Twitter: @Ajulianperez1

ttu.academia.edu/AlbertoJulianPerez



viernes, 26 de agosto de 2016

El partido del domingo. Poema


                                                            Alberto Julián Pérez ©
           
En mi país, los fines de semana,
hombres y mujeres, jóvenes y viejos,
amantes del azar, puesta la fe en el juego,
unidos nos congregamos ante el televisor,
privilegiado escenario de ilusiones y miedos,
a mirar nuestro programa favorito: “Fútbol para todos”.

Sin ser el más fanático de los hinchas,
o el más fervoroso de los creyentes,
reconozco que este deporte inspirado,
lucha ferviente de pasiones para muchos,
fiesta de colores y banderas para otros,
ha sabido conquistar el corazón del pueblo.

La semana pasada nos reunimos en casa de un amigo,
en la Ribera, cerca de Caminito, 
un grupo fraterno de diestros escribas,
esforzados poetas, amantes de la expresión cuidada,
la imagen artesanal y los tonos prosaicos de la lengua,
para mirar el partido de Independiente y Boca,
ilustres clubes, rivales clásicos del sur bonaerense.

Mientras esperábamos que comenzara el partido,
hablábamos de la buena estrella del fútbol de hoy, 
astro brillante,
y de nuestro mundo, intenso y soñado, la poesía.
Este domingo nos había traído Baco un rico tesoro
y amenizábamos nuestra charla con copas de vino tinto.
Pusimos a calentar en el horno las empanadas salteñas,
dulces y jugosas. Era un ágape perfecto. Nos sentíamos felices
como poetas griegos en vísperas de una gran carrera.
Tal vez más tarde, imitando a Píndaro, uno de nosotros
compondría una ingeniosa oda a nuestro equipo favorito.

Los arduos rivales salieron a la cancha.
Sonó el silbato y comenzó el partido.
Los jugadores de Boca se pasaban, precisos, la pelota
y corrían, azules y veloces, por el campo verde.
Los de Independiente, encendidos, los contenían,
y valientes, contraatacaban.

Parecían figuritas de colores sobre un tablero encantado,
animando una contienda de blasones enemigos.
Ágiles, se desplegaban por el terreno de juego
como en la coreografía de una danza.

Los equipos mostraban su fuerza y su garra.
Aquí, en Argentina, jugamos al pelotazo.
El fútbol nuestro es un arte barroca.
Somos el potrero del mundo.
El estilo criollo se expresa en el amague y la gambeta,
el tiro en profundidad y el pase sesgado,
la corrida espectacular y la rodada dramática.

Dije a mis amigos que los poetas en ciertas cosas
nos semejábamos a estos eximios atletas,
combatientes también nosotros en la pugna
entre el ego y el mundo, la realidad y los deseos.
Sabíamos, como esos héroes, vivir con intensidad
nuestro arte, ser apasionados, darnos sin retaceos,
expresar con valentía los anhelos, defender nuestros colores
y levantar una bandera. Casi siempre
nos identificábamos con un “club” o con un grupo,
creíamos, para bien o para mal, en nuestras ideas
y exhibíamos el dolor y la felicidad en nuestros versos.

Yo quería escribir, les dije, una poesía arriesgada,
sincera; me horrorizaba la poesía domesticada, segura,
impersonal, que cultivaban muchos poetas
para deleitar a los puristas. Buscaba crear
una metáfora esforzada, comprometida,
llena de fuerza plástica, como la gambeta,
que me condujera en su desplazamiento irresistible al gol.

Les conté el sueño que había tenido la noche anterior.
Carlitos Tévez, el gran delantero de Boca, jugaba,
adolescente, vestido de blanco, un partido de fútbol
en el potrero de Fuerte Apache.
Pasaba el tiempo y su equipo no lograba ganar.
Bajó del cielo una paloma nívea envuelta en luz dorada
y se detuvo, aleteando, sobre el campo de juego.
Traía un laurel verde en su pico. Los muchachos,
fascinados, interrumpieron el partido.
El Apache sintió que el ave lo llamaba.
Una fuerza desconocida lo elevó. La paloma
comenzó a volar por encima de las torres hacinadas
de nuestra villa miseria de altura. Carlitos
la siguió por el cielo como si nada. El público del barrio,
sorprendido, le pedía que bajara, pero él no escuchaba bien.
Les hacía señas de que gritaran más fuerte.
La paloma fue hacia él y lo envolvió en su luz.
Tévez, iluminado, descendió al terreno de juego.
Llevaba una ramita de laurel en su mano.
El Apache corrió con la pelota, pateó con fuerza
e hizo el gol de oro. El balón entró, fosforescente,
en el arco contrario. Me pareció que ese sueño
era un signo divino premonitorio. El dios del fútbol
trataba de decirnos algo a nosotros, sus creyentes.

