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jueves, 13 de enero de 2022

                     Álvar Núñez en el Río de la Plata 

                                                  de    Alberto Julián Pérez                                                                                              

El 2 de noviembre de 1540 Álvar Núñez Cabeza de Vaca partió del puerto de Cádiz al frente de una expedición de rescate, compuesta por cuatrocientos hombres y tres navíos, rumbo al Río de la Plata. Lo enviaba la Corona para socorrer a la gente del desaparecido Pedro de Mendoza. El Rey lo había nombrado Adelantado, Gobernador y Capitán General de esa provincia. Álvar Núñez contribuyó a la empresa con ocho mil ducados de su patrimonio. La Capitulación firmada le reconocía el derecho a recibir el doceavo “de todo lo que en la tierra y provincia se hobiese y lo que en ella entrase y saliese...” (Naufragios y Comentarios 85). 

El Adelantado narró detalladamente todo lo que ocurrió en esa expedición al escribano Pero Hernández y este lo transcribió. Salió publicado en Valladolid en 1555, junto a su relato anterior sobre la fallida conquista de Florida, escrita por él mismo, en un solo libro, Naufragios y Comentarios.


La aventura de Florida

La expedición a Florida transformó a Álvar Núñez. Era un soldado especial. El naufragio obligó a los sobrevivientes a convivir con los indígenas de la región por largo tiempo. Álvar Núñez llegó a conocer bien sus costumbres y se acercó a su mundo espiritual. Tuvo que compartir su forma de vida y fue compenetrándose progresivamente de su cultura. Se sintió parte de su mundo. Aprendió a respetarlos y a quererlos. Contó su aventura en forma detallada en su libro Naufragios, que apareció en 1542, cuando Álvar ya estaba en el Río de la Plata. Para entender el hombre que era conviene que hagamos un breve recorrido por su libro.

Álvar Núñez se había embarcado en la expedición del Adelantado Pánfilo de Narváez a las costas de Florida en 1527, con el cargo de Tesorero y Alguacil Mayor. Cuenta en Naufragios de manera sucinta la travesía, el desembarco y la marcha que hicieron sus integrantes. Sufrieron hambre, debieron embarcarse otra vez, enfrentaron una tormenta, naufragaron, perdieron los navíos. Llegaron como pudieron a la costa. Pasado un tiempo la armada acabó disolviéndose por voluntad del mismo Narváez que, incapaz de liderarla, la abandonó a su suerte (Naufragios y Comentarios 28).

Álvar Núñez se quedó solo. La región estaba habitada por pueblos nativos. Eran grupos recolectores, que vivían de raíces y de frutos, y se desplazaban según las necesidades de alimento. Álvar se fue adaptando gradualmente a la vida natural. Se acercó a los grupos indígenas, buscando protección y compañía. Estos lo aceptaron y le pidieron que sirviera a la comunidad. Se volvió una especie de “esclavo” de la tribu (37). Aprendió poco a poco su lengua, observó su comportamiento, e interpretó sus creencias.

Los indígenas se comunicaban con los pueblos vecinos. Competían por el espacio y la subsistencia. Para un hombre como él, criado en la Europa renacentista, la vida con los nativos era tan penosa como apasionante. Con mucha frecuencia pasaban hambre. Seguían el proceso de floración de los campos. Ocasionalmente cazaban animales salvajes y pescaban. Vivían desnudos, sufrían la fuerza de los elementos, las tormentas, el frío. Era una existencia dura. Observó que, a pesar de estas penurias, tenían una importante vida espiritual. Les gustaba estar en grupo. Cuidaban de sus familias. Formaban parte de la misma raza humana a la que él pertenecía. Sintió compasión y empatía.

Poco después descubrió la manera de poder “viajar” en forma independiente de un pueblo a otro, sin entrar en conflicto con los nativos. Dejó de ser “esclavo” de la tribu (38). Los grupos que vivían en la costa del Golfo de México tenían ciertos productos de los que carecían los indígenas que habitaban tierra adentro. La relación entre estos pueblos era tensa. Competían por el territorio. No podían desplazarse libremente. Álvar Núñez tuvo una idea “europea” que cambió su vida: introducir el comercio. Se volvió comerciante itinerante, buhonero. Llevaba productos de la costa, como conchas marinas, y otros que sabía les podían ser útiles, hacia los pueblos del interior. Al llegar era bien recibido. Venía a visitarlos para “venderles” productos que ellos no tenían, y él les cambiaba por otros. Se quedaba un tiempo viviendo con esos indios, y luego tomaba los productos que le habían dado en el trueque y los “vendía” en la costa. Llevaba grasa de animales, pieles, arcos y flechas, y los cambiaba por otros bienes. Esta fue una situación ideal para él: pudo observar sus costumbres, aprendió progresivamente su lengua, procuró entender su vida espiritual, su relación con la naturaleza. Indagó su psicología: qué era lo que los movía, cuáles eran sus miedos, sus deseos, sus aspiraciones.

Identificó a varios nativos que comprendían y hablaban el castellano. Estos lo ayudaban, hacían de “traductores”. Cuando se disponía a salir hacia otra aldea, les pedía que fueran ellos primero para anunciarles su llegada. Iba a llevarles muchos productos que ellos apreciarían. Al arribar al nuevo lugar lo recibían amistosamente. Creó lazos afectivos importantes con estas comunidades. Dejó de ser el “extranjero” que vivía en forma permanente con una tribu, a cambio de trabajos. Subsistía gracias al trueque. Era independiente. Podía desplazarse de una aldea a otra. Conoció diversos pueblos (Jiménez Núñez 112). Eran personas de una gran sensibilidad e inteligencia. Creyó que esos nativos, cuando conocieran a los padres misioneros, se convertirían en grandes cristianos.

Transcurrieron seis años. Un día le informaron que, no muy lejos de donde estaba, vivían otros extranjeros (40). Pensó que eran españoles. Podía tratarse de sobrevivientes de la expedición a Florida, en la que había participado. Los buscó y los encontró. En efecto, se trataba de tres viejos compañeros de viaje. Entre todos planearon el regreso a Nueva España. Poco después partieron. Se internaron en el continente. Siguieron el curso del Río Bravo. Atravesaron varios pueblos. Al verlos diferentes a ellos, los indígenas pensaron que podían tener poderes especiales. Les pidieron que los utilizaran para curar a los enfermos (47). Ellos les dijeron que harían lo que estuviera a su alcance. Les tocaban la frente a los enfermos y elevaban sus manos al cielo. Rezaban en voz alta. Todos creían

que estaban intercediendo ante la divinidad en su favor. Los pacientes decían que se sentían mejor.

Continuaron el viaje. Se llevaban bien con los indígenas. Los trataban con respeto. Ellos les agradecían y los agasajaban (49-50). Pensaban que eran médicos o hechiceros. Estos tenían gran prestigio en la comunidad. Representaban el poder espiritual.

Álvar Núñez pasó de ser esclavo, a ser comerciante, a ser considerado un ser casi divino. Su fama entre los nativos aumentaba a medida que avanzaban (63). Cuando salían de un pueblo, los acompañaban cientos de hombres hasta el poblado siguiente. Al llegar, los esperaban con ofrendas. Colocaban en el suelo todo lo que poseían: utensilios, tejidos, armas, animales y se los entregaban. Ellos tomaban lo mínimo para sí. Daban lo que les ofrecían a sus seguidores. De inmediato comenzaban las celebraciones. Los nativos trataban de acercarse a los cuatro y tocarlos. Decían que al hacerlo sentían un gran bienestar. Ya ningún mal podía aquejarlos.

Siguieron con su marcha a pie durante semanas. Cubrieron miles de kilómetros. El terreno descendía a medida que avanzaban. Se aproximaban al Océano Pacífico. Los grupos indígenas cambiaban (68). Llegaron a pueblos de agricultores, que sembraban mandioca y maíz. Los campos en la región tenían muchos animales para su caza. Estos nativos conocían una abundancia relativa, sobre todo si los comparaban a los indios recolectores del Golfo de México. Los recibían con múltiples ofrendas, que ellos repartían entre sus seguidores. Se creó una dinámica especial: los que los habían acompañado hasta ese lugar regresaban a sus aldeas, y se llevaban consigo lo que les habían dado. Los habitantes del pueblo, a su vez, los acompañaban hasta la aldea siguiente y tomaban de sus habitantes todo lo que les ofrecían. De esta manera las comunidades se iban pasando los bienes de unas a otras. Álvar Núñez y sus amigos, sin proponérselo, protagonizaron un movimiento mesiánico. Los nativos los recibían de rodillas, no los miraban a los ojos. Permanecían con la cabeza baja. No tocaban ningún alimento si no lo hacían ellos antes.

