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jueves, 13 de enero de 2022

                     Álvar Núñez en el Río de la Plata 

                              Alberto Julián Pérez                                                                                              

El 2 de noviembre de 1540 Álvar Núñez Cabeza de Vaca partió del puerto de Cádiz al frente de una expedición de rescate, compuesta por cuatrocientos hombres y tres navíos, rumbo al Río de la Plata. Lo enviaba la Corona para socorrer la expedición del desaparecido Adelantado Pedro de Mendoza. El Rey lo había nombrado Adelantado, Gobernador y Capitán General de esa provincia. Álvar Núñez contribuyó a la expedición con ocho mil ducados de su patrimonio. La Capitulación firmada le reconocía el derecho a recibir el doceavo “de todo lo que en la tierra y provincia se hobiese y lo que en ella entrase y saliese...” (Naufragios y Comentarios 85). El Adelantado narró detalladamente todo lo que ocurrió en esa expedición al escribano Pero Hernández y este lo transcribió. Salió publicado en Valladolid en 1555, junto a su relato anterior sobre la fallida expedición a Florida, escrita por él mismo, en un solo libro, Naufragios y Comentarios. En Naufragios, el primer libro, que apareció en 1542, cuando ya Álvar estaba en el Río de la Plata, contaba a los lectores su viaje junto al Adelantado Pánfilo de Narváez a las costas de Florida. Álvar se había incorporado a esa expedición con el cargo de Tesorero y Alguacil Mayor. En el comienzo de la relación describió de manera sucinta las peripecias de la expedición hasta llegar a Florida, su desembarco y marcha por tierra, el hambre que sufrieron, el naufragio y destrucción de los navíos, y la virtual disolución de la armada por voluntad del mismo Narváez que, incapaz de liderarla, la abandonó a su suerte (Naufragios y Comentarios 28). A partir del momento en que el Adelantado dejó a los soldados, la narración cambió su carácter: pasó de ser la historia de una expedición fallida a ser la epopeya de sobrevivencia de Álvar Núñez, que viajaba por un medio hostil, habitado por pueblos nativos, cuyas costumbres no conocía y cuya lengua

1 Álvar era un oficial de carrera destacado, pertenecía a una familia militar noble prestigiosa y tenía una buena foja de servicio. Había sido camarero del Duque de Medina Sidonia, a quien sirvió entre1503 y 1527. Había participado en la armada que el rey había enviado a Italia en ayuda del Papa Julio II, y luchado en las batallas de Rávena y Bolonia. Sirvió en Navarra contra las tropas francesas (Levin Rojo 124).

 

no podía hablar. Gradualmente se adaptó a la vida natural y fue acercándose a los grupos nativos. Eran pueblos recolectores, con un desarrollo tecnológico equivalente al de las culturas neolíticas, que vivían de raíces y de frutos, y se desplazaban según las necesidades de alimento. Estos aceptaron que permaneciera con ellos, pero le exigieron que trabajara para el grupo. Era una especie de “esclavo” de la comunidad (37). Álvar Núñez aprendió poco a poco la lengua de la tribu, observó su comportamiento, y fue interpretando sus creencias y su conducta.

El lugar estaba habitado por varios pueblos que se comunicaban entre sí y entraban en relaciones de asociación. Competían por el espacio y la subsistencia. Para un hombre como él, criado en la Europa renacentista, la vida con los nativos era tan penosa como apasionante. Experimentó en carne propia el enorme estado de necesidad en que vivían estos pueblos, que pasaban hambre la mayor parte del año. Seguían el proceso de floración de los campos. Ocasionalmente cazaban animales salvajes y pescaban. Vivían desnudos, sufrían la fuerza de los elementos, las tormentas, el frío. Era una vida dura. Observó que, a pesar de estas penurias, encontraban fuerzas para desarrollar su espiritualidad. Amaban la vida grupal. Cuidaban a sus familias, a los hijos. Eran, en esencia, parte de la misma raza humana que él había conocido en Europa, bajo distintas circunstancias. Sintió compasión y empatía.

Tiempo después encontró la manera de poder “viajar” y desplazarse sin conflicto de un pueblo a otro y dejar de ser “esclavo” (38). Vio que aquellos que vivían en la costa del Golfo de México tenían ciertos productos de los que carecían los pueblos que habitaban tierra adentro. Dada la tensión que existía entre estos, les era difícil desplazarse sin generar conflictos. Álvar Núñez concibió una idea que sólo un europeo podía tener: introducir el comercio. Se transformó en comerciante itinerante, en buhonero. Llevaba productos de la costa, como conchas marinas, y otros que sabía les podían ser útiles, hacia los pueblos del interior. Al llegar era bien recibido, como alguien que, sin vivir con su grupo, los visitaba para “venderles” productos que ellos no tenían, cambiándoselos por otros. Una vez en el interior, se comportaba de la misma manera con los indios de la costa: les llevaba grasa de animales, pieles, arcos y flechas, y allá los cambiaba. Esta fue una gran lección de vida para él: observó sus costumbres, aprendió sobre su lengua, interpretó la relación que mantenían con sus deidades, el carácter de sus celebraciones, su actitud ante las fuerzas de la naturaleza. Indagó su psicología: qué era lo que los movía, cuáles eran sus miedos, sus deseos, sus aspiraciones.

Trató de identificar a nativos que hubieran vivido con otros grupos indígenas y hablaran más de una lengua. Estos individuos le resultaban valiosísimosCuando se disponía a salir hacia una aldea, les pedía que fueran primero ellos al lugar, para anunciarles que él viajaba hacia allá a llevarles productos. Los pueblos a los que llegaba lo recibían amistosamente. Se transformó en una persona querida y apreciada por la comunidad. Su estatus había cambiado: ya no era más el extranjero que vivía con una tribu, que desconfiaba de él, a cambio de trabajos; era un individuo independiente que se desplazaba entre pueblos y culturas y no dependía de una tribu determinada. Podía comparar a unos pueblos con otros. El soldado se transformó en etnólogo (Jiménez Núñez 112). Desarrolló con ellos lazos de fraternidad. Creyó que esos nativos, una vez que llegaran padres misioneros a esos territorios, se convertirían en grandes cristianos.

Pasados seis años oyó decir que había cerca otros extranjeros (40). Comprendió que eran españoles, probablemente sobrevivientes de la misma expedición a Florida en la que él había participado. Los encontró. Eran tres. Juntos planearon el viaje de regreso a Nueva España. Partieron. Se alejaron de la costa y se internaron en el continente. Siguieron el curso del Río Bravo. Pasaron por diferentes pueblos. Los indígenas, viendo que eran hombres de otra raza y otra lengua, pensaron que podían tener poderes especiales. Les pidieron que usaran su poder para curar a los enfermos (47). Ellos les tocaban la frente y elevaban sus manos al cielo. Rezaban por ellos en voz alta. De inmediato los enfermos decían que se sentían mejor. Creían que habían intercedido ante la divinidad en su favor.

Durante el viaje se llevaron bien con los indígenas. Eran respetuosos con ellos y les mostraban afecto. Estos les estaban agradecidos (49-50). Les hacían agasajos. Creían que eran médicos o hechiceros. Los hechiceros tenían gran prestigio en sus comunidades. Representaban el poder espiritual. Sólo estaban por debajo de los caciques.

Álvar Núñez pasó de ser esclavo, a ser comerciante, a ser considerado un ser casi divino. Su fama entre los indígenas aumentaba a medida que avanzaba el viaje (63). Cuando salían de una comunidad los acompañaban cientos de hombres hasta el poblado siguiente. Al llegar, los esperaban con ofrendas. Colocaban en el suelo todo lo que poseían: utensilios, tejidos, armas, animales y se los entregaban. Álvar Núñez tomaba lo mínimo para sí. Daba lo que le ofrecían a sus seguidores. De inmediato comenzaban las celebraciones. Los nativos trataban de acercarse a ellos y tocarlos. Al hacerlo, sentían un gran bienestar. Decían que ya ningún mal los aquejaba.

Esta marcha a pie continuó durante semanas. Cubrieron miles de kilómetros. El terreno descendía a medida que avanzaban. Se aproximaban al Océano Pacífico. Los grupos indígenas cambiaban (68). Llegaron a pueblos de agricultores, que sembraban mandioca y maíz. Los campos tenían muchos animales para su caza. Estos nativos conocían una abundancia relativa, sobre todo si los comparaban a los indios recolectores del Golfo de México. Al llegar ellos, todo se lo ofrecían, y ellos todo lo repartían entre sus seguidores. Se creó una dinámica especial: los que habían venido con ellos regresaban a sus aldeas y se llevaban lo que les habían dado, y los habitantes del pueblo se quedaban sin nada. Estos últimos, a su vez, los acompañaban hasta la aldea siguiente y tomaban de sus habitantes todo lo que les ofrecían. De esta manera las comunidades se iban pasando los bienes de unas a otras. Álvar Núñez y sus amigos, sin proponérselo, protagonizaron un movimiento mesiánico. Los nativos los recibían de rodillas, no los miraban a los ojos. Permanecían con la cabeza baja. No tocaban ningún alimento si no lo hacían ellos antes.

