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jueves, 1 de septiembre de 2022

 La Virgen Cabeza: la seducción de la barbarie 

                                                                Alberto Julián Pérez 

En la novela La Virgen Cabeza, 2009, Gabriela Cabezón Cámara (Buenos Aires, 1968), presenta a sus lectores dos realidades sociales enfrentadas. Qüity, una periodista de policiales, aventurera y liberada, de un importante periódico, dueña de un hermoso departamento en el barrio residencial de Palermo, en Buenos Aires, visita la villa miseria El Poso, junto a su amante Daniel, oficial del Servicio de Inteligencia, para escuchar un sermón de Cleo, un travesti y santón, que hace milagros y conversa con la Virgen María. Los villeros de El Poso viven en condiciones humillantes, “bárbaras”, inhumanas, en ranchos y viviendas improvisadas, rodeados de basura. Son las víctimas de una sociedad insensible y racista, dispuesta a defender sus privilegios, que los apoda “cabecitas negras” y los trata con superioridad y desprecio. Sufren la discriminación de aquellos que se consideran “civilizados”: las clases medias educadas y los sectores ricos. La villa es una suerte de campo de concentración, un espacio cerrado y amurallado, vigilado por cámaras policiales (Fernández 11-120).

La trama hagiográfica burlesca de la novela parodia la vida de los santos. Los villeros tienen fe en Dios. Son personas generosas. Los intelectuales pequeño-burgueses que los visitan son individuos escépticos y egoístas, unos sabiondos que desprecian la religión y piensan que pueden resolver todas las dudas interpretando racionalmente la realidad.

Los personajes “fronterizos” de esta obra pasan del amor heterosexual al homosexual. Son capaces de transformarse y cambiar. El transformismo resulta la norma, no la excepción. Leo es un travesti y un médium iluminado, que habla con la Virgen “cabeza” y comunica su mensaje a sus seguidores. Qüity, la periodista, se enamora de la “mujer” Leo y tiene una hija

1con ella/él, haciéndolo padre/madre. Lo femenino desplaza a lo masculino. Su trama es una obsesiva búsqueda de la mujer: de la Virgen, de la hija, de lo femenino en el hombre que es Leo. El mundo del deseo lesbiano es un motor central en su narración (Maradei 123-40). Asocia el deseo lésbico a la teleología de la salvación en la madre.

Al final de la historia Qüity y Leo huyen de Buenos Aires y se van al mundo opulento del capitalismo imperialista norteamericano, adonde logran realizar sus sueños, renunciando a una identificación de clase. No poseen una identidad social estable. Son personajes lábiles: la figura que define el mundo de Cabezón Cámara es el desplazamiento. Desplazamiento de un sexo al otro, desplazamiento de la ciudad burguesa a la villa abyecta, desplazamiento de la pobreza a la riqueza, del desamparo al poder. Sus personajes triunfan y se realizan como individuos.

Qüity descubre el amor romántico y su identidad lesbiana al mismo tiempo. Se enamora de Cleo, el travesti místico. La Virgen hace un milagro y los salva. Les trae una hija, Cleopatrita. El amor triunfa. Es el móvil principal de los personajes. La destrucción y la muerte, sin embargo, acechan y crean obstáculos. Eros lucha contra Thánatos.

La autora narra la historia de manera discontinua, creando un collage narrativo desafiante para el lector. Qüity, la narradora periodista, escribe en un lenguaje culto, por momentos poético, en otros coloquial e irreverente, que se enriquece constantemente en su relación con el mundo de afuera. El periodismo mira a la calle. Ella es reportera de policiales, la violencia y el crimen forman parte de su vida cotidiana. El mundo policial: represión, vigilancia, persecución, lo invade todo. Daniel, el amante de Qüity, es policía y agente de la SIDE. La villa miseria está circundada de cámaras de vigilancia policial. Es una sociedad de perseguidos y perseguidores. Las “fuerzas del orden” terminarán asaltando la villa y librando una batalla en ella.

La policía forma parte del afuera lábil. En la novela no hay realidades fijas: el policía es también criminal, usa la institución para delinquir. La periodista, a su vez, se va a hacer villera. Es mujer y se va a enamorar de un hombre-mujer, con quien va a tener una hija. Las fronteras se diluyen y los sexos se transforman (Miller 340). Todo puede ocurrir. Quien legitimará esto es la Virgen milagrosa. Ella hará posible todas las transformaciones. La Virgen villera es una virgen transformista, como su médium, el travesti Cleo. El transformismo en la novela es un poder gestador de vida, un poder materno. La Virgen lo representa. Dios está del lado de los pobres. La periodista, escéptica, racional, pequeño-burguesa, no lo quiere creer, pero en la historia la fe triunfará sobre la razón, el milagro destronará el escepticismo, el amor (amor cristiano) irá cubriéndolo todo y redimiendo a los seres a los que llega, independientemente de su sexo o su condición social. Es amor de vida.

La trama presenta un ciclo agónico, en que los personajes experimentan el amor, la muerte y el renacimiento. Muere el niño Kevin, que para Qüity es como su hijo, y nace Cleopatrita, hija de su carne. La vida triunfa sobre la muerte. Al final, derrotan al mal: Daniel asesina al Jefe, responsable de la masacre de la villa, mientras Qüity mira como todo sucede por su teléfono celular. El dios de Qüity necesita la venganza. Es un dios racional. Cleo la censura, le dice que no lo mate, que la Virgen no lo desea. Cleo cree en el perdón y la compasión. Es cristiano, un santo travesti. Un santo sexuado. Un santo con un “porongón”, que le levanta la faldita a Qüity y se la “clava”, y nace el amor (165). Después nacerá la hija de ambos, y el “puto” Cleo, un hombrón de un metro noventa de estatura, se hará “lesbiana”.

En esta novela todo está deformado: Cabezón Cámara diseña un modo narrativo “grotesco”, característico de la visión rioplatense de la vida. Es un drama y una comedia al mismo tiempo, un mundo carnavalesco y serio-cómico, donde se mezclan las clases sociales y los lenguajes. Como narrativa dramática, se desarrolla en un espacio cerrado: la villa, en la primera parte, y, en la segunda, el “bunquer” de Miami, donde Qüity, Cleo y Cleopatrita se

han transformado en una exitosa familia del espectáculo, al estrenar allí el musical “La Virgen Cabeza”, del que Qüity escribió el guión y las letras de las cumbias, y Cleo es la estrella principal del elenco que la interpreta. Cleo consigue lo que quería: ser reina del espectáculo, y Qüity lo que buscaba: su hija. La historia tiene un final feliz.

A pedido de la editora, Cabezón Cámara escribió un Epílogo, con un segundo final abierto, que contradice al anterior: Cleo abandona a Qüity y a su hija, escapa a Cuba, adonde va a difundir su mensaje cristiano, y se lleva con él a la Virgen y todo el dinero (Sosa 139-42). Qüity la acusa de “chorra” y la va a buscar a Cuba.

La narración de la historia, como le recriminará Cleo a su “esposa”, empieza por el final y Qüity escribe lo que ella quiere (25). Cleo no está de acuerdo, interfiere y le deja grabaciones, en que cuenta las cosas a su modo y corrige a Qüity. Es un contrapunto cómico en que se cruzan dos mundos y dos lenguajes: el modo “elevado” y culto de escribir de la periodista, y el modo oral y grosero del habla villera. Qüity, la narradora principal, incluye en su discurso y su descripción citas directas del habla de los otros. Deja el barrio bohemio en que vive en Buenos Aires, Palermo, y se va al El Poso, la villa miseria que está, supuestamente, en la parte norte del Gran Buenos Aires, junto a la Panamericana, antes de llegar al delta del Tigre, adonde vive Cleo, la travesti iluminada a la que la Virgen le habla. “Poso” quiere decir resto, lo que se deposita en el fondo, y eso es la villa en la novela: un sitio “hundido”, que se inunda, y en el que se juntan todos las cosas y los seres descartados por la sociedad consumista.

La villa es literalmente el lugar donde los pobres viven en la mierda. A esa abyección han condenado los dueños del poder y del dinero a su gente más pobre. La “monstruosidad” de sus personajes testimonian esa historia. En la polémica entre la “civilización” pequeño- burguesa y la “barbarie” villera, Qüity se sitúa del lugar de la barbarie: es una conversa, que se ha quedado a vivir en la villa por amor. Primero, por amor a Kevin, el precioso niñito que la “domestica” y la hace sentir madre; luego, por amor a Cleo, la carismática “santa” que habla

con la virgen. Cleo posee todo para Qüity: es alta, “mujer”, tiene un “porongón” y puede transformarse. Le ayuda a atravesar espacios físicos y sociales, a salir del encasillamiento de su clase. Aun así, a Qüity le cuesta creer. Para ella, la madre de dios, la Virgen, no es más que una escultura tosca de cemento, hecha por un artista aficionado de la villa. Cleo solo podrá llevar de ella a Estados Unidos la cabeza, lo único que le quedará después del ataque policial.

Cleo cree en la Virgen, pero admite que Dios puede hacer “cagadas”. ¿Por qué no detuvo la matanza en la villa? Cleo es el pueblo: no hay “prueba” alguna lo suficientemente fuerte como para destruir su fe. La autora levanta al caído. Muestra su humanidad, su ternura, su capacidad de amor, su inocencia frente a la violencia desencadenada contra ellos, por las fuerzas represivas genocidas de la “civilización”.1

La visión de la literatura que presenta Cabezón Cámara es ambiciosa y desafiante. Es una escritora que critica la forma en que la literatura nacional ha representado a los sujetos más vulnerables: llevada por un feminismo militante y su filosofía transgénero, cuestiona el lugar que han dado a la mujer en la literatura, y la univocidad con que la cultura patriarcal ha presentado a los sexos, como identidades indelebles, imborrables. En su obra, la sexualidad del hombre y la mujer es lábil, transitiva. Ve la cultura desde la perspectiva del travestismo. El travesti Cleo es un personaje central en esta novela: su héroe/heroína. Qüity, la periodista que lo descubre y se enamora de él/ella, nos permite introducirnos en su mundo marginal y transgresor. Nosotros vemos lo que sucede desde la perspectiva de Qüity.


1 Percibimos en esta novela una polémica subterránea de la autora con la tesis sarmientina sobre la civilización y la barbarie. Sarmiento, en el Facundo, condenaba al “bárbaro”, al gaucho, como un sujeto amenazante para la civilización. Tanto Sarmiento como Echeverría, en “El matadero”, veían al gaucho como un ser primitivo, violento, instintivo, que defendía la tiranía de Rosas y no comprendía el orden liberal que ellos querían instaurar. La interpretación de Cabezón Cámara disiente con la tesis de la Generación del 37: rescata la humanidad de los seres desheredados. Para la autora las masas “bárbaras” se están defendiendo de la violencia que ejercen sobre ellos las clases dominantes (Pérez, “El país del Facundo”, Imaginación literaria y pensamiento propio 19-29).


Cleo se comunica con la virgen y, gracias a él/ella y a la Virgen Cabeza, las dos se salvan y se hacen ricas en Miami. Allá Qüity deja de ser “mera” periodista y se dedica a escribir literatura, y Cleo se consagra como actriz, cantante y diva.

La autora sitúa la historia de la novela, que fue publicada en 2009, en un tiempo futuro, 2035. En su trama, Maradona, nacido en 1960, tiene 75 años y Susana Giménez es una anciana en silla de ruedas, inválida. La Virgen Cabeza hará el milagro de devolverle el uso de las piernas.

Cabezón Cámara escribió La Virgen Cabeza, que no llega a doscientas páginas, en varios años de trabajo. Esto se nota en el cuidado de la escritura. Ha declarado que al escribir entra en estados de inspiración y de rapto (Chiani, Principi, Sánchez, Audran 17-39). Notamos como la prosa se desliza hacia la poesía y la reflexión conceptual.

