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sábado, 23 de diciembre de 2017

Amalia: espías, amantes y monstruos


                                                             
                                                    Alberto Julián Pérez ©
                          

            Amalia es la gran novela argentina de la primera parte del siglo XIX; publicada en su primera edición en 1851, y en una segunda edición aumentada y corregida en 1855, Amalia inicia oficialmente el ciclo de lo que podemos llamar “la novela nacional argentina”. Si bien hubo otros intentos novelísticos anteriores, la crítica reconoce el valor fundacional de esta novela.[1]
            El mundo americano que emergía después de varios siglos de colonización europea no podía permanecer ajeno al poder de seducción de la novela. El nacimiento a la vida nacional independiente de los países de todo el hemisferio requería la creación de una cultura propia y una literatura nacional; después de largos siglos de colonialismo europeo la novela aparecía como un terreno literario aún no conquistado por los escritores criollos, a pesar del temprano y brillante desarrollo del género en España.
            En 1851, como en 1840, época que describe Amalia, aún estaban sin resolverse las cuestiones fundamentales que hacen a la creación de una vida nacional independiente: los límites territoriales del Estado nacional, el sistema de gobierno definitivo, su Constitución y leyes fundamentales. La inminencia del futuro tiñe las ideas de todos los jóvenes intelectuales y artistas de la época con un sentido utópico y de proyección temporal, que da a sus escritos un sentido total de modernidad. Es la generación que está por fundar el Estado nacional permanente, que pelea por ocupar un lugar en esa nación por hacerse, que se rebela contra el gobierno de los caudillos regionales, a los que considera impostores, que quiere liderar una revolución cultural y política que impida la profundización de lo que consideran la contrarrevolución rosista, y restablezca los valores originales de la Revolución de 1810, simbolizados en lo que llaman los principios de Mayo (Echeverría 57-97).
            Ese movimiento, ese desplazamiento temporal en Amalia, entre el pasado reciente (que Mármol finge pasado más lejano, para quedar dentro de las convenciones del subgénero novelístico, la novela histórica), y el futuro inminente, que sobrevendría una vez que se realizara lo que ellos trataban de facilitar: la caída del Dictador y el establecimiento de un régimen republicano liberal, se refleja a su vez en un desplazamiento argumental y espacial de la novela entre el mundo público y político y la vida privada de los personajes. Amalia es una novela a dos voces (como gran parte de la literatura de la época, que oscila entre lo elevado y culto, y lo regional y costumbrista, cada una con su modulación lingüística reconocible): las voces de los personajes públicos (del espía unitario Daniel Bello y de los personajes políticos que éste encuentra, incluido Rosas, su hija Manuelita, el ministro Arana y otros), y las voces sentimentales del mundo privado del amor (la pareja de Eduardo Belgrano y de Amalia).
            Amalia se mueve entre un mundo político y público, que reconoce filiaciones épicas o neoépicas, y el mundo sentimental romántico, en que los personajes proyectan su utopía de futuro: la patria libre, la felicidad de la vida familiar en paz. Dentro del mundo romántico de la novela descubrimos el heroísmo y espíritu de sacrificio de los amantes, su nobleza, su idealismo, su belleza, su elevación social; en el mundo político, en cambio, priva el realismo, el interés personal, es un mundo grotesco, desagradable, cruel, “bárbaro”. La barbarie, en este caso, se identifica con lo feo, lo grosero, lo vulgar; tiene una connotación estética además de moral. Este modo de entender la barbarie conlleva la condenación de los valores rurales, de las costumbres del pueblo bajo, de la relación política del caudillo popular con las masas. Implica la negación de la sociedad abierta, multirracial, que había emergido al fin del período colonial, y es una proyección del deseo de lograr una sociedad selecta, culta, europeísta, de elegidos, una sociedad que representara el nuevo gusto urbano de la pequeña burguesía, sus valores cosmopolitas modernos, su nueva concepción de la economía política.
            La novela vincula el mundo público de la política rosista de 1840 (en momentos en que el General Lavalle se aprestaba a invadir la provincia de Buenos Aires y en que la sociedad paramilitar de la Mazorca, que reunía a los rosistas “celosos”, incrementaba su presencia represiva en defensa del régimen), y el mundo privado de los ciudadanos de Buenos Aires (la historia sentimental de dos jóvenes que encuentran el amor pasional, desinteresado, romántico). En medio de las peripecias de la resistencia política y militar a Rosas, encuentra José Mármol para cada mundo su lugar, y para cada historia su final adecuado: para la historia política, el fracaso de la insurrección pero el triunfo de los héroes, que sobreviven milagrosamente, manteniéndose el espíritu de insurrección y resistencia vivo para el futuro; para la historia sentimental, el fin romántico: la muerte del amante, Eduardo Belgrano, y el abatimiento total de Amalia, víctima del sino fatal que la lleva a perder el amor poco después de haberlo encontrado por primera vez en su vida.
            Ambas historias se entretejen, como se entreteje el destino nacional de la patria en la vida histórica real de la época, entre el sacrificio personal, la frustración de las ambiciones de los jóvenes proscriptos argentinos, obligados a vivir en un medio social ajeno enrarecido (en la ciudad de Montevideo en pie de guerra, sitiada, repleta de soldados de distintas nacionalidades, agitada por el periodismo partidario y la oposición a Rosas [Sarmiento, Viajes 19-58]), donde la vida pública, reprimida y deformada por las circunstancias, los lleva a convertirse en conspiradores en el exilio. Si el autor trata de manejar en su narración esa materia narrativa indócil, que se le escapa de los modelos genéricos aceptados, hasta confundir la novela de intriga política con la trama romántica sentimental, también lucha por imponer un orden al caos social que caracteriza a la época: así divide a los personajes en buenos y malos, en civilizados y bárbaros, y dentro de cada bando, en serios y cómicos. La narración aspira a un orden, a un orden que puede parecerle demasiado rígido al lector contemporáneo, pero que tenía sentido en el Río de la Plata de 1851, dominado por las luchas civiles, la intolerancia política y la tiranía. En esas circunstancias, desde el punto de vista de las elites liberales, sólo se podía ser militante y defender la legitimidad de un partido: el liberal, el partido sucesor de los antiguos unitarios, pero purgado de sus errores (como lo pretendían los jóvenes de la Generación del 37), el partido que luchaba contra la tiranía, contra la “barbarie”. En el mundo dicotómico de la novela, los personajes y el narrador eligen un bando. Es una novela partidaria de lucha política, de feroz resistencia contra la tiranía.
