de Alberto Julián Pérez
Chicago: Progress Press, 1978
Índice
Poemas para recitar
Buenos Aires y el tango
Madame Ivonne
Muñequita de lujo
Cambalache
Apariciones
En Chicago
El obrero
El chicano
Poemas cómicos
La vaca de Mayo (sátira burlesca)
Romance vacuno (sátira burlesca)
Buenos Aires y el tango
Madame Ivonne
I
Mademoiselle Ivonne,
en un día de otoño
vos dejaste París.
Entre llovizna y luto
saliste de Montmartre,
con rumbo a Buenos Aires,
para quedarte aquí.
Aquel argentino,
galán incorregible,
te enamoró.
De la orilla izquierda
del Sena,
vos viniste hasta el río
color de león.
Los vaivenes del tango
te hicieron suspirar.
El fragor de la guerra
había quedado atrás.
Para vos la nueva tierra
era la edad dorada.
La gente marchaba
sin mirar hacia atrás.
Después la realidad:
el cabaret y la noche,
en esta ciudad mágica
que nació del trigal,
después calle Corrientes,
restallante de luces,
los compases del tango,
el amor a compás,
sonoros bandoneones
que acunaban la vida,
que contaban tu historia,
mi querida Madame,
cuando aquél argentino
te arrancó de Montmartre
para mostrarte el milagro
de Buenos Aires.
Así, la nueva vida
coronaba tus sueños:
enorme, intensa, feliz.
Era como un gran cuadro:
ver la ciudad nocturna,
las caras risueñas del cabaret,
y la otra Buenos Aires,
después, durante el día,
repleta de inmigrantes,
bohemia y sencillez.
Sentías los tentáculos
de una ciudad magnífica,
su riqueza y su ambición:
crecer, siempre crecer…
II
Pero el tiempo ha pasado,
Madame Ivonne, amiga,
vos los sabés muy bien…
Los años nos quitaron
esos sueños soñados
por otros que ya no somos
y quisiéramos ser…
El otro día te vi,
en la cola del mercado,
delante de mí…
en tu mirada ajada
había una tristeza,
y en tu cuerpo cansado
el dolor de vivir.
Vos me miraste apenas,
y porque soy muy joven
tal vez viste a otro en mí,
y viste la farándula
y la noche de luces
y el champagne que corría
y el bombón de licor,
tu juventud divina
olvidada del mundo,
porque el oro
cansaba tu gesto soñador.
Y entonces yo intuí
el otro mundo tuyo,
aquél que el tango
aún no pudo escribir:
vi a la mujer madura
luchando por un sueldo,
vi a la madre sin hijos
cansada de sufrir,
vi a la obrera de la fábrica
que se hace vieja,
vi todo el dolor
que llegó aquí,
y la cosecha muerta
en nuestras manos,
y el trigo comido por las ratas,
y los chicos de la villa
con el hambre
pegado en el cuerpo y en la cara,
vi los hospitales llenos
de enfermos que piden
el último favor,
y vi a Plaza de Mayo
cubriéndose de sangre,
y vi a una enorme vaca
cuando hacía el amor.
Mientras tanto los ricos
pagaban con chirolas
el sudor barato del trabajador.
Todo eso vi en tus ojos,
desilusión y miedo,
Madame Ivonne,
tu peregrinar cansado
por el frío del invierno,
tu corazón de humo
hundiéndose en el tiempo
de los sueños benditos
que no fueron,
de Buenos Aires
que se tragó a sus hijos,
de la Argentina
que nos da a comer pólvora,
en una mano el látigo
y en la otra el
Código.
III
Yo no sé vos
que viste en mí,
yo no tengo los sueños
que vos tuviste,
Madame Ivonne.
Para mí la pobreza
es la ley inflexible,
y yo sueño de noche
que me aplasta,
terrible, la bota del patrón.