En la poesía, como en el juego, aseguró
convencido alguien, los milagros cuentan.
El nuestro, poetas ilustres, es el partido del espíritu,
argumentó otro. Es por eso que hace falta el ritual,
intervine yo: los oráculos, los rezos, el asado,
y cada tanto un picadito entre amigos.

Terminó el primer tiempo. El partido iba O a O.
Había llegado la hora de comer las jugosas empanadas.
Las sacamos del horno, calentitas. Fraternos,
nos las repartimos. Las empanadas de carne
son el alimento consagrado de nuestra patria criolla.
Servimos vino tinto y levantamos las copas.
Brindamos – democráticamente – por el mejor equipo.
Yo aproveché el momento y pregunté a mis amigos:
¿Para Uds., quién es mejor poeta en el juego de la poesía?
¿Darío o Martí?¿Neruda o Vallejo? ¿Cardenal o Paz?
¿A quién le asignan más puntos en este campeonato?

(En Argentina la poesía es tan esencial como el fútbol,
y si no…¡pregúntenles a los hinchas de Boca!)

Cada uno dio su respuesta. A mi turno yo respondí:
prefería Martí a Darío, les dije, aunque era consciente
que el vate nicaragüense era nuestro poeta más completo.
El Apóstol de Cuba, sin embargo, era el soldado de la poesía
y nos había enseñado a dar la vida por nuestras ideas.
Prefería Vallejo a Neruda, porque el cholo inmortal
había escrito con su alma andina y había puesto el corazón
en el lenguaje balbuciente de la tierra; Cardenal a Paz,
por su compasión cristiana, y su amor y lealtad
a los oprimidos y a los olvidados.

Existe, a mi criterio, una poesía histórica y una poesía nueva.
Debe cada uno pensar para qué equipo juega.  
¿Sos neobarroso o coloquial? ¿Exquisito o realista?
¿Burgués o maldito? ¿Colonizado o Revolucionario?

Quisiéramos poder renovar con fervor la poesía
y que el pueblo se reconozca, generoso, en nuestros versos.

La poesía es el ritual máximo de las letras,
la escalera de oro que nos lleva al cielo.
El premio: la vida eterna del poeta
en el paraíso de los justos de nuestra lengua.

Empezó el segundo tiempo. Volvimos al partido.
Había que desnudar la verdad y demostrar al enemigo
quién merecía estar más cerca de dios y de sus ángeles
en el estadio estelar. La sed de gol los dominaba.
Los jugadores se esforzaban por colonizar el área
del equipo rival y gritar un tanto.
Perseguían, tenaces, al que tenía la pelota. Lo trababan
y rodaban con él por la verde grama. Veloces, se levantaban
y seguían corriendo. Lanzaban un córner. El balón
trazaba en el aire una curva perfecta y descendía frente al arco,
tentador e inocente. Los jugadores, bailarines de pies ligeros,
con vehemencia se contorsionaban para dar el gran salto,
cabecear y vencer al portero. Lo intentaban una y otra vez,
sin resultado. El tiempo, moroso, transcurría,
verdugo de las esperanzas de la popular y la platea,
y de las ilusiones del público televidente.

Ya empezaban a sentir cansancio nuestros gladiadores.
Mostraban, ante el rival, su impaciencia y nerviosismo.
¿Quién ganaría la emblemática contienda de los barrios porteños?
¿Los rojos de Avellaneda o el equipo de la Ribera?
Finalmente, en el último minuto, llegó el esperado gol de Tévez,
Gloria de Fuerte Apache, Heraldo de la Bombonera,
y la mitad más uno del país se puso de pie (¡pobre Independiente!).
El partido terminó como deseábamos, con el triunfo de Boca.
¡Qué larga y tortuosa había sido la espera!

Emocionados, nos abrazamos los poetas.
Sentíamos la pasión y el amor de las banderas. Éramos,
también nosotros, parte de esa hinchada que ovacionaba a Boca
(en el barrio los pasantes hacían sonar las bocinas de sus autos,
se escuchaban los vivas de los vecinos que estaban en las calles).

