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jueves, 12 de febrero de 2026

Madame Ivonne Poesía popular


 

                                           de Alberto Julián Pérez 

                                 Chicago, Progress Press, 1978

 


 

Índice 


Poemas para recitar 

 

Buenos Aires y el tango 


Madame Ivonne  

Muñequita de lujo  

Cambalache 

Apariciones  

 

En Chicago 


El obrero  

El chicano  

 

Poemas cómicos 


La vaca de Mayo (sátira burlesca)  

Romance vacuno (sátira burlesca)  

 

 

 Buenos Aires y el tango 

 

  

Madame Ivonne 

 

 I 

 

Mademoiselle Ivonne, 

en un día de otoño 

vos dejaste París. 

 

Entre llovizna y luto 

saliste de Montmartre, 

con rumbo a Buenos Aires, 

para quedarte aquí. 

 

Aquel argentino, 

galán incorregible, 

te enamoró. 

 

De la orilla izquierda 

del Sena, 

vos viniste hasta el río 

color de león. 

 

Los vaivenes del tango 

te hicieron suspirar. 

El fragor de la guerra 

había quedado atrás. 

 

 

Para vos la nueva tierra 

era la edad dorada. 

La gente marchaba 

sin mirar hacia atrás. 

 

Después la realidad: 

el cabaret y la noche, 

en esta ciudad mágica 

que nació del trigal, 

 

después calle Corrientes, 

restallante de luces, 

los compases del tango, 

el amor a compás, 

 

sonoros bandoneones 

que acunaban la vida, 

que contaban tu historia, 

mi querida Madame, 

 

cuando aquél argentino 

te arrancó de Montmartre 

para mostrarte el milagro 

de Buenos Aires. 

 

Así, la nueva vida 

coronaba tus sueños: 

enorme, intensa, feliz. 

 

Era como un gran cuadro: 

ver la ciudad nocturna, 

las caras risueñas del cabaret, 

 

y la otra Buenos Aires, 

después, durante el día,

repleta de inmigrantes, 

bohemia y sencillez.

 

Sentías los tentáculos 

de una ciudad magnífica,

su riqueza y su ambición:

crecer, siempre crecer…


 II

 

Pero el tiempo ha pasado,

Madame Ivonne, amiga,

vos los sabés muy bien…

 

Los años nos quitaron

esos sueños soñados 

por otros que ya no somos

y quisiéramos ser…

 

El otro día te vi, 

en la cola del mercado, 

delante de mí…

 

en tu mirada ajada 

había una tristeza,

y en tu cuerpo cansado

el dolor de vivir.

 

Vos me miraste apenas, 

y porque soy muy joven

tal vez viste a otro en mí, 

 

y viste la farándula 

y la noche de luces 

y el champagne que corría 

y el bombón de licor, 

 

tu juventud divina 

olvidada del mundo, 

porque el oro 

cansaba tu gesto soñador. 

 

Y entonces yo intuí 

el otro mundo tuyo, 

aquél que el tango 

aún no pudo escribir: 

 

vi a la mujer madura 

luchando por un sueldo, 

vi a la madre sin hijos 

cansada de sufrir, 

 

vi a la obrera de la fábrica 

que se hace vieja, 

vi todo el dolor 

que llegó aquí, 

 

y la cosecha muerta 

en nuestras manos, 

y el trigo comido por las ratas, 

y los chicos de la villa 

con el hambre 

pegado en el cuerpo y en la cara, 

 

vi los hospitales llenos 

de enfermos que piden 

el último favor, 

 

y vi a Plaza de Mayo 

cubriéndose de sangre, 

y vi a una enorme vaca 

cuando hacía el amor. 

 

Mientras tanto los ricos 

pagaban con chirolas 

el sudor barato del trabajador. 

