral y americano, que Sarmiento caracterizó

persuasivamente como la civilización y la barbarie (Facundo 7-23). En lugar de demonizar a la

barbarie con argumentos imperialistas y racistas, como Sarmiento, Kusch prefirió hablar de su

poder de “seducción” (Tomo I: 35-9). Esa seducción nos llega también en la obra de Sara Gallardo

como seducción literaria. Su narrativa presenta un sujeto inusual, el sujeto bárbaro, el salvaje

visto desde adentro, con simpatía, con amor. Este salvaje se justifica ante un mundo que no lo

comprende, porque el hombre blanco no conoce a su Dios, lo mueven intereses materiales y adora

el dinero. Para el personaje Eisejuaz hay otra verdad. Esa otra verdad es América, y se

caracteriza por su estar, por su estar-siendo, como decía Kusch (Tomo III: 407-17).

Kusch y Gallardo, por vías diferentes, llegan a intuir lo mismo: algo innombrable

americano, que contiene el secreto de América. Los dos entienden que esa verdad estaba en el

otro negado, que los atraía y los seducía. Mientras Kusch creó un mundo de conceptos y

explicaciones filosóficas sui géneris, Gallardo nos sumerge en un universo literario excepcional.

Su prosa sintética, que evita lo adjetivo y lo barroco, y se concentra en lo nominal, describe ese

mundo extraño en que se mueve Eisejuaz y crea una tensión narrativa que atrapa al lector. La trama

exótica se impone como una historia posible y uno se mete en el mundo místico del personaje.

Gallardo muestra ese lado de América con el que convivimos hace ya muchos siglos, pero que

todavía nos resulta ajeno. Un mundo, que, como Sarmiento, intuimos nefasto, aunque ineludible

y americano. Aún no hemos madurado como cultura, ni supimos unir las dos mitades. Lo fasto y

lo nefasto de América están separados en nosotros. Necesitamos entonces, si queremos lograr

una cultura vivible, acercarnos desde nuestra literatura urbana, cosmopolita y dependiente a ese

otro que parece estar acechándonos, del lado de la barbarie, y sin el cual nunca estaremos

completos como cultura.

Bibliografía citada

Gallardo, Sara. Eisejuaz. Barcelona: AGEA, 2000.

Kusch, Rodolfo. Obras completas. Volúmenes I - IV. Rosario: Editorial Fundación Ross,

2000-2003.

Sarmiento, Domingo F. Facundo o civilización y barbarie. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1977.

Prólogo Noé Jitrik. Notas y cronología: Nora Dottori y Silvia Zanetti.

Vinelli, Elena. “Prólogo”, Sara Gallardo, Eisejuaz. Barcelona: AGEA, 2000: 5-9.

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