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sábado, 27 de febrero de 2016

Los suicidas. Poema


de Alberto Julián Pérez ©

I

Estábamos en el país de la vida.
La poesía era nuestro refugio.
Perseguíamos el mutuo goce con desesperación.
Éramos crueles y después nos avergonzábamos
de nuestros juegos de amantes terribles.

No se trataba tan solo de ser felices
sino de arriesgar y perdernos
y gozar intensamente en la caída.

Buscábamos sensaciones extremas
y descendíamos, afiebrados,
a la intensidad del orgasmo.

Tejíamos nuestra guirnalda de secretos.
Llevados por el alcohol y el éxtasis
viajábamos a paraísos imaginarios.

Deseábamos estar ya en ese otro mundo
parecido a aquel poema nuestro
en que creábamos imágenes exaltadas y atroces,
metáforas dolorosas del amor.

Lamentábamos nuestro exilio
y sentíamos miedo y aún terror.
Nos mirábamos en el cristal de nuestros sueños
a ver si descubríamos el secreto de la locura.

Salíamos a caminar por la ciudad
llevados por la ansiedad y la angustia.
Jugábamos con la idea del fin.
Imaginábamos bellas formas del suicidio.

¿Qué tipo de muerte era más patética?
¿Quizás el veneno, como Romeo y Julieta?
¿O un balazo en un cuarto de hotel
como Enrique y Delmira Agustini?

Sabíamos del vértigo, la velocidad,
que mueve a nuestro tiempo.
Soñábamos con una avalancha de amor
y la liberación de los sentidos.
Creíamos en la muerte violenta
que sella con sangre
el pacto final de los amantes.

Un día nos detuvimos en la barrera del tren
con la idea de arrojarnos.
Juramos así coronar nuestro amor
ofreciendo los maderos de la cruz
al hierro de los clavos.

Aún recuerdo el vértigo
cuando pasó el tren
a centímetros de nuestros cuerpos
y nos abrazamos palpitantes
creyendo que quizá el otro se animara
a dar el salto final, unidos.

Queríamos escapar del vacío de la existencia
para salvar el amor y la juventud.
Defendíamos nuestros símbolos:
el placer, el deseo del otro y la poesía.
Buscábamos la eternidad y el martirio.
No aceptábamos vivir sin heroísmo.

Recuerdo aquel día en que estábamos desnudos en tu cuarto
cerca del goce, casi sofocados por el esfuerzo,
cuando de pronto, terrenal y ridícula, se abrió la puerta 
y entró tu madre.
Recuerdo nuestra sorpresa y tu declaración solemne:
“No vamos a casarnos”.

Cómo nos reímos de eso luego,
y claro que no podíamos casarnos.

Queríamos descender por la noche
a los túneles subterráneos de Buenos Aires
y descubrir lo más monstruoso, lo más abyecto.

Queríamos matar la mediocridad
que destruye lo sagrado, que odia a dios.

Queríamos pasearnos por las cloacas de la eternidad
y ver caídos a nuestros hermanos, los ángeles.
Sabíamos que lo más elevado y lo más bajo
se unen en el corazón de los amantes.

No hay amor ni poesía sin ritual.
Había que encender los altares del sacrificio.

¿Cómo separar al amor, del mal y de la muerte?
¿Cómo renunciar al egoísmo, que todo lo salva,
y sin el cual la vida no es posible?

Perdidos en nuestro laberinto
tratábamos de lacerar el espacio que nos circundaba
y abrirlo con nuestro sexo.
Buscábamos someter la ciudad, poseerla,
degradarla, corromperla y amarla.
Queríamos un amor bello y terrible
que se pareciera a nosotros.
No aceptábamos falsificaciones ni substitutos.

¿Cómo podíamos casarnos
y abandonar nuestra rebeldía,
nuestro amor a la revolución universal?
Buscábamos consagrar el mundo,
no reproducirlo. Buscábamos ser los únicos y los últimos
y no dejar en el tiempo a nadie que se nos pareciera.

Queríamos ser inmortales
y cortar el ciclo de la vida y de la muerte.