Qüity no sigue en su relato un modo narrativo lineal. Selecciona cuidadosamente los hechos que va a contar, formando un “collage” de momentos diversos del pasado. Domina la narración la ley de contigüidad, que identifica al desplazamiento dominante. La autora ordena una narración metonímica, donde los seres se van desplazando y contaminando, unos de otros. Sigue la evolución del sentido del lenguaje: metonimia y metáfora son figuras modélicas polares. Emplea ambas: inicia la narración con una gran metáfora: “Pura materia enloquecida de azar...es la vida” (9). La metonimia está regida por el azar: el sentido se desplaza sin dirección fija. Dice Qüity: “Mis pensamientos eran cosas podridas, palos, botellas, camalotes, forros usados, pedazos de muelle, muñecas sin cabeza, la reflexión del collage de desperdicios que la marea deja amontonados cuando baja...” (9). Su pensamiento va acompañado de un gran sentimiento de pérdida, de un duelo.

La primera escena de la novela tiene lugar en una de las islas del delta del Paraná, donde ella y Cleo están esperando el momento de escapar de Argentina, después que la policía arrasó con la villa, matando a más de cien villeros, entre ellos al niño Kevin. Dice Qüity: “A mí el dolor me fundió con las cosas y me recortó de todo...Permanecí doblada sobre mí misma en posición fetal...” (10). Muerte y vida coinciden simultáneamente en su experiencia: llora la pérdida de su hijo adoptivo, mientras siente en su vientre a la hija que le está creciendo. En ese momento su amado/amada le asegura que Kevin está en el paraíso, jugando en una PlayStation y ella repite: “No hay dios (10). Cleo solo atina a decirle que ella viene con amor.

Qüity reconoce que se ha abierto un proceso irreversible: ha tomado conciencia de la muerte. Dice: “...cuando se abre la conciencia de la muerte o la muerte a la conciencia algo se abisma en el centro del ser, se fisura de nada y la nada lacera...angustia, asfixia, obsede...” (11).

Sueña con el niño Kevin, hijo de Jessica, al que ella ama como propio. Había visto en filmaciones el momento en que la policía lo mató. Dice: “Su muerte había terminado de alumbrar mi maternidad, me había hecho madre de él, que me contaba en la cocina de mis sueños qué había pasado esos días que no nos habíamos visto” (13). Se abrazaba a sí misma y acariciaba su vientre, en el que latía algo que no era ella; dice: “Lo que latía era mi hijita y yo me agarraba el vientre con las manos para abrazarla” (14). Durante meses ella y Cleopatra se enconden en el Tigre. Qüity no se levanta de la cama y Cleo le hace de “padre” y de “madre” proveedora.

Qüity escribe la historia en Miami, donde ha comenzado una nueva vida junto a Cleo. Es parte del libro con el que planea lanzarse al mundo literario. Va introduciendo progresivamente a los personajes que participan en la trama. Ella y Cleo son los principales. También los niños y la Virgen, porque esta novela es un misterio mariano. El amor a la virgen, a la mujer y a los niños se muestra en cada página. Los hombres tienen en esta obra un papel secundario y subalterno. Cleo es una excepción, pero la narradora no lo reconoce plenamente como hombre, a pesar de que tiene un hijo con él. Cleo es el “puto”, el “travesti” del que se enamoró. Ella habla de él como mujer. Es, en este sentido, una novela “andrógina”, donde la autora muestra una alta dosis de autoestima hacia sí misma, como mujer lesbiana, y hacia las otras mujeres. Mira con desconfianza a los hombres, que casi siempre, salvo excepciones (la excepción es el amante de Qüity y su “ayudante”, Daniel) aparecen como criminales y destructivos. La Bestia es un vigilante psicópata, y el Jefe, un policía ladrón, responsable de la masacre que destruye la villa y asesina a numerosos villeros. Al final de la novela prevalece la justicia, el bien vence al mal: Daniel mata al Jefe.

Los policías son parte de una fuerza enemiga. Los villeros, las mujeres y los travestis sufren sus arbitrariedades y sus abusos, y tratan de defenderse como pueden. La policía utiliza a los “chicos”, los adolescentes villeros, para robar y cada tanto matan a alguno. El mundo que presenta Cabezón Cámara es monstruoso. La violencia amenaza la vida de los marginados. Quity defiende a los débiles, los villeros, y denuncia el mecanismo destructivo y perverso de la sociedad de clases.

En el capítulo siguiente, Qüity narra lo que aconteció hasta el momento que salen de la isla del Delta, van a Montevideo, y de allí a Miami. Es una escena de amor familiar. Qüity y Cleo se comportan como pareja. Cleo es “toda hogar, mate y medialunas...” y la llena de mimos (17). Dice que es “...pura alegría blanca y radiante y maricona y devota y enamorada y está siempre como entre boleros de novia camino al altar” (18). Qüity se deja llevar “...por la alegría de estar viva”. Siente a su hija en su vientre. Cleo le dice que van “a ser madres” las dos. Miami está llena de “gusanos”: cubanos anticastristas que llegaron allá. Qüity se pone ropa de hombre para escapar y Cleo usa la ropa de Susana Giménez. Daniel les entrega los documentos, con los nombres cambiados para su nueva vida: Qüity pasa a llamarse Catalina Sánchez Qüit y Cleo, Cleopatra Lobos.

Luego le llega a Cleo el momento de dar su versión de lo sucedido. Él también desea contar su historia, pero ya que carece de habilidad para expresarse por escrito, recurrirá al habla: graba episodios que considera importantes. Está junto a él su hija Cleopatrita. El tiempo ha pasado. Ya Qüity y Cleo están ubicadas en Miami y ha nacido la hija. Leo cuenta, desde su

perspectiva, la historia de cuando Qüity llegó a la villa miseria por primera vez. Era reportera y vino con Daniel. Daniel era policía y le habían asignado tareas de espionaje. Era amante de Qüity y la protegía.

Leo usa un lenguaje coloquial vulgar y colorido, lleno de humor. Dirige su grabación a su amante. En muchos párrafos la incluye como interlocutora directa, anticipando lo que esta podía pensar de la situación. Cleo cuenta sus intimidades sexuales: ella terminó teniendo sexo con Daniel, y Qüity adoraba besarle los pezones de los pechos que se había implantado. Habla también del éxito económico que están teniendo en Miami con la representación de la ópera cumbia, que Qüity escribió y ella interpreta.

El día que Qüity y Daniel llegaron a la villa, Cleo tenía todo organizado para hablar con la Virgen y rezar con sus seguidores. Los visitantes tuvieron la oportunidad de presenciar un milagro: mientras Cleo rezaba, Susana Giménez, que tenía su cuerpo paralizado y estaba en una silla de ruedas, se puso de pie y pudo caminar.

Cleo se refiere a sí misma como la “madre” de María Cleopatra. Se queja de la manera en que su amiga se comporta, y le dice que “ella” tiene que hacerlo todo y es la única que se ocupa de la nena.

Progresiva y gradualmente Cabezón Cámara va presentando al lector las diferentes partes de la historia. Qüity describe de manera detallada la relación que tuvo con Daniel, su amante. En esos momentos está feliz, y se siente tranquila y segura en su casa de Miami. Es rica, está rodeada del cariño de Cleo y de su hijita.

Todo sucedió gracias a la Virgen Cabeza. Compusieron una ópera cumbia y se hicieron célebres. Qüity está, además, escribiendo un libro. Describe a Daniel, su amante, funcionario de la SIDE, la Agencia Federal de Inteligencia. Es un hombre mayor que ella. Había estudiado Letras, como Qüity, sin terminar la carrera. Los unió el trabajo, el deseo de ser escritores, y el gusto por las drogas, la “merca”, que compartían. Ella era reportera de noticias policiales, y

gracias a eso había conocido el submundo de la droga en Buenos Aires. Sus fuentes eran policías, traficantes, jueces, abogados, que “se fueron haciendo mis amigos, mis amantes, mi familia” (36). Daniel le trajo la historia de la travesti Cleopatra. Era el material perfecto para escribir un buen libro. El tema le pareció irresistible: la vida de “una niña...chupapijas, una santa puta y con verga”. Podría ganar dinero “...y volver al principio, a la literatura, a los griegos, a ...las traducciones y a ...las polémicas de academia” (36). El deseo de realizar su destino literario la precipitó en la historia.

Daniel, por su parte, buscaba aprehender algo inmaterial: el aura, la espiritualidad de la gente. Quería tener prueba de su existencia y usaba una cámara Kirlian para captar el halo que rodeaba a las personas. Cuando Qüity escribe, ya en Miami, Daniel está muerto, pero no explica cómo murió este singular fotógrafo de almas (34). Viven en un mundo dominado por la violencia, y Qüity anda siempre armada con un revólver.

Cleo, de niño, había sido maltratado por su padre. Este lo castigaba por “puto del orto” (38). Él soñaba “ser como Susana”. Se volvió transformista. La policía había puesto cámaras de vigilancia en la villa, y Cleo, consciente de que lo filmaban, se sentía una diva, y actuaba como si fuera Susana Giménez. La policía lo llevó preso y en la comisaría lo violaron en manada. En su celda tuvo una revelación: se le apareció la Virgen, que lo sentó en su regazo, le habló y lo sanó de sus lesiones. Le pidió que por favor cambiara de vida, que no se prostituyera más y que “se casara” con su hijo, Jesucristo (40). Ese momento de iluminación cambió la vida de Cleo. Hablaba regularmente con la Virgen, y esta no paraba de hacer milagros para él.

Cuando Qüity y Daniel llegaron a la villa por primera vez, el policía que estaba en la garita de entrada les dijo que gracias a la “Hermana” predicadora todo estaba muy tranquilo, y que esta consolaba a todos. Cleo era muy conocida, dijo el policía, y antes de recibir la revelación de la virgen, había sido “flor de yegua”, “laburaba en un bulo...en San Isidro”, y era “carísima, para gente fina” (43). Hasta había sido “amante del obispo”.

Qüity sabía que la policía de la zona tenía conflictos con los vigilantes de la seguridad privada. Tanto los policías de la provincia como los de la privada tenían negocios en El Poso. Allí encontraban a los chicos que robaban y vendían drogas, y a las mujeres a las que hacían trabajar como prostitutas. La policía recibía un porcentaje de las ganancias. La “Bestia”, el jefe de la privada, un hombre cruel y sádico, interfería en el trabajo de la policía de la provincia. Estos competían con él. Qüity había podido comprobar, hacía un año, cómo actuaba la Bestia. Estaba cubriendo para su periódico el caso de secuestro de un empresario en Quilmes, regresaba a su casa y al pasar por la villa se hizo un apagón. Detuvo el auto y poco después vio pasar una figura envuelta en llamas. Se bajó del vehículo y atinó a cubrirla con su tapado y apagar el fuego. La mujer aullaba del dolor, tenía el cuerpo deshecho, y Qüity, acongojada, con la moribunda en brazos, sacó de su abrigo el revólver que portaba y le descerrajó un tiro en la cabeza. No la podía ver sufrir más. Regresó a su departamento en Palermo y allí se drogó durante dos días para soportar el infierno que tuvo que vivir. Después habló con Daniel, que le dijo que era una prostituta de 16 años, al que la Bestia, su jefe, un psicópata místico, había prendido fuego porque “el olor de la carne quemada” apaciguaba a “Yavé” (51).

Qüity se sentía culpable por lo que había hecho, le confesó todo a Daniel, su amante, y este a su vez quiso apaciguarla, y le contó que él también había matado, por venganza. Había ejecutado al asesino de su hija, una estudiante idealista que hacía servicio social con los pobres de la villa. El hombre la había secuestrado y violado, y luego la mató. Cuando él lo encontró, lo torturó y lo asesinó. Qüity dice que las villas miserias de Buenos Aires son como “pequeños Auschwitz”, verdaderos campos de concentración (56).

La villa donde vive Cleo está rodeada de una muralla, y vigilada por la policía. Muy cerca de allí está la otra “villa”, de la que se habla menos: el barrio cerrado de los ricos privilegiados. Estos exigen que los “negros” no se acerquen a ellos. La policía vigila a aquellos que la sociedad respetable e influyente ve como a individuos indeseables y peligrosos.