El antiguo soldado español, el náufrago, se había transformado en líder espiritual de los pueblos nativos. Durante sus aventuras, que duraron muchos años, había registrado en su memoria múltiples detalles de las costumbres de los pueblos con los que había convivido. Llegó a conocer seis lenguas indígenas. Consignó todo, en forma resumida, en su relación, que dirigió a la corona.

Unos nativos les informaron que se estaban acercando a los territorios poblados por los españoles (73). Estos habían atacado unos pueblos indígenas. Mataron varios hombres y se llevaron muchos prisioneros (Zaidi 114). No sabían qué hacían con ellos. Álvar Núñez bien pronto comprendió: eran soldados que estaban a la caza de esclavos. Los indios de esos pueblos habían abandonado sus sembradíos y se ocultaron en lugares inexpugnables de la sierra. Pasaban hambre. Álvar Núñez les aseguró que estando a su lado no tenían nada que temer. Él los protegería.

Muchos de los hombres que los seguían continuaron la marcha con ellos. Poco después encontraron un contingente de soldados españoles. Estos se alarmaron al verlos. Vestían igual que los indígenas, estaban casi desnudos. Los acompañaban seiscientos seguidores (74).

El jefe de la partida de soldados era el Capitán Diego de Alcaraz. Estaban buscando esclavos. El Capitán se alegró al ver tantos indios juntos. Obedecían a Álvar y sus amigos. Pensó en su botín. Le pidió a Álvar que usara su prestigio para llamar a los indios de la comarca y reunirlos allí. Los apresarían y los venderían como esclavos. Compartirían la ganancia. Álvar Núñez rechazó la infame propuesta. Alcaraz reaccionó con furia y lo amenazó. Procuró convencer a los indios de que Álvar no tenía autoridad alguna en la región: el jefe era él. Les pidió a los indios que fueran con los soldados camino a la ciudad. Allí los recibirían bien y les harían muchos regalos. Estos le dijeron que no irían con él. Sabían que el Capitán Alcaraz perseguía, robaba y mataba a los indígenas, mientras Álvar y los otros tres españoles los curaban y los salvaban. Todo lo que estos recibían lo compartían con ellos y no guardaban nada para sí.

El Capitán, que no quería perder su botín, pronto encontró una solución. Envió a Álvar y los otros tres a México con unos pocos de sus hombres por un camino diferente al que él pensaba seguir. Les dijo que se fueran tranquilos, todo estaba bien. Él no le haría nada a los indios. Álvar comprendió que mentía, y aprovecharía su ausencia para apresarlos, pero no podía hacer nada más. Su retorno a la “civilización” lo enfrentó directamente con el modelo de conquista que los españoles imponían en la región. Llegaron a Culiacán, donde los recibió el alcalde, y continuaron con su marcha a la ciudad de México, donde fueron bien recibidos por el Virrey (79). El 10 de abril de 1537 partieron de regreso a España.

Una vez allá Álvar Núñez escribió su relación del viaje. Quería volver a América. Esperaba que el rey lo nombrara Adelantado de la próxima expedición a Florida; le ofrecieron, en cambio, el puesto de Adelantado a la expedición al Río de la Plata. Iba a reemplazar a Pedro de Mendoza, el Gobernador fallecido (85). Debía socorrer a los hombres que habían quedado en Buenos Aires y dirigirse a Asunción para asumir su cargo. Allí reemplazaría al Teniente Gobernador Domingo Martínez de Irala.

La expedición de Álvar Núñez tocó tierra en la isla de Santa Catalina, en la costa del Brasil, el 29 de marzo de 1541. Desembarcó en la isla con toda la armada. Tomó posesión de esta en nombre de su Majestad, el Rey Carlos V, y trató de averiguar qué sabían los nativos del lugar sobre los acontecimientos del Río de la Plata. Le dijeron que había dos frailes franciscanos que vivían en la isla y los mandó llamar (88).

En mayo envió a Felipe de Cáceres con una carabela a Buenos Aires para que le trajera información. Antes de tomar decisiones que involucraran a toda la armada trataba de conocer lo mejor posible cuáles eran las dificultades que iban a enfrentar. Era algo que el antiguo adelantado de la expedición a Florida, Pánfilo de Narváez, no hacía, y eso lo había llevado al fracaso. Pocas semanas después regresó la carabela. No había podido entrar en el puerto de Buenos Aires debido al mal tiempo. Habían recogido en el camino a varios hombres, que venían huyendo en una embarcación de “los malos tratamientos que les hacían los capitanes que residían en la provincia...” (88). Estos le informaron sobre la situación en el fuerte de Buenos Aires y los pormenores de la expedición de Ayolas, a quien el Adelantado Pedro de Mendoza había enviado río arriba a descubrir tierras. Este había desembarcado en un puerto, al que llamó la Candelaria, sobre el Paraguay, y amarrado allí parte de su flota (89). Dejó los barcos a cargo del Capitán Domingo de Irala y él se internó con la armada por el territorio a pie. A su regreso encontró que Irala había abandonado el puerto. En su ausencia los indios habían atacado los barcos y asesinado a muchos. Finalmente acabaron con Ayolas y el resto de los soldados. Irala era el culpable de su muerte (90). Desertó su puesto y los dejó solos.

Luego de escuchar la relación de los cristianos que venían en el barco, Álvar Núñez tuvo qué decidir cómo continuar la marcha. Se propuso ir por tierra y llegar a Asunción a pie. Tendrían que atravesar más de mil kilómetros de selva cerrada. Era un territorio poblado por numerosos pueblos indígenas. Ningún otro expedicionario hubiera arriesgado una armada de esa manera. Hubiera ido por mar hasta el Río de la Plata, entrado en él, seguido por el Paraná, luego el Paraguay, y arribado seguro al puerto de Asunción. Pero Álvar Núñez sabía lo que hacía. No en vano había acaudillado un movimiento mesiánico indígena como chamán y sanador en Norte América. Entendía la manera de pensar y comprendía la sicología de los nativos. Llegaba al Río de la Plata como Adelantado, Gobernador y Capitán General: tenía poder militar y político. Uno de sus objetivos era la conquista territorial y la incorporación de nuevos pueblos a la corona. Era una gran oportunidad para entrar en contacto con los pueblos nativos de la zona.

1541 era una época especial. La actitud de la monarquía ante la cuestión indígena cambiaba rápidamente. Los dominicos, liderados por el padre Las Casas, defendían una posición cristiana y humanista. En esos momentos, se estaban redactando en España las Leyes Nuevas, que serían promulgadas al año siguiente, 1542 (Las Casas 9-47). Estas defendieron el derecho de los indios a permanecer en el territorio en que vivían y ser tratados como súbditos de la corona. No se los podía esclavizar. Limitaron las encomiendas. Estaban sujetos a servicio personal. El servicio los obligaba a trabajar para los españoles una parte del año a cambio de una compensación. Los encomenderos tenían la obligación de cristianizarlos.

Álvar Núñez se proponía defender los derechos de los indígenas. Su actitud, como militar, era excepcional. Su llegada a la región iba a desestabilizar un esquema de poder que favorecía la esclavitud de los indios y la encomienda (Gandini 81-96).

Su decisión de ir por tierra a Asunción no fue bien acogida por varios oficiales. El contador Felipe de Cáceres y el piloto Antonio López lo criticaron. Querían que toda la expedición continuara navegando rumbo a Buenos Aires y luego remontara el Paraná hacia Asunción (90). Álvar Núñez tuvo en cuenta el consejo y moderó su postura. Dividió la expedición en dos. Envió a Buenos Aires los barcos con 140 hombres, al mando de su sobrino Pedro de Estopiñán Cabeza de Vaca, y él, con el grueso de la Armada, se preparó para atravesar el continente por tierra en una larga marcha. Dado que no conocía el terreno que tenían que atravesar, mandó una avanzada de españoles e indios al mando de Pedro Dorantes, para que se internan en el continente y averiguaran sobre los mejores caminos para ingresar al territorio. No quería repetir la historia trágica de Pánfilo de Narváez en Florida, que entró en el continente en forma improvisada, confiando en el azar, y lo pagó con su vida y la destrucción de su expedición. La avanzada de Pedro Dorantes regresó tres meses después y le dio un amplio informe sobre las rutas posibles, los nativos que poblaban la región, la reserva de agua y alimentos con los que podían contar, y el tipo de terreno que tenían que enfrentar. Teniendo en cuenta esta información decidió en consejo con los oficiales el camino a tomar.

Antes de partir dio las gracias a los nativos por su hospitalidad y los colmó de los regalos que ellos apreciaban. Les entregó anzuelos, agujas, hachas, tijeras, diferentes objetos de metal, que para ellos tenían una utilidad incalculable. Estos, felices, le dieron a varios indios para que los acompañaran en su marcha, y facilitaran su relación con los otros pueblos indígenas. Todos ellos se conocían, podían comunicarse unos con otros. La lengua guaraní se extendía a lo largo de todo el territorio. Sus variantes no impedían que se comprendieran entre ellos. Este hecho, que Álvar Núñez valoró, contribuyó al éxito de su viaje.