Yo no sé vos que viste,
yo de vos me conduelo,
porque trajiste sueños
sinceros a nuestro suelo,
y el suelo se los tragó,
y te devolvió una pena
amarga, sin consuelo,
la misma que vivo yo.
Te encontré en el mercado,
vieja, que dabas lástima,
y te di un billete
con la idea de ayudar.
Me miraste con tus ojos
de dolor enmascarados,
con esos, tus ojos claros,
que antes eran el mar.
Chicago, 1977
Muñequita de lujo
Sobre tu cuerpo claro,
Muñequita de lujo,
vos te echaste la seda
de un tiempo que pasó,
cuando vos eras alguien
y tenías gusto a tango,
en bulines románticos
que acunó el bandoneón.
Pero hoy, en Buenos Aires,
triste, sin inmigrantes,
¿quién te compra en sus calles
un vestido mejor?
Pobreza e ignorancia
hoy se mezcla en su estilo,
y te observa, imposible,
el buen trabajador.
Resaca de los ricos,
los ricos no te pagan,
se les voló el delirio
del país que creció.
Hoy miran la balanza
de pagos y se asustan,
y le dan por el lomo
al buen trabajador.
Si Discépolo acaso
saliera de su tumba
te escribiría otro tango
para hacerte inmortal,
se acabó la bohemia
de las noches de otoño,
ha empezado un invierno
que no quiere acabar.
Los que antes soñamos
un país imposible
entre amores nocturnos
y vapores de alcohol,
hoy doblamos la espalda
laburando a lo burro
por un cacho de pan
de sol a sol.
Esa calle Corrientes
que otrora fue tango
se nos llenó de sangre
y el tango la olvidó.
Los que antes fuimos tango
parecemos arqueólogos,
buscando al Buenos Aires
que se fue y se perdió.
Muñequita de Lujo,
te conocí en el verso
de aquel poeta
del otro país,
yo nací en una Argentina
en que el champagne no existe
y reemplazamos la carne
por el pan de maíz.
Sueño de una riqueza
que no fue más que un sueño,
Muñequita de Lujo,
tanto vos como yo,
nos sentimos perdidos
en el frío del invierno,
con tantos sueños muertos
que duele el corazón.
Chicago 1977
Cambalache
Siglo XX, Cambalache,
¿quién lo podía esperar?
Íbamos todos mezclados,
atorrantes y doctores…
pero siempre pa´delante,
mi querido Cambalache,
y ahora…ahora
vamos para atrás.
Se dio vuelta la tortilla,
nos caímos de la rama,
y fue toda una macana
¿quién nos puede barajar?
Atorrantes y doctores
nos hundimos en la pobreza,
nos agarramos la cabeza,
¡quién sabe qué pasará!
Antes la moral era
un verso que nadie creía,
ahora nos dan con el hacha
por cuestiones de moral,
y tenemos las vaquitas
subidas al piso de arriba,
¡nos usan de basural!
Antes cualquiera podía
pasar de la misha al lujo,
y venían los inmigrantes
luminosos de ambición;
hoy nos vamos para abajo
todos juntos en bandada,
y muy pronto, créanlo,
nos remata Exportación.
¡Hoy quién cree en la garufa,
la noche no da para nada!
Los cabarets no ganan
ni pa´pagar al botón,
y los que hacíamos la noche,
hoy hacemos la mañana,
laburamos como burros,
nos pela la frente el sol.
Los que antes eran bulines
de solteros y piratas,
hoy son piezas familiares
de los que entran en la mala,
que para parar la olla
hoy hace falta un montón.
Ahora sí que estamos ratas,
nos llegó la mishiadura,
hoy nos ponen etiquetas
de inservibles o basuras,
y los hospitales públicos
curan cáncer con Geniol.
Hoy los que están infartados
van en primera fila,
los viejitos de las plazas
se fueron a laburar,
y en los partidos de fútbol
las planteas están vacías,
y ya nadie grita nada
por miedo al «qué pasará».