 

Todo eso vi en tus ojos, 

desilusión y miedo, 

Madame Ivonne, 

 

tu peregrinar cansado 

por el frío del invierno, 

tu corazón de humo 

hundiéndose en el tiempo 

de los sueños benditos 

que no fueron, 

 

de Buenos Aires 

que se tragó a sus hijos, 

de la Argentina 

que nos da a comer pólvora, 

en una mano el látigo 

y en la otra el 

Código.

 

 

 III

 

Yo no sé vos 

que viste en mí,

yo no tengo los sueños 

que vos tuviste,

Madame Ivonne.

 

Para mí la pobreza 

es la ley inflexible,

y yo sueño de noche 

que me aplasta,

terrible, la bota del patrón.

 

Yo no sé vos que viste,

yo de vos me conduelo,

porque trajiste sueños

sinceros a nuestro suelo, 

y el suelo se los tragó,

 

y te devolvió una pena 

amarga, sin consuelo,

la misma que vivo yo.

 

Te encontré en el mercado, 

vieja, que dabas lástima,

y te di un billete 

con la idea de ayudar.

 

Me miraste con tus ojos 

de dolor enmascarados, 

con esos, tus ojos claros, 

que antes eran el mar. 



Chicago, 1977

 

 


 

Muñequita de lujo 

 

Sobre tu cuerpo claro, 

Muñequita de lujo, 

vos te echaste la seda 

de un tiempo que pasó, 

 

cuando vos eras alguien 

y tenías gusto a tango, 

en bulines románticos 

que acunó el bandoneón. 

 

Pero hoy, en Buenos Aires, 

triste, sin inmigrantes, 

¿quién te compra en sus calles 

un vestido mejor? 

 

Pobreza e ignorancia 

hoy se mezcla en su estilo, 

y te observa, imposible, 

el buen trabajador. 

 

Resaca de los ricos, 

los ricos no te pagan, 

se les voló el delirio 

del país que creció. 

 

Hoy miran la balanza 

de pagos y se asustan, 

y le dan por el lomo 

al buen trabajador. 


Si Discépolo acaso

saliera de su tumba

te escribiría otro tango

para hacerte inmortal,

 

se acabó la bohemia

de las noches de otoño,

ha empezado un invierno

que no quiere acabar.

 

Los que antes soñamos

un país imposible

entre amores nocturnos

y vapores de alcohol,


hoy doblamos la espalda

laburando a lo burro

por un cacho de pan

de sol a sol.

 

Esa calle Corrientes

que otrora fue tango

se nos llenó de sangre

y el tango la olvidó.

 

Los que antes fuimos tango

parecemos arqueólogos,

buscando al Buenos Aires

que se fue y se perdió.

 

Muñequita de Lujo, 

te conocí en el verso 

de aquel poeta 

del otro país, 

 

yo nací en una Argentina 

en que el champagne no existe 

y reemplazamos la carne 

por el pan de maíz. 

 

Sueño de una riqueza 

que no fue más que un sueño, 

Muñequita de Lujo, 

tanto vos como yo, 

 

nos sentimos perdidos 

en el frío del invierno, 

con tantos sueños muertos 

que duele el corazón. 

 


Chicago 1977 

 

 

 

 

Cambalache 

 

Siglo XX, Cambalache, 

¿quién lo podía esperar? 

Íbamos todos mezclados, 

atorrantes y doctores… 

pero siempre pa´delante, 

mi querido Cambalache, 

 

y ahora…ahora 

vamos para atrás. 

 

Se dio vuelta la tortilla, 

nos caímos de la rama, 

y fue toda una macana 

¿quién nos puede barajar? 

 

Atorrantes y doctores 

nos hundimos en la pobreza, 

nos agarramos la cabeza, 

¡quién sabe qué pasará! 

 

Antes la moral era 

un verso que nadie creía, 

ahora nos dan con el hacha 

por cuestiones de moral, 

y tenemos las vaquitas 

subidas al piso de arriba, 

¡nos usan de basural! 