Cuando Qüity y Daniel llegaron a El Poso por primera vez pudieron observar el fervor que despertaba la Hermana Cleopatra entre sus seguidores. Estaban todos aguardando su aparición. Describe a la villa como un lugar invivible, maloliente. El sitio se inundaba fácilmente y había desperdicios tirados por todos lados. Los villeros, ese día, habían ido lo mejor vestidos posibles a ver a la Hermana. Había venido también Susana Giménez, la vieja diva del espectáculo, que estaba en silla de ruedas, inválida. Cuando apareció Cleo, lo cubrieron de regalos. Susana le dio un precioso cachorro. Se sentaron todos a la mesa a tomar el desayuno con la Hermana: fue un momento de gran celebración y alegría. Un nenito de tres años, Kevin, se acercó a Qüity, la periodista, y la abrazó. Qüity dice que la ternura de ese niño le cambió la vida (60). Comprendió que esa gente era hermosa.

Varias travestis amigas rodeaban a Leo. Muy cerca estaba la escultura de la Virgen, que un artista autodidacta de la villa había modelado en cemento. Era un adefesio deforme, por el que la gente mostraba devoción. Se formó un desfile frente a la Virgen. Sus seguidores se acercaron portando diversas figuras celebradas por el culto popular: la Difunta Correa, el Gauchito Gil, Catalina de Siena, el doctor Pantaleón, San Malverde y Juana de Arco. Todos los presentes rezaban. Qüity reaccionó con escepticismo ante semejante espectáculo. No creía en dios. Dios, para ella, era “un invento antiguo, hecho a imagen y semejanza de un tirano” que le daba “rienda suelta a su furia” (67).

Cleo impresionó a Qüity desde el primer momento que lo vio. Era un hombre alto, de un metro noventa de estatura, vestido como mujer. Le llamó la atención el sentimiento religioso que evidenciaba la gente de la villa. Recordó sus años de niña, cuando tomó la comunión. Siempre había sentido rechazo hacia la Iglesia (Néspolo 125-35). Su escepticismo racional de persona culta de clase media alta, bien educada, chocaba con la fe irracional de ese trasvesti villero, que decía que hablaba con la Virgen María, la madre de Cristo.

Había algo en ese mundo que la seducía. Se siente atraída por la “barbarie” de la villa. Allí va a encontrar el amor “salvaje” de Cleo, el hombre-mujer que hará que sea simultáneamente madre y lesbiana. Es un viaje hacia una identidad transgénero. Cleo tiene relaciones como hombre con Qüity, la deja embarazada, y va a ser el padre de su hija; al mismo Cleo tiempo defiende su feminidad, se siente mujer, y dice que es la madre de su hija María Cleopatra.

En la villa, Qüity encuentra a otro de sus amantes: Jonás, su “dealer”. Con Jonás tiene una relación fuertemente erótica, es el sexo lo que los une. Dice que “la verga de Jonás” se le hacía “norte” y su cuerpo tendía hacia él (70).

Qüity describe el momento en que Cleo comenzó a hablar con la Virgen cabeza y esta le dio un mensaje especial. Se arrodilló en el barro, “aulló” y comenzó el “diálogo”. Parecía que ella le hablaba en español medieval, y Cleo se esforzaba por responderle en voz alta del mismo modo. La virgen le dijo que quería que “sembrara” algo, y este entendió que quería que “sembraran” peces. En ese momento algo inesperado ocurrió: Susana Giménez gritó “¡Dios existe! ¡Mírenme las piernas!”, se levantó de la silla de ruedas y se puso a caminar (72). El milagro dejó atónitos a todos.

Cleo dice que se siente feliz, porque van a construir un estanque y a llenarlo de peces. Susana, agradecida por el milagro, le promete llevarlo con ella a la televisión. Algunas señoras “chetas” que estaban allí y presenciaron el milagro dicen que ellas también van a ayudar (77). Poco después comienzan a cavar en “El Poso” para construir el estanque. Ven con sorpresa cómo salen del suelo restos de viejas edificaciones que habían estado en el sitio, lleno de “basura antigua y arqueología contemporánea” (79). Encuentran también huesos de muertos. Vienen al día siguiente estudiantes de la facultad de arqueología a inspeccionar los restos. Las chicas de la facultad trabajan de voluntarias y terminan acostándose con los pibes villeros. Brota del fondo de la tierra un chorro de agua que pronto llena el estanque.

Cleo le va contando a Qüity las aventuras y “trabajos” sexuales en que estuvo envuelto. Se había acostado con el padre Julio y con el jefe de la policía. Cleo lee lo que su amiga escribe sobre él y la critica. Se queja porque ella deforma la realidad. Lo que quiere es que su libro quede bien. No cuenta la verdad, la pone en ridículo y se presenta a sí misma como héroe. Mientras tanto, la que tiene que cuidar a la nena, María Cleopatra, es ella, porque su otra madre “no le da ni bola” (86). Comenta sobre Daniel, a quien las dos “se cogieron”: tiene la obsesión de fotografiar el “aura” de la gente, su alma. Cleo le dice a Qüity que tuvo suerte cuando se enamoró de ella, porque se consiguió “la mejor historia, la mejor mina y la poronga más grande del conurbano bonaerense todo por el mismo precio” (89).

Van todos con Wan, el dueño de un super chino vecino a la villa, y posible padre de Kevin, al Parque Japonés, a buscar y robar peces. Eligen veinte carpas, las ponen en bolsitas de plástico y se las llevan. Vuelven a El Poso y las meten en el estanque para que se reproduzcan. Varios meses después la abundancia de peces, y de comida, cambió la vida de su comunidad. Se reunían todos al mediodía y almorzaban juntos. Las carpas grilladas eran el sostén principal de los habitantes. La villa era una fiesta. Por la noche, Cleo les contaba las cosas que había hablado con la Virgen y rezaban todos. Qüity insiste en que gracias a la Virgen la vida había tomado un sentido nuevo (102). Llegaban multitud de personas de fuera para conocerla: estudiantes, fotógrafos, antropólogos, periodistas.

La prensa habló favorablemente de los villeros: decían que un grupo de “emprendedores” estaba realizando en El Poso el “sueño argentino”. Todo allí iba muy bien. Cleo asegura que no era cierto, porque la policía seguía entrando en la villa y “cagándolos” a tiros (105). Vivían en guerra permanente contra ellos.

El principal enemigo de los villeros era el jefe de los vigilantes de la seguridad privada. Eran peor que la policía de la provincia. Las travestis hicieron una marcha a la comisaría de la zona para protestar contra la Bestia. Fueron a reclamar justicia y pedirle al comisario que les sacara a ese monstruo de encima. Era el responsable de las masacres. Lo increíble sucedió. El jefe Juárez, que también estaba cansado de la situación, decidió liberarse de él. Le cortaron la manguera del líquido de los frenos. Su auto se estrelló y la Bestia se mató (108).

Estaban en plena temporada de milagros. Qüity “creía en el pueblo unido” (110). Se fue a vivir al rancho de Cleo. Por la noche tenía pesadillas. Se le aparecía una rata grande y despertaba a los gritos. Las pesadillas la torturaban. Vivían las dos extáticas o borrachas. Qüity pasaba muchas noches sin dormir. Empezó a componer letras de cumbia. Se despertó en ella un proceso de transformación intensa. Parecía un milagro. Las ratas verdaderas empezaron a invadir el lugar. Caían en el estanque, tratando de agarrar los peces y se ahogaban. Las carpas terminaban por comerse a las ratas (128). Era un mundo barroco. Después de la siesta, la Colorada los despertaba y les preparaba “michelada”. Por la noche bailaban cumbia. Qüity y Wan se encargaban de Kevin, el hijo de Jéssica. Wan traía de su mercado bolsones de comida. Qüity sentía que era su hijo putativo. Cenaban todos juntos y bailaban reggaetón. Dice que “a su carne le gustaba ese ritmo emputecido” (134). Qüity perseguía a Cleo con su grabador. Quería escribir una crónica para su diario sobre la vida de la Hermana. Sus cuentos las calentaban a las dos y Qüity terminaba trepándose a “la poronga lubricada de algún pibe”. Alrededor de ellas, todos tenían sexo encima de las mesas después de la cena.

Qüity pasaba mucho tiempo con Kevin. El niño había despertado en ella su instinto maternal. El amor a Kevin le hizo olvidar a su amante Jonás. Este se dio cuenta de la atracción que Qüity sentía por Cleo, y le dijo que primero se había cogido “a un negro” como él, y luego se quería “garchar a una negra travesti” (139). Jonás era sobrino de Cleo, y le aseguró que su tía era famosa por la gran “anaconda” que tenía, y que “se la iba a dar”.

Fue por Kevin que Qüity aceptó más tarde que Daniel matara al Jefe. Quería “hacer justicia”, porque ella le debía mucho a ese nene. Fue por él que se quedó a vivir en la villa (141). Siente culpa: cuando la policía atacó El Poso para desalojarlos y mató al niño, ella no estaba allí. No pudo hacer nada por defenderlo. Ese día había tenido que salir para ir al banco y hacer unos trámites en el diario donde trabajaba. Kevin le había enseñado mucho a ella: el niño había sido para Qüity su “hogar”. Ese hogar estaba ahora en el lugar donde ella vivía con Cleo y Cleopatrita, en Miami, “pero fisurado de la muerte de él” (142).

Cleo le contó todo lo que sucedió ese día. Fue un horror. La policía los tenía amenazados. Querían que se fueran de allí, porque iban a construir un barrio privado en el sitio que ocupaba la villa. Los villeros rehusaron. No tenían adónde ir, habían vivido en El Poso por varias generaciones. La Virgen Cabeza se les había aparecido allí. Era tan villera como ellos. La policía les dijo que les iban a dar un “barrio especial” en La Matanza, “exclusivo” para ellos. No creyeron en sus promesas. Eran mentiras.

Cleo está resentido contra la Virgen, porque no les avisó que los iban a atacar. Sintieron el zumbido de los helicópteros. Después vieron los carros de asalto. Los villeros fueron a buscar las armas que tenían escondidas. Los policías avanzaron. Empezó la balacera y ahí fue que mataron a Kevin. Dice que les “echaron un ejército encima”. Parecía “el Likud en Palestina” (156).

El fin de la villa ese día fue el comienzo de otra vida para ellas. Cleo y Qüity estaban en esos momentos en Miami.

Después que ocurrió la masacre, Qüity se fue a su departamento de Palermo y se encerró en su cuarto. Estaba alterada. Puso su revólver al alcance de la mano. Temía que la buscaran. Días después apareció en su casa Cleopatra. Tenía la frente vendada. En una bolsa de plástico traía la cabeza de la Virgen, la única parte de la escultura que se había salvado del desastre. Miraron juntas los videos de lo que había sucedido. Vieron por televisión el “entierro” de Cleo: la habían dado por muerta.

Poco después Cleopatra reestableció su comunicación con la Virgen. Volvió a hablar con ella. Qüity se enfureció al comprobar la fe ciega y para ella ridícula de Cleo. “Forra - le gritó - ...todavía podés creer pelotudeces y rezarle a este pedazo de cemento de mierda” (164). Cleo no se defendió. Simplemente fue, la abrazó, la sentó en su regazo, y la acunó. Algo maravilloso sucedió. Qüity se puso a llorar con un llanto desconsolado. Cleo la besó, la acarició, y empezaron a hacer el amor frenéticamente. Cuenta Qüity: “...me acomodó con las piernas abiertas sobre su falda...y me entró en la concha con ese porongón que tiene...y yo me dejé coger y me la cogí a ella” (165). Cleopatra declaró que eso era un milagro, y fue el comienzo del amor entre ellas. Cleo le dijo “que nunca se le había dado por el lesbianismo” y que iban a ser muy felices (169). Transcurrieron varios días. Qüity quedó embarazada y juntas planearon escapar de allí, antes de que las encontrara la policía.

Dani se comprometió a ayudarlas. Las sacó de la ciudad y las llevó a una isla del Delta para esconderse. También se ocupó de vengar a los muertos de la villa y a Kevin. Secuestró al Jefe, culpable de la masacre. El Jefe había planeado un gran desarrollo inmobiliario donde estaba la villa. Por eso decidió expulsar a los villeros. Dani lo torturó y la llamó a Qüity. Mientras ella observaba todo por el teléfono celular, lo mató. Qüity no pidió por su vida. No le tuvo compasión. Sintió que el Jefe merecía morir y la venganza era justa.