Cambalache, nos ha llegado
todo el mal de fin de siglo,
esto que nos sucede
es una barbaridad,
en tu vidriera querida
ya no hay más calefones,
nos bañamos con agua fría
al precio que tiene el gas.
Hay quien dice que después
nos iremos para arriba,
yo no creo, Cambalache,
cansado de patinar…
desde que nací me han puesto
ya para siempre el pie encima…
18 es el destino del pobre,
yugar, pa´siempre yugar.
Apariciones
I
En las noches de otoño,
sutil y primorosa,
te acercás a mi lado…
Me llega el arrullo
estremecido de tu voz…
Tenés la mirada triste,
dolorida
por los árboles sombríos.
De pronto
te sorprende la tos.
Heredera de los sepulcros fríos,
en tu cutis de cera
se detiene la luz,
y yo te veo perdida
con cara de muñeca
por las calles estrechas
de Barracas al sur.
Te impregna de magnolia
el aire indefinido
de aquel Buenos Aires señorial,
de ese mundo viejo
que abatían los suspiros
de una damisela romántica
bajo una campana de cristal.
No había nacido aún
tu hermana de fango
que vino de los barrios
rezando un tango…
Vos entonces eras la rosa
y los poetas jugaban,
lanzaban por los aires
sonoras rimas,
y te obsequiaban
pétalos húmedos
de dolor.
Tu hermana ensució
tu figura pura
de niña pálida,
de niña rubia,
y nos mostró su voz
de vida y su calor.
Vos nos dejaste tu imagen
tenue de fantasía,
hiciste un gesto amargo
de princesa perdida
y te fuiste por los jardines
de la ilusión.
II
En la otra mujer
vimos la alegría,
las ganas de tener hombre
con que reía,
los movimientos sensuales
al danzar.
Yo bailé con tu hermana
una noche de luna,
los violines del tango
nos hacían soñar,
un bandoneón encerró
el alma del suburbio,
y en ese vino turbio
yo me dejé llevar.
La mujer me dijo
que quería riquezas,
que deseaba viajar,
que en el centro, los hombres
bajaban la cabeza
cuando la veían pasar.
Yo no me fui con ella,
miré los sueños muertos
que me andaban detrás…
otra herida de amor
me había clavado el pecho,
ya no tenía fuerzas
para amar.
Fue sola para el centro,
se perdió por la vida,
en la calle Corrientes
la vi un día caminar.
El Gordo Troilo
le hizo un tango inmortal.
A veces
en las noches de verano
me viene a visitar,
recuesta su perfil
sobre un farol sagrado
delante del horizonte
de metal.
El hilo de la música
de un organito
pasa tocando un ciego
en el infinito
del arrabal.
III
Yo puedo contar esto,
pero sé que estoy viejo…
Yo no me fui con ella,
miré los sueños muertos
que me andaban detrás…
otra herida de amor
me había clavado el pecho,
ya no tenía fuerzas
para amar.
Fue sola para el centro,
se perdió por la vida,
en la calle Corrientes
la vi un día caminar.
El Gordo Troilo
le hizo un tango inmortal.
A veces
en las noches de verano
me viene a visitar,
recuesta su perfil
sobre un farol sagrado
delante del horizonte
de metal.
El hilo de la música
de un organito
pasa tocando un ciego
en el infinito
del arrabal.
III
Yo puedo contar esto,
pero sé que estoy viejo…
Hoy, en calle Florida,
una muchacha extraña
me miró al pasar…
yo bajé la cabeza…
Me dijo que la esperara
en Plaza San Martín
que me tenía que hablar.
Esta noche, en la plaza,
me rodean viejos amigos
cansados y olvidados
de sus nombres,
unos con galera y levita,
otros con saco entallado
y pantalón bombilla.
Las caras familiares
abren sus sonrisas
y nos abrazamos
emocionados.
Al rato llega ella,
balanceando su cuerpo
bajo la penumbra plateada
de la noche elemental.
Un blue jean ajustado
le marca las caderas.