El mundo del fútbol, fervor de multitudes, dije a mis amigos,
no estaba hecho de palabras como la poesía
pero, igual que en nuestros versos, abundaban en él los símbolos.
Tenía su gramática y sus reglas, sus expresivas gambetas
y sus circunloquios de potrero,
sus corridas líricas y rítmicas intensidades,
sus estilizadas elipsis frente al arco,
sus jugadas preferidas y temas favoritos,
sus creencias, su historia, sus héroes y sus mitos.
Era un deporte que admitía, como el arte verbal,
lecturas e interpretaciones diversas.

Contentos y exaltados por el triunfo, los poetas
levantamos las copas y brindamos
por Boca Juniors y por César Vallejo.
Había concluido el ágape del domingo.
Dichosos, nos dispusimos a dejar el hogar amigo
donde habíamos compartido el calor del alimento,
el fuego patrio del vino
y el alegórico culto del fútbol,
y nos despedimos, con abrazos y largos apretones de mano.
Se sucedieron las bromas y las expresiones de deseo,
y las burlas a nuestros versos, pobres
frente al universo repleto de sentido.

Fortalecido por la camaradería y la poesía
(y por el triunfo, amigo de los rapsodas),
me alejé del barrio multicolor de chapas
del maestro Quinquela, el viejo puerto,
y por la Avenida Brown regresé
a mi pobre pensión de San Telmo,
en la antigua casa que fuera de Fray Mocho,
por encima del café “La poesía”,
donde, día a día, monje azul y artífice,
esculpo y cincelo mis versos
y elevo a la memoria de la lengua
una pirámide de palabras y de sueños.

Publicado en G.E.P.A.N., Agosto 26, 2016. Web.



miércoles, 17 de agosto de 2016

El Gran Cacerolazo del Obelisco. Poema


                                                                                                Alberto Julián Pérez©


El día 14 de julio del 2016, al anochecer,
los vecinos de Buenos Aires nos reunimos en el Obelisco,
testigo ocular de nuestra historia,
grácil vigía y atalaya de este Fuerte, la Patria,
para participar en el Gran Cacerolazo Nacional.

No soy el único cronista que informo de este evento,
pero uso el verso, y este cacerolazo, por lo tanto,
se integra a la historia de nuestra poesía,
para satisfacción de sus  héroes
y de sus heroínas, las esforzadas mujeres argentinas.

Utilizo el lenguaje expresivo que mi pueblo ama y entiende:
imágenes visuales llamativas y decoradas metáforas cumbieras,
para sellar el nuevo pacto con las multitudes argentinas
en la forma poética del siglo veintiuno.

Podrá mi ojo público viajar
por el espacio de las realizaciones de mi gente,
testimoniar desde el cielo su gran exquisitez,
y embriagarme, drone menudo,
con las cosas delicadas de su espíritu.

Hemos comenzado nuestra jornada nacional de Resistencia
(palabra sagrada en la lengua de mi tierra,
honrada por la paciencia de luchadores innumerables
en las horas aciagas del terror y la dictadura)
contra un gobierno apátrida, oligarquía estéril y cipaya,
que hambrea a su pueblo trabajador
y nos trata como a salvajes o a bárbaros.

Impactante es la riqueza verbal de mi gente,
los muchos hallazgos de su expresión arisca y viva,
por eso mi indignación choca con la policía del idioma.
Ya tuvimos, felizmente, nuestros libertadores de la lengua
y de la poesía, y hoy podemos elevar el lustre de nuestra voz
y dar lecciones de sensibilidad
a los vendepatria y a los reaccionarios.

Somos una literatura experimentada,
contamos con nuestros santos y nuestros mártires,
y guay de quien se digne ofender su memoria,
porque saldrán los poetas, con las filosas espadas de sus plumas,
a despenar a los asesinos de sus versos.

Para los ricos de mi querida Argentina, sépanlo,
nunca hubo nada más despreciable que su propio pueblo
y así lo demuestran, crueles Nerones,
con sus actos y medidas de gobierno.
Por eso nuestra gente ha decidido,
como la Difuntita Correa, digna y dulce,
luchar, heroica, por sus derechos.

Odiamos los privilegios de nuestros ilegítimos oligarcas,
sirvientes arrogantes de amos extranjeros,
que luego de enlutar al país durante cinco décadas
con sus desgobiernos militares y sus Juntas de asesinos
en el pasado siglo, vienen hoy
con sus vástagos educados en universidades gringas
a promover más hambre, más miseria, para nuestros hijos.