            Para organizar el mundo social Mármol tiene que crear su sociedad selecta ideal, pequeño-burguesa, culta, de la que queda excluida, como antes en “El matadero” de Echeverría, todo el sector inculto, marginal, proletario: los gauchos rosistas y los negros y negras que apoyan incondicionalmente al régimen, los indios de los que se vale Rosas en su política práctica y sin principios. Y dentro de las clases pudientes excluye a los propietarios rurales y ganaderos comprometidos con el rosismo (su principal base político-económica de poder), y a los sectores urbanos porteños de pequeños comerciantes que son cómplices de Rosas, voluntaria o involuntariamente. Esta sociedad está en un estado de crisis, por la guerra de invasión del ejército del General Lavalle, y priva la violencia y el terror. La sociedad educada parece estar acosada en el Buenos Aires de entonces, y a los disidentes lo único que les queda es emigrar, para luchar desde el extranjero, o luchar allí en la clandestinidad, con gran riesgo para la propia vida. A diferencia de lo que hicieron los jóvenes de la Generación del 37, Sarmiento, Echeverría, Mármol, Alberdi, López, Gutiérrez, que eligieron el exilio, los personajes de Mármol eligen quedarse y luchar, trayendo al texto quizá las aspiraciones frustradas del autor, o una especie de justicia poética, por la cual los personajes son lo que esos jóvenes hubieran deseado ser y no fueron: luchadores heroicos que se juegan la vida (y la pierden) luchando contra Rosas en Buenos Aires, liderando la resistencia, actuando como una vanguardia, espiando contra el régimen, saboteándolo.
            En el comienzo de la novela el narrador presenta a un grupo de personajes que intentan emigrar y quieren ir a la Banda Oriental del Uruguay, a unirse al ejército de Lavalle. Pone en primer plano la elección posible de esos hombres: resistir en Buenos Aires o emigrar (Amalia 4). El grupo es descubierto y fracasa en su intento, pagando su osadía con sangre. Sólo se salva Eduardo Belgrano, el héroe sentimental de la novela, gracias a la oportuna participación de su amigo Daniel Bello, el héroe político, el avezado espía que se mueve entre dos mundos (como Mármol mueve su novela dentro de los mundos pertinentes de géneros diversos). ¿Cómo es que se había enterado la policía rosista que un grupo de unitarios emigraba? Gracias a una delación, gracias a la intriga del espía Merlo. ¿Y cómo se frustran los planes de la Mazorca? Gracias a la participación providencial del espía Daniel Bello. Los espías, los conspiradores, mueven secretamente la trama del mundo político de la novela. Es un mundo político moderno dominado por la actividad incesante de los ideólogos: Daniel Bello, Florencio Varela, Juan Manuel de Rosas, Doña María Josefa Ezcurra.
            La novela presenta una cantidad numerosa de ensayos históricos intercalados: el saber ocupa un lugar, tanto para el lector (para él son los persuasivos ensayos históricos partidarios) como para los personajes. En el mundo laberíntico en el que intrigan y en el espacio público en el que actúan, los personajes son dueños de un saber. De ese saber depende su supervivencia. Tratan, como en todo juego político, de establecer la virtualidad de un tiempo y una historia futura, aún por hacerse, y a la que apuestan desde la perspectiva de la visión y los intereses de su partido. No es una visión objetiva ni desinteresada. Porque cada partido busca el ejercicio del poder. Si bien la novela trata de ser una novela histórica, y es una novela de hechos históricos confirmados (el gobierno de Rosas, la invasión frustrada de Lavalle), tenemos que verla como una novela política partidaria: los hechos que narra son casi contemporáneos del autor (que escribe diez años después de ocurridos los acontecimientos históricos), quien se pone voluntariamente de parte de uno de los bandos en conflicto para contar su historia: su simpatía está con los liberales unitarios (después de haberlos criticado constructivamente), o con los jóvenes liberales que continúan la defensa de los ideales liberales de sus mayores, y está en contra de los federales, en particular del tirano Rosas y de su entorno de personajes corruptos, que incluye miembros del clero, la alta burguesía y el ejército, y de las clases serviciales de la ciudad, en particular sirvientes negros y pequeños comerciantes.
            Las situaciones que narra Mármol tienen toda la viveza de la crónica, son sucesos que el autor cuenta azorado, llevado por la urgencia de su situación: él es un liberal antirrosista, un joven avergonzado del fracaso político de sus padres unitarios, y que tiene que pagar un alto precio por sus errores, por la inconsistencia y por las claudicaciones de sus mayores frente al régimen rosista (Rivadavia había renunciado a la Presidencia y el General Lavalle abandonaría el ataque a la ciudad de Buenos Aires, que en la opinión del ensayista-narrador, lo hubiera llevado a la victoria, volviendo sobre sus pasos y acabando derrotado). Podemos preguntarnos por qué Mármol imita la presentación genérica de la novela histórica, si sólo nos está dando una crónica contemporánea vista desde la perspectiva parcial e interesada de su grupo político: en parte, creo, porque había en esa época una urgencia evidente en registrar la historia nacional que aún no había sido escrita (varias décadas después la escribirían Bartolomé Mitre y Vicente F. López), a la que Mármol aporta sus propios ensayos interpretativos, y porque el autor tiene en esta novela el propósito ambicioso de fundar la novela nacional con un criterio político, romántico e histórico (Shumway 188-213).
            Amalia es la resultante de las ideas y las luchas políticas de la Generación del 37 y Mármol se presenta en su novela como un vocero de las aspiraciones de su grupo. No se identifica con el pueblo como tal (que era rosista), sino con las elites cultas que participaban en las actividades políticas. Es entonces el vocero de una élite política, con militancia partidaria, a la que también pertenecían Echeverría, Sarmiento, Alberdi y Mitre. Notamos en la novela cómo Mármol hace depender la resolución de los conflictos del saber de los personajes y de la conciencia que éstos tienen de sí y de la situación en la que viven. Sus personajes procuran controlar su subjetividad, su conciencia (y la de los otros, actividad del ideólogo y del espía) y el mundo objetivo, el mundo material. Pero puesto que no tienen el suficiente poder para controlar el mundo que desean controlar, los personajes viven en situación de inestabilidad.
            En Amalia asistimos a una verdadera puesta en escena del complejo mundo social y político de la época. Amalia es una novela de estructura “dramática”. Su acción progresa a través de numerosas escenas y los personajes desarrollan sus intrigas, literarias y políticas, mediante extensos diálogos. Están dramatizando el mundo social del rosismo, pero también las aspiraciones y los deseos de los intelectuales pequeño-burgueses antirrosistas.
            El mundo de los románticos personajes antirrosistas: Amalia y Eduardo, Daniel y Florencia, es bello, sofisticado, juvenil, idealista, rico. El autor va preparando a sus héroes para el sacrificio del amor romántico: los amantes, al final de la novela, sólo concretarán su amor en un tálamo nupcial que es también el sitio mortuorio. Su amor está hecho para el sufrimiento, y no para el goce físico. Es un amor patético, sublime. Se consuela en la contemplación del ser amado.
            Mientras la pareja sentimental de Amalia y Eduardo vive su relación amorosa romántica, en un mundo extraño y ajeno al ambiente local, que es grosero e inculto, Daniel se entrega al mundo realista y cruel de la política: el engaño y el ocultamiento, el cálculo y el riesgo hacen a su labor de espía. Si Eduardo es por sobre todo un héroe sentimental (aunque lo sentimental y lo privado no puede quedar totalmente escindido de los conflictos políticos de la hora), Daniel es un héroe político, un hombre que piensa en el destino de su nación primero, y en su vida y seguridad personal después. Es el típico héroe altruista, capaz de salvar a su comunidad. Su objetivo final es la emancipación de su patria de la tiranía y la liberación de sus amigos. Daniel es un fiel exponente del grupo de jóvenes intelectuales, y defiende sus principios de justicia y verdad, denuncia la corrupción y desafía con éxito a la autoridad opresiva.