El antiguo soldado español, el náufrago, se había transformado en un líder espiritual de los pueblos nativos. Llegó a conocer seis lenguas indígenas. Consignó todo, en forma resumida, en su relación, que dirigió a la corona.

Unos indígenas les informaron que se estaban acercando a los territorios poblados por los españoles (73). Estos habían atacado a unos pueblos. Mataron a varios hombres y se llevaron muchos prisioneros (Zaidi 114). Los nativos no sabían qué hacían con ellos. Álvar Núñez bien pronto comprendió: eran soldados que estaban a la caza de esclavos. Los habitantes de esas comunidades abandonaron sus sembradíos y se ocultaron en lugares inexpugnables de la sierra. Estaban pasando hambre. Álvar Núñez les aseguró que si se quedaban a su lado no tenían nada que temer. Él los protegería.

Muchos de los hombres que los seguían continuaron la marcha con ellos. Poco después encontraron un contingente de soldados españoles. Estos se alarmaron al verlos. Vestían como indígenas. Los acompañaban seiscientos seguidores (74).

El jefe de la partida de soldados era el Capitán Diego de Alcaraz. Estaban buscando esclavos. El Capitán se alegró al ver tantos indios juntos. Obedecían a Álvar y sus amigos. Pensó en su botín. Le pidió a Álvar que usara su prestigio para llamar a los indios de la comarca y reunirlos allí. Los apresarían y los venderían como esclavos. Compartirían la ganancia. Álvar Núñez rechazó la infame propuesta. Alcaraz reaccionó con furia y lo amenazó. Procuró convencer a los indios de que Álvar no tenía autoridad alguna en la región: el jefe era él. Les pidió que fueran con los soldados a la ciudad. Allí los recibirían bien y les harían regalos. Le dijeron que no. Ellos sabían que el Capitán Alcaraz perseguía, robaba y mataba a los nativos, mientras Álvar y los otros tres españoles los curaban y los salvaban. Todo lo que estos recibían lo compartían con ellos y no guardaban nada para sí.

El Capitán, que no quería perder su botín, pronto encontró una solución. Envió a Álvar y los otros tres a México con unos pocos de sus hombres por un camino diferente al que él pensaba seguir. Les dijo que se fueran tranquilos, todo estaba bien. Él dejaría ir a los indios. Álvar comprendió que mentía, y aprovecharía su ausencia para apresarlos, pero no podía hacer nada más. Su retorno a la “civilización” lo enfrentó directamente con el modelo de conquista que los españoles imponían en la región. Llegaron a Culiacán, donde los recibió el alcalde, y continuaron con su marcha a la ciudad de México, donde

fueron bien recibidos por el Virrey (79). El 10 de abril de 1537 partieron de regreso a España.

Una vez en la península, Álvar Núñez escribió su relación del viaje a Florida y el Golfo de México. Utilizó sus contactos e influencia para ver al rey. Quería volver a América. Esperaba que el monarca lo nombrara Adelantado de la próxima expedición a Florida. Eso no sucedió. Le ofreció, en cambio, el puesto de Adelantado al Río de la Plata.


Su viaje al Río de la Plata

Álvar Núñez recibió el nombramiento de Adelantado del Río de la Plata en 1540. Iba a reemplazar a Pedro de Mendoza, el Gobernador fallecido (85). Tenía que socorrer a los hombres que habían quedado en Buenos Aires, ir a Asunción y hacerse cargo del gobierno. Allí reemplazaría al Teniente Gobernador Domingo Martínez de Irala.

La expedición de Álvar Núñez tocó tierra en la isla de Santa Catalina, frente a la costa del Brasil, el 29 de marzo de 1541. Desembarcó en la isla con toda la armada. Tomó posesión de esta en nombre de su Majestad, el Rey Carlos V. Los nativos lo recibieron bien (88).

En mayo envió a Felipe de Cáceres en una carabela a Buenos Aires. Le pidió que le trajera información, quería saber qué pasaba allá. Trataba de ser previsor. Buscaba conocer lo mejor posible cuáles eran las dificultades que tenían que enfrentar. Pocas semanas después regresó la carabela. No había podido entrar en el puerto de Buenos Aires debido al mal tiempo, pero habían recogido en el camino a varios hombres, que escapaban en una embarcación de “los malos tratamientos que les hacían los capitanes que residían en la provincia...” (88).

Le contaron lo que había ocurrido en el fuerte de Buenos Aires, y le dieron pormenores sobre la expedición de Ayolas, a quien el Adelantado Pedro de Mendoza había enviado río arriba a descubrir tierras. Este fundó el fuerte de la Candelaria sobre el río Paraguay. Dejó sus barcos en su puerto (89). El Capitán Domingo de Irala quedó a su cargo. Él se internó a pie con la armada por el territorio en busca de riquezas. A su

regreso, varios meses después, encontró que el Capitán Irala se había ido. Había dejado el puesto. En su ausencia los indios atacaron los barcos que había allí y mataron a muchos. Tiempo después volvieron a atacar, y acabaron con Ayolas y el resto de los soldados. Irala era el culpable de su muerte (90). Desertó y los abandonó.

Luego de escuchar la relación de los cristianos que venían en el barco, el Adelantado tuvo qué decidir qué hacer. Tomó una decisión difícil, que aquellos que conocen su historia en Florida pueden comprender. Eligió ir con la armada por tierra y llegar a Asunción a pie. Tendrían que atravesar más de mil kilómetros de selva cerrada. Poblaban el territorio numerosos pueblos indígenas. Era un viaje arriesgado. Otro Adelantado hubiera ido por mar hasta el Río de la Plata, atravesado el estuario, seguido por el río Paraná, luego el Paraguay, y arribado seguro al puerto de Asunción. Pero Álvar Núñez sabía lo que hacía. No en vano había acaudillado un movimiento mesiánico indígena como chamán y sanador en Norte América. Entendía, mejor que ningún otro español en esos momentos, la psicología de los nativos, su manera de pensar, y quería demostrarlo. Tenía la suma del poder en la región. Llegaba al Río de la Plata como Adelantado, Gobernador y Capitán General. Se proponía incorporar nuevos pueblos y territorios a la corona. Esa era una oportunidad para entrar en contacto con los indios, ver cómo vivían y darse a conocer.

1541 era un año especial. La actitud de la monarquía ante la cuestión indígena estaba cambiando. Los frailes dominicos, liderados por el padre Las Casas, defendían a los nativos. Debía dárseles un trato más humano. En esos momentos, se estaban redactando en España las Leyes Nuevas, que serían promulgadas al año siguiente, 1542 (Las Casas 9-47). Estas reconocieron el derecho de los indios a permanecer en el territorio en que vivían y ser tratados como súbditos de la corona. No se los podía esclavizar. Limitaron las encomiendas. Estaban sujetos a servicio personal, que los obligaba a trabajar para los españoles una parte del año a cambio de una compensación. Los encomenderos tenían la obligación de cristianizarlos.

El Adelantado miraba al mundo indígena con reconocimiento y simpatía. Su posición era excepcional. La mayor parte de los conquistadores y soldados no la

compartían. Su llegada a la región iba a desestabilizar un esquema de poder, que favorecía la esclavitud y la encomienda (Gandini 81-96).

Su decisión de ir por tierra a Asunción no fue bien acogida. El contador Felipe de Cáceres y el piloto Antonio López lo criticaron. Querían que toda la expedición continuara navegando rumbo a Buenos Aires y luego remontara el río Paraná hacia Asunción (90). Álvar Núñez tuvo en cuenta su deseo y moderó su postura. Dividió la expedición en dos. Envió los barcos a Buenos Aires con 140 hombres, al mando de su sobrino Pedro de Estopiñán Cabeza de Vaca, y él, con el grueso de la Armada, se preparó para atravesar el continente por tierra en una larga marcha. Dado que no conocía el terreno que tenían que atravesar, mandó a Pedro Dorantes en una avanzada con un pequeño contingente de españoles e indios. Debían internarse en el continente y determinar cuáles eran los mejores caminos para ingresar al territorio. La avanzada regresó tres meses después y le dio un amplio informe sobre las rutas posibles, los nativos que poblaban la región, la reserva de agua y alimentos con los que podían contar, y el tipo de terreno que tenían que enfrentar. Teniendo en cuenta esta información decidió en consejo con los oficiales el camino a tomar.

Antes de partir agradeció a los nativos del lugar por su hospitalidad y los colmó de regalos. Les entregó anzuelos, agujas, hachas, tijeras, diferentes objetos de metal, que para ellos tenían una utilidad incalculable. Estos, felices, enviaron a varios de sus indios con ellos en su marcha, para facilitar su relación con los otros pueblos del lugar. Todos ellos se conocían. La lengua guaraní se extendía a lo largo del territorio. Sus variantes no impedían que pudieran comunicarse. Este hecho, que Álvar Núñez valoró, contribuyó al éxito de su viaje.

