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miércoles, 4 de mayo de 2022

 

La Argentina de Centenera: épica e imperialismo


                            de Alberto Julián Pérez 



La obra Argentina y conquista del Río de la Plata con otros acaecimietos de los reinos del Perú, Tucumán y el Estado del Brasil, del arcediano Martín del Barco Centenera (Logrosán 1535 – Lisboa 1602), fue publicada en la ciudad de Lisboa en 1602, el mismo año de su muerte. Había partido al Río de la Plata con la expedición del Adelantado Juan Ortiz de Zárate en 1572, y regresó a España en 1593, luego de pasar más de veinte años en territorio sudamericano (Ortiz Gambetta 16). Centenera habría comenzado a componer su obra en 1587. Es un poema narrativo de veintiocho cantos, escrito en octavas reales, en versos endecasílabos. Era el metro que había utilizado Alonso de Ercilla para escribir su poema épico La Araucana, cuya primera parte había sido publicada en 1569.

Centenera sirvió en la armada como capellán. Era diácono, y había recibido el grado inferior del Orden Sagrado. No se pudo constatar fehacientemente si realizó estudios universitarios de Teología (Ortiz Gambetta 17). Fue nombrado arcediano de la iglesia de Asunción. Asistió como secretario al Tercer Concilio de la Iglesia celebrado en Lima en 1582. Pasó al año siguiente a Charcas, como vicario del Obispo. Fue Comisario de la Inquisición en Cochabamba (Ortiz Gambetta 19). En 1590 dejó el Perú y regresó al Río de la Plata. En Buenos Aires colaboró en la restauración de la Catedral.

Fue testigo de muchos de los conflictos y luchas políticas que tuvieron lugar durante su prolongada estadía en el continente americano. Lo apasionó la historia y se propuso contar las cosas que había vivido y otras que escuchó de testigos que conoció. No fue un narrador objetivo. Era un hombre apasionado y en sus cantos atacó a aquellos que percibió como sus enemigos políticos o que no lo habían favorecido. Siendo Comisario de la Inquisición fue denunciado al Santo Oficio por su actuación y llevado a juicio. Lo acusaron de abusar de su poder y participar en las disputas políticas entre bandos enfrentados, insultando a sus vecinos con epítetos racistas, llamándolos “judíos y moros” (Ortiz Gambetta 19). Denunciaron que mantenía relaciones sexuales con una mujer casada y se embriagaba en público. El Santo Oficio lo condenó a pagar una multa y le prohibieron ejercer oficio alguno en la Inquisición.

Tenía una formación literaria limitada. Lo que da más valor a su obra es su condición de testigo y participante de un momento esencial de la conquista. La expedición de Ortiz de Zárate partió de España en cinco buques. Habían pasado ya más de treinta años desde que los españoles se habían asentado en el Río de la Plata en 1536. La conquista del Perú se había consolidado. El Río de la Plata dependía del Virreinato del Perú. Se habían fundado importantes ciudades, como Buenos Aires, Santa Fe y Asunción, y pacificado los pueblos indígenas más hostiles.

Los españoles mantenían relaciones amistosas y de cooperación con los indios guaraníes. Buena parte de estos habían sido encomendados, y trabajaban en los repartimientos que la corona había asignado a los oficiales más activos. Debían tratarlos como a vasallos del rey y había avanzado el proceso de conversión y cristianización. Los indígenas sufrieron abusos y había resistencia hacia los invasores.

Los españoles transformaron drásticamente el modo de vida de la región. Los pueblos nativos perdieron la libertad de la que gozaban. Muchos de ellos, aún los cristianizados, participaron en rebeliones, que fracasaron ante la superioridad de las armas europeas. Fueron reprimidos duramente.

El naciente estado colonial profundizó sus medidas policiales para contener las revueltas. Los castigos eran ejemplares, se hacían ejecuciones públicas, que buscaban intimidar a los nativos y evitar futuras rebeliones. Los españoles tuvieron hijos con las mujeres indígenas. La nueva sociedad era mestiza. Estos excedían en número a los españoles. Los mestizos mostraron su descontento con las autoridades y con las leyes. Se sentían discriminados en relación con los de origen español.

La población americana mantenía una relación conflictiva con la peninsular. Las insurrecciones de los mestizos fueron reprimidas con dureza. A esta inestabilidad se sumaban las tensiones entre los mandos militares. Había una lucha activa por el poder. Era imposible para sus actores quedar fuera de las disputas y no pertenecer a uno u otro

bando. La sociedad estaba intensamente politizada. La historia y la política atravesaban la nueva experiencia americana. Todo este proceso formó parte de la materia que trató y desarrolló Centenera en su poema.

Sumó su voz a la de los otros cronistas y testigos del proceso histórico de la conquista del Paraguay y el Río de la Plata, como Álvar Núñez Cabeza de Vaca y Ulrico Schmidl. Posteriormente participaría del mismo otro escritor, el mestizo Ruy Díaz de Guzmán, que daría una visión histórica de los sucesos más completa y abarcadora.

Martín del Barco Centenera fue más cronista que historiador. Su poema narrativo, en parte épico, en parte testimonial, en parte maravilloso, tenía un objetivo primordialmente literario. Es un poema histórico, y toma como tema muchos sucesos ocurridos, pero les agrega otros inventados y maravillosos (Campra 380). Se acercó a la historia como lo harían más tarde los novelistas: en parte para recrear episodios sucedidos, en parte para hacer verosímiles situaciones posibles, en parte para reemplazar los hechos históricos por otros ideales y “corregir la historia”.

Expresó en su poema sus ideas y presentó su posición personal frente a los hechos narrados. Centenera era un diácono castrense, amaba la acción, les interesaban los combates y los sucesos de la guerra. Era un hombre fiel a la corona, valoraba el imperio. No miró a los naturales con compasión cristiana: los vio como a enemigos y celebró su derrota.

Su imaginación era militar y épica. Las cuestiones morales y religiosas en su obra pasan a un segundo plano. Apoyó incondicionalmente la acción militar de España en el Nuevo Mundo, y el proceso particular de dominación en que se encontraba inmersa en esos momentos. El ejército había dejado de tener un rol exclusivamente militar, para asumir también un papel policial, de control de la seguridad, persecución y represión de disidentes. Él mismo, estando en Asunción, denunció una rebelión de mestizos que se estaba gestando, lo cual llevó a la detención y represión de los participantes (Ortiz Gambetta 18). Estaba orgulloso del mundo militar y policial en que se movía. Creía que la vigilancia era indispensable para poder consolidar el Imperio español en América.

Parte integrante de una sociedad represiva, fue acusado de cometer excesos, y llevado a un tribunal eclesiástico de justicia (Ortiz Gambetta 19). Tenía una relación conflictiva y difícil con sus jefes, y aprovechó su libro para vengarse de sus enemigos, en particular del Adelantado Ortiz de Zárate, al que calificó de gobernante inepto, juez abusivo e injusto. Lo acusó de ser responsable de la muerte de gran número de sus hombres, al dejarlos perecer de hambre, mientras él se salvaba en otra isla, bien alimentado por los indios. En lugar de regresar de inmediato a rescatarlos, el Adelantado se había quedado allá disfrutando de su situación, robando a los indios, abusando de ellos y tratándolos con crueldad (Centenera 182). Su caracterización era una denuncia en ausencia, ya que el Adelantado había muerto hacía muchos años atrás. Quizá era su manera de hacerse “justicia poética” y dejarlo mal parado ante la historia futura. Venganza de escritor.