Jamás se cansan los ricos de atormentar a los pobres,
así está escrito, y si no, lean el Evangelio,
y visiten las villas miserias que languidecen
junto a los barrios boutiques de los poderosos,
y vean a los niños descalzos mendigar por las calles
y recoger comida de la basura. Por eso,
en este 14 de julio fraterno, nos reunimos, libertarios,
para un Gran Cacelorazo de resistencia popular.

El Obelisco está engalanado de carteles
que vocean nuestra rebelión,
en este día en que florecen, junto a las cacerolas, los paraguas
porque hoy, como en aquel 25 de mayo de 1810,
cuando el pueblo argentino inició su Revolución contra el Imperio,
llueve en Buenos Aires.
El cielo nos acompaña y está llorando por sus hijos
en el espacio alegórico de nuestra movilización popular.

Todo tiene sentido, la ciudad habla,
cada ser y cada objeto son testigos:
estamos en la 9 de Julio, la Avenida más ancha del mundo,
hermanados, Catones heroicos,
en la  gran rotonda florida que abraza al Obelisco,
cantando estribillos y gritando nuestras razones,
expresando nuestra indignación y nuestro enojo,
batiendo, con ritmo canyengue, nuestras cacerolas disonantes.

Las fuerzas policiales, armadas con rifles de asalto, escudos
y bastones, uniformados enemigos y apocalípticos,
acordonaron el perímetro de la manifestación,
y amenazan nuestra seguridad,
mostrando el poco valor que tiene en Buenos Aires la vida.
A nuestra oligarquía, estancieros obesos
e industriales raquíticos, siempre le ha gustado
reprimir con su policía a la gente pacífica,
y mandar, llegado el caso, al asalto,
al mismísimo Ejército Nacional, mercenario del país de los potentados,
para contener el avance de los disconformes,
incitándolo, si hace falta, a disparar contra su pueblo.

Mientras tanto, yo, el poeta, y más que el poeta, el maestro,
el viejo maestro que soy y he sido, y cronista y periodista ocasional
en que me transformo, cuando la urgente situación lo exige,
testimonio, en esta ocasión, para Radio FM La Boca,
y sus radios afiliadas y amigas : FM La Colifata, FM Caterva,
Radio La Milagrosa, Radio Bemba y FM Riachuelo,
el enojo de las masas contra el gobierno
por el aumento indiscriminado de las tarifas
de los servicios del gas y de la luz en un 700 % (increíble no?).

Así sacan las cuentas en mi patria los ricos,
que liquidan con rabia cruel y arrogante
el sudor cautivo del trabajador mal alimentado.

Hay en la protesta mayor cantidad de mujeres que de hombres.
Las cacerolas son el símbolo de la labor continua y esforzada
de las madres en sus hogares, y las combativas y valientes mujeres
quieren hacerse escuchar. Raudas recorren las filas,
amazonas guerreras en la batalla contra la Hidra
de crueles egos de la oligarquía carnicera.

Arrecian los cánticos contra los responsables de la miseria;
tantos crímenes han cometido a lo largo de nuestra historia
que llenan con sus hechos
páginas oscuras de sufrimiento y de oprobio.

Primeras en la fila, se destacan las Madres de Plaza de Mayo,
ancianas esforzadas, armadas, bajo la lluvia, de coraje,
con sus característicos pañuelos blancos;
los miembros de la Tupac Amaru, rostros de bronce, perfiles de hacha,
piden, en sus carteles, por la libertad de la militante indígena
Milagro Sala, prisionera política del gobierno;
varias organizaciones piqueteras agitan
las acosadas banderas de sus consignas;
el Partido Obrero hace flamear su estandarte rojo,
insignia de la guerra de clases;
Barrios de Pie forma ante el muro policial,
barrera sin misericordia, una procesión de conciencias.

Reconozco de pronto, en la muchedumbre, algunos caras:
son los jóvenes estudiantes del colegio de mis desvelos
que se han hecho presentes en esta hora.
Rostros osados, ojos luminosos, sonrisas fáciles,
me siento orgulloso de esos jóvenes centinelas idealistas.
Me gritan : « ¡Profesor ! ». Los saludo agitando mis dos brazos.
« Mire si nos viera Martín Fierro », dice uno. Levanto el pulgar,
aprobando su ingenio. Están en mi nuevo curso
de Literatura Argentina en la « Escuela de la Ribera »,
donde estudiamos y discutimos muchos grandes libros nuestros.
Juntos leímos el Martín Fierro y Operación masacre.
Son muy inteligentes. Me alegra que hayan venido
a esta inolvidable protesta popular. Me enorgullece
la profunda conciencia social de estos muchachos,
hijos de los trabajadores de mi barrio, La Boca,
antigua casa de inmigrantes y refugio de humillados,
cuna ilustre de luchadores anarquistas
y de socialistas admiradores de Almafuerte y de Carriego.