Dejó la isla de Santa Catalina el 18 de noviembre de 1541 con 280 españoles. Entraron en tierra firme siguiendo el cauce del río Ibabucu. Durante los primeros diecinueve días atravesaron un terreno despoblado montañoso y boscoso. Tuvieron que talar árboles para pasar. Cuando ya se les acababan las provisiones que llevaban, arribaron, tal como lo preveían, a una región poblada. El Gobernador les comunicó a los nativos que querían ser sus amigos, y se mostró generoso. No permitió que sus soldados tomasen sus alimentos, ni se apropiasen de sus objetos de valor, sin compensarlos. Eran culturas que sobrevivían con mucho esfuerzo. Les dijo que venía en nombre del rey, les habló de la religión cristiana, y les prometió que, si ellos se mantenían en paz, los reconocerían como vasallos de la corona, con los mismos derechos que todos. Eran legítimos propietarios de sus bienes. Nadie les quitaría nada por la fuerza.

A medida que la expedición avanzaba su diplomacia indigenista fue teniendo efecto. Escribió Pero Hernández: “...como supieron los indios de estos pueblos de la venida del gobernador y gente que consigo iba, lo salieron a rescebir al camino, cargados con muchos bastimentos, muy alegres, mostrando gran placer en su venida, a los cuales el gobernador rescibió con gran placer y amor; y además de pagarles el precio que valían, a los indios principales de los pueblos les dio graciosamente y hizo mercedes de muchas camisas y otros rescates, de que se tuvieron por contentos” (Naufragios y Comentarios 92). Álvar había vivido en Norte América durante ocho años. Era consciente del estado de necesidad en que vivían estos pueblos nativos, para los que el alimento tenía un valor fundamental. De él dependía su subsistencia. A diferencia de las sociedades europeas, muchas de las culturas nativas no habían logrado conquistar una base estable de alimentación. Pasaban períodos de necesidades, y resultaban fácilmente víctimas de las enfermedades y las epidemias. Eran sociedades frágiles y vulnerables. Su desarrollo humano era comparable al de las culturas neolíticas.

Durante el viaje y tal como lo había hecho en su periplo norteamericano, Álvar Núñez observó con cuidado las características y costumbres de los pueblos por los que pasaban. Le llamó la atención la abundancia de recursos naturales. Notó que practicaban la antropofagia. Dice: “Esta es una gente y generación que se llaman guaraníes; son labradores, que siembran dos veces en el año maíz, y asimismo siembran cazabi, crían gallinas a la manera de nuestra España, y patos; tienen en sus casas muchos papagayos, y tienen ocupada muy gran tierra, y todo es una lengua; los cuales comen carne humana...” (92).

La cuestión de la antropofagia era un punto crítico. Álvar Núñez analizó la información que le llegaba sobre esto. Durante las fiestas de bautismo celebraban un banquete en que comían carne humana. Comprendió que se trataba de un ritual, que tenía paralelos con el bautismo cristiano. Su forma, seguramente, había ido evolucionando a través de los tiempos. Los niños recibían el nombre de las personas más ancianas del clan. Probablemente, en el pasado, sacrificaban a una de estas personas y se la comían. Pasado el tiempo dejaron de comer a alguien de la familia. Escogían en su lugar a un prisionero. La ceremonia necesitaba de la colaboración de la víctima. La persona elegida pasaba a ser miembro de la familia durante un período relativamente prolongado. Lo alimentaban con las mejores comidas que tenían. Podía mantener relaciones sexuales con todas las mujeres de la tribu que él deseara. Cuando llegaba el día escogido para el bautismo, los participantes bailaban a su alrededor y celebraban. Los niños que iban a ser bautizados se encargaban del sacrificio ritual, utilizando hachas especiales. Se repartían las partes del cuerpo y las distintas familias participantes las cocinaban de una manera especial. Se procedía al bautismo y los niños asumían el nombre de la persona sacrificada (107-8). El prisionero, ya parte de la familia, representaba simbólicamente la imagen paterna del fundador del clan, de quien descendían.

A lo largo de la marcha el Gobernador fue tomando posesión de cada pueblo al que llegaban en nombre de la Corona de España. Antes de partir al pueblo siguiente, Álvar Núñez enviaba a sus embajadores: un grupo de españoles, acompañados de los indios guaraníes amigos. A medida que avanzaban, la recepción de los indígenas se volvió más y más amigable.

En cada pueblo procuraban dejar una “buena imagen” del ejército. El siguiente pueblo al que arribaban ya sabía qué esperar de ellos. Los indios les perdieron el miedo, y salían a recibirlos con sus familias. Los invitaban a sus poblaciones y les ofrecían todo lo que tenían. Álvar Núñez, sabiendo que sus soldados podían, por desconocimiento, reaccionar mal, creyendo que era agresión o amenaza algo que no lo era, habló con ellos. Dice el escribano Pero Hernández: “Y porque la gente que en su compañía llevaba el gobernador era falta de experiencia, porque no hiciesen daño ni agravios a los indios, mandoles que no contratasen ni comunicasen con ellos ni fuesen a sus casas y lugares, por ser tal su condición de los indios, que de cualquier cosas se alteran y escandalizan,

de donde podía resultar gran daño y desasosiego en toda la tierra” (94). Les pidió que no tomaran nada de ellos sin pagarles y él mismo asumió los gastos que esto ocasionaba.

Los nativos notaron su conducta respetuosa. Su actitud pasó del temor al cariño y la admiración. Dice: “...viendo que el gobernador castigaba a quien en algo los enojaba, venían todos los indios tan seguros con sus mujeres e hijos, que era cosa de ver; y de muy lejos venían cargados con mantenimiento sólo para ver los cristianos y los caballos...” (94). Cuando llegó Pascuas se tomaron unos días de descanso. Sus hombres comieron tanto que Álvar Núñez temió que se enfermaran.

Siguieron la marcha y llegaron a un gran río, que cruzaron con mucho trabajo. Pasaron por zonas en que no había poblaciones y el gobernador tuvo que usar su ingenio y experiencia para encontrar comida. Extrajeron agua de los cañaverales y comieron los gusanos de las cañas. Más adelante hallaron jabalíes y venados y otros animales de caza. Atravesaron dos ríos más. Llegaron a otros pueblos, que se mostraron amistosos. Les dieron abundantes alimentos. El clima los favoreció. Ninguno se enfermó. Llegaron al río Iguatú y encontraron indios guaraníes. Pescaban muchísimo. Álvar se acordó de su periplo norteamericano y de las hambrunas que había pasado. Qué distinto era todo allí. Sentía que estaba en un paraíso. Envió una carta a Asunción para avisarle a los Oficiales reales que iban en camino y la armada estaba bien. Los pueblos por los que atravesaron lo impresionaron favorablemente. Creyó que sería fácil cristianizarlos. Muy pronto tendrían nuevos súbditos de la corona. Los nativos eran “...gente muy doméstica y amiga de cristianos, y que con poco trabajo vernán en conocimiento de nuestra santa fe católica...” (99). Trataban a los hombres de su expedición con respeto y consideración. Cuando se aproximaban a un pueblo “...les salían a recebir a los caminos con muchos bastimentos...y antes de llegar con gran trecho...por do habían de pasar, alimpiaban y desmontaban los caminos, y bailaban y hacían grandes regocijos de verlos” (100).

Días después llegaron a las cataratas del Iguazú. El esplendor de la naturaleza fascinó a todos. Compraron canoas a los indios, atravesaron el río y llegaron al Paraná. Álvar Núñez describe el espectáculo. Durante el cruce se dio vuelta una embarcación y se ahogó un hombre; fue el único soldado que perdieron en toda la marcha. El Adelantado había pedido a Asunción que le enviaran dos bergantines. Cuando llegaron al río Paraná, estos no habían arribado. Varios soldados se le habían enfermado durante la travesía; quería que continuaran el viaje en barco. Su relación con los indígenas era tan buena, que le pidió a un cacique que, cuando los bergantines llegaran, se hiciera cargo de transportar a los enfermos en sus canoas hasta los barcos y entregárselos a los españoles (102). Tenía confianza en ellos. El resto del contingente siguió su marcha a pie.

Días después encontraron a un cristiano que venía de Asunción. Les dijo que Ayolas había muerto. Los indios lo habían atacado. Habían despoblado el puerto de Buenos Aires y llevado la gente a Asunción, porque estaban en peligro. Se sorprendió al ver el trato amistoso que mantenían con los indios. Estos limpiaban los caminos por donde ellos llegaban , y ...”se ponían en orden como en procesión, esperando su venida con....vinos de maíz, y pan, y batatas, y gallinas, y pescados, y miel, y venados, todo aderezado; lo cual daban y repartían graciosamente entre la gente, y en señal de paz y amor alzaban las manos en alto, y en su lenguaje, y muchos en el nuestro, decían que fuesen bien venidos el gobernador y su gente, ...mostrándose...como si fueran naturales suyos, nascidos y criados en España” (104). Los guaraníes veían a Álvar Núñez como a un benefactor, y lo trataban como a un jefe indígena.