Presenta en su poema numerosas escenas de combates entre españoles e indios. Describe a los nativos como individuos crueles y brutales, aunque valientes y buenos guerreros. Para él los indígenas representan la barbarie. Si bien su narración es histórica, su historia no es siempre fiel a los hechos ocurridos. Su objetivo es literario, crea personajes ficticios y legendarios cuando la narración lo exige y le conviene. Distorsiona el hecho histórico para acomodarlo al interés épico de su temática. A esto se suma su interés ideológico: tiene muy en cuenta a sus lectores. Está presentando en verso los hechos de la conquista del Río de la Plata al público letrado y noble de España. Comparte con ellos su visión imperialista, y quiere brindarles un poema que se ajuste a sus expectativas.

Escribe para una clase dominante, que se está enfrentando a una realidad histórica nueva y tienen grandes expectativas para el futuro. Han descubierto un continente, una inmensa extensión de tierra poblada por grandes cantidades de indígenas, que pertenecían a pueblos diferentes. Los han sojuzgado militarmente con facilidad, y en esos momentos organizaban la explotación, tanto de sus minerales como de sus tierras. Contaban con una mano de obra numerosa. Los indígenas eran sus sirvientes y vasallos. Los sometían y los cristianizaban. A ese potencial humano, se sumaba la importación de esclavos negros de África en grandes cantidades. América se presentaba como una enorme factoría productiva, sostenida sobre el trabajo servil, semi-esclavo y esclavo. Se realizaban cultivos y se explotaban las materias primas en gran escala. Se proponían aumentar la riqueza del imperio en un breve tiempo.

La distribución compulsiva de la tierra y el empleo de la mano de obra local eran parte de una experiencia social y laboral sin precedentes. Realizada sobre el modelo esclavista del antiguo imperio romano, llevaría la posibilidad de sometimiento y explotación de la labor humana a una situación impensada y jamás practicada en esas proporciones antaño. Estaban en vías de una revolución productiva.

Se estaba desarrollando un nuevo sistema económico, el capitalismo, que transformaría al mundo rápidamente. La guerra, la conquista de tierras, la apropiación del trabajo servil y semi-esclavo indígena, la esclavitud de ingentes cantidades de esclavos negros, proveían al Imperio de los recursos necesarios para consolidar su poder. El continente americano era un inmenso mundo factoría organizado al servicio de los intereses europeos.

Crearon en América una sociedad dominada, un enorme sistema de colonias controlado por el imperio español. De la misma manera procedieron los otros imperios que participaron en la conquista. Esta sociedad, dividida en amos y servidores, señores y esclavos, dio lugar a una nueva cultura, surgida de la experiencia humana de los nativos y los numerosos mestizos con los europeos y las formas culturales traídas del Viejo Continente. Era una sociedad desigual y racista, nacida de la expoliación y la violencia. Su modo de vida expresaba las nuevas relaciones de poder que había instalado el imperialismo. De ese proceso emergieron sus protagonistas y sus víctimas.

En el comienzo del poema, Centenera le dice a su público que se propone contar sus memorias de “cosas admirables” (81). Le pide ayuda a Apolo y a Dios para elevar su canto. Ha escrito un “cuaderno” en que “recuenta”, nos explica, “diversas aventuras y extrañezas,/ prodigios, hambres, guerras y proezas”(88). Fue testigo de muchos de los hechos y otras historias las escuchó. Escribe sobre Perú, Potosí, Tucumán, Brasil, pero su tema principal es el Río de la Plata.

Centenera le imagina una genealogía al mundo americano, que se remonta a la Biblia. En esa genealogía la península Ibérica tiene un lugar central. Según él, luego del diluvio, fue Jafet, hijo de Túbal y nieto de Noé, quien primero pobló a España. Se formaron dos pueblos: los tupís o caribes, y los ricinos. Los primeros comenzaron a comer carne humana y se volvieron caníbales (91). Los ricinos les hicieron la guerra. Creció entre ellos la saña. Aún los romanos no habían llegado a España, ni estaban allí los lusitanos. Los tupís eran crueles, maltrataban a todos. Recorrían el río Tajo y mataban y robaban, les quitaban los hijos y las mujeres a los demás. Los ricinos finalmente lograron vencer a los caribes. Estos últimos construyeron barcas y huyeron de Extremadura.

En esa época había en el océano Atlántico muchas islas, tal como “Platón escribe” (93). Los tupís se dirigieron a estas islas, y fueron pasando de una a otra, hasta que arribaron a Cabo Frío, en Brasil, y fueron “al Río de la Plata y al Estrecho” (94). Entre ellos venían dos hermanos: uno se llamaba Tupí, el otro Guaraní. Todos hablaban la misma lengua, el guaraní. Discuten entre ellos y pelean, y uno, Tupí, se queda en el Brasil y el otro, Guaraní, parte al destierro y se va a los llanos (95).

Llegan a estos llanos muchos otros pueblos: los calchines, los timbúes, los querandíes, los charrúas. Los guaraníes los conquistan. Viven de la caza y de la pesca. Dominan el Paraguay. Llegan al Perú y subyugan a la gente que vivía junto al río Pilcomayo. Era un pueblo guerrero. Dice el poeta: “Los nuestros guaranís, como señores,/ a tierra cuasi toda señoreando,/ por todo el Paraná y sus rededores/ andaban crudamente conquistando.” (96).

Los guaraníes no luchaban por el oro, peleaban para conseguir carne humana, porque eran caníbales. Se mestizan con otros pueblos. Mientras tanto, entraron en la zona del Perú unos hombres “exquisitos”, que hablaban el quichua: eran los Incas. Estos lucharon contra los pueblos del área montañosa y los dominaron. Arribaron más tarde de España los “Pizarros”, que conquistaron todo el Perú. (98).

Los guaraníes sentían odio hacia los españoles, querían vengarse; los extremeños en tiempos antiguos los habían expulsado de la península. Al ver la pujanza que traían estos, no osaron pasar las montañas. Se quedaron en las selvas y montes, donde hicieron

hazañas espantosas. A los pueblos guaraníes que vivían cerca del Perú les llamaron chiriguanos.

Centenera crea para los indígenas de América un origen fabuloso y legendario. Según él, los guaraníes eran oriundos de la península Ibérica. Habían llegado allí antes que arribaran los Romanos. Eran salvajes y caníbales, y por eso los habían desterrado y se habían ido a América, donde, fatalmente, los españoles volvieron a encontrarlos y a dominarlos. En su versión, España es el centro del mundo y el origen de la civilización.

Luego de su introducción mitologizante del pueblo guaraní, cuenta en forma sumaria los sucesos históricos que tuvieron lugar en el Río de la Plata. Magallanes navegó la costa del sur del continente y encontró el Estrecho. En 1513 llegó Solís al río Paraná y lo mataron los timbúes. El rey envió después a Gaboto. Este entró en el Paraná y los indios le hicieron la guerra. Regresó a España y vino Pedro de Mendoza.