Dejó la isla de Santa Catalina el 18 de noviembre de 1541 con 280 españoles. Entraron en tierra firme siguiendo el cauce del río Ibabucu. Durante los primeros diecinueve días atravesaron un terreno despoblado montañoso y boscoso. Tuvieron que talar árboles para pasar. Cuando ya se les acababan las provisiones que llevaban, arribaron, tal como lo preveían, a una región poblada. El Gobernador les indicó a los nativos su deseo de ser sus amigos y se mostró generoso. No permitió que sus soldados les quitasen sus alimentos y objetos de valor sin compensarlos. Eran culturas que sobrevivían con infinitos trabajos, de los que dependía la subsistencia de sus familias. Les informó que llegaba en nombre del rey, les habló de la religión cristiana, y les prometió que, si ellos se mantenían en paz, los aceptarían como vasallos de la corona, con los mismos derechos que todos. Eran legítimos propietarios de sus bienes, que habían atesorado con su esfuerzo.

A medida que la expedición avanzaba su diplomacia indigenista fue surgiendo efecto. Escribió Pero Hernández: “...como supieron los indios de estos pueblos de la venida del gobernador y gente que consigo iba, lo salieron a rescebir al camino, cargados con muchos bastimentos, muy alegres, mostrando gran placer en su venida, a los cuales el gobernador rescibió con gran placer y amor; y además de pagarles el precio que valían, a los indios principales de los pueblos les dio graciosamente y hizo mercedes de muchas camisas y otros rescates, de que se tuvieron por contentos.” (Naufragios y Comentarios 92). Álvar había vivido en Norte América durante ocho años junto a los nativos. Comprendía muchas cosas de su psicología. Era consciente del estado de necesidad en que vivían estos pueblos neolíticos, para los que el alimento tenía un valor fundamental. De él dependía su subsistencia. A diferencia de las sociedades europeas, muchas de las culturas nativas no habían logrado conquistar una base estable de alimentación. Pasaban períodos de necesidades y hambrunas, y resultaban fácilmente víctimas de las enfermedades y las epidemias. Eran sociedades humanas frágiles y vulnerables.

Durante el viaje y tal como lo había hecho en su periplo norteamericano, Álvar Núñez observó con cuidado las características y costumbres de los pueblos que atravesaba. Le llamó la atención la abundancia de recursos naturales que parecían tener los guaraníes en comparación con la pobreza que sufrían los indios norteamericanos del Golfo de México. Notó que practicaban la antropofagia. Dice: “Esta es una gente y generación que se llaman guaraníes; son labradores, que siembran dos veces en el año maíz, y asimismo siembran cazabi, crían gallinas a la manera de nuestra España, y patos; tienen en sus casas muchos papagayos, y tienen ocupada muy gran tierra, y todo es una lengua; los cuales comen carne humana...” (92).

La cuestión de la antropofagia era un punto crítico. Álvar Núñez analizó la información que le llegaba sobre esto y comprendió que se trataba de un proceso de antropofagia ritual. Era parte de una ceremonia de bautismo que tenía paralelos con el bautismo cristiano: formaba parte de un proceso que, seguramente, había ido evolucionando a través de los tiempos. Los niños recibían el nombre de las personas más ancianas del clan. Probablemente, en el pasado, los hijos sacrificaban a una de estas personas y se la comían en una ceremonia tribal. A través del tiempo dejaron de matar y comer a alguien de la familia, y tomaron como víctima sacrificial a un prisionero. La ceremonia, que Álvar describirá luego, debía contar con la colaboración de la víctima. Esta persona era integrada a la familia, pasaba a ser miembro de la misma durante un período relativamente prolongado. Lo alimentaban con las mejores comidas que tenían y lo hacían engordar. Podía tener sexo con todas las mujeres de la tribu que él deseara. Cuando llegaba el día elegido para la ceremonia, todos bailaban y celebraban, y los niños que iban a ser bautizados se encargaban del sacrificio ritual, utilizando hachas especiales. Se dividían las partes de la víctima y las distintas familias participantes las cocinaban de una manera especial. Se procedía al bautismo y los niños asumían el nombre de la persona sacrificada (107-8). El prisionero, ya parte de la familia, representaba simbólicamente la imagen paterna del fundador del clan, de quien descendían.

A lo largo de la marcha el Gobernador fue tomando posesión de cada pueblo al que llegaban en nombre de la Corona de España. Antes de partir al siguiente, Álvar Núñez enviaba a sus embajadores: un grupo de españoles, acompañados de los indios guaraníes amigos. A medida que avanzaban, la recepción de los indígenas se volvió más y más amigable. Álvar había visto en su periplo norteamericano que los pueblos nativos se comunicaban entre ellos y, en el caso del Río de la Plata, la unidad lingüística, junto al extenso sistema litoral de ríos integrados, facilitaba la vinculación entre las tribus.

En cada pueblo que llegaban procuraban dejar una “buena imagen” del ejército. Los del pueblo siguiente muy pronto oían hablar de esto. Los indios les perdieron el miedo, y salían a recibirlos con sus familias. Los invitaban a sus poblados y les ofrecían todo lo que tenían. Álvar Núñez, sabiendo que sus hombres podían, por desconocimiento, reaccionar mal ante los indios, creyendo que era agresión o amenaza algo que no lo era, habló con ellos. Dice el escribano Pero Hernández: “Y porque la gente que en su compañía llevaba el gobernador era falta de experiencia, porque no hiciesen daño ni agravios a los indios, mandoles que no contratasen ni comunicasen con ellos ni fuesen a sus casas y lugares, por ser tal su condición de los indios, que de cualquier cosas se alteran y escandalizan, de donde podía resultar gran daño y desasosiego en toda la tierra” (94). Les pidió que no tomaran nada de ellos sin pagarles y él mismo asumió los gastos que esto ocasionaba.

Los nativos notaron su conducta respetuosa. Su actitud pasó del temor al cariño y la admiración. Dice: “...viendo que el gobernador castigaba a quien en algo los enojaba, venían todos los indios tan seguros con sus mujeres e hijos, que era cosa de ver; y de muy lejos venían cargados con mantenimiento sólo para ver los cristianos y los caballos...” (94). Cuando llegó Pascuas se tomaron unos días de descanso. Sus hombres comieron tanto que Álvar Núñez temió que se enfermaran.

Siguieron la marcha y llegaron a un gran río, que cruzaron con mucho trabajo. Pasaron por zonas en que no había poblaciones y el gobernador tenía que usar su ingenio y experiencia para encontrar comida. Sacaron agua de los cañaverales y comieron unos gusanos que se criaban en las cañas. Eran aceptables. Pronto hallaron jabalíes y venados y otros animales de caza. Tuvieron que pasar dos ríos más. Llegaron a otros pueblos de indios. Todos ellos eran pacíficos y amigables. Gracias a la buena alimentación y al clima favorable, ninguno de los miembros de la expedición se enfermó. Llegaron al río Iguatú, a cuya orilla vivían indios guaraníes. Álvar se admiró de lo mucho que pescaban. Le parecía estar en el paraíso de la abundancia. Seguro que recordaba muy bien su periplo norteamericano y las dificultades y hambrunas que había pasado

en su viaje anterior. Decidió enviar una carta a Asunción, para dejar saber a los Oficiales reales que iba en camino y todo estaba en buen orden. Tenía una imagen muy positiva de los pueblos por los que habían atravesado. Álvar Núñez comprendió lo fácil que sería cristianizarlos. Muy pronto serían buenos súbditos de la corona. Dice que son “...toda gente muy doméstica y amiga de cristianos, y que con poco trabajo vernán en conocimiento de nuestra santa fe católica...” (99).

Durante la marcha los indígenas los trataban cada vez con más respeto y consideración. Los nativos “...les salían a recebir a los caminos con muchos bastimentos...y antes de llegar con gran trecho a los pueblos por do habían de pasar, alimpiaban y desmontaban los caminos, y bailaban y hacían grandes regocijos de verlos” (100). Tiempo después la expedición llegó a las cataratas del Iguazú. El esplendor de la naturaleza fascinó a todos por igual. Compraron canoas a los indios para atravesar el río y siguieron el camino hasta llegar al Paraná. Álvar Núñez describe a su escribano cuidadosamente el espectáculo de las cataratas. Durante el cruce del río se dio vuelta una embarcación y se ahogó un hombre; fue el único soldado que perdieron en la larga marcha. Álvar Núñez había solicitado a Asunción en su carta que le enviaran dos bergantines. Debían estar aguardándolos en el río Paraná. No habían llegado. Varios soldados se habían enfermado durante la travesía, y quería que continuaran el viaje en barco. Su relación con los indígenas era tan buena que le pidió a un cacique se hiciera cargo él por su cuenta de transportar a los enfermos en sus canoas hasta encontrar a los bergantines y entregárselos (102). El resto del contingente siguió marchando por tierra.