Llegaron a Asunción el 11 de marzo de 1542, más de cuatro meses después de haber partido de la isla de Santa Catalina (105). Salieron todos los oficiales a recibirlos, contentos de que viniera socorro de España. Les contaron cómo los presionaban los indios de la región y los peligros que corrían. Álvar Núñez entregó las provisiones reales a Domingo de Irala, teniente de gobernador, ante los oficiales. Lo reconocieron como su Capitán General, le prestaron obediencia y le dieron las varas de la justicia. Treinta días después arribaron en barco los españoles enfermos que el Adelantado había encomendado a los indios. Estos se los entregaron sanos y salvos a los españoles. Durante el camino grupos hostiles indígenas los atacaron. Por suerte pudieron llegar bien a Asunción.

Su primer acto de gobierno fue preparar dos bergantines y mandarlos a Buenos Aires, para que asistieran a los 140 hombres de su expedición que habían salido hacia allá (106). Al partir los barcos de Santa Catalina, no sabían que Irala había despoblado la ciudad. Estaban en peligro. Les pidió que se mostraran amigables con los indios y volvieran a poblarla. La corona buscaba pacificar la región. Les leyó a los soldados fragmentos de una carta del rey, en que este hablaba sobre el trato que debía darse a los naturales. Los indígenas eran sus vasallos. Debían respetarse sus derechos y denunciar cualquier agresión que se hiciera contra ellos. Pidió a los sacerdotes que iban allá que les administraran a los indígenas los sacramentos de la iglesia, y les repartió ornamentos para el culto divino.

Álvar no dice mucho de los españoles que vivían en Asunción, ni de su mundo político.2 No habla de sus intrigas ni los critica. Cree en el deber militar. Estaban allí para dar un servicio. No quería que les quitaran sus bienes a los indios ni abusaran de ellos. Los oficiales y soldados de Irala veían la cuestión indígena de otra manera.

El Rey había dado al ejército un papel privilegiado en la Conquista. Muchos oficiales militares asumieron funciones políticas y de gobierno. Controlaban la policía y participaban en los tribunales de justicia. Los conquistadores y sus capitanes tenían derecho a poseer territorios. Los terratenientes recibieron encomiendas. Les entregaban una cantidad de indios sirvientes o esclavos para trabajar en los campos. Las Leyes Nuevas de 1542 prohibieron la esclavitud de los indios, y legalizaron el servicio personal. De acuerdo a este, el indígena afectado a una propiedad estaba obligado a trabajar gratuitamente para el encomendero la mayor parte del año.

2 La ciudad, como lo veremos en el relato histórico escrito algunas décadas después por quien fuera su sobrino nieto, Ruy Díaz de Guzmán, era un hervidero de intrigas, especialmente entre los oficiales. Ruy Díaz prestó especial atención en su historia a la relación política y militar entre los conquistadores y soldados, los oficiales de la corona y los religiosos. El mundo indígena tuvo una importancia secundaria para él, si bien era mestizo. Su madre era hija de Domingo de Irala y la india Leonor. Su interés fue explicar las luchas por el poder. Describió a los indígenas como un grupo relativamente homogéneo de individuos primitivos, hostiles a los intereses de la corona. Apoyó totalmente la política de su abuelo, que repartió entre sus soldados a los indios y llevó a cabo numerosas guerras contra ellos. Asumió en su narración la perspectiva del soldado: Ruy Díaz era oficial del ejército (Ruy Díaz de Guzmán 190). La posición de Álvar Núñez, en cambio, Capitán General y Adelantado, además de Gobernador, fue de una enorme simpatía hacia los pueblos indígenas. Su convivencia con ellos durante largos años lo había marcado para siempre.


No todos los soldados recibieron beneficios de la corona. Durante la conquista, sin embargo, estos disfrutaron de una mayor movilidad social. Los aventureros que llegaban a América podían transformarse en miembros de la oligarquía local, que crecía en poder y prestigio a medida que avanzaba la conquista.

Los pueblos indígenas de la región del Paraguay y el Río de la Plata habían alcanzado un estado de desarrollo equivalente al de las antiguas culturas neolíticas en los otros continentes (Peruset 245-254). Eran culturas extractivas básicas. Vivían de raíces y frutos. Algunos de ellos habían logrado domesticar el maíz y la mandioca, y cultivaban la tierra. Sus armas más letales eran el arco y la flecha. Ignoraban las tácticas y movimientos de guerra que los ejércitos europeos habían perfeccionado a lo largo de los siglos. La presencia del caballo les resultaba aterradora. No tenían escritura. Carecían de una religión organizada. La lucha de los ejércitos españoles contra estos pueblos fue una verdadera carnicería, una diversión cruel de soldados profesionales contra poblaciones indefensas.

Los conquistadores se quedaban con las tierras, sus productos y el trabajo semi- esclavo de sus pobladores. Buscaban apoderarse de vastos territorios. La competencia entre España, Portugal y otros poderes europeos en América era feroz. Unos pocos miles de soldados, acompañados por unos cuantos cientos de religiosos, lucharon por controlar enormes espacios. Para el Rey, la debilidad militar de los pueblos nativos fue una bendición. La existencia de metales preciosos un don inestimable. Pero los metales se agotaban y eran insuficientes. Fue el trabajo humano, la producción agraria, la que con el tiempo dio las mayores ganancias a la corona. El azúcar, el tabaco, el algodón, el cacao. Su explotación se organizó a costo mínimo. América fue un continente que se levantó en base al trabajo esclavo y semi-esclavo de los pueblos nativos, al que sumaron el trabajo de los esclavos traídos de África.

En el área vecina a Asunción vivían los indios agaces y los guaraníes. Los agaces atacaban con frecuencia a estos últimos, y el gobierno de Asunción había luchado recientemente contra los agaces. Cuando estos supieron de la llegada del nuevo Gobernador y Adelantado, pidieron reunirse con él. Álvar los recibió como a vasallos de su majestad. Le manifestaron que querían vivir en paz. El Gobernador les propuso hacer un acuerdo y, si ellos lo cumplían, los españoles serían sus amigos. Les pidió que no atacaran a los indios guaraníes, que eran vasallos del Rey. Era necesario que todos pudieran transitar, cazar y pescar en los mismos territorios. Debían devolver los cautivos, y enviar a varias de sus mujeres para que aprendieran la religión cristiana. Si respetaban estas condiciones los tendrían por amigos, de lo contrario les harían la guerra. Los agaces aceptaron, dieron obediencia al Rey y se asentó la paz (109).

Álvar Núñez notó que en Asunción había gran desigualdad entre los oficiales militares y los soldados. La mayor parte de estos últimos parecían muy pobres. Les proveyó de ropas, todo a su costo. Les pidió a los oficiales que fuesen generosos con los soldados y no los agraviasen. Estos les cobraban impuestos al consumo de varios bienes, como la miel, el maíz, las pieles. El gobernador prohibió estos impuestos, lo cual generó tensión y resentimiento por parte de los oficiales (110).

Los indios guaraníes que poblaban la región se presentaron al gobernador para hacer una querella como vasallos de su majestad (111). En la otra margen del río Paraguay vivían los Guaycurúes. Eran indios cazadores, buenos guerreros, muy temidos por los otros indios. No tenían residencia fija, se iban desplazando con la caza, y cambiaban sus campamentos cada dos o tres días. Los guaycurúes atacaban y mataban a los guaraníes, y se habían apropiado de tierras que estos cultivaban. Los guaraníes querían que les restituyesen sus tierras.

El gobernador les pidió información detallada de la situación. Programó luego una reunión con los oficiales reales y los clérigos, y los consultó. Acordaron que antes de tomar decisión alguna contra los guaycurúes, enviarían a un clérigo junto con un “lengua”, un nativo bilingüe, para pedirles que cesaran su hostilidad contra los guaraníes y los dejasen andar libremente por sus tierras, ya que estos eran sus amigos y súbditos de su majestad, y que, si no lo hacían, tendrían a los españoles por enemigos y habría guerra. Los guaycurúes, lejos de aceptar la propuesta, los amenazaron y les tiraron flechas. Dada la situación se dispusieron a comenzar la guerra.

Álvar Núñez en persona decidió encabezar la armada. Partió con doscientos soldados y varios miles de indios guaraníes de Asunción. Esta fue la única guerra que él inició, y dejó en claro a los jefes guaraníes que era una guerra que hacían en defensa de ellos, ya que eran súbditos de su majestad, y se habían comprometido a protegerlos (117). Los guaycurúes no habían atacado a los españoles y no tenían nada personal contra ellos.