Antes cualquiera podía 

pasar de la misha al lujo,

y venían los inmigrantes 

luminosos de ambición;

 

hoy nos vamos para abajo 

todos juntos en bandada,

y muy pronto, créanlo, 

nos remata Exportación.

 

¡Hoy quién cree en la garufa, 

la noche no da para nada!

 

Los cabarets no ganan 

ni pa´pagar al botón,

y los que hacíamos la noche,

 

hoy hacemos la mañana,

laburamos como burros, 

nos pela la frente el sol. 

 

 

Los que antes eran bulines 

de solteros y piratas,

hoy son piezas familiares 

de los que entran en la mala,

que para parar la olla 

hoy hace falta un montón.

 

Ahora sí que estamos ratas, 

nos llegó la mishiadura,

hoy nos ponen etiquetas 

de inservibles o basuras, 

y los hospitales públicos 

curan cáncer con Geniol. 

 

Hoy los que están infartados 

van en primera fila, 

los viejitos de las plazas 

se fueron a laburar, 

 

y en los partidos de fútbol 

las planteas están vacías, 

y ya nadie grita nada 

por miedo al «qué pasará». 

 

Cambalache, nos ha llegado 

todo el mal de fin de siglo, 

esto que nos sucede 

es una barbaridad, 

 

en tu vidriera querida 

ya no hay más calefones, 

nos bañamos con agua fría 

al precio que tiene el gas. 

 

Hay quien dice que después 

nos iremos para arriba, 

yo no creo, Cambalache, 

cansado de patinar… 

 

desde que nací me han puesto 

ya para siempre el pie encima… 

 18 es el destino del pobre, 

yugar, pa´siempre yugar. 




Apariciones 

 

 I 

 

En las noches de otoño, 

sutil y primorosa, 

te acercás a mi lado… 

 

Me llega el arrullo 

estremecido de tu voz… 

 

Tenés la mirada triste, 

dolorida 

por los árboles sombríos. 

 

De pronto 

te sorprende la tos. 

 

Heredera de los sepulcros fríos, 

en tu cutis de cera 

se detiene la luz, 

 

y yo te veo perdida 

con cara de muñeca 

por las calles estrechas 

de Barracas al sur. 

 

Te impregna de magnolia 

el aire indefinido 

de aquel Buenos Aires señorial, 

 

de ese mundo viejo 

que abatían los suspiros 

de una damisela romántica 

bajo una campana de cristal. 

 

No había nacido aún 

tu hermana de fango 

que vino de los barrios 

rezando un tango… 

 

Vos entonces eras la rosa 

y los poetas jugaban, 

lanzaban por los aires 

sonoras rimas, 

y te obsequiaban 

pétalos húmedos 

de dolor. 

 

Tu hermana ensució 

tu figura pura 

de niña pálida, 

de niña rubia, 

y nos mostró su voz 

de vida y su calor. 

 

Vos nos dejaste tu imagen 

tenue de fantasía, 

hiciste un gesto amargo 

de princesa perdida 

y te fuiste por los jardines 

de la ilusión. 

 

 II 

 

En la otra mujer 

vimos la alegría, 

las ganas de tener hombre 

con que reía, 

los movimientos sensuales 

al danzar. 

 

Yo bailé con tu hermana 

una noche de luna, 

los violines del tango 

nos hacían soñar, 

 

un bandoneón encerró 

el alma del suburbio, 

y en ese vino turbio 

yo me dejé llevar. 

 

La mujer me dijo 

que quería riquezas, 

que deseaba viajar, 

 

que en el centro, los hombres 

bajaban la cabeza 

cuando la veían pasar. 


Yo no me fui con ella, 

miré los sueños muertos 

que me andaban detrás… 

 

otra herida de amor 

me había clavado el pecho, 

ya no tenía fuerzas 

para amar. 