Días después encontraron a un cristiano que venía de Asunción. Este les dio información sobre la muerte de Ayolas. Los indios lo habían atacado. Despoblaron el puerto de Buenos Aires y llevaron la gente a Asunción, debido al gran peligro en que estaban. Al español le sorprendió la relación amistosa que mantenían con los indios. Estos limpiaban los caminos por donde pasaban, y ...”se ponían en orden como en procesión, esperando su venida con....vinos de maíz, y pan, y batatas, y gallinas, y pescados, y miel, y venados, todo aderezado; lo cual daban y repartían graciosamente entre la gente, y en señal de paz y amor alzaban las manos en alto, y en su lenguaje, y muchos en el nuestro, decían que fuesen bien venidos el gobernador y su gente, ...mostrándose...como si fueran naturales suyos, nascidos y criados en España” (104). Veían a Álvar Núñez como a alguien muy cercano a ellos, y le daban el trato digno de un emperador indígena. El antiguo mesías de los indios norteamericanos se había transformado en un gran cacique de los guaraníes.

Llegaron a Asunción el 11 de marzo de 1542, más de cuatro meses después de haber partido de la isla de Santa Catalina (105). Salieron todos los oficiales a recibirlos, contentos de que llegara socorro de Europa. Les contaron cuán presionados estaban por los indios y los peligros que corrían. Álvar Núñez presentó las provisiones que le entregó el Rey a Domingo de Irala, teniente de gobernador, ante los otros oficiales de la provincia. Lo reconocieron como Capitán General, le prestaron obediencia y le dieron las varas de la justicia. Treinta días después llegaron a Asunción los españoles enfermos que Álvar Núñez había encomendado a los indios. Estos se los habían entregado sanos y salvos a los españoles, que los embarcaron. Durante el camino grupos hostiles indígenas los atacaron. Finalmente arribaron los bergantines a Asunción.

Su primer acto de gobierno fue mandar a Buenos Aires dos bergantines para que ayudaran a los 140 hombres de su expedición que habían ido allá (106). Cuando los barcos habían partido de Santa Catalina, ellos no sabían que Irala había despoblado la ciudad. Estaban en un gran peligro. Les pidió que se mostraran amigables con los indios y volvieran a poblarla. La corona quería pacificar la región. Les leyó a los soldados que partían hacia Buenos Aires fragmentos de una carta del rey, en que este hablaba sobre el trato que debía darse a los naturales. Los indígenas eran vasallos de su majestad. Debían respetarse sus derechos y denunciar cualquier agresión que se hiciera contra ellos. Pidió a los sacerdotes que iban a Buenos Aires que les administraran los sacramentos de la iglesia, y les repartió los ornamentos para el culto divino.

Álvar Núñez no dice mucho sobre los españoles que vivían en Asunción y las relaciones de poder que mantenían. No le concede gran importancia a ese mundo político, que era un nido de intrigas.2 Tenía una idea verticalista del poder militar. Ellos estaban allí para dar un servicio.

2 La ciudad, como lo veremos en el relato histórico escrito algunas décadas después por quien fuera su sobrino nieto, Ruy Díaz de Guzmán, era un hervidero de intrigas, especialmente entre los oficiales. Ruy Díaz prestó especial atención en su historia a la relación política y militar entre los conquistadores y soldados, los oficiales de la corona y los religiosos. El mundo indígena tuvo una importancia secundaria para él, si bien era mestizo, descendiente de la hija que domingo de Domingo de Irala tuvo con la india Leonor. Su interés fue explicar las luchas por el poder. Describió a los indígenas como un grupo relativamente homogéneo de individuos primitivos, hostiles a los intereses de la corona. Apoyó totalmente la política de su abuelo, que repartió entre sus soldados a los indios y llevó a cabo numerosas guerras contra ellos. Asumió en su narración la perspectiva del soldado: Ruy Díaz era oficial del ejército (Ruy Díaz de Guzmán 190). 

 

No debían enriquecerse con los bienes de los indígenas ni abusar de ellos. Sus ideas sobre el mundo indígena entrarán en conflicto con las aspiraciones de los oficiales y los soldados de Domingo de Irala.

El rey había dado al ejército un papel privilegiado en la Conquista. Muchos oficiales militares asumieron funciones políticas y de gobierno. Controlaban la policía y participaban en los tribunales de justicia. Los conquistadores y sus capitanes tenían derecho a poseer territorios. Aquellos que recibían encomiendas eran terratenientes. Les entregaban una cantidad de indios, en un principio, en calidad de esclavos y, luego de 1542, como parte del servicio personal. De acuerdo a este, el indígena afectado a una propiedad estaba obligado a trabajar gratuitamente para el encomendero la mayor parte del año. Aunque solo un sector de los soldados pudo acceder a estos privilegios, todos tenían la esperanza de recibir beneficios de la corona en algún momento. La conquista les dio movilidad social. Los soldados aventureros que llegaban a América podían transformarse en miembros de la oligarquía local, que crecía en poder y prestigio a medida que avanzaba la conquista.

Los pueblos indígenas de la región del Paraguay y el Río de la Plata tenían un desarrollo equivalente al de las antiguas culturas neolíticas en los otros continentes (Peruset 245-254). Eran culturas extractivas básicas. Vivían de raíces y frutos. Varios de ellos habían logrado domesticar el maíz y la mandioca, y cultivaban la tierra. Sus armas más letales eran el arco y la flecha. Ignoraban las tácticas y movimientos de guerra que los ejércitos europeos habían perfeccionado a lo largo de los siglos. La presencia del caballo les resultaba aterradora. No tenían escritura. Carecían de una religión organizada. La lucha de los ejércitos españoles contra estos pueblos fue una verdadera carnicería, una diversión cruel de soldados profesionales contra poblaciones indefensas.

Los conquistadores se quedaban con los territorios, sus productos y el trabajo semi- esclavo de sus pobladores. Buscaban apoderarse de vastas zonas, que apetecían muchos reinos. La competencia entre España, Portugal y otros poderes europeos en América era feroz. Unos pocos miles de soldados, acompañados por unos cuantos cientos de religiosos, lucharon por controlar un vasto territorio. Para el Rey, la debilidad militar de los pueblos nativos fue una bendición. La existencia de metales preciosos un don inestimable. Pero los metales se agotaban y eran insuficientes. Fue el trabajo humano, la producción agraria la que con el tiempo dio las mayores ganancias a la corona. El azúcar, el tabaco, el algodón, el cacao. Todo se organizó a costo mínimo con producción esclava. América fue un continente que se levantó en base al trabajo esclavo y semi-esclavo.

En el área vecina a Asunción vivían los indios agaces y los guaraníes. Los agaces atacaban con frecuencia a los guaraníes y el gobierno de Asunción había luchado contra los agaces antes de la llegada de Álvar Núñez. Cuando estos supieron de la llegada del nuevo Gobernador y Adelantado, pidieron reunirse con él. Álvar los recibió como a vasallos de su majestad. Le manifestaron que querían vivir en paz. El Gobernador les prometió que, si ellos cumplían el acuerdo que se hiciera, los españoles serían sus amigos. Les pidió que dejaran de hacer la guerra a los indios guaraníes, que eran vasallos del Rey. Era necesario que todos pudieran transitar, cazar y pescar en los mismos territorios sin atacarse. Debían devolver los cautivos, y enviar a varias de sus mujeres para que aprendieran la religión cristiana. Si guardaban estas condiciones los tendrían por amigos, de lo contrario les harían la guerra. Las condiciones específicas resultaban claras y no tan difíciles de cumplir. Los indios agaces aceptaron, dieron obediencia al rey y se asentó la paz (109).

Álvar Núñez notó que en Asunción había gran desigualdad entre muchos oficiales y capitanes con poder y los soldados. La mayor parte de estos últimos parecían muy pobres. Les proveyó de ropas, todo a su costo. Les pidió a los oficiales que fuesen generosos con ellos y no los agraviasen. Estos les cobraban impuestos al consumo de varios bienes, como la miel, el maíz, las pieles. El gobernador prohibió a los oficiales que les cobrasen a los pobladores esos impuestos, lo cual generó tensión y resentimiento por parte de estos (110).

Los indios guaraníes principales que poblaban la región se presentaron al gobernador para hacer una querella como vasallos de su majestad (111). En la otra margen del río Paraguay vivían los indios Guaycurúes. Eran indios cazadores, buenos guerreros, muy temidos por los otros indios. No tenían residencia fija, se iban desplazando con la caza, y cambiaban sus campamentos cada dos o tres días. Los guaycurúes atacaban y mataban a los guaraníes, y se habían apropiado de muchas tierras que estos cultivaban. Los guaraníes querían que les restituyesen sus tierras.

El gobernador les pidió información detallada de la situación. Programó luego una reunión con los oficiales reales y los clérigos, y los consultó. Acordaron que antes de tomar decisión alguna contra los guaycurúes, enviarían a un clérigo junto con un “lengua”, un nativo bilingüe, para pedirles que cesaran su hostilidad contra los guaraníes y los dejasen andar libremente por sus tierras, ya que estos eran sus amigos y súbditos de su majestad, y que, si no lo hacían, tendrían a los españoles por enemigos y habría guerra. Los guaycurúes, lejos de aceptar la propuesta, los amenazaron y les tiraron flechas. Dada la situación se dispusieron a comenzar la guerra.