Partieron el 12 de julio de 1542. La guerra fue un evento oficial importante. Los guerreros guaraníes se presentaron con gran pompa y sus mejores ropas. Álvar Núñez, como era tradicional en él, procedió con gran cautela. Los guaycurúes eran indios muy temidos y tenían fama de ser grandes guerreros. A pesar de la superioridad del armamento español, no se los podía subestimar. El Gobernador mandó una avanzada con el objetivo de averiguar dónde se encontraban cazando, e ir cautelosamente a su encuentro sin que estos lo advirtieran, para tomarlos por sorpresa.

La partida del grueso del ejército fue una gran celebración marcial: los familiares de los indios salieron a despedirlos vestidos con sus galas y los acompañaron a la otra orilla del río Paraguay en cientos de canoas. Los indios principales les regalaron flechas pintadas al gobernador y a los oficiales españoles (115).

Muy pronto la vanguardia regresó con información importante: ya habían identificado donde cazaban los guaycurúes. El ejército fue en su seguimiento, marchando por la noche para no ser detectado. Anduvieron tras ellos durante días, hasta que los guaycurúes asentaron su campamento en un sitio escogido, para permanecer en él varios días.

Álvar observó que los guaraníes estaban muy inquietos: temían a los guaycurúes, que los habían atacado y derrotado muchas veces. Se sabían militarmente inferiores, pero confiaban en que los españoles podrían defenderlos. El ejército español decidió esperar al alba para atacar. Álvar ordenó rodear el campo enemigo durante la noche. Pidió a sus soldados que dejaran a los guaycurúes “una salida por donde pudiesen huir al monte, por no hacer mucha carnecería en ellos” (119). Esta era una decisión generosa que solo Álvar podía tomar. Lo característico de los españoles era rodear a sus enemigos, atacarlos y destruirlos totalmente, masacrando hasta el último hombre. Álvar les dejó un tercio del

cerco abierto, para que un número importante pudiese escapar. No quería que todos muriesen. Su táctica, como veremos, le dará excelentes resultados. Su objetivo no era matar a todos, sino vencerlos y ser reconocido por ellos, para poder integrarlos como vasallos.

Al alba atacaron. Los guaycurúes se defendieron ferozmente. Varios españoles iban a caballo. Los indios creían que eran seres sobrenaturales. Les atacaron los caballos. Pusieron fuego a sus chozas para escapar tras el humo. Mataron a muchos de los indios guaraníes prisioneros que llevaban con ellos: con un palito, en el que habían insertado filosos dientes de palometa, un pequeño pez carnívoro que vive en cardúmenes en el río Paraguay, les aserraban el cuello y les cortaban la cabeza. Todo sin dejar de correr a una velocidad sorprendente (119-20). Finalmente, la superioridad militar de los españoles se impuso. Mataron a buena cantidad de guaycurúes y tomaron a más de cuatrocientos prisioneros. Normalmente los prisioneros capturados en combate pasaban a ser esclavos de los españoles. Pero el Adelantado no tenía intención de esclavizar a los guaycurués. Su objetivo era presionar a los jefes y forzarlos a negociar y aceptar sus condiciones, para que todos los indígenas de la región pudieran vivir en paz.

El ejército hispano-guaraní regresó vencedor con gran fanfarria a Asunción. En el camino venían cazando ciervos, avestruces y gran cantidad de animales. La selva paraguaya era un verdadero paraíso para la caza. Álvar, que había pasado hambre y se había alimentado durante largo tiempo con magras raíces y frutos silvestres durante su periplo norteamericano, podía apreciar la providencia divina. Dios había sido generoso con el Río de la Plata.

Al llegar a Asunción pidió a los guaraníes le entregaran todos los prisioneros guaycurúes. No quería que les hiciesen daño ni se comieran a ninguno de ellos. Los trajeron. Les dijo a los guaycurúes que les hablaba en nombre de su majestad: el rey los quería por vasallos y si dejaban de hacerle la guerra a los guaraníes todos vivirían en paz, y él les entregaría muchos “rescates”: agujas, hachas, anzuelos, y otros objetos de metal que encontrarían muy útiles. Mandó a uno de los prisioneros, un cacique principal, a hablar con los jefes indios que vivían en la selva. Les pedía que enviaran una misión diplomática a Asunción. Él quería conferenciar con ellos.

Su táctica dio resultado: cuatro días después apareció, del otro lado del río, una importante misión guaycurú. Venían a Asunción sus principales jefes, junto a sus familias. Querían conferenciar con el gran jefe blanco.

Les dijeron que no habían sido jamás vencidos por otros indios, y que los guaraníes eran inferiores a ellos y no les temían (124). La costumbre de sus mayores sostenía que, si algún pueblo alguna vez los vencía, ellos debían ser sus esclavos, y puesto que los españoles los habían vencido, venían a darle la obediencia debida. Álvar les respondió mediante los “lenguas” que él los había atacado por mandato de su Majestad, y que solo les pedía que hicieran la paz con los guaraníes y aceptaran conocer al dios cristiano, y que, si así lo hacían, él los protegería e impediría que ningún otro pueblo les hiciera daño. Y para demostrar su buena voluntad mandó liberar los 400 prisioneros guaycurúes. Podían regresar con ellos. Los jefes guaycurúes le contestaron que ellos querían ser vasallos de su majestad y le prometieron no atacar más a los guaraníes.

El gobernador les dijo que debían venir cada vez que él los mandara llamar. Aceptaron y le prometieron en agradecimiento compartir con los españoles una parte de lo que cazaban cada semana. Se volvieron todos a su región, llevándose con ellos los prisioneros. De allí en más cada ocho días los guaycurúes regresaban a Asunción y les traían cantidad de jabalíes y ciervos que habían cazado, y carne que preparaban en barbacoa.

Gonzalo de Mendoza le avisó al gobernador que cuando él había partido con el ejército a luchar contra los guaycurúes, los indios agaces atacaron Asunción e intentaron quemarla. Robaron en varias casas y se llevaron a muchas de las indias cristianas que vivían con los españoles. Pudieron apresar a varios. Dada la gravedad de la situación, Álvar Núñez convocó a una reunión de oficiales y clérigos y les pidió su parecer. Le dijeron que los agaces habían prometido estar en paz y no lo cumplieron. No era la primera vez que los agredían. Correspondía hacerles la guerra. El Gobernador pidió le mostrasen procesos anteriores donde constara lo que había ocurrido. Habían violado el acuerdo hecho con ellos, debían ser castigados conforme a derecho. Como súbditos del Rey estaban obligados a cumplir sus leyes. Todos de acuerdo se decidió el castigo, y condenó a la horca a catorce prisioneros agaces (128).

El gobernador se dispuso a organizar una expedición para descubrir e incorporar nuevos territorios a la Corona. Había financiado el viaje de la armada al Río de la Plata mayormente con su propio patrimonio. La conquista de tierras era una forma legítima de ganancia. Le correspondía la doceava parte de lo conquistado.

Envió primero a un grupo de españoles, acompañados por indios experimentados, a hacer una entrada por tierra hacia el norte. Quería averiguar qué camino le convenía seguir a la expedición

Mandó luego al Capitán Domingo de Irala en tres bergantines por el río Paraguay hacia el norte. Este partió el 20 de noviembre de 1542, en busca del puerto de las Piedras (129). Tenía que informar sobre la región y los indios que la habitaban. Debía regresar en tres meses y medio.

Una semana más tarde recibió carta de Irala desde el puerto de las Piedras. Este le decía que el grupo de soldados que había partido por tierra antes que él había pasado por el puerto y había seguido hacia el interior, y que él iba a navegar hacia el norte a ver qué descubrimientos hacía.

Veinte días después regresaron a Asunción los españoles del primer grupo. Le dijeron que varios indios, liderados por Aracare, no quisieron colaborar con ellos, y comenzaron a organizar a los pueblos de la zona para atacarlos. Viéndose en peligro, decidieron volver a Asunción.

Álvar mandó construir varios bergantines más. Quería tener barcos suficientes para transportar a toda la tropa. Luego envió a otro grupo de españoles, acompañados de una buena cantidad de indios, para hacer una nueva entrada por tierra y atacar a Aracare, si hacía falta. Estos partieron y regresaron cuarenta y cinco días después. Dijeron que habían luchado contra Aracare, lo habían vencido y lo condenaron a muerte (132).

El 20 de diciembre llegaron a Asunción los navíos de la expedición que Álvar Núñez había enviado a Buenos Aires para proteger a los barcos que venían desde Santa Catalina. El comandante de la expedición era su sobrino Pedro Destopiñán Cabeza de Vaca. Este le dijo que al llegar al puerto de Buenos Aires había encontrado una carta firmada por Domingo de Irala, en la que contaba que había tenido que despoblar el puerto ante el ataque constante de los indios, y regresaba con la gente a Asunción (133).