Hace un paso de baile
y nos mira
por debajo de sus piernas abiertas.
Canta con voz profunda
como una diosa,
dice “amor”
con una desenvoltura
que da envidia oírla hablar.
Es madre y tiene en su costado
la llaga de una herida
que es pecado,
de la que mana sal.
Grita que está enamorada
de la vida,
que se pierde por los senderos
secretos de la isla
para gozar en paz,
que tuvo más de un hombre
y estará feliz
de tener muchos más.
IV
Por detrás de su figura
en un alto edificio
ya se enciende la luz.
El canto de un diariero
pregona el alba,
nos vamos caminando
como fantasmas
por la encrucijada azul.
El ritmo de un tango
diferente
late y es un corazón,
que respira con el ruido
de las bocinas
y se marcha en el subte
por la neblina
de la ciudad de luz.
Ella, con su belleza extraña,
nos mira con aire maternal.
Nosotros, silenciosos,
caminamos detrás…
Los pájaros fantásticos
de Plaza San Martín
vienen hasta Retiro
a ver salir el tren
y nos dicen adiós
desde el andén.
En Chicago
El obrero
En la mañana de Chicago,
fría, mientras
la nieve se derrite
al contacto con la sal,
en su viejo carro
de dos colores,
el hombre piensa
en los amores
que se fueron
con su juventud.
Frena en la esquina
porque pasa el tren,
y el frenesí de su ritmo
transmite miedo,
miedo a vivir.
Sigue la marcha.
Ahora lo asalta
la memoria del hijo
que perdió en Vietnam.
Se lo llevó la guerra,
hubiera sido
Presidente de una multinacional.
Un negro imprudente
cruza la calle sin esperar la señal.
El hombre maldice
a todos los negros: ¡God damn !
Llega a la fábrica
y el trabajo va a empezar.
Después de treinta años
siempre lo mismo…
Sube mentalmente la palanca,
la baja, otra vez la sube
y la vuelve a bajar…
Su vieja esposa
ya estará cansada,
en esa mañana
tan de madrugada,
sin luz y sin color.
Con su esperanza ajada,
hará las tareas necesarias
de otro día más.
Sueña con las playas de Miami
cuando paseaba con su hijo Sam,
el hijo aquél que se llevó la guerra
y hubiera sido
dueño de una multinacional.
¡Qué estará haciendo su hija Jenny,
que vive en Nueva York,
con ese hijo pequeño
que no tiene padre
y llena a la familia de dolor!
Piensa que ya es muy viejo
y un día tendrá que parar,
y en su carro de dos colores,
junto a su esposa cansada,
se irá a vivir cerca del mar…
El ruido de las máquinas
aturde el pensamiento
y el hombre deja de pensar.
Atado al mecanismo
se muere de silencio
el antiguo corazón
que supo amar.
El Chicano
El horizonte de plomo
le trae el sonsonete
de melodías tiernas
de su tierra natal.
Él sueña que escucha
una canción muy triste
en el chirriar de ruedas
de coches que se van.
El tren sobreelevado
en la Chicago helada
lo hace sentir más solo,
no se puede expresar,
para decir al hombre
que se sentó a su lado
cómo son los poblados
de su tierra natal.
Cómo son los calores
en el desierto seco
de México querido,
¡cómo querría estar!,
junto a su mamacita,
bebiéndose un tequila
en el desierto amado
de su tierra natal.
Si México creciera
como los gringos crecen,
si le ofreciera el dinero
que puede ganar acá,
no vendría a esta tierra
donde gringos sin alma
le beben la sangre
sin descansar.
Se arrepiente en el ghetto
junto a sus hijos pobres,
¿por qué no creció México,
por qué no le dio pan?
La vida en el desierto
es dura, allí el indio
amansa la tierra a fuerza
de llorar y sudar.
En la Chicago helada
se muere de silencio
el Chicano que en su pueblo
siempre solía cantar,
sobre amores perdidos
y muchachas terribles,
y mariachis valientes
dispuestos a pelear.
