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lunes, 5 de octubre de 2026

Los dos mundos del cautivo Santiago Avendaño



                                                                                                        Alberto Julián Pérez 

 

 

 Santiago Avendaño (1834-1874) fue capturado por los indios ranqueles durante un malón 

en la zona rural del sur de Santa Fe, el 18 de marzo de 1842, cuando tenía tan solo siete años (Avendaño, Cautiverio y prisión…, Tomo I: 42-3).

 Lo llevaron a Toay, La Pampa, donde permaneció ocho años como cautivo. En 1849 logró huir. Santiago era un niño muy despierto. Había crecido en un establecimiento de campo en 

Santa Fe. No había escuelas cerca. Sus hermanos mayores le enseñaron a leer. Su habilidad para “hablar” con el papel, sorprendió a los indios (188). La mayoría de los cautivos eran iletrados. 

Aprendió el mapudungun, la lengua mapuche, con facilidad. Formó parte de la familia del 

Cacique Caniú, su “padre” adoptivo. Su “madre”, la india Pichi Quintuy, lo trató con cariño y su 

hermano mayor se transformó en su amigo. Aprendió sus costumbres y se empapó de su cultura. 

Eran parte de un pueblo nativo al que la sociedad “blanca” despreciaba. Santiago creo profundos lazos afectivos con ellos. 

Luego de escapar de sus captores, se integró otra vez a la cultura “blanca” y fue testigo 

privilegiado de los eventos históricos de la última etapa del gobierno de Juan Manuel de Rosas, que cayó en 1852 (Pérez Gras, “Estudio preliminar”, Cautiverio y prisión…Tomo I: 43-47). 

Comenzó a escribir sobre su experiencia con los Ranqueles en 1854, a los veinte años. 

Vivió entre lenguas. Fue intérprete del ejército y del gobierno en diferentes negociaciones con los indios. Más tarde, sirvió como lenguaraz y consejero al cacique Cipriano Catriel, un “indio amigo” del gobierno. Se volvió un defensor de la política de integración de los nativos a la vida social argentina. 

 

1

 Utilizo en mi ensayo la palabra “indio” para designar a los nativos, 

ya que así los llamaba Avendaño en su manuscrito, 

y así se designaban ellos a sí mismos en sus cartas. 

No implica una designación peyorativa o prejuiciada de mi parte. 

 


En 1849, cuando llegó a San Luis, podía leer bien el castellano, pero no sabía escribirlo. 

Nunca había estado escolarizado. A partir de ese momento inició un activo proceso de educación. 

Toda esta etapa de su vida, desde su arribo a la toldería del Cacique Caniú, hasta su regreso a su sociedad de origen y los dos últimos años del gobierno de Rosas, se convirtió en materia del manuscrito de sus memorias. Este, luego de su muerte, pasó a manos del político y escritor Estanislao Zeballos y formaba parte de su archivo, hoy conservado en el museo de Luján. Se lo comenzó a estudiar hace solo unos pocos años (Pérez Gras, “Estudio preliminar” 15). El Padre Meinrado Hux publicó una edición de la obra en 2004. Es una versión del texto, para la que el Padre reorganizó el contenido y corrigió su ortografía. La reciente edición crítica, aparecida en 2019, de la Profesora María Laura Pérez Gras, nos permite conocer por primera vez el manuscrito en su estado original. 

Avendaño narra eventos destacados de la vida de los indios ranqueles y de su experiencia 

como cautivo en los toldos del Cacique Caniú. Nos cuenta la historia de Calfucurá y otros caciques, 

relata cómo fueron sus años de cautiverio, cómo era su familia indígena, cómo actuaba la 

comunidad, cómo eran sus ceremonias religiosas, cómo fue su huida y su regreso a la frontera, su 

reencuentro con su familia, su relación con el Gobernador Juan Manuel de Rosas y su vida de 

soldado. Es un escrito en proceso. Estaba trabajando en él cuando murió, en 1874, a los cuarenta 

años. 

Solo llegó a publicar en vida dos episodios selectos, en 1867 y 1868. Su narración está bien estructurada. 

Se inicia con la historia de Calfucurá en 1830, y termina con la historia de los 

últimos dos años en el poder del Gobernador Rosas, en 1851. 

Avendaño nos muestra un mundo complejo, tensionado entre dos culturas: una ágrafa, 

semi-nómade, de la que conocemos poco, y otra, letrada, de la que somos parte. Ambas están 

representadas en forma dinámica: Avendaño describe lo que le pasa y narra lo que ve alrededor de 

él desde la perspectiva de sus vivencias. Nos muestra tanto el paisaje físico como el humano. Su 

narración es dramática. Sus cuadros se apoyan en personajes centrales, a partir de los cuales nos 

presenta su visión temporal de los sucesos. 

 Es testigo y narrador de la historia que cuenta. En varias partes nos refiere cosas que vivió, 

en otras cosas que escuchó de personas mayores. La cultura mapuche carecía de escritura, era oral. 

Los ancianos recogían episodios destacados de la vida del pasado, que contaban a los más jóvenes. 

Su organización social era menos jerarquizada y compleja que la nuestra. Los caciques 

ejercían el poder en forma directa. Los miembros del pueblo mapuche los consultaban con 

frecuencia y eran consultados por estos. La toma de decisiones era compartida. El parlamento 

indígena se reunía regularmente. Cualquier decisión de importancia para la comunidad requería de 

consenso. 

El mundo verbal de los indígenas era rico y sofisticado. Su sociedad exigía un 

comportamiento grupal ritual determinado, que todos respetaban, en los eventos sociales y 

políticos importantes para la comunidad. Estas ceremonias regían la vida social: las celebraciones 

religiosas, los casamientos, los entierros, las guerras. En ellas estaban presentes las máximas 

autoridades del pueblo mapuche. Se expresaban mediante largos parlamentos y discursos 

prefijados, que los otros escuchaban con atención y veneración (Jiménez y Alioto 52-57). 

Antes de ir a la guerra o iniciar un malón, el cacique máximo consultaba a los guerreros. 

Estos daban su opinión y decidían si ir o no ir. Aquellos que no quisieran participar podían 

quedarse, aun cuando la mayoría fuera a la guerra. No había castigo. Esto contrastaba fuertemente 

con la manera en que se tomaban las decisiones castrenses en la sociedad contractual blanca, donde 

el mandato de las autoridades militares era compulsivo y obligatorio. 

Avendaño buscaba que los lectores cambiaran su manera de pensar sobre los indios. Se 

sentía parte de su familia, y deseaba defenderlos. Tenía con ellos una deuda de gratitud. Se habían 

comportado con él de una manera mucho más humana, fraterna y generosa que los miembros de 

su propia comunidad. 

Cuando logró escapar a los quince años, regresó a la “civilización” y visitó a sus padres. 

El reencuentro resultó poco apasionado. Mantuvo con estos una relación distante, fría, poco íntima. 

El Gobernador Rosas, en un primer momento, buscó favorecerlo, pero luego lo trató con crueldad. 

Todo lo contrario de la familia del Cacique Caniú. Fueron siempre con él afectuosos, protectores. 

Se comportaron como verdaderos padres. Le dieron al niño cautivo el mismo trato que a sus hijos. 

Sentían cariño por Santiago y se lo demostraban. 

Los indios ranqueles lo habían hecho cautivo en una invasión a las provincias de Córdoba 

y Santa Fe. En esta participó también el Coronel Manuel Baigorria. Baigorria fue un individuo 

muy importante en la vida de Santiago. Era uno de los unitarios que había escapado de las luchas 

civiles en 1831 y se había refugiado entre los indios. Tanto ascendiente ganó entre ellos, por su 

ferocidad y su bravura, que lo hicieron cacique. Lo consultaban para tomar decisiones importantes 

y organizar malones, como a un cacique más. 

La frontera entre blancos e indios era un espacio vivo y dinámico. Entre ambos mundos 

había una interrelación constante. Los ranqueles apresaban a muchos niños y mujeres durante sus 

malones. El gobierno argentino retenía en diversos casos a indios como rehenes. 