Álvar Núñez en persona decidió encabezar la armada. Partió con doscientos soldados españoles de Asunción y varios miles de indios guaraníes. Esta fue la única guerra que él inició, y dejó en claro a los jefes guaraníes que era una guerra que hacían en su defensa, ya que estos eran súbditos de su majestad, y se habían comprometido a protegerlos (117). Los guaycurúes no habían atacado a los españoles.

Partieron el 12 de julio de 1542. La guerra fue un evento oficial importante. Los guerreros guaraníes se presentaron con gran pompa y sus mejores ropas. Álvar Núñez, como era tradicional en él, procedió con gran cautela. Los guaycurúes eran indios muy temidos y tenían fama de ser grandes guerreros. A pesar de la superioridad del armamento español, no se los podía subestimar. El Gobernador mandó una avanzada con el objeto de averiguar donde se encontraban cazando, e ir cautelosamente a su encuentro sin que estos lo advirtieran, para tomarlos por sorpresa.

La partida del grueso del ejército fue una gran celebración marcial: los familiares de los indios salieron a despedirlos vestidos con sus galas y los acompañaron a la otra orilla del río Paraguay en cientos de canoas. Los indios principales les regalaron flechas pintadas al gobernador y los oficiales españoles (115).

Muy pronto la vanguardia regresó con información importante: ya habían identificado donde cazaban los guaycurúes. El ejército partió en su seguimiento, marchando por la noche para no ser detectado. Los siguieron durante días, hasta que los guaycurúes asentaron su campamento en un sitio para permanecer en él varios días.

Álvar observó que los guaraníes estaban muy inquietos: temían a los guaycurúes, que los habían atacado y derrotado muchas veces. Se sabían militarmente inferiores, pero confiaban en que los españoles podrían defenderlos. El ejército español decidió esperar al alba para atacar. Álvar ordenó rodear el campo enemigo durante la noche. Pidió a sus soldados que dejaran a los guaycurúes “una salida por donde pudiesen huir al monte, por no hacer mucha carnecería en ellos” (119). Esta era una decisión generosa que solo Álvar podía tomar. Lo característico de los españoles era rodear a sus enemigos, atacarlos y destruirlos totalmente, masacrando hasta el último hombre. Álvar les dejó un tercio del cerco abierto, para que un número importante pudiese escapar. No quería que todos muriesen. Su táctica, como veremos, le dará excelentes resultados. Su objetivo no era matar a todos, sino vencerlos y ser reconocido por ellos, para poder integrarlos como vasallos.

Al alba atacaron. Los guaycurúes se defendieron ferozmente. Varios españoles iban a caballo, que los indios temían como a seres sobrenaturales. Les atacaron los caballos. Pusieron fuego a sus chozas para escapar tras el humo. Mataron a muchos de los indios guaraníes prisioneros que llevaban con ellos: con un palito, en el que habían insertado filosos dientes de palometa, un pequeño pez carnívoro que vive en cardúmenes en el río Paraguay, les aserraban el cuello y les cortaban la cabeza. Todo sin dejar de correr a una velocidad sorprendente (119- 20). Finalmente, la superioridad militar de los españoles se impuso. Mataron a buena cantidad de guaycurúes y tomaron a más de cuatrocientos prisioneros. El tomar prisioneros había sido un objetivo de Álvar. Quería tener una manera de poder presionar a los jefes y forzarlos a negociar con él.

El ejército hispano-guaraní regresó vencedor con gran fanfarria a Asunción. En el camino venían cazando ciervos, avestruces y gran cantidad de animales. La selva paraguaya era un verdadero paraíso para la caza. Álvar se muestra agradecido por la bondad de la naturaleza. Él, que había pasado hambre y se había alimentado con magras raíces y frutos silvestres junto a los indios norteamericanos, podía apreciar la providencia divina. Dios había sido generoso con el Río de la Plata.

Al llegar a Asunción solicitó a los guaraníes le entregaran todos los prisioneros guaycurúes. No quería que les hiciesen daño ni comieran a ninguno de ellos. Los guaraníes les trajeron los prisioneros. Les dijo que les hablaba en nombre de su majestad: el rey los quería por vasallos y si dejaban de hacerle la guerra a los guaraníes todos vivirían en paz, y él les entregaría muchos “rescates”: agujas, hachas, anzuelos, y otros objetos de metal que encontrarían muy útiles. Mandó a uno de los prisioneros, un cacique principal, a hablar con los jefes indios que vivían en la selva. Les pedía que enviaran una misión diplomática a Asunción. Él quería conferenciar con ellos.

Su táctica dio resultado: cuatro días después apareció, del otro lado del río, una importante misión guaycurú. Venían a Asunción sus principales jefes, junto a sus familias. Querían conferenciar con el gran jefe blanco.

Les dijeron que no habían sido jamás vencidos por otros indios, y que los guaraníes eran inferiores a ellos y no les temían (124). La costumbre de sus mayores sostenía que si algún pueblo alguna vez los vencía ellos debían ser sus esclavos, y puesto que los españoles los habían vencido, venían a darle la obediencia debida. Álvar les respondió mediante los “lenguas” que él los había atacado por mandato de su Majestad, y que solo les pedía que hicieran la paz con los guaraníes y aceptaran conocer al dios cristiano, y que si así lo hacían él los protegería e impediría que ningún otro pueblo les hiciera daño. Y para demostrar su buena voluntad mandó liberar los 400 prisioneros guaycurúes. Podían regresar con ellos. Los jefes guaycurúes le contestaron que ellos querían ser vasallos de su majestad y le prometieron no atacar más a los guaraníes.

El gobernador les dijo que debían venir cada vez que él los mandara llamar. Aceptaron y le prometieron en agradecimiento compartir con los españoles una parte de lo que cazaban cada semana. Se volvieron todos a su región, llevándose con ellos los prisioneros. De allí en más cada ocho días los guaycurúes regresaban a Asunción y les traían cantidad de jabalíes y ciervos que habían cazado, y carne que preparaban en barbacoa.

Gonzalo de Mendoza le avisó que cuando él partió a luchar contra los guaycurúes, los indios agaces habían atacado la ciudad e intentaron quemarla. Robaron las casas de los españoles y se llevaron a muchas de las indias cristianas que vivían con ellos. Pudieron apresar a varios de ellos. Dada la gravedad de la situación Álvar Núñez convocó a una reunión de oficiales y clérigos y les pidió su parecer. Los agaces habían prometido estar en paz y no lo cumplieron. Correspondía hacerles la guerra. No era la primera vez que los atacaban. El Gobernador pidió le mostrasen los procesos anteriores. Habían violado la paz, y debían ser castigados. Condenó a la horca a catorce prisioneros agaces (128). Ellos habían aceptado ser súbditos del rey y estaban obligados a cumplir sus leyes. Quienes no lo hacían, eran castigados conforme a derecho.

El gobernador se dispuso a organizar una expedición para descubrir nuevos territorios para la Corona. Había financiado el viaje al Río de la Plata con su propio dinero. La conquista de tierras era una forma legítima de ganancia. Le correspondía la doceava parte de lo conquistado. Envió primero a un grupo de españoles, acompañados por indios experimentados, a hacer una entrada por tierra hacia el norte. Quería averiguar que camino le convenía seguir a la expedición

Mandó después al Capitán Domingo de Irala en tres bergantines por el río Paraguay hacia el norte. Este partió el 20 de noviembre de 1542, en busca del puerto de las Piedras (129). Tenía que informar sobre la región y los indios que la habitaban. Debía regresar en tres meses y medio.

Una semana después recibió carta de Irala desde el puerto de las Piedras. Este le decía que el grupo de soldados que había partido por tierra antes que él había pasado por el puerto y había seguido hacia el interior, y que él iba a navegar hacia el norte a ver qué descubrimientos hacía.

Veinte días después regresaron a Asunción los españoles del primer grupo. Le dijeron que varios indios, liderados por Aracare, se pusieron en contra de ellos, y pidieron a los otros que los atacaran. Viéndose en peligro, decidieron volver a Asunción.

Álvar mandó construir varios bergantines más. Quería tener barcos suficientes para transportar la tropa a la expedición. Luego envió a otro grupo de españoles, acompañados de una buena cantidad de indios, para hacer una nueva entrada por tierra y atacar a Aracare si hacía falta. Estos partieron y regresaron cuarenta y cinco días después. Dijeron que habían luchado contra Aracare, lo habían vencido y lo condenaron a muerte (132).

El 20 de diciembre llegaron a Asunción los navíos de la expedición que Álvar Núñez había enviado hacia Buenos Aires, para proteger los barcos que venían desde Santa Catalina. Comandaba la expedición su sobrino Pedro Destopiñán Cabeza de Vaca. Este le dijo que al llegar al puerto de Buenos Aires había encontrado una carta firmada por Domingo de Irala, donde este contaba que había tenido que despoblar el puerto, ante el ataque constante de los indios y regresaba con la gente a Asunción (133).

