Twitter: @Ajulianperez1

ttu.academia.edu/AlbertoJulianPerez



sábado, 21 de febrero de 2026

Caterva: de Villa Desocupación a Córdoba Capital

                                                             de Alberto Julián Pérez 

    Juan Filloy (1894-2000) publicó su tercera novela, Caterva, en una edición privada en 1937. Anteriormente habían aparecido ¡Estafen!, 1931, y Op Oloop, 1934. No volvería a publicar narrativa hasta la década del setenta. Con este libro cerró un periplo literario que lo ubicó frente a sus contemporáneos como un gran novelista de vanguardia.   

    Caterva narra la travesía de un grupo de siete linyeras que van de Río Cuarto a Córdoba Capital. Los vagabundos habían iniciado su viaje en Buenos Aires. Vivían en Villa Desocupación, la primera gran villa miseria de la ciudad, ubicada muy cerca de donde hoy está la célebre Villa 31 (Snitcofsky 293-6). Seis de ellos eran extranjeros llegados de Europa y el Asia Menor, y uno, Aparicio, era uruguayo. Solo “Aparicio” y “Dijunto” tenían el castellano como su primera lengua. 

    Los personajes de la novela se expresan en un lenguaje culto y sofisticado. El autor emplea un discurso uniforme. No diferencia niveles de lengua entre los linyeras, ni se preocupa por el grado de verosimilitud de sus discursos. No es un novelista realista. Llama a cada uno con un apodo. Solo utiliza sus nombres verdaderos en ocasiones especiales. Filloy crea una distancia afectiva entre los personajes y el lector.

    Mantenemos con los personajes una relación intelectual. Son parte de una alegoría o una fábula. Nos inducen a pensar. “Katanga”, oriundo de Armenia, es el personaje líder del grupo (Magnus 4297- 4445). Lo secunda su amigo “Longines”, que es suizo. Completan la pandilla “Lon Chaney”, francés; “Fortunato”, checoslovaco; “Viejo Amor”, italiano y “Dijunto”, español. El narrador, progresivamente, nos va dando información sobre la vida de cada uno. Su descripción física nos causa desagrado. Son calvos, se visten con ropas viejas, están sucios. Tienen una apariencia ridícula. Han pasado los cincuenta años de edad. Katanga es algo más joven. Sostienen entre ellos extensos diálogos. Sus discursos son complejos y elaborados. Discuten problemas morales, filosóficos y políticos. El “saber” de cada uno no corresponde a la historia del personaje. Son “marionetas”. El narrador es un “ventrílocuo”, que le va dando la palabra alternativamente a sus criaturas. Retiene para sí el control final de la historia. 

    Filloy ya había utilizado muchos de estos recursos expresivos en Op Oloop, 1934, su novela vanguardista anterior, donde presentaba al lector un grupo de personajes extravagantes en un mundo que resultaba al lector “extraño”, anómalo. En Caterva, en cambio, el escritor inscribe la historia en el ámbito local, regional. La sitúa en la provincia de Córdoba, de donde es oriundo el autor, durante la “década infame” (Davis González 213-18). Introduce en la narración las vicisitudes de la vida política argentina. Los linyeras salen de Río Cuarto, ciudad en la que el autor residía hacía más de una década, y terminan su periplo en Córdoba Capital, donde había nacido. Procuran viajar en tren sin pagar boleto. Se esconden en los vagones de carga. El tren hacía su recorrido y se detenía en diversos pueblos y localidades. Ellos conocían la región y sabían de antemano donde apearse. En estos pueblos rurales tienen lugar las aventuras del grupo. El camino está sembrado de incidentes. Los personajes reflexionan, se explayan en largos y sofisticados discursos. Es su forma de situarse ante los hechos. Piensan, analizan, proponen. Presentan sus propios puntos de vista, y los defienden y discuten, dando lugar a encendidas polémicas. Los siete viajan y conviven, son amigos y se aprecian, y entran en relación con otros personajes que conocen en el camino. Son individuos marginados, rebeldes. Escapan al control de la autoridad. Se enfrentan a la policía, que es inmoral, punitiva e ineficaz. Los acontecimientos sociales y políticos precipitan la acción. 

    Argentina sufre una crisis política y económica. Todos ellos tienen un pasado tortuoso, delictivo. Han escapado de sus países de origen y vinieron a refugiarse a la Argentina. Son idealistas y luchadores, creen en la justicia social. Katanga es comunista; Longines, anarquista (Preobrazhenski 107-118). En la escena que abre la novela los linyeras están bajo un puente, a orillas del Río Cuarto. 

    El narrador explica que no han llegado allí accidentalmente, como los “cantos rodados” del río, sino en virtud de “una corriente espiritual” que los unió y los “empujó” por el “cauce” (Caterva 11). Están preparando un asado. Aparecen de pronto dos policías, revólver en mano. Dicen que están buscando a un individuo peligroso (Guevara 1250-86). Revisan el lugar. Uno de los agentes les hace notar que allí hay siete catres y ellos son solo seis. ¿Dónde está la persona que falta? Los policías están persiguiendo a un individuo que trajo a los huelguistas locales diez mil pesos del Socoro Rojo Internacional, y se los entregó para apoyar la insurrección. Se trata de una conspiración comunista (28).  

    Los linyeras no responden. Quien faltaba, sabían ellos, era “Aparicio”, el uruguayo, un hombre rebelde, revolucionario, antiguo soldado del legendario caudillo Aparicio Saravia. Ante la situación, intimidado, Katanga oculta con cuidado en su bolsillo unas cartas comprometedoras, que había recibido de un periódico comunista. No hacía mucho tiempo, la policía lo había detenido y torturado (28). Los linyeras les dicen a los policías que ellos son pobres sin trabajo, que salieron hace un tiempo de Villa Desocupación, en Buenos Aires, en busca de nuevos horizontes. Necesitan ayuda. La policía no les cree y arrestan a Katanga. 

    Luego que parten, Lon Chaney confiesa a sus amigos que, en un descuido de la policía, Katanga le había pasado las cartas comprometedoras que ocultaba. La policía no tenía pruebas contra él. Varios de ellos habían estado esa tarde en una asamblea de obreros de la construcción. Aparicio les había entregado diez mil pesos a los huelguistas. La policía sospechaba de él y esa noche iba a escaparse, oculto en el tren de carga. Longines, el experto relojero, está preparando con dinamita cuatro bombas caseras. Dijunto se propone colocarlas en puntos estratégicos de la ciudad, para confundir a la policía y hacer que liberen a Katanga. 

    Los policías llevan al detenido a la comisaría y le hacen preguntas. Katanga, astuto, se hace el tonto. Finge que no entiende. Sabía cómo hacerlo, había sido un célebre ilusionista, el Doctor Inhell. De pronto, escuchan varias explosiones. El personal de la comisaría sale a ver qué pasa, Katanga los sigue. El Banco de Crédito Rural había sido reducido a escombros (46). La santería, junto al Banco, se estaba incendiando. Su dueño, el judío Leibowich, desesperado, se agarraba la cabeza. El narrador se burla de él. Katanga ve su oportunidad y, heroico, se arroja en medio del fuego a rescatar las imágenes de los santos. El Inspector, al observar su conducta sacrificada, cree que cometió un error al arrestarlo. Lo libera de inmediato y le ofrece un trabajo en la policía. Katanga “llora” agradecido. Ha logrado engañarlo. Uno de los pesquisas, sin embargo, no queda convencido del todo y desconfía de él. 

    Los linyeras salen en tren de Río Cuarto rumbo a Espinillo. Van en un vagón vacío, sucio y pestilente, que había transportado hacienda. El tren se detiene en Espinillo y luego sigue camino a Baigorria Gigena. Ellos, en su vagón, beben café y se entregan a sus disquisiciones sin que nadie los moleste. Hablan sobre la justicia. Katanga afirma que es “una lechuza que guiña los ojos, alternativamente, a la izquierda y a la derecha” (71). Longines cree que la sociedad “se funda en la resignación” (72). Acusa a Katanga de comunista. Él cree en el anarquismo individualista. Espera que la masa un día se rebele contra el poder y extermine a los tiranos. 