            Este mundo de Buenos Aires durante la dictadura, tal como lo presenta Mármol, es un mundo dominado por el cinismo, las apariencias y el miedo. Puesto que no se admite la disidencia política legal, todo opositor debe vivir encubierto y actuar de manera encubierta. Esto crea una situación de desconfianza, por cuanto los opositores viven tratando de ocultar su identidad, operando en las sombras para escapar a la persecución. Esa Buenos Aires bajo el rosismo no es una ciudad en la que puedan vivir los liberales, aunque no por eso deje de ser una ciudad moderna. El excesivo control policial, el espionaje y la Mazorca, la falta de prensa libre, el bloqueo francés del puerto de Buenos Aires desde marzo de1838 a octubre de 1840, crean un ambiente político de tensión. Es una ciudad dominada por el enfrentamiento político entre unitarios y federales, fragmentada por la lucha ideológica. Una ciudad en que una clase social, la alta burguesía ganadera e industrial, que organiza el negocio de los saladeros y la venta de cueros, dirigida por Rosas, mantiene un claro liderazgo político. Sus aliados naturales son los sectores populares y proletarios urbanos y rurales: los sirvientes y empleados urbanos, los gauchos y peones rurales, y los obreros de los saladeros y la industria del cuero.
            El Buenos Aires de Amalia es una ciudad relativamente moderna, con movilidad social, en que impera el “mal gusto” de los nuevos grupos sociales en ascenso. Racialmente integrada, los peones rurales y los sirvientes negros parecen tener asegurado un papel político activo como partidarios del régimen. Rosas moviliza a las masas con habilidad, como queda demostrado en “las parroquiales”, cuando sus partidarios organizan demostraciones, llevando el retrato de Rosas por las calles en un carro, al que muchas veces, luego de desenganchar los caballos, arrastran ellos mismos, demostrando su devoción al dictador, y exhibiendo el retrato de éste en las parroquias, para que sea adorado por el pueblo (249-53).
            En el desenlace final de la novela el grupo de jóvenes liberales estaba contra todos y todos estaban contra ellos. Dispuestos todos a escapar, menos Daniel, y ante la resistencia de Amalia que no quiere abandonar su país, aunque al final acepta hacerlo, para poder vivir su romance con Eduardo en Montevideo, la tragedia se cierne sobre ellos. Finalmente tienen que entregarse a su sino romántico aquellos que viven en un mundo sentimental patético: Eduardo y Amalia. Van a casarse en el momento de máximo peligro, sellando su amor ante la muerte, desafiando al mundo con su amor auténtico. Eduardo y Amalia eligen cuidadosamente las ropas de casamiento, en medio de trágicos presagios que les anuncian un fin desdichado. Luego de desposarse y casarse tienen que enfrentar el fin inevitable. La policía entra en la casa y allí la pareja, secundada por sus amigos, da su lucha final. En la lucha Eduardo cae muerto y Amalia se desmaya a sus pies y, cuando ya Daniel, el héroe político, estaba por morir a manos de la partida policial, aparece de pronto su padre para salvarle la vida. Recordemos que la novela había empezado con una situación de peligro en que Daniel salvaba la vida a su amigo Eduardo; en el final, el padre de Daniel, partidario del régimen rosista, aparece para salvar a su hijo. La defensa del mundo político continua: Daniel ha sobrevivido. Daniel el traidor, Daniel el espía, a quien todos tienen por agente de la Mazorca, y que es en realidad un agente unitario opositor a Rosas. Daniel, el conspirador liberal que habrá de continuar la lucha sin cuartel para defender a su patria de la tiranía. El lema dice: libertad o muerte. La lucha era a muerte y había que continuarla hasta el fin. Concluye la trama trágica romántica con la muerte de Eduardo Belgrano y se interrumpe la trama abierta política cuando el padre salva a Daniel. Los jóvenes liberales, a través de él, y gracias a su habilidad intelectual y a su astucia, seguirán luchando. Son patriotas incorruptibles. Luchan por sus valores, por lo tanto nadie puede detener su lucha. No parecen tener intereses materiales. La pequeña burguesía lucha por valores políticos liberales: la libertad, la democracia, la asociación.
            Ha terminado la novela y empezado la Novela. Puesto que Mármol se había propuesto fundar la gran novela nacional de su grupo social. Liberal, idealista. Defendiendo esos valores que no podían entender las masas: la educación, el progreso, la libertad individual, la libertad de comercio, la libertad de prensa. La superioridad intelectual y cultural de la pequeña burguesía frente a las masas. La superioridad de la vida urbana cosmopolita frente a los valores del mundo rural, dominado por la superstición y la ignorancia. Amalia complementa la visión de la barbarie que había dado Sarmiento pocos años atrás en Facundo: Mármol exhibía el mundo íntimo del dictador, su casa, sus satélites y colaboradores, les hacía hablar, mostrar su cobardía, su insidia, su crueldad, su falta de proyectos políticos. Había también, como el sanjuanino, explayado su pluma en ensayos políticos, interpretando, desde su perspectiva liberal, la barbarie y la dictadura rosista, el papel de la religión, la relación entre las masas y el tirano. Pero la fascinación de Mármol no se había limitado a mostrar el mundo monstruoso de la barbarie del caudillismo: había llevado a sus personajes, bellos y jóvenes, al espacio progresista de la novela europea, el género más prestigioso y representativo de la nueva clase en el poder: la burguesía urbana.
            Urbanos, eurocéntricos, hipercultos, intelectuales, progresistas, luchadores, estos jóvenes inquietos de la Generación del 37 crean modelos originales para todo: el periodismo, el ensayo, la literatura. Pero la novela era un género especial: era capaz de describir lo que no podía describir ni el ensayo ni la poesía, géneros que habían alcanzado un buen desarrollo independiente desde la Revolución de 1810. La novela podía describir, sin grandilocuencia ni examen excesivo, las aspiraciones de su clase, y representarlas, en un espacio urbano, que el rosismo trataba de escamotearles, con su escasa sensibilidad cultural. Con el indiscutible logro de esta novela, ya en el marco del fin de la dictadura (que cae en 1852, un año después de la primera edición de Amalia), la literatura argentina se afianza en la modernidad cultural marcada por la pauta literaria europea culta. Esta novela de tema nacional romántico y político, de base histórica, sabe representar para sus lectores el drama de la patria: la dictadura de Rosas. Su forma literaria “madura” ha logrado introducir a sus tipos locales y entendido y explicado la dinámica política de su sociedad, con sus propios personajes. Amalia funda la gran novela (grande tanto por su mérito como por su extensión) nacional argentina, con su ciudad, Buenos Aires, como centro de la vida cultural y política del país, con sus jóvenes intelectuales como líderes de la nación, con su vilipendiado pueblo, incomprendido aún, para quien, según ellos, no había llegado aún la hora, ni podía llegar mientras no se educaran y se transformaran en una clase media culta y responsable. Novela de una nación, literatura de una nación, proyecto político de una clase revolucionaria que no podía ir más allá de su visión de mundo, marcada por sus intereses, sus valores y su utopía de futuro, en la que habían asignado a su grupo: los jóvenes intelectuales eurocéntricos, un papel rector en la dirección del nuevo estado nacional.
                                              