Los indios aceptaban que los blancos desencantados u opositores al gobierno se quedaran 

a vivir en sus toldos. No los molestaban, les dejaban hacer su vida. Les proveían de lo necesario 

para que se establecieran con ellos. A cambio, los refugiados blancos debían participar en sus 

malones. En estos robaban a los cristianos lo que necesitaban para vivir. Atacaban un pueblo en la 

frontera, luchaban contra los defensores, raptaban a sus mujeres e hijos y los llevaban como 

cautivos. Arreaban con cuanto ganado y objetos de valor encontraban. No lo hacían siempre, solo 

en momentos de miseria. Cuando el gobierno cumplía con ellos y les mandaba sus raciones 

prometidas de ganados y mercancías, respetaban la paz. 

El mundo indígena no era homogéneo. Calfucurá había logrado unir a diversos pueblos 

indígenas en una “confederación”. La mayoría lo apoyaba, pero no todos (Pérez Gras, “Estudio 

preliminar” 56-57). Varios grupos prefirieron irse a vivir junto a los blancos, cerca de la frontera, 

y servir sus intereses. Eran los “indios amigos”. El gobierno quería tenerlos de su lado. Si se 

sometían, les daban raciones de alimentos y ganado. Debían cooperar con el ejército y luchar 

contra los otros indios cuando un malón invadiera. Hermanos contra hermanos, así buscaban 

quebrar su unidad, crear disenso en sus filas, para poder un día derrotarlos completamente. 

Muchos indios amigos, como el Cacique Cipriano Catriel, del que Santiago fuera, luego de 

su regreso a la “civilización”, traductor y secretario, durante muchos años, llegaron a “enamorarse” 

del estilo de vida de los blancos. Buscaban las comodidades y se comportaban como ellos (Durán 

176-181). 

Calfucurá y Rosas fueron parte del marco histórico dentro del cual tuvo lugar el drama de 

la vida de Santiago, durante su cautiverio y su liberación (Jong 20-23). Baigorria, el indio Caniú y 

su familia, fueron los actores más importantes e influyentes de las escenas de la vida cotidiana en 

común. 

Baigorria era amigo y hombre de confianza del Cacique Pichuiñ, tío de Caniú. Gracias a 

este, el Coronel influía en las decisiones de los indios. Pichuiñ le permitió formar su propio toldo 

a pocas leguas de donde vivía Caniú. 

Junto a Baigorria habitaba una creciente cantidad de refugiados blancos. Muchos eran 

unitarios, opositores al gobierno federal de Rosas, que habían escapado de su pueblo o comunidad; 

otros eran simplemente bandidos. Los indios no preguntaban, a los que se refugiaban en sus toldos, 

el motivo por el que habían abandonado su sociedad, del otro lado de la frontera. La lucha entre 

Unitarios y Federales continuaba. Los ranqueles no comprendían sus diferencias políticas. Su 

relación con los blancos dependía de su conducta. 

El Gobernador Rosas tenía buenas relaciones con los indios, era amigo de Calfucurá. 

Buscaba que se asentaran en un sitio, sembraran, criaran su ganado y vivieran en paz. Una vez 

derrocado el tirano, la situación cambió. Los gobiernos que le siguieron mantuvieron una posición 

más agresiva con los indígenas. 

Santiago describe su vida cotidiana junto a su familia india. Se adaptó a sus costumbres. 

Pasado un tiempo logró dominar el mapudungun. El uso correcto de la lengua le dio acceso al 

mundo simbólico de su cultura. Su bilingüismo despertó admiración entre los nativos. Baigorria 

le dio un libro con oraciones religiosas que había llegado a sus manos, quizá fruto de algún malón, 

para que leyera. Cuando lo veían con un libro, los indios sentían admiración y decían que hablaba 

con el papel (Cautiverio y prisión…Tomo I: 187-9). 

Su inteligencia y su carácter dócil le ganaron el cariño de sus captores. Era un niño 

obediente y hacía las tareas que le mandaban. Cuidaba del ganado y lo llevaba a pastar. En su toldo 

vivía una muchacha cautiva, un poco mayor que él, de la que se hizo amigo. Su padre tenía un 

hijastro del primer matrimonio de su esposa con su difunto hermano. Era un muchacho varios años 

más grande que Santiago, lo quería mucho y lo ayudaba. 

 Caniú y su familia temían que Santiago se fuera y los dejara. La esposa de Caniú lo trataba 

como a un hijo suyo. Lo mimaban y lo cuidaban. Su hermano le prometió conseguirle una esposa 

blanca, poco tiempo antes de que escapara a San Luis. Santiago era consciente de este vínculo. El 

afecto era mutuo. La relación de cariño había crecido entre ellos. Era de una intensidad y 

generosidad que no había conocido antes. 

Avendaño, en la primera parte de su manuscrito, nos cuenta la historia del Cacique 

Calfucurá. Relata cómo este, que vivía en Chile, fue ganando poder frente a sus iguales.

Era ambicioso y buscaba destacarse. Estaba, nos dice, “…dotado de esa fibra y osadia que es tan 

necesaria para conseguir grandes fines…” (Cautiverio y prisión de Santiago Avendaño, Tomo I: 

98).3

 Convenció a sus amigos de preparar un cargamento de mercancías y llevarlo a los indios 

boroganos, para comerciar con ellos, intercambiando sus bienes por otros que ellos necesitaran. 

Estos estaban establecidos del otro lado de la cordillera, en la región de Salinas Grandes, en la 

pampa argentina. Comenzaron a pasar regularmente. Cambiaban sus mercancías por animales, que 

llevaban de regreso a Chile para vender. 

Pronto Calfucurá ganó prestigio como “caudillo de carabanas” (98). Los indios confiaron 

en él. Los convenció de que era un ser especial y tenía poderes sobrenaturales. Les decía que dios 

se le aparecía bajo distintas formas y le hacía importantes revelaciones (98). Aseguraba que poseía 

el don de adivinar y sus planes eran infalibles. Su fama fue creciendo. 

Calfucurá no se conformaba con ser un buen caudillo: quería ser el más importante de 

todos. Concibió un plan maquiavélico. Cada año regresaba a Argentina junto a sus indios a 

comerciar con los Borogas. Estos los recibían como a amigos de Chile. Sus caciques principales 

eran Rondeau, Melin y Alum. La caravana chilena, antes de llegar, les informaba de su arribo para 

que los recibieran. 

En 1836, Calfucurá y sus hombres fueron a los toldos de Rondeau en Salinas Grandes. Este 

los recibió con alegría y, sin mediar palabra, Calfucurá hizo asesinar al cacique y a sus capitanes 

más importantes. Al día siguiente, llegaron a los toldos de Rondeau los otros dos caciques, Melin 

y Alum, con su gente y sufrieron igual suerte. Suprimidos sus jefes, Calfucurá habló al resto de los 

Borogas. Les dijo que había matado a sus caciques porque estos planeaban traicionarlos. Él no 

tenía nada contra ellos. Había hecho esto para salvarlos. Dios, que hablaba con él, le había 

ordenado que matara a esos “traidores” y ocupara “su lugar” (100). Si lo seguían, les aseguró, 

todos iban a recibir muchos bienes, a nadie le faltaría nada. Afirmó: “…la riqueza sera para todos, 

yo no quiero nada para mí, solo quiero haser lo que dios manda en bien de vosotros y de vuestros 

hijos” (101). 

La mayoría de los Borogas aceptaron someterse, pero no todos…Varios jefes, entre ellos 

los caciques Coliqueo y los hermanos Cristos, escaparon. Coliqueo se refugió en unos toldos 

Ranqueles, y los Cristos, como varios otros caciques, iniciaron negociaciones con el gobierno 

 

3

 Cito el manuscrito de Avendaño en su versión literal original, con su peculiar ortografía. 


argentino: ofrecieron sus servicios a cambio de una hospitalidad tranquila y fueron a establecerse 

a la zona de frontera. Los indios ranqueles defendían el territorio, desconfiaban de Rosas, y los 

consideraron traidores. Avendaño habla a favor de ellos: apoyaba la política de los “indios amigos”. 

Creía que era beneficiosa para los nativos. 

A partir de ese momento, Calfucurá trató de gobernar como un cacique justo y ganar 

prestigio ante sus seguidores. Su plan era reunir a la mayor cantidad de indios posible bajo su 

mando. Invitó a los caciques de otros grupos dispersos en el territorio a unirse a él. Les dijo que 

“…el cambio que había tenido lugar” se había producido “porque asi combenia segun la voluntad 

de dios” y que “desde ese instante contasen con su buena amistad…” (109). 