Queríamos que nuestro poema
fuera el último
antes que la vida estallara en la eternidad
y nos integráramos al sol
o a las estrellas de la noche.

Queríamos imponer nuestra ley
y desafiar a todos.
Nos burlábamos de la sociedad adquisitiva y vulgar
que nos rodeaba. La juzgábamos con desprecio
porque nos creíamos más allá de todo eso.
Queríamos elevarnos al momento más sublime de la poesía
y confundirnos con los símbolos de la totalidad deseada.

Éramos los rebeldes, los amantes,
a nada le temíamos.

Ese fue el momento más cercano a la inmortalidad
que conocimos.
Recuerdo una noche en que nos inyectamos ácido
y rezamos nuestra locura de amor a las estrellas.
Recuerdo aquel sueño tuyo, en que cabalgabas en un río
que descendía al abismo,
te llevaba a lo más sagrado del orgasmo
y te lanzaba en una lluvia de estrellas
a la mañana.

Soñábamos con estar muertos
y contemplar el universo
desde el paraíso
inmortal de los amantes.

Queríamos asimilar la vida a nuestro goce
y ser crueles como ella es cruel.
Sentíamos la burla y la condena de los otros
y eso nos gustaba. Nos lastimaban
con su mezquindad. ¿Quién podía comprendernos?
¿Quién podía saltar al abismo de la poesía?

Secretamente sabíamos, sin embargo,
que errábamos indefensos por un laberinto
del que no podíamos escapar.
Sólo la ilusión de las metáforas
y los símbolos que trascienden los límites del cuerpo
podían darnos una sensación de eternidad.


II

El tiempo, mortal, ha pasado
y de todos aquellos momentos sublimes del amor
solo han quedado los recuerdos.
Lo que se ha ido es la realidad de la vida,
el cuerpo, la solidez del lenguaje.

Así guardo esta carencia,
esta gran ausencia que crece día a día
y es ausencia de amor
y ausencia de poesía.

Siento que las imágenes ya no transportan
y no podemos, como antes,
buscar sensaciones nuevas
en aquella caída maravillosa
en que nos hundía nuestro amor.

Si un día, por azar, nos encontráramos
qué difícil sería poner en palabras
la prosa de nuestras vidas,
qué poesía distinta escribiríamos
ante la crudeza de las cosas.

Cómo nos golpearía la realidad el rostro.
Qué podríamos decir de aquellos gestos, de aquél perfume,
cómo podríamos cortejar el fin.

Dónde han quedado el más allá y la eternidad.
Qué distinta se nos presenta ahora la idea de dios
y la imagen del amor.

Ya no hay quien nos salve.
Hemos caído indefinidamente y hemos perdido
lo que más amábamos en la vida.

Aquel gran poema fue poema de amor
y quedó escrito en el paraíso de los amantes.

Nada pudimos guardar
más allá del recuerdo y las palabras.
Quizá porque no supimos morir a tiempo
estamos condenados a morir solos.

No entendimos la inmortalidad.
Qué poco faltaba para ser dioses.

Qué cerca estaba nuestro poema
de ser la suma y el fin de la poesía.

No sé si lo que buscábamos con nuestro sacrificio
era salvar el amor o salvar la poesía.
En nuestro recuerdo son inseparables.

III 

¡Ay dios mío, deja que, al menos como un juego,
se repita nuestra historia!
¡Permite que la literatura
vista de sangre
el espacio azul de nuestras esperanzas!
Haz el milagro. ¡Danos otra vez la oportunidad
de morir de amor y vivir para siempre!
Déjanos visitar el paraíso donde los amantes
sueñan unidos la poesía y el amor.
La nuestra era poesía de vida.

¡Mira, amiga, si dios lo consintiera,
y en nuestra desolada madurez
nos encontráramos un día,
y volviéramos a ser jóvenes y a amarnos!
¡Experimentaríamos otra vez el éxtasis
que sentimos cuando estábamos juntos!
¿Te acuerdas? El amor puede, como la metáfora,
asociar a los seres en una unidad nueva.