En el canto segundo describe la geografía de Río de la Plata. Muestra una gran admiración por su naturaleza maravillosa y sus ríos portentosos. Explica sus principales características y cuenta paralelamente eventos recientes de la historia de América. Mendoza y Ortiz de Zárate habían padecido hambre en la zona, que estaba muy poblada. Los indígenas hablaban todos la misma lengua. Los guaraníes dominaban a los otros pueblos. Yamandú era uno de sus jefes principales, y lo caracteriza como a un “malvado” y un “perro”(108). Desaparecido este, heredó su poder otro jefe indígena, que se puso también por nombre Yamandú. Era un hombre gigantesco y él lo había conocido cuando este estuvo en prisión. Dice que él “procuró doctrinarlo”, sin resultado, “porque era muy malvado este pagano” (109).

Al llegar el viajero al Río de la Plata, entra en un gran estuario. Navega por el río Paraná ciento veinte leguas río arriba y llega a las islas de los Timbúes, a veinte leguas de Santa Fe. Están pobladas de “onzas, tigres y leones” (109). Si uno continúa ochenta leguas más, llega al río Paraguay, que recibe aguas del Perú. El portentoso río Paraná se desvía a la derecha. Penetra en la provincia de “Santa Ana”, poblada de guaraníes, ya conquistados por los españoles y “repartidos” a diferentes encomenderos. Más adelante,

sobre el Paraná, encontramos una enorme catarata. La describe con admiración, porque era algo maravilloso (111).

Si uno regresa por el Paraná aguas abajo penetra por el curso del río Paraguay y llega a Asunción, a la que llamaban “el paraíso de Mahoma”. Vivían allí muchos mestizos “esforzados”, y tan numerosas “doncellas, que “de cuatro mil ya pasan como estrellas” (114). Describe a Asunción como una ciudad rica, con abundantes “frutos de la tierra y de Castilla,/ pan y vino, carnes y pescado” (114). El río tenía una gran variedad de peces, entre ellos la palometa, que comía carne humana. Los guaraníes, además de cazadores y pescadores, eran labradores, diferenciándose de los otros pueblos. El Paraná era un río tan extenso, que él había recorrido quinientas leguas sin hallar su nacimiento.

En el tercer canto toma como tema la tierra y sus extraños animales. Describe varias de las víboras locales, que le resultaban exóticas, como la curiyú y la víbora cascabel, que al hombre que mordía moría en el día (120). Incluye animales fantásticos, que él dice haber visto, como el carbunclo, un animalito pequeño, con un espejo en la frente, al que lo atrapaban para sacarle el espejo mientras estaba vivo, y los gusanos de las cañas, que se volvían mariposas y al tiempo se transformaban en ratones. Había seguido por mucho tiempo a los escuadrones en sus guerras y había visto animales diversos (125).

En el canto cuarto concluye la descripción de los pueblos indígenas, la geografía del lugar y sus animales, y comienza su relato sobre la historia contemporánea del Río de la Plata, a partir de la llegada del Adelantado Pedro de Mendoza, y la fundación de la primera ciudad de Buenos Aires.

Centenera juzga con severidad a Mendoza. Según él, había luchado con el Emperador Carlos en la guerra de Italia y participado del saco de Roma en 1527. El poeta lo acusa de ladrón. Dice que “al tiempo de pillar, hinchó la mano” y se enriqueció (129). Le pidió al rey Carlos que lo enviara como Adelantado a la Argentina, “pretendiendo su memoria/ levantar en conquista de paganos/ con dinero robado entre romanos” (130). La conquista era una empresa en su mayor parte privada y el adelantado era el

responsable por reunir los fondos para pagar la expedición. Mendoza invirtió una gran fortuna en la Armada, pero todo fue en vano.

Llegaron muchos nobles con él, entre ellos el Capitán Juan Osorio, que era segundo en el mando. Después de enfrentar una cruda tormenta arribaron a Santa Bárbara, en Brasil. Varios capitanes, que envidiaban a Osorio, lo acusaron de traidor. Decían que quería reemplazar al Adelantado y quedarse con el poder. Mendoza cedió a las intrigas y lo condenó a muerte. Centenera defiende a Osorio, dice que era un militar recto. Asegura que el Adelantado condenó a un justo, y por eso Dios va a desencadenar un gran castigo contra la Armada. Dice en su poema: “La muerte del que es justo, y bien creído/ ...lo castiga con infierno,/ que la sangre de Abel el inocente/ clamando está ante Dios omnipotente” (134).

Ayolas asumió como segundo luego de la ejecución de Osorio. Mendoza estaba enfermo del “morbo de la Galia”, sífilis, una enfermedad venérea gravísima que poco después acabaría con su vida, cuando trataba de regresar a España. No pudo gozar del “tesoro que en Roma hubo pillado” (135).

Luego de la fundación de Buenos Aires, el hambre, castigo de Dios, hizo estragos entre los soldados. De dos mil que eran solo sobrevivieron unos cientos. Describe varias escenas de canibalismo. Un soldado se comió a su propio hermano muerto (136). Una mujer se prostituyó a cambio de una cabeza de pescado. Dice que el casto sobrevivía mejor que el vicioso. Centenera se muestra moralista, y condena repetidamente la liviandad de las mujeres.

El capitán Ayolas navegó río arriba y llegó al Paraguay. Allí dominaba el territorio el cacique Yanduazubí, que hizo la paz con los cristianos (137). El capitán siguió su entrada en busca de oro y riquezas, y dejó a Salazar con los navíos, esperando. Este se fue a Asunción y lo abandonó. Ayolas regresó meses después, cargado de riquezas. Al no encontrar los barcos, intentó regresar por tierra con su ejército y los indios mayaguas los mataron a todos.

Yanduazubí protegió a Salazar, que pobló Asunción. Allí los cristianos se emparentaron con los indios. Vivían amancebados con las indias, una práctica que

Centenera condena (139). El líder en Asunción era el Capitán Martínez de Irala. Había gran libertad entre hombres y mujeres. Centenera lo considera libertinaje. La gente quería a Irala, era popular. Dice que había hechos cosas buenas, pero también había perseguido gente. Había despoblado Buenos Aires. En Asunción tenían trigo y comida, y estaban contentos. Todos trabajaban: eran labradores, hortelanos, pescadores.

En el quinto canto continúa la historia contemporánea de Asunción. Esta se transformó en el centro de desarrollo de la región del Paraguay y el Río de la Plata. Muerto Mendoza, el rey mandó a un nuevo Adelantado: Álvar Núñez Cabeza de Vaca. A su llegada se produjo un grave conflicto de poder en la región. Se debió a la ambición de unos pocos y el excesivo amor a la riqueza, afirma el poeta. El interés causaba “las guerras y las grandes disensiones”, los motines, las revueltas y las rebeliones (142). Centenera defiende al Álvar Núñez. Dice que se hicieron falsas acusaciones contra él. A diferencia de lo que pasó con los otros Adelantados, mantuvo buenas relaciones con los nativos. Sus hombres, que vinieron a pie con él a la región en una larga marcha, no pasaron hambre. Los indios los recibieron bien. El capitán Irala, ambicioso, lo esperó con “maña”, fingió obediencia y luego intrigó contra él.