 

Fue sola para el centro, 

se perdió por la vida, 

en la calle Corrientes 

la vi un día caminar. 

 

El Gordo Troilo 

le hizo un tango inmortal. 

 

A veces 

en las noches de verano 

me viene a visitar, 

 

recuesta su perfil 

sobre un farol sagrado 

delante del horizonte 

de metal. 

 

El hilo de la música 

de un organito 

pasa tocando un ciego 

en el infinito 

del arrabal. 


 III 


Yo puedo contar esto,

pero sé que estoy viejo…

Yo no me fui con ella, 

miré los sueños muertos 

que me andaban detrás… 

 

otra herida de amor 

me había clavado el pecho, 

ya no tenía fuerzas 

para amar. 

 

Fue sola para el centro, 

se perdió por la vida, 

en la calle Corrientes 

la vi un día caminar. 

 

El Gordo Troilo 

le hizo un tango inmortal. 

 

A veces 

en las noches de verano 

me viene a visitar, 

 

recuesta su perfil 

sobre un farol sagrado 

delante del horizonte 

de metal. 

 

El hilo de la música 

de un organito 

pasa tocando un ciego 

en el infinito 

del arrabal. 


III 


Yo puedo contar esto,

pero sé que estoy viejo…

Hoy, en calle Florida,

una muchacha extraña 

me miró al pasar…

 

yo bajé la cabeza…

Me dijo que la esperara 

en Plaza San Martín 

que me tenía que hablar.

 

Esta noche, en la plaza, 

me rodean viejos amigos

cansados y olvidados 

de sus nombres,

unos con galera y levita, 

otros con saco entallado 

y pantalón bombilla.

 

Las caras familiares 

abren sus sonrisas 

y nos abrazamos 

emocionados.

 

Al rato llega ella, 

balanceando su cuerpo 

bajo la penumbra plateada 

de la noche elemental. 

 

Un blue jean ajustado 

le marca las caderas. 

Hace un paso de baile 

y nos mira 

por debajo de sus piernas abiertas. 

 

Canta con voz profunda 

como una diosa, 

dice “amor” 

con una desenvoltura 

que da envidia oírla hablar. 

 

Es madre y tiene en su costado 

la llaga de una herida 

que es pecado, 

de la que mana sal. 

 

Grita que está enamorada 

de la vida, 

que se pierde por los senderos 

secretos de la isla 

para gozar en paz, 

 

que tuvo más de un hombre 

y estará feliz 

de tener muchos más. 

 

 IV  

 

Por detrás de su figura 

en un alto edificio 

ya se enciende la luz. 

 

El canto de un diariero 

pregona el alba, 

nos vamos caminando 

como fantasmas 

por la encrucijada azul. 

 

El ritmo de un tango 

diferente 

late y es un corazón, 

que respira con el ruido 

de las bocinas 

y se marcha en el subte 

por la neblina 

de la ciudad de luz. 

 

Ella, con su belleza extraña, 

nos mira con aire maternal. 

Nosotros, silenciosos, 

caminamos detrás… 

 

Los pájaros fantásticos 

de Plaza San Martín 

vienen hasta Retiro 

a ver salir el tren 

 

y nos dicen adiós 

desde el andén. 

 

 

 

 

 

En Chicago 

 

 

 

 


El obrero 

 

En la mañana de Chicago, 

fría, mientras 

la nieve se derrite 

al contacto con la sal, 

 

en su viejo carro 

de dos colores, 

el hombre piensa 

en los amores 

que se fueron 

con su juventud. 

 

Frena en la esquina 

porque pasa el tren, 

y el frenesí de su ritmo 

transmite miedo, 

miedo a vivir. 

 

Sigue la marcha. 

Ahora lo asalta 

la memoria del hijo 

que perdió en Vietnam. 

 

Se lo llevó la guerra, 

hubiera sido 

Presidente de una multinacional. 