El grupo de indios bajo su mando fue creciendo en número y en importancia. Les ofreció 

dar entrada libre “al comercio Araucano”, para que todos prosperaran (110) Envió una embajada 

a Rosas, gobernador de Buenos Aires. Le aseguró que los caciques muertos planeaban traicionar 

la paz que tenían con los cristianos, y que “…dios había dispuesto suplantar á los tres 

hermanos…por un elegido suyo á quien le había dado poder para arreglar todo” (110). Ese elegido 

era él (110). Acababa de hacerles un gran servicio “…quitándoles unos enemigos encubiertos”. 

Buscaba una paz con el gobierno que fuera positiva para todos. 

La embajada llevó cinco cautivas que entregó al gobernador, para mostrarle la buena 

voluntad del cacique. Rosas los recibió con enorme beneplácito. El poder que proyectaba 

Calfucurá sobre los indios favorecía sus planes. Un mando indígena unificado facilitaba su 

negociación con ellos. Calfucurá era su némesis: un caudillo capaz de tener a todo un pueblo bajo 

su mando. 

Rosas era el jefe indiscutido de la Confederación Argentina y Calfucurá era el cacique que 

había sabido organizar una “federación” india en sus propios términos. El gobernador le pidió al 

embajador indígena que le dijera al cacique que agradecía a dios por haberlos salvado de tanto 

peligro. Le asignaba mensualmente, para que repartieran entre los suyos, “1500 yeguas, 500 vacas 

y una porcion considerable de vevidas sopa y yerba” (112). El embajador regresó feliz a Salinas 

Grandes, a darle las buenas nuevas a su jefe. 

Este acuerdo selló la paz entre Rosas y Calfucurá. Se mantuvo vigente hasta la caída del 

Gobernador en 1852. Trajo prosperidad a todos los indios reunidos bajo el mando de Calfucurá. 

Creció el número de cabezas de ganados. Sembraban la tierra y la cosecha era generosa. 

El acuerdo beneficiaba a todos. 

Calfucurá se comportaba como un gran soberano. Sus seguidores lo visitaban en sus toldos 

regularmente y lo adulaban. Este los recibía magníficamente y los colmaba de regalos. Era 

poderoso y popular a un tiempo. Le temían y lo amaban. 

Calfucurá decía a sus indios: “Yo se que sin mi (mapu) pueblo nada soy, mí pueblo sin un 

loncó (Cabeza) que hága y se desvele por el, es nada también” (117). Dios había permitido el 

encuentro providencial entre el jefe y el pueblo elegido. 

Quería que todos los indios que aún no se hubieran acercado a él, lo visitaran. Les pide: 

“…que vengan á mi las gentes de todas las tierras…sin temor a nada…vengan tambien esos 

mismos que se han ido a vender a los Cristianos, yo los recibire como á hijos…y hallaran…que 

Caillbucura es de su pueblo, y para querer a su pueblo” (118). A partir de ese momento Calfucurá 

fue endiosado por sus fieles. Tenían paz y abundancia. 

Explica Avendaño: “Con razón devemos creer que Caillbucurá es (sin embargo de ser 

indio) un génio” (118). Todos los meses llegaban a sus toldos delegaciones de los pueblos que se 

le habían sometido para recibir su ración de animales y alimentos. Venían también numerosos 

indios inmigrantes desde Chile, atraídos por su prestigio, a vivir a Argentina. El acuerdo se 

mantuvo durante más de quince años. A la caída de Rosas, sin embargo, todo cambió (Alioto 53-

8). 

A partir de 1853 el Ejército comenzó a invadir regularmente los territorios ocupados por 

los indios. Dice Calfucurá, en una carta dirigida al Cacique Catriel: “…los unitarios han 

despedazado cuanto tenía Juan Manuel, se han repartido su plata, sus vacas…Y como nosotros 

hemos sido amigos de él, quedrán tambien acabar con nosotros” (123). 

Reprende a Catriel por haber aceptado la política de los blancos triunfadores, y vivir junto 

a ellos como “indio amigo”, olvidando la lealtad a Rosas. No debe hacerse ilusiones. Le advierte: 

“Y nos hemos (de) fiar de tanto pillo que há venido a desahogarse…? Juan Manuel ha durado 

muchos años, y jamas trató de traicionar á nadie” (123). 

Luego de su cuidadosa y extensa historia del gran cacique Calfucurá, Avendaño habla de 

la familia del Cacique Caniú, con la que convivió desde su llegada a los toldos. Esta familia 

formaba parte de un grupo de indios que estaba bajo el mando del Cacique mayor Pichuiñ, tío de 

Caniú. 

Los grupos indígenas eran independientes entre sí, y se relacionaban y asociaban mediante 

alianzas. Calfucurá había conformado una suerte de confederación de pueblos indígenas 

mapuches. Pero su poder tenía límites. Sus miembros no tenían la obligación de obedecerlo. La 

cultura indígena no conocía una organización social centralizada, autoritaria, comparable a la del 

poder ejecutivo en nuestro sistema de gobierno. Los indios participaban voluntariamente de la 

asociación y podían retirarse de ella sin mayores consecuencias. 

El Cacique Pichuiñ tomaba sus propias decisiones en diversas materias. Era, como todos 

los indios, muy hospitalario. Muchos enemigos de Rosas se habían refugiado entre ellos. Los 

indios los recibían sin hacerles preguntas, y les permitían vivir con su gente. No se inmiscuían en 

las luchas políticas de los cristianos. 

El Coronel unitario Baigorria era amigo y confidente de Pichuiñ e influía en él. Había 

encontrado entre los indios un nuevo modo de vida. Estuvo dos décadas con ellos. Tenía mucha 

experiencia militar y el Cacique lo consultaba con frecuencia. Le dio un rango equivalente al de 

un Cacique. Participaba en las deliberaciones importantes. Cuando decidían dar un malón, 

Baigorria los acompañaba. Sus enemigos le temían y los federales lo culpaban de muchos crímenes 

que cometían los indios (Baigorria 79-96). 

Santiago vivía con la familia del Cacique Caniú, sobrino de Pichuiñ, y conoció de cerca al 

Coronel Baigorria y a otros refugiados unitarios. Este fue una influencia benéfica para él. Le daba 

consejos, le regaló un libro, y le pasaba información sobre lo que ocurría del otro lado de la 

frontera. Santiago le estaba agradecido. 

La persona más destacada en su vida mientras vivió con los indios fue el Cacique Caniú. 

Santiago confiaba en él, porque sabía que lo quería como a un hijo. Al llegar a sus toldos tenía 

siete años y habitó con ellos durante su niñez y su adolescencia. Pudo relacionarse por igual con 

las familias indígenas y los cautivos cristianos que vivían cerca, en un espacio bilingüe y bicultural. 

Valoró la experiencia que compartía con los indios. 

Los mapuches habían resistido al invasor hispano durante siglos. Habitando con los indios, 

Santiago se transformó intuitivamente en un etnólogo. Procuró comprender las necesidades del 

otro. Sus descripciones, análisis, interpretaciones y comentarios muestran su sensibilidad y su 

carácter compasivo y generoso. 

Cuando comenzó a escribir sus memorias, había dejado de ser el niño o adolescente que 

vivía en los toldos ranqueles. Se había reintegrado a la sociedad cristiana. Servía al Ejército como 

traductor e intérprete castellano-mapudungun en misiones diplomáticas (Pérez Gras, “Estudio 

preliminar”, Cautiverio y prisión…Tomo I: 47-50). 

La realidad de la frontera se transformó para él en una forma de vida. Residían allí grupos 

de indios “amigos”. Su labor fue de una gran utilidad para los pampas. Se encontraban frente a 

alguien que los conocía bien, los valoraba y los quería. Lo veían como a uno de ellos. 

El Ejército argentino empleó a Avendaño según sus intereses. Buscaban atraer a grupos de 

“indios amigos” a la frontera y asentarlos allí. Estos tenían que luchar junto a los soldados, si otros 

indios atacaban la región. 

Fue secretario, lenguaraz y amigo del Cacique Cipriano Catriel, que vivía cerca de Azul. 