La historia termina con Qüity y su “mujer”, Cleopatra, viviendo a todo lujo en Miami. Qüity compuso las letras de una ópera-cumbia, que Cleo interpretaba. Cleo se volvió una gran estrella. Las dos se hicieron ricas. Viven una vida regalada junto a la hija de ambas: María Cleopatra. Es un final feliz que las lleva de la villa miseria al jet-set. Las dos están totalmente enamoradas y la novela concluye cuando Qüity le dice a Cleo: “...mi Juana de Arco villera y pacifista y bailarina. Callate un ratito, y sacame la ropa. Sí, vida, así” (177). Las dos, felices, hacen el amor.

Pudieron triunfar. La Virgen Cabeza les ayudó. Se transformó en un gran negocio para las dos. La novela agrega un epílogo, a pedido de la editora (179-87). La autora vuelve a abrir la trama y propone un final abierto. En este otro final, Cleo escapa de Miami y se va a Cuba.

Quiere predicar allá. Se lleva con él la cabeza de la Virgen, en la que incrustó valiosísimas piedras preciosas. Invirtió todos los ahorros que habían hecho juntas en esas piedras. Es una cabeza que vale millones de dólares. Qüity la acusa de chorra y la va a buscar a Cuba. Este segundo final es distinto en su carácter al anterior. Cleo traiciona a Qüity y le roba. Abandona a la niña, y se la deja a Qüity.

La Virgen Cabeza es una novela bien estructurada. Cabezón Cámara muestra una preocupación formalista constante en su obra. No intenta la narración continua. Recurre a la selección de escenas y al collage, jugando con el orden temporal. La narración tiene una densidad especial. Sus sentidos operan en diversos niveles de significación. Trabaja con cuidado la lengua de la novela. Pasa del lenguaje coloquial y el habla popular, al lenguaje conceptual y poético, con facilidad. Qüity narra, tal como le dice Cleo, en forma desordenada, y el lector debe asociar los diferentes episodios para componer la totalidad (75). Cabezón Cámara ha escrito una novela compleja e innovadora.

Su preocupación literaria no compromete su aspiración ética. La novela procura mostrar críticamente el mundo social de los sectores excluidos por la sociedad contemporánea en Argentina. En la villa miseria, que ella compara con el campo de concentración de Auschwitz durante la segunda guerra mundial, viven los excluidos por un sistema económico socialmente cruel e insensible que luchan por sobrevivir (Scarcella y Torrano 51). La autora asume una posición radical feminista frente a los géneros. Propone una visión transformista de la realidad. Los sujetos transitan de un género al otro, van de lo femenino a lo masculino y viceversa, y crean su propia identidad genérica, según sus necesidades individuales, independientemente de la tolerancia del sistema hacia ellos. Cabezón Cámara caracteriza a la sociedad burguesa como una sociedad injusta, que limita y restringe a los individuos. Idealiza el amor y la fe de los sectores populares, su generosidad y su capacidad de creer. Muestra su riqueza espiritual. Nos brinda un retrato positivo del pueblo pobre, castigado, marginado. La

Virgen Cabeza es por sobre todo una novela de amor, y una novela sobre la fuerza redentora del amor y la capacidad espiritual regeneradora de la fe.


Bibliografía citada


Cabezón Cámara, Gabriela. La Virgen Cabeza. Buenos Aires: Random House, 2019. Chiani, M; Príncipi, A.; Sánchez, S.; Audran, M. “Políticas alternativas de lo viviente:

entrevista a Gabriela Cabezón Cámara”. M. Chiani (Comp). Escrituras en voz: conversaciones sobre Literatura Argentina. La Plata: Universidad Nacional de la Plata, 2021. 17-38.

Fernández, Fanny. “Violencia, política y escritura. Gabriela Cabezón Cámara”. Mora/24 (111- 118): 2018.

Maradei, Guadalupe. “Ficciones posdictadura: la trilogía oscura de Gabriela Cabezón Cámara”. Dieter Insgenschay (ed.), Sexualidades minoritarias en las culturas/literaturas de España y Latinoamérica, Frankfurt/Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2016: 123-140.

 Miller, Karina. “Peronismo globalizado: mutaciones de la política en las novelas de Gabriela Cabezón Cámara”. Carina Gonzalez (comp.), Peronismo y representación. Escritura,

 imágenes y políticas del pueblo. Buenos Aires: Final Abierto, 2015: 335-356.

 Néspolo, Jimena. “Representación de la religiosidad popular en la novela argentina reciente”. Gramma XXIV, 50 (2013): 125-135.

Pérez, Alberto Julián. “El país del Facundo”. Imaginación literaria y pensamiento propio. Buenos Aires: Corregidor, 2006: 19-29.

Scarcella, Daniel; Torrano, Andrea. “La fiesta de los monstruos en La Virgen Cabeza y Yanara de Gabriela Cabezón Cámara”. Itinerarios 33 (2021): 45-63.

Sosa, Carlos H. “Una luminosa vitalidad para la literatura latinoamericana contemporánea: entrevista a Gabriela Cabezón Cámara”. Visitas al patio No. 14 (2019):139-142.

miércoles, 4 de mayo de 2022

 

La Argentina de Centenera: épica e imperialismo


                            de Alberto Julián Pérez 



La obra Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acaecimietos de los reinos del Perú, Tucumán y el Estado del Brasil, del arcediano Martín del Barco Centenera (Logrosán 1535 – Lisboa 1602), fue publicada en la ciudad de Lisboa en 1602, el mismo año de su muerte. Había partido al Río de la Plata con la expedición del Adelantado Juan Ortiz de Zárate en 1572, y regresó a España en 1593, luego de pasar más de veinte años en territorio sudamericano (Ortiz Gambetta 16). Centenera habría comenzado a componer su obra en 1587. Es un poema narrativo de veintiocho cantos, escrito en octavas reales, en versos endecasílabos. Era el metro que había utilizado Alonso de Ercilla para escribir su poema épico La Araucana, cuya primera parte había sido publicada en 1569.

Centenera sirvió en la armada como capellán. Era diácono, y había recibido el grado inferior del Orden Sagrado. No se pudo constatar fehacientemente si realizó estudios universitarios de Teología (Ortiz Gambetta 17). Fue nombrado arcediano de la iglesia de Asunción. Asistió como secretario al Tercer Concilio de la Iglesia celebrado en Lima en 1582. Pasó al año siguiente a Charcas, como vicario del Obispo. Fue Comisario de la Inquisición en Cochabamba (Ortiz Gambetta 19). En 1590 dejó el Perú y regresó al Río de la Plata. En Buenos Aires colaboró en la restauración de la Catedral.

Fue testigo de muchos de los conflictos y luchas políticas que tuvieron lugar durante su prolongada estadía en el continente americano. Lo apasionó la historia y se propuso contar las cosas que había vivido y otras que escuchó de testigos que conoció. No fue un narrador objetivo. Era un hombre apasionado y en sus cantos atacó a aquellos que percibió como sus enemigos políticos o que no lo habían favorecido. Siendo Comisario de la Inquisición fue denunciado al Santo Oficio por su actuación y llevado a juicio. Lo acusaron de abusar de su poder y participar en las disputas políticas entre bandos enfrentados, insultando a sus vecinos con epítetos racistas, llamándolos “judíos y moros” (Ortiz Gambetta 19). Denunciaron que mantenía relaciones sexuales con una mujer casada y se embriagaba en público. El Santo Oficio lo condenó a pagar una multa y le prohibieron ejercer oficio alguno en la Inquisición.

Tenía una formación literaria limitada. Lo que da más valor a su obra es su condición de testigo y participante de un momento esencial de la conquista. La expedición de Ortiz de Zárate partió de España en cinco buques. Habían pasado ya más de treinta años desde que los españoles se habían asentado en el Río de la Plata en 1536. La conquista del Perú se había consolidado. El Río de la Plata dependía del Virreinato del Perú. Se habían fundado importantes ciudades, como Buenos Aires, Santa Fe y Asunción, y pacificado los pueblos indígenas más hostiles.

Los españoles mantenían relaciones amistosas y de cooperación con los indios guaraníes. Buena parte de estos habían sido encomendados, y trabajaban en los repartimientos que la corona había asignado a los oficiales más activos. Debían tratarlos como a vasallos del rey y había avanzado el proceso de conversión y cristianización. Los indígenas sufrieron abusos y había resistencia hacia los invasores.

Los españoles transformaron drásticamente el modo de vida de la región. Los pueblos nativos perdieron la libertad de la que gozaban. Muchos de ellos, aún los cristianizados, participaron en rebeliones, que fracasaron ante la superioridad de las armas europeas. Fueron reprimidos duramente.

El naciente estado colonial profundizó sus medidas policiales para contener las revueltas. Los castigos eran ejemplares, se hacían ejecuciones públicas, que buscaban intimidar a los nativos y evitar futuras rebeliones. Los españoles tuvieron hijos con las mujeres indígenas. La nueva sociedad era mestiza. Estos excedían en número a los españoles. Los mestizos mostraron su descontento con las autoridades y con las leyes. Se sentían discriminados en relación con los de origen español.

La población americana mantenía una relación conflictiva con la peninsular. Las insurrecciones de los mestizos fueron reprimidas con dureza. A esta inestabilidad se sumaban las tensiones entre los mandos militares. Había una lucha activa por el poder. Era imposible para sus actores quedar fuera de las disputas y no pertenecer a uno u otro

bando. La sociedad estaba intensamente politizada. La historia y la política atravesaban la nueva experiencia americana. Todo este proceso formó parte de la materia que trató y desarrolló Centenera en su poema.

Sumó su voz a la de los otros cronistas y testigos del proceso histórico de la conquista del Paraguay y el Río de la Plata, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Ulrico Schmidl. Posteriormente participaría del mismo otro escritor, el mestizo Ruy Díaz de Guzmán, que daría una visión histórica de los sucesos más completa y abarcadora.

Martín del Barco Centenera fue más cronista que historiador. Su poema narrativo, en parte épico, en parte testimonial, en parte maravilloso, tenía un objetivo primordialmente literario. Es un poema histórico, y toma como tema muchos sucesos ocurridos, pero les agrega otros inventados y maravillosos (Campra 380). Se acercó a la historia como lo harían más tarde los novelistas: en parte para recrear episodios sucedidos, en parte para hacer verosímiles situaciones posibles, en parte para reemplazar los hechos históricos por otros ideales y “corregir la historia”.

Expresó en su poema sus ideas y presentó su posición personal frente a los hechos narrados. Centenera era un diácono castrense, amaba la acción, les interesaban los combates y los sucesos de la guerra. Era un hombre fiel a la corona, valoraba el imperio. No miró a los naturales con compasión cristiana: los vio como a enemigos y celebró su derrota.

Su imaginación era militar y épica. Las cuestiones morales y religiosas en su obra pasan a un segundo plano. Apoyó incondicionalmente la acción militar de España en el Nuevo Mundo, y el proceso particular de dominación en que se encontraba inmersa en esos momentos. El ejército había dejado de tener un rol exclusivamente militar, para asumir también un papel policial, de control de la seguridad, persecución y represión de disidentes. Él mismo, estando en Asunción, denunció una rebelión de mestizos que se estaba gestando, lo cual llevó a la detención y represión de los participantes (Ortiz Gambetta 18). Estaba orgulloso del mundo militar y policial en que se movía. Creía que la vigilancia era indispensable para poder consolidar el Imperio español en América.

Parte integrante de una sociedad represiva, fue acusado de cometer excesos, y llevado a un tribunal eclesiástico de justicia (Ortiz Gambetta 19). Tenía una relación conflictiva y difícil con sus jefes, y aprovechó su libro para vengarse de sus enemigos, en particular del Adelantado Ortiz de Zárate, al que calificó de gobernante inepto, juez abusivo e injusto. Lo acusó de ser responsable de la muerte de gran número de sus hombres, al dejarlos perecer de hambre, mientras él se salvaba en otra isla, bien alimentado por los indios. En lugar de regresar de inmediato a rescatarlos, el Adelantado se había quedado allá disfrutando de su situación, robando a los indios, abusando de ellos y tratándolos con crueldad (Centenera 182). Su caracterización era una denuncia en ausencia, ya que el Adelantado había muerto hacía muchos años atrás. Quizá era su manera de hacerse “justicia poética” y dejarlo mal parado ante la historia futura. Venganza de escritor.