[1]  Elvira B. de Meyer considera a Amalia nuestra “primera novela” y cita diversos experimentos novelísticos contemporáneos a la misma, entre ellos El capitán de patricios, escrita en 1843 pero publicada en 1874, de Juan María Gutiérrez; Tobías o la cárcel a la vela, 1844, narración de Juan Bautista Alberdi; La quena, 1845, novela corta de Juana Manuela Gorriti; Los misterios del Plata, escrita en 1846 y publicada en 1899, de Juana Manso de Noronha; Soledad, 1847, de Bartolomé Mitre; La huérfana de Pago Largo, 1856, de Francisco López Torres; El prisionero de Santos Lugares, 1857, de Federico Barbará; La novia del hereje, 1851, de Vicente Fidel López; Esther, 1851, de Miguel Cané padre. Meyer considera a todas estas novelas como intentos experimentales que buscan crear la gran novela nacional; cree que Mármol es quien logra esto con Amalia. También cita a Sarmiento en Facundo, 1845, que si bien es un trabajo histórico, sociológico, y periodístico, y no una novela, muestra a su autor como un hábil narrador de los temas nacionales (Meyer 220-4). Doris Sommer también está de acuerdo en considerar a Amalia la primera gran novela nacional; dice Sommer: “Amalia is a startling esthetic departure that finally gave form to the passions of Argentina’s early Romantics. That form was the novel, in the most flexible, hybrid, and “non-generic” use of the term.” (110)