El Ejército no buscaba integrar a los indios a la población blanca. Su objetivo era derrotarlos 

militarmente, desplazarlos de sus tierras y ocuparlas, para acabar con la “cuestión india” en forma 

definitiva. 

Luego de contarnos la historia de la toma del poder del Cacique Calfucurá en 1836, su 

organización de la federación mapuche, y el pacto y acuerdo de paz que hace con Rosas, Avendaño 

retrocede unos años en el tiempo para introducir en el relato a otro actor importante: el Cacique 

Yanquetruz, padre de Pichuiñ. En 1833, tres años antes de que Calfucurá se afirmara en el poder 

como cacique máximo, los hermanos Yanquelem y Cailbulem, junto a doscientos de sus indios, se 

presentaron ante el gobierno de Buenos Aires y se ofrecieron “como aliados y auxiliares de 

frontera” (135). Los caciques Yanquetruz y Painé se opusieron a que fueran, pero no lograron 

convencerlos. 

Rosas aceptó los servicios de los hermanos. Les dieron raciones y grado militar. En 1836, 

el año en que Calfucurá conquistó el poder, murió Yanquetruz, y Pichuiñ y Painé decidieron invadir 

la frontera donde estaban Yanquelem y Cailbulem, y castigarlos por haberse entregado a los 

cristianos. Yanquelem descubrió sus planes. Se apoderó de sus caballos, que habían dejado en una 

aguada, y se llevó prisioneros a varios indios jóvenes que los custodiaban. Dos de ellos eran hijos 

de Pichuiñ y Painé. Se los entregó a Rosas, que se hizo cargo de ellos. 

En 1838, en represalia, los ranqueles decidieron atacar a los hermanos y vengarse de ellos 

por esta traición. Los sorprendieron, los arrinconaron y los aprisionaron. Yanquelem se defendió 

jurando que ellos no eran traidores: se habían aliado, como hombres libres, con los cristianos, 

porque les convenía, y su gente los siguió porque quería (140). Pichuiñ y Painé le respondieron 

que Dios había pedido a “nuestros mayores” que se mantuvieran unidos y que trataran “como 

enemigo” a quien obrara como Yanquelem (141). Acto seguido, ejecutaron a los dos hermanos. 

Avendaño cuestiona a Pichuiñ y Painé. Cree que los hermanos tenían derecho a unirse a 

los cristianos. Para él, habían tomado la decisión correcta. Pensaba que la política de los “indios 

amigos” era la mejor forma de integrar gradualmente a los nativos a la “civilización”. Siente mucho 

que los seguidores de Calfucurá en 1838 no lo vieran así. Yanquelem y su hermano podrían haber 

ayudado a detener muchos de los ataques de los indios a las poblaciones de la frontera. Lamenta 

que haya quedado “…extinguida aquella faccion de valientes y leales Ranquilches que habrian 

sido el azote hoy para los malvados del desierto que tanto daño han hecho siempre á la Cristiandad” 

(142). 

Pichuiñ y Painé, después de esto, enviaron al indio Guichal, con diez cautivos, en embajada 

a Rosas, pidiéndole les restituyera a sus hijos, que estaban en su poder. Rosas pretendía que le 

entregaran a cambio de ellos al “Salvaje unitario Baigorria”, su enemigo, pero los indios no 

consintieron (143). Entonces Rosas decidió retener como prisionero al indio Guichal, el 

embajador, y les envió de retorno a sus hijos y muchos regalos. La negociación se detuvo ahí. 

Avendaño cree que otros informantes sobre estas cuestiones faltaron a la verdad, y mienten 

o exageran con el propósito de rebajar a los indios, a los que consideraban simples bárbaros sin 

derechos. Asegura que, a diferencia de ellos, él ha “palpado perzonalmente” las cosas que describe. 

Ha sido testigo de muchos de los hechos que cuenta. Otros los ha escuchado de boca de los 

ancianos ranqueles. Su cultura no poseía escritura, era ágrafa, y los viejos eran los “archibos vivos” 

de su pueblo. Tenían “la responsabilidad ante dios de trasmitir á su posterioridad, todo cuanto han 

alcanzado de sus abuelos tanto de sus glorias como de sus desgracias” (147). 

Pichuiñ logró que su hijo se casara con la hija de un hermano del cacique Calfucurá, 

beneficiando a su familia y fortaleciendo la unión entre los ranqueles. En 1846, Pichuiñ propuso 

la paz al gobierno de Córdoba. El gobernador aceptó, pero objetó el poder que le daban a Baigorria. 

Quería que se lo entregaran. Los indios, fieles a su aliado, no lo hicieron. Le dijeron que el Cacique 

Baigorria estaba a favor de la paz (149). Le mandaron diez cautivos, y el gobernador López, en 

señal de amistad, envió al Capitán Airas, para que residiera con ellos. 

Baigorria era un individuo muy importante en la vida de la comunidad (Roulet 217-240). 

Líder reconocido, se adaptó a la vida con los indios. Los unitarios que buscaban asilo entre ellos, 

al llegar a los toldos, preguntaban por él. 

 No todos los que vivían en sus toldos eran agradecidos con Baigorria. Los tres hermanos 

Saa tuvieron desavenencias con él y escaparon, llevándose la caballada. Baigorria pidió permiso 

al Cacique para perseguirlos y castigarlos (168). Los hermanos desconocían su autoridad y lo 

desafiaban. 

Los Saa fueron a buscar protección en los toldos del Cacique Painé, y este rehusó 

devolverlos o entregarlos. Defendía la libertad de los refugiados y su derecho a tomar sus 

decisiones según su voluntad. Le mandó decir a Baigorria que “…aquí no estamos entre los 

Cristianos, ni Baigorria está en su tierra, para que quiera arrastrar á unos hombres que no quieren 

estar con él. Eso de castigarlos, no hay razón para pretenderlo (170)”. Baigorria no pudo vengarse 

de los Saa en ese momento, pero de ahí en más fueron enemigos. 

Debido a este incidente con los hermanos Saa, los indios cambiaron su actitud ante los 

refugiados. Desconfiaban de muchos de ellos. Baigorria llegó a tener un número grande de 

cristianos en su toldo. Cada vez que había un malón los llevaba y estos luchaban junto a él contra 

los blancos. 

Con el tiempo, la cantidad de refugiados que vivía con ellos empezó a disminuir. Se iban a 

Chile o a otra región donde no los persiguieran. Antes de salir de allí le daban su razón a Baigorria, 

que era formalmente su jefe. Los que se quedaban no vivían mal. Tomaban mujer entre las cautivas 

o se casaban con una india y armaban su toldo. 

Baigorria era muy celoso de su poder, y se enfrentaba con cualquiera que quisiera 

desafiarlo. Vigilaba de cerca el comportamiento de sus hombres. Era muy amigo del Capitán 

Lucero, pero, una vez, por minucias, discutió con él. Lo consideraba su subordinado y sentía que 

le había faltado el respeto. A partir de ese momento, buscó vengarse del Capitán. Le pidió 

autorización al Cacique Pichuiñ, su mentor y amigo, para matarlo, diciendo que este iba a 

traicionarlos. El Cacique, a quien Santiago apreciaba mucho, y era tío de su padre adoptivo, se 

negó a autorizarlo (176). Baigorria, a pesar de todo, persiguió, furioso, a Lucero. Este tuvo que 

esconderse durante varios días para escapar de una muerte segura. 

Avendaño caracterizó a Baigorria como alguien sumamente desconfiado, que no se 

sinceraba con nadie. Llegado el caso podía ser vengativo y sanguinario. Poco después, seis 

cristianos de su grupo desertaron sin decirle nada. Este salió tras ellos, los persiguió durante días 

y logró sorprenderlos cuando dormían. Le pidieron perdón. Él se aproximó a ellos y, sin mediar 

palabra, los fue matando uno a uno (181). 

Santiago apreciaba a los indios y sentía respeto por ellos. Los caracterizaba como a 

personas prudentes y generosas. En cuestiones importantes, actuaban con responsabilidad, y 

trataban de ser justos. Cuando bebían, sin embargo, perdían el control. El alcohol los desinhibía. 

Bajo sus efectos se volvían violentos y peligrosos. 