Presenta en su poema numerosas escenas de combates entre españoles e indios. Describe a los nativos como individuos crueles y brutales, aunque valientes y buenos guerreros. Para él los indígenas representan la barbarie. Si bien su narración es histórica, su historia no es siempre fiel a los hechos ocurridos. Su objetivo es literario, crea personajes ficticios y legendarios cuando la narración lo exige y le conviene. Distorsiona el hecho histórico para acomodarlo al interés épico de su temática. A esto se suma su interés ideológico: tiene muy en cuenta a sus lectores. Está presentando en verso los hechos de la conquista del Río de la Plata al público letrado y noble de España. Comparte con ellos su visión imperialista, y quiere brindarles un poema que se ajuste a sus expectativas.

Escribe para una clase dominante, que se está enfrentando a una realidad histórica nueva y tienen grandes expectativas para el futuro. Han descubierto un continente, una inmensa extensión de tierra poblada por grandes cantidades de indígenas, que pertenecían a pueblos diferentes. Los han sojuzgado militarmente con facilidad, y en esos momentos organizaban la explotación, tanto de sus minerales como de sus tierras. Contaban con una mano de obra numerosa. Los indígenas eran sus sirvientes y vasallos. Los sometían y los cristianizaban. A ese potencial humano, se sumaba la importación de esclavos negros de África en grandes cantidades. América se presentaba como una enorme factoría productiva, sostenida sobre el trabajo servil, semi-esclavo y esclavo. Se realizaban cultivos y se explotaban las materias primas en gran escala. Se proponían aumentar la riqueza del imperio en un breve tiempo.

La distribución compulsiva de la tierra y el empleo de la mano de obra local eran parte de una experiencia social y laboral sin precedentes. Realizada sobre el modelo esclavista del antiguo imperio romano, llevaría la posibilidad de sometimiento y explotación de la labor humana a una situación impensada y jamás practicada en esas proporciones antaño. Estaban en vías de una revolución productiva.

Se estaba desarrollando un nuevo sistema económico, el capitalismo, que transformaría al mundo rápidamente. La guerra, la conquista de tierras, la apropiación del trabajo servil y semi-esclavo indígena, la esclavitud de ingentes cantidades de esclavos negros, proveían al Imperio de los recursos necesarios para consolidar su poder. El continente americano era un inmenso mundo factoría organizado al servicio de los intereses europeos.

Crearon en América una sociedad dominada, un enorme sistema de colonias controlado por el imperio español. De la misma manera procedieron los otros imperios que participaron en la conquista. Esta sociedad, dividida en amos y servidores, señores y esclavos, dio lugar a una nueva cultura, surgida de la experiencia humana de los nativos y los numerosos mestizos con los europeos y las formas culturales traídas del Viejo Continente. Era una sociedad desigual y racista, nacida de la expoliación y la violencia. Su modo de vida expresaba las nuevas relaciones de poder que había instalado el imperialismo. De ese proceso emergieron sus protagonistas y sus víctimas.

En el comienzo del poema, Centenera le dice a su público que se propone contar sus memorias de “cosas admirables” (81). Le pide ayuda a Apolo y a Dios para elevar su canto. Ha escrito un “cuaderno” en que “recuenta”, nos explica, “diversas aventuras y extrañezas,/ prodigios, hambres, guerras y proezas”(88). Fue testigo de muchos de los hechos y otras historias las escuchó. Escribe sobre Perú, Potosí, Tucumán, Brasil, pero su tema principal es el Río de la Plata.

Centenera le imagina una genealogía al mundo americano, que se remonta a la Biblia. En esa genealogía la península Ibérica tiene un lugar central. Según él, luego del diluvio, fue Jafet, hijo de Túbal y nieto de Noé, quien primero pobló a España. Se formaron dos pueblos: los tupís o caribes, y los ricinos. Los primeros comenzaron a comer carne humana y se volvieron caníbales (91). Los ricinos les hicieron la guerra. Creció entre ellos la saña. Aún los romanos no habían llegado a España, ni estaban allí los lusitanos. Los tupís eran crueles, maltrataban a todos. Recorrían el río Tajo y mataban y robaban, les quitaban los hijos y las mujeres a los demás. Los ricinos finalmente lograron vencer a los caribes. Estos últimos construyeron barcas y huyeron de Extremadura.

En esa época había en el océano Atlántico muchas islas, tal como “Platón escribe” (93). Los tupís se dirigieron a estas islas, y fueron pasando de una a otra, hasta que arribaron a Cabo Frío, en Brasil, y fueron “al Río de la Plata y al Estrecho” (94). Entre ellos venían dos hermanos: uno se llamaba Tupí, el otro Guaraní. Todos hablaban la misma lengua, el guaraní. Discuten entre ellos y pelean, y uno, Tupí, se queda en el Brasil y el otro, Guaraní, parte al destierro y se va a los llanos (95).

Llegan a estos llanos muchos otros pueblos: los calchines, los timbúes, los querandíes, los charrúas. Los guaraníes los conquistan. Viven de la caza y de la pesca. Dominan el Paraguay. Llegan al Perú y subyugan a la gente que vivía junto al río Pilcomayo. Era un pueblo guerrero. Dice el poeta: “Los nuestros guaranís, como señores,/ a tierra cuasi toda señoreando,/ por todo el Paraná y sus rededores/ andaban crudamente conquistando.” (96).

Los guaraníes no luchaban por el oro, peleaban para conseguir carne humana, porque eran caníbales. Se mestizan con otros pueblos. Mientras tanto, entraron en la zona del Perú unos hombres “exquisitos”, que hablaban el quichua: eran los Incas. Estos lucharon contra los pueblos del área montañosa y los dominaron. Arribaron más tarde de España los “Pizarros”, que conquistaron todo el Perú. (98).

Los guaraníes sentían odio hacia los españoles, querían vengarse; los extremeños en tiempos antiguos los habían expulsado de la península. Al ver la pujanza que traían estos, no osaron pasar las montañas. Se quedaron en las selvas y montes, donde hicieron

hazañas espantosas. A los pueblos guaraníes que vivían cerca del Perú les llamaron chiriguanos.

Centenera crea para los indígenas de América un origen fabuloso y legendario. Según él, los guaraníes eran oriundos de la península Ibérica. Habían llegado allí antes que arribaran los Romanos. Eran salvajes y caníbales, y por eso los habían desterrado y se habían ido a América, donde, fatalmente, los españoles volvieron a encontrarlos y a dominarlos. En su versión, España es el centro del mundo y el origen de la civilización.

Luego de su introducción mitologizante del pueblo guaraní, cuenta en forma sumaria los sucesos históricos que tuvieron lugar en el Río de la Plata. Magallanes navegó la costa del sur del continente y encontró el Estrecho. En 1513 llegó Solís al río Paraná y lo mataron los timbúes. El rey envió después a Gaboto. Este entró en el Paraná y los indios le hicieron la guerra. Regresó a España y vino Pedro de Mendoza.

En el canto segundo describe la geografía de Río de la Plata. Muestra una gran admiración por su naturaleza maravillosa y sus ríos portentosos. Explica sus principales características y cuenta paralelamente eventos recientes de la historia de América. Mendoza y Ortiz de Zárate habían padecido hambre en la zona, que estaba muy poblada. Los indígenas hablaban todos la misma lengua. Los guaraníes dominaban a los otros pueblos. Yamandú era uno de sus jefes principales, y lo caracteriza como a un “malvado” y un “perro”(108). Desaparecido este, heredó su poder otro jefe indígena, que se puso también por nombre Yamandú. Era un hombre gigantesco y él lo había conocido cuando este estuvo en prisión. Dice que él “procuró doctrinarlo”, sin resultado, “porque era muy malvado este pagano” (109).

Al llegar el viajero al Río de la Plata, entra en un gran estuario. Navega por el río Paraná ciento veinte leguas río arriba y llega a las islas de los Timbúes, a veinte leguas de Santa Fe. Están pobladas de “onzas, tigres y leones” (109). Si uno continúa ochenta leguas más, llega al río Paraguay, que recibe aguas del Perú. El portentoso río Paraná se desvía a la derecha. Penetra en la provincia de “Santa Ana”, poblada de guaraníes, ya conquistados por los españoles y “repartidos” a diferentes encomenderos. Más adelante,

sobre el Paraná, encontramos una enorme catarata. La describe con admiración, porque era algo maravilloso (111).

Si uno regresa por el Paraná aguas abajo penetra por el curso del río Paraguay y llega a Asunción, a la que llamaban “el paraíso de Mahoma”. Vivían allí muchos mestizos “esforzados”, y tan numerosas “doncellas, que “de cuatro mil ya pasan como estrellas” (114). Describe a Asunción como una ciudad rica, con abundantes “frutos de la tierra y de Castilla,/ pan y vino, carnes y pescado” (114). El río tenía una gran variedad de peces, entre ellos la palometa, que comía carne humana. Los guaraníes, además de cazadores y pescadores, eran labradores, diferenciándose de los otros pueblos. El Paraná era un río tan extenso, que él había recorrido quinientas leguas sin hallar su nacimiento.

En el tercer canto toma como tema la tierra y sus extraños animales. Describe varias de las víboras locales, que le resultaban exóticas, como la curiyú y la víbora cascabel, que al hombre que mordía moría en el día (120). Incluye animales fantásticos, que él dice haber visto, como el carbunclo, un animalito pequeño, con un espejo en la frente, al que lo atrapaban para sacarle el espejo mientras estaba vivo, y los gusanos de las cañas, que se volvían mariposas y al tiempo se transformaban en ratones. Había seguido por mucho tiempo a los escuadrones en sus guerras y había visto animales diversos (125).

En el canto cuarto concluye la descripción de los pueblos indígenas, la geografía del lugar y sus animales, y comienza su relato sobre la historia contemporánea del Río de la Plata, a partir de la llegada del Adelantado Pedro de Mendoza, y la fundación de la primera ciudad de Buenos Aires.

Centenera juzga con severidad a Mendoza. Según él, había luchado con el Emperador Carlos en la guerra de Italia y participado del saco de Roma en 1527. El poeta lo acusa de ladrón. Dice que “al tiempo de pillar, hinchó la mano” y se enriqueció (129). Le pidió al rey Carlos que lo enviara como Adelantado a la Argentina, “pretendiendo su memoria/ levantar en conquista de paganos/ con dinero robado entre romanos” (130). La conquista era una empresa en su mayor parte privada y el adelantado era el

responsable por reunir los fondos para pagar la expedición. Mendoza invirtió una gran fortuna en la Armada, pero todo fue en vano.

Llegaron muchos nobles con él, entre ellos el Capitán Juan Osorio, que era segundo en el mando. Después de enfrentar una cruda tormenta arribaron a Santa Bárbara, en Brasil. Varios capitanes, que envidiaban a Osorio, lo acusaron de traidor. Decían que quería reemplazar al Adelantado y quedarse con el poder. Mendoza cedió a las intrigas y lo condenó a muerte. Centenera defiende a Osorio, dice que era un militar recto. Asegura que el Adelantado condenó a un justo, y por eso Dios va a desencadenar un gran castigo contra la Armada. Dice en su poema: “La muerte del que es justo, y bien creído/ ...lo castiga con infierno,/ que la sangre de Abel el inocente/ clamando está ante Dios omnipotente” (134).

Ayolas asumió como segundo luego de la ejecución de Osorio. Mendoza estaba enfermo del “morbo de la Galia”, sífilis, una enfermedad venérea gravísima que poco después acabaría con su vida, cuando trataba de regresar a España. No pudo gozar del “tesoro que en Roma hubo pillado” (135).

Luego de la fundación de Buenos Aires, el hambre, castigo de Dios, hizo estragos entre los soldados. De dos mil que eran solo sobrevivieron unos cientos. Describe varias escenas de canibalismo. Un soldado se comió a su propio hermano muerto (136). Una mujer se prostituyó a cambio de una cabeza de pescado. Dice que el casto sobrevivía mejor que el vicioso. Centenera se muestra moralista, y condena repetidamente la liviandad de las mujeres.