Álvar Núñez organizó una expedición para ir al encuentro del gran Mojo. Este era un personaje fantástico, del que hablaban todos: un gran señor poderoso que vivía en una ciudad riquísima, semejante al Cuzco, y tenía mucho oro. El Adelantado marchó con su expedición durante semanas, y poco antes de arribar al lugar detuvo el avance de la tropa; muchos de sus hombres estaban enfermos y no podían seguir. Álvar Núñez privilegió la vida de sus soldados, puso su salud por encima del amor al oro. Venció la tentación (148). Cuando regresó a Asunción enfrentó una sublevación, secretamente preparada por Irala: lo apresaron. Le pusieron al pueblo en su contra. Lo acusaron de faltas que no cometió. Eligieron a Irala como Gobernador en su reemplazo.

Irala era un político hábil y sin escrúpulos: ayudaba a los pobres que lo apoyaban y a los que se oponían los destruía. A muchos de los que eran leales a Álvar Núñez los ahorcó. Su objetivo era el poder. Recurrió a las manipulaciones de familia: prendió a un

oficial enemigo, Vergara, y lo condenó a muerte. Le dijo luego que le perdonaba la vida, si aceptaba casarse con su hija mestiza y formar parte de su familia y su grupo.

Irala armó un proceso contra Álvar Núñez y lo envió preso a España. Poco después organizó su propia excursión de conquista. Salió con su armada de Asunción y dejó a Mendoza como su lugarteniente. Conquistó a los indios Chiquitos, vecinos del gran Mojo.

En este tiempo habían ocurrido cosas graves en el Virreinato del Perú, del que el Río de la Plata formaba parte. Hubo un levantamiento de encomenderos, que terminó en una guerra civil entre estos y la corona. Centenera prefiere no hablar de eso. Su libro iba dirigido a las clases nobles. Escribe en apoyo de la monarquía y el imperio. Evita mencionar cuestiones conflictivas.

En 1542 se habían aprobado en España las Leyes Nuevas para la región. Estas limitaban el poder de los encomenderos y prohibían la esclavitud indígena. Los sectores esclavistas en el Perú se rebelaron. Se levantaron, liderados por Gonzalo Pizarro. El virrey marchó contra ellos. Pizarro lo derrotó en la batalla de Iñaquito y lo hizo decapitar. El rey envío al Presidente La Gasca a Lima a resolver el problema. La Gasca derrotó a Pizarro y lo ejecutó. Luego se dedicó a pacificar la región. Le informaron que desde Asunción, Irala estaba marchando con un ejército hacia el Perú. La Gasca desconfió de él y le ordenó detener su expedición: temía que sus hombres se unieran a las fuerzas insurrectas de los encomenderos (Schmidl 103-5). Eso obligó a Irala a interrumpir la marcha y regresar a Asunción.

Cuando llegó a la ciudad se encontró con una insurrección de los leales, que apoyaban a Álvar Núñez. Los reprimió y mató al líder, Abreu.

Reciben nuevas de España sobre Álvar Núñez: el proceso en su contra avanzaba, le habían quitado su título de Adelantado. Centenera se admira de que la Corona no haya dicho nada sobre el virtual golpe militar de Asunción para derribarlo. Tenía una enorme gravedad institucional. Irala parecía tener el aval tácito del rey, que respetaba el poder desnudo. En el canto sexto le llega el fin al Capitán Martínez de Irala: muere.

Irala era el político ambicioso, sabio, astuto, que manipulaba a sus contrarios y tenía el territorio pacificado. Los opositores se habían pasado todos a su bando. Poco

antes de su muerte había llegado a Asunción el Obispo Pedro de la Torre, bien recibido y apreciado por todos. Eligen a un nuevo gobernador para reemplazar a Irala: la responsabilidad cae en el Capitán Vergara. Este sale con el Obispo de la Torre hacia Lima.

En este canto como en el siguiente Centenera se concentra en narrar las intrigas, enfrentamientos y luchas entre los conquistadores. En Asunción pasa de todo. Cuenta la historia de Melgarejo, un capitán que él admira. Su mujer lo engañaba con un cura: los sorprende juntos en el dormitorio y los mata a los dos.

El General Cáceres, teniente gobernador, se enemista con el Obispo Guerra. Su enfrentamiento cobra una intensidad que amenaza la paz de todos. El General encierra en la cárcel al Obispo y no le da de comer (170). Lo priva de su renta. Ataca a su amigo Esquivel y le hace cortar la cabeza por traidor. Finalmente, los mancebos (mestizos y criollos) y las mujeres, partidarias del Obispo, se rebelan contra Cáceres. Lo toman prisionero y lo mandan a España. Ponen a Martín Suárez como Teniente Gobernador. Suárez manda a Garay en una entrada a Santa Fe. Este puebla la ciudad.

En el canto octavo entra en el teatro de los acontecimientos el mismo poeta como personaje. Llega al Río de la Plata en la excursión del Adelantado Juan Ortiz de Zárate. Es su capellán militar. El carácter de la historia cambia. Se vuelve crónica. Él participa de muchos hechos. La distancia afectiva que mantenía con la materia que narra disminuye: pone sus pasiones en primer plano. Centenera no es un hombre común. Es un diácono con vocación militar, ama estar con los soldados, acompañarlos a la guerra. Juzga con dureza la idoneidad de los jefes, especialmente la del Adelantado Zárate, a quien considera un incapaz, y un hombre inmoral y cruel. Gran parte del canto lo dedica a insultar a Zárate y denunciar su incompetencia.

La expedición en que viene Centenera tiene un viaje accidentado. Describe las peligrosas tormentas que enfrentaron durante el trayecto. Finalmente, pudieron llegar a la costa del Brasil. Los indios guaraníes los recibieron amistosamente. En la isla de Santa Catalina sufren hambre. Ortiz de Zárate deja al grueso de sus hombres en Santa Catalina y va con un grupo de soldados a la isla vecina de Ibiaza a buscar alimentos. Allá los nativos los reciben bien y les dan comida. En lugar de regresar a la otra isla de inmediato

a socorrer a su ejército, se queda en Ibiaza disfrutando de su situación, maltratando y robando a los nativos. Era un codicioso y lo único que le importaba era su beneficio. Mientras tanto, sus soldados en Santa Catalina morían de hambre.

Centenera describe lo que ocurre en la isla. Los acosaba el hambre. Los oficiales, a pesar de esto, castigaban con severidad a los que trataban de escapar y buscar alimentos por su cuenta. Atraparon a varios y los condenaron a la horca sin piedad alguna (182). Dice el poeta: “Mas, ¡ay!, que Joan Ortiz dejó un flagelo/ cortado muy al gusto y su medida,/...pues vemos que de hambre están muriendo/ aquellos que en la horca están poniendo!” (184). El hambre no hace distingos de clase. Las mujeres se arrepienten de haber parido. Los hombres maldicen el honor y la honra mundana que los impulsó a viajar al nuevo mundo. Como en la hambruna de Buenos Aires, en tiempos de Mendoza, se comieron a los muertos (Brunke 279).

Centenera cuenta una historia sentimental maravillosa. Un pez monstruoso amenaza a unos amantes. Siempre tiene en cuenta el gusto de su público cortesano. Un hombre y una mujer casados se enamoraron y salieron a la montaña a recoger palmitos. Allí se perdieron. Desesperados, querían morir. Él se propuso encontrar el camino de regreso. Salió en su búsqueda y dejó sola a la amada. Prometió volver pronto. Ella fue a la playa y allí vio un pez del tamaño de un hombre que salía del agua. Este se acercó reptando hacia ella. Se había enamorado. Ella retrocedió. El pez la seguía. Finalmente, el amante retornó. Había encontrado el camino. El pez volvió al mar y escapó. Cuando regresaron a donde estaban los otros, los oficiales los separaron. Eran casados infieles.