  Bibliografía Utilizada

Bakhtin, M. M. The Dialogic Imagination Four Essays. Austin: University of Texas
            Press, 1981. Edited by Michael Holquist. Translated by Caryl Emerson and
            Michel Holquist.
Echeverría, Esteban. Obras completas. Buenos Aires: Ediciones Antonio Zamora, 1951.
            Compilación y biografía por Juan María Gutiérrez.
Gnutzmann, Rita. La novela naturalista en Argentina (1880-1900). Amsterdam: Rodopi,
            1998.
Mármol, José. Amalia. México: Editorial Porrúa, 1971. Prólogo de Juan Carlos Ghiano.
----------. Cantos del peregrino. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires,
            1965. Edición crítica de Elvira B. de Meyer.
Meyer, Elvira B. de. “El nacimiento de la novela: José Mármol”. Adolfo Prieto, Director.
            Historia de la Literatura Argentina. Buenos Aires: Centro Editor de América
            Latina, 1968. 3 tomos. Tomo 1: 217-240.
Prieto, Adolfo, ed. Proyección del Rosismo en la Literatura Argentina. Rosario:
            Universidad Nacional del Litoral, 1959.
Rojas, Ricardo. Historia de la Literatura Argentina. Ensayo filosófico sobre la evolución
             de la cultura en el Plata. Buenos Aires: Editorial Kraft, 1960. Tomo 6.
Said, Edward W. Representations of the Intellectual. New York: Vintage Books, 1996.
Sampay, Arturo Enrique. Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas. Buenos Aires:
            Juárez Editor, 1972.
----------. Facundo. Civilización y barbarie. Madrid: Ediciones Cátedra, 1990. Edición 
             de Roberto Yahni.
Shumway, Nicolás. The Invention of Argentina. Berkeley: University of California Press,
            1991.
Sommer, Doris. Foundational Fictions. The National Romances of Latin America.
            Berkeley: University of California Press, 1991.
Viñas, David. Literatura argentina y realidad política. Buenos Aires: Centro Editor de
            América Latina, 1962.



Publicado en Alberto Julián Pérez. 
Los dilemas políticos de la cultura letrada
Buenos Aires: Corregidor, 2002: 151-178.