El capitán Ayolas navegó río arriba y llegó al Paraguay. Allí dominaba el territorio el cacique Yanduazubí, que hizo la paz con los cristianos (137). El capitán siguió su entrada en busca de oro y riquezas, y dejó a Salazar con los navíos, esperando. Este se fue a Asunción y lo abandonó. Ayolas regresó meses después, cargado de riquezas. Al no encontrar los barcos, intentó regresar por tierra con su ejército y los indios mayaguas los mataron a todos.

Yanduazubí protegió a Salazar, que pobló Asunción. Allí los cristianos se emparentaron con los indios. Vivían amancebados con las indias, una práctica que

Centenera condena (139). El líder en Asunción era el Capitán Martínez de Irala. Había gran libertad entre hombres y mujeres. Centenera lo considera libertinaje. La gente quería a Irala, era popular. Dice que había hechos cosas buenas, pero también había perseguido gente. Había despoblado Buenos Aires. En Asunción tenían trigo y comida, y estaban contentos. Todos trabajaban: eran labradores, hortelanos, pescadores.

En el quinto canto continúa la historia contemporánea de Asunción. Esta se transformó en el centro de desarrollo de la región del Paraguay y el Río de la Plata. Muerto Mendoza, el rey mandó a un nuevo Adelantado: Álvar Núñez Cabeza de Vaca. A su llegada se produjo un grave conflicto de poder en la región. Se debió a la ambición de unos pocos y el excesivo amor a la riqueza, afirma el poeta. El interés causaba “las guerras y las grandes disensiones”, los motines, las revueltas y las rebeliones (142). Centenera defiende al Álvar Núñez. Dice que se hicieron falsas acusaciones contra él. A diferencia de lo que pasó con los otros Adelantados, mantuvo buenas relaciones con los nativos. Sus hombres, que vinieron a pie con él a la región en una larga marcha, no pasaron hambre. Los indios los recibieron bien. El capitán Irala, ambicioso, lo esperó con “maña”, fingió obediencia y luego intrigó contra él.

Álvar Núñez organizó una expedición para ir al encuentro del gran Mojo. Este era un personaje fantástico, del que hablaban todos: un gran señor poderoso que vivía en una ciudad riquísima, semejante al Cuzco, y tenía mucho oro. El Adelantado marchó con su expedición durante semanas, y poco antes de arribar al lugar detuvo el avance de la tropa; muchos de sus hombres estaban enfermos y no podían seguir. Álvar Núñez privilegió la vida de sus soldados, puso su salud por encima del amor al oro. Venció la tentación (148). Cuando regresó a Asunción enfrentó una sublevación, secretamente preparada por Irala: lo apresaron. Le pusieron al pueblo en su contra. Lo acusaron de faltas que no cometió. Eligieron a Irala como Gobernador en su reemplazo.

Irala era un político hábil y sin escrúpulos: ayudaba a los pobres que lo apoyaban y a los que se oponían los destruía. A muchos de los que eran leales a Álvar Núñez los ahorcó. Su objetivo era el poder. Recurrió a las manipulaciones de familia: prendió a un

oficial enemigo, Vergara, y lo condenó a muerte. Le dijo luego que le perdonaba la vida, si aceptaba casarse con su hija mestiza y formar parte de su familia y su grupo.

Irala armó un proceso contra Álvar Núñez y lo envió preso a España. Poco después organizó su propia excursión de conquista. Salió con su armada de Asunción y dejó a Mendoza como su lugarteniente. Conquistó a los indios Chiquitos, vecinos del gran Mojo.

En este tiempo habían ocurrido cosas graves en el Virreinato del Perú, del que el Río de la Plata formaba parte. Hubo un levantamiento de encomenderos, que terminó en una guerra civil entre estos y la corona. Centenera prefiere no hablar de eso. Su libro iba dirigido a las clases nobles. Escribe en apoyo de la monarquía y el imperio. Evita mencionar cuestiones conflictivas.

En 1542 se habían aprobado en España las Leyes Nuevas para la región. Estas limitaban el poder de los encomenderos y prohibían la esclavitud indígena. Los sectores esclavistas en el Perú se rebelaron. Se levantaron, liderados por Gonzalo Pizarro. El virrey marchó contra ellos. Pizarro lo derrotó en la batalla de Iñaquito y lo hizo decapitar. El rey envío al Presidente La Gasca a Lima a resolver el problema. La Gasca derrotó a Pizarro y lo ejecutó. Luego se dedicó a pacificar la región. Le informaron que desde Asunción, Irala estaba marchando con un ejército hacia el Perú. La Gasca desconfió de él y le ordenó detener su expedición: temía que sus hombres se unieran a las fuerzas insurrectas de los encomenderos (Schmidl 103-5). Eso obligó a Irala a interrumpir la marcha y regresar a Asunción.

Cuando llegó a la ciudad se encontró con una insurrección de los leales, que apoyaban a Álvar Núñez. Los reprimió y mató al líder, Abreu.

Reciben nuevas de España sobre Álvar Núñez: el proceso en su contra avanzaba, le habían quitado su título de Adelantado. Centenera se admira de que la Corona no haya dicho nada sobre el virtual golpe militar de Asunción para derribarlo. Tenía una enorme gravedad institucional. Irala parecía tener el aval tácito del rey, que respetaba el poder desnudo. En el canto sexto le llega el fin al Capitán Martínez de Irala: muere.

Irala era el político ambicioso, sabio, astuto, que manipulaba a sus contrarios y tenía el territorio pacificado. Los opositores se habían pasado todos a su bando. Poco

antes de su muerte había llegado a Asunción el Obispo Pedro de la Torre, bien recibido y apreciado por todos. Eligen a un nuevo gobernador para reemplazar a Irala: la responsabilidad cae en el Capitán Vergara. Este sale con el Obispo de la Torre hacia Lima.

En este canto como en el siguiente Centenera se concentra en narrar las intrigas, enfrentamientos y luchas entre los conquistadores. En Asunción pasa de todo. Cuenta la historia de Melgarejo, un capitán que él admira. Su mujer lo engañaba con un cura: los sorprende juntos en el dormitorio y los mata a los dos.

El General Cáceres, teniente gobernador, se enemista con el Obispo Guerra. Su enfrentamiento cobra una intensidad que amenaza la paz de todos. El General encierra en la cárcel al Obispo y no le da de comer (170). Lo priva de su renta. Ataca a su amigo Esquivel y le hace cortar la cabeza por traidor. Finalmente, los mancebos (mestizos y criollos) y las mujeres, partidarias del Obispo, se rebelan contra Cáceres. Lo toman prisionero y lo mandan a España. Ponen a Martín Suárez como Teniente Gobernador. Suárez manda a Garay en una entrada a Santa Fe. Este puebla la ciudad.

En el canto octavo entra en el teatro de los acontecimientos el mismo poeta como personaje. Llega al Río de la Plata en la excursión del Adelantado Juan Ortiz de Zárate. Es su capellán militar. El carácter de la historia cambia. Se vuelve crónica. Él participa de muchos hechos. La distancia afectiva que mantenía con la materia que narra disminuye: pone sus pasiones en primer plano. Centenera no es un hombre común. Es un diácono con vocación militar, ama estar con los soldados, acompañarlos a la guerra. Juzga con dureza la idoneidad de los jefes, especialmente la del Adelantado Zárate, a quien considera un incapaz, y un hombre inmoral y cruel. Gran parte del canto lo dedica a insultar a Zárate y denunciar su incompetencia.

La expedición en que viene Centenera tiene un viaje accidentado. Describe las peligrosas tormentas que enfrentaron durante el trayecto. Finalmente, pudieron llegar a la costa del Brasil. Los indios guaraníes los recibieron amistosamente. En la isla de Santa Catalina sufren hambre. Ortiz de Zárate deja al grueso de sus hombres en Santa Catalina y va con un grupo de soldados a la isla vecina de Ibiaza a buscar alimentos. Allá los nativos los reciben bien y les dan comida. En lugar de regresar a la otra isla de inmediato

a socorrer a su ejército, se queda en Ibiaza disfrutando de su situación, maltratando y robando a los nativos. Era un codicioso y lo único que le importaba era su beneficio. Mientras tanto, sus soldados en Santa Catalina morían de hambre.

Centenera describe lo que ocurre en la isla. Los acosaba el hambre. Los oficiales, a pesar de esto, castigaban con severidad a los que trataban de escapar y buscar alimentos por su cuenta. Atraparon a varios y los condenaron a la horca sin piedad alguna (182). Dice el poeta: “Mas, ¡ay!, que Joan Ortiz dejó un flagelo/ cortado muy al gusto y su medida,/...pues vemos que de hambre están muriendo/ aquellos que en la horca están poniendo!” (184). El hambre no hace distingos de clase. Las mujeres se arrepienten de haber parido. Los hombres maldicen el honor y la honra mundana que los impulsó a viajar al nuevo mundo. Como en la hambruna de Buenos Aires, en tiempos de Mendoza, se comieron a los muertos (Brunke 279).

Centenera cuenta una historia sentimental maravillosa. Un pez monstruoso amenaza a unos amantes. Siempre tiene en cuenta el gusto de su público cortesano. Un hombre y una mujer casados se enamoraron y salieron a la montaña a recoger palmitos. Allí se perdieron. Desesperados, querían morir. Él se propuso encontrar el camino de regreso. Salió en su búsqueda y dejó sola a la amada. Prometió volver pronto. Ella fue a la playa y allí vio un pez del tamaño de un hombre que salía del agua. Este se acercó reptando hacia ella. Se había enamorado. Ella retrocedió. El pez la seguía. Finalmente, el amante retornó. Había encontrado el camino. El pez volvió al mar y escapó. Cuando regresaron a donde estaban los otros, los oficiales los separaron. Eran casados infieles.

Centenera termina el canto haciendo una crítica cruel y misógina a la mujer. Dice que no se puede confiar en ellas y que son peligrosas para el hombre. Su actitud, probablemente, no era inusual dentro del mundo militar en que se movía. Las acusa de utilizar y manipular al varón. Dice el poeta: “Es tanto su poder y maña fuerte,/ que todo el mundo tienen ya rendido./...Hambre, ni desventura, ni la muerte/contrastar su poder nunca han podido” (190). Siendo seres imperfectos, dominan a los demás. Son capaces de rendir “al sabio, al necio, al pobre y al que es rico” (190). Su menosprecio al sexo femenino es paralelo a su idealización del poder masculino. Reverencia a la fuerza como ideal. El hombre para él debe dominar y someter. El ejército ha venido a América para conquistar e imponerse. Él, como su capellán, acepta sus ideales y los fomenta.

Tiempo después el Adelantado llega de Ibiaza, con sus naves llenas de comida, para buscar a los hombres que habían quedado en Santa Catalina. Embarca a los sobrevivientes. La excursión continúa como si nada hubiera ocurrido, hacia el Río de la Plata. El viaje fue difícil, enfrentaron continuas tormentas.

A partir del canto diez el poeta incluye en la trama a los indígenas como personajes. Cuenta sobre los pueblos nativos de la región. Luego del desembarco encuentran a los indios charrúas. Describe sus costumbres, su economía, sus armas. Son guerreros, y con ellos van a enfrentarse. Narra la guerra como un relato de aventuras, imitando las narraciones caballerescas europeas. Caracteriza a los principales jefes indios y guerreros, y los enfrenta a sus pares españoles en una dura contienda. Abundan los encuentros y combates individuales, donde se mide la pericia de los campeones. Destaca su habilidad en el uso de las armas y su valentía.

El cacique principal de los charrúas se llama Zapicán. Abayubá es el campeón indígena favorito. Los indios atacan a los españoles y matan a cuarenta hombres. Comienza una guerra sin cuartel. Taboba, el gran guerrero, mata a muchos. Dice el poeta: “El zapicano ejército venía/ con trompas y bocinas resonando.../ al sol la polvareda oscurecía,/ la tierra del tropel está temblando...” (205). Describe escenas de coloridos combates. Los españoles tienen sus grandes capitanes. Santiago lidera la lucha. El Adelantado embarca a sus tropas durante la noche. Por la mañana Zapicán ataca los barcos, pero nada puede hacer contra ellos, que les disparan con sus arcabuces. Se impone la superioridad de las armas españolas. Finalmente los indios se van.