Centenera termina el canto haciendo una crítica cruel y misógina a la mujer. Dice que no se puede confiar en ellas y que son peligrosas para el hombre. Su actitud, probablemente, no era inusual dentro del mundo militar en que se movía. Las acusa de utilizar y manipular al varón. Dice el poeta: “Es tanto su poder y maña fuerte,/ que todo el mundo tienen ya rendido./...Hambre, ni desventura, ni la muerte/contrastar su poder nunca han podido” (190). Siendo seres imperfectos, dominan a los demás. Son capaces de rendir “al sabio, al necio, al pobre y al que es rico” (190). Su menosprecio al sexo femenino es paralelo a su idealización del poder masculino. Reverencia a la fuerza como ideal. El hombre para él debe dominar y someter. El ejército ha venido a América para conquistar e imponerse. Él, como su capellán, acepta sus ideales y los fomenta.

Tiempo después el Adelantado llega de Ibiaza, con sus naves llenas de comida, para buscar a los hombres que habían quedado en Santa Catalina. Embarca a los sobrevivientes. La excursión continúa como si nada hubiera ocurrido, hacia el Río de la Plata. El viaje fue difícil, enfrentaron continuas tormentas.

A partir del canto diez el poeta incluye en la trama a los indígenas como personajes. Cuenta sobre los pueblos nativos de la región. Luego del desembarco encuentran a los indios charrúas. Describe sus costumbres, su economía, sus armas. Son guerreros, y con ellos van a enfrentarse. Narra la guerra como un relato de aventuras, imitando las narraciones caballerescas europeas. Caracteriza a los principales jefes indios y guerreros, y los enfrenta a sus pares españoles en una dura contienda. Abundan los encuentros y combates individuales, donde se mide la pericia de los campeones. Destaca su habilidad en el uso de las armas y su valentía.

El cacique principal de los charrúas se llama Zapicán. Abayubá es el campeón indígena favorito. Los indios atacan a los españoles y matan a cuarenta hombres. Comienza una guerra sin cuartel. Taboba, el gran guerrero, mata a muchos. Dice el poeta: “El zapicano ejército venía/ con trompas y bocinas resonando.../ al sol la polvareda oscurecía,/ la tierra del tropel está temblando...” (205). Describe escenas de coloridos combates. Los españoles tienen sus grandes capitanes. Santiago lidera la lucha. El Adelantado embarca a sus tropas durante la noche. Por la mañana Zapicán ataca los barcos, pero nada puede hacer contra ellos, que les disparan con sus arcabuces. Se impone la superioridad de las armas españolas. Finalmente los indios se van.

Llega el Capitán Melgarejo para ayudarlos. Centenera, que critica al Adelantado Zárate, trata con respeto a los capitanes, a los que admira, en particular a Garay y sobre todo a Melgarejo. Los considera soldados valientes, fieles a la corona. Dado que dirige su libro a un público monárquico, imperialista y de clase alta, toma la obediencia al rey como uno de los más importantes valores.

Centenera participa en una excursión al mando de Melgarejo. Van a la isla Martín García, donde los recibe el cacique Taboba. Siguen navegando por el Paraná río arriba, hasta llegar a la tierra de los timbúes, en la zona vecina a Santa Fe. Les avisan que Garay y su gente habían pasado por allí. Los indios atacan a Santa Fe, pero los “mancebos” rechazan el ataque. Pelean contra Yamandú.

Centenera incluye una historia caballeresca de amor, con personajes indígenas, en el relato de guerra. Se trata de la historia de Yanduballo y Liropeya. El guerrero Yanduballo ama tiernamente a la bella Liropeya. El mestizo Caraballo, incapaz de comprender su amor, mata a Yanduballo para poseerla. Le confiesa que la ama, pero ella, fiel a la memoria de su enamorado, en vez de entregarse a Caraballo, se mata con su espada. Caraballo se lamenta de su muerte. Dice el narrador: “Y vide lamentar su desventura/ conclusa al Caraballo la jornada,/ diciendo que, aunque muerta, estaba bella/ y tal como un lucero y clara estrella” (222).

Melgarejo encuentra a Garay al llegar a Sancti Spiritus y los dos celebran con gran alegría. Son notables capitanes. La guerra continúa, liderada por Garay. Se enfrentan a dificultades y tormentas. Encuentran a varios cautivos, a los que liberan. Compara la belleza del paisaje de la región con el que describían los mitos griegos. Hace referencia a la historia de las hermosas Piérides, las bellas doncellas que retaron a las Musas. Dice: “Es tan ameno y bello este paraje,/ que las hijas de Pierio bien podrían/ dejar de Tracia el monte y su boscaje,/ que aquí más soledad cierto tendrían” (232).

Llega el cacique Zapicán para atacarlos. Los españoles y los mancebos salen gozosos a enfrentar a los charrúas. Zapicán arenga a sus guerreros en guaraní. Centenera comprende lo que dice. Garay hace lo propio con sus soldados. Gritan Santiago, Santiago. El poeta describe numerosos combates individuales. Este es el momento es que se luce la épica. Hieren a Garay, pero por suerte no es de gravedad. Los caballeros españoles hacen estragos. Leiva mata a Tabobá y ataca a Abayubá. Zapicán quiere vengar a Tabobá. Manialvo lo ataca y lo corta en dos pedazos. Centenera describe la matanza con entusiasmo; dice: “Aquí veréis el indio atravesado/ por medio la garganta, y allí junto/

el otro todo el casco barrenado/ saliéndoles los sesos al punto” (240). Termina el combate y Melgarejo avisa al Adelantado Zárate que mataron a Zapicán. Todos los celebran.

Zárate manda a Melgarejo a Paraguay a buscar comida. Apresan a un hijo del cacique Cayú. Este viene a pedir por su hijo, y le da al Adelantado una india adolescente a cambio de su libertad. Zárate, despótico, se queda con ella y hace regresar a Cayú sin su hijo. Centenera comienza una larga tirada contra los indígenas. Los acusa de crueles, bárbaros. Dice que torturaban a sus prisioneros.

En los cantos siguientes vuelve a ocuparse de las disputas entre españoles. Narra las luchas e intrigas que ocurrieron en la ciudad de Santa Cruz, en Perú, entre Zurita y Diego de Mendoza. La culpa de todo, según él, la tuvieron sus mujeres. Agrega aquí nuevos comentarios misóginos. Dice que Satán se vale de las mujeres para lograr sus fines: “...el caso que no puede muy siniestro,/ por medio de mujer puede y alcanza,/de modo que de diez partes de males/ los nueve con mujer causa cabales” (255). Don Diego mata a Salazar y el Virrey interviene en la disputa. Envía una armada al mando de Gabriel de Panagua y el conflicto se extiende.