El 4 de febrero de 1543 se quemó una casa de paja en la ciudad y el fuego se propagó. Se quemó una buena parte del pueblo y muchos graneros, en los que acopiaban maíz y harina, y tenían animales domésticos. El gobernador mandó reconstruir las casas destruidas y reponer la reserva de alimentos. Les pagó a los indios para que los proveyeran con los granos necesarios.

El 15 de febrero regresó Domingo de Irala de su viaje de descubrimiento e informó sobre las tribus que habitaban al norte del Río Paraguay. Eran todos pueblos labradores, tenían muchos animales domésticos y abundancia de recursos. Les llamaban indios chaneses. Había visto muestras de oro y plata, y creía que había más.

Álvar Núñez reunió a todos los Oficiales Reales, clérigos y capitanes para discutir con ellos qué convenía hacer. Todos de acuerdo decidieron preparar diez bergantines para hacer una gran entrada en ese territorio. Envió al Capitán Gonzalo de Mendoza río arriba para comprar provisiones a los indios amigos para el viaje. El Capitán escribió a los pocos días que había llegado al puerto de Giguy, y que un grupo de indios se había rebelado contra los principales y no quería que estos les entregasen los alimentos. Los atacaron y empezaron a quemar sus pueblos (136).

Álvar Núñez reunió a los Oficiales Reales para discutir la carta, y decidieron enviar una expedición armada pequeña para defender a los indios amigos y asegurarse las provisiones. Álvar Núñez mandó a Domingo de Irala al frente de la expedición. Irala consiguió que los principales indios rebeldes se sometieran. Estos le prometieron obediencia al gobernador. Poco después regresó con todas las provisiones que le habían pedido (138).

Antes de partir hacia el puerto de los Reyes el Gobernador descubrió un complot armado por los Oficiales Reales en contra suyo. Estos, resentidos porque este había prohibido el impuesto que le imponían los oficiales reales a los soldados y otros súbditos, obligándolos a pagar el quinto, enviaron al Brasil por tierra a dos frailes franciscanos, con dos cartas para el rey, en las que hacían falsas denuncias contra el Gobernador. Desde el Brasil debían mandarlas a España. Los acompañaba una cantidad de mujeres indígenas que les habían entregado en servicio.

Las familias indígenas se quejaron de que los franciscanos se habían llevado a sus hijas. Pidieron al Gobernador que se las devolvieran. Álvar envío una partida tras ellos y los hizo regresar a Asunción. Luego apresó a los Oficiales Reales y los sometió a juicio. Dado que eran pocos, permitió que dos de ellos fueran bajo fianza en la expedición y pidió que los otros quedaran en prisión en la ciudad, hasta que el Rey oyera de la situación y dispusiera de ellos.

El Gobernador se embarcó en diez bergantines con cuatrocientos españoles y mil doscientos indios guaraníes, que iban muy contentos, vestidos con sus mejores galas. Partieron el 8 de septiembre de 1543. Dejó como Capitán General en Asunción durante su ausencia a Juan de Espinosa, con más de doscientos soldados. Los barcos se detenían cada tanto durante la marcha y salían los indígenas del lugar a recibirlos. El Gobernador se esmeraba en tener buenas relaciones con ellos. Los indígenas habían oído hablar de él. Les pedía que estuviesen en paz y les hacía siempre regalos. Pararon en Tapua, en Juriquizaba, en Itaqui, en Guazani. En este último puerto residían los caciques Guazani y Tabere, que anteriormente se habían sublevado contra ellos y les habían hecho la guerra. Lo recibieron muy bien y Tabere, indio principal, se ofreció a ir en la expedición para demostrarle su amistad. Estuvieron cuatro días y les repartió regalos, sabiendo que si ellos lo apoyaban la zona estaría en paz. Tabere se integró al grupo, acompañado de parientes y servidores, que venían en tres canoas. Le ayudaron a mantener buenas relaciones con los indios de los puertos a los que llegaban. En uno de ellos, Ipananaie, vivía un indio “lengua” que conocía donde vivían los indios Payaguaes. Eran los que habían matado a Ayolas.

Álvar dio a su relación con los pueblos indígenas un papel central en esta expedición. Fue su última actuación importante como Adelantado. Meses después la armada regresó a Asunción. Allá se enfrentó al golpe militar de Irala y los oficiales, que terminó con su poder. Su narración constituye un importante documento etnográfico sobre los pueblos guaraníes de la región, sus costumbres, su comportamiento, su hábitat. Álvar Núñez consideraba a estos nativos súbditos de la corona con todos sus derechos. Confiaba en que muy pronto serían cristianizados. Se veía a sí mismo como su gobernador, responsable de su bienestar. Quería gobernar tanto para los españoles como para los nativos. No los consideraba esclavos, ni sirvientes, ni enemigos. Su narración manifiesta viva simpatía y admiración por estos pueblos neolíticos, adaptados a la vida de esa selva tan rica de bienes y frutos, en ese sistema de ríos extraordinarios que les ha permitido unirse y comunicarse en una lengua que posee toda la misma raíz.

Su actitud reformista, si bien era muy bien recibida por los indios, causaba irritación en los soldados. Muchos españoles estaban a favor del sistema esclavista de explotación y resentían la nueva legislación de la corona.

Los soldados no estaban dispuestos a hacer grandes sacrificios, si no recibían la promesa directa de una ganancia material como premio. Los oficiales durante la conquista permitían a los soldados el saqueo. Luchaban por un botín. El gobernador, al prohibir el saqueo, había cambiado las reglas del juego.

La política que Álvar Núñez mantuvo con los indios facilitó la buena relación con ellos: les proveyeron abundantes alimentos y agua en todos los sitios a que llegaban. Marchaban seguros y no sufrían necesidades materiales. El 12 de octubre la expedición arribó al puerto de la Candelaria, adonde había llegado antes la expedición de Ayolas. Allí era donde había ocurrido el malentendido, involuntario o intencional, no se sabe, entre Ayolas y su segundo, Domingo de Irala. Ayolas había partido con sus hombres y dejó a Irala y a un grupo de soldados en el puerto con los barcos aguardando su regreso. Cuando Ayolas volvió Irala ya no estaba. Tuvo que internarse en el territorio a pie y los indios lo asesinaron. Irala había contravenido su orden, ya sea por irresponsabilidad, o, aún peor, para deshacerse del Capitán y quedarse él con el poder (145).

Álvar envió al traductor que hablaba la lengua de los Payaguaes junto con otros indios a su territorio. Pronto hicieron contacto con un grupo de nativos que venían a ver al Gobernador. Le dijeron que a Ayolas lo habían muerto luchando en la guerra. Ellos merecían el perdón. Habían guardado muchos de los bienes que este traía y se los devolverían. Álvar les respondió que su principal debía venir a verlo y traer esos bienes para demostrar su buena voluntad. Él lo recibiría con gusto. El indio partió con el mensaje a sus jefes y no regresó. Álvar comprendió que eran muy desconfiados y no sería fácil tratar con ellos. La expedición continuó río arriba y pasaron por diferentes territorios indígenas. Todos los pueblos de la zona tenían abundancia de pesca y frutos y eran pacíficos.

Llegaron a tierras que el río parcialmente anegaba durante el año cuando subía el curso de las aguas. Conocieron pueblos de indios que vivían parte del año en tierra, cazando y pescando, y, cuando subían las aguas y las tierras se anegaban, se embarcaban en sus canoas,

bien provistas con braseros, y allí vivían durante varios meses de los frutos que llevaban y de la pesca, sin tocar tierra, hasta que las aguas bajaban (151). La pesca en los ríos, tanto en el Paraguay como en sus atributos, era muy abundante. Los peces eran enormes, tenían mucha “manteca”o grasa que ellos podían utilizar. Pescaron junto a los indios durante una hora y sacaron cientos de dorados gordos (152). Gracias a esta abundancia los indios se veían en buena salud.

Trataron de averiguar lo que pudieron sobre los metales que se hallaban en el área. Llegaron al puerto de Los Reyes. Había sitios en que las aguas habían bajado tanto que los indios y españoles se vieron forzados a pasar los barcos a mano sobre los bancos que se formaron (153). Tomaron posesión del puerto de Los Reyes en nombre del Rey, hablaron con los indios y les dijeron que a partir de ese momento eran súbditos de su majestad. Álvar les pidió a los clérigos que construyeran una iglesia en el lugar.

Hace una larga descripción etnográfica de las costumbres y modo de vida de los indios de la región (154-6). Siempre la vida indígena atraía su interés. Llegaron a donde vivían los indios Chaneses. Estos les contaron que el aventurero portugués García, ya muerto, había pasado por ahí hacía años. Les dicen que muchos de los indios, tierra adentro, estaban en guerra entre sí. Los Xarayes tenían plata y oro (138). Mandó a dos españoles hacia sus tierras para que los invitaran a conocerlo y hablar con él. Ocho días después estos regresaron, acompañados de uno de los indios. Los españoles le hicieron una descripción de lo que habían visto. Para avanzar hacia donde parecía que había plata y oro necesitaban internarse cada vez más en la selva. Era difícil, porque los pueblos indígenas luchaban entre ellos.