Llega el Capitán Melgarejo para ayudarlos. Centenera, que critica al Adelantado Zárate, trata con respeto a los capitanes, a los que admira, en particular a Garay y sobre todo a Melgarejo. Los considera soldados valientes, fieles a la corona. Dado que dirige su libro a un público monárquico, imperialista y de clase alta, toma la obediencia al rey como uno de los más importantes valores.

Centenera participa en una excursión al mando de Melgarejo. Van a la isla Martín García, donde los recibe el cacique Taboba. Siguen navegando por el Paraná río arriba, hasta llegar a la tierra de los timbúes, en la zona vecina a Santa Fe. Les avisan que Garay y su gente habían pasado por allí. Los indios atacan a Santa Fe, pero los “mancebos” rechazan el ataque. Pelean contra Yamandú.

Centenera incluye una historia caballeresca de amor, con personajes indígenas, en el relato de guerra. Se trata de la historia de Yanduballo y Liropeya. El guerrero Yanduballo ama tiernamente a la bella Liropeya. El mestizo Caraballo, incapaz de comprender su amor, mata a Yanduballo para poseerla. Le confiesa que la ama, pero ella, fiel a la memoria de su enamorado, en vez de entregarse a Caraballo, se mata con su espada. Caraballo se lamenta de su muerte. Dice el narrador: “Y vide lamentar su desventura/ conclusa al Caraballo la jornada,/ diciendo que, aunque muerta, estaba bella/ y tal como un lucero y clara estrella” (222).

Melgarejo encuentra a Garay al llegar a Sancti Spiritus y los dos celebran con gran alegría. Son notables capitanes. La guerra continúa, liderada por Garay. Se enfrentan a dificultades y tormentas. Encuentran a varios cautivos, a los que liberan. Compara la belleza del paisaje de la región con el que describían los mitos griegos. Hace referencia a la historia de las hermosas Piérides, las bellas doncellas que retaron a las Musas. Dice: “Es tan ameno y bello este paraje,/ que las hijas de Pierio bien podrían/ dejar de Tracia el monte y su boscaje,/ que aquí más soledad cierto tendrían” (232).

Llega el cacique Zapicán para atacarlos. Los españoles y los mancebos salen gozosos a enfrentar a los charrúas. Zapicán arenga a sus guerreros en guaraní. Centenera comprende lo que dice. Garay hace lo propio con sus soldados. Gritan Santiago, Santiago. El poeta describe numerosos combates individuales. Este es el momento es que se luce la épica. Hieren a Garay, pero por suerte no es de gravedad. Los caballeros españoles hacen estragos. Leiva mata a Tabobá y ataca a Abayubá. Zapicán quiere vengar a Tabobá. Manialvo lo ataca y lo corta en dos pedazos. Centenera describe la matanza con entusiasmo; dice: “Aquí veréis el indio atravesado/ por medio la garganta, y allí junto/

el otro todo el casco barrenado/ saliéndoles los sesos al punto” (240). Termina el combate y Melgarejo avisa al Adelantado Zárate que mataron a Zapicán. Todos los celebran.

Zárate manda a Melgarejo a Paraguay a buscar comida. Apresan a un hijo del cacique Cayú. Este viene a pedir por su hijo, y le da al Adelantado una india adolescente a cambio de su libertad. Zárate, despótico, se queda con ella y hace regresar a Cayú sin su hijo. Centenera comienza una larga tirada contra los indígenas. Los acusa de crueles, bárbaros. Dice que torturaban a sus prisioneros.

En los cantos siguientes vuelve a ocuparse de las disputas entre españoles. Narra las luchas e intrigas que ocurrieron en la ciudad de Santa Cruz, en Perú, entre Zurita y Diego de Mendoza. La culpa de todo, según él, la tuvieron sus mujeres. Agrega aquí nuevos comentarios misóginos. Dice que Satán se vale de las mujeres para lograr sus fines: “...el caso que no puede muy siniestro,/ por medio de mujer puede y alcanza,/de modo que de diez partes de males/ los nueve con mujer causa cabales” (255). Don Diego mata a Salazar y el Virrey interviene en la disputa. Envía una armada al mando de Gabriel de Panagua y el conflicto se extiende.

Don Diego trata de levantar a los indios de la región contra el virrey, y estos se niegan a ayudarle. Las persecuciones, asesinatos y represalias aumentan. El problema llega a Tucumán. Sus jefes apoyan a Diego de Mendoza. El virrey envía cartas al Río de la Plata exigiéndoles obediencia. Los indios, tomados en medio de la disputa, también son sus víctimas: el virrey va a Potosí, la ciudad minera por excelencia, y les pone altas tasas y nuevos impuestos para pagar los costos de la guerra. Prende a Don Diego finalmente, y lo ejecuta.

Aprovecha la oportunidad para ir a Vilcabamba a reprimir a los indios. Dominaba allí el gran Inca Tupamaro. Se consideraba un gran señor. A pesar de que los españoles oprimían a los indígenas de la zona, el Inca los apoyaba. Pero el virrey desconfiaba de él. Decide ejecutarlo. Envía a Loyola a Cuzco. Lo apresa, pero se niega a matarlo. Le dice al Virrey que es un Inca, y que el pueblo lo apoya. El virrey le manda la orden por escrito, exigiéndole la ejecución. Acusa a Tupamaro de insurrección. En medio de la consternación popular, lo decapitan.

En el Río de la Plata, mientras tanto, los soldados padecen hambre. Centenera fue testigo de lo que sucedió. Asegura que el Adelantado Ortiz de Zárate, lejos de compadecerse por la situación que sufrían sus hombres, los insultaba. Les decía: “Malditos endiablados comilones,/ tragones, apocados, gente avara,/ que os traje yo de España a sustentaros,/ ¿qué os debo? Estoy a punto por dejaros” (282). Sus hombres lo despreciaban y lo odiaban, por el abuso y el mal trato. Garay mandó comida del Paraguay y se resolvió el problema. El poeta dice que el Adelantado era codicioso y disfrutaba castigando severamente a los que cometían faltas. Nadie lo quería. Poco tiempo después se enferma y muere. Le deja el poder a quien se case con su hija, que vive en Charcas. Esto despierta una nueva lucha de facciones.

Son varios los que quieren ocupar el puesto de Adelantado en el Río de la Plata. El poder pasa temporariamente al sobrino de Zárate, el joven Mendieta, hasta tanto se concrete el casamiento de la hija. Mendieta es tan abusivo y comete tantos atropellos y crueldades, que, finalmente, en Santa Fe, la misma gente lo apresa y pone en prisión. Renuncia públicamente al mando y lo envían a España. Pero no era Mendieta el único que tenía problemas, también el buen Garay: el virrey desconfiaba de él y empezó a perseguirlo. Le exige que vaya a Lima. Este se niega. Sabe que lo quieren poner en prisión. El virrey envía a Valero para capturarlo.

Una guerra de intrigas se sucede. Garay trata de descomprimir la situación e inicia una campaña militar contra los indios. Centenera dice que muchos de los problemas eran evitables, y que una causa de estos era el exceso de libertad. Esta se había vuelto libertinaje. Se había relajado la estricta separación entre las clases. Muchos soldados no respetaban los privilegios de los nobles. Dice: “La causa de este mal es el anchura/ y libertad tan grande permitido,/ que vemos una grande desventura,/ que la muy baja gente es tan tenida/ como la que es más noble de natura” (302). Aboga por una política más estricta y una vigilancia policial severa.

Esta distorsión moral de los valores, se extiende, para él, también al mundo de la religión. Un sacerdote, Martín González, al que califica de “clérigo idiota”, tuvo la mala idea, cree, de tratar a los indios como si fueran españoles, sin darse cuenta de que los

naturales carecían de inteligencia para entender las escrituras, eran “avaros” de juicio (306). Este predicaba en sus sermones a los indios cristianos que Dios hacía maravillas, y había permitido a David vencer a Goliat con solo una honda. El indio Oberá, escuchando su sermón, decidió levantar a su nación guaraní, diciendo que ellos podían vencer a los españoles. Dijo que él era hijo de Dios, concebido por la virgen, y que su hijo, Guiravó, era el Papa. Empezó a bautizar y cambiar de nombre a los indios, y estos se fueron de los repartimientos. No acudían al trabajo y dejaron de sembrar.

Garay desató una persecución contra Oberá. Muchos nativos, según el arcediano, temían a los españoles, y no quisieron luchar contra ellos. Fueron a ver a Garay y le pidieron que los repartiera en encomiendas. La rebelión, sin embargo, fue en aumento. Guaycará juntó cinco mil guerreros, construyó un gran fuerte y atacó a los españoles. Garay luchó contra ellos. Centenera describe combates individuales entre grandes campeones españoles e indígenas.

En esta parte el poeta nos brinda una imagen de sí mismo en medio del combate. Un guerrero se había aproximado a él con una cruz y le pidió su protección. El capellán iba en su caballo, vestido de blanco, acompañado de un soldado. Cada uno llevaba un arcabuz. Se supone que él no participaba en la lucha armada, y el arcabuz sería solo de protección. Toma al indio prisionero y lo lleva consigo. Dice: “De blanco me vestí, y con sombrero/ de paja, en mi caballo a la jineta,/ llevando solamente un compañero,/ y cada cual a punto una escopeta./ Espías yo le puse, tan ligero/ que venida la noche muy secreta/ en un bosque le prendo, y amarrado/ a la ciudad le traigo a buen recado” (320).

Garay decide volver a poblar Buenos Aires. Sale de Asunción con una excursión armada. El cacique guaraní Tabobá, al llegar, les hace la guerra. Entran en combate y el mestizo Inciso lo mata y le corta le cabeza. Los indios retroceden. Luego huyen. Los españoles se establecen en el lugar y se reparten la tierra.

Una nave sale para Castilla para informar a la Corona. Construyen un fuerte. Centenera está impresionado por la belleza del lugar y la fertilidad de la tierra. Compara la ubicación de la ciudad con el sitio en el que se asienta Sevilla. La llaman Trinidad. Se congregan en Cabildo y eligen alcaldes ordinarios. Mientras tanto, en Santa Fe, hay un

levantamiento de mestizos. Le escriben a Abrego, en Tucumán, pidiéndole ayuda. Los mestizos se quejan de Garay, dicen que los oprime. Quieren apresarlo, y enviárselo al Virrey. Ellos buscan poseer la tierra, porque se la ganaron en la guerra (325). Eligen como jefe del levantamiento a Cristóbal de Arévalo.

Un grupo de monárquicos sorprende a los mestizos y los atacan. Arévalo, su jefe, los traiciona, y se pasa a los monárquicos. Luchan y matan a los principales. Suprimen la rebelión, cortan los cuerpos de los muertos en pedazos y los ponen en los caminos con leyendas, advirtiendo que eso era lo que les pasaba a los que se rebelaban contra la corona. Varios lograron escapar. Lerma, gobernador de Tucumán, inicia la persecución de los mestizos. Atrapa a varios y los tortura. Centenera celebra el celo monárquico de Lerma, dice que su acción fue de gran “provecho” (330).

El arcediano no asistió en persona a la fundación de Buenos Aires. Permaneció en Asunción, donde amenazaba replicarse el levantamiento de mestizos de Santa Fe. Esto representaba un gran peligro para la corona, ya que los mestizos superaban varias veces en número a los españoles. Querían tener el derecho a la tierra. Reclamaban una mayor libertad e independencia. Centenera participó activamente en la supresión del levantamiento de Asunción, denunciando a los implicados a la policía (Ortiz Gambetta 18).

El arcediano empezó a tener problemas en la ciudad y logró que lo trasladaran al Perú. En este momento la narración se fractura. Centenera cesa su actuación como capellán castrense. Deja de ser testigo directo de los enfrentamientos militares. Comienza a narrar otro tipo de sucesos, en los que estuvo implicado o de los que fue testigo. Elige hechos llamativos y extraordinarios, que puedan satisfacer la curiosidad de sus lectores, como el terremoto de Lima, el Tercer Concilio de Lima, en que participó como secretario, y la invasión del pirata Drake.