Sabemos que la vida está dispuesta a quitarnos todo
y el amor a darnos la vida para siempre.
En nuestra existencia condenada
damos vuelta la página del libro.

Como en los relatos maravillosos
Se ha detenido el tiempo.
Nuestra aventura se repite.
La renuevan las luces del arte.
Volvemos a esperar, como aquella vez,
junto a la barrera, el tren de la muerte.

Soñamos que llega con la fuerza de un torrente .
Sentimos  que va a unir nuestra materia a lo divino.
Su furia sublime nos arranca del suelo e impulsa hacia el vacío.
Abrazados, nos elevamos al espacio sideral.

El tren de oro sube, como un símbolo, con nosotros, hacia el sol.
Vuela vertiginosa la máquina refulgente.
Nos observamos en el espejo de las cosas mágicas
que están a nuestro alrededor
y nos transmiten su hermosura.
Nos sabemos por siempre jóvenes.

El tren llega al paraíso de los amantes suicidas.
Nos aguardan aquellos que buscaron, antes que nosotros,
en la muerte, la eternidad del amor.

Sus cuerpos bellos, expectantes,
entre las nubes flotan,
esculturas delicadas de formas llenas.
Como en los cuadros sagrados, vemos,
en la parte superior de la escena,
a Dios rodeado de ángeles.

Nos reclinamos en el prado de nubes
junto a los otros amantes
y extendemos nuestras manos hacia Dios
hasta tocar, sensuales,
con las yemas de nuestros dedos
los dedos de las manos de sus ángeles.

Un rayo de luz divina nos atraviesa.

Hemos ganado nuestro lugar en el paraíso.
Permanecemos abrazados
bajo la mirada redentora del Dios padre.

Vuelan sobre nosotros nubecitas de formas caprichosas,
celestes y rosas. Desde ellas, los Amores
nos lanzan sus dardos mágicos. Flota
delante nuestro, como una pequeña nave,
la urna de marfil de nuestra alianza.
Nada podrá separarnos.

En nuestro sueño redentor
Dios nos ha perdonado. Ha salvado nuestro amor
y ya nunca tendremos
que enfrentar la vejez, el dolor y la muerte.

Bañados de eternidad, en el espacio andamos,
jóvenes de amor, por siempre ángeles.

Imaginemos que, como en los cuentos maravillosos,
esto verdaderamente ha pasado y somos sus personajes.

Ten compasión, Señor, de estos amantes arrepentidos
de haber vivido una larga vida separados.

La nostalgia del pecado martirizaba mi alma.
Mejor hubiera sido morir juntos.
La eternidad estaba a nuestro alcance.

El paraíso es tierra fértil para aquellos
que mueren por amor y llevan a Dios su pequeño poema.
Laurel que la paloma no pudo cargar en su pico
y ellos transportan en su espíritu transparente.

Santo, santo, es el señor, rey del cielo y de la tierra,
que su nombre sea loado para siempre.

Epílogo

Lector amigo, ha concluido nuestro viaje.
Peregrinos somos de un mundo transitorio.
Di, por favor, ¿nos guardarás en tu memoria?
Abraza y protege nuestras sombras.
Contigo estamos, en el amor unidos,
y en el horror de la literatura.



 Publicado en Revista Carnicería Febrero 22, 

                             2016. Web. 

sábado, 9 de enero de 2016

La Sybille


                                                            De Alberto Julián Pérez ©

Au coin de la rue habite une indigente.
La pauvre est déséquilibrée.
Renfermée sur elle-même, elle parle seule.
Elle paraît avoir un peu plus de trente ans.
Nous les voisins, passons à ses côtés sans rien dire.

Elle est arrivée dans le quartier il y a un an.
Elle a tendu ses couvertures sur le trottoir,
près d’un égout.
Cet endroit est sa demeure.
Là, elle mange, dort et passe ses journées.

C’est une femme moderne :
elle a une radio et une calculatrice cassées.
Elle tourne ou presse les boutons et leur parle.
Peut-être qu’elles la comprennent et lui répondent des choses.