    Los siete, gracias a los sesenta y tres mil pesos que le robaron a la vieja Freya, jefa de mendigos, han salido de Villa Desocupación en un “viaje de turismo al ideal de los demás” (73). Esas discusiones son su manera de filosofar sobre sus experiencias. Longines afirma que para hacer la revolución no hacen falta grandes ideas: hace falta dinero. Katanga le responde que el dinero no es todo. Fortunato no comulga ni con el comunismo, ni con el anarquismo, y tampoco con el fascismo. Había sido financista en Praga. Dejó esa vida para ser pordiosero. Katanga lo acusa de haber planificado el robo a la vieja Freya. No puede hacerse el bueno. El tren llega a Almafuerte. Allí se bajan. Longines dice que lo importante en la vida “es la táctica” de cada uno para vivirla (82). Todos han tenido un pasado difícil. Sus debilidades y sus miserias los unen (90). 

    Llega Aparicio y les cuenta que la policía sabía que él había participado en el atentado y lo estaba buscando. Era el único sudamericano de la pandilla. Hablaba como un revolucionario. Van al embalse de Río Tercero a bañarse. Están felices, ellos aman la naturaleza. Un guardia trata de echarlos, sin éxito. Preparan una comida gourmet para el almuerzo (99). Luego de comer se dirigen al rancho de Rufo Pereyra. Este se transforma en uno de los personajes más importantes de la novela. Don Rufo vivía en una estancia, donde era capataz. Se trataba de un criollo muy particular: hablaba con un lenguaje rico, florido (104). Improvisaba versos. Era viudo y tenía un hijo pequeño, que sufría una hernia, y lloraba mucho. Tenía solo treinta años y, antes de casarse, había sido payador de boliche. En la paz del campo los amigos se sienten en comunión cósmica con la naturaleza. Disfrutan de un silencio panteísta (106). Se acuestan y meditan: Aparicio, sobre la revolución en Uruguay; Katanga, sobre la cultura; Fortunato, sobre los héroes. Katanga le cuenta a Aparicio su aventura con la policía. El hijo de Don Rufo llora mucho y no los deja dormir. El padre le canta una melancólica canción de cuna. Katanga se despierta a mediodía. Los otros habían salido en camioneta. 

    Durante el trayecto el vehículo se les empantana, y tienen que pedir ayuda a unos criollos, que les cobran buen dinero por sacar la camioneta con un tiro de caballos. Critican a los colonos gringos, que controlan la economía del campo. Los criollos quedan a merced de ellos. 

    Katanga decide ir a trabajar en el campo con Don Rufo. Lo va a ayudar a arar. Siente como si estuviera en el mundo rústico del pasado clásico virgiliano. En el descanso, Don Rufo improvisa coplas y le canta a su mujer Jacinta. Cuenta sobre su amor, la muerte de ella, su sentimiento de abandono y soledad (129). Poco después llegan sus compinches en la camioneta y se sorprenden mucho cuando encuentran a Katanga arando. Vienen con ellos el Juez de Paz y el Comisario. Estaban buscando a un delincuente que se les había escapado: Ruperto Alaniz. Los linyeras los invitan a todos a comer. Organizan un pic nic riquísimo.     

    Luego de comer, Longines, Dijunto y Lon Chaney se van a cazar. Los otros duermen la siesta. Longines y los otros dos encuentran en el camino a Alaniz. Les cuenta que la policía lo quería castigar porque le había pegado una paliza a un gringo que le robó. Alaniz era alguien especial: un sabio yuyero. Discuten sobre el excelente conocimiento que los criollos del lugar tenían sobre las plantas y sus propiedades curativas. Los farmacéuticos denunciaban a los curanderos por mala práctica médica y la policía los buscaba. Katanga los defiende: hacen mal en perseguirlos. El “vegetal lleva vida” al organismo; el componente mineral, que se usa en los medicamentos de la medicina moderna, en cambio, pocas veces salva vidas (148). Los linyeras simpatizan con Alaniz y le dan dinero para que escape de la policía. 

    Ellos regresan a lo de Don Rufo a la hora de la cena. El Comisario había salido con Aparicio, a quien creía argentino, en busca de otro fugitivo. Se detienen en el camino en una pulpería y le preguntan a Nassin Flores, el dueño, si conoce a Sayavedra, el hombre que buscaban. Nadie sabe de él. El Comisario no les cree. Aparicio llevaba encima de él dos mil pesos para la Juventud Obrera de Almafuerte. Comprende que el Comisario y el Juez no van a dejar que se los entregue al Secretario. Estos lo toman por sorpresa, le pegan y le quitan el dinero. Le dicen que se lo van a dar a los deudos de Sayavedra, pero Aparicio sabe que no es cierto. Los dos huyen. Aparicio logra llegar a Almafuerte y va en busca del Secretario de la Juventud Obrera.  

    El Secretario le cuenta sobre los problemas de corrupción legislativa que existen y las coimas que les piden. Muchos admiraban las “dictaduras higiénicas”. A él no le gustan los gobiernos autoritarios. Cree que hay que denunciar al imperialismo y a los políticos profesionales (162). Aparicio está de acuerdo, le dice que en la Argentina no hay hambre y no hace falta Marx; el problema son los vendepatrias, que quieren entregar el país a los ingleses y a los yanquis. El Secretario queda impresionado por su discurso y lo invita a una reunión política en lo de Don Rufo para el día siguiente. Le dice que deben cesar los manoseos de izquierda y derecha, y que necesitan “que el sol de Mayo ilumine las conciencias” (163). Critica a la democracia conservadora “cuenta votos”. El Secretario pasa a buscar en su auto a Aparicio. Conduce muy rápido. Admira la velocidad y el maquinismo contemporáneo, es un verdadero “futurista”. Llegan a lo de Don Rufo. Aparicio les cuenta que el Comisario y el Juez de Paz le robaron los dos mis pesos que debía entregar al Comité de huelga. Los linyeras, indignados, le dan al Secretario el dinero para el Comité. Este se emociona, les asegura que no es verdad lo que se dice de ellos. Los llaman comunistas, pero son solo colonos que defienden la producción (174). El Secretario parte de regreso. Los linyeras se preparan para irse. 

    Se despiden de Don Rufo, un criollo entrañable, con quien han entablado una amistad sincera. Admiran su hombría de bien, su apego a los valores de la tierra. Antes de partir, le dan dinero para que pueda operar la hernia de su hijo. Don Rufo les hace una gran despedida. Les sirve un almuerzo gourmet. Se marchan a Rumipal, que está cerca del Dique. Allí se instalan en una pensión. La dueña es una señora española. Las camas del lugar tienen chinches. Esa noche deciden dormir afuera en sus propios catres. Hay luna llena. La luz lunar ejerce una fuerza magnética sobre sus conciencias. 

    Sufren las peores pesadillas. Son verdaderas fantasmagorías vanguardistas. Los siete se desplazan por el sueño “como una tropa de sonámbulos” (189). Glisan “sobre ruedas astrales”. Marchan por “los yermos poblados de la muerte” (190). Llegan a la boca de la Vorágine. Entran en el Gran Receptáculo “tallado en la roca viva de todos los cadáveres” (191). Escuchan una música disonante. Los siete pecados capitales invaden la escena (192). Ven una gran “víscera lúcida” (194). Es la conciencia. Se la devoran. La pesadilla fantasmagórica llega a su fin. Al otro día se despiertan mal dormidos, nerviosos. La dueña se burla de ellos. La luna les había inficionado su ponzoña. Katanga cree que el magnetismo lunar altera la naturaleza de los seres (197). Un lanchero los lleva durante el día a pasear por el lago del embalse. Aparicio mantiene una discusión con el boticario del lugar sobre el uso de la lengua castellana. Le critica su manera de hablar. Este emplea expresiones exageradas, grotescas. Se burlan todos de él. El boticario se defiende y los acusa de incultos (203). Él buscaba la perfección en la lengua. Aparicio le dice que su expresión es demasiado alambicada. Parece un “gongorino”. Para Aparicio “el idioma debe traducir la modalidad natural del pueblo” (206). Rechaza a los profesores españoles engolados y a los escritores locales que se agallegan. 