 

Un negro imprudente 

cruza la calle sin esperar la señal. 

El hombre maldice 

a todos los negros: ¡God damn ! 

 

Llega a la fábrica 

y el trabajo va a empezar. 

Después de treinta años 

siempre lo mismo… 

Sube mentalmente la palanca, 

la baja, otra vez la sube 

y la vuelve a bajar… 

 

Su vieja esposa 

ya estará cansada, 

en esa mañana 

tan de madrugada, 

sin luz y sin color. 

Con su esperanza ajada, 

hará las tareas necesarias 

de otro día más. 

 

Sueña con las playas de Miami 

cuando paseaba con su hijo Sam, 

el hijo aquél que se llevó la guerra 

y hubiera sido 

dueño de una multinacional. 

 

¡Qué estará haciendo su hija Jenny, 

que vive en Nueva York, 

con ese hijo pequeño 

que no tiene padre 

y llena a la familia de dolor! 

 

Piensa que ya es muy viejo 

y un día tendrá que parar, 

y en su carro de dos colores, 

junto a su esposa cansada, 

se irá a vivir cerca del mar… 

 

El ruido de las máquinas 

aturde el pensamiento 

y el hombre deja de pensar. 

 

Atado al mecanismo 

se muere de silencio 

el antiguo corazón 

que supo amar. 



El Chicano 


El horizonte de plomo 

le trae el sonsonete

de melodías tiernas 

de su tierra natal.

 

Él sueña que escucha 

una canción muy triste

en el chirriar de ruedas 

de coches que se van. 

  

El tren sobreelevado 

en la Chicago helada

lo hace sentir más solo, 

no se puede expresar,

 

para decir al hombre 

que se sentó a su lado

cómo son los poblados 

de su tierra natal. 

 

Cómo son los calores 

en el desierto seco

de México querido,

¡cómo querría estar!,

 

junto a su mamacita,

bebiéndose un tequila

en el desierto amado 

de su tierra natal.

 

Si México creciera 

como los gringos crecen, 

si le ofreciera el dinero 

que puede ganar acá, 

 

no vendría a esta tierra 

donde gringos sin alma 

le beben la sangre 

sin descansar. 

 

Se arrepiente en el ghetto 

junto a sus hijos pobres, 

¿por qué no creció México, 

por qué no le dio pan? 

 

La vida en el desierto 

es dura, allí el indio 

amansa la tierra a fuerza 

de llorar y sudar. 

 

En la Chicago helada 

se muere de silencio 

el Chicano que en su pueblo 

siempre solía cantar, 

 

sobre amores perdidos 

y muchachas terribles, 

y mariachis valientes 

dispuestos a pelear. 


Aquél, su mundo simple, 

le parece imposible,

los días en la fábrica 

no acaban de pasar,


la máquina monótona 

refleja su tristeza

y un compañero negro 

tararea un compás.

 

Atados a la pobreza, 

nadie va a desatarlos,

soñarán con el mundo 

que dejaron atrás…


El domingo a la tarde,

cuando la borrachera 

les ayude a cantar,


dirán que sus abuelos 

una vez fueron libres

en tierras lejanas, 

que no son libres ya.

 

En el ghetto de humo,

cuando el frío quiebre 

la voz del corazón,


el Chicano fantasma 

se irá llorando, triste,

después de haber matado 

la última ilusión. 

 

 

Chicago, 1977

 

 


 

 

 

Poemas cómicos 


La vaca de Mayo 


Sátira burlesca 

(para ser recitada en la fiesta patria del 25 de Mayo) 

 

La ciudad tiembla… 

de golpe se detiene… 

¿qué pasa en tus calles, 

Buenos Aires? 

 

El Obelisco se vuelve 

un signo de preguntas, 

y nosotros, en la 9 de Julio, 

nos detenemos para pensar. 

 

El Gordo Troilo, 

con su panza de música, 

nos mira desde una nubecita. 