Nous l’avons acceptée
comme une partie de notre réalité.
Les enfants la regardent avec curiosité.
Elle vit dans son propre monde.

Sale, couverte de vieux manteaux, en hiver
et en été, elle dort avec un vieux chien
qui est devenu son ami;
il est le seul être qui lui donne
sa chaleur, son affection.
Chaque midi elle donne à manger aux pigeons
les restes des restes qu’elle reçoit.

Elle ne nous prête pas attention,
ignore tout ce qui se passe autour d’elle.
« Elle a perdu la raison », nous nous disons,
mais nous ne savons pas bien ce qu’est la raison.

On dirait qu’elle entend des voix.
Qui peut savoir ce qu’elles lui disent.
Je la vois comme une Sybille
qui reçoit des messages de l’au- delà.

Les voisins essayons de ne pas trop l’approcher.
Elle sent mauvais et elle a surement des poux.
Ils ne veulent pas se contaminer. 
Qu’est-ce qui nous arriverait si nous traversions,
avec elle, le mur invisible
et si nous passions de cet autre côté, que nous ne connaissons pas ?

Nous en profitons pour faire notre catharsis.
Nous nous servons de cette femme sale pour nous nettoyer.
Nous purgeons notre peur de l’abandon et du fracas.

Oh indigente, oh innocente Sybille,
pardonne nos dettes!
Nous sommes une partie de ta misère!

C’est peut-être une preuve
que dieu nous envoie
et il nous surveille.
Dans ce labyrinthe sans sortie
je garde un certain espoir de résurrection. 

Elle parait habiter
dans un rêve récurrent.
Je crois que les voix qu’elle écoute
sont les mêmes qui parlent aux poètes.

Il y a en elle une certaine beauté tragique.
Sa vie ressemble à une métaphore
du purgatoire ou de l’enfer.

Dans son destin je vois réfléchi
le destin fatal de beaucoup d’artistes;
face à la réalité, impotents,
prisonniers de leurs rêves.

Je sens qu’elle exprime quelque chose
qui va au-delà de ce que nous voyons.
Son silence est une énigme
pleine de questions.

Oh innocente Sybille!
Accorde-moi un souhait!
Fais disparaître la distance
entre dieu et nous.

Regarde-moi dans les yeux pour une fois.
Prends mes deux mains.
Confie-moi les secrets de tes voix
et dis-moi, si tu peux, qui nous sommes.
            

                    Traduction de Charlotte Coing






La Sibila


                                                            De Alberto Julián Pérez ©

En la esquina de casa vive una indigente.
La pobre está desequilibrada.
Vuelta hacia adentro, habla sola.
Parece tener algo más de treinta años.
Los vecinos pasamos a su lado sin decir nada.

Llegó al barrio hace un año.
Tendió sus mantas en la vereda,
cerca de una alcantarilla.
Ese lugar es su morada.
Allí come, duerme y pasa sus días.

Es una mujer moderna:
tiene una radio y una calculadora rotas.
Mueve o aprieta sus botones y conversa con ellas.
Quizás la entienden y le responden cosas.

La hemos aceptado
como parte de nuestra realidad.
Los niños la miran con curiosidad.
Ella vive en su propio mundo.

Sucia, cubierta de viejos abrigos, en invierno
y en verano, duerme junto a un perro viejo
que se hizo su amigo
y es el único ser que le brinda
su calor, su cariño.
Cada mediodía le da de comer a las palomas
las sobras de las sobras que recibe.

No nos presta atención,
ignora lo que pasa a su lado.
“Ha perdido la razón”, nos decimos,
pero no sabemos bien qué es la razón.

Parece que oye voces.
Quién sabe qué le dicen.
Para mí es como una sibila
que recibe mensajes del más allá.

Los vecinos procuran no acercarse mucho.
Huele mal y seguramente tiene piojos.
No quieren contagiarse.
¿Qué nos pasaría si atravesáramos,
con ella, la pared invisible
y cruzáramos a ese otro lado, que no conocemos?