El 4 de febrero de 1543 se quemó una casa de paja en la ciudad y el fuego se propagó. Se incendió una buena parte del pueblo y muchos graneros, en los que acopiaban maíz y harina, y tenían animales domésticos. El gobernador mandó reconstruir las casas destruidas y reponer la reserva de alimentos. Les pagó a los indios para que les proveyeran los granos necesarios.

El 15 de febrero regresó Domingo de Irala de su viaje de descubrimiento. Había llegado al territorio donde habitaban los indios chaneses, al norte del Río Paraguay. Eran todos pueblos labradores, tenían muchos animales domésticos y abundancia de recursos. Había visto muestras de oro y plata, y creía que había más.

Álvar Núñez reunió a todos los Oficiales Reales, clérigos y capitanes para discutir con ellos qué convenía hacer. Todos de acuerdo decidieron preparar diez bergantines para realizar una gran entrada en ese territorio. Envió al Capitán Gonzalo de Mendoza río arriba para comprar provisiones a los indios amigos para el viaje. El Capitán escribió a los pocos días que había llegado al puerto de Giguy, y un grupo de indios se había rebelado contra los principales y no quería que estos les entregasen los alimentos (136).

Álvar Núñez envió una expedición armada pequeña, al frente de Domingo de Irala, para defender a los indios amigos y asegurarse las provisiones. Irala consiguió que los principales indios rebeldes se sometieran. Estos le prometieron obediencia al gobernador. Poco después regresó con todas las provisiones que le habían pedido (138).

Antes de partir hacia el puerto de los Reyes, el Gobernador descubrió un complot armado por los Oficiales Reales en contra suyo. Estos, resentidos porque había prohibido el impuesto del pago del quinto que le cobraban a los soldados y otros súbditos, enviaron al Brasil por tierra a dos frailes franciscanos, con dos cartas para el rey, en las que hacían falsas denuncias contra él. Los acompañaba una cantidad de mujeres indígenas, que sus familias les habían dado para su servicio. Mandarían las cartas desde Brasil.

Las familias indígenas vinieron a ver al Gobernador y se quejaron de que los franciscanos se habían llevado a sus hijas. Pidieron a Álvar que se las devolvieran. Este envío una partida tras ellos y los hizo regresar a Asunción. Luego apresó a los Oficiales Reales responsables del complot y los sometió a juicio. Permitió que los frailes fueran bajo fianza en la expedición, y dejó a los otros en prisión en la ciudad, hasta que el Rey oyera de la situación y dispusiera de ellos.

La expedición partió de Asunción el 8 de septiembre de 1543 en diez bergantines, con cuatrocientos españoles y mil doscientos indios guaraníes. Estos últimos iban muy contentos, vestidos con sus mejores galas. Dejó como Capitán General en la ciudad durante su ausencia a Juan de Espinosa, con más de doscientos soldados.

Se detuvieron varias veces durante el viaje. Los indígenas del lugar salían a recibirlos. El Gobernador se esmeraba en tener buenas relaciones con ellos. Los indios habían oído hablar de Álvar Núñez. Les pedía que estuviesen en paz, y les hacía siempre regalos. Pararon en Tapua, en Juriquizaba, en Itaqui, en Guazani. En este último puerto residían los caciques Guazani y Tabere, que anteriormente habían estado en guerra contra ellos. Lo recibieron muy bien y Tabere, indio principal, se ofreció a ir en la expedición para demostrarle su amistad. Estuvieron cuatro días con ellos y les repartió regalos, sabiendo que si lo apoyaban la zona estaría en paz. Tabere se unió al ejército, acompañado de parientes y servidores, que venían en tres canoas. Le ayudaban a comunicarse e interactuar con los indios de los puertos a los que llegaban. En uno de ellos, Ipananaie, vivía un indio “lengua” que conocía donde vivían los indios Payaguaes. Eran los que habían matado a Ayolas.

Álvar dio a su relación con los pueblos indígenas un papel central en esta expedición. Fue su última actuación importante como Adelantado. Meses después la armada regresó a Asunción. Allá se enfrentó al golpe militar de Irala y los oficiales, que terminó con su poder. Su narración constituye un importante documento etnográfico sobre los pueblos guaraníes de la región, sus costumbres, su comportamiento, su hábitat. Álvar Núñez consideraba a estos nativos súbditos de la corona, con todos sus derechos. Confiaba en que muy pronto serían cristianizados. Se veía a sí mismo como su gobernador, responsable de su bienestar. No los consideraba esclavos, ni sirvientes. Su narración manifiesta viva simpatía y admiración por estos pueblos neolíticos, adaptados a la vida de esa selva tan rica de bienes y frutos, en ese sistema de ríos extraordinarios que les había permitido comunicarse y conocerse.

Su actitud reformista, si bien era muy bien recibida por los indios, causaba irritación en los soldados. Muchos españoles estaban a favor del sistema esclavista de explotación y resentían la nueva legislación de la corona.

Los soldados no estaban dispuestos a hacer grandes sacrificios, si no recibían la promesa directa de una ganancia material como premio. Los oficiales durante la conquista permitían a los soldados el saqueo. Luchaban por un botín. El gobernador, al prohibir el saqueo, había cambiado las reglas del juego.

La política amistosa de Álvar Núñez con los indios ayudó en su relación con ellos: les proveyeron abundantes alimentos y agua en todos los sitios a los que llegaban. Marchaban seguros y no sufrían necesidades materiales. El 12 de octubre la expedición arribó al puerto de la Candelaria, adonde había llegado antes la expedición de Ayolas. Allí era donde había ocurrido el malentendido, involuntario o intencional, no se sabe, entre Ayolas y su segundo, Domingo de Irala. Ayolas había partido con sus hombres y dejó a Irala y a un grupo de soldados en el puerto con los barcos, aguardando su regreso. Cuando Ayolas volvió, Irala ya no estaba. Este tuvo que internarse en el territorio a pie y los indios lo asesinaron. Irala había contravenido su orden, ya sea por irresponsabilidad, o, aún peor, para deshacerse del Capitán y quedarse él con el poder (145).

Álvar envió al traductor que hablaba la lengua de los Payaguaes junto con otros indios a su territorio. Pronto hicieron contacto con un grupo de indios que venía a ver al Gobernador. Les dijeron que a Ayolas lo habían muerto en la guerra, luchando contra él. Ellos merecían el perdón. Habían guardado muchos de los bienes que este traía y se los devolverían. Álvar les respondió que su principal debía venir a verlo, y traer esos bienes para demostrar su buena voluntad. Él lo recibiría con gusto. Los indios partieron de regreso llevando el mensaje, y ya no volvieron. Álvar comprendió que eran muy desconfiados y no sería fácil tratar con ellos. La expedición continuó río arriba y pasaron por diferentes territorios indígenas. Todos los pueblos de la zona tenían abundancia de pesca y frutos, y eran pacíficos.

Llegaron a tierras que, cuando subía el curso de las aguas, quedaban totalmente anegadas. Encontraron pueblos de indios que vivían parte del año junto al río, cazando y pescando, y, cuando subían las aguas, se embarcaban en sus canoas, provistas con braseros, y allí vivían durante varios meses de los frutos que llevaban y de la pesca, sin tocar tierra, hasta que las aguas bajaban (151). La pesca, tanto en el Paraguay como en sus atributos, era muy abundante. Los peces eran enormes, tenían mucha “manteca”o grasa que ellos podían utilizar. Pescaron junto a los indios durante una hora, y sacaron cientos de dorados gordos (152). Bien alimentados como estaban, los nativos parecían tener muy buena salud.

Trataron de averiguar lo que pudieron sobre los metales que se hallaban en el área. Llegaron al puerto de Los Reyes. Había sitios en que las aguas habían bajado tanto que los indios y los españoles se vieron forzados a pasar los barcos a mano sobre los bancos que se formaron (153). Tomaron posesión del puerto de Los Reyes en nombre del Rey; hablaron con los indios y les dijeron que a partir de ese momento eran súbditos de su majestad. Álvar les pidió a los clérigos que construyeran una iglesia en el lugar.

Hace una larga descripción etnográfica de las costumbres y modo de vida de los indios de la región (154-6). Llegaron a donde habitaban los indios Chaneses. Estos les contaron que el aventurero portugués García, ya muerto, había pasado por ahí hacía años. Les dicen que muchos de los indios, tierra adentro, estaban en guerra. Los Xarayes tenían plata y oro (138). Mandó a dos españoles a su territorio para que los invitaran a conocerlo y hablar con él. Ocho días después estos regresaron, acompañados de uno de los indios. Los españoles le hicieron una descripción de lo que habían visto. Para avanzar hacia donde parecía que había plata y oro necesitaban internarse cada vez más en la selva. Era difícil, porque en esos momentos había una guerra entre pueblos indígenas de esa zona.