Centenera transforma a Drake en un gran personaje de aventuras. Llama la atención su elección de Drake, por cuanto se trataba de un enemigo de la corona de España. Pero Drake representaba un héroe con una mentalidad distinta. Un hombre valiente, independiente, fuerte, libre. El mundo había cambiado a fines del siglo XVI: el

descubrimiento de América había modificado el régimen de acumulación de la riqueza y la dinámica del dinero. Esto dio al individuo un nuevo lugar en esa sociedad.

El corsario actuaba fuera de la ley, desafiaba a las instituciones. Se apropiaba por la fuerza de la riqueza de los otros, se burlaba de la moral. Los piratas se enriquecían rápidamente, con licencia de la corona. El poder político no los controlaba en forma directa. Drake atacaba a los enemigos de Inglaterra y aportaba parte de su rapiña al tesoro inglés (Navascués 179-90).

Los corsarios no eran los únicos que actuaban y desarrollaban su negocio al margen de la ley. Había aumentado también el tráfico de esclavos. La esclavitud pasó a ser un gran negocio. Portugal dominaba este comercio en América, y en la época en que Centenera escribe la corona de Portugal y la de España estaban unidas. El rey de España era también rey de Portugal y Brasil. Llegaban cientos de miles de esclavos a Brasil, que eran esenciales para el cultivo de sus plantaciones. Su fuerza de trabajo permitía producir enormes cantidades de materias primas que abastecían a toda Europa (Klein y Vinson 15- 33).

La transformación de América en continente factoría, sostenido sobre el trabajo servil indígena y el trabajo esclavo de los negros traídos del África, era un hecho. Europa organizaba la producción de América de acuerdo con sus propias necesidades y para su propio enriquecimiento. La conquista de América había transformado radicalmente la conciencia imperial. El impacto cultural de la conquista se hizo sentir rápidamente en Europa. Centenera escribía para esos lectores. Buscaba apoyo en la nobleza, para que compensaran sus servicios como capellán castrense y su fidelidad a la monarquía. Trataba de justificar y explicar la acción del ejército, resaltando el sacrificio y el heroísmo de sus hombres.

El corsario no era el único empresario o aventurero que había venido a América. El Adelantado también contaba con capital privado para su empresa de conquista. Era nombrado por el rey, y por contrato tenía derecho a quedarse con una parte de todo lo que descubriera o conquistara. Debía él mismo buscar y encontrar los medios para financiar la expedición (Tieffemberg 290). Centenera critica a todos los Adelantados que

habían pasado por el Río de la Plata (con la excepción de Álvar Núñez). Los caracteriza como a individuos inmorales y ladrones, que venían a América con el solo objeto de enriquecerse.

El poeta dice que se detiene a hablar de Drake porque no hay que quitarle los “derechos” al enemigo ni sentir envidia de sus hazañas (333). Lo describe como a un caballero noble. Dice: “Aqueste inglés y noble caballero/ al arte de la mar era inclinado./ Más era que piloto y marinero,/ porque era caballero y buen soldado./ Astuto era, sagaz y muy artero,/ discreto, cortesano y bien criado,/ magnánimo, valiente y animoso,/ afable y amigable y generoso” (334).

Muestra admiración por el pirata. No había descrito con tanta generosidad a ningún jefe español. Dice que a pesar de todo carecía de una cosa esencial: el amor de Cristo, ya que era luterano. Cuenta sus hazañas: llega a Arica, ataca a un navío español cargado de barras de plata. En El Callao ocurre algo extraordinario: los esclavos negros creen que Drake viene a liberarlos. Les roban el freno a los caballos de sus amos, para que no puedan escapar ni atacar a los piratas. Centenera les reprocha a los negros que no quieran ni aprecien a sus amos. Dice que los esclavos actuaron contra ellos “con ánimo maldito y alevoso” (337). Poco después los corsarios capturan el navío San Juan de Otón, que transportaba plata del Rey. Se van a refugiar a una isla portuguesa, donde los reciben bien. Descansan, se aprovisionan y regresan a Europa.

Centenera describe luego otro hecho llamativo que sabe va a interesar a sus lectores: el terremoto que tuvo lugar en Arequipa. El volcán había entrado en erupción y el pueblo todo tembló. Se destruyeron trescientas casas.

Incluye una historia policial entretenida. Una mestiza aprovecha la confusión que genera el terremoto, para ponerse de acuerdo con su amante y matar a su esposo español. Esto ocurre, dice el poeta, por culpa de la torpeza de los hombres. Deben desconfiar más de las mujeres, que mudan sus sentimientos constantemente. Se lamenta: “¡Oh, cruda ingratitud, tan celebrada/ de hembras por el mundo, como vemos...!/...La culpa nuestra bien está probada...”. Y concluye: “Fiad de la mujer, por vida mía,/ veréis cuán mal acude a la fianza” (342).

En el canto siguiente habla de un asunto de gran importancia para él: el Concilio de Lima. Si bien era un religioso que, como diácono, solo había completado su formación religiosa básica, pudo asistir al mismo en calidad de secretario, al servicio de los obispos (Ortiz Gambetta 17). Durante las reuniones del Concilio los participantes mantuvieron numerosas disputas. La relación entre los obispos no era muy distinta a la de los capitanes y gobernadores en sus jurisdicciones: abundaban las intrigas y las luchas por el poder.

Los limeños pronto se cansaron del Concilio. Los obispos sesionaron durante un año y todo giró alrededor de ellos. Aprobaron nuevos códigos de conducta para las mujeres. Las acusaron de ser disolutas y de coquetear. Prohibieron que usaran el rebozo y se cubrieran el rostro. Estas asistían a las fiestas y usaban el rebozo para ocultar su identidad. Dice: “En Lima veréis damas muy costosas/ de sedas, tramasirgos y brocados,/ en las fiestas y juegos aireadas,/ mas los rostros y caras muy tapadas” (350). La nueva medida trajo mucho enojo de parte de las damas, pero igual se impuso. Los obispos pidieron a los encomenderos y propietarios de indios y esclavos que los alimentaran bien, algo que por supuesto estos no hicieron. Debían además cristianizarlos.

Centenera confiesa que ya estaba cansado de vivir en América. Habían pasado casi dos décadas desde que había llegado. Sin embargo, no tenía dinero para volver. Extrañaba España (355). Termina el Concilio y recibe un favor inesperado: el obispo de Charcas lo designa su vicario. Lo hace nombrar además comisario de la Inquisición. Este último nombramiento le trajo problemas. Fue acusado de mal desempeño en sus funciones. Le hicieron juicio por entrometerse en las disputas políticas de los distintos grupos, ofender con insultos racistas a sus vecinos, a los que llamaba “judíos y moros”, y mantener relaciones íntimas con una mujer casada. El tribunal lo condenó a pagar una multa y le prohibió ejercer en el futuro puesto alguno en la Inquisición (Ortiz Gambetta 19).

Dada la situación, se fue del Perú y regresó a Asunción. Al llegar allá, se encontró con que el obispo Alonso Guerra había sido expulsado de la diócesis. Esto dejó una vacancia en el clero, que el arcediano pudo ocupar temporalmente. Viajó más tarde a Buenos Aires, donde ayudó a restaurar el templo de la Catedral. En 1593 solicitó al rey

permiso para regresar a España. Una vez en la península consiguió la protección del virrey de Portugal, el marqués de Castel Rodrigo, que lo nombró su capellán. Durante los años siguientes tuvo tiempo suficiente para poder organizar sus notas y el material histórico reunido, y trabajar en su poema.

En los últimos cantos de su libro, Centenera reitera varios de los tópicos de sus cantos anteriores: el episodio más destacado que va a aparecer es el de la muerte de Garay, un soldado a quien él apreciaba. Después de poblar Buenos Aires, había tenido varias guerras con los indios de la región. Durante un viaje en barco, se acercó con sus hombres a la costa del Paraná para dormir en la playa. No dejó la guardia adecuada y durante la noche los indios los sorprendieron. Pocos pudieron escapar. Centenera dice que Garay era imprudente y se confiaba demasiado (363). Su muerte llevó a una guerra mayor. Los indios, confiados en sus fuerzas, decidieron atacar Buenos Aires, liderados por Yamandú. La superioridad militar de los españoles se impuso y los derrotaron.

En la parte final, Centenera narra la llegada a Sudamérica de un nuevo pirata inglés, Cavendish, que ataca las costas. Esta vez, los españoles y los portugueses se defendieron con éxito, y lo vencieron (387). El poeta se despide de sus lectores, prometiendo continuar. No podrá hacerlo, sin embargo. Era ya un hombre viejo, como lo reconoce, y muere en el año de la publicación. Dice sobre su libro: “Aquí quiero dejarlo, prometiendo/ en otra parte cosas muy gustosas,/ que estoy en mi vejez yo componiendo/ del argentino reino hazañosas/ batallas que el dios Marte va tejiendo,/ conquistas y noticias espantosas” (406). En sus últimas líneas encomienda su manuscrito a la censura del Santo Oficio y pide la protección de la iglesia católica.

Argentina y la conquista del Río de la Plata se publicó en 1602. El extenso poema narrativo se destaca, en relación al corpus de las obras sobre la conquista del Río de la Plata, compuesto por crónicas, informes e historias, por su clara intención literaria. El escritor vivió más de veinte años en Sud América y su testimonio nos resulta valiosísimo, tanto por lo que dice, como por lo que no dice, y oculta o distorsiona. Centenera habla desde su perspectiva social, como diácono y capellán de la armada. Defiende sus privilegios, muestra sus aspiraciones y sus prejuicios.

En su poema combina la invención con la historia y la política. Toma como modelo la literatura épica de la época. El poema La Araucana, de Ercilla, fue sin duda un estimulante para él. Sabe que no puede emularlo, carece de la formación para hacerlo. No tiene el talento poético de Ercilla. Reconoce sus límites y asume sus riesgos como autor (Ortiz Gambetta 14). Su obra tiene elementos épicos, otros históricos, mucha política: no es una obra “pura”, porque vivió en una época confusa. Él mismo estuvo lejos de ser un ejemplo moral, según lo juzgaron sus contemporáneos.

Reconoció que era valiente y no lo intimidaban los combates. Era un hombre vengativo, que detestaba a sus jefes, en particular al Adelantado Zárate, contra quien se ensaña. No mostró compasión hacia los indígenas. Asume el punto de vista del soldado español. No puso en tela de juicio su derecho a hacer la guerra al nativo y apropiarse de sus tierras. Evita en su obra todas las cuestiones críticas: no habla de la esclavitud, ni de las matanzas de indios, ni de las masacres de hombres, mujeres y niños, que refieren los cronistas e historiadores. Su interés no era denunciar al ejército por su comportamiento, sino exaltarlo por su coraje. Los indígenas para él son los enemigos, a los que hay que vencer. Los juzga brutales.

Cree en la supremacía española, tanto desde la perspectiva militar, como religiosa, cultural y racial. Trata a las mujeres como a seres peligrosos, que amenazan la integridad moral de la sociedad. Idealiza el poder, y dirige su libro a los estamentos nobles. Se opone a la nivelación de las clases sociales, y denuncia el relajamiento de los privilegios de nacimiento que observa en América.

Apunta como ideal a un nuevo tipo de hombre: un aventurero fiel a sí mismo, como Francis Drake, que se vale del poder para imponer su voluntad y demostrar su superioridad a los más débiles.

Escribió su poema como un servicio a la corona, para dejar testimonio de la conquista. Cree en el futuro del imperio y se confiesa furiosamente monárquico. Su sentimiento religioso no se expresó como fe, sino como aspiración moral.

La literatura de Centenera representa una de las dos formas posibles que podía asumir en esos momentos la literatura en América: denuncia y toma de conciencia de lo

que significaba para la moral cristiana el genocidio de las culturas americanas, o encubrimiento de lo que era la conquista militar, presentando la destrucción del mundo americano como una aventura y un anhelo de creación de una sociedad mejor. Su obra expresa esta segunda posibilidad: la literatura como encubrimiento del genocidio del mundo americano, apología del imperio y exaltación de su poder.


Bibliografía citada


Barco Centenera, Martín del. Argentina y conquista del Río de la Plata. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2021. Edición crítica de Javier Navascués y Eugenia Ortiz Gambetta.

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Publicado en Revista Renacentista, Mayo 2022.