    El Secretario viene a buscarlos. Los colonos habían organizado una “tallarinada” en su honor en la chacra de Saverio Di Noto, en Río Tercero. Van Aparicio, Katanga y Viejo Amor. Durante la comida, discuten sobre las consecuencias de la influencia extranjera en el país. Di Noto era un inmigrante que luchaba por elevar el nivel intelectual del chacarero. Había fundado la primera cooperativa del lugar. Lograron mejorar la semilla, la siembra, los silos. Lucharon contra los trusts de los acopiadores de granos. Muchos se pusieron en su contra, les restringieron el crédito. Los capitalistas aparentemente vencieron, pero ellos confían en que, gracias a amigos como Katanga, podrán defenderse (Sierra 523-8). Katanga, emocionado, contesta que es un honor intentar saciar la esperanza de los desheredados (211).

     Saverio Di Noto le había dado dos mil pesos a un caudillo local para que la policía liberara a los presos políticos. Los italianos les están agradecidos por su aporte. Emocionados, beben y se ponen todos a cantar. Katanga les dice que sigan luchando por sus ideales. Después de la comida Viejo Amor convence a sus amigos de ir al prostíbulo en Río Tercero. Es un viejo lujurioso. Katanga no tenía mucho interés en las prostitutas, pero los acompaña. El ambiente del prostíbulo es soez y grosero. Varios jóvenes bailaban tango (223). Tocan “Rodríguez Peña” y “El Entrerriano”. La favorita del prostíbulo es Wenzi, una judía-polaca. Varios de los que trabajan allí son miembros de la misma familia (228). 

    A las nueve de la mañana salen de regreso. En la carretera tienen un accidente. Deben cambiar una rueda. Deciden ir al Embalse. Al llegar allí se enteran de algo terrible: Lon Chaney estaba al borde de la muerte. Se había caído al vacío desde un alto parapeto en el embalse. Tenía la base del cráneo rota. Poco después fallece. Es un momento triste de duelo. Lo entierran en un cajón improvisado, que había contenido una turbina, en el cementerio de Santa Rosa. 8 En Rumipal los recibe la dueña de la pensión. Le dicen que se van ese mismo día a las seis de la tarde. Sienten en medio de ellos la presencia espiritual de Lon Chaney y los seis amigos se ponen a dialogar mentalmente con él. Katanga le confiesa que lo envidia, porque ya estaba muerto. El Secretario le dice al difunto que él había vivido la vida “en función de la aventura” (249). Salen todos en auto a Corralito. Van a tomar el tren que sale para Córdoba capital. Están mal de ánimo. No van a “colarse” como otras veces: comprarán boletos. Katanga se despide del Secretario y le da un fajo de billetes. Le pide que siga luchando por sus ideas y defendiendo a los obreros rurales. El tren los lleva a Monte Ralo. Longines se siente muy triste por la muerte de Lon Chaney.    

        Discuten con el Inspector del tren. El ferrocarril era de los ingleses y el Inspector era un arrogante que se comportaba como un policía al servicio de los intereses de sus patrones. Longines escucha que le recrimina a un viajero que iba acompañado de un niño en el fondo del vagón. Este lloraba. Comprenden que es Don Rufo, y van a ayudarlo. Iba a Córdoba a operar a su hijito y no tenía boleto. El tren llega a Despeñaderos. Katanga busca a Longines y no lo encuentra. Poco después viene. El tren parte y se detiene en Rafael García. No ven al Inspector. El tren continúa su marcha y para en varios pueblos. El Inspector no aparece durante el trayecto. Katanga mira a Longines con insistencia, interrogándolo. Este hace una mueca y se sonríe. Imagina lo que pasó. Longines, seguramente, había empujado al Inspector a las vías (269). Había sido su manera de hacer justicia. 

    El tren llega a Córdoba Capital. Se alojan en la pensión de Doña Visitación. Los linyeras no se encuentran bien en la ciudad. Es una capital provinciana de “beatos”, tiene “espíritu forense” (270). Abundan los abogados y los mendigos. Los hombres necesitan “una lección de dandismo” (272). Se visten mal. En la pensión conocen a tres estudiantes del interior del país, que se hacen sus amigos: Rescoldo, riojano; Fenicio, rosarino y Pataky, santiagueño. Cerca del Hospital de Niños encuentran a Don Rufo. Está esperando que operen a su hijito. Van a la terraza del Parque Sarmiento. Desde allí pueden ver las dos caras de Córdoba: rémora y progreso (279). Un sector de la ciudad se aferra al pasado, y otro abraza el porvenir. Recorren durante varios días las sierras de Córdoba en dos autos alquilados. Fortunato cae enfermo. Viejo Amor está de amoríos con la dueña de la pensión, la niña Visi, una mujer cuarentona. 

    Van a visitar el Dique San Roque y el Lago. El sitio está lleno de turistas, que sacan fotos con sus cámaras Kodacs. Los critican. De pronto, para su sorpresa, ven a Freya Bolitho con su hija tuberculosa. Freya era la mendiga a la que le habían robado todo su dinero en Villa Desocupación. La saludan. Freya no sabía que ellos también habían participado en el robo. Creía que Lon Chaney y Fortunato habían sido los ladrones. Los está buscando para matarlos. Le dicen que Lon Chaney ya falleció. Ella no sospecha que ellos estaban viajando con el dinero robado. Freya, simpática, les cuenta que se había recuperado económicamente. Había formado una organización que explotaba la piedad de la gente. Tenía muchos mendigos que trabajaban para ella. Se despide de ellos y se va en auto a su hotel en las sierras. 

    Conocen al Chiflado, un antiguo escultor de fama, a quien una tragedia amorosa lo había llevado a vivir como ermitaño en las sierras. Odiaba a los turistas y criticaba la caridad. Decía que esta debía ser abolida y que la mendicidad era una “estafa colectiva” (308). 

    A la mañana siguiente se van a Córdoba capital en tren. Al llegar a la pensión reciben la noticia de que Fortunato estaba muy grave. Tenía bronconeumonía. Parece que la maldición de Freya lo había alcanzado. Viene un sacerdote a darle la extremaunción (a pesar de que era protestante) y poco después muere. Durante el velorio ven que Viejo Amor y la niña Visi se abrazan. Los dos les anuncian que van a casarse (316). Los felicitan. Los estudiantes y los enfermeros compran abundante comida y bebida para todos. El velorio se transforma en una gran fiesta. 

    Al amanecer Fenicio les da una noticia inquietante: atacaron a van Zuhlinder, el preparador de la Facultad de Ciencias Naturales, para robarle. Todo el mundo sabía que era nazi. Durante el atraco se le cayó al suelo una carpeta que llevaba. Fenicio la recogió. Adentro contenía papeles y documentos escritos en alemán. Se las entrega (332). Longines hablaba alemán. Esa noche Longines lee el manuscrito de cuarenta y dos páginas. Se trataba de un estudio del Instituto de Entomología sobre diferentes tipos de insectos. 

    Longines, además de relojero, era criptógrafo. Había tenido una carrera ejecutiva brillante como director de la Unión Suiza de 10 Relojería en Buenos Aires. En la crisis del año 14 perdió todo, y se fue a vivir a Villa Desocupación con los más pobres (344). Longines comprende que el texto, aparentemente inofensivo, contiene datos cifrados. Estudia el manuscrito con detenimiento. Tiene muchos dibujos. Descubre, en las alas de unas grandes mariposas, un plan para apropiarse de las tierras del sur de Brasil, de una parte del Uruguay y de la provincia de Misiones en Argentina. Se trataba de un complot nazi. Los pueblos habitados por colonos alemanes en esa región de Sud América, estaban controlados por “emisarios nazis”, agentes del Partido Nacional Socialista (352). 

    Le cuenta a Katanga sobre su descubrimiento. Este le dice que hay que revelar ese plan a las autoridades. Tienen las pruebas. Alemania no podrá expandirse a costa de “las ingenuas democracias de América” (354). Deben informar todo a la Liga de las Naciones. Cree que los nazis tienen cadenas de espías distribuidos en diversas ciudades de Brasil y Argentina. El racismo está destruyendo a Alemania. A la mañana siguiente le cuentan todo a sus amigos. 