Álvar Núñez consultó con los capitanes y los oficiales reales sobre qué convenía hacer. Estos dijeron que valía la pena continuar e ir en dirección a donde se suponía que estaba el oro. Dejaron a cien hombres en el puerto de los Reyes y salieron con trescientos hombres el 26 de noviembre. Los acompañaron muchos indios.

Álvar Núñez envió a los lenguas para que se adelantaran a la expedición. Les pidió que trajeran información sobre la zona a la que iban. La marcha se fue haciendo cada vez más difícil. Los soldados estaban intimidados por la situación y empezaron a quejarse. La información que trajeron los lenguas era imprecisa. La comida les empezó a faltar. Álvar reunió a los oficiales

reales y a los capitanes y habló con ellos. Él quería continuar. Los oficiales le dijeron que todas las condiciones estaban en contra de ellos y que era mejor regresar. El Gobernador cedió y volvieron al puerto de los Reyes.

Cuando llegaron, los soldados que se habían quedado allí les contaron que los indios, al ver que había menos españoles, se pusieron contra ellos. Hablaron con otros pueblos del interior con la idea de atacarlos. Álvar mandó a llamar a algunos jefes indios y les pidió que mantuvieran la paz. Les hizo regalos. En el puerto no tenían comida suficiente para alimentar a todos por más de diez días, eran muchos. El Gobernador mandó a un grupo de soldados al interior a comprar comida, y les dijo que si no querían dársela la tomaran por la fuerza, y si los atacaban, que respondieran de la misma manera (171).

Envió al Capitán Hernando de Ribera el 20 de diciembre de 1543 con cincuenta hombres en una expedición (172). Este Capitán hablaba guaraní. Había llegado al Río de la Plata con la expedición del Adelantado Pedro de Mendoza y tenía una concubina guaraní, de la que había aprendido la lengua. Le pidió que fuera en un bergantín en dirección a la tierra de los xarayes. Las aguas habían subido y ya se podía llegar a ella por agua. Le pidió que regresara en unos pocos días para informarle. Debía averiguar qué sabían los xarayes sobre el oro y la plata.3

3 Con este Capitán ocurrió luego un incidente grave. Tenemos referencia de él por el testimonio de uno de los soldados del grupo que fue con él: el alemán Ulrico Schmidl (Schmidl 65-76). Hernando de Ribera recogió información que le hizo pensar que iba bien en dirección a los pueblos que tenían el oro, y, en lugar de regresar a informar, siguió con su partida de soldados por su cuenta. La expedición regresó el 20 de enero del año siguiente, más de un mes después de que había partido. Traían objetos de oro, tejidos y otras cosas de valor que habían tomado a los indios, y Ribera había repartido entre sus hombres. El Gobernador reaccionó con enojo, había contravenido sus órdenes, que era regresar para informar y no continuar la marcha por su cuenta. Lo apresó al llegar y les quitó a los soldados todos los objetos que les habían tomado a los indios. Él había prohibido expresamente que les quitaran sus bienes. Schmidl contó que amenazó con ajusticiar a Ribera. Los soldados se quejaron y finalmente el Gobernador se calmó y le devolvió a cada uno lo que había traído. Ribera debía hacer al Adelantado un informe sobre el oro. Le hizo un informe incompleto, ocultando información, como él mismo lo reconoció. En 1545, después del golpe militar contra el Gobernador Cabeza de Vaca, Hernando de Ribera escribió una relación de su expedición directamente al Rey, que dictó al escribano Pero Hernández, el mismo que escribiría los Comentarios de Cabeza de Vaca. En su informe reconoció que no le había dado testimonio completo de lo que había visto al Gobernador y por eso le escribía al Rey para contarle todo en detalle (198). Seguramente Ribera esperaba obtener alguna ventaja o favor real de dicho informe, donde declaraba qué pueblos le habían entregado objetos de oro, sus características y la posibilidad de conquistarlos.

 

Partieron varias expediciones de pocos hombres en distintas direcciones en busca de información. Regresaron con muchas noticias sobre los pueblos indígenas de la zona, que el Gobernador recibió con interés, pero parecía cada vez más remota la posibilidad de encontrar oro. Pasaron tres meses y muchos hombres habían enfermado, tenían fiebre. Álvar temió por sus vidas. Había muchísimos mosquitos. Los oficiales reales le pidieron volver a Asunción. Él estuvo de acuerdo. Parecía lo mejor. Se despidió de los indios de Los Reyes, les hizo regalos y les ordenó a sus hombres que ninguno les quitara nada ni se llevara cosas de ellos.

Muchos soldados tenían relación con mujeres indígenas y querían que se fueran con ellos. Álvar no permitió que separaran a las familias. En Asunción los soldados trataban a las concubinas indias como a sirvientas y muchos las vendían. Domingo de Irala, su antecesor, había sido muy liberal, y permitido que los soldados tomasen tantas sirvientas y concubinas indias como quisiesen. Álvar fue estricto y eso le creó enemigos. Pidió que se tratara a los indios como a los cristianos. Hasta ese momento habían sido considerados parte de un botín humano. Podía esclavizárselos y vendérselos. Las Leyes Nuevas de 1542 habían cambiado eso. Se les podía exigir servicio a cambio de una compensación, pero no esclavizarlos. Los soldados no estaban contentos con la nueva legislación. Partieron de regreso y llegaron a Asunción el 8 de abril de 1544. Venían enfermos y flacos (181).

A los quince días de llegar, un grupo de oficiales y capitanes se rebeló contra Álvar Núñez. Organizaron un golpe militar que terminaría con el poder del Gobernador y Adelantado en el Río de la Plata (182). La situación fue gravísima. Los insurrectos tejieron sus intrigas. Detrás de la rebelión estaba la figura dominante del Capitán Domingo de Irala. Este, cautelosamente, dejó la ciudad antes del golpe. Sus seguidores hicieron circular falsos rumores sobre el Gobernador. Dijeron a los soldados de Asunción que Cabeza de Vaca quería quitarles sus posesiones y sus indias y dárselas a los soldados que habían venido con él en su expedición. Álvar Núñez estaba en su casa, enfermo. Propusieron ir a buscarlo y pedirle cuenta de esto. Iban a hacer un gran servicio al Rey. Los oficiales reales, incluidos el veedor, el contador, el tesorero y otros, entraron armados en su habitación al grito de “libertad” y “viva el rey”. Lo insultaron, lo acusaron de tirano y lo prendieron. Era el 25 de abril de 1544. Pronto aquellos soldados que simpatizaban con el Gobernador comprendieron que una facción que seguía a Irala había organizado la insurrección.

Se quejaron. Álvar Núñez era Adelantado, Gobernador, Capitán General. Sólo el virrey de Lima estaba por encima de su autoridad. Rebelarse contra él era rebelarse contra el poder real. Las consecuencias eran impredecibles. La Monarquía no toleraba el mínimo cuestionamiento a su poder.

Domingo de Irala regresó a Asunción y la facción golpista le ofreció el mando. Lo nombraron Teniente de Gobernador y Capitán General de la provincia. Sacaron bandos ordenando a todos los habitantes obedecer al nuevo Gobernador y amenazaron de muerte a aquellos que pretendieran oponerse. Junto al Adelantado apresaron a todos los miembros de su gobierno. El plan de los golpistas había sido cuidadosamente pensado: corrieron la voz de que no se estaban rebelando contra el Rey, sino que, por el contrario, se habían levantado para proteger sus propiedades. Álvar Núñez era peligroso para la monarquía y ellos querían salvaguardar el poder real (184).

Una parte de la población creía en Álvar Núñez. La mayor parte de los soldados que habían llegado de España con él no apoyaban a Irala. Este inició una campaña de intimidación contra ellos. La situación era sumamente tensa. Álvar contó a Pero Hernández que durante esos días, estando enfermo, lo mantuvieron encadenado. Pudo haber levantado a sus seguidores contra los insurrectos, pero no quiso hacerlo (187). No deseaba que muriera gente o comenzase una guerra civil. Una india lo mantenía informado: le traía ocultos mensajes de los de afuera.

Irala trató de ganarse a los soldados que se le oponían. Los mandó por los pueblos a la búsqueda de indios. Estos los traían a la ciudad y allí Irala se los asignaba para su servicio personal. Estaban obligados a servirlos y trabajar gratuitamente para ellos. Los indios se escondían para no ser apresados.4 El Teniente Gobernador puso presos a muchos de los hombres que apoyaban a Cabeza de Vaca, incluido Luis de Miranda (190). La facción golpista se puso de acuerdo y decidió

4 El sacerdote González Paniagua fue testigo del golpe contra Álvar Núñez. En la carta que envió al cardenal Juan de Tavira en marzo de 1545, describió los sucesos. Su relación coincide con la que dio Álvar Núñez al escribano Pero Hernández. Demuestra que todo fue una intriga urdida por Irala, que representaba los intereses del sector pro- esclavista. Ya preso Álvar Núñez, este procedió al reparto de indios y consintió la venta de muchachas. Trataban a los indios como a esclavos. Asegura que los cargos presentados contra el Adelantado eran falsos y se trataba de una causa armada para justificar el golpe de estado ante el Rey, y que le entregaran el poder a Irala para continuar con sus desmanes en beneficio de sus seguidores (González Paniagua 171-207).