Álvar Núñez consultó a los capitanes y a los oficiales reales. Discutieron qué convenía hacer. Sostuvieron que valía la pena continuar e ir en dirección a donde se suponía que estaba el oro. Todos de acuerdo, dejaron a cien hombres en el puerto de los Reyes y el 26 de noviembre salieron con una columna de trescientos españoles y muchos indios.

Álvar Núñez envió a los lenguas para que se adelantaran a la expedición. Les pidió que trajeran información sobre la zona a la que iban. La marcha se fue haciendo cada vez más difícil. Los soldados estaban intimidados por la situación y empezaron a quejarse. La información que trajeron los lenguas era imprecisa. La comida les empezó a faltar. Álvar reunió a los oficiales reales y a los capitanes y habló con ellos. Él quería continuar. Los oficiales le dijeron que todas las condiciones estaban en contra de ellos y que era mejor regresar. El Gobernador cedió y volvieron al puerto de los Reyes.

Cuando llegaron, los soldados que se habían quedado allí les contaron que los indios, al ver que había menos españoles, cambiaron su comportamiento con ellos. Se estaban poniendo de acuerdo con otros pueblos del interior e iban a atacarlos. Álvar mandó a llamar a algunos jefes indios, habló con ellos y les pidió que mantuvieran la paz. Les hizo regalos.

En el puerto no tenían comida suficiente para alimentar a todos por más de diez días, eran muchos. El Gobernador mandó a un grupo de soldados al interior a comprar comida, y les dijo que si no querían dársela la tomaran por la fuerza y, si los atacaban, que respondieran de la misma manera (171).

Envió en un bergantín al Capitán Hernando de Ribera el 20 de diciembre de 1543 con cincuenta hombres en una expedición a la tierra de los Xarayes. (172). Este Capitán hablaba guaraní. Había llegado al Río de la Plata con la armada del Adelantado Pedro de Mendoza y tenía una concubina guaraní, de la que había aprendido la lengua. Las aguas habían subido y ya se podía llegar por el río a donde habitaban los Xarayes. Le pidió a Ribera que regresara en unos pocos días para informarle. Debía averiguar qué sabían estos indios sobre el oro y la plata. 


Partieron otras expediciones de pocos hombres en distintas direcciones. Regresaron con diversas noticias sobre los pueblos indígenas de la zona, que el Gobernador recibió con interés. Parecían no tener información sobre la existencia de oro. Pasaron tres meses y muchos hombres habían enfermado, tenían fiebre. Álvar temió por sus vidas. Había muchísimos mosquitos. Los oficiales reales le pidieron volver a Asunción. Él estuvo de acuerdo. Parecía lo mejor. Se despidió de los indios de Los Reyes, les hizo regalos y les ordenó a sus hombres que no les quitaran sus cosas ni se llevaran nada.

Muchos soldados mantenían relaciones con mujeres indígenas del lugar y querían que se fueran con ellos. Álvar no permitió que separaran a las familias. En Asunción los soldados trataban a las concubinas indias como a sirvientas y muchos las vendían. Domingo de Irala, su antecesor, había sido muy liberal, y permitido que los soldados tomasen tantas sirvientas y concubinas indias como quisiesen. Álvar fue estricto y su decisión le creo enemigos. Pidió que se tratara a los indios como a los cristianos. Las Leyes Nuevas de 1542 habían cambiado la relación con los naturales. Se les podía exigir servicio a cambio de una compensación, pero no se los podía esclavizar. Los soldados no estaban contentos con la nueva legislación. Partieron de regreso y llegaron a Asunción el 8 de abril de 1544. Venían enfermos y flacos (181).

A los quince días de llegar, un grupo de oficiales y capitanes se rebeló contra el Adelantado. Organizaron un golpe militar, que terminaría con el poder del Gobernador

haber partido. Traían objetos de oro, tejidos y otras cosas de valor que habían tomado a los indios, y Ribera había repartido entre sus hombres. El Gobernador reaccionó con enojo, había contravenido sus órdenes. Lo apresó al llegar y les quitó a los soldados todos los objetos que les habían sacado a los indios. Él había prohibido expresamente que les quitaran sus bienes. Schmidl contó que amenazó con ajusticiar a Ribera. Los soldados se quejaron y finalmente el Gobernador se calmó, y le devolvió a cada uno lo que había traído. Ribera debía entregar al Adelantado un informe al regresar. Le hizo un informe incompleto, ocultando datos, como él mismo lo reconoció. En 1545, después del golpe militar contra el Gobernador Cabeza de Vaca, Hernando de Ribera preparó una relación de su expedición para el Rey, que dictó al escribano Pero Hernández, el mismo que escribiría los Comentarios de Cabeza de Vaca. En su informe reconoció que no le había dado un testimonio completo de lo que había visto al Gobernador, y por eso le escribía al Rey para contarle todo en detalle (198). Seguramente Ribera esperaba obtener alguna ventaja o favor real de dicho informe, donde explicaba qué pueblos le habían entregado objetos de oro, sus características y como se podía hacer para conquistarlos.

(182). La situación fue gravísima. Los insurrectos tejieron sus intrigas. Detrás del levantamiento estaba la figura dominante del Capitán Domingo de Irala. Este, cautelosamente, dejó la ciudad antes del golpe. Sus seguidores hicieron circular falsos rumores sobre Álvar Núñez. Los convencieron a los soldados de Asunción de que el Adelantado quería quitarles sus posesiones y sus indias, y dárselas a los soldados españoles que habían llegado con él en su expedición. Álvar Núñez estaba en su casa, enfermo. Propusieron ir a buscarlo y pedirle cuenta de esto. Iban a hacer un gran servicio al Rey. Los oficiales reales, incluidos el veedor, el contador, el tesorero y otros, entraron armados en su habitación al grito de “libertad” y “viva el rey”. Lo insultaron, lo acusaron de tirano y lo prendieron. Era el 25 de abril de 1544. Pronto aquellos soldados que simpatizaban con el Gobernador comprendieron que una facción que seguía a Irala había organizado la insurrección. Se quejaron. Álvar Núñez era Adelantado, Gobernador, Capitán General. Sólo el virrey de Lima estaba por encima de su autoridad. Rebelarse contra él era rebelarse contra el poder real. Las consecuencias eran impredecibles. La Monarquía no toleraba el mínimo cuestionamiento a su poder.

Domingo de Irala regresó a Asunción y la facción golpista le ofreció el mando. Lo nombraron Teniente de Gobernador y Capitán General de la provincia. Sacaron bandos ordenando a todos los habitantes obedecer al nuevo Gobernador y amenazaron de muerte a aquellos que pretendieran oponerse. Junto al Adelantado apresaron a todos los miembros de su gobierno. El plan de los golpistas había sido cuidadosamente pensado: corrieron la voz de que no se estaban rebelando contra el Rey, sino que, por el contrario, se habían levantado para proteger sus propiedades. Álvar Núñez era peligroso para la monarquía y ellos querían salvaguardar el poder real (184).

Una parte de la población creía en Álvar Núñez. La mayoría de los soldados que habían venido de España con el Adelantado no apoyaban a Irala. Este inició una campaña de intimidación contra ellos. La situación era sumamente tensa. Álvar contó a Pero Hernández que durante esos días, estando enfermo, lo tuvieron encadenado. Pudo haber levantado a sus seguidores contra los insurrectos, pero no quiso hacerlo (187). No deseaba que muriera gente o comenzase una guerra civil. Una india lo mantenía informado: le traía ocultos mensajes de los de afuera.

Irala trató de ganarse a los soldados que se le oponían. Los mandó por los pueblos en busca de indios. Estos los traían a la ciudad y allí Irala se los asignaba para su servicio personal. Estaban obligados a servirlos y trabajar gratuitamente para ellos. Los indios se escondían para que no los llevaran al servicio.4 El Teniente Gobernador puso presos a muchos de los hombres que apoyaban a Cabeza de Vaca, incluido Luis de Miranda (190). La facción golpista se puso de acuerdo y decidió enviar al Adelantado a España. Lo denunciarían al Consejo de Indias y al Rey por traición a la corona. Iban a pedirle que lo juzgaran y confirmaran su destitución al cargo de Gobernador.

Los que apoyaban a Irala comenzaron a “armar” el caso judicial, apelando a falsos testimonios. Hicieron firmar a los soldados y oficiales denuncias contra Álvar Núñez, bajo coacción y amenaza (192). Los oficiales reales presentaron una extensa y bien argumentada foja de acusaciones en su contra.