        

domingo, 26 de noviembre de 2017

Pablo Neruda y la poesía de vanguardia: "Walking around"

                                                                   Alberto Julián Pérez ©

Los poetas más destacados de las Vanguardias de España e Hispanoamérica de los años veinte del pasado siglo - García Lorca, Vallejo, Neruda – crearon en su poesía un nuevo efecto estético (al que Amado Alonso llamó el « trovar clus » de la poesía oscura contemporánea) independizando el significado de su referente y negando su potencialidad simbólica (negación que constituía una reacción contra el pasado Modernismo) (Alonso 9).[1] Peter Bürger, en su ensayo sobre las vanguardias, denomina a las obras vanguardistas «obras de arte inorgánicas» (las juzga en relación al arte anterior, al que considera «orgánico») y señala que en la obra de arte inorgánica las partes se emancipan de un todo que las contiene. Esas partes no son «necesarias» ni esenciales y el principio de construcción que subyace en toda creación artística se vuelve el acontecimiento estético más relevante (Bürger 80). Ante la negación de una significación clara, el lector experimenta sorpresa o «shock» y reacciona con asombro. Bürger cree que el desarrollo del Formalismo como método de análisis literario se debió al interés de los críticos en encontrar un procedimiento capaz de dar cuenta de ese principio de construcción que ponía en primer plano el arte vanguardista. El Formalismo se estableció como un método opuesto a la búsqueda hermenéutica de sentido, respaldada en una interpretación hegeliana de la historia, que había predominado durante el siglo XIX. Pero ha de llegar un momento, considera Bürger, que, en virtud de su evolución dialéctica, los procedimientos opuestos alcanzarán una síntesis y los críticos estudiarán las obras de arte vanguardistas integrando ambos métodos de análisis, el formal y el hermenéutico (Bürguer 82).
El carácter oscuro o hermético del texto vanguardista, entiendo, no nos autoriza a desistir escépticamente de una lectura interpretativa en favor de una lectura puramente formal o estructural, que es la que de manera inmediata parece exigir ese tipo de texto. Tenemos el «deber», si se me permite la exigencia, de no renunciar al mundo y entender cómo el texto vanguardista significa, aceptando que, aunque sus elementos se mantengan en oposición y conflicto, el lenguaje artístico debe permitir al lector, en algún momento, concebir una unidad. Para ver si esto es posible trataré en este ensayo de analizar e interpretar uno de los poemas vanguardistas más herméticos de Neruda, «Walking around», de su segunda Residencia en la tierra 1931-1935, explicándolo dentro de la nueva lógica poética y código de lectura que instauran las Vanguardias. Transcribo a continuación el poema:

Walking Around

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.

Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.
No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos,
aterido, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Hay pájaros de color azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y veneno y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias. (Neruda 33 - 4)