Tenían sus propias costumbres. Creían en los espíritus malignos. Pensaban que estos 

provocaban las enfermedades. El grado de mortandad entre niños y jóvenes era muy alta. Las 

epidemias y las enfermedades contagiosas los decimaban frecuentemente. Una parte importante 

de ellos moría en los malones. 

Creían que las brujas tenían el poder de hacer el mal y de matar a quienes ellas quisieran. 

Cuando alguien enfermaba, buscaban a aquella mujer o mujeres que pudieran odiar a esa persona, 

las identificaban y las amenazaban. Si el enfermo no mejoraba, las hacían sus víctimas. Al morir 

un personaje importante, acusaban a un número de brujas de haberle causado la muerte y las 

perseguían para matarlas. En el caso de individuos de gran poder y prestigio en su territorio, 

organizaban un gran ceremonial a su fallecimiento. 

Avendaño asegura que nadie se había preocupado por educar a los indios y demostrarles 

que no existía la brujería, y que el ser humano no tenía poder mental alguno para causar la muerte 

a otro. Los indios creían en el demonio y en “los concilios infernales del diablo” (159). Argumenta 

que eran “víctimas de la barbarie” y se pregunta: “cuando consagrarán los gobiernos un (poco) de 

atencion y de humanidad para que un dia…ingresen á nuestras filas a participar de los bienes que 

derrama a torrentes la cultura sobre todo el universo” (159). Asegura que los gobiernos carecen de 

humanidad, piensan que los indios están bien así, porque “siegos con sus rencillas políticas no 

tienen…mas deber que mantenerlos en ese estado…hasta poderlos exterminar” (160). Dado que 

no tienen oro ni plata, solo se ocupan de los indios “para quitarles sus terrenos y matarlos” (160). 

El Cacique Painé muere en 1847. Santiago describe la ceremonia funeraria realizada para 

honrar a este importante cacique. Los indios organizaron una gran hecatombe de brujas y animales. 

Participaron en esta todas las familias importantes que estaban bajo el mando del cacique. Calvaiñ, 

hijo de Painé, fue quien preparó el ritual. Pidió a cada familia de su pueblo que entregara una 

mujer. Iban escalonando los sacrificios a medida que avanzaba el cortejo fúnebre hacia el lugar del 

descanso definitivo del Cacique. Las mataban a bolazos, ante el llanto y la congoja de todos (163). 

Era una ceremonia atroz, que creían necesaria para alejar el mal y mantener la armonía entre las 

fuerzas del universo. Llegados al sitio del sepelio, mataron a las últimas ocho brujas y las 

enterraron, junto con los caballos favoritos de Painé, para que lo acompañaran en su viaje final. 

Los indios padecían enfermedades que no lograban curar o controlar. Las plagas de insectos 

eran una amenaza constante para sus campos. Los períodos de sequía destruían sus sembrados, 

mataban a sus animales y les causaban enormes dificultades y penurias. En 1846, una manga de 

langostas los invadió. La situación era crítica. Santiago pensó en evadirse, si bien no sabía cómo. 

Faltaba el alimento y el padre de Caniú trató de confortarlos. Temiendo por su propia vida, 

habló con Santiago. Le dijo que él tenía la suerte de dominar la lengua indígena y la lengua de los 

blancos. Un día, los cristianos iban a invadirlos y derrotarlos, y ellos perderían su independencia. 

Le ruega que se acuerde siempre de sus hermanos y haga lo posible por protegerlos y ayudarlos. 

Le dice: “Hijo vos vas a ser una gran cosa cuando seas hombre…nuestra suerte va á depender de 

vos, sabes hablar en la lengua también, como si fueras un indio, y hablas con el papel, como si 

hablaras con alguien…Yo no te encargo mas que mis hijos tus hermanos con quienes te vas 

criando; que los mires bien, y les arrójes una rebanada de pan si el destino te lleva á tu tierra…” 

(184). Le promete que él, desde el más allá le pedirá “á dios cien años de vida” para él (184). 

Todos viven allí juntos, le asegura, porque son parte de una misma familia. Caniú le pide 

que se vaya fijando “en algunas de tantas jovencitas hermosas y blancas” como él para casarse. 

Cuando lo haga, le promete, va a ayudarlo para que vaya con su mujer a visitar a sus padres 

cristianos (184). Le confiesa que, para él, es un hijo más, y que, quizá, “dios te arrancó para que 

vinieras á estas tierras, tal ves para que con el tiempo los indios tengan quien haga por ellos!” 

(185). 

Santiago siente que el indio tiene verdadera vocación de padre y ama a su familia. Están 

en una situación difícil, amenazados por múltiples peligros. Su pedido lo conmueve. 

Es Caniú quien, a pesar de que él no es más que un adolescente cautivo, le pide que proteja 

a sus hijos como a hermanos. 

El indio lo quiere y desea tenerlo siempre cerca. Para Caniú, Santiago es su hijo. 

En 1846, el Cacique Pichuiñ le pidió que le cediera a Santiago para enviarlo a Rosas, como 

parte de un trato. Caniú rehusó hacerlo. Se disgustó con su tío. Le dijo que el cautivo le resultaba 

indispensable y no podía dárselo (192). La verdadera razón por su negativa, cree Santiago, era que 

su padre lo había visto crecer, hablaba el mapudungun como sus hijos, era parte integral de su 

familia. No podía dejarlo ir. Simplemente lo quería, y no aceptaba que se fuera. 

Ese vínculo afectivo paterno resultó muy importante para Santiago. Fue esencial para su 

maduración y crecimiento. Encontró en la familia de Caniú el cariño que quizá no conoció en su 

propia familia cristiana. 

El joven Avendaño se sentía en deuda con los indios. Logró evadirse de los toldos en 1849 

y se reintegró a la sociedad blanca. No los olvidó y vivió en zona de frontera, donde coexistían 

familias cristianas y familias pampas. Mantuvo una buena relación con los indios de su comunidad 

y procuró ser un vínculo de unión entre estos y la sociedad cristiana. 

Pasó ocho años con la familia de Caniú. Hacía diariamente las tareas que le mandaba su 

familia y no descuidaba sus obligaciones religiosas como cristiano. Le rezaba a la Virgen “nuestra 

Sra de las Mercedes…la redentora de los Cautivos” y le pedía que un día lo ayudara a liberarse de 

su cautiverio (186). Le prometió a la madre de Dios que, si le concedía ese deseo, se haría religioso, 

para pagarle por su generosidad. 

Su padre adoptivo nunca le impidió que rezara; lejos de eso, estimulaba su devoción. 

Baigorria le regaló un libro de oraciones. Santiago leía todas las semanas los oficios de la santa 

misa. Era uno de los pocos cautivos que sabía leer. Dice que los otros jóvenes cristianos, que vivían 

en los toldos, venían de familias pobres y eran casi todos analfabetos. 

Su habilidad con el lenguaje le granjeó el respeto de los indios, que visitaban a la familia 

de Caniú para “ver al Cristianito (Pichi Guinca) que hablaba con el papel” (188). Los indios se 

mostraban muy interesados en la cultura cristiana y le preguntaban sobre su religión. Él “les sitaba 

la Doctrina Cristiana” y estos “quedaban avismados, y no sesaban de ponderar la sabiduría con 

que hablava de Dios” (189). Rezaba diariamente tres Credos, tres Padre nuestros y tres Ave Marías. 

Los indios se reunieron en un congreso general para discutir sus problemas. Los campos 

de la zona estaban secos. Habían perdido sus cultivos y no tenían suficiente alimento para sus 

familias. Los animales estaban flacos. Decidieron hacer un malón para robar ganado y poder 

alimentarse. Pusieron como fecha para salir el 27 de agosto de 1849. Debían antes engordar los 

caballos. Quedaron en llevarlos a una aguada que estaba a sesenta leguas al norte para que pastaran, 

y tenerlos listos para la fecha indicada para la invasión. 

Baigorria iba a ser parte del malón. Había acrecentado su poder entre los indios. Se había 

casado hacía poco con una adolescente de 15 años, hija del Cacique Calei, un jefe ranquel 

importante. 