Don Diego trata de levantar a los indios de la región contra el virrey, y estos se niegan a ayudarle. Las persecuciones, asesinatos y represalias aumentan. El problema llega a Tucumán. Sus jefes apoyan a Diego de Mendoza. El virrey envía cartas al Río de la Plata exigiéndoles obediencia. Los indios, tomados en medio de la disputa, también son sus víctimas: el virrey va a Potosí, la ciudad minera por excelencia, y les pone altas tasas y nuevos impuestos para pagar los costos de la guerra. Prende a Don Diego finalmente, y lo ejecuta.

Aprovecha la oportunidad para ir a Vilcabamba a reprimir a los indios. Dominaba allí el gran Inca Tupamaro. Se consideraba un gran señor. A pesar de que los españoles oprimían a los indígenas de la zona, el Inca los apoyaba. Pero el virrey desconfiaba de él. Decide ejecutarlo. Envía a Loyola a Cuzco. Lo apresa, pero se niega a matarlo. Le dice al Virrey que es un Inca, y que el pueblo lo apoya. El virrey le manda la orden por escrito, exigiéndole la ejecución. Acusa a Tupamaro de insurrección. En medio de la consternación popular, lo decapitan.

En el Río de la Plata, mientras tanto, los soldados padecen hambre. Centenera fue testigo de lo que sucedió. Asegura que el Adelantado Ortiz de Zárate, lejos de compadecerse por la situación que sufrían sus hombres, los insultaba. Les decía: “Malditos endiablados comilones,/ tragones, apocados, gente avara,/ que os traje yo de España a sustentaros,/ ¿qué os debo? Estoy a punto por dejaros” (282). Sus hombres lo despreciaban y lo odiaban, por el abuso y el mal trato. Garay mandó comida del Paraguay y se resolvió el problema. El poeta dice que el Adelantado era codicioso y disfrutaba castigando severamente a los que cometían faltas. Nadie lo quería. Poco tiempo después se enferma y muere. Le deja el poder a quien se case con su hija, que vive en Charcas. Esto despierta una nueva lucha de facciones.

Son varios los que quieren ocupar el puesto de Adelantado en el Río de la Plata. El poder pasa temporariamente al sobrino de Zárate, el joven Mendieta, hasta tanto se concrete el casamiento de la hija. Mendieta es tan abusivo y comete tantos atropellos y crueldades, que, finalmente, en Santa Fe, la misma gente lo apresa y pone en prisión. Renuncia públicamente al mando y lo envían a España. Pero no era Mendieta el único que tenía problemas, también el buen Garay: el virrey desconfiaba de él y empezó a perseguirlo. Le exige que vaya a Lima. Este se niega. Sabe que lo quieren poner en prisión. El virrey envía a Valero para capturarlo.

Una guerra de intrigas se sucede. Garay trata de descomprimir la situación e inicia una campaña militar contra los indios. Centenera dice que muchos de los problemas eran evitables, y que una causa de estos era el exceso de libertad. Esta se había vuelto libertinaje. Se había relajado la estricta separación entre las clases. Muchos soldados no respetaban los privilegios de los nobles. Dice: “La causa de este mal es el anchura/ y libertad tan grande permitido,/ que vemos una grande desventura,/ que la muy baja gente es tan tenida/ como la que es más noble de natura” (302). Aboga por una política más estricta y una vigilancia policial severa.

Esta distorsión moral de los valores, se extiende, para él, también al mundo de la religión. Un sacerdote, Martín González, al que califica de “clérigo idiota”, tuvo la mala idea, cree, de tratar a los indios como si fueran españoles, sin darse cuenta de que los

naturales carecían de inteligencia para entender las escrituras, eran “avaros” de juicio (306). Este predicaba en sus sermones a los indios cristianos que Dios hacía maravillas, y había permitido a David vencer a Goliat con solo una honda. El indio Oberá, escuchando su sermón, decidió levantar a su nación guaraní, diciendo que ellos podían vencer a los españoles. Dijo que él era hijo de Dios, concebido por la virgen, y que su hijo, Guiravó, era el Papa. Empezó a bautizar y cambiar de nombre a los indios, y estos se fueron de los repartimientos. No acudían al trabajo y dejaron de sembrar.

Garay desató una persecución contra Oberá. Muchos nativos, según el arcediano, temían a los españoles, y no quisieron luchar contra ellos. Fueron a ver a Garay y le pidieron que los repartiera en encomiendas. La rebelión, sin embargo, fue en aumento. Guaycará juntó cinco mil guerreros, construyó un gran fuerte y atacó a los españoles. Garay luchó contra ellos. Centenera describe combates individuales entre grandes campeones españoles e indígenas.

En esta parte el poeta nos brinda una imagen de sí mismo en medio del combate. Un guerrero se había aproximado a él con una cruz y le pidió su protección. El capellán iba en su caballo, vestido de blanco, acompañado de un soldado. Cada uno llevaba un arcabuz. Se supone que él no participaba en la lucha armada, y el arcabuz sería solo de protección. Toma al indio prisionero y lo lleva consigo. Dice: “De blanco me vestí, y con sombrero/ de paja, en mi caballo a la jineta,/ llevando solamente un compañero,/ y cada cual a punto una escopeta./ Espías yo le puse, tan ligero/ que venida la noche muy secreta/ en un bosque le prendo, y amarrado/ a la ciudad le traigo a buen recado” (320).

Garay decide volver a poblar Buenos Aires. Sale de Asunción con una excursión armada. El cacique guaraní Tabobá, al llegar, les hace la guerra. Entran en combate y el mestizo Inciso lo mata y le corta le cabeza. Los indios retroceden. Luego huyen. Los españoles se establecen en el lugar y se reparten la tierra.

Una nave sale para Castilla para informar a la Corona. Construyen un fuerte. Centenera está impresionado por la belleza del lugar y la fertilidad de la tierra. Compara la ubicación de la ciudad con el sitio en el que se asienta Sevilla. La llaman Trinidad. Se congregan en Cabildo y eligen alcaldes ordinarios. Mientras tanto, en Santa Fe, hay un

levantamiento de mestizos. Le escriben a Abrego, en Tucumán, pidiéndole ayuda. Los mestizos se quejan de Garay, dicen que los oprime. Quieren apresarlo, y enviárselo al Virrey. Ellos buscan poseer la tierra, porque se la ganaron en la guerra (325). Eligen como jefe del levantamiento a Cristóbal de Arévalo.

Un grupo de monárquicos sorprende a los mestizos y los atacan. Arévalo, su jefe, los traiciona, y se pasa a los monárquicos. Luchan y matan a los principales. Suprimen la rebelión, cortan los cuerpos de los muertos en pedazos y los ponen en los caminos con leyendas, advirtiendo que eso era lo que les pasaba a los que se rebelaban contra la corona. Varios lograron escapar. Lerma, gobernador de Tucumán, inicia la persecución de los mestizos. Atrapa a varios y los tortura. Centenera celebra el celo monárquico de Lerma, dice que su acción fue de gran “provecho” (330).

El arcediano no asistió en persona a la fundación de Buenos Aires. Permaneció en Asunción, donde amenazaba replicarse el levantamiento de mestizos de Santa Fe. Esto representaba un gran peligro para la corona, ya que los mestizos superaban varias veces en número a los españoles. Querían tener el derecho a la tierra. Reclamaban una mayor libertad e independencia. Centenera participó activamente en la supresión del levantamiento de Asunción, denunciando a los implicados a la policía (Ortiz Gambetta 18).