Aquél, su mundo simple,
le parece imposible,
los días en la fábrica
no acaban de pasar,
la máquina monótona
refleja su tristeza
y un compañero negro
tararea un compás.
Atados a la pobreza,
nadie va a desatarlos,
soñarán con el mundo
que dejaron atrás…
El domingo a la tarde,
cuando la borrachera
les ayude a cantar,
dirán que sus abuelos
una vez fueron libres
en tierras lejanas,
que no son libres ya.
En el ghetto de humo,
cuando el frío quiebre
la voz del corazón,
el Chicano fantasma
se irá llorando, triste,
después de haber matado
la última ilusión.
Chicago, 1977
Poemas cómicos
La vaca de Mayo
Sátira burlesca
(para ser recitada en la fiesta patria del 25 de Mayo)
La ciudad tiembla…
de golpe se detiene…
¿qué pasa en tus calles,
Buenos Aires?
El Obelisco se vuelve
un signo de preguntas,
y nosotros, en la 9 de Julio,
nos detenemos para pensar.
El Gordo Troilo,
con su panza de música,
nos mira desde una nubecita.
Desde un B52
que sobrevuela la capital,
lanzan a la Gran Vaca,
la Vaca Celeste y Blanca,
la Vaca Sagrada,
que desciende lentamente
en su paracaídas de flores.
El Sr. Presidente
de la Sociedad Rural
prepara su discurso
escoltado por el Cardenal
y el General :
«Bella y noble vaca,
si fueras de petróleo…»
comienza el poema inaugural
del orador y, en medio
de los sagrados óleos,
la ciudad cambia
de forma y de color.
La gente detenida
en el gesto de cera inaugural
de pronto se reanima
y cobra nueva vida
como en una comedia musical.
El Gordo Troilo llora,
hace un puchero el Gordo,
el Gordo sentimental…
y el paraguas de Mayo
se abre bajo el rayo
del fuelle celestial.
Dos abuelas reparten
miles de escarapelas
y el caballo del General
rebuzna en medio del discurso,
porque es hora de terminar.
Pasa la flota aérea,
la flota del Gran Toro
con el alfiler nuclear,
y desata la lluvia…
que en un país agrícola
los aviones de guerra
son para fumigar.
El bigote serio
del General Magnífico
se levanta para eructar,
y una mosca se pega
en el ojo de vidrio
del Cardenal.
Suena La Cumparsita,
los niños de la escuela cantan,
«¡libertad, libertad!!»,
y canta con voz ronca
nuestra Vaca Sagrada
que crece más y más.
Crece más y más la Vaca,
nuestra Diosa mira al mundo
como a una esfera de cristal,
y el Sr. Presidente
de la Sociedad Rural
ya prepara su prédica
sobre el papel de la Vaca
en la Era Nuclear.
Hay muchos animales
que gobiernan al mundo
y, en la India fantasmal,
tienen los sacerdotes
otra Vaca Sagrada,
pero la Vaca Argentina
es la que manda más.
Es nuestro Dios Zoológico
y la flor del poema,
¿cuál es nuestro destino
con la Vaca Nuclear,
que con sus vestiduras
de antigua diosa griega
recita el himno militar?
«O la vaca nos come
o comemos la vaca»,
se lee en los ojos
de la gente flaca,
y piensa el General:
«si nos dieras petróleo
ya te canonizaría
el Cardenal».
Y bajo el sol de Mayo
desciende del caballo
José de San Martín,
y se pone a llorar,
y no tiene consuelo,
es tan grande su duelo
como la fanfarria militar.
La gente deja de pensar,
cobra el mundo ese ritmo
triste y tenso de siempre
y el Obelisco se estira
para bostezar.
El pueblo viene y va,
con un ojo de fuego
clavado en la frente
para no olvidar.