El indio Caniú temía que Santiago tratara de evadirse, y no lo invitó a ir con ellos, 

acompañando la larga marcha de la indiada. No le pidió tampoco en un primer momento que 

llevara los caballos a la aguada. Estaba muy lejos de allí. Buscó a otra persona que fuera en su 

lugar. No la encontró y, finalmente, tuvo que ceder, y solicitarle al muchacho que llevara los 

caballos y los engordara bien. Le aconsejó que si veía allá a Baigorria se cuidara de él, que no lo 

“quiere nada” (204). Temía que este pudiera influir en Santiago y ayudarlo a escapar. 

Fue con él el hijo de un indio conocido, con un buen número de caballos. Caniú le pidió en 

secreto que lo vigilara. Les tomó cinco días llegar a la aguada con la tropilla de caballos flacos. Ya 

habían arribado al lugar otros indios, con sus caballadas. Santiago vio que Baigorria estaba allí. 

No prestó atención a lo que le había dicho su padre y se acercó a hablar. Santiago lo apreciaba y 

confiaba en él. 

Su acompañante lo llamó y le preguntó si ya había olvidado el encargo de su padre: no 

debía hablar con Baigorria (206). En adelante, tuvo cuidado de no acercarse al Coronel cuando 

había gente en el lugar. Esperó hasta que lo vio solo y le confió el temor de su padre. Un día 

Baigorria lo invitó a salir a cazar con un grupo. Buscaba la oportunidad de hablar más con el 

muchacho, tenía algo importante que decirle. 

Durante la salida, se acercó a Santiago cuando estaba junto al fogón, y hablaron sin testigos. 

Le dijo que su regreso al territorio cristiano podía estar mucho más cerca de lo que él pensaba 

(211). Su situación personal, en comparación, le confesó Baigorria, era mucho más difícil. Como 

militar unitario exilado, no podía volver mientras Rosas estuviera en el poder. 

Los cristianos lo difamaban y decían que él acaudillaba a los indios en sus malones y los 

incitaba a atacarlos. Le jura: “…me hasen culpable de todos los asecinatos que cometen y de las 

fortunas que roban…Pero mi conciencia esta bien lejos de suponerse cómplice de todo eso, …hé 

hécho cuanto he podido haser como cristiano en bien de muchos” (212). Él, asegura, no es “el 

origen de los males” que le imputan, y nunca hace “mas mal que aquel que es indispensable” para

su existencia. Solo mata en el campo de batalla, y sufre las mismas calamidades que sufren los 

indios, desde hace ya muchos años (212). 

Muy pronto, en unos días más, arribarían todos los indios al lugar para iniciar la invasión. 

Los caballos habían engordado y estaban listos. En esas circunstancias, iba a tener la oportunidad 

de escapar. Le hizo una descripción minuciosa del camino que debía seguir para salvarse y llegar 

a San Luis. Era una marcha de varios días, muy sacrificada, pero, si seguía con cuidado la travesía 

que él le daba, podría arribar a su destino. Se la repitió con cuidado para que la memorizara. Le 

aconsejó que llevara su caballo y un solo ladero, no más, para no entorpecer el viaje. Debía andar 

lo más rápido posible. Le dijo que aguardara a que todos se hubieran ido y, un día después, saliera 

él. 

El 26 de octubre empezaron a llegar los indios y, entre estos su padre, el Cacique Caniú. 

Su encuentro con él fue particularmente emotivo. Dice Santiago: “Mí indio no hallaba como 

acariciarme; me tomó la mano y me dió recuerdos de sus hijos” (216). Le contó que estos lo 

extrañaban y que la cautiva Rosa se acordaba mucho de él y le había mandado varios quesitos. 

Junto con su padre vino el indio Nahuel, un joven de veintiún años, a quien consideraba 

como un hermano. Sus amigos indios le hacían bromas y le prometieron que le iban a traer de la 

invasión “una señorita” blanca para él (218). 

El 1° de noviembre estuvieron todos listos para la partida. Santiago se despidió para 

siempre de Caniú, no lo volvería a ver más. Su padre le dijo que iba “al malon con solo el interés 

de haser gente” a sus hijos, y Santiago era para él uno de ellos y no iba a faltarle nada (222). 

Salieron los guerreros. Un grupo de adolescentes se quedó en el lugar a custodiar la caballada y 

aguardar el regreso. 

Santiago decidió partir al día siguiente. No debían notarlo. Se apartó sigilosamente de los 

otros muchachos e inició una brutal y peligrosa marcha. Durante el camino lo asaltaban los 

sentimientos de culpa. Abandonaba a su padre. Temía que se diera cuenta de su huida, volviera y 

viniera a buscarlo. Piensa: “Si mi padre…me sigue y…me alcanza ¿que le digo? con que cara miro 

al que me ha querido tanto y a quien le pago con tamaña ingratitud? que escusa bastará para 

desarmar la indignacion de todo un indio generoso y bueno?” (227). 

Buscó protección en la oración y en la fe. Rezaba para no dejar que el cansancio y la soledad 

del camino lo derrotaran. Los peligros lo acecharon a lo largo del viaje. Tuvo que hacer enormes 

sacrificios para superar la sed y el hambre, y poder llegar a San Luis. Después de siete días logró 

arribar a un establecimiento de campo. Lo recibieron unas mujeres. Todos lloraron de emoción. 

Estaba muy cerca de la ciudad. 

Poco después llegó el capataz. Santiago le avisó que una invasión indígena venía en 

camino. Este habló con el propietario del campo y lo llevaron a la ciudad a ver al Gobernador. En 

un principio dudaron de él, pero luego reaccionaron y prepararon la defensa, en la que participaron 

vecinos y soldados. Gracias a su oportuna intervención la invasión fracasó, los indios lograron 

llevarse muy pocos animales. Los defensores los persiguieron y mataron a muchos de ellos 

(Cautiverio y prisión…, Tomo 2:10). 

Santiago, el cautivo, resultó providencial para San Luis. Su oportuna llegada impidió que 

los indios sorprendieran a la comunidad. El 14 de noviembre celebraron un Tedeum en la Catedral 

y él asistió a la ceremonia en compañía de todas las autoridades, incluido el Gobernador. Este 

envió un chasqui para informar a la provincia de Córdoba que los indios habían salido de allí en 

dirección a su territorio, y debían prepararse para la defensa. 

Su situación no podía ser más favorable. Le preguntaron sobre su cautiverio, querían saber 

con qué indios había estado y cómo vivían. Hicieron una gran comida en su honor y diversas 

familias lo invitaron a visitarlos y comer con ellos durante los días siguientes. De inmediato pudo 

disfrutar de un privilegio del que no había podido gozar antes: el Gobernador lo envío a una 

escuela. Todos los días iba a estudiar a sus aulas. Era la primera vez en su vida que asistía a una. 

La experiencia le fascinó. ¡Cuánto tiempo había añorado ese momento! 

Lo interrogaron sobre su familia y el Gobernador hizo averiguaciones para conocer su 

paradero actual y poder enviar a Santiago a su encuentro. Descubrieron que estaban en Buenos 

Aires. El Gobernador le escribió una carta a Rosas, recomendándolo, y, días después, luego de 

despedirse de todos los que tan generosamente lo habían tratado en San Luis, partió en compañía 

del Correo para Buenos Aires. Era el 18 de diciembre de 1849. Había pasado más de un mes de 

felicidad en San Luis. 

Llegó a Buenos Aires el 28 de diciembre. El Administrador General de Correo le informó 

de su arribo al Gobernador Rosas, que dijo que iba a recibirlo el 1° de enero. El Administrador 

averiguó que un hermano de Santiago vivía no muy lejos de allí, y fue a visitarlo. Poco después 

vino un enviado del Gobernador y lo llevó a su casa, donde lo alojaron. Allí quedó a la espera del 

encuentro con este. 

Tuvo lugar el día 1° de año, en su residencia, cara a cara y es uno de los episodios centrales 

del libro. Si Avendaño había comenzado la historia de su cautiverio hablando de quien era el 

cacique más destacado de los Ranqueles, Calfucurá, jefe de una federación indígena, la concluye 

con la historia de quien era en ese momento el Gobernador de la provincia más importante y rica, 

y el representante político del resto de las provincias de la Confederación Argentina ante las otras 

naciones, Juan Manuel de Rosas. Era el caudillo, el hombre fuerte, que gobernaba de hecho el país. 