Aprovechamos para hacer nuestra catarsis.
Esta mujer sucia nos sirve para limpiarnos.
Purgamos nuestro miedo al abandono y al fracaso.

¡Oh indigente, oh inocente sibila,
perdona nuestras deudas!
¡Somos parte de tu miseria!

Tal vez sea esta una prueba
que dios nos envía
y somos nosotros los observados.
En este laberinto sin salida
guardo cierta esperanza de resurrección.

Ella parece habitar
dentro de un sueño recurrente.
Yo creo que las voces que oye
son las mismas que hablan a los poetas.

Hay en ella cierta belleza trágica.
Su vida parece una metáfora
del purgatorio o del infierno.

En su suerte veo reflejado
el destino fatal de muchos artistas;
ante la realidad, impotentes,
prisioneros de sus sueños.

Siento que expresa algo
que va más allá de lo que vemos.
Su silencio es un enigma
preñado de interrogantes.

¡Oh inocente sibila!
¡Concédeme un deseo!
Haz que desaparezca la distancia
entre dios y nosotros.

Mírame por una vez a los ojos.
Toma mis dos manos.
Confíame los secretos de tus voces, 
y dime, si puedes, quiénes somos.


Publicado en The Crow Magazine No. 4 - enero, 2016. web. 

La Sibila. Poema


                                                            De Alberto Julián Pérez ©

En la esquina de casa vive una indigente.
La pobre está desequilibrada.
Vuelta hacia adentro, habla sola.
Parece tener algo más de treinta años.
Los vecinos pasamos a su lado sin decir nada.

Llegó al barrio hace un año.
Tendió sus mantas en la vereda,
cerca de una alcantarilla.
Ese lugar es su morada.
Allí come, duerme y pasa sus días.

Es una mujer moderna:
tiene una radio y una calculadora rotas.
Mueve o aprieta sus botones y conversa con ellas.
Quizás la entienden y le responden cosas.

La hemos aceptado
como parte de nuestra realidad.
Los niños la miran con curiosidad.
Ella vive en su propio mundo.

Sucia, cubierta de viejos abrigos, en invierno
y en verano, duerme junto a un perro viejo
que se hizo su amigo
y es el único ser que le brinda
su calor, su cariño.
Cada mediodía le da de comer a las palomas
las sobras de las sobras que recibe.

No nos presta atención,
ignora lo que pasa a su lado.
“Ha perdido la razón”, nos decimos,
pero no sabemos bien qué es la razón.

Parece que oye voces.
Quién sabe qué le dicen.
Para mí es como una sibila
que recibe mensajes del más allá.

Los vecinos procuran no acercarse mucho.
Huele mal y seguramente tiene piojos.
No quieren contagiarse.
¿Qué nos pasaría si atravesáramos,
con ella, la pared invisible
y cruzáramos a ese otro lado, que no conocemos?

Aprovechamos para hacer nuestra catarsis.
Esta mujer sucia nos sirve para limpiarnos.
Purgamos nuestro miedo al abandono y al fracaso.

¡Oh indigente, oh inocente sibila,
perdona nuestras deudas!
¡Somos parte de tu miseria!

Tal vez sea esta una prueba
que dios nos envía
y somos nosotros los observados.
En este laberinto sin salida
guardo cierta esperanza de resurrección.

Ella parece habitar
dentro de un sueño recurrente.
Yo creo que las voces que oye
son las mismas que hablan a los poetas.

Hay en ella cierta belleza trágica.
Su vida parece una metáfora
del purgatorio o del infierno.

En su suerte veo reflejado
el destino fatal de muchos artistas;
ante la realidad, impotentes,
prisioneros de sus sueños.

Siento que expresa algo
que va más allá de lo que vemos.
Su silencio es un enigma
preñado de interrogantes.

¡Oh inocente sibila!
¡Concédeme un deseo!
Haz que desaparezca la distancia
entre dios y nosotros.

Mírame por una vez a los ojos.
Toma mis dos manos.
Confíame los secretos de tus voces, 
y dime, si puedes, quiénes somos.


Publicado en The Crow Magazine No. 4 - enero, 2016. web.