El arcediano empezó a tener problemas en la ciudad y logró que lo trasladaran al Perú. En este momento la narración se fractura. Centenera cesa su actuación como capellán castrense. Deja de ser testigo directo de los enfrentamientos militares. Comienza a narrar otro tipo de sucesos, en los que estuvo implicado o de los que fue testigo. Elige hechos llamativos y extraordinarios, que puedan satisfacer la curiosidad de sus lectores, como el terremoto de Lima, el Tercer Concilio de Lima, en que participó como secretario, y la invasión del pirata Drake.

Centenera transforma a Drake en un gran personaje de aventuras. Llama la atención su elección de Drake, por cuanto se trataba de un enemigo de la corona de España. Pero Drake representaba un héroe con una mentalidad distinta. Un hombre valiente, independiente, fuerte, libre. El mundo había cambiado a fines del siglo XVI: el

descubrimiento de América había modificado el régimen de acumulación de la riqueza y la dinámica del dinero. Esto dio al individuo un nuevo lugar en esa sociedad.

El corsario actuaba fuera de la ley, desafiaba a las instituciones. Se apropiaba por la fuerza de la riqueza de los otros, se burlaba de la moral. Los piratas se enriquecían rápidamente, con licencia de la corona. El poder político no los controlaba en forma directa. Drake atacaba a los enemigos de Inglaterra y aportaba parte de su rapiña al tesoro inglés (Navascués 179-90).

Los corsarios no eran los únicos que actuaban y desarrollaban su negocio al margen de la ley. Había aumentado también el tráfico de esclavos. La esclavitud pasó a ser un gran negocio. Portugal dominaba este comercio en América, y en la época en que Centenera escribe la corona de Portugal y la de España estaban unidas. El rey de España era también rey de Portugal y Brasil. Llegaban cientos de miles de esclavos a Brasil, que eran esenciales para el cultivo de sus plantaciones. Su fuerza de trabajo permitía producir enormes cantidades de materias primas que abastecían a toda Europa (Klein y Vinson 15- 33).

La transformación de América en continente factoría, sostenido sobre el trabajo servil indígena y el trabajo esclavo de los negros traídos del África, era un hecho. Europa organizaba la producción de América de acuerdo con sus propias necesidades y para su propio enriquecimiento. La conquista de América había transformado radicalmente la conciencia imperial. El impacto cultural de la conquista se hizo sentir rápidamente en Europa. Centenera escribía para esos lectores. Buscaba apoyo en la nobleza, para que compensaran sus servicios como capellán castrense y su fidelidad a la monarquía. Trataba de justificar y explicar la acción del ejército, resaltando el sacrificio y el heroísmo de sus hombres.

El corsario no era el único empresario o aventurero que había venido a América. El Adelantado también contaba con capital privado para su empresa de conquista. Era nombrado por el rey, y por contrato tenía derecho a quedarse con una parte de todo lo que descubriera o conquistara. Debía él mismo buscar y encontrar los medios para financiar la expedición (Tieffemberg 290). Centenera critica a todos los Adelantados que

habían pasado por el Río de la Plata (con la excepción de Álvar Núñez). Los caracteriza como a individuos inmorales y ladrones, que venían a América con el solo objeto de enriquecerse.

El poeta dice que se detiene a hablar de Drake porque no hay que quitarle los “derechos” al enemigo ni sentir envidia de sus hazañas (333). Lo describe como a un caballero noble. Dice: “Aqueste inglés y noble caballero/ al arte de la mar era inclinado./ Más era que piloto y marinero,/ porque era caballero y buen soldado./ Astuto era, sagaz y muy artero,/ discreto, cortesano y bien criado,/ magnánimo, valiente y animoso,/ afable y amigable y generoso” (334).

Muestra admiración por el pirata. No había descrito con tanta generosidad a ningún jefe español. Dice que a pesar de todo carecía de una cosa esencial: el amor de Cristo, ya que era luterano. Cuenta sus hazañas: llega a Arica, ataca a un navío español cargado de barras de plata. En El Callao ocurre algo extraordinario: los esclavos negros creen que Drake viene a liberarlos. Les roban el freno a los caballos de sus amos, para que no puedan escapar ni atacar a los piratas. Centenera les reprocha a los negros que no quieran ni aprecien a sus amos. Dice que los esclavos actuaron contra ellos “con ánimo maldito y alevoso” (337). Poco después los corsarios capturan el navío San Juan de Otón, que transportaba plata del Rey. Se van a refugiar a una isla portuguesa, donde los reciben bien. Descansan, se aprovisionan y regresan a Europa.

Centenera describe luego otro hecho llamativo que sabe va a interesar a sus lectores: el terremoto que tuvo lugar en Arequipa. El volcán había entrado en erupción y el pueblo todo tembló. Se destruyeron trescientas casas.

Incluye una historia policial entretenida. Una mestiza aprovecha la confusión que genera el terremoto, para ponerse de acuerdo con su amante y matar a su esposo español. Esto ocurre, dice el poeta, por culpa de la torpeza de los hombres. Deben desconfiar más de las mujeres, que mudan sus sentimientos constantemente. Se lamenta: “¡Oh, cruda ingratitud, tan celebrada/ de hembras por el mundo, como vemos...!/...La culpa nuestra bien está probada...”. Y concluye: “Fiad de la mujer, por vida mía,/ veréis cuán mal acude a la fianza” (342).

En el canto siguiente habla de un asunto de gran importancia para él: el Concilio de Lima. Si bien era un religioso que, como diácono, solo había completado su formación religiosa básica, pudo asistir al mismo en calidad de secretario, al servicio de los obispos (Ortiz Gambetta 17). Durante las reuniones del Concilio los participantes mantuvieron numerosas disputas. La relación entre los obispos no era muy distinta a la de los capitanes y gobernadores en sus jurisdicciones: abundaban las intrigas y las luchas por el poder.

Los limeños pronto se cansaron del Concilio. Los obispos sesionaron durante un año y todo giró alrededor de ellos. Aprobaron nuevos códigos de conducta para las mujeres. Las acusaron de ser disolutas y de coquetear. Prohibieron que usaran el rebozo y se cubrieran el rostro. Estas asistían a las fiestas y usaban el rebozo para ocultar su identidad. Dice: “En Lima veréis damas muy costosas/ de sedas, tramasirgos y brocados,/ en las fiestas y juegos aireadas,/ mas los rostros y caras muy tapadas” (350). La nueva medida trajo mucho enojo de parte de las damas, pero igual se impuso. Los obispos pidieron a los encomenderos y propietarios de indios y esclavos que los alimentaran bien, algo que por supuesto estos no hicieron. Debían además cristianizarlos.

Centenera confiesa que ya estaba cansado de vivir en América. Habían pasado casi dos décadas desde que había llegado. Sin embargo, no tenía dinero para volver. Extrañaba España (355). Termina el Concilio y recibe un favor inesperado: el obispo de Charcas lo designa su vicario. Lo hace nombrar además comisario de la Inquisición. Este último nombramiento le trajo problemas. Fue acusado de mal desempeño en sus funciones. Le hicieron juicio por entrometerse en las disputas políticas de los distintos grupos, ofender con insultos racistas a sus vecinos, a los que llamaba “judíos y moros”, y mantener relaciones íntimas con una mujer casada. El tribunal lo condenó a pagar una multa y le prohibió ejercer en el futuro puesto alguno en la Inquisición (Ortiz Gambetta 19).