Poseía poderes excepcionales desde el comienzo de su gestión en 1829. La Confederación no tenía 

Presidente ni había una Constitución vigente (Lynch 151-183). 

El 1° de enero de 1850, Santiago Avendaño, el adolescente de quince años, y el General 

Rosas, ya en los últimos años de su mandato, se encontraron en su casa en Palermo. Rosas, con 

toda cordialidad, le hizo preguntas de cortesía. Se sentaron frente a frente, hablaron de igual a 

igual, en un diálogo personal, amable. Era un muchacho que venía de pasar una dura experiencia 

de cautiverio. El Gobernador quería conocer los detalles. Le preguntó cómo lo trataron en San Luis 

(22). Hablaron sobre Pichuiñ y Painé. Quería saber, muy especialmente, cómo estaba “el Picaro 

de Baigorria, ese salteador infame” (23). Santiago le respondió que había sido él quien lo ayudó a 

escapar, y Rosas le dijo, con humor, que seguramente esa era la única buena obra que había hecho 

en su vida. 

El Gobernador le preguntó sobre su familia, por su padre y sus hermanos. Estos, sabía 

Rosas, no eran federales. Luego la conversación giró sobre uno de los tópicos que más apasionaban 

al General: la lengua mapuche. Santiago le contó que, cuando los indios lo llevaron a vivir con 

ellos, a los siete años, ya sabía leer castellano. No había ido nunca a la escuela, pero sus hermanos 

mayores le habían enseñado a leer. En los toldos aprendió a conversar con sus captores en su lengua 

y logró dominar perfectamente el mapudungun. 

Vivían allá otros cautivos, con los que se comunicaba en castellano, y tenía un libro de 

oraciones que siempre leía. Le habló de la familia del Cacique Caniú, y le explicó, a su pedido, 

cómo vivía Baigorria entre todos ellos. 

Rosas le preguntó si los indios cultivaban la tierra. Santiago le dijo que, desde 1841, 

sembraban, y describió cómo trabajaban los campos con arados de madera, que ellos mismos 

construían. Esto era posible gracias al acuerdo que Rosas había hecho con ellos. El General 

buscaba que los indios se asentaran en un sitio y vivieran de su trabajo, para que dejaran de ser 

una amenaza para las poblaciones. Su política, hasta ese momento, había tenido éxito. 

Rosas era un estudioso del mapudungun y le preguntó sobre el sentido de varios vocablos.5

 Discutieron la etimología de la palabra “Chile”. Santiago le explicó que, originalmente, la palabra 

no era Chile, sino “Chuolliñ ú Chuolli, que quiere decir tullido ó tullidero, como dando á entender 

que el pais es sumamente cruel por el frio” (25). Rosas quiso saber el nombre de las naciones que 

vivían tierra adentro y la etimología de la palabra “Ranqueilche”. El adolescente enumeró el 

nombre de las naciones y le explicó que Ranqueles “quiere decir gente u avitante del Carrizal ó 

cañaveral” (28). 

El General quedó fascinado con la inteligencia del muchacho. Decidió tomarse en sus 

manos su educación. Le pidió que visitara a su familia, y que, luego de estar con ellos, regresara a 

verlo. Le dijo que él se hacía cargo de todos los gastos que tuviera y le regaló un variado y rico 

guardarropa. Le entregó además una importante cantidad de dinero a su hermano, cuando este vino 

a buscarlo. 

Santiago pasó en casa de su hermano dos semanas. Conoció a varias familias de Buenos 

Aires y el 18 de enero se puso en marcha hacia Luján, donde estaban sus padres, junto a uno de 

sus hermanos. El 20 se reunió con ellos. El encuentro fue relativamente frío y convencional. Hacía 

ocho años que no los veía. Era en esos momentos un adolescente de quince años. Se abrazaron, 

lloraron, pero no hablaron de retomar la convivencia o integrarse como familia. Dos semanas 

después, el 8 de febrero, regresó a Buenos Aires, y se presentó a la casa de Rosas. 

El Gobernador lo recibió otra vez en persona. Fue muy amable con él. Hablaron sobre su 

viaje y su familia, y le preguntó qué carrera quería seguir en el futuro. Santiago le contó que cuando 

vivía con los indios rezaba siempre, y le había prometido a la Virgen de la Merced que, si lo 

ayudaba a huir de su cautiverio, se haría sacerdote. Rosas quedó muy impresionado. Le deseó que 

un día llegara a ser un buen ministro de Dios. Le arregló un encuentro con el mismísimo Sr. Obispo 

para que hablara con él sobre eso, y le informó que lo iba a enrolar en el Ejército como miembro 

de su Escolta de Honor (35). Este cargo honorífico implicaba como única obligación acompañar 

al Gobernador, como parte de su guardia personal, en los eventos oficiales. 

 

5

 En 1947 se publicó su Gramática y Diccionario de la Lengua Pampa (pampa-ranquel-araucano). 

Buenos Aires: Albatros, 1947). 

 

Santiago se presentó ante el Coronel Hernández, que le explicó que a los escoltas se los 

llamaba, cada vez que había un evento importante, con tres salvas de cañonazos. Al escucharlas 

debía presentarse al cuartel para ocupar su lugar. 

Santiago fue a visitar al Obispo, un hombre anciano y bondadoso. Este le dijo que, para ser 

sacerdote de la Merced, debía ingresar a estudiar a su seminario de la ciudad de Córdoba. Santiago 

se mostró contrariado, le contestó que no quería trasladarse a Córdoba, deseaba quedarse en 

Buenos Aires. El Obispo le respondió que en ese caso no iba a poder ingresar a esa orden. Le 

recomendó que se quedara a hacer estudios generales en la ciudad, para poder formarse 

adecuadamente. Santiago aceptó encantado. 

Lo envió a una institución privilegiada para su educación: fue a vivir como pupilo al 

convento de San Francisco, donde asistió diariamente a clases. Comenzó aquí uno de los 

momentos más felices para él: Santiago se encontró con los libros. Comprendió que había sido 

hecho para esa vida, pero no había tenido hasta ese momento la posibilidad de educarse. Se 

levantaba cada día a las cuatro de la mañana para estudiar. Tenía cursos de gramática y de teología. 

Dice que “aun que no sabia escribir, tenia un delirio por el estudio…Asi fue como aprendí a 

escribir… No desperdiciaba un instante, siempre leyendo con la mayor curiosidad” (37). Los 

sacerdotes que le enseñaban estaban encantados con él, le hacían preguntas para provocar su 

imaginación y desafiar su mente ávida. Confiesa que su “dicha era completa” (38). 

Pasaron varios meses. Santiago prácticamente se olvidó de que tenía un compromiso como 

miembro de la Guardia del gobernador. Simplemente no lo llamaban. Se aproximó entonces el día 

de la Revolución, el 25 de Mayo, una gran celebración patriótica nacional. Santiago nunca había 

asistido a una fiesta patria. Hasta hacía muy poco vivía con los indios. El tiempo estaba lluvioso. 

El día 23 sonaron los cañonazos para citar a los soldados para los ejercicios del 24, a fin de integrar 

la Guardia de Honor del 25. El 24 amaneció lluvioso y Santiago, que había vivido durante ocho 

años a la intemperie en medio de la pampa junto a los indios, decidió no ir. Se justificó diciendo 

que llovía mucho. El 25 se quedó en el convento, no fue a la celebración, a pesar de que San 

Francisco estaba muy cerca de la Plaza de Mayo. 

El 27, estando en clase, vino una comisión del ejército a buscarlo. Lo llevaron detenido al 

cuartel. Lo encerraron varios días en la cárcel, junto a los presos comunes. El 6 de junio lo liberaron 

y le informaron que su situación había cambiado: ya no era más parte de la privilegiada Guardia 

de Honor del Gobernador, había pasado a ser un simple soldado de infantería. Era una ocupación 

de tiempo completo. Ya no podría seguir asistiendo a la escuela. Lo destinaron a un cantón en 

Palermo. Su hermano trató de que el Obispo interfiriera para que lo perdonasen, pero nada logró. 

En una salida Santiago fue a ver a Manuelita Rosas y le pidió ayuda, pero fue inútil (46). Nada 

podía cambiar la decisión del Gobernador. 

