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martes, 20 de noviembre de 2018

The Drowned



by Alberto Julián Pérez ©

We were spending the afternoon
with my girlfriend at La Florida.
I do not refer to some white sand resort
in Miami, but to the dark sand
public beach in Rosario.

We watched from the shore
the parade of traveling water hyacinths
coming down from Corrientes
with its load of snakes and monkeys.

Our love was that simple love
of a small town or South American city,
where the poor bathe in the mud river
and the rich make up reality
with borrowed dreams.

Finally we got hungry
and we went to a shack on the beach
to eat a burger and have a beer.

The sun was setting on the horizon.
Sunsets with red reflections on the Paraná River.
It seems that Heaven or God was wounded
and suffered because of us, who hurt him.

I told my girlfriend that maybe
we were part of a phantasmagoria.
Embraced to our tender love
we imagined that we were going downstream
to a jungle of jaguars or American tigers.

We could, if we wanted, travel in time,
think that the Paraná was the river of life
from whose clay the first man had been made.

We heard screams and we saw
that the few bathers that were left
were running towards a point on the beach.

We approached the place.
On the ground, extended,
there was a young man,
with his arms outstretched
like in a cross.

Other man, astride him,
pressed his chest with both hands.
The drowned man did not react.

I approached him: I saw
that his eyes were opened.
His glazed look seemed
to search for something in the sky.

I understood that he was dead
and that nothing and no one
could bring him back to life.
I wondered what last image
he would have taken away from this world.
And who would have him called
in the final moments
of desperate, agonizing strokes.

We, so worried about love,
while he has already entered into death.
What would death be like?
The dead man brought that question to us
passengers of love. 

My girlfriend, next to me, cried.
We were silent, grave,
before the unexpected tragedy. 

The drowned was lying in the sand.
Nothing could be done.
The people went away.
It was getting dark. 

Death so close to life.
The end so close to the beginning.
We felt in us the brevity of the world. 
We perceived our mortality
and we trembled for the future life. 

“May God give us life”, I thought,
and I said it out loud. 
My beloved embraced me and, sad,
we started the return home. 
We slowly crossed the city in the bus of love. 
When we arrived, his mother was preparing dinner.
We did not say anything. Reunited as a family
we ate a meat pie and drank beer.

On the TV a young artist was singing "The Song of Hope":
"Time that keeps passing / like life does not return".
My girlfriend and I look at each other
and hold each other's hands. 

We were in love with that thing
that is life. Inside me I prayed
that it would remain in its being.
  
                        Translated by the author
                       





El ahogado

                                                            de Alberto Julián Pérez



Estábamos pasando con mi novia el día en La Florida.
No me refiero a alguna playa de arena blanca en Miami
sino al balneario municipal de arena oscura, en Rosario.

Mirábamos desfilar, desde la orilla, los camalotes viajeros
que descendían desde Corrientes
con su carga de serpientes y de monos.

Nuestro amor era un amor sencillo
de pueblo o ciudad sudamericana,
donde los pobres se bañan en el río de barro
y los ricos maquillan la realidad con sueños prestados.

Finalmente nos ganó el hambre
y fuimos a un bar de la playa
a tomar cerveza y comer sánguches de milanesa.

El sol se iba poniendo en el horizonte.
Atardeceres de reflejos bermejos del Paraná.
Pareciera que el cielo o dios estuviera herido
y sufriera, por nosotros, que le hicimos daño.

Le dije a mi novia que quizá éramos parte
de una fantasmagoría. Abrazados
a nuestro amor tierno
imaginamos que nos íbamos río abajo
a una selva de jaguares o tigres americanos.

Podíamos, si queríamos, viajar en el tiempo,
pensar que el Paraná era el río de la vida
de cuya arcilla había sido hecho el primer hombre.

Escuchamos gritos
y vimos que los pocos bañistas que quedaban
corrían hacia un punto en la playa.

Nos acercamos al lugar. En el suelo, extendido,
había un joven, con los brazos en cruz.

Un muchacho, a horcajadas sobre él,
le presionaba el pecho con ambas manos.
El ahogado no reaccionaba.

Me aproximé a él: vi que tenía los ojos abiertos.
Su mirada vidriada parecía buscar algo en el cielo.
Comprendí que estaba muerto
y que ya nada ni nadie lo volvería a la vida.

Me pregunté que imagen última
se habría llevado de este mundo.
Y a quién habría llamado, en los instantes finales,
de brazadas desesperadas, agónicas.

Nosotros preocupados por el amor
y él ya entrado en la muerte. ¿Cómo sería la muerte?
El muerto nos traía esa pregunta a nosotros
pasajeros del amor.

Mi novia, junto a mí, lloraba.
Estábamos en silencio, graves, ante la tragedia inesperada.

El ahogado quedó tendido en la arena.
Nada podía hacerse. La gente se fue alejando.
Oscurecía.

La muerte tan cerca de la vida.
El final tan próximo al comienzo.
Sentimos en nosotros la brevedad del mundo.

Percibimos nuestra mortalidad
y temblamos por la vida futura.

Quiera dios darnos vida, pensé,
y lo dije en voz alta.

Mi amada se abrazó a mí y, tristes,
emprendimos el regreso a casa.

Atravesamos lentamente la ciudad
en el colectivo del amor.

Al llegar, su madre preparaba la cena.
No dijimos nada. Reunidos en familia
comimos empanadas y bebimos vino.
En la TV un joven cantor entonó “Zamba de mi esperanza”:
“El tiempo que va pasando/ como la vida no vuelve más”.
Mi novia y yo nos miramos y nos tomamos de la mano.

Estábamos enamorados de esa cosa que es la vida.
Dentro mío rogué que perdurara en su ser.


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