 

Desde un B52 

que sobrevuela la capital, 

lanzan a la Gran Vaca, 

la Vaca Celeste y Blanca, 

la Vaca Sagrada, 

que desciende lentamente 

en su paracaídas de flores. 

 

El Sr. Presidente 

de la Sociedad Rural 

prepara su discurso 

escoltado por el Cardenal 

y el General : 

«Bella y noble vaca, 

si fueras de petróleo…» 

comienza el poema inaugural 

del orador y, en medio 

de los sagrados óleos, 

la ciudad cambia 

de forma y de color. 

 

La gente detenida 

en el gesto de cera inaugural 

de pronto se reanima 

y cobra nueva vida 

como en una comedia musical. 

 

El Gordo Troilo llora, 

hace un puchero el Gordo, 

el Gordo sentimental… 

y el paraguas de Mayo 

se abre bajo el rayo 

del fuelle celestial. 

 

Dos abuelas reparten 

miles de escarapelas 

y el caballo del General 

rebuzna en medio del discurso, 

porque es hora de terminar. 

 

Pasa la flota aérea, 

la flota del Gran Toro 

con el alfiler nuclear, 

y desata la lluvia… 

que en un país agrícola

los aviones de guerra 

son para fumigar.

El bigote serio 

 

del General Magnífico 

se levanta para eructar,

y una mosca se pega 

en el ojo de vidrio 

del Cardenal.

  

Suena La Cumparsita,

 

los niños de la escuela cantan,

 

 

«¡libertad, libertad!!»

,

 

y canta con voz ronca 

 

nuestra Vaca Sagrada 

 

que crece más y más.

 

 

Crece más y más la Vaca,

 

nuestra Diosa mira al mundo 

 

como a una esfera de cristal,

 

y el Sr. Presidente 

 

de la Sociedad Rural 

 

ya prepara su prédica

 

sobre el papel de la Vaca 

 

en la Era Nuclear.

 

 

Hay muchos animales 

 

que gobiernan al mundo

 

y

,

 en la India fantasmal

,

 

tienen los sacerdotes 

 


otra Vaca Sagrada,

 

pero la Vaca Argentina 

 

es la que manda más.

 

 

Es nuestro Dios Zoológico 

 

y la flor del poema,

 

¿cuál es nuestro destino 

 

con la Vaca Nuclear, 

 

que con sus vestiduras 

 

de antigua diosa griega

 

recita el himno militar?

 

 

«O la vaca nos come 

 

o comemos la vaca»,

 

se lee en los ojos 

 

de la gente flaca,

 

y piensa el General: 

 

«si nos diera

s

 petróleo

 

ya te canonizaría 

 

el Cardenal».

 

 

Y bajo el sol de Mayo 

 

desciende del caballo 

 

José de San Martín, 

 

y se pone a llorar,

 

y no tiene consuelo,

 

es tan grande su duelo 

 

como la fanfarria militar.

 

 La gente deja de pensar,

 

cobra el mundo ese ritmo 

 

triste y tenso de siempre 

y el Obelisco se estira 

para bostezar. 

 

El pueblo viene y va, 

con un ojo de fuego 

clavado en la frente 

para no olvidar. 

 

Rompe el Gordo magnífico 

su bandoneón colosal, 

y cuando el General 

empieza su letanía, 

una oración de nunca terminar, 

con los resabios bíblicos 

de la cruz y la espada 

y el sacrificio militar, 

 

nuestra Vaca Sagrada 

sube al cielo, 

rodeada de un coro 

de ángeles terneros 

 y envuelta en una luz floral. 

 

Se pierde entre cencerros 

de dioses maquiavélicos 

y patrones del más allá, 

 

mientras, la gente, 

pequeña y extasiada, 

observa asombrada 

la elevación divina 

de la Vaca Sagrada, 

 

madre de nuestra historia 

y del alma rural. 