 

enviar al Adelantado a España. Lo denunciarían al Consejo de Indias y al Rey por traición a la corona. Iban a pedirle que lo juzgaran y confirmaran su destitución al cargo de Gobernador.

Ya todos de acuerdo comenzaron a “armar” el caso judicial, apelando a falsos testimonios. Hicieron firmar a los soldados y oficiales denuncias contra Álvar Núñez bajo coacción y amenaza (192). Los oficiales reales presentaron una extensa y bien argumentada foja de acusaciones en su contra. Los complotados se presentaban como salvadores del poder real.

Luego de tenerlo prisionero casi un año, salió el barco con el Adelantado hacia España. El viaje fue accidentado. Álvar Núñez dijo al escribano que primero trataron de envenenarlo, y luego lo quisieron abandonar en las islas de Cabo Verde (194). Una vez llegados a la corte las autoridades pusieron a todos, el acusado y sus carceleros, en prisión. Más tarde los soltaron bajo fianza hasta que comenzó el juicio. Álvar Núñez concluyó su relación a Pero Hernández diciendo que “después de le haber tenido preso y detenido en la corte ocho años, le dieron por libre y quito; y por algunas causas que le movieron, le quitaron la gobernación...” (196).

Aquí termina la relación de Álvar Núñez. Conocemos cuales fueron los sucesos posteriores. Los golpistas presentaron una gruesa foja de treinta y cuatro cargos en su contra. El proceso comenzó en septiembre de 1545. Lo condenaron al destierro en Orán. No podía ser más gobernador o trasladarse a América en un futuro. Le quitaron sus títulos. Cabeza de Vaca apeló la sentencia y le revocaron el exilio a Orán. En 1552 lo absolvieron de los cargos. Mantuvieron su inhibición política: no podía ser más gobernador ni volver al Río de la Plata (El Jaber 44 – 51). Posteriormente el Rey le asignó una renta de mil pesos anuales por sus servicios. La Corona le entregó la gobernación del Río de la Plata a Domingo Martínez de Irala.

La expedición de Álvar Núñez terminó abruptamente. No fueron los pueblos indígenas los que lo derrocaron, sino sus rivales políticos. La astucia de esos soldados y su líder, Domingo de Irala, logró hacer pasar la insurrección como una defensa “legítima” de los intereses de la monarquía. Las intrigas políticas eran parte de la vida en América (Arano Lean 5). El ejército ocupaba una posición excepcional: el Rey había delegado en esta institución la casi totalidad del poder. Durante la conquista cometieron múltiples desmanes y crímenes y se enfrentaron con la Iglesia, que era la única institución que tenía algún poder para cuestionarlos moralmente. Tras las luchas entre facciones militares aparecía, como gran motivación, la ambición económica, asociada a la cuestión del trabajo indígena. El interés de Álvar Núñez en las culturas nativas era humano y genuino. Su experiencia personal lo había llevado a valorar aspectos de estas culturas que los demás parecían no apreciar.

Los nativos no constituían una amenaza militar seria para la corona. Eran sociedades con un desarrollo material muy limitado. La relación entre estos pueblos y los soldados que llegaban del Renacimiento europeo era difícil (Roy 1-21). Se transformaron en víctimas de la superioridad militar española. Los asesinatos y masacres que describía en su libro Brevísima relación de la destrucción de las Indias el padre Las Casas se repetían rutinariamente en todo el continente (Las Casas 63-92). Álvar Núñez no podía ocultar su simpatía y su respeto por los pueblos nativos. Conocía mejor que los otros conquistadores su cultura y sus costumbres. Era capaz de dialogar y negociar con los indígenas.

La posición de Cabeza de Vaca ante los indígenas respondía a la nueva política de la corona. Las Leyes Nuevas de 1542 defendían a los indios y prohibían su esclavitud. Eran súbditos del rey. Debían cristianizarlos (Menéndez Méndez 45). Pero los conquistadores que habían llegado a América querían enriquecerse. Esperaban tener encomiendas y favorecerse con el trabajo indígena esclavo o al menos gratuito. No los veían como a sus iguales. En su concepto eran inferiores. La actitud de los Capitanes con los nativos revelaba un sentimiento de superioridad intrínseco.

Álvar Núñez defendió a los indígenas en numerosas ocasiones: no solo cuando en Nueva España se opuso a que el Capitán Alcaraz apresara a sus seguidores y los vendiera como esclavos, sino también cuando pedía a sus hombres en Paraguay que no tomaran las propiedades de los indios sin darles una compensación, reconociéndoles el derecho a las cosas que conseguían con su trabajo (74 y 181). Desaparecido Álvar Núñez esto cambió en el Río de la Plata: Irala procedió a repartir encomiendas entre sus hombres y asignarles indios para el servicio personal. La cuestión moral y cristiana pasó a un segundo plano.

La conducta de Cabeza de Vaca puso en cuestión el derecho de los soldados del ejército imperial a apropiarse de las tierras y de sus pobladores como un botín de guerra. Los golpistas buscaron alejar del poder a un personaje molesto, que podía quitarles los bienes de los que se habían apoderado o pedirles que liberaran a las mujeres que los servían. La facción de Irala

propuso una política contraria: le quitó bienes a los indios, los forzó a trabajar gratis para ellos y se apoderó de sus tierras. Eso permitió a muchos capitanes y oficiales transformarse en propietarios rurales, que era lo que buscaban.

La Iglesia cuestionó muchas veces a los militares el trato que daban a los nativos, pero el ejército no podía aceptar que el cuestionamiento viniera desde adentro de la institución. Las Leyes Nuevas muy pronto se transformaron en papel muerto.5

La Corona medió de una manera ambigua: si bien promulgó las Leyes Nuevas, cambió su actitud ante la resistencia de los esclavistas en América. Dejó que las luchas por el poder entre soldados siguieran su curso y triunfara el más fuerte. Los nativos en la práctica no fueron aceptados como iguales. La separación de razas y el racismo concomitante caracterizó la evolución de la conquista (Solodkow 279-300).

La historia de Álvar Núñez en el Río de la Plata terminó abruptamente, porque concluyó con un golpe militar. Fueron sus compañeros de armas los que lo atacaron. Sus iguales lo adiaban. Algo había en él que los llevó a rechazarlo. Según Ulrico Schmidl su ejercicio de la autoridad no estaba al nivel de las expectativas (Schmidl 77). El puesto de Adelantado requería un liderazgo militar que él no tenía.

Los momentos culminantes de su viaje al Río de la Plata fueron su marcha de Santa Catalina a Asunción, entre los pueblos nativos, en medio de fiestas y celebraciones; su campaña militar contra los indios guaycurúes en defensa de los indios guaraníes, y el tratado de paz y cooperación con los guaycurúes, que le reconocieron su poder y prestigio. Durante su viaje de conquista al norte del río Paraguay su estrella empezó a declinar: no le fue bien, el camino era muy difícil, el clima era malsano. Tenía conflictos con los soldados, que resistían sus órdenes y estaban resentidos con él.

Detrás de la disputa entre Álvar Núñez y Domingo de Irala estaba la cuestión indígena, que se debatió en América desde el comienzo de la Conquista. La Corona no reconoció el derecho

5 Los jesuitas encontraron, décadas después, una manera productiva de mantener su autonomía en relación al ejército, organizando sus misiones indígenas lejos de las ciudades españolas, que eran enclaves militares. Esto terminó con el tiempo creando un enfrentamiento y conflicto entre el ejército y la iglesia. El ejército facilitó los ataques de las bandas de mercenarios portugueses a las misiones jesuíticas para llevarse a los indios cristianos prisioneros y venderlos como esclavos en San Pablo (Ruiz de Montoya 153-60).

 

de los nativos a la propiedad de las tierras que en que vivían. Fueron esclavizados y desposeídos. La actitud de los españoles ante los nativos creó una fuerte separación entre dominadores y dominados y generó una sociedad racialmente dividida.

No se sabe bien en qué circunstancias murió Álvar Núñez en España ni cuál fue su ocupación final. Hay sospechas de que se hizo religioso y vivió sus últimos años en un convento (Levin Rojo 130). Me parece creíble. Una parte de él buscaba salvar al otro y se llevaba mal con la misión del conquistador. El imperio era una máquina de poder, no buscaba salvar a los nativos. Prefería hacer lo que hizo: separarlos en categorías raciales, apoderarse de sus tierras y riquezas, someterlos a la más humillante servidumbre, destruir sus culturas y lenguas, soñar en la perennidad de su propio reino, tratar de demostrar que el poder del rey estaba más allá del bien y del mal, y la historia no podía juzgarlo.


Bibliografía citada


Arano Lean, Milagros. “¡Juicio a los rebeldes! La configuración del enemigo en los Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca”. Nuevas de Indias. Anuario del CEAC II (2017): 1-29.

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Publicado en Revista Renacentista. Web. Enero 2022. 

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