Luego de tenerlo prisionero casi un año, salió el barco con el Adelantado hacia España. El viaje fue accidentado. Álvar Núñez dijo al escribano que primero trataron de envenenarlo, y luego lo quisieron abandonar en las islas de Cabo Verde (194). Una vez llegados a la corte, las autoridades pusieron al acusado y a sus acusadores en prisión. Más tarde los soltaron, bajo fianza, hasta que comenzó el juicio. Álvar Núñez concluye su relación a Pero Hernández diciendo que “después de le haber tenido preso y detenido en la corte ocho años, le dieron por libre y quito; y por algunas causas que le movieron, le quitaron la gobernación...” (196).

4 El sacerdote González Paniagua fue testigo del golpe contra Álvar Núñez. En la carta que envió al cardenal Juan de Tavira en marzo de 1545, describió los sucesos. Su relación coincide con la que dio Álvar Núñez al escribano Pero Hernández. Demuestra que todo fue una intriga urdida por Irala, que representaba los intereses del sector pro-esclavista. Ya preso Álvar Núñez, este procedió al reparto de indios y consintió la venta de muchachas. Trataban a los indios como a esclavos. Asegura que los cargos presentados contra el Adelantado eran falsos. Se trataba de una causa armada para justificar el golpe de estado ante el Rey. Los insurrectos querían que le entregaran el poder a Irala, para beneficiarse y continuar con sus desmanes (González Paniagua 171-207).

Aquí termina su versión de los hechos. Conocemos como se desarrolló el proceso. Los golpistas presentaron una gruesa foja de treinta y cuatro cargos en su contra. El juicio comenzó en septiembre de 1545. Lo condenaron al destierro en Orán. No podía ser más gobernador o trasladarse a América en un futuro. Le quitaron sus títulos. Cabeza de Vaca apeló la sentencia y le revocaron el exilio a Orán. En 1552 lo absolvieron de los cargos. Mantuvieron su inhibición política: no podía ser más gobernador ni volver al Río de la Plata (El Jaber 44 – 51). Posteriormente, el Rey le asignó una renta de mil pesos anuales por sus servicios. La Corona le entregó la gobernación del Río de la Plata a Domingo Martínez de Irala.

La expedición de Álvar Núñez terminó abruptamente. No fueron los pueblos indígenas los que lo derrocaron, sino sus rivales políticos. Estos “demostraron” que la insurrección contra el Adelantado había sido un acto de defensa “legítima” de los intereses de la monarquía.

Las intrigas políticas eran parte de la vida en América (Arano Lean 5). El ejército ocupaba una posición excepcional: el Rey había delegado en esta institución la casi totalidad del poder. Durante la conquista cometieron múltiples desmanes y crímenes, y se enfrentaron con la Iglesia. Tras las luchas entre facciones militares aparecía, como gran motivación, el deseo de enriquecerse con la posesión de tierras y el trabajo indígena.

El interés de Álvar Núñez en las culturas nativas era humano y genuino. Su experiencia personal lo había llevado a valorar aspectos de la vida de estas comunidades que los demás parecían no apreciar. Conocía mejor que los otros conquistadores su cultura y sus costumbres. Era capaz de dialogar y negociar con ellos.

Los nativos no constituían una amenaza militar seria para la corona. Eran sociedades con un desarrollo material muy limitado. Era muy difícil para estos pueblos relacionarse con los soldados que llegaban del Renacimiento europeo (Roy 1-21). Se transformaron en víctimas de la superioridad militar española. Los asesinatos y masacres de nativos, que describió en su libro Brevísima relación de la destrucción de las Indias el padre Las Casas, se repitieron en todo el continente (Las Casas 63-92).

La posición que mantuvo Cabeza de Vaca ante los indígenas era coherente con las exigencias de la nueva política de la corona en América. Las Leyes Nuevas de 1542 defendían a los indios y prohibían su esclavitud. Los naturales eran súbditos del rey. Los españoles debían cristianizarlos (Menéndez Méndez 45).

Los conquistadores y soldados que habían llegado a América eran, en su mayoría, individuos ambiciosos, que buscaban enriquecerse. Esperaban recibir encomiendas, poseer esclavos y tener indios a su servicio. Veían a los nativos como a seres inferiores. La actitud de los Capitanes con estos revelaba un sentimiento de superioridad intrínseco.

Álvar Núñez defendió a los indígenas en numerosas ocasiones: en Nueva España se opuso a que el Capitán Alcaraz apresara a sus seguidores y los vendiera como esclavos, y en Paraguay reconoció a los indios el derecho de propiedad de los bienes que habían conseguido con su trabajo. Pedía a sus hombres que no tomaran sus propiedades sin darles una compensación (74 y 181). Desaparecido Álvar Núñez, esto cambió en el Río de la Plata: Irala procedió a repartir encomiendas entre sus seguidores y asignarles indios para el servicio personal, haciendo caso omiso de la nueva legislación. La cuestión moral y cristiana pasó a un segundo plano.

La conducta de Cabeza de Vaca puso en cuestión el derecho de los soldados del ejército imperial a apropiarse de las tierras y de sus pobladores como un botín de guerra. Los golpistas buscaron alejar del poder a un personaje molesto, que podía quitarles los bienes de los que se habían apoderado o pedirles que liberaran a las mujeres que los servían. Los iralistas forzaron a los indios a trabajar gratis para ellos y les quitaron de sus tierras. Eso permitió a muchos capitanes y oficiales transformarse en propietarios rurales, que era lo que buscaban.

La Iglesia cuestionó muchas veces al Ejército el trato que daban a los nativos, pero la institución militar raramente censuró a sus propios miembros por su conducta. La actitud del Adelantado Álvar Núñez les resultó insoportable: el Ejército no toleró que el cuestionamiento viniera desde adentro de la institución. Las Leyes Nuevas muy pronto se transformaron en papel muerto en el Río de la Plata.5

La Corona medió de una manera ambigua: si bien promulgó las Leyes Nuevas, cambió su actitud ante la resistencia de los esclavistas en América. Dejó que las luchas por el poder entre soldados siguieran su curso y triunfara el más fuerte. Los nativos, en la práctica, no fueron aceptados como iguales. La separación de razas y el racismo concomitante caracterizó la evolución de la conquista (Solodkow 279-300).

La historia de Álvar Núñez en el Río de la Plata terminó abruptamente, porque concluyó con un golpe militar. Fueron sus compañeros de armas los que lo atacaron. Sus iguales lo adiaban. Ulrico Schmidl sostuvo que su ejercicio de la autoridad no estaba al nivel de las expectativas de los soldados (Schmidl 77). El puesto de Adelantado requería un liderazgo militar que él no tenía.

Los momentos culminantes de la actuación de Álvar Núñez en el Río de la Plata fueron su marcha de Santa Catalina a Asunción, entre los pueblos nativos, en medio de fiestas y celebraciones; su campaña militar contra los indios guaycurúes en defensa de los indios guaraníes, y el tratado de paz y cooperación con los guaycurúes, que le reconocieron su poder y prestigio. Durante su viaje de conquista al norte del río Paraguay su estrella empezó a declinar: el camino era muy difícil, y el clima era malsano. No le fue bien. Tenía conflictos con los soldados, que resistían sus órdenes y estaban resentidos con él.

Detrás de la disputa entre Álvar Núñez y Domingo de Irala estaba la cuestión indígena, que se debatió en América desde el comienzo de la Conquista. La Corona no reconoció el derecho de los nativos a la propiedad de las tierras que en que vivían. La actitud de los españoles ante estos creó una fuerte separación entre dominadores y dominados, y generó una sociedad racialmente dividida.

5 Los jesuitas encontraron, décadas después, una manera productiva de mantener su autonomía, organizando sus misiones indígenas lejos de las ciudades españolas, que eran enclaves militares. Esto terminó con el tiempo creando un enfrentamiento y conflicto entre el ejército y la iglesia. El ejército facilitó los ataques de las bandas de mercenarios portugueses a las misiones jesuíticas para llevarse a los indios cristianos prisioneros y venderlos como esclavos en San Pablo (Ruiz de Montoya 153-60).

No se sabe bien en qué circunstancias murió Álvar Núñez en España, ni cuál fue su ocupación final. Hay sospechas de que se hizo religioso y vivió sus últimos años en un convento (Levin Rojo 130). Me parece creíble. Una parte de él buscaba salvar al otro y se llevaba mal con la misión del conquistador. El imperio era una máquina de poder, su objetivo no era proteger a los nativos. Prefería hacer lo que hizo: los separó en categorías raciales, se apoderó de sus tierras y riquezas, los sometió a la más humillante servidumbre y destruyó sus culturas y lenguas. Era una máquina imperfecta que soñó en su propia perennidad, trató de demostrar que el poder del rey estaba más allá del bien y del mal, y la historia no podía juzgarlo.


Bibliografía citada


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Publicado en Revista Renacentista. Web. Enero 2022. 

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