Dada la situación, se fue del Perú y regresó a Asunción. Al llegar allá, se encontró con que el obispo Alonso Guerra había sido expulsado de la diócesis. Esto dejó una vacancia en el clero, que el arcediano pudo ocupar temporalmente. Viajó más tarde a Buenos Aires, donde ayudó a restaurar el templo de la Catedral. En 1593 solicitó al rey

permiso para regresar a España. Una vez en la península consiguió la protección del virrey de Portugal, el marqués de Castel Rodrigo, que lo nombró su capellán. Durante los años siguientes tuvo tiempo suficiente para poder organizar sus notas y el material histórico reunido, y trabajar en su poema.

En los últimos cantos de su libro, Centenera reitera varios de los tópicos de sus cantos anteriores: el episodio más destacado que va a aparecer es el de la muerte de Garay, un soldado a quien él apreciaba. Después de poblar Buenos Aires, había tenido varias guerras con los indios de la región. Durante un viaje en barco, se acercó con sus hombres a la costa del Paraná para dormir en la playa. No dejó la guardia adecuada y durante la noche los indios los sorprendieron. Pocos pudieron escapar. Centenera dice que Garay era imprudente y se confiaba demasiado (363). Su muerte llevó a una guerra mayor. Los indios, confiados en sus fuerzas, decidieron atacar Buenos Aires, liderados por Yamandú. La superioridad militar de los españoles se impuso y los derrotaron.

En la parte final, Centenera narra la llegada a Sudamérica de un nuevo pirata inglés, Cavendish, que ataca las costas. Esta vez, los españoles y los portugueses se defendieron con éxito, y lo vencieron (387). El poeta se despide de sus lectores, prometiendo continuar. No podrá hacerlo, sin embargo. Era ya un hombre viejo, como lo reconoce, y muere en el año de la publicación. Dice sobre su libro: “Aquí quiero dejarlo, prometiendo/ en otra parte cosas muy gustosas,/ que estoy en mi vejez yo componiendo/ del argentino reino hazañosas/ batallas que el dios Marte va tejiendo,/ conquistas y noticias espantosas” (406). En sus últimas líneas encomienda su manuscrito a la censura del Santo Oficio y pide la protección de la iglesia católica.

Argentina y la conquista del Río de la Plata se publicó en 1602. El extenso poema narrativo se destaca, en relación al corpus de las obras sobre la conquista del Río de la Plata, compuesto por crónicas, informes e historias, por su clara intención literaria. El escritor vivió más de veinte años en Sud América y su testimonio nos resulta valiosísimo, tanto por lo que dice, como por lo que no dice, y oculta o distorsiona. Centenera habla desde su perspectiva social, como diácono y capellán de la armada. Defiende sus privilegios, muestra sus aspiraciones y sus prejuicios.

En su poema combina la invención con la historia y la política. Toma como modelo la literatura épica de la época. El poema La Araucana, de Ercilla, fue sin duda un estimulante para él. Sabe que no puede emularlo, carece de la formación para hacerlo. No tiene el talento poético de Ercilla. Reconoce sus límites y asume sus riesgos como autor (Ortiz Gambetta 14). Su obra tiene elementos épicos, otros históricos, mucha política: no es una obra “pura”, porque vivió en una época confusa. Él mismo estuvo lejos de ser un ejemplo moral, según lo juzgaron sus contemporáneos.

Reconoció que era valiente y no lo intimidaban los combates. Era un hombre vengativo, que detestaba a sus jefes, en particular al Adelantado Zárate, contra quien se ensaña. No mostró compasión hacia los indígenas. Asume el punto de vista del soldado español. No puso en tela de juicio su derecho a hacer la guerra al nativo y apropiarse de sus tierras. Evita en su obra todas las cuestiones críticas: no habla de la esclavitud, ni de las matanzas de indios, ni de las masacres de hombres, mujeres y niños, que refieren los cronistas e historiadores. Su interés no era denunciar al ejército por su comportamiento, sino exaltarlo por su coraje. Los indígenas para él son los enemigos, a los que hay que vencer. Los juzga brutales.

Cree en la supremacía española, tanto desde la perspectiva militar, como religiosa, cultural y racial. Trata a las mujeres como a seres peligrosos, que amenazan la integridad moral de la sociedad. Idealiza el poder, y dirige su libro a los estamentos nobles. Se opone a la nivelación de las clases sociales, y denuncia el relajamiento de los privilegios de nacimiento que observa en América.

Apunta como ideal a un nuevo tipo de hombre: un aventurero fiel a sí mismo, como Francis Drake, que se vale del poder para imponer su voluntad y demostrar su superioridad a los más débiles.

Escribió su poema como un servicio a la corona, para dejar testimonio de la conquista. Cree en el futuro del imperio y se confiesa furiosamente monárquico. Su sentimiento religioso no se expresó como fe, sino como aspiración moral.

La literatura de Centenera representa una de las dos formas posibles que podía asumir en esos momentos la literatura en América: denuncia y toma de conciencia de lo

que significaba para la moral cristiana el genocidio de las culturas americanas, o encubrimiento de lo que era la conquista militar, presentando la destrucción del mundo americano como una aventura y un anhelo de creación de una sociedad mejor. Su obra expresa esta segunda posibilidad: la literatura como encubrimiento del genocidio del mundo americano, apología del imperio y exaltación de su poder.


Bibliografía citada


Barco Centenera, Martín del. Argentina y conquista del Río de la Plata. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2021. Edición crítica de Javier Navascués y Eugenia Ortiz Gambetta.

Brunke, Dirk. “Heroicidad, conquista y el Nuevo Mundo rioplatense. El vacío heroico en el poema épico La Argentina (1602) de Martín del Barco Centenera”. RILCE 36.1 (2020): 275-91.

Campra, Rosalba. “Crónica de un encubrimiento: La Argentina de Martín del Barco Centenera”. Noé Jitrik, compilador. Atípicos de la literatura latinoamericana. Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires, 1996: 373-93.

Ercilla y Zúñiga, Alonso. La Araucana. Madrid: Espasa, 2022. Edición de Luis Gómez Canseco.

Klein, Herbert y Ben Vinson III. Historia mínima de la esclavitud en América Latina y el Caribe. México: El Colegio de México, 2013.

Navascués, Javier. “Alarmas y sueños de codicia: los piratas en Argentina y conquista del Río de la Plata de Martín del Barco Centenera”. Taller de Letras NE3 (2013): 179-190.

Ortiz Gambetta, Eugenia. “Estudio preliminar”. J. Navascués y E. Ortiz Gambetta, Argentina y conquista del Río de la Plata...11-55.

Schmidl, Ulrico (Utz). Derrotero y viaje a España y Las Indias. Paraná: EDUNER, 2016. Traducción de Edmundo Wernicke. Introducción, cronología, bibliografía y notas de Loreley El Jaber.

Tieffemberg, Silvia. “El tópico de la guerra de Jerusalén en Luis de Miranda y Martín del

Barco Centenera”. Hipogrifo 5. 2 (2017): 283-94.


Publicado en Revista Renacentista, Mayo 2022.