Una primera lectura del poema, si bien no nos permite entender con claridad lo que ese yo poético que atraviesa el texto quiere decir verdaderamente, nos comunica al menos su «estado de ánimo», expresado como un intenso cansancio, e insatisfacción y hastío ante su actual condición de ser. Notamos que muchas de las imágenes que crea el poeta aluden a un espacio urbano reconocible: «las sastrerías», «los cines», «las peluquerías», «establecimientos y jardines», «subterráneo», «bodega», «cárcel», «ciertos rincones», «ciertas casas húmedas», «hospitales», «zapaterías», «calles», «las casas», «oficinas», «tienda de ortopedia», «patios». En unos casos estas imágenes son parte del enunciado de una acción ejecutada por el sujeto poético, como: «entro en las sastrerías y en los cines», «Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas», «cruzo oficinas y tiendas de ortopedia», y, en otros casos, son términos de una comparación o metáfora donde el nombre que designa el espacio adquiere un valor calificativo, adjetival, que contribuye a definir al sujeto poético, como por ejemplo: «no quiero continuar…de subterráneo solo, de bodega con muertos, aterido», «me ve llegar con cara de cárcel». En esta última, el lector puede asociar «cara de cárcel» con sus significados alusivos, y pensar que tiene una cara triste, una cara que de algún modo hace pensar en una cárcel. Los términos de comparación de metáforas como «bodega con muertos» o «cara de cárcel», son palabras que difícilmente se relacionarían en la lengua corriente, y tratan de demostrar la originalidad del poeta, su capacidad de invención (valores artísticos idealizados por las vanguardias) e impresionar al lector, asombrándolo con el atrevimiento de sus asociaciones.
La concepción de la metáfora que subyace en la labor artística de las vanguardias supone que los términos de asociación tienen que ser extraños e inusuales y renovarse siempre, ya que repetir términos, como hacían los modernistas con sus «cisnes» y «princesas», gastaría la metáfora, restándole fuerza poética. Para los vanguardistas el poder principal de la metáfora es su capacidad de provocar asombro, desfamiliarizando al lector con los objetos que designa, mostrándole aspectos inusuales, nuevos de los mismos.
Además de esta serie de objetos propios del espacio familiar urbano, encontramos designados elementos del mundo natural que se combinan con otros creados por el hombre: «cisnes de fieltro» relacionados a «agua de origen y ceniza»; y «pájaros», «intestinos», «ombligos» con «dentaduras», «puertas», «cafetera», «espejos» y «paraguas». La yuxtaposición de cosas naturales con objetos creados por el hombre forma asociaciones arbitrarias cuyo carácter ilógico remeda el mundo onírico, lo subconsciente. Este desorden termina transformándose en un nuevo «orden» poético que caracteriza a las vanguardias.
El método de designación del poeta tiende a indefinir el mundo que nombra y otorga a los objetos una identidad poética que, en la mayoría de los casos, no tiene relación con la función de esos objetos en el mundo real; es una poética no realista, una poética fantástica donde el mundo se ve transformado por el proceso psicológico que sufre el poeta. Éste expresa su subjetividad presentando numerosas imágenes irracionales que muestran por dentro el proceso subjetivo mientras está sumido en él. El sujeto poético no se distancia de sus emociones ni intenta mostrarlas objetivamente, su intención es expresar lo confuso y traumático de un proceso y comunicar un estado psicológico alterado, de alienación, donde expone su lucha interior, su insatisfacción. Notamos la presencia de fuerzas que amenazan fragmentar el yo; en ese trance no puede designarse a sí mismo de manera inequívoca y clara, sino sólo de manera indirecta y alusiva, creando un lenguaje artificial y metafórico, combinando en las imágenes, como vimos, objetos naturales y objetos hechos por el hombre, que le permiten expresar la alteración radical que vive en el mundo contemporáneo.
El lector siente una viva simpatía ante ese estado de ánimo de desazón y sufrimiento que le comunica el poeta y se identifica con él. El poeta está volcando su subjetividad y su psicología íntima en el texto sin la mediación de un proceso racional de objetivación y explicación del conflicto. Su arte tiende a apropiarse de un proceso vital y expresarlo en su crudeza, en estado «natural», por medio de collages hechos de materias no ordenadas jerárquicamente según el papel que desempeñan en la experiencia social, sino yuxtapuestas y sin orden. Los elementos que integran el collage, muchos de ellos útiles en la vida práctica, como «dentaduras», «espejos», adquieren una función puramente estética al conformar un nuevo objeto mixto, heterogéneo, de naturaleza e identidad indefinida, sin finalidad real. El collage se transforma en el ejemplo máximo vivo de la creación poética autónoma.
Cuando en el poema vanguardista «inorgánico», que se distancia de la representación natural del mundo, el sujeto poético habla de sí, evidencia un proceso de intensa catarsis en el que no puede designar, nombrar su mundo, valiéndose de palabras comunes y familiares, sino que tiene que inventar un lenguaje poético inédito y metáforas especiales que le permitan designarlo alusivamente, indirectamente, mostrando su naturaleza no familiar, extraña, sorprendente. Muchos de los objetos que aparecen designados en las comparaciones y metáforas componen «cuadros» con imágenes visuales que parecen transposiciones de las creaciones de los pintores experimentales surrealistas, como Dalí; el poeta trata de crear un efecto similar con sus imágenes, como cuando dice que «los huesos salen por la ventana» del hospital, y los «horribles intestinos» cuelgan de «las puertas de las casas» que odia. Estas imágenes no son «bellas» en el sentido que los poetas modernistas entendían la belleza, no responden a un criterio estético de perfección, armonía y equilibrio, sino que son inquietantes, desagradables y comunican al lector una cierta sensación de horror.
El yo poético sugiere una travesía (también denotada en su título en inglés, «Walking around», que significa caminar sin dirección fija) por un espacio onírico y trata de comunicar la presencia de sentimientos íntimos de muerte y autodestrucción, y su deseo de «descansar». En esta travesía el yo poético comete o sugiere la posibilidad de cometer acciones irracionales o absurdas que tienen un toque humorístico y desacralizador, como cuando dice que le gustaría «asustar a un notario con un lirio cortado / o dar muerte a una monja con un golpe de oreja». Estas acciones tienden a mostrar el carácter no convencional y disconforme de la personalidad del poeta, que se rebela contra el orden de un mundo establecido, tratando de expresar lo irracional y absurdo de éste.
El mundo que experimenta el poeta vanguardista no es un mundo ordenado y significativo (como el que observamos en las obras de modernistas y simbolistas) sino desordenado y caótico, y el poeta tiene que expresar ese orden de alguna manera, indicando su «terrible belleza», que es un nuevo tipo de belleza.  Notamos que el hombre alienado no es dueño de su mundo, no está en posesión de él, sino que siente que los objetos de su entorno adquieren una autonomía amenazante. El mundo exterior está cosificado y esa cosificación cualitativamente se extiende a su mundo espiritual y sus sentimientos. Su subjetividad toma la apariencia de objetos devastados y fragmentarios, compuestos casi de sobras de otros objetos, donde la naturaleza orgánica se combina con los utensilios fabricados por el hombre. El poeta emplea una gran cantidad de metáforas, como cuando dice que no quiere ser «raíz en las tinieblas», ni estar en «las tripas mojadas de la tierra», y habla de que el día lunes «arde como el petróleo» y aulla «como una rueda herida»; estas metáforas diversifican los significados del poema, abriendo sus posibilidades alusivas, nombrando un mundo «otro»; el sujeto poético habla de sí mismo presentándose en su anomalía y en su radical extrañeza e individualidad, de manera que todo, hasta la forma de hablar sobre sí y el mundo, debe ser inventada. 
«Walking around» es un ejemplo del arte inventado por los vanguardistas. El arte vanguardista crea un efecto estético nuevo en que el lector no percibe en el poema un mensaje claro sino la evidencia de un mundo fragmentado que se comunica como tal en su fragmentación y extrañeza, y que le permite evocar, intuitivamente, su experiencia en el mundo contemporáneo. Para el lector el texto vanguardista no produce un sentido último ni se agota en un solo significado, sino que es un productor de sentidos plurales.
En el nuevo tipo de mimesis poética que crean las Vanguardias, el objeto poético en el que se combinan imágenes improbables por asociación discontinua se convierte en el fundamento del estilo individual de los poetas: la poesía para ellos se expresa como un arte combinatorio que reformula la base material de la realidad. En esta poesía la palabra poética recupera su sentido mágico y ritual y su vinculación al mundo onírico. Los lectores de las vanguardias valoramos la poesía no por su significado último, ni por sus símbolos, sino por la emoción insólita que nos produce el contacto con ese mundo poético enigmático y poco inteligible.
El efecto estético vanguardista revolucionó el arte de la primera mitad del siglo XX y su tradición permanece activa y alcanza hasta nuestros días, ya vecinos al fin de siglo. Muchos de los desarrollos estéticos posteriores no fueron tan revolucionarios ni provocaron cambios tan profundos en la historia del arte como este efecto estético vanguardista. El realismo socialista de la década del treinta, tan importante en las letras hispánicas, reintrodujo en la poesía procedimientos realistas y romántico-sociales decimonónicos de representación que habían caído en el desprestigio; Pablo Neruda, en su obra Canto general, 1950, llevado por sus ideas socialistas, abandonó el formalismo e irracionalismo de su obra vanguardista y dio a su poesía un sentido racional y social. El Canto general es una obra poética descriptiva y narrativa, de base histórica, de acuerdo a los objetivos del arte realista social. No obstante, en sus descripciones históricas incluyó atrevidas metáforas vanguardistas, tratando de reconciliar los aportes de ambas estéticas, consideradas opuestas y antitéticas. [2] El poeta, quizá sin proponérselo, mostró al crítico un camino a seguir, sintetizando tendencias, aunque, según Bürger, la crítica aún no había logrado en 1974 integrar formalismo y hermenéutica en su interpretación del texto vanguardista (Bürger 82).
El arte de las Vanguardias, con su estética de ruptura y su peculiar lenguaje poético, consiguió reflejar las contradicciones del hombre contemporáneo en un momento social de crisis en que éste luchaba y se debatía sin conseguir alcanzar su ansiada liberación. Los poetas vanguardistas, en su esfuerzo por comunicar lo «incomunicable», dieron forma a un efecto poético que ha contribuido al desarrollo de la consciencia artística de nuestro tiempo y cuya estética se ha constituido en la tendencia artística más representativa de la modernidad.