Sé que mis prédicas morales arrecian en mis clases 
(« No te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya mal herido. »),
pero no fueron ellas las que los persuadieron a venir,
sino las ideas emancipadoras de José Hernández y Rodolfo Walsh.

Todos al unísono batimos las cacerolas,
los argentinos somos músicos de corazón.
No hay mejor ritmo que el que nace de la indignación.
En este país pasan muchas cosas.
Protestan las madres de familia, las organizaciones barriales,
el Partido Obrero, los Peronistas, los estudiantes.
Se escuchan cánticos : « Macri,/ basura,/ vos sos la dictadura ».

El Jefe de la Policía da la orden a su escuadrón
de avanzar. Infiltrados de Inteligencia nos provocan.
Escuchamos los insultos: « negros grasas, cabecitas,
muertos de hambre, viejas de mierda,» gritan.
Son las mismas expresiones resentidas y racistas
de desprecio que utilizan
las señoras en Barrio Norte y Recoleta, el enclave de los ricos,
para referirse a sus sirvientes en sus conversaciones.
Para estos agentes y espías del gobierno
los trabajadores no tienen valor humano alguno.

Mientras, en nuestro grupo, por encima del estruendo
de las cacerolas, se escucha, al unísono, nuestro clamor:
« ¡queremos trabajo ! »,« ¡tenemos hambre ! »,
« ¡no podemos pagar las facturas ! », « ¡no al tarifazo ! ».

Es la luz de la voz multitudinaria iluminando
la oscuridad de la barbarie macrista.
Los argentinos hacemos cosas esenciales con nuestro lenguaje,
la palabra para nosotros es un arma cargada de belleza,
bandera de identidad para develar la verdad propia a los hermanos.
Periodistas y maestros nos reconocemos en su dignidad redentora.

La clase popular se bate contra la oligarquía entreguista.
Estela de Carlotto, la viejecita ilustre, Abuela de los desaparecidos,
está allí, y viene a saludarme; la abrazo, me dice « poeta »,
y envía por mi intermedio su saludo
a los jóvenes rebeldes de FM Riachuelo. Yo le prometo
escribir una crónica; aquí cumplo;
poesía e historia siempre se dan la mano.

Es importante dejar testimonio del presente.
Estamos en tiempos difíciles.
La Historia, la Literatura y la Política son los faros
que han iluminado las luchas de los pueblos en Hispanoamérica.
Mañana, seguramente, la prensa oficial infame,
la de los plumíferos serviles, cómplices del poder vandálico
y del capital corrosivo, sembrará sus mentiras.
Explicará que éramos minúsculos y nos había mandado
el Peronismo, y aún el Comunismo,
promoviendo el odio en las falanges macristas.

No es cierto y les explicaré todo, en esta, mi crónica urgente:
la gente salió a la calle porque la calle es nuestra,
y esta élite de vendepatrias, de cipayos al servicio
del capital sangriento que dice que nos gobierna,
no va a meternos miedo. Los conocemos desde hace tiempo.
Estos Gerentes son los hijos y los sobrinos de los Generales,
que asesinaron a los familiares de numerosos jóvenes
que nos acompañan en esta protesta.
Entre ellos hay muchos hijos de desaparecidos.
Recuerdo bien esa época infame, porque yo estuve en la patriada
de los que luchaban por la libertad,
y supe del poder de fuego de sus armas de exterminio,
gemas sangrientas, obsequio del Pentágono.

La resistencia de los pueblos
contra los amos imperialistas que nos explotan
es tan antigua como el continente Americano.
Producto somos de ese abuso incesante
y brutal del capital sobre el trabajo, esclavo o libre,
más esclavo que libre finalmente. El capital paga
el sudor del obrero con balas y con hambre.
En nuestra lucha, nosotros nos civilizamos
y aprendemos a ser libres,
mientras los patrones, esclavos de su inhumanidad,
buscan hundir al mundo en el terror y la barbarie.

Este poema aspira a ser esa escuela
donde los hijos aprendan un día de las luchas de sus padres.
Mis crónicas son barrocas y melodramáticas,
excesivas  y desbordantes como nuestra gente.
Sus comparaciones y metáforas dan ejemplos
de nuestro valor, de nuestra fe y coraje.