Vivió entonces una de las peores etapas de su vida. Acantonado en Palermo, como soldado, 

quedó sometido a la vida militar. Debía seguir órdenes y, si no las cumplía, lo castigaban. El 

ejército en ese momento era una institución que buscaba disciplinar a la población. Entraban en él 

todo tipo de individuos, algunos voluntariamente, otros forzados. La disciplina era férrea. Atrás 

quedaron sus meses de felicidad en el convento. Tuvo que vivir en el cuartel. Su suerte había 

cambiado. 

El gobierno de Rosas estaba transitando su última etapa: era 1850. Al año siguiente, el 1° 

de mayo de 1851, el General Urquiza, que había sido hasta ese momento uno de sus más fieles 

aliados y subordinados, se pronunció contra él, desafiando su poder. Se desencadenó el final del 

régimen. Comenzaron las preparaciones de guerra. Un año después: el 3 de febrero de 1852, Rosas 

fue derrotado en la batalla de Caseros. El gobierno cayó, y el Gobernador depuesto dejó el país y 

salió hacia el exilio definitivo. 

La caída de Rosas implicó para Santiago el final de su servicio militar en el cuartel de 

Palermo. Su informe se interrumpe unos meses antes, el 22 de agosto de 1851 (91). Una vez 

disuelto el gobierno, Avendaño, que tenía dieciocho años, inicia otra vida. 

Empezó a escribir sus notas sobre los años de su cautiverio en 1854, a los veinte años. 

Durante los años siguientes, continuó trabajando en el manuscrito. Cuando fallece, en 1874, no 

había dado aun forma definitiva a su historia. Además de estas notas sobre su experiencia con los 

indios, dejó numerosas páginas escritas con descripciones y observaciones sobre la vida y las 

costumbres de los ranqueles, que el Padre Meinrado Hux recopiló y publicó en el año 2000, con 

el título Usos y costumbres de los indios de la pampa. Allí estudió Avendaño las creencias de los 

indios, su organización familiar, la ceremonia del matrimonio, el entierro de los difuntos y sus 

fiestas comunales. En su análisis se muestra como un intuitivo etnólogo y un fino antropólogo, que 

busca sintetizar los aspectos centrales de la vida de los indios, desde su perspectiva de testigo 

privilegiado. 

Trató de dar una opinión objetiva de lo que vio y experimentó, dejando de lado prejuicios 

raciales. Vivió con los indígenas en los toldos durante ocho años, en una etapa formativa de su 

personalidad. Esta experiencia fue transcendental para él y tuvo un gran peso en las decisiones 

que tomó y en las actividades que realizó durante los años de su juventud y su adultez. A partir de 1852, 

participó como intérprete en las negociaciones de paz emprendidas entre el gobierno y los indios. 

En 1859 se casó y formó su propia familia. Tuvo varios hijos y se radicó en la zona de la frontera, 

en el Azul, muy cerca de donde habitaban los indios “amigos”. Durante muchos años fue secretario 

personal e intérprete del Cacique Cipriano Catriel (Hux, “Prólogo”, Memorias del ex cautivo… 

17-21). 

Fue esa una época muy difícil para los indígenas de la Pampa. Se sucedieron en el poder el 

General Urquiza, antiguo federal, y los viejos integrantes de la Generación del 37, Bartolomé Mitre 

y Domingo F. Sarmiento, intelectuales eurocéntricos que buscaban dejar atrás la experiencia de la 

“barbarie” e instalar una civilización al modo europeo. En su idea de país, no había lugar para los 

indios. La generación joven, que integró la Generación del 80, defensora del darwinismo social, 

iría aún más lejos. Estanislao Zeballos se transformó en el ideólogo e impulsor de la “solución 

final”: era necesario derrotar definitivamente a los pueblos indígenas y expulsarlos de sus tierras 

y de la historia. 6

 Muy pocos años después, en 1879, empezaría la gran campaña militar al “desierto”, que 

acabaría para siempre con la vida libre de los pueblos indígenas en el territorio de la República 

Argentina. Los indios araucanos, de los que formaban parte los indígenas de la pampa argentina, 

habían sabido resistir con sus armas rústicas el empuje militar de los ejércitos invasores de los 

imperios europeos por trescientos años y la agresividad represiva de las fuerzas armadas de los 

estados nacionales durante varias décadas, y habían logrado sobrevivir sin entregarse al invasor. 

En su última etapa, el estado nacional burgués moderno desplegó contra ellos sus nuevas armas y 

tácticas de guerra y los derrotó definitivamente. 

Las memorias del ex cautivo Santiago Avendaño son para nosotros un testimonio de gran 

valor. El pueblo araucano no era muy numeroso. Habían vivido en guerra permanente durante 

siglos. Las enfermedades y los combates habían diezmado a la población. 

 

6

 Zeballos, como intelectual “orgánico” de la Generación del 80, buscó, con su libro 

La conquista de quince mil leguas Ensayo para la ocupación definitiva de la Patagonia, 1878, 

dedicado al General Roca, justificar y legitimar la necesidad de realizar una campaña al “desierto” 

y expulsar a los indios de los territorios en que vivían. Presentó la campaña militar, que el General 

Roca emprendería en 1879, como el gran proyecto “modernizador” de su generación (297-313). 

 


Nuestro cronista se dio cuenta de la trascendencia de sus observaciones. Era un historiador 

y un antropólogo autodidacto. Tenía el sentido del drama social, del que gozaron los Románticos: 

veía la existencia como una representación trágica, en que el hombre luchaba por sobrevivir. Creía 

en el valor de la personalidad y en el testimonio de los hechos. Sabía que los cristianos 

menospreciaban a los indios como seres humanos y los tratados de paz que celebraban con ellos 

no eran sinceros. Trató, en la medida de sus posibilidades, de ayudarlos. Pensó que su colaboración 

con el ejército podía contribuir a una convivencia mejor entre indios y blancos. Pero se equivocó. 

La Argentina del 80 no perdonó a los guerreros pampas, como no perdonó a los indios “amigos” 

que se habían entregado al gobierno: todos corrieron la misma suerte. 

En 1872 dio su última batalla el cacique que había sabido congregarlos y les había enseñado 

a luchar con tesón como ningún otro antes: Calfucurá. Fue derrotado por el Ejército Nacional en 

San Carlos. En esa batalla, los indios del Azul, donde vivía Avendaño, y su amigo, el cacique 

Cipriano Catriel, lucharon junto al ejército contra él. Los otros indios los consideraron traidores. 

No habían sido capaces de acompañar la resistencia heroica del gran cacique que, ya muy anciano, 

se lanzó al último malón. Al año siguiente, 1873, murió Calfucurá, y con él la federación indígena 

posible. Los indios quedaron indefensos. 

En 1874, Sarmiento concluía su presidencia y debía entregar el poder a Nicolás Avellaneda, 

su Ministro de Justicia e Instrucción Pública. El General Mitre, que había esperado recibir el apoyo 

de Sarmiento, y ganar él la presidencia, se sintió desplazado y se levantó en armas. Los ejércitos 

se enfrentaron en la batalla de La Verde y Mitre fue derrotado. Los hermanos Catriel lucharon para 

los mitristas. Santiago acompañó a Cipriano Catriel. Vencido Mitre, los indios de Juan José Catriel 

buscaron vengarse de Cipriano, y se pasaron al Ejército Nacional. Cipriano y Avendaño fueron 

hechos prisioneros. Los indios pidieron que se los entregaran, querían juzgarlos según sus propias 

leyes. El Coronel Campos accedió. Los acusaron de traición, y los condenaron a muerte (Hux, 

Memorias del ex cautivo Santiago Avendaño 23). Santiago Avendaño murió lanceado por un 

pelotón de ejecución indígena, junto al Cacique Cipriano Catriel, como un indio más, el 25 de 

noviembre de 1874. 

Su muerte, a los cuarenta años, no deja de tener un viso romántico. Avendaño se sintió parte 

de la cultura pampa. Fue lenguaraz e intérprete de los indios ante el ejército y el gobierno. Participó 

en múltiples embajadas, y por muchos años fue el secretario personal del Cacique Cipriano Catriel. 

Vivió en el Azul, en la frontera entre dos mundos, el indígena y el cristiano. Su pasión y muerte 

coincide con el final de la vida de los pueblos indígenas libres. 

 

 

 

 

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