Bibliografía citada

Alonso, Amado. Poesía y estilo de Pablo Neruda. Barcelona: Edhasa, 1979.
Bürger, Peter. Theory of the Avant-Garde. Minneapolis: University of Minnesota Press,
1984. Primera edición alemana 1974. Trad. de Michael Shaw.
Neruda, Pablo. Antología. Santiago: Editorial Nascimiento, 1957. 3ra. Edición ampliada.



[1] Esta reacción de las Vanguardias contra el Modernismo hispanoamericano (nuestra peculiar síntesis del Parnaso y el Simbolismo) los llevó a la negación de la poética modernista. Los poetas vanguardistas rechazaron la preceptiva tradicional, sus leyes rítmicas y estróficas; evitaron la música verbal impuesta por Darío y sus seguidores; no respetaron las estructuras formales utilizadas por los modernistas; subestimaron el empleo de la rima y emplearon el verso libre.
[2]  En los movimientos artísticos posteriores a la década del cincuenta notamos una tendencia a volver sobre procedimientos vanguardistas, con un arte que podemos calificar de neovanguardista; así lo vemos dentro de la narrativa en obras como Rayuela de Julio Cortázar, en las novelas de Severo Sarduy y en gran parte de la producción poética contemporánea, que parece repartirse entre el realismo social (Roque Dalton), el neovanguardismo (Lezama Lima) y la poesía crítica que recupera técnicas textuales decimonónicas modernistas, como la intertextualidad, que observamos en la poesía de Carlos Germán Belli. No sabemos cómo ha de ser el arte del futuro siglo XXI, pero sí es evidente que las Vanguadias han dominado nuestro siglo, como el Romanticismo dominó el siglo XIX, y que nuestro arte de hoy vuelve sus ojos nostálgica y críticamente hacia el pasado. Muchas de las tendencias textualistas y formalizantes de hoy tienen semejanza, por su orientación, con la búsqueda de perfección de los simbolistas franceses y los modernistas hispanoamericanos, aunque, debemos reconocerlo, nuestra poesía contemporánea carece de la riqueza y la trascendencia internacional que tuvo la brillante poesía postromántica decimonónica.




Publicación: 
Alberto Julián Pérez, “Cómo leer a las Vanguardias”. 
Actas del X Congreso de la Asociación 
Internacional de Hispanistas  (1989): 175 -181.