 

Chicago, 1977 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Romance vacuno 

(Mi romance con la Vaca Argentina) 


Sátira burlesca 

 

Nos fuimos con la vaca 

por los Bosques de Palermo 

una tarde de sol a caminar. 

 

Visitamos los Arcos 

magníficos de Atenas 

y el lago musical del Rosedal. 

 

Tomados de la mano 

le recité un poema, 

no recuerdo si de Rimbaud 

o de Verlaine, 

y la Vaca elegante 

lo repitió en francés. 

 

Vi sus ojos de seda, 

su mirada profunda, 

su alma pura y clara, 

su nobleza rural. 

 

Me habló de su ascendencia, 

de su línea directa 

con el Toro de Creta, 

y con los de Guisando, 

de las venas abiertas. 

 

Con Tomás de Anchorena 

su abuela materna 

solía conversar,

y su madre, cultísima,

 

era amante profunda

 

de la filosofía existencial. 

 

 Fuimos a la costanera

 

 

y en uno de sus

 carritos 

 

comimos choripán

.

 

 Por las orillas bravas 

 

de nuestro río turbio

 

vimos la tarde caliente 

 

declinar.

 

 

Yo estaba encendido, 

 

a mí ella me gustaba

,

 

pero no sabía

 

si la vaca era liberal.

 

 

Me hablaba de política, 

 

decía que Rosas era un bruto

 

y que los mazorqueros 

 

degollaban a las vacas 

 

sin piedad.

 

 

Ella quería a Sarmiento, 

 

y sobre todo a Alvear,

 

gracias a ellos, dijo, 

 

el país se empezó a civilizar.

 

 

Yo ya estaba cansado 

de tanto devaneo 

y la quería apurar. 

 

Nos fuimos a La Boca, 

y en la Vuelta de Rocha 

la pude arrinconar. 

 

Allí, el Riachuelo 

no era un marco muy fino 

para el romance inaugural. 

 

Me dijo que entre nosotros 

había una diferencia cultural. 

 

Ella prefería el campo abierto, 

me habló del Fauno griego 

y del pesebre de Jerusalén, 

y de cómo su tía 

era conocida en Rochester. 

 

Yo la abracé de nuevo 

y le apreté los senos 

y la vaca respondió. 

Me prendí como un potro, 

pero la vaca se resbaló. 

 

Entonces comprendí 

que tendría un problema: 

la Vaca era más grande que yo. 


Debajo del puente 

intentamos lo imposible 

para hacer el amor. 

 

Me explicó que era 

la primera vez que se atrevía, 

que su madre era campeona 

de la Sociedad Rural 

 

y que la Cabaña Alas, 

a la que pertenecía, 

daría parte a la policía 

si no regresaba 

antes de Navidad. 

 

Como era 5 de enero 

le dije que no se tenía 

que preocupar, 

la cuestión era 

cómo resolver el problema 

de la posición y el lugar. 

 

Pensé pedirle 

que se pusiera encima 

pero me podía aplastar, 

me susurró que empujara 

con fuerza, porque no me sentía 

pero ése era un problema natural. 

 

Al final no hicimos nada, 

como se imaginan, 

y la Vaca frustrada 

se quería masturbar. 

 

Nos despedimos. Convinimos 

que entre nosotros 

había una diferencia social, 

y que así, al menos, 

no existía peligro 

de que quedara embarazada 

y naciera un Minotauro 

en la Sociedad Rural. 

 

Yo llamé a Servi-Flet 

y les pedí que me mandaran 

un camión. Como pude 

hice subir a la Vaca 

y en la noche de luna, 

sobre la cubierta del Ford, 

 

cuando las aguas claras 

de las estrellas límpidas 

hacían vibrar los ecos del amor, 

nos besamos tiernamente 

y nos dijimos adiós. 

 

 

Chicago, 1977 

 

 

 

 

 

 


 

 


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