Rompe el Gordo magnífico
su bandoneón colosal,
y cuando el General
empieza su letanía,
una oración de nunca terminar,
con los resabios bíblicos
de la cruz y la espada
y el sacrificio militar,
nuestra Vaca Sagrada
sube al cielo,
rodeada de un coro
de ángeles terneros
y envuelta en una luz floral.
Se pierde entre cencerros
de dioses maquiavélicos
y patrones del más allá,
mientras, la gente,
pequeña y extasiada,
observa asombrada
la elevación divina
de la Vaca Sagrada,
madre de nuestra historia
y del alma rural.
Chicago, 1977
Romance vacuno
(Mi romance con la Vaca Argentina)
Sátira burlesca
Nos fuimos con la vaca
por los Bosques de Palermo
una tarde de sol a caminar.
Visitamos los Arcos
magníficos de Atenas
y el lago musical del Rosedal.
Tomados de la mano
le recité un poema,
no recuerdo si de Rimbaud
o de Verlaine,
y la Vaca elegante
lo repitió en francés.
Vi sus ojos de seda,
su mirada profunda,
su alma pura y clara,
su nobleza rural.
Me habló de su ascendencia,
de su línea directa
con el Toro de Creta,
y con los de Guisando,
de las venas abiertas.
Con Tomás de Anchorena
su abuela materna
solía conversar,
y su madre, cultísima,
era amante profunda
de la filosofía existencial.
Fuimos a la costanera
y en uno de sus carritos
comimos choripán.
Por las orillas bravas
de nuestro río turbio
vimos la tarde caliente
declinar.
Yo estaba encendido,
a mí ella me gustaba,
pero no sabía
si la vaca era liberal.
Me hablaba de política,
decía que Rosas era un bruto
y que los mazorqueros
degollaban a las vacas
sin piedad.
Ella quería a Sarmiento,
y sobre todo a Alvear,
gracias a ellos, dijo,
el país se empezó a civilizar.
Yo ya estaba cansado
de tanto devaneo
y la quería apurar.
Nos fuimos a La Boca,
y en la Vuelta de Rocha
la pude arrinconar.
Allí, el Riachuelo
no era un marco muy fino
para el romance inaugural.
Me dijo que entre nosotros
había una diferencia cultural.
Ella prefería el campo abierto,
me habló del Fauno griego
y del pesebre de Jerusalén,
y de cómo su tía
era conocida en Rochester.
Yo la abracé de nuevo
y le apreté los senos
y la vaca respondió.
Me prendí como un potro,
pero la vaca se resbaló.
Entonces comprendí
que tendría un problema:
la Vaca era más grande que yo.
Debajo del puente
intentamos lo imposible
para hacer el amor.
Me explicó que era
la primera vez que se atrevía,
que su madre era campeona
de la Sociedad Rural
y que la Cabaña Alas,
a la que pertenecía,
daría parte a la policía
si no regresaba
antes de Navidad.
Como era 5 de enero
le dije que no se tenía
que preocupar,
la cuestión era
cómo resolver el problema
de la posición y el lugar.
Pensé pedirle
que se pusiera encima
pero me podía aplastar,
me susurró que empujara
con fuerza, porque no me sentía
pero ése era un problema natural.
Al final no hicimos nada,
como se imaginan,
y la Vaca frustrada
se quería masturbar.
Nos despedimos. Convinimos
que entre nosotros
había una diferencia social,
y que así, al menos,
no existía peligro
de que quedara embarazada
y naciera un Minotauro
en la Sociedad Rural.
Yo llamé a Servi-Flet
y les pedí que me mandaran
un camión. Como pude
hice subir a la Vaca,
y en la noche de luna,
sobre la cubierta del Ford,
cuando las aguas claras
de las estrellas límpidas
hacían vibrar los ecos del amor,
nos besamos tiernamente
y nos dijimos adiós.
Chicago, 1977
Publicación : Alberto Julián Pérez, Madame Ivonne. Chicago: Progress Press, 1978.