Llega la hora de terminar la patriada. Vamos plegando
con amor nuestras banderas.
Nos despedimos de esa viril torre marmórea
y catedral porteña, el Obelisco,
blanquísimo contra el fondo oscuro del cielo nocturno.
Testigo es del espíritu de lucha de sus hijos.
Empezamos poco a poco a desconcentrarnos
sobre la gran explanada de la 9 de Julio, y la Avenida Corrientes,
nerviosa de marquesinas luminosas y teatros acogedores.
Al fondo de la Gran Avenida de nuestra independencia,
en el edificio del Ministerio de Obras Públicas,
se ve el mural azul y blanco, titilante de luces,
con el retrato gigante de la inmortal Evita, custodio de los humildes.

Hormigas sigilosas, gritando a voz de cuello nuestras consignas,
prometemos volver, horadar con nuestro trabajo
las leyes injustas con que nos aplastan
y nos anulan los crueles dueños del capital,
y ocupar las calles que son nuestras,
trazar nuevos caminos a la esperanza.
Pedimos justicia. Somos la caridad y la fe.
Nos vamos en silencio a nuestros hogares empobrecidos,
a comer el pan amargo de la desdicha.

Pueda, amigos de la radio, La Boca del Riachuelo, 
nuestra antigua República de chapas, colorida y costumbrista,
a la que fiel regreso, pronto levantarse
de su postración de barrio marginado
(marginado, que no desheredado, porque es heredero
de los murales alegóricos de Quinquela Martín,
los tangos sentimentales de Juan de Dios Filiberto,
los textos morrudos de Washington Cucurto
y los poemas argentinos de Alberto Julián Pérez),
víctima y testigo del abuso y el desprecio
que sufren las sacrificadas masas populares,
y con todos los otros barrios, sumarse al Gran Cacerolazo
de la insurrección, para fundar una República en libertad.

En Argentina necesitamos una nueva revolución:
la de los pobres contra los ricos,
la de los hijos contra los padres,
la de las mujeres contra los maridos tiránicos,
la de los débiles contra los fuertes opresores,
la de los poetas contra los malos políticos.

Qué nos queda a nosotros, los desvalidos, los ignorados,
jóvenes Adanes, sino alimentar esa esperanza,
y desear que, esta vez, las balas de la oligarquía
dirigidas al pueblo, erren el blanco.
Que reconozcan nuestra humanidad queremos.
Por nuestra parte prometemos,
que haremos que comprendan y sientan lo que es la Patria.

La llevamos aquí en nuestros corazones, tesoro espiritual,
precioso tatuaje sin precio. Parece una vieja verdad
o una superstición, pero, aquellos que la han sentido, saben
lo cerca de dios y de la vida que está la antigua casa del Padre,
nuestra Patria. ¿Cuándo empezó todo esto ?
¿Cuándo los héroes se volvieron villanos ?
¿Cuándo los libertadores  se hicieron opresores?

¡Oligarcas, vendepatrias, asesinos ! ¡Arrepiéntanse de sus crímenes!
Están a tiempo. Generales de Latinoamérica, que han olvidado
quién es el enemigo, y han apuntado las armas contra sus ciudadanos;
oficiales criminales de la Armada que lanzaron a las madres
y a sus hijos al vacío desde los aviones militares;
crueles torturadores de jóvenes estudiantes;
abogados vueltos policías, que persiguen al débil,
en lugar de protegerlo;
jueces de las cortes mediáticas de Justicia,
que montan el show a pedido de sus amos,
y crean cortinas de humo cómplice para ocultar sus latrocinios;
explotadores racistas que pagan con nuestra sangre
intereses a sus patrones extranjeros;
nuevos gerentes de los capitales de sus padres genocidas;
terratenientes, nietos de ladrones de tierras y asesinos de indios;
sepan que esta es también su Patria.

Somos el Pueblo, y aceptamos compartir con Uds. nuestro país,
aunque no lo merecen. Bárbaros, cipayos, apátridas…
« Arrepiéntanse, únanse a la civilización de los justos »,
clama la voz en el desierto. Los pobres todo lo perdonamos, 
porque somos nosotros, por voluntad de Dios, la Verdad y la Vida,
y les haremos un lugarcito, aquí, en este fogón abierto,
junto al rescoldo tibio de nuestros corazones.



                           Publicado en G.E.P.A.N., 16 de agosto, 2016. Web.