    Van al Parque Sarmiento. Se sientan los cinco en un banco, cerca de la estatua del Dante, a conversar sobre su situación. Están tristes, extrañan a sus dos amigos muertos. Sienten que la gira ha sido un fracaso. Cada uno deberá seguir por su lado. Viejo Amor está por casarse pronto. Dijunto dice que quiere comprarse una quinta y vivir en el campo. Aparicio se considera un revolucionario, y desea continuar “su apostolado político” (359). Se ponen a contar cuánto dinero les resta de la suma que le habían robado a Freya Bolitho. Deciden repartirlo equitativamente entre todos. 

    Por la noche Longines y Kapanga se reúnen con Aparicio en la habitación de Don Rufo. No querían despertar sospechas. Tenían frente a ellos el cartapacio de Ian von Zuhlinder. Van a denunciarlo. Le explican a Aparicio que en 24 horas él iba a ser un hombre famoso. Era el único sudamericano del grupo y debía encargarse de hacer la denuncia del complot que los amenazaba. Se harían reuniones con representantes de Uruguay, Argentina, Brasil y Estados Unidos. 

    Longines le explica a Aparicio en forma detallada cómo es el plan nazi que descubrieron. Los tres, de manera desinteresada, ponen el dinero que les repartieron al servicio de su misión. Compran ropa formal en una sastrería para la ocasión. Organizan una conferencia para el día siguiente en el Hotel Bristol. Estarán presentes los agregados militares de los cuatro países a los que llamaron y la prensa internacional. Las cancillerías de Estados Unidos y Brasil están de acuerdo en rebelar todo en 24 hrs al resto del mundo. Esa noche duermen en el Hotel. A la mañana tiene lugar la conferencia. 

    Al día siguiente Longines y Katanga regresan a la pensión. En el camino se detienen en Panagra, la compañía de aviación, y sacan dos pasajes para Mollendo, Perú, para el otro día. Esa noche se despiden de Dijunto. Viejo Amor anuncia la fecha de su boda con Doña Visi. Longines y Katanga preparan sus equipajes (377). Le escriben una carta a Aparicio, donde le informan que se van. Por la noche tienen pesadillas. Se levantan temprano y van a desayunar al Bar L´Aiglon. Leen las tapas de los diarios, que informan sobre un complot nazi en Sud América. Se van al aeródromo. Cuando llega el avión, ven que descienden de él dos pesquisas, con un pasajero esposado. Se trata de un espía, al que han apresado: Ian von Zuhlinder. El avión despega. Longines y Katanga son dos “cantos rodados”, que alzan vuelo y se pierden en el cielo “como la sombra de dos aves en la memoria” (380). La novela ha llegado a su fin. Filloy emplea en esta obra un lenguaje narrativo vanguardista, que busca poner la materialidad del lenguaje en primera línea y problematizar la forma. Cuenta una historia política compleja, contemporánea y rica en acontecimientos. Pone en escena individuos marginales que interpretan la realidad social y tratan de intervenir en ella políticamente. Buscan la justicia. 

    Filloy se propone en su novela lograr un equilibrio entre contenido y forma. Los “linyeras” protagonistas son extranjeros, que viven lo que ocurre en el país como algo propio y se identifican con su gente. Su ideología es transnacional: son comunistas, anarquistas, revolucionarios. Observan críticamente el mundo social. Son individuos viejos casi todos, experimentados y pueden comparar el presente con el pasado. Son “sabios”. El objetivo de su peregrinación es comprender cómo nace y se constituye “el ideal de los demás” (73). Quieren descubrir cómo son las ideas que movilizan las conciencias y llevan a los seres humanos a identificarse con un destino común. 

    Los hombres son capaces de luchar por sus ideas. Desean alcanzar un ideal. Valoran la fuerza creativa que poseen los ideales, capaces de transformar a los seres y a las cosas. Las ideas pueden llevar a que se realicen cambios en el mundo histórico. Crecen, se imponen y nos hacen sentir que somos nosotros quienes modelamos nuestro entorno. Esa marcha hacia un ideal implica una lucha colectiva para hacer posible el ideal. Es un movimiento social, durante el cual los sujetos 12 se enfrentan a otras fuerzas que tratan de desviarlos de sus fines. Gracias al ideal el mundo parece tener un objetivo. Los personajes mantienen entre sí una relación de amistad sincera. Cada uno de ellos tiene una personalidad distintiva. Sus diferencias individuales enriquecen la interacción y los obligan al diálogo y a la polémica. Tienen que explicarse, y justificarse y convencer también a los otros. 

    El juego intelectual es parte central de la novela. Sus largas disquisiciones eruditas enriquecen y entretienen al lector. La trama pasa muchas veces a segundo plano, y los complejos argumentos sobre los múltiples temas políticos y morales que va planteando la obra se vuelven los protagonistas. El discurso se autonomiza. El discurso narrativo emplea una lengua culta, barroca, repleta de figuras. Sus sofisticados argumentos se expanden y enriquecen con nuevos argumentos. La narración atrae al lector y lo seduce. Es una narración informativa, pedagógica, conceptualmente significativa. Como hombre de Derecho, el autor es un retórico experto y brilla en el arte de la argumentación. Esta es persuasiva, convincente. 

    Su prosa posee un despliegue excepcional de riqueza verbal. Filloy crea personajes exóticos, extravagantes. Rompe el contrato realista de verosimilitud con el lector. Su historia es simbólica, alegórica. Nos muestra un mundo deformado, de personajes exagerados, contradictorios. Su aspecto físico es desagradable. Los viejos linyeras están sucios y mal vestidos. Inventa situaciones absurdas y las presenta como posibles. Comienzan el viaje en Villa Desocupación, una de las primeras villas urbanas de desempleados que se forma en Argentina. Son parte de un grupo de seres que han sido marginados por su sociedad. Es la década del treinta y el mundo está en plena crisis financiera y económica. Los inmigrantes la sufren de una manera intensa. Sus historias testimonian sus fracasos. 

    El pesimismo y el sentimiento de impotencia ante la realidad se apodera de diversos sectores de nuestra sociedad y se refleja en su cultura (Colombo y Tomassini 285-7). El tango expresa de una manera lúcida y sentimental el estado emocional de los sectores populares en esos años. Angustia, derrotismo, impotencia (Pérez, “Las letras de los tangos de E. S. Discépolo” 28- 62). 

    El país por el que viajan muestra una sociedad dividida, en crisis. Los colonos se enfrentan a los terratenientes, y explotan y excluyen a los criollos. Estos tratan de reaccionar y resisten. Los colonos se organizan políticamente. Kapanga y sus amigos ayudan a los huelguistas. Estos luchan contra los poderosos terratenientes y capitalistas. Los linyeras simpatizan con el comunismo y el anarquismo, aunque no militan directamente en movimientos políticos. A pesar de esto, apoyan a los que están en lucha, se solidarizan con ellos. Apuestan a la resistencia y a la revolución. Utilizan el dinero que le robaron a una mendiga pícara, Freya, en Villa Desocupación, para viajar y “hacer el bien”: ayudan a los que se rebelan contra el gran capital y se burlan de la policía rural. 

    Durante el viaje conocen a quien simboliza la suma de valores del alma criolla en retirada: Don Rufo. Es un gaucho que es padre y madre: cambia la payada por las canciones de cuna para dormir a su bebé enfermo. En él encuentran la nobleza del viejo gaucho. Don Rufo ama el lenguaje rico y florido, y habla la lengua criolla coloquial de la campaña. Es un personaje afirmativo del sentido y valor de la nacionalidad. Denuncia las injusticias que sufre el criollo. Este último no puede adaptarse a las demandas de la nueva sociedad moderna, que giran sobre el interés y el afán de lucro. Los chacareros inmigrantes no entienden los valores ancestrales de la tierra rioplatense. Están muy pendientes del dinero y la ganancia, y terminan utilizando a los criollos como mano de obra barata, o quitándoles directamente su trabajo y remplazándolos por extranjeros. 

    Filloy compara al hombre de campo, que ama a la naturaleza, con el habitante de la ciudad, práctico y egoísta. El hombre de campo es generoso y auténtico, mientras el citadino del interior, el cordobés, es calculador, prejuicioso, adquisitivo. En Córdoba dominan las antiguas instituciones que formaron históricamente a la ciudad: la Universidad y la Iglesia. La describe como a una ciudad de “doctores” y beatos. El grupo de amigos se enfrenta a la policía. Ayudan a los huelguistas. Realizan un atentado terrorista. Colocan cuatro bombas caseras. 

    Filloy se burla de la policía de campaña. Los muestra como ignorantes y sin principios. Los linyeras no respetan la propiedad privada. Le han quitado todo lo que tenía a Freya, la falsa mendiga. Esta había ocultado su dinero dentro de un pan. Lo utilizan para viajar. Deseaban conocer el ideal de los demás. Una vez en el camino, ya no roban más. Dan dinero a quien lo necesita. Lo emplean para hacer justicia. Le entregan a Don Rufo fondos suficientes como para que opere a su hijo enfermo. Tienen un agudo sentido de la moral. La policía, en cambio, es inmoral: no representa ni la ley ni el orden. Los agentes no vacilan en golpear a Aparicio y robarle el dinero que lleva. 

    Los linyeras desean reparar las injusticias sociales. Los policías usan su poder para quedarse con lo ajeno y quedar impunes ante la ley. Como en las novelas anteriores de Filloy, la ley siempre protege al más fuerte. Lejos de contribuir al equilibrio social, sostiene el poder de un grupo contra otro grupo, al que el primero explota. La ley es clasista, está al servicio del amo. 

    En la última parte de la novela, Filloy indaga sobre un tópico muy sensible en la década del treinta del pasado siglo: el nazismo. Un estudiante que vive en la pensión, Fenicio, recoge del suelo una carpeta que se le cayó a van Zuhlinder, un individuo misterioso. Katanga cree que es un espía nazi. Longines logra descifrar el documento que va dentro de la carpeta y descubre que Alemania trama un complot contra América del Sur. Quiere apropiarse del sur de Brasil, de la parte oeste del Uruguay y del noreste de Argentina (354). La amenaza internacional hace que todos se unan. 

    Los personajes están de acuerdo: no hay disputa ideológica entre ellos. Los países de América, pensaba Katanga, estaban en contra del nazismo alemán (368). Ellos se proponen denunciar el complot descubierto. Quieren desbaratar los planes de agresión nazi contra Sudamérica. Van a transformarse en héroes. Dado que Katanga y Longines son extranjeros europeos, le piden a Aparicio, el uruguayo, que hable con los representantes de los gobiernos de esos países (371). 

    En el final de la novela los linyeras salvan a Sudamérica. El grupo ha concluido su viaje al ideal de los demás y se separa. Katanga y Longines deciden irse a Perú. La vida continúa. Vivirán seguramente otras aventuras. La novela tiene un final feliz. 

    Caterva es el más importante logro de Filloy en esa década. Con esta novela, argentiniza la vanguardia. De ahí en más, su narrativa será un referente necesario para otros escritores que deseen hacer novela de vanguardia, como Marechal y Cortázar (Olmos 58 -75). Podemos leer la novelística experimental vanguardista argentina como una sucesión que va de Filloy, a Marechal y a Cortázar (Pérez, “La teoría de la novela de Julio Cortázar” 105-20). Caterva, 1937, Adán Buenos Aires, 1948 y Rayuela, 1963, son los grandes hitos de esta narrativa (Barcia 455-57). 

    Todos estos escritores se proponen mantener en sus novelas principios constructivos experimentales. Son parte de una estética que busca trascender un momento histórico determinado. Marechal comenzó a escribir su obra a fines de la década del veinte, pero no la publicó hasta 1948. Filloy y Marechal son contemporáneos, forman parte de la primera vanguardia histórica en Argentina. Rayuela, en cambio, responde a un nuevo momento experimental neo-vanguardista de la narrativa durante los años sesenta. Cortázar (1914-1984), casi veinte años más joven que Filloy, busca recrear en los sesenta el experimento vanguardista de los veinte y dar a su lenguaje valor universal. Filloy no volverá a publicar nuevos libros de narrativa hasta la década del setenta. Caterva cierra con éxito un ciclo de búsqueda novelística en esta etapa de su carrera. 

    Filloy queda en la historia de nuestras letras como el primer autor nacional que escribe una novela vanguardista siguiendo nuevos principios constructivos, cuenta una historia que ocurre en el interior del país y presenta personajes inmersos en los conflictos sociales y políticos de su época. 


Bibliografía citada 

Barcia, Pedro L. “Las precursiones narratológicas de Juan Filloy”. BAAL No. LXIX (2004): 451- 465.

Colombo, S. M. y G. Tomassini. “Juan Filloy: el cauce oculto”. RANLE No. 7 (2015): 283-306.

 Cortázar, Julio. Rayuela. Buenos Aires: Sudamericana, 1972. 

Davis González, Ana. “El campo intelectual y cultural argentino de la Década Infame (1929-1945)”. Artifara No. 19 (2019): 213-232. 

Filloy, Juan. Op Oloop. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2011. 

Filloy, Juan. -¡Estafen! Buenos Aires: El cuenco de plata, 2010. 

Filloy, Juan. Caterva. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2006. 

Guevara, Martina. Juan Filloy en la década del 30. Villa María: Eduvim, 2022. Kindle. 

Magnus, Ariel. Un atleta de las letras. Biografía literaria de Juan Filloy. Villa María: Eduvim, 2017. Kindle. 

Marechal, Leopoldo. Adán Buenosayres. Buenos Aires: Sudamericana, 1948. 

Olmos, Candelaria de. “La vida (in)visible de Juan Filloy: revisando el mito del escritor oculto”. La Palabra No. 36 (Enero - Marzo 2020): 59-75. 

Pérez, Alberto Julián. “La teoría de la novela de Julio Cortázar”. Novela y poesía en Hispanoamérica. Minden, NV: Barker & Jules, 2021: 105-120. 

Pérez, Alberto Julián. “Las letras de los tangos de E. S. Discépolo”. Hispanic Poetry Review 9 (18) (2011): 28-62. 

Preobrazhenski, Eugeni. Anarquismo y Comunismo. Madrid: Fundación Federico Engels, 2005. 16 Traducción: Grupo de Traductores de la Fundación Federico Engels. 

Sierra, Marta. “Máquinas, ficciones y sociedades secretas: Caterva y La ciudad ausente”. Revista Iberoamericana No. 211 (Abril - Junio 2005): 521-537. 

Snitcofsky, Valeria. “Las villas de Buenos Aires durante el siglo XX”. Revista Eletronica do Centro Interdisciplinar de Estudos sobre a Cidade No. 10 (2015): 282-311.


Publicado en Revista Renacentista, Febrero 2026. Web. 

jueves, 12 de febrero de 2026

Madame Ivonne Poesía popular


 

                                           de Alberto Julián Pérez 


                                Chicago: Progress Press, 1978

 


 

Índice 


Poemas para recitar 

 

Buenos Aires y el tango 


Madame Ivonne  

Muñequita de lujo  

Cambalache 

Apariciones  

 

En Chicago 


El obrero  

El chicano  

 

Poemas cómicos 


La vaca de Mayo (sátira burlesca)  

Romance vacuno (sátira burlesca)  

 

 

                    Buenos Aires y el tango 

 

  

Madame Ivonne 

 

 I 

 

Mademoiselle Ivonne, 

en un día de otoño 

vos dejaste París. 

 

Entre llovizna y luto 

saliste de Montmartre, 

con rumbo a Buenos Aires, 

para quedarte aquí. 

 

Aquel argentino, 

galán incorregible, 

te enamoró. 

 

De la orilla izquierda 

del Sena, 

vos viniste hasta el río 

color de león. 

 

Los vaivenes del tango 

te hicieron suspirar. 

El fragor de la guerra 

había quedado atrás. 

 

Para vos la nueva tierra 

era la edad dorada. 

La gente marchaba 

sin mirar hacia atrás. 

 

Después la realidad: 

el cabaret y la noche, 

en esta ciudad mágica 

que nació del trigal, 

 

después calle Corrientes, 

restallante de luces, 

los compases del tango, 

el amor a compás, 

 

sonoros bandoneones 

que acunaban la vida, 

que contaban tu historia, 

mi querida Madame, 

 

cuando aquél argentino 

te arrancó de Montmartre 

para mostrarte el milagro 

de Buenos Aires. 

 

Así, la nueva vida 

coronaba tus sueños: 

enorme, intensa, feliz. 

 

Era como un gran cuadro: 

ver la ciudad nocturna, 

las caras risueñas del cabaret, 

 

y la otra Buenos Aires, 

después, durante el día,

repleta de inmigrantes, 

bohemia y sencillez.

 

Sentías los tentáculos 

de una ciudad magnífica,

su riqueza y su ambición:

crecer, siempre crecer…


 II

 

Pero el tiempo ha pasado,

Madame Ivonne, amiga,

vos los sabés muy bien…

 

Los años nos quitaron

esos sueños soñados 

por otros que ya no somos

y quisiéramos ser…

 

El otro día te vi, 

en la cola del mercado, 

delante de mí…

 

en tu mirada ajada 

había una tristeza,

y en tu cuerpo cansado

el dolor de vivir.

 

Vos me miraste apenas, 

y porque soy muy joven

tal vez viste a otro en mí, 

 

y viste la farándula 

y la noche de luces 

y el champagne que corría 

y el bombón de licor, 

 

tu juventud divina 

olvidada del mundo, 

porque el oro 

cansaba tu gesto soñador. 

 

Y entonces yo intuí 

el otro mundo tuyo, 

aquél que el tango 

aún no pudo escribir: 

 

vi a la mujer madura 

luchando por un sueldo, 

vi a la madre sin hijos 

cansada de sufrir, 

 

vi a la obrera de la fábrica 

que se hace vieja, 

vi todo el dolor 

que llegó aquí, 

 

y la cosecha muerta 

en nuestras manos, 

y el trigo comido por las ratas, 

y los chicos de la villa 

con el hambre 

pegado en el cuerpo y en la cara, 

 

vi los hospitales llenos 

de enfermos que piden 

el último favor, 

 

y vi a Plaza de Mayo 

cubriéndose de sangre, 

y vi a una enorme vaca 

cuando hacía el amor. 

 

Mientras tanto los ricos 

pagaban con chirolas 

el sudor barato del trabajador. 

 

Todo eso vi en tus ojos, 

desilusión y miedo, 

Madame Ivonne, 

 

tu peregrinar cansado 

por el frío del invierno, 

tu corazón de humo 

hundiéndose en el tiempo 

de los sueños benditos 

que no fueron, 

 

de Buenos Aires 

que se tragó a sus hijos, 

de la Argentina 

que nos da a comer pólvora, 

en una mano el látigo 

y en la otra el 

Código.

 

 

 III

 

Yo no sé vos 

que viste en mí,

yo no tengo los sueños 

que vos tuviste,

Madame Ivonne.

 

Para mí la pobreza 

es la ley inflexible,

y yo sueño de noche 

que me aplasta,

terrible, la bota del patrón.

 

Yo no sé vos que viste,

yo de vos me conduelo,

porque trajiste sueños

sinceros a nuestro suelo, 

y el suelo se los tragó,

 

y te devolvió una pena 

amarga, sin consuelo,

la misma que vivo yo.

 

Te encontré en el mercado, 

vieja, que dabas lástima,

y te di un billete 

con la idea de ayudar.

 

Me miraste con tus ojos 

de dolor enmascarados, 

con esos, tus ojos claros, 

que antes eran el mar. 



Chicago, 1977

 

 


 

Muñequita de lujo 

 

Sobre tu cuerpo claro, 

Muñequita de lujo, 

vos te echaste la seda 

de un tiempo que pasó, 

 

cuando vos eras alguien 

y tenías gusto a tango, 

en bulines románticos 

que acunó el bandoneón. 

 

Pero hoy, en Buenos Aires, 

triste, sin inmigrantes, 

¿quién te compra en sus calles 

un vestido mejor? 

 

Pobreza e ignorancia 

hoy se mezcla en su estilo, 

y te observa, imposible, 

el buen trabajador. 

 

Resaca de los ricos, 

los ricos no te pagan, 

se les voló el delirio 

del país que creció. 

 

Hoy miran la balanza 

de pagos y se asustan, 

y le dan por el lomo 

al buen trabajador. 


Si Discépolo acaso

saliera de su tumba

te escribiría otro tango

para hacerte inmortal,

 

se acabó la bohemia

de las noches de otoño,

ha empezado un invierno

que no quiere acabar.

 

Los que antes soñamos

un país imposible

entre amores nocturnos

y vapores de alcohol,


hoy doblamos la espalda

laburando a lo burro

por un cacho de pan

de sol a sol.

 

Esa calle Corrientes

que otrora fue tango

se nos llenó de sangre

y el tango la olvidó.

 

Los que antes fuimos tango

parecemos arqueólogos,

buscando al Buenos Aires

que se fue y se perdió.

 

Muñequita de Lujo, 

te conocí en el verso 

de aquel poeta 

del otro país, 

 

yo nací en una Argentina 

en que el champagne no existe 

y reemplazamos la carne 

por el pan de maíz. 

 

Sueño de una riqueza 

que no fue más que un sueño, 

Muñequita de Lujo, 

tanto vos como yo, 

 

nos sentimos perdidos 

en el frío del invierno, 

con tantos sueños muertos 

que duele el corazón. 

 


Chicago 1977 

 

 

 

 

Cambalache 

 

Siglo XX, Cambalache, 

¿quién lo podía esperar? 

Íbamos todos mezclados, 

atorrantes y doctores… 

pero siempre pa´delante, 

mi querido Cambalache, 

 

y ahora…ahora 

vamos para atrás. 

 

Se dio vuelta la tortilla, 

nos caímos de la rama, 

y fue toda una macana 

¿quién nos puede barajar? 

 

Atorrantes y doctores 

nos hundimos en la pobreza, 

nos agarramos la cabeza, 

¡quién sabe qué pasará! 

 

Antes la moral era 

un verso que nadie creía, 

ahora nos dan con el hacha 

por cuestiones de moral, 

y tenemos las vaquitas 

subidas al piso de arriba, 

¡nos usan de basural! 


Antes cualquiera podía 

pasar de la misha al lujo,

y venían los inmigrantes 

luminosos de ambición;

 

hoy nos vamos para abajo 

todos juntos en bandada,

y muy pronto, créanlo, 

nos remata Exportación.

 

¡Hoy quién cree en la garufa, 

la noche no da para nada!

 

Los cabarets no ganan 

ni pa´pagar al botón,

y los que hacíamos la noche,

 

hoy hacemos la mañana,

laburamos como burros, 

nos pela la frente el sol. 

 

 

Los que antes eran bulines 

de solteros y piratas,

hoy son piezas familiares 

de los que entran en la mala,

que para parar la olla 

hoy hace falta un montón.

 

Ahora sí que estamos ratas, 

nos llegó la mishiadura,

hoy nos ponen etiquetas 

de inservibles o basuras, 

y los hospitales públicos 

curan cáncer con Geniol. 

 

Hoy los que están infartados 

van en primera fila, 

los viejitos de las plazas 

se fueron a laburar, 

 

y en los partidos de fútbol 

las planteas están vacías, 

y ya nadie grita nada 

por miedo al «qué pasará». 

 

Cambalache, nos ha llegado 

todo el mal de fin de siglo, 

esto que nos sucede 

es una barbaridad, 

 

en tu vidriera querida 

ya no hay más calefones, 

nos bañamos con agua fría 

al precio que tiene el gas. 

 

Hay quien dice que después 

nos iremos para arriba, 

yo no creo, Cambalache, 

cansado de patinar… 

 

desde que nací me han puesto 

ya para siempre el pie encima… 

 18 es el destino del pobre, 

yugar, pa´siempre yugar. 




Apariciones 

 

 I 

 

En las noches de otoño, 

sutil y primorosa, 

te acercás a mi lado… 

 

Me llega el arrullo 

estremecido de tu voz… 

 

Tenés la mirada triste, 

dolorida 

por los árboles sombríos. 

 

De pronto 

te sorprende la tos. 

 

Heredera de los sepulcros fríos, 

en tu cutis de cera 

se detiene la luz, 

 

y yo te veo perdida 

con cara de muñeca 

por las calles estrechas 

de Barracas al sur. 

 

Te impregna de magnolia 

el aire indefinido 

de aquel Buenos Aires señorial, 

 

de ese mundo viejo 

que abatían los suspiros 

de una damisela romántica 

bajo una campana de cristal. 

 

No había nacido aún 

tu hermana de fango 

que vino de los barrios 

rezando un tango… 

 

Vos entonces eras la rosa 

y los poetas jugaban, 

lanzaban por los aires 

sonoras rimas, 

y te obsequiaban 

pétalos húmedos 

de dolor. 

 

Tu hermana ensució 

tu figura pura 

de niña pálida, 

de niña rubia, 

y nos mostró su voz 

de vida y su calor. 

 

Vos nos dejaste tu imagen 

tenue de fantasía, 

hiciste un gesto amargo 

de princesa perdida 

y te fuiste por los jardines 

de la ilusión. 

 

 II 

 

En la otra mujer 

vimos la alegría, 

las ganas de tener hombre 

con que reía, 

los movimientos sensuales 

al danzar. 

 

Yo bailé con tu hermana 

una noche de luna, 

los violines del tango 

nos hacían soñar, 

 

un bandoneón encerró 

el alma del suburbio, 

y en ese vino turbio 

yo me dejé llevar. 

 

La mujer me dijo 

que quería riquezas, 

que deseaba viajar, 

 

que en el centro, los hombres 

bajaban la cabeza 

cuando la veían pasar. 


Yo no me fui con ella, 

miré los sueños muertos 

que me andaban detrás… 

 

otra herida de amor 

me había clavado el pecho, 

ya no tenía fuerzas 

para amar. 

 

Fue sola para el centro, 

se perdió por la vida, 

en la calle Corrientes 

la vi un día caminar. 

 

El Gordo Troilo 

le hizo un tango inmortal. 

 

A veces 

en las noches de verano 

me viene a visitar, 

 

recuesta su perfil 

sobre un farol sagrado 

delante del horizonte 

de metal. 

 

El hilo de la música 

de un organito 

pasa tocando un ciego 

en el infinito 

del arrabal. 


 III 


Yo puedo contar esto,

pero sé que estoy viejo…

Yo no me fui con ella, 

miré los sueños muertos 

que me andaban detrás… 

 

otra herida de amor 

me había clavado el pecho, 

ya no tenía fuerzas 

para amar. 

 

Fue sola para el centro, 

se perdió por la vida, 

en la calle Corrientes 

la vi un día caminar. 

 

El Gordo Troilo 

le hizo un tango inmortal. 

 

A veces 

en las noches de verano 

me viene a visitar, 

 

recuesta su perfil 

sobre un farol sagrado 

delante del horizonte 

de metal. 

 

El hilo de la música 

de un organito 

pasa tocando un ciego 

en el infinito 

del arrabal. 


III 


Yo puedo contar esto,

pero sé que estoy viejo…

Hoy, en calle Florida,

una muchacha extraña 

me miró al pasar…

 

yo bajé la cabeza…

Me dijo que la esperara 

en Plaza San Martín 

que me tenía que hablar.

 

Esta noche, en la plaza, 

me rodean viejos amigos

cansados y olvidados 

de sus nombres,


unos con galera y levita, 

otros con saco entallado 

y pantalón bombilla.

 

Las caras familiares 

abren sus sonrisas 

y nos abrazamos 

emocionados.

 

Al rato llega ella, 

balanceando su cuerpo 

bajo la penumbra plateada 

de la noche elemental. 

 

Un blue jean ajustado 

le marca las caderas. 

Hace un paso de baile 

y nos mira 

por debajo de sus piernas abiertas. 

 

Canta con voz profunda 

como una diosa, 

dice “amor” 

con una desenvoltura 

que da envidia oírla hablar. 

 

Es madre y tiene en su costado 

la llaga de una herida 

que es pecado, 

de la que mana sal. 

 

Grita que está enamorada 

de la vida, 

que se pierde por los senderos 

secretos de la isla 

para gozar en paz, 

 

que tuvo más de un hombre 

y estará feliz 

de tener muchos más. 

 

 IV  

 

Por detrás de su figura 

en un alto edificio 

ya se enciende la luz. 

 

El canto de un diariero 

pregona el alba, 

nos vamos caminando 

como fantasmas 

por la encrucijada azul. 

 

El ritmo de un tango 

diferente 

late y es un corazón, 

que respira con el ruido 

de las bocinas 

y se marcha en el subte 

por la neblina 

de la ciudad de luz. 

 

Ella, con su belleza extraña, 

nos mira con aire maternal. 

Nosotros, silenciosos, 

caminamos detrás… 

 

Los pájaros fantásticos 

de Plaza San Martín 

vienen hasta Retiro 

a ver salir el tren 

 

y nos dicen adiós 

desde el andén. 

 

 

 

 

 

         En Chicago 

 

 

 

 


El obrero 

 

En la mañana de Chicago, 

fría, mientras 

la nieve se derrite 

al contacto con la sal, 

 

en su viejo carro 

de dos colores, 

el hombre piensa 

en los amores 

que se fueron 

con su juventud. 

 

Frena en la esquina 

porque pasa el tren, 

y el frenesí de su ritmo 

transmite miedo, 

miedo a vivir. 

 

Sigue la marcha. 

Ahora lo asalta 

la memoria del hijo 

que perdió en Vietnam. 

 

Se lo llevó la guerra, 

hubiera sido 

Presidente de una multinacional. 

 

Un negro imprudente 

cruza la calle sin esperar la señal. 

El hombre maldice 

a todos los negros: ¡God damn ! 

 

Llega a la fábrica 

y el trabajo va a empezar. 

Después de treinta años 

siempre lo mismo… 

Sube mentalmente la palanca, 

la baja, otra vez la sube 

y la vuelve a bajar… 

 

Su vieja esposa 

ya estará cansada, 

en esa mañana 

tan de madrugada, 

sin luz y sin color. 

Con su esperanza ajada, 

hará las tareas necesarias 

de otro día más. 

 

Sueña con las playas de Miami 

cuando paseaba con su hijo Sam, 

el hijo aquél que se llevó la guerra 

y hubiera sido 

dueño de una multinacional. 

 

¡Qué estará haciendo su hija Jenny, 

que vive en Nueva York, 

con ese hijo pequeño 

que no tiene padre 

y llena a la familia de dolor! 

 

Piensa que ya es muy viejo 

y un día tendrá que parar, 

y en su carro de dos colores, 

junto a su esposa cansada, 

se irá a vivir cerca del mar… 

 

El ruido de las máquinas 

aturde el pensamiento 

y el hombre deja de pensar. 

 

Atado al mecanismo 

se muere de silencio 

el antiguo corazón 

que supo amar. 



El Chicano 


El horizonte de plomo 

le trae el sonsonete

de melodías tiernas 

de su tierra natal.

 

Él sueña que escucha 

una canción muy triste

en el chirriar de ruedas 

de coches que se van. 

  

El tren sobreelevado 

en la Chicago helada

lo hace sentir más solo, 

no se puede expresar,

 

para decir al hombre 

que se sentó a su lado

cómo son los poblados 

de su tierra natal. 

 

Cómo son los calores 

en el desierto seco

de México querido,

¡cómo querría estar!,

 

junto a su mamacita,

bebiéndose un tequila

en el desierto amado 

de su tierra natal.

 

Si México creciera 

como los gringos crecen, 

si le ofreciera el dinero 

que puede ganar acá, 

 

no vendría a esta tierra 

donde gringos sin alma 

le beben la sangre 

sin descansar. 

 

Se arrepiente en el ghetto 

junto a sus hijos pobres, 

¿por qué no creció México, 

por qué no le dio pan? 

 

La vida en el desierto 

es dura, allí el indio 

amansa la tierra a fuerza 

de llorar y sudar. 

 

En la Chicago helada 

se muere de silencio 

el Chicano que en su pueblo 

siempre solía cantar, 

 

sobre amores perdidos 

y muchachas terribles, 

y mariachis valientes 

dispuestos a pelear. 


Aquél, su mundo simple, 

le parece imposible,

los días en la fábrica 

no acaban de pasar,


la máquina monótona 

refleja su tristeza

y un compañero negro 

tararea un compás.

 

Atados a la pobreza, 

nadie va a desatarlos,

soñarán con el mundo 

que dejaron atrás…


El domingo a la tarde,

cuando la borrachera 

les ayude a cantar,


dirán que sus abuelos 

una vez fueron libres

en tierras lejanas, 

que no son libres ya.

 

En el ghetto de humo,

cuando el frío quiebre 

la voz del corazón,


el Chicano fantasma 

se irá llorando, triste,

después de haber matado 

la última ilusión. 

 

 

Chicago, 1977

 

 


 

 

 

          Poemas cómicos 




La vaca de Mayo 


Sátira burlesca 

(para ser recitada 

en la fiesta patria del 25 de Mayo) 

 

La ciudad tiembla… 

de golpe se detiene… 

¿qué pasa en tus calles, 

Buenos Aires? 

 

El Obelisco se vuelve 

un signo de preguntas, 

y nosotros, en la 9 de Julio, 

nos detenemos para pensar. 

 

El Gordo Troilo, 

con su panza de música, 

nos mira desde una nubecita. 

 

Desde un B52 

que sobrevuela la capital, 

lanzan a la Gran Vaca, 

la Vaca Celeste y Blanca, 

la Vaca Sagrada, 

que desciende lentamente 

en su paracaídas de flores. 

 

El Sr. Presidente 

de la Sociedad Rural 

prepara su discurso 

escoltado por el Cardenal 

y el General : 


«Bella y noble vaca, 

si fueras de petróleo…» 

comienza el poema inaugural 

del orador y, en medio 

de los sagrados óleos, 

la ciudad cambia 

de forma y de color. 

 

La gente detenida 

en el gesto de cera inaugural 

de pronto se reanima 

y cobra nueva vida 

como en una comedia musical. 

 

El Gordo Troilo llora, 

hace un puchero el Gordo, 

el Gordo sentimental… 

y el paraguas de Mayo 

se abre bajo el rayo 

del fuelle celestial. 

 

Dos abuelas reparten 

miles de escarapelas 

y el caballo del General 

rebuzna en medio del discurso, 

porque es hora de terminar. 

 

Pasa la flota aérea, 

la flota del Gran Toro 

con el alfiler nuclear, 

y desata la lluvia… 

que en un país agrícola

los aviones de guerra 

son para fumigar.


El bigote serio 

del General Magnífico 

se levanta para eructar,

y una mosca se pega 

en el ojo de vidrio 

del Cardenal.

  

Suena La Cumparsita,

los niños de la escuela cantan,

«¡libertad, libertad!!»,

y canta con voz ronca 

nuestra Vaca Sagrada 

que crece más y más.

 

Crece más y más la Vaca,

nuestra Diosa mira al mundo 

como a una esfera de cristal,

 

y el Sr. Presidente 

de la Sociedad Rural 

ya prepara su prédica

sobre el papel de la Vaca 

en la Era Nuclear.

 

Hay muchos animales 

que gobiernan al mundo

y, en la India fantasmal,


tienen los sacerdotes 

otra Vaca Sagrada,

pero la Vaca Argentina 

es la que manda más.

 

Es nuestro Dios Zoológico 

y la flor del poema,

¿cuál es nuestro destino 

con la Vaca Nuclear, 

 

que con sus vestiduras 

de antigua diosa griega

recita el himno militar?

 

«O la vaca nos come 

o comemos la vaca»,

se lee en los ojos 

de la gente flaca,

 

y piensa el General: 

«si nos dieras petróleo

ya te canonizaría 

el Cardenal».

 

Y bajo el sol de Mayo 

desciende del caballo 

José de San Martín, 

y se pone a llorar,

 

y no tiene consuelo,

es tan grande su duelo 

como la fanfarria militar.

 

La gente deja de pensar,

cobra el mundo ese ritmo 

triste y tenso de siempre 

y el Obelisco se estira 

para bostezar. 

 

El pueblo viene y va, 

con un ojo de fuego 

clavado en la frente 

para no olvidar. 

 

Rompe el Gordo magnífico 

su bandoneón colosal, 

y cuando el General 

empieza su letanía, 


una oración de nunca terminar, 

con los resabios bíblicos 

de la cruz y la espada 

y el sacrificio militar, 

 

nuestra Vaca Sagrada 

sube al cielo, 

rodeada de un coro 

de ángeles terneros 

 y envuelta en una luz floral. 

 

Se pierde entre cencerros 

de dioses maquiavélicos 

y patrones del más allá, 

 

mientras, la gente, 

pequeña y extasiada, 

observa asombrada 

la elevación divina 

de la Vaca Sagrada, 

 

madre de nuestra historia 

y del alma rural. 

 

Chicago, 1977 

 

 

 


Romance vacuno 

(Mi romance con la Vaca Argentina) 


Sátira burlesca 

 

Nos fuimos con la vaca 

por los Bosques de Palermo 

una tarde de sol a caminar. 

 

Visitamos los Arcos 

magníficos de Atenas 

y el lago musical del Rosedal. 

 

Tomados de la mano 

le recité un poema, 

no recuerdo si de Rimbaud 

o de Verlaine, 

y la Vaca elegante 

lo repitió en francés. 

 

Vi sus ojos de seda, 

su mirada profunda, 

su alma pura y clara, 

su nobleza rural. 

 

Me habló de su ascendencia, 

de su línea directa 

con el Toro de Creta, 

y con los de Guisando, 

de las venas abiertas. 

 

Con Tomás de Anchorena 

su abuela materna 

solía conversar,

y su madre, cultísima,

era amante profunda

de la filosofía existencial. 

 

Fuimos a la costanera

y en uno de sus carritos 

comimos choripán.

 

Por las orillas bravas 

de nuestro río turbio

vimos la tarde caliente 

declinar.

 

Yo estaba encendido, 

a mí ella me gustaba,

pero no sabía

si la vaca era liberal.

  

Me hablaba de política, 

decía que Rosas era un bruto

y que los mazorqueros 

degollaban a las vacas 

sin piedad.

  

Ella quería a Sarmiento, 

y sobre todo a Alvear,

gracias a ellos, dijo, 

el país se empezó a civilizar.

 

Yo ya estaba cansado 

de tanto devaneo 

y la quería apurar. 

 

Nos fuimos a La Boca, 

y en la Vuelta de Rocha 

la pude arrinconar. 

 

Allí, el Riachuelo 

no era un marco muy fino 

para el romance inaugural. 

 

Me dijo que entre nosotros 

había una diferencia cultural. 

 

Ella prefería el campo abierto, 

me habló del Fauno griego 

y del pesebre de Jerusalén, 

y de cómo su tía 

era conocida en Rochester. 

 

Yo la abracé de nuevo 

y le apreté los senos 

y la vaca respondió. 

Me prendí como un potro, 

pero la vaca se resbaló. 

 

Entonces comprendí 

que tendría un problema: 

la Vaca era más grande que yo. 


Debajo del puente 

intentamos lo imposible 

para hacer el amor. 

 

Me explicó que era 

la primera vez que se atrevía, 

que su madre era campeona 

de la Sociedad Rural 

 

y que la Cabaña Alas, 

a la que pertenecía, 

daría parte a la policía 

si no regresaba 

antes de Navidad. 

 

Como era 5 de enero 

le dije que no se tenía 

que preocupar, 

la cuestión era 

cómo resolver el problema 

de la posición y el lugar. 

 

Pensé pedirle 

que se pusiera encima 

pero me podía aplastar, 


me susurró que empujara 

con fuerza, porque no me sentía 

pero ése era un problema natural. 

 

Al final no hicimos nada, 

como se imaginan, 

y la Vaca frustrada 

se quería masturbar. 

 

Nos despedimos. Convinimos 

que entre nosotros 

había una diferencia social, 

y que así, al menos, 

no existía peligro 

de que quedara embarazada 

y naciera un Minotauro 

en la Sociedad Rural. 

 

Yo llamé a Servi-Flet 

y les pedí que me mandaran 

un camión. Como pude 

hice subir a la Vaca,

y en la noche de luna,

sobre la cubierta del Ford, 


cuando las aguas claras 

de las estrellas límpidas 

hacían vibrar los ecos del amor, 

nos besamos tiernamente 

y nos dijimos adiós. 

 

 

Chicago, 1977 

 

 

 

Publicación : 

Alberto Julián Pérez, Madame Ivonne

Chicago